Ocurrió en Shivat, en la colina Oroi que un buen día se escuchó un fuerte estruendo. Paredes, desfiladeros, bosques y lagos… todo tembló ante el paso de ese fortísimo sonido que se escuchaba por encima de la tormenta que asolaba ese lugar desde hacía dos días.
Los habitantes del lugar pensaron que sería algo extraño pero tampoco nada de lo que preocuparse por lo que continuaron aislados del mundo exterior, cada uno en su casa, esperando a que la tormenta cesara.
Aunque Lea, una jovencita sin nada más que hacer, se interesó por tan extraño sonido. El día que sonó, salió de su casa y comprobó que no se hubiera originado ninguna enorme avalancha. No vio nada preocupante pero, al ser la única que salió a comprobar qué había ocurrido, fue la única que pudo ver más que los demás: Ese estruendo y esos temblores no acabaron ahí. Pudo notar en sus casi insensibles pies como había algo enorme que sacudía la tierra y las nieves de ese lugar, unos temblores leves aunque regulares. Parecían… pasos. Lentas, firmes y poderosas pisadas cuyo levísimo sonido se veía apantallado por la fuerte tormenta que estaba cayendo.
Fue por este detalle que Lea se acercó al bosque que llevaba a Oroi para ver cuál podía ser la fuente de ese fenómeno. Acertó en la dirección de la que venía ese sonido y al cabo de un par de minutos de carrera, notó como los pasos se volvían más fuertes. No sólo eso: Las ramas de los árboles temblaban, dejando caer la nieve que tuvieran encima suyo. Fuera lo que fuese que estaba provocando eso, estaba en el bosque…
Pero, fuera lo que fuese eso, estaba soportando un frío que la chica no podía aguantar bien. Por desgracia para ella y para frustración de su curiosidad, Lea tuvo que volver a su casa. Y mientras soportaba los fuertes vientos y la lacerante nieve, la chica fue dejando de sentir los pasos de lo que estuviera avanzando por el bosque.
No fue hasta dos días después que pudo ir a comprobar qué había pasado en el bosque. Sin tormenta que la molestara y bien pertrechada con raquetas de nieve, corrió hacia el bosque y comenzó a explorar desde primeras horas de la mañana. Se adentró a toda velocidad, corrió entre árboles, esquivó ramas y espantó a los pocos conejos que aún osaban a salir en esa época. Y se encontró lo que buscaba.
Una gran franja de árboles caídos atravesaba ese bosque de lado a lado. Profundas marcas quedaron en el suelo del paso de lo que hubiera provocado eso, lo suficientemente profundas como para poder traslucir que tenían forma de patas o pezuñas de un tamaño descomunal. La nieve había ocultado su aspecto casi completamente pero Lea sabía que esas huellas era el rastro de una inmensa bestia que había pasado por allí.
Desorientada por tan enorme descubrimiento, la chica se encaminó hacia el este para ver si encontraba a quien hubiera provocado semejante estropicio. Tardó sus buenas horas en hallar algo… y no era lo que ella buscaba precisamente: Cuando creía que había hallado a la bestia que había derribado tantos árboles, sólo se encontró con una pared rocosa con profundas marcas que señalaban que algo había “chocado” contra ella. Arañazos, golpes, rastros de barro y piedras de formas extrañamente regulares…
Lea se dirigió hacia una de éstas extrañas piedras y la cogió: Era sorprendentemente regular y puntiaguda. Fuerte y dura como un hueso aunque lisa y levemente aterciopelada. Y, lo que es más: No era una piedra fría. Nada más la cogió en sus manos, estaba helada, pero cuando permaneció unos instantes en ellas, adoptó su calor… no era piedra, no era madera ni tampoco hueso. Era como… un cuerno blando. Extrañamente orgánico para un lugar tan inerte como esa zona de la montaña, casi completamente desnuda de árboles.
Con ese cuerno tan enorme como una de sus piernas bajo el brazo, echó un último vistazo por el lugar y dedujo que, fuera quien fuese el dueño de ese cuerno, había salido de allí pues no había ningún rastro más camino al oeste.
Dejaría la investigación de ese fenómeno y se encaminó de vuelta a casa para tomarse la sopa que su cuerpo le estaba comenzando a reclamar.
Siempre me ha gustado viajar por terrenos comunes en situaciones poco corrientes. ¿A quién no le gusta dar un paseo por nieves vírgenes?
Genial, me imagino que ya sabes que no soy un gran lector. Pero hasta yo se reonocer cuando algo es bueno.