Cajón de Sastre: El ojo en el cielo
Enero 21, 2008 por jeshuamorbus
Pashu miró detenidamente su nueva habitación, la sala donde pasaría, por lo menos, sus próximos veinte años de vida, la sala donde trabajaría, descubriría, inventaría, leería, contaría, construiría, imaginaría, comería, bebería, dormiría, paseara, relajaría sin casi descanso en pro de su mecenas.
“Es espaciosa” pensó, como siempre, con su típico pensamiento práctico.
Su antecesor hacía ya más de tres meses que había muerto: Ken Kashira, alias, el barquero, creador de más de setenta diseños diferentes de barcos…
Pero en fin, ahora había cambiado la época: Ya no era un hombre quien se encargaba de los asuntos intelectuales del feudo Risea sino una joven mujer apenas salida del convento pero con un enorme talento… o al menos eso siempre decía el abad.
Ese hombre, de enorme espalda, fuertes hombros, mirada aguda y adusta pose siempre aparentaba lo que no era: Siempre se había mostrado blandengue, débil de carácter a pesar de su poderoso cuerpo pero cuando le buscaban las cosquillas aparentaba exactamente lo que era. Y, a pesar de que parecía un mar de dudas, siempre manifestó lo que pensaba (con su típico tono medio susurrado) de quien se encontraba bajo su protección, en este caso Pashu: Una chica que, a pesar de su cara de sueño, aparente falta de concentración, desconexión casi absoluta de la realidad y poco dada a la conversación trivial; siempre se había mostrado muy curiosa, que trataba de encontrar maneras y maneras de solucionar cada cosa de una forma más sencilla; con el ingenio suficiente como para crear sus propias herramientas sin saber que antes algún otro inventor de primer nivel había descubierto después de años y años de investigación, “reinventando la rueda” comentaba el abad; “muy poco cuerpo para tantísimo talento” solía recalcar él…
Sí, era cierto, era muy lista. Y lo sabía. Después de que más de siete generaciones de hombres intelectuales, una mujer volvía a ostentar ese cargo, más de doscientos años después de la última que pisó esa sala.
“En fin…” Pashu entró su escaso equipaje, cerró la robusta puerta de roble y dejó sus cosas encima de la cama, preparadas para ser ordenadas. Sin demasiado interés, siendo guiada más por su sentido práctico que por su curiosidad, analizó la orografía del edificio donde se encontraba: La sala, ahora libre de los artilugios y maquetas que había montado su predecesor, se mostraba espaciosísima, cosa que, sin duda, Pashu no tardaría en arreglar. Había más de treinta estanterías repartidas por las paredes, rellenas de libros, tratados científicos, manuales y demás historias que le serían de utilidad para aumentar su experiencia y así no cometer errores estúpidos. La cama, más bien, el armazón de madera con un precario colchón de piel vieja de oveja, no era especialmente grande ni llamaba demasiado al descanso. Junto a ella se encontraba un escritorio con todos los útiles preparados para relatar y describir los numerosos descubrimientos que pudiera hacer sin tener que esforzarse más que en dar dos pasos desde su cama. Y el resto de la sala, vacía, vacua, sin contenido alguno, salvo por el detalle de las escaleras que ascendían pisos arriba en esa torre.
Pashu trepó con cuidado por esas ya vetustas escaleras y atravesó varios pisos oscuros, probablemente trasteros en los que se guardaban tanto material por usar como materiales usados, ya fueran papeles en blanco y botes de tinta ya fueran manuscritos y diagramas.
Continuó subiendo hasta que alcanzó a la portilla que daba al exterior. La abrió con algo de desgana y salió al exterior, a un gran espacio libre y soberanamente holgado, a sentir la brisa que llegaba desde el mar, un olor salubre que se le antojaba bastante agradable mas no especialmente tentador. Desde su privilegiada posición contempló la ciudad que se extendía colina abajo, las casas que parecían sostenerse en el aire, construidas a base de yeso; las calles cuadriculadas que daban al monte el aspecto de tener una telaraña sobre él; el bullicio previo al apagado de las luces; los numerosos barcos atracados en el gran puerto de esa gran ciudad que era Marna; el mar sereno que reflejaba el color entre índigo y negro que provenía de la poca luz que aún se podía ver en el horizonte…
Sí, todo lo que se podía ver desde la torre Ingenio era inspirador… mas cuando se giró al castillo, Pashu no pudo ocultar su desagrado: Justo a su izquierda, apenas cuarenta metros más allá de la que ahora era su casa, se encontraba la torre Arte, lugar donde residía el poeta de Marna, un idiota que no pensaba más en cantar, bailar, escribir y declamar antes que pensar en comer, dormir y, lo que es más importante, en limpiarse como es debido. Ese maldito cerdo apestaba y encima no mostraba el mínimo respeto ante nadie que no fuera de la familia del señor… ¡y encima, al señor le caía bien!
Aunque, claro, ella no podía quejarse pues siempre había sido así. En el castillo de Marna había cuatro torres: La torre Magna, la torre donde vivía su señor y su familia, lugar desde el cual se dirigía la política del feudo Risea; la torre Nuntius, la del obispo que vivía para redimir los pecados de toda la comunidad; la torre Arte, donde vivía y trabajaba ese inútil para todo y la torre Ingenio, donde Pashu trataría de hacer curiosos descubrimientos sobre el mundo donde vivía ya fueran simples inventos que facilitaran la vida a las gentes, como cosas mucho más grandes como el funcionamiento del clima, sistemas de orientación, tejidos ultra-resistentes… ¿para qué negarlo? Casi todos los ingeniosos que habían vivido a lo largo de los siglos en ese feudo había encaminado sus investigaciones en pro de lo útiles que pudieran ser para los marineros y, muy probablemente, los descubrimientos de Pashu no estuvieran muy allá.
“El día que entienda cómo funciona la mente de un artista, habré acabado por descubrir la piedra filosofal de los ingeniosos” pensó Pashu, algo enfadada por contemplar ese intento de torre recubierta de dibujos y pinturas que representaban las más variopintas situaciones, volviendo a su habitación sin más dilación, preparada para pasar su primera noche allí leyendo los trabajos a medio terminar que dejó su antecesor Ken antes de su muerte.
“Entonces, comencemos.”
En esos primeros días, Pashu se dedicó, casi esencialmente, a leer los muchos libros de la biblioteca de la torre ingenio. Sabía que su labor era inventar pero, si no sabía ni cómo ni qué inventar, nada podría hacer.
La lectura era tediosa, horriblemente cuadriculada y uniformada, con diagramas y más diagramas pero eso, para ella, era su representación de la belleza: No decir nada más que lo que hay que decir, ser escueto y simple, entenderse… Tal vez por eso mismo la lectura le resultaba tan absorbente.
Leyó y leyó, sin apenas dormir más de nueve horas seguidas cada día para acumular la mayor cantidad de conocimientos en el menor tiempo posible, sin casi probar bocado de las delicias que el camarero le traía todos los días… si dejar de respirar le sirviera para leer más rápido, Pashu habría dejado presta de hacerlo.
Sin embargo, al quinto día, sintió todo el cansancio que había ido acumulando y sintió mareos, mareos que recibió con extraño placer, como si le gustara sentir que sus ansias de conocimiento le llevaban hasta el sufrimiento. Nunca había sido especialmente religiosa pero, por alguna razón, siempre le habían gustado las historias sobre mártires que le contaban en el convento, aquellas gentes que sacrificaban todo de sí mismos a mayor gloria de Dios. Tal vez recordar esto le hizo sentir que su sufrimiento le haría justicia alguna vez, que todo el dolor y la incomodidad estaban ahí para probarle que iba por buen camino… Pero no tardó en desterrar esas ideas de su cabeza… ¡Sufrir algo bueno! ¡Diantre! ¡Eso era lo más estúpido que había pensado en años! Si estaba ahí era precisamente para evitar el dolor tanto a los demás como a ella misma.
Debía dejar de estudiar un poco, descansar un poco su ya abotargada mente, distraerse… mas, aún no tenía sueño y, sin sueño, no iría a dormir (así era ella). Así que, como solución rápida, decidió volver a subir a lo alto de la torre. Si bien no le gustaba ver a ese idota declamar al viento, le relajaba ver el movimiento de las olas contra los acantilados que se veían al este de la ciudad.
Con los brazos y las piernas algo embotados, subió por la escalera y salió al exterior. Y, nada más llegar, fue recibida por los acordes de la guitarra del Artista… si bien no soportaba su actitud, había que reconocer que, al menos, la música sí que se le daba bien. Aún a pesar de que tan sólo estaba ensayando, la música sonaba melancólica y agradable, con ese tono y ritmo que tan sólo unos pocos podían imbuir a los instrumentos…
Llevada un poco por la melodía, contempló las luces de la ciudad, unas pocas que quedaban encendidas, destacando mucho sobre la oscuridad general. A lo lejos vio el común movimiento del puerto, donde tripulaciones de unos y otros barcos trataban de divertirse como bien pudieran antes de tener que zarpar. En el mar vio a los barcos amarrados y los buques anclados en las cercanías…
Marna siempre había sido un punto de encuentro de cientos de mercaderes, un punto neurálgico en la economía del reino de Celivai, cosa que permitía al señor feudal de esas tierras poder permitirse mantener a Ingeniosos, Artistas y Nuntios sin problema alguno.
Pashu recibió un potente golpe de aire venido directamente del mar, el cual movió levemente su recogido pelo al igual que movió brutalmente las aguas cercanas, levantando grandes olas contra los acantilados y contra el solitario faro que se levantaba allá a lo lejos, en la entrada de la bahía en la que se encontraba el puerto de Marna.
Y todo ello iluminado por la débil luz que ofrecía la luna en cuarto menguante. Pashu alzó la cabeza y observó detenidamente el astro que se encontraba sobre ella: Era un objeto celeste enorme, una visión más grande que la del sol que se asomaba todas las mañanas por el este. Era un cuerpo azul espectacular, al igual que misterioso: Las noches de luna nueva, sobre la oscura superficie de la luna, se podían ver miles y miles de puntos luminosos, algunos grandes, otros pequeños; unos continuos y otros intermitentes… siempre había sido igual: La luna siempre había tenido luces que la iluminaban en toda su superficie. Los selenitas que la habitaran debían tener tecnologías tan avanzadas como las que tenían en este mismo planeta, pensaba Pashu cada vez que veía entre maravillada y curiosa la esfera que se encontraba en el firmamento.
Así, entre miradas a la luna, al mar y alguna que otra mirada perdida y furtiva a la torre Arte, Pashu pasó las tres horas que le bastaron para tener el suficiente sueño como para querer echar una cabezadita.
Pashu se encontraba escribiendo profusamente uno de sus numerosos tomos de pergamino, anotando todas las ideas que había estado teniendo desde que llegara, cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta.
Se levantó sin demasiadas ganas (odiaba que la interrumpieran en su trabajo) pero fue presta hacia la puerta, con la idea de “cuanto antes termine con este trámite, antes podré volver al trabajo”.
-Buenos días, Ingeniosa Pashu –saludó alegremente su amo Masoh.
Masoh, señor del feudo Risea, era un hombre de robusta apariencia y fuerte carácter. Pashu apenas le habría visto un par de veces a lo largo de su vida, una en el convento y otras pocas más ya fuera de él, en el salón del trono o paseándose por el jardín del castillo que se podía avistar desde la torre Ingenio. Era un hombre que no alardeaba de su posición (sus ropas decían mucho de él), de corazón generoso, bondadoso y caritativo aunque, no por ello, blando: Cuando tenía que dar un grito o levantar su poderosa mano contra cualquiera que amenazara los intereses de Marna, lo hacía sin dudar ni un instante. No había sido una sino tres las veces que había desafiado a los feudos vecinos por menospreciar y vilipendiar la tierra que protegía con su autoridad. No le importaba que comentaran cosas sobre su humilde aspecto, sobre su piel morena, en contraposición de las blancas de sus iguales nobles; o sobre la elección que había hecho sobre su consorte… pero si alguien, quien fuera, se le ocurría agredir aunque fuera tan sólo a uno de sus súbditos, que su tierra se preparara a recibir un castigo del “Señor Humilde”.
-Señor –respondió la mujer arrodillándose. El señor de esas tierras se introdujo curioso en la torre y se dirigió hacia el escritorio, lugar donde comenzó a ojear los escritos de la Ingeniosa. –¿Deseáis saber alguna cosa, mi señor?
-Tan sólo ojeaba un poco tus apuntes –dijo el hombre seriamente. –¿Sobre qué estás escribiendo?
-He estado desarrollando algunas teorías sobre el comportamiento de la climatología en general. Estas últimas semanas he estado intentando idear alguna manera de poder saber en qué dirección van a soplar los vientos pero, de momento, todo son conjeturas, mi señor.
-Pensamiento práctico aplicado a la vida en el mar… Haces honor a tu título, Ingeniosa Pashu. Sin embargo, ¿crees de veras que conseguirás algo?
-He estado haciendo varias observaciones en otros medios –dijo la mujer ofreciéndole asiento a su señor. –El aire no se puede ver así que tuve que probar con otros materiales más visibles al igual que más maleables.
-No te entiendo.
Pashu acercó la palangana de su aseo a la mesa y, una vez allí, la llenó de agua.
-Recordad que esto no es más que una conjetura –advirtió la Ingeniosa. –Imaginad que esta masa de agua es el aire que nos rodea, toda la masa gaseosa que cubre este mundo. Imaginemos que una fuerza ejerza su influencia sobre una zona en concreto –dijo metiendo un dedo dentro del agua. –Esta fuerza altera el equilibrio normal de resto de la masa pues, de repente, aunque ahora mi dedo se encuentre aquí, resulta que hay menos agua que en el resto de la superficie, es decir, todo el resto del agua del mundo ejerce una presión uniforme sobre esta zona que ejerce menos presión. Si se retira rápidamente el dedo –dijo ella haciendo lo propio –el agua vuelve a toda velocidad generando una onda…
-¿Dices acaso que hay cientos de dedos invisibles en el cielo?
-Por favor, mi señor –respondió Pashu sonriendo, –es algo más serio: Al retirar el dedo, que hubiera una presión baja que se encontraba donde mi dedo implicaba que el resto del agua ejercía una alta presión sobre esta zona. Imaginemos, pues, que el aire, como el mar, tenga mareas, que se mueva tanto como el mismo mar. Nosotros vemos que, por culpa de esas mareas, el agua de mar se mueve de manera muy caprichosa pero siguiendo siempre el patrón de las seis horas: Cada seis horas, la marea sube o baja y, con ello, siempre mueve ingentes cantidades de agua haciendo que esta se agite. Algo parecido podemos pensar que le ocurre al aire, sólo que yo creo poder encontrarle una lógica más razonable: Si pudiéramos encontrar la manera de poder “sentir” los lugares donde están las bajas presiones, podríamos distinguir hacia qué lugares se dirigirían los vientos y, en consecuencia, hacia donde irían las nubes, a qué velocidad y, con algo de práctica o con la tecnología adecuada, poder distinguir sin error cuando caerá un chaparrón, cuando habrá calma chicha o cuando se despertará una terribilísima tormenta.
-No lo comprendo del todo… –dijo el señor Masoh con cara entre dubitativa y alegre –pero, al menos en apariencia, suena como algo útil e interesante. Sigue con esta investigación, Ingeniosa Pashu, si antes no encuentras otro campo de investigación mejor, claro.
-Como vos deseéis, mi señor –dijo Pashu abriéndole la puerta al Masoh. –Ahora, si me permitís, quisiera volver a mi trabajo: Aún hay muchas cosas que he de adivinar del comportamiento de los vientos.
-Así sea pues –dijo él dándole una fuerte palmada en la espalda. –Piensa pues esa es tu labor en la vida.
Pashu, entre contenta por haber pasado con éxito esta primera entrevista con el señor de Risea pero algo dolorida por el fuerte golpe recibido (ella no estaba hecha para esos trotes…), volvió a su escritorio esbozando una amplia sonrisa.
-Dama de oscuros cabellos, genio de cálculos varios, de preclaros pensamientos y complejos cometidos… Bienvenida seáis a éste fastuoso banquete.
Pashu frunció el ceño y sencillamente ignoró a ese delgaducho Artista, yendo con prisa a la mesa del señor, lugar donde comería esa noche… no le gustaban los lugares ruidosos como ése, no le complacían ni las luces ni el espectáculo que se veía, no le gustaba Merluri… A esas horas debería estar leyendo teorías sobre física y no recibiendo al señor del feudo vecino (ni se había molestado en recordar su nombre) así que, sin entretenerse demasiado, fue directamente a su asiento, entre el Nuntio Leg y el Artista Merluri… No, esa noche no se iba a aburrir…
Pashu apreciaba al obispo: Conocía su propensión a aumentar su cultura continuamente y sabía que leía y leía libros de toda clase. Tal vez fuera un poco fijo de ideas, un punto intolerante con los que pensaban de manera diferente de la establecida en los documentos que leía pero, en el fondo, era un hombre de ideas abiertas. Dios… Pashu no es que despreciara, sencillamente no era el centro de su vida. Si existía o no, no era algo que le atenazara el pecho.
-Te veo distraída, Pashu –dijo el Nuntio tras un rato de cavilaciones de la joven. –¿Ocurre algo?
-Pensaba… pensaba en cosas… –respondió ella vagamente.
-Viéndote así me recuerdas a Ken: Siempre callado, cavilando cientos de cosas que nadie comprendía…
-¡Sí! ¡El viejo nunca fue muy dicharachero! –exclamó Merluri de repente. –¡Por muchos chistes que le contara, nunca era capaz de recordar ninguno! Siempre con esa adusta apariencia, ese serio bigote, ese porte firme y poderoso…
-…y con un moscón tocándole lo que no le gusta que le toquen… –dijo ella casi para sí, interrumpiendo la enumeración de las características de su antecesor. –Ya sé que parezco una vieja…
-¡No, no! –exclamó el Artista sobresaltado. –¡Nada más lejos de la verdad! Vos parecéis lo que sois: Joven y bella. Mas, por vuestro azaroso y acelerado ritmo de trabajo os habéis echado a perder un poco… no es nada que no se pueda arreglar.
“¿Y éste pretende ser un genio con las palabras?” pensó Pashu. “¡Si no es capaz de declamar un sólo piropo sin que me sienta insultada!”
A partir de ese momento trató de ignorar el estúpido parloteo de Merluri y se fijó tan sólo en sus platos, eso sí, sin dejar de pensar en lo que le estaba ocupando: El movimiento del aire… Ya había logrado probarse a sí misma que su movimiento lo causaban los cambios de presión pero, ¿cómo hacer que su señor lo entendiera? ¿Y cómo hacer para que cualquiera pudiera notar sus cambios? Había que reconocerlo: Pashu era un genio de lo práctico pero con las palabras era un auténtico petate: No sabía explicar las cosas de tal manera que los demás comprendieran sus ideas. En el convento ya había tenido muchos problemas en ese aspecto por lo que casi siempre prefería hablar lo menos posible… odiaba que le señalaran ese defecto por lo que su boca siempre permanecía inmutable.
“Pero aquí todo el mundo habla y habla…” se dijo al tiempo que oía las voces animadas de los invitados a la fiesta, un sonido que se le antojaba confuso y opresor “…demasiados años en una Iglesia…” pensó riéndose de sí misma. Ella, cuanto conocía, era la tranquilidad de un lugar apartado de las ciudades, en el que se respiraba calma y silencio. La torre Ingenio, por suerte, era similar a los largos y sombríos pasillos de su anterior hogar así que podía concentrarse bien pero ahora… las voces no le dejaban centrarse y su mente estaba divagando de un lugar para otro, tratando de evadirse de esa sala infestada de escandaloso ruido… ver a Pashu comiendo en esa atmósfera era como ver a un borracho tratando de mantenerse derecho con una cuchara.
Así pasó el tiempo, entre gritos, canciones, sugerentes aromas y deliciosos sabores mientras Pashu, algo hastiada de cuanto veía, trataba de encontrar alguna manera de salir de allí sin ofender demasiado a su señor.
-¿Estáis bien? –preguntó Merluri al cabo de cierto rato al ver la cara de funeral de su vecina de mesa.
Pashu no contestó. Después de la cantidad de poemas absurdos que había escuchado de ese hombre esa noche, prefería ignorar cuanta lírica le refiriera. Sin embargo, Merluri no le dirigió ni una sola frase más, ni siquiera esperó a que Pashu respondiera, cosa que ella agradeció internamente.
Quizá fuera cosa de lo que había bebido pero se sentía bastante mal. El ruido circundante no sólo no le permitía centrarse en sus estudios sino que, encima, ni siquiera era capaz de seguir su propio hilo de pensamientos sin parar a preguntarse cada pocos segundos si lo que tenía en mente en cada momento tenía algo que ver con lo había cavilado antes.
-Señorita Pashu –la voz de Merluri sonó mucho más comedida que en minutos anteriores en los que alardeaba de su arte con la voz en clamoroso canto. –Si lo deseáis y con la venia de nuestro señor, podéis volver a vuestros aposentos. –La aludida, algo confundida por su leve borrachera acrecentada por el ruido de la bulliciosa sala, alzó la mirada algo confundida. –Antes que Ingeniosa, sois mujer y antes que mujer, persona –declamó sonriente. –Y la cara de una persona que sufre es un libro abierto para mí.
No tuvo que hacérselo repetir: Pashu, con paso cimbreante, huyó, no salió, de la sala y a los pocos segundos se encontraba en los fríos pasillos del castillo percibiendo el sordo clamor de la fiesta.
-Si necesitarais ayuda para volver a vuestra casa, un muy humilde servidor se os ofrece para ayudaros –declaró Merluri que siguió sus pasos.
-…no hace falta… –opinó Pashu que, con el aire fresco, recuperó un poco el norte. –…tengo cosas que hacer…
-Ya, dormir sería una de ellas –el Artista se dio la vuelta y se encaminó de nuevo a la fiesta. –Trabajad si lo deseáis pero antes que Ingeniosa, sois humana. Y no hace falta recordar que un humano no es más que un simple animal que necesita descansar de vez en cuando…
Pashu perdió de vista al Artista y se encaminó en dirección a su torre con toda la diligencia que le permitió su abotargada cabeza.
“Maldito Artistilla de pacotilla” se dijo a sí misma con gracia. “¿Por qué tiene que soltarme tanta palabrería para decirme ‘vete a la cama’…? Por su culpa no puedo pensar en otra cosa…”
Y así fue: Sólo fue entrar por la puerta y ver su lecho. No era cómodo. No era bonito. ¡Dios, si ni siquiera llamaba al descanso! Pero, por primera vez desde que llegara, sintió la necesidad de tirarse encima de ese fino colchón y de no pensar en nada más.
Caminando sobre una gran burbuja invisible iba.
Y dentro de esa burbuja, una burbuja plateada había.
A cada paso que daba, la burbuja de aire se hundía.
A cada paso que avanzaba, la otra también.
Así eran las cosas: Si la primera era aplastada, la segunda también.
Sintió como no estaba sola.
Vio pasos y más pasos moverse aquí y allá, pasos de gentes incorpóreas.
Y vio como, inevitablemente, la pequeña burbuja plateada se resentía ante sus pisadas…
Pashu observó a sus pies tan bella superficie.
Elegantemente simple.
Tan plateada que parecía metal.
Pero tan líquida como…
El sonido de las violas de la Torre Arte sacaron a Pashu de su sueño.
Pero, a pesar de su disciplinada forma de actuar, la mujer sabía que no debía moverse. Sabía que si se movía, la idea que se había perfilado en su cabeza se volatilizaría. Debía fijarla bien, debía mantenerse totalmente quieta. Su deber era proteger ese fino pedazo de frágil cristal que fue esa pequeña ocurrencia.
Ignoró el paso del tiempo. Sintió como el sol avanzaba por el cielo y como a cada segundo que pasaba, le daba cada vez más directamente en su cara. Pero ella no cejó en su intento de darle forma real a su raro sueño.
Imaginó objetos y mecanismos de formas diversas, intuyó e imaginó cuanto quiso sin moverse ni un sólo centímetro. Por mucho que se quejó su estómago, por mucho que su garganta le reclamaba agua, ella no daría su brazo a torcer: No se levantaría hasta que tuviera bien claro su objeto.
Cuando por fin decidió levantarse, sólo tuvo que dar un pequeño salto a su escritorio y agarrar su pluma para escribir de inmediato. Ya era hora de probar que su imaginación le iba a servir de algo a su señor.
Escribió sus teorías sin cesar. Aunque los criados le trajeron comida, ella ya había entrado en un trance del que nadie lograría sacarla. Escribió, dibujó y continuó pensando cada vez más, dando forma a sus ideas. Pensó y pensó. Escribió y escribió. Hasta que sus dedos le dolieron. Hasta que en sus yemas surgieron yagas. Hasta que la tinta embadurnó su blanca mano. Hasta que sus ojos le quemaron. No cejó. No se rindió ante el cansancio de su frágil cuerpo.
Se sentía poseída por una pasión que pocas veces antes había sentido, algo irreal que le hacía olvidarse de todo. Todo cuanto existía para ella en ese instante era su pluma, sus pergaminos y sus ideas.
Cuando por fin terminó, se dio cuenta de cómo rugía su estómago, de cuánto le dolían las manos y, sobre todo, de la hora que era: Sin darse cuenta, el sol se había puesto hacía largo rato y volvía a ser de noche. A esa hora las gentes del pueblo ya volvían a sus casas, los criados del castillo se retiraban a reposar y Merluri arrancaba notas a su guitarra.
Pashu, a duras penas, llevó sus manos a su comida, fría desde hacía horas, y comió con la única compañía de sus libros y la melodía del Artista, el cual no había dejado de tocar en todo el día. Ahora que la Ingeniosa se daba cuenta, recordó la variedad de instrumentos que tocó, con gran agudeza y habilidad… Habría que reconocerle que al menos sí que hacía algo. En todo el día no había dejado de sonar música, ya fuera por los ensayos dirigidos por el Artista, ya por las clases de música que le daba al hijo del señor, ya por el gusto de Merluri.
“Nunca abras la boca si no es para romperlo con algo más precioso que el mismo silencio, ¿era así?” se preguntó Pashu recordando esa frase que alguna vez le dijo el abad. Siempre había seguido a rajatabla esa cita pues, al fin de al cabo, pocas cosas sabía decir que no estuvieran fuera de lugar. Salvo cuando se le ocurría alguna otra manera de atajar los trabajos que le encargaban a ella o a sus compañeras de abadía, no abría la boca ni para atrás. Porque, ¿para qué decir algo que, en realidad, no significa nada? ¿Es que tanto miedo tiene la gente al silencio que cuando puede incluso habla sola?
Pashu no quería entenderlo así que sencillamente no pensaba en ello. Pero eso no quería decir que la única cosa que le gustaba de Merluri, su habilidad con los instrumentos musicales, no le gustara.
“Habla con las manos y lo hace de una manera tan abstracta que da gusto escucharlo” pensó Pashu mientras, de nuevo, se dirigía a su cama a volver a reposar, sin tan siquiera limpiarse las manos del pringue negro que las embadurnaba. Tanto le daba ensuciarse… otra vez el sueño la dominaba. “…a ver si me viene alguna otra idea a la cabeza…” pensó medianamente sonriente al tiempo que cerraba sus casi siempre entrecerrados ojos.
-¡Calma, pueblo! –exclamó Masoh al ver el barullo que había montado Pashu en el piso inferior de la torre Ingenio. –Te dejo tranquila un par de días y mira la que me montas aquí…
-¿Deseaba algo, mi señor? –preguntó Pashu sin apartar la vista de los siete recipientes que había repartidos por la mesa. –Ahora estoy un poco ocupada y, sin querer pretender ser descortés, sugiero que me visite algo más tarde.
El señor Masoh no dijo nada y sencillamente cogió una silla y se dispuso a esperar pacientemente. Según parecía, no tenía mucho que hacer ese día.
-Sólo estoy aquí para saber qué es lo que estás haciendo con todo ese mercurio que habías encargado –dijo el señor. –Ni siquiera el Ingenioso de mi abuelo pidió semejante cantidad de una sola vez…
-Creo que he encontrado la manera de conocer cuál es la presión de aire –dijo ella después de terminar de apuntar algunas cosas y de hacer unas pocas mediciones. –Aún tengo que hacer muchas comprobaciones antes de cerciorarme de ello y tengo que hacer muchos experimentos para lograr crear algún aparato menos aparatoso que éstos para hacer las mediciones…
Masoh se levantó y acercó a los recipientes que no estaba comprobando la Ingeniosa y observó con curiosidad. Todas eran palanganas con un fino pero largo tubito de cristal cerrado en medio. Dentro de ese material transparente se podía apreciar cómo el mercurio que había dentro de las palanganas ascendía hasta quedarse a un nivel bastante superior al del resto.
-¿Cómo funciona esto? –preguntó el hombretón curioso.
-¿Recordáis que os dije que el aire tiene mareas y que se mueve? –preguntó Pashu. –Pues eso tiene otro significado: El aire nos aplasta porque pesa.
-Cuesta de creer –comentó Masoh sonriente pero sin perder la seriedad.
-Ya lo sé… como llevamos toda la vida inmersos en aire, no notamos su peso en nuestros cuerpos. Pero hay materiales que acusan esa presión de una manera significativamente más fuerte.
-¿El mercurio?
-En realidad cualquier líquido, mi señor.
-Entonces, si podías hacerlo con agua, ¿para qué me has encargado tantísimo mercurio?
Como respuesta, Pashu cogió dos vasos de un armario, llenó uno con agua y el otro con el mercurio que quedaba en uno de sus barriletes para luego pasárselos a su señor, el cual acusó notablemente el peso del vaso de mercurio.
-Como puede ver, el mercurio es terriblemente más pesado que el agua –dijo Pashu. –Concretamente, unas once veces más pesado. Por ello, si quisiera poder realizar una medición con agua habría necesitado tubos once veces más largos –dijo señalando las palanganas.
-¿Para qué sirven esos tubos?
-¿Veis que dentro el mercurio ha ascendido hasta casi alcanzar un brazo de altura? ¿Sabéis vos por qué el mercurio ha llegado tan alto? La respuesta está en que el aire presiona el mercurio que hay el la palangana y hace que este ascienda. A partir de esto, si soy capaz de determinar a qué alturas el mercurio señala si hay altas o bajas presiones, podré establecer un sistema muy bueno para determinar cuáles serán los vientos del día.
El señor de Risea miró la sala y miró detenidamente todos los recipientes.
-Todos los tubos tienen el mercurio a la misma altura en esta sala, mi señor –aclaró la mujer. –Si se molesta en subir a la azotea de esta torre, verá como los mercurios que he colocado allí están más altos.
-¿Eso quiere decir algo? –sin entender demasiado lo dicho.
-Sí: dentro de una sala cerrada o bajo un techo, las presiones siempre son más bajas, lo cual explica por qué a veces hay corriente en los pasillos sin que haya viento en las afueras –señaló Pashu. –Como dentro de las casas la presión es más baja, la presión exterior pugna por empujar el aire hacia el interior por lo que siempre da la impresión de que el aire está en continua circulación.
Masoh caviló lo dicho y trató de entenderlo con todo su ser pero no pareció sacar demasiado en claro.
-¿Has escrito algo sobre esto? –preguntó él.
-Desde luego –respondió ella de inmediato, pasándole unos cuantos papeles que había sobre su escritorio. –Si hubiera algo que no comprendáis y mis pobres palabras no son capaces de explicaros, por favor, dirigíos al Nuntio Leg y él seguro que será capaz de haceros comprender lo que mis escrituras tratan de haceros entender la utilidad de estos extraños aparatos.
El señor, satisfecho por lo mostrado por su Ingeniosa, se retiro papeles en mano y ella pudo volver a su trabajo sin más dilación.
La historia que empecé a escribir y nunca me decidí a continuar realmente después de acabar con BePeuS. Pretendía ser una historia de ciencia ficción muy básica… pero no logré encontrar su planteamiento correcto. En fin, espero que os gusten las tribulaciones de esta dama medio dormida.
P.D.: Odio la gripe