Buscando el Paraíso en un Sueño - Capítulo 2: Las criaturas del abismo
Enero 17, 2008 por jeshuamorbus
Al poco llegaron a la iglesia. Ésta era, en comparación, el mayor edificio del pueblo pero parecía algo ruinosa: Tenía tablones podridos, había ventanas rotas, clavos oxidados…
-Esto… ¿Nos podría decir qué ha pasado aquí? –preguntó Zoé al ver el estado ruinoso del pueblo.
-Hace dos noches nos atacaron las criaturas del abismo por sorpresa y no había nadie que nos ayudara –dijo Adam –así que nos hemos parapetado los que quedamos en la iglesia.
-¿Qué?
-Dejadme adivinar: No hay criaturas del abismo en el lugar de donde venís ¿A que no?
-¿Qué son?
-No hará falta que os explique nada: Cuando las veáis entenderéis lo peligrosas que son.
En ese instante salió un niño de unos diez años acompañado de su daimonion petirrojo de la iglesia y fue hacia el grupo.
-¡Padre! ¿Dónde andaba? Nos ha preocupado mucho tardando tanto –y mirando a los visitantes. –¿Quiénes son éstos?
El petirrojo se acercó a Ku-Te y lo miró con curiosidad.
-No te preocupes –dijo Adam. –Son viajeros que se han perdido. Vuelve adentro, aquí hace mucho frío.
El niño llamó a su daimonion y este volvió a su lado al instante para transformarse en un hurón nada más llegar a su hombro. Todos los nuevos se sorprendieron de esa transformación pero intentaron no manifestar nada para no llamar la atención. Adam, adivinando las intenciones del grupo se adelantó a decir:
-No os extrañéis de ver a un daimonion cambiar de forma. Antes de llegar a la pubertad pasa con normalidad. Ahora esperad aquí y le explicaré al pueblo vuestra situación.
Adam entró en la iglesia y los del grupo empezaron a hablar:
-¿Cómo vas a llamar al tuyo? –preguntó Amadeo a Jack.
-¿A quién? ¿A ella? ¿Tengo que darle un nombre?
-Me gustaría tener un nombre –dijo el enorme pájaro que acompañaba a Jack.
-Pues no sé… Dijisteis que ella era un ¿daimonion?… ¿Qué te parece Dai?
-No me suena mal.
Lou se tapó la boca, ocultando unas risas.
-¿Qué pasa? ¿Es que he elegido un mal nombre?
-No, no, todo lo contrario –dijo Lou medio riéndose. –Es que en japonés, “Dai” quiere decir “grande”.
-Pues entonces te va como anillo al dedo –dijo hablando a su daimonion.
Al poco rato, Adam salió de la iglesia y les indicó que entraran así que fueron todos. Allí dentro se encontraron con un grupo de unos treinta hombres mujeres y niños, la mayor parte de ellos de raza tártara con algún miembro de otra etnia. Cuando entraron vieron como esas personas les observaban con curiosidad o, más bien, cómo observaban a sus extraños daimonions, sobre todo a la enorme Dai, que apenas podía asomar la cabeza por la puerta.
-Bienvenidos seáis, extranjeros –dijo un hombre bastante mayor que parecía hablar en nombre del grupo. –El padre Adam nos ha explicado lo que os ha pasado. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis hasta que podáis marcharos aunque no tengamos mucho que ofreceros.
Los cinco se acomodaron donde pudieron: Zoé entre las mujeres, Lou entre los más ancianos, Amadeo junto a la puerta acompañando a Jack que prefería quedarse fuera con Dai y Anerues con el padre Adam.
-Así que venís del agujero –le dijo una mujer bastante mayor a Zoé. -¿Cómo es ese mundo? ¿Se parece a éste?
-Aún no sabría decirle, señora… –dijo la aludida algo cohibida. –Acabamos de llegar y bastantes cosas nos son bastante extrañas como… como Ku-Te, sin ir más lejos.
-¿Y qué tiene de extraño? –preguntó el daimonion topo de la mujer. -¿No te sientes bien con él?
-No he dicho eso… La primera impresión que me dio fue la de estar viendo una horrible bestia sanguinaria pero ahora –dijo mirando a su cariñoso daimonion –me parece que tenga una especie de gatito enorme. Ya no me parece tan horrible y eso me sorprende, sobre todo viéndole los dientes.
Zoé acarició la cabeza de Ku-Te como si fuera lo más normal del mundo.
-¿En vuestro mundo hay tártaros? ¿Hay oro? ¿Minas? –le preguntó a Lou un anciano tártaro con un daimonion murciélago colgado de su ya escasa cabellera.
-Sí… –respondió algo inseguro, dejando que Fu Riong se enrollara en su cuello para dormir un sueñecito. -¿Es qué pretenden ir allá a buscar oro?
-Bueno, cuando se acabe la veta de esta zona (esperemos que eso no ocurra nunca) tendremos que encontrar algún lugar donde ganarnos el pan.
-“Ganarse el pan”… ¿aquí también existe el cristianismo?
-¿El qué?
-La iglesia católica.
-¡Ah, la iglesia! ¡Tienes menos luces de las que esperaba, chaval! Ahora mismo estás en uno de sus templos y en uno de los mejores, debería decir.
Lou puso cara extrañada mirando el lamentable estado del edificio.
-Será un sarcasmo ¿no?
-No te fíes tan sólo de lo que ves. El padre Adam es uno de los mejores sacerdotes que ha conocido este pueblecillo pues es uno de los pocos que decide ayudar con hechos, no sólo predicando: Tanto se preocupa por la buena marcha del pueblo que descuida algunos aspectos del cuidado de la iglesia pero, en todo caso, la mayor parte de la culpa de los daños de la iglesia y del pueblo en general la tienen los espectros.
-¿Las criaturas del abismo que mencionó el padre?
-Sí. Si lo preguntas es porque en vuestro mundo no hay ¿No?
-Pues no ¿Qué son? A ver si me lo puede aclarar usted.
-Son los seres más espantosos que existen en esta zona del mundo: En menos que canta un gallo ya te han despedazado y te están rajando para comerte las entrañas para después pasar a torturar a cualquier desgraciado que estuviera a su alcance. Son una criaturas sucias, horrendas, feas…
-Vale, vale… ya me hago a la idea –dijo Lou frunciendo preocupado el ceño.
-¿No me irás a decir que un chaval joven como tú tiene miedo de las criaturas? Tranquilo, jovenzuelo, serán monstruos grandes y fuertes pero son bastante estúpidos y lo normal es que ni reculen cuando les apuntas con un rifle y, además, cerca de aquí hay un lago en el que…
El viejo recibió una sonora colleja por parte del padre Adam que había estado escuchando la conversación. Aquél se volvió algo enfadado pero cuando vio al padre calló cualquier queja que pudiera tener, como si comprendiera que no debía decir nada sobre ese lago. Lou decidió callar cualquier pregunta al respecto.
Mientras los mayores hablaban, unos niños disfrutaban mirando a la monstruosa Dai mientras sus daimonions lo olían y tocaban.
-¡Seguro que es tan fuerte que puede acabar con todas esas criaturas de un zarpazo! –dijo un niño de unos ocho años.
-No sé yo… –dijeron Jack y Dai al mismo tiempo.
-Seguro que es lo suficientemente fuerte como para llevarte volando –dijo otro niño.
-Eso sí que lo creo –dijo Dai. -¿Quieres volar un poco? –le preguntó a Jack.
-Ahora no creo que sea un buen momento…
-¡Anda y súbete de una vez! –le gritó Amadeo desde la puerta. –Si no lo pruebas ahora no sabrás si te será útil después.
-¡Eso, eso! –le acompañó Goppler.
Jack miró a Dai y con un golpe de voluntad se dijo:
“¿Quién dijo miedo?” y le indicó a Dai que agachara la cabeza.
Cuando se acomodó, a duras penas pues no tenía más agarradero que las plumas de su daimonion, Dai caminó hacia la calle principal para tener un lugar cómodo por el que despegar. Una vez en posición empezó a correr mientras desplegaba y batía las alas para acabar elevándose a los pocos segundos.
Fue un vuelo corto pues Dai inmediatamente se dio cuenta de que Jack estaba pasando un miedo espantoso al no tener prácticamente ningún lugar donde agarrarse, así que giró en el aire y volvió a la calle de la cual había despegado.
Nada más aterrizar, Jack bajó con cuidado y se apoyó en Dai al no responderle bien las piernas.
-¡Bravo! –exclamó Amadeo medio riéndose con el grupo de niños de la cara de espanto que tenía Jack. –¡Precioso! Ahora tan sólo tienes que aprender a andar.
-Mejor no te rías de lo que no entiendes –dijo el aludido mientras alisaba el plumaje de Dai. –No tienes ni idea de lo que se siente cuando te elevas de esa manera, cuando notas que no tienes nada a que agarrarte, cuando…
-Vale, vale, no hace falta que te pongas así. Tan sólo intenta entender que tienes la posibilidad y la suerte de poder volar.
Los niños, que habían visto el vuelo con una mezcla de miedo y alborozo rodearon a Jack y lo bombardearon con toda clase de comentarios y signos de admiración.
Anerues observó medio sorprendido y maravillado cómo los niños jugaban con sus daimonions. Le sorprendía esa extraña capacidad de transformarse en cualquier animal.
-¿Te pasa algo? –preguntó Dijuana.
-No… Oye, ¿tú puedes hacer eso de cambiar de forma?
-A tu edad, desde luego que no –dijo Sophía que estaba apoyada en el hombro de Dijuana. –Llegas a la pubertad y tu daimonion pierde la capacidad de transformación.
-¿Hay alguna razón para que se estanque en esta forma en concreto?
-No podría responderte científicamente a esa pregunta –dijo el padre Adam –pero se ha venido sabiendo a lo largo de los tiempos que su forma definitiva tiene que ver con el futuro o el carácter de la persona.
-¿Entonces Dijuana qué podría querer decir de mí?
El padre Adam empezó a cavilar un poco junto con su daimonion y al poco dijo:
-Bueno, recuerdo haber visto a sólo tres personas con un daimonion de forma humana: El primero que vi fue un daimonion con forma de niño en Londres. Era el daimonion de un gran orfebre. Éste tenía unas manos de oro, era capaz de crear verdaderas obras de arte ya fuera con plata como con simple hierro. Recuerdo que su daimonion le ayudaba y que tenía unas manos similares a las de su persona.
>>El segundo daimonion de forma humana que conocí fue el daimonion de un licenciado de Oxford, (creo). Su daimonion tenía la forma de una mujer joven. Aún recuerdo su porte elegante a pesar del poco tamaño que tenía ¡Je! ¡No medía mucho más que un buzón de correos! No llegué a conocer a ese licenciado demasiado (de hecho sólo lo vi un par de veces) pero recuerdo que decían de él que era un gran orador.
>>El último daimonion de este tipo que conocí fue el de uno de mis profesores en el seminario, el señor Lionel. Era una mujer también pero en este caso sólo llegué a verle la cara una vez, casi por accidente.
-¿Por qué?
-Pues porque ese tonto baba de profesor que tenía creía que la forma de su daimonion era demasiado impúdica para exhibirla así que la tapó de pies a cabeza con un montón de velos para que ni se le vieran los tobillos. Decía que era pecaminoso que un sacerdote como él tuviera un daimonion tan poco pudoroso, “con un cuerpo para el pecado” decía él. Teniendo en cuenta el carácter que tenía me imagino que no hizo bien eligiendo ser sacerdote.
-El muy imbécil se pasaba más tiempo gritándole a su daimonion que dando clase –dijo Sophía. –No me quiero imaginar como se sentía la pobre Sera (su daimonion).
-¿Entonces yo soy un símbolo de que Anerues va a ser una gran orador o una persona muy hábil? –preguntó Dijuana.
-Eso el tiempo lo dirá –dijo el padre Adam. –Aunque viendo tu cara, tu forma bien podría significar alguna otra cosa pues parece que llevas una máscara del Ducado de Véneto: Podría querer decir que ocultas algo a los demás, que eres falso como tú sólo, que no dejas traslucir lo que realmente piensas o quizá que eres una persona muy inmadura para tu edad. Podría querer decir cualquier cosa. De momento no pienses en ello, tan sólo preocúpate de descansar un poco para luchar contra las criaturas si llega a hacer falta.
Esa noche la mayor parte del pueblo se agrupó como pudo para dormir: Personas daban calor a otras personas y sus daimonions hacían lo propio. Allá afuera estaban unas cuantas personas de guardia, Jack y la enorme Dai que no podía dormir adentro.
Anerues estaba al lado de la puerta, sin poder conciliar el sueño. Sabía, por alguna razón que se escapaba a su entendimiento, que no debía dormir esa noche aunque también sabía que tampoco iba a poder hacerlo: Le habían ocurrido demasiadas cosas en demasiado poco tiempo y sentía la cabeza como un bombo.
Para pasar un poco el rato observó detenidamente la cara de su daimonion. A la luz de las lámparas apenas se veía nada pero destacaban los trazos dorados de la cara de Dijuana: Sus labios, el trazo bajo su ojo derecho que parecía una lágrima, las cuatro pestañas doradas que tenía bajo su ojo izquierdo, los trazos en forma de ceja furibunda que tenía sobre su ojo izquierdo y unos trazos que parecían una rama florida que tenía encima de su ojo derecho que se extendía por su mejilla. Su pelo estaba cubierto por líneas y lo que parecían hojas, todo de color dorado, contrastando con el color negro y gris de su cabello.
“No es que me parezca fea” se dijo a sí mismo, “de hecho me parece todo lo contrario pero es que… una mujer… ¡me da vergüenza que me mire así! Parece que quiera que haga algo por ella pero yo no creo estar a la altura de lo que ella quiere…” siguió mirándola un rato más, detenidamente, sin prisas, como si ver su cara fuera como contemplar una verdadera obra de arte. Pasó un largo rato mirándola hasta que se dio cuenta de algo: Dijuana estaba sonriendo ligeramente, como si estuviera conteniendo la risa. Anerues se inclinó sobre ella y le dijo al oído:
-Venga, abre los ojos y ríete un poco.
Dijuana no se hizo esperar e hizo lo indicado, no ya porque se lo pidiera él, sencillamente porque ya no se aguantaba más.
-¿Tanto te gusta que te observe? –preguntó él.
-Me gusta mucho más que me observes a que me mires con cara de vergüenza pues al fin de al cabo, yo soy lo que soy por lo que tú eres.
Anerues se sintió cómodo con ella por primera vez desde que llegó a ese mundo. Ahora le daba la impresión de estar hablando con una vieja amiga, una camarada o quizá algo más superior. Estaba totalmente seguro de que podría confiar en ella siempre que quisiera.
-¿No quieres dormir? –preguntó Dijuana.
-Hoy no estoy para dormir, quizá mañana. ¿Damos un paseo?
Anerues abrió la puerta y salieron en silencio para ver a Jack que se estaba resguardando del frío bajo un ala de Dai en un cobertizo cercano.
-¡Eh, hola! –saludó efusivamente Jack. –¿Tú tampoco puedes dormir?
-Obviamente. ¿Qué tal el frío polar?
-No me quejo: Dai es un daimonion muy calentito.
-Aún así me estoy helando de frío –dijo la aludida.
-Cuando amanezca me dejarán entrar en la iglesia para dormir un poco –dijo Jack. –Hasta entonces vigilaré un poco esta zona –dijo levantando una carabina. –Ya ves, nunca sabes cuando te puede resultar útil entrar en el club de tiro olímpico. Ya tienen que ser peligrosas esas criaturas para que nos hayan armado nada más llegar.
Anerues miró el pico que le habían dado para defenderse y empezó a pensar en que podría hacer si estuviera en situación de luchar contra ellas.
-¿Qué tal con Dijuana? –preguntó Jack. –¿Ya no te sonrojas con ella?
-No, ya no. Si te fijas, es bien…
Un sonido estruendoso interrumpió la conversación. Los cuatro, personas y daimonions, afinaron el oído y escucharon gritos procedentes de la iglesia. Salieron del cobertizo y miraron hacia la iglesia para ver como unos siete seres alados estaban atacando violentamente la iglesia, tanto desde el suelo como desde el techo. No tuvieron que preguntarse qué eran esos bichos tan asquerosos: Eran las criaturas del abismo.
Jack no se lo pensó dos veces y, tan impulsivo como siempre, se lanzó a ayudar a los tres que estaban de guardia fuera de la iglesia.
-¡Ve dentro de la iglesia! –gritó Jack. –¡Lo peor que pueden hacernos será sitiarnos!
Anerues no le discutió la idea y se lanzó al portón seguido por Dijuana mientras Jack disparaba sin demasiada seguridad a las criaturas del techo. Cuando Anerues entró en la iglesia se encontró con una de esas criaturas entrando por una de las ventanas pero ésta se encontró con que los de dentro ya estaban preparados: Recibió una ráfaga de disparos la cual le derribó en ese mismo instante para que lo remataran los que no disponían más que de picos, palas o hachas.
-¡Mía, Cara y esto… Zoé! –gritó el alcalde. -¡Llevaos a los niños a la casa del padre y escondedlos como bien podáis!
La casa del padre estaba adosada al templo por lo que las aludidas y los ocho niños del pueblo tan sólo tuvieron que atravesar una puerta para salir del campo de batalla que se había formado. Nada más estar ellas fuera de la sala irrumpieron tres criaturas por la puerta y las ventanas.
Anerues se introdujo dentro de la formación en círculo, mirando hacia una criatura que acababa de entrar por la puerta, resguardándose un poco para rematar a las criaturas nada más estuvieran abatidas, tal como acababa de ver. La bestia que estaba ante sus ojos no tardó en tambalearse ante el disparo que había recibido por lo que Anerues salió con otros dos hombres para reducirla. Éste jamás podría llegar a describir el asco que sintió al hundir el pico en la carne de la bestia, al ver toda esa sangre por lo que, nada más dar dos golpes, volvió a la formación para limpiarse la mano y controlar sus náuseas.
-No te preocupes –le susurró Dijuana apoyando sus manos en los hombros en un gesto tranquilizador nada más volvió. –Aquí rige la ley del más fuerte, no pienses en su muerte ahora.
A Anerues le tranquilizó lo que le dijo su daimonion y al poco pudo volver a rematar a otras dos criaturas que osaron entrar por la puerta pero empezando a sentir un miedo que jamás había sentido antes.
-¡Olvídate del miedo! –le gritó su daimonion desde el círculo. –¡No es momento!
Anerues, ahora animado, pensó con mediana tranquilidad y al poco se le ocurrió la idea de usar de los cadáveres de las criaturas más cercanas a la puerta para interrumpir el paso de las que intentaran entrar por la puerta para conseguir alguna ventaja. Cuando encontró la ocasión, llamó a Dijuana y con su ayuda arrastró todos los cadáveres que pudo a la entrada, cosa que entendieron los otros tres hombres que le acompañaban en el ataque redoblando sus esfuerzos en acabar con las criaturas que pudieran incordiarlos. Al poco, la entrada estuvo semi-taponada , lo suficiente como para que no les resultara fácil a las criaturas entrar sin recibir un disparo.
Vista la tranquilidad de esa zona, Anerues se asomó sobre la montaña de cadáveres y miró al exterior: Vio como Jack y Dai luchaban desesperadamente contra cuatro criaturas a la vez. Los tres guardas que había fuera ya estaban muertos y tan sólo quedaba él.
-¡Súbete! –gritó Dai bajando la cabeza mientras movía las alas espantando a los espectros. -¡Tenemos que huir!
Jack no se lo discutió y se subió rápidamente pero inseguro a su espalda. Una vez allá arriba empezó a disparar a las criaturas mientras despegaban para acabar por huir con una escolta de tres espectros.
Viendo la velocidad que alcanzaba el pájaro roc, Anerues no se preocupó por él se volvió a apoyar al grupo principal, el cual empezaba a replegarse hacia la entrada.
-¡Faltan municiones! –gritó un hombre.
-¡Aquí también! –replicó otro.
-¡No os preocupéis por eso aún! –gritó el padre Adam. –¡Buscad cualquier cosa que os sirva de arma y atacad cuando podáis!
Anerues buscó a sus compañeros sabiendo que iban a necesitar apoyo conociendo su experiencia en la guerra: A su izquierda se encontró con un fiero Amadeo, blandiendo un hacha y un cuchillo de cocina al mismo tiempo, atacando sin piedad a toda aquella bestia que osara a encontrarse en su campo de visión mientras su daimonion se dedicaba a rematar las víctimas de su persona y en el centro del círculo se encontró a Lou medio llorando por la situación, atacando muy de cuando en cuando, siendo animado por Fu Riong. Esto no era, en absoluto, lo suyo.
-¡Retiraos hacia la entrada! –gritó el padre Adam como un viejo general. -¡Tenemos que aguantar hasta el final!
La situación iba empeorando por momentos: Las criaturas no parecían acabarse nunca y a cada nuevo cadáver aparecían tres bestias más, sin tener en cuenta el hecho de que apenas ya quedaban municiones que permitieran abatirlas desde la distancia. A los pocos minutos de resistencia, el pueblo estaba acorralado contra una de las paredes de la iglesia.
-¡No es momento de rendirse! –gritó Amadeo pidiendo ayuda con señas. -¡Adelante! ¡Tenemos que aguan…! –Amadeo interrumpió su grito cuando vio como tres de las criaturas que más cerca tenía habían sido abatidas a flechazos. –¿Qué pasa aquí?
-¡Las brujas! –gritó alguien desde la puerta. –¡Han venido las brujas! ¡Estamos salvados!
Antes de que Amadeo, Lou o Anerues pudieran enterarse de lo que estaba pasando, las criaturas empezaron a huir despavoridas ante los refuerzos aliados y al rato, la zona volvía a estar en calma.
El pueblo deshizo la barricada de la entrada y salió a respirar aire fresco mientras esperaba a recibir a las “brujas” para agradecerles el apoyo.
Anerues se quedó dentro junto con Lou mientras Amadeo iba a buscar a Zoé y a los niños para informarles de que todo ya había terminado.
-¿Por qué nos está pasando todo esto? –dijo Lou traumatizado por la situación y limpiándose histéricamente la sangre que tenía pegada al cuerpo, labor en la que le ayudaba fervientemente Fu Riong. -¡Maldita sea! ¿¡Por qué, Anerues!? ¡Ya estoy harto de todo esto! ¡Tiene que haber alguna razón para que nos esté pasando! –le gritó entre sollozos.
-Dejémosle tranquilo –le susurró Dijuana a Anerues. –Será mejor.
Anerues le hizo caso y fue afuera a ver a sus salvadoras.
-No somos capaces de decirles cuan agradecidos estamos de que nos hayan ayudado –dijo el padre Adam a las recién llegadas.
Anerues las observó con atención: Eran cinco mujeres de apariencia joven, vestidas con túnicas muy ligeras para el clima del lugar, con un arco en una mano y una rama de alguna clase de árbol que él no reconocía en ese momento en la otra.
-Agradézcanselo a ese chico –dijo la que parecía la cabecilla del grupo señalando a Jack montado en la enorme Dai que en ese momento estaba intentando bajarse con el máximo cuidado. –Si no lo hubiéramos visto huir de esas criaturas, habríamos pasado de largo.
-¿Ha ocurrido algo en lo que podamos ayudar?
-Puede dedicarse a reconstruir el pueblo, señor Adam. Se va a celebrar un concilio en el lago así que el pueblo estará bien protegido durante un par de días.
-¿Ya han acabado las guerras?
-Hemos encontrado una razón para unir fuerzas, nada más. Puede que el concilio desemboque en una paz larga y próspera pero hasta entonces seguiremos en guerra.
-Lástima. En fin, las brujas siempre serán bienvenidas en este pueblo, sean del clan que sean.
-Le tomo la palabra, señor Adam –dijo la bruja subiéndose a la rama para salir volando montada en ella. Las otras cuatro la imitaron.
Tanto Lou como Anerues se sorprendieron al ver elevarse a esas mujeres lo cual reflejaron bien en sus caras.
-¿No me iréis a decir que en vuestro mundo tampoco hay brujas? –preguntó el padre nada más verles la cara.
-No exactamente –respondió Lou. –“Hubo” brujas pero durante la Edad Media la Inquisición las persiguió y quemó en la hoguera a miles al decir de ellas que eran las consortes del Maligno o cosas peores.
-Ya veo que tenéis cosas que contarme sobre vuestro mundo. En fin, mejor durmamos un poco, que mañana habrá trabajo.
Segundo episodio de BePeuS. Ya se empiezan a caldear las cosas… pero nadie se hace muchas preguntas aún. El viaje continuará…