Cajón de Sastre - Akashia: Capítulo 1
Febrero 1, 2008 por jeshuamorbus
El almirante dormía apacible en su lecho después de una larga jornada de trabajo. Aún teniendo algo de hambre atrasada, prefería aliviar un poco el calor que procedía de su cuerpo después de ese uso largo y continuado de su poder para curar a sus soldados. No es que le molestara realmente pero le resultaba incómodo usar con tanta diligencia su fuerza.
La de veces que acabó con flotas enteras sólo con sus manos… limitarse tanto le comenzaba a pasar factura. De todas maneras, no le preocupaba demasiado estas limitaciones: Llegado el momento de la verdad, se mostraría cuán poderoso era realmente. Claro que aún no se había dado el caso…
La batalla del día anterior fue una más de cientos que ya había librado. Estas peleas, escarceos según el mismo Kaijin, no eran más que peleas contra morralla que se hacía la importante. Eso era algo que tenían claro todos los que participaban con él en esta larga saga de batallas.
La Umbra, ese lugar tan lejano de todas partes, ese virtual espacio que separaba a las esferas entre sí, era un lugar donde, teóricamente, nadie podría ser capaz de vivir. Y sin embargo, allí estaban ellos: Los Hakha, los exiliados de las esferas, los que, cansados de todo lo que implicaba estar bajo el dominio de una frontera, decidieron abandonarlo todo con toda su voluntad y saltaron más lejos de lo que ninguno de sus iguales se atrevería hacer… el ejército de los Hakha de Kaijin era, probablemente, uno de los más poderosos y uno de los que cumplían con su deber mejor que ningún otro. Kaijin, “el almirante de Elkha” o “el gran guerrero Hakha”, era aclamado por los Hakha que vivían en las esferas liberadas (aunque él prefería decir “conquistadas”) pues, su labor belicosa había librado a la Umbra de gran cantidad de estúpidos que se proclamaban a sí mismos como los grandes amos de ese espacio completamente vacío.
Pensando en la inmensidad de ese enormísimo compendio de universos, Kaijin cayó aún más en su sopor…
-Señor Almirante, despierte, por favor –mala petición: El pobre desgraciado al que se le ocurrió llamarle justo cuando estaba más cómodo salió volando contra la pared antes de que pudiera sugerir nada más…
Kaijin, molesto a todas luces, se alzó de la cama de campaña de la nave hospital de Elkha y miró a su alrededor a quién había descalabrado: A su alrededor vio a algunos soldados a los que había sanado, los médicos yendo de un lado para otro recogiendo el estropicio formado por el lanzamiento del almirante, el pobre timonel que hizo una petición poco conveniente y Alice… extraño que esa chica, más inquieta que un gato que persigue a un ratonzuelo y más curiosa que un monito, estuviera quieta junto a la cama del que consideraba su padre. Era rarísimo que estuviera quieta en un solo lugar.
La pequeñuela esa, tan inocente allí y tan peligrosa allá fuera, era como la mascotita predilecta, mimada y querida por toda la tropa. No había hombre o mujer bajo el mando de Kaijin que no se embelesara con la inocencia de esa damita que todo el mundo consideraba como “la niña de sus ojos”. Cosa difícil de creer teniendo en cuenta su manera de pelear… parecía que para todos primaba más su aspecto infantil antes que su brutalidad en combate (lo que no quitaba que todos se lo pensaran cuatro veces antes de atreverse a tan siquiera tocar a la niña). Todo el mundo se mantenía un poco alerta con ella pero todos agradecían cuando la niña se les subía a las espaldas y montaba un rato a caballito… dejando a un lado infantilismo, brutalidad y posición dominante, era una dama delicada y que se dejaba mimar.
-¿Eso no duele? –preguntó con tono neutro sin apartar la mirada de su querido tutor.
-Duele mucho porque me dio la gana –comentó Kaijin molesto al tiempo que se levantaba y se dirigía al timonel que yacía patas arriba en el fondo de la sala. –A ver, ¿qué pasa? Más vale que la razón sea buena… –El pobre timonel, apenas consciente, dejó caer los libros que tenía en los brazos y el almirante supo a qué había venido… –Epa… perdona el volteo –se disculpó al tiempo que recogía los libros de la bitácora… y dejaba al chaval enderezándose solo. –Las pastillas para los dolores de espalda están en la estantería del fondo –fue lo único que añadido el almirante mientras abría los libros e iba comprobando las anotaciones.
En esos diarios de bitácora, Kaijin tenía apuntados los datos concernientes a los últimos tres años de navegación por la Umbra en esta larga campaña militar. Tres años eran pocos para él si con ello lograba el prestigio que deseaba tener: Que lo respetaran y acataran sus órdenes sólo por méritos era algo que no tenía precio en la Umbra. Por suerte, esos tres años de penurias y batallas continuas estaban a punto de acabar… después de eso, un tiempecito de descanso en Shinryuu, una serie de largas visitas a las bibliotecas y al instituto cartográfico, buscar información por todas partes y…
-¿Cuándo volvemos? –preguntó la damita con uno de los diarios de bitácora abierto sobre la falda.
-¿Estás cansada de dar vueltas a lo tonto por todas partes? –preguntó Kaijin atrayendo a Alice hacia sí, gesto que la niña aceptó con gusto.
-No me gusta tener que ir contra tanta morralla –se quejó con tono infantil. –¿Para cuándo un primordial?
-Para cuando se pueda –le dijo al oído. –Lo queramos o no, aún no es momento… ¿crees que estos…? –Kaijin hizo una pausa y comenzó a contar mentalmente –¿Crees que estos seiscientos “dioses” de tres al cuarto son algo comparado con “ésos” que están fuera? Podrás aguantar mucho frente a ellos, pero ellos nunca te han dejado atacar.
-Para eso estás tú aquí –comentó ella con una dulce sonrisa. Sin embargo, la expresión preocupada de su “padre” la extrañó un poco. –¿Te pasa algo?
-Nada que te pueda preocupar –replicó él poniendo su cabeza encima de la de Alice. –Sólo pienso en la cantidad de trabajo que nos queda antes de poder dar un paso más…
Alice no añadió nada más: Sabía de qué estaba hablando, el verdadero objetivo de Kaijin en esta horriblemente larga odisea. Aún a sabiendas de que lo que intentaba Kaijin era completamente imposible, no se atrevía a decirle lo que realmente pensaba. Al fin de al cabo, lo que le mantenía vivo era perseguir esa quimera hasta el último rincón de la Umbra.
-¿No quieres dormir un poco? –preguntó ella conciliadora. –Ya me encargo yo de que otro pringue con los libros estos.
-No –pidió él al tiempo que se volvía a echar en la cama. –Tengo que revisarlos y luego, sellarlos y firmarlos… preferiría no tener que estar persiguiéndolos de una nave a otra. Una vez acabe de confirmar todos los asientos de los libros, podremos volver a Shinryuu y tomarnos un descansito largo…
-Tú lo que quieres es ver a Sihinami –se mofó ella pero sin lograr que su padre abriera los ojos una vez estuvo echado.
Así las cosas, Alice no perdió el tiempo y se fue a la cama contigua y, como Kaijin, se puso cómoda. Ya que iba a pasar tanto rato sin él, al menos que fuese en una larga siesta…
Cuando el almirante despertó, se encontró con su querida niña durmiendo a su lado. Parecía que durante ese tiempo de descanso, la jovencita se había pasado a su cama… no era la primera vez. Y no lo hacía porque tuviera miedo de nada: Sabía que, cuando ella se encontraba durmiendo a su lado, le había tocado soñar con cosas que no le apetecía recordar.
La pequeña aún estaba dormida así que prefirió no molestarla y volver a sus labores sin incomodarla. Tal como dejó las cosas antes de irse a dormir, ya deberían estar llegando a Shinryuu. La última batalla se libró relativamente cerca de la denominada “capital de los Hakha” así que, si habían pasado cosa así de ocho horas, habrían hecho ya más de las tres cuartas partes del camino.
Salió de la nave hospital y se dirigió a la nave insignia para retomar las labores de mando que había delegado en su timonel (el único con las agallas (o la estupidez) necesarias para ser su segundo al mando). Cuando llegó, lejos de ver ningún desorden, vio que todo estaba perfectamente controlado: La formación de la flota era correcta, había previsto varios inconvenientes en la ruta y había organizado una que los alejara de las zonas con mayor abundancia de espectros de la Umbra, llevaba la nave insignia con pericia y no parecía haberse retrasado ni un ápice después de los rodeos que había organizado… al parecer de Kaijin, pecaba de demasiado prudente pero no lo hacía mal.
“O eres un pobre hombre sin suerte o es que vales más de lo que aparentas” fue la opinión de Kaijin nada más le vio la primera vez. Ser trasladado a su mando implicaba que fuese uno de los mejores o que quisieran librarse de él… pero parecía que la balanza se inclinaba más por la primera posibilidad. “Creo que sería bueno ir preguntándole el nombre” pensó el almirante tras darse cuenta de que no tenía ni idea de cómo se llamaba (teniendo en cuanta que ningún timonel le duraba sano más de tres combates, era de lo más normal…).
-¿Cómo va todo por aquí? –preguntó el almirante.
-Todo en orden, señor –saludó ese grandullón que sacaba más de una cabeza a su superior. –Hemos evitado todo encuentro inútil y me he concentrado en maximizar la celeridad de la flota.
-¿Algún problema con las tropas?
-Sólo la nave de retaguardia ha informado quejas y el tercer acorazado de la segunda división se ha mostrado algo rebelde con mis órdenes –informó secamente.
-Ya… ese desgraciado de Luke es rebelde hasta conmigo… –comentó Kaijin. “Algún día me lo cargaré… algún día…” se dijo para sus adentros. –¿Ninguna contingencia más de la que tenga que ser informado?
-Nada, señor.
-Vete a la cama y deja que pringue otro pues –dijo Kaijin señalándole la puerta. –Cuando despiertes ya estaremos en Shinryuu.
-Déme una patada si requiere de mis servicios –se despidió igual de campechanamente el aparentemente disciplinado timonel.
Kaijin le refirió un gesto de despedida y se puso al frente de los mandos de la nave. Quitando al operador de comunicaciones, en el fondo de la sala de mando, allí sólo estaba Kaijin.
Desde su posición se podía apreciar la esfera a la que se dirigían. Hacía ya más de nueve meses que no la veía… esa campaña de tres años contra todas las falsas divinidades que habían ido apareciendo a lo largo de las últimas décadas había sido una de las más largas y agotadoras que había tenido que realizar en mucho tiempo. Esperaba que, nada más llegar, no le saltara un mandamás informándole de que tenía una misión urgente que cumplir… tantísimo tiempo sin un miserable permiso ya le estaba crispando sus (ya de por sí) crispados nervios.
“Es el triste sino de un oficial de alta graduación como yo…” había dado ya cientos de permisos a sus ya casi semi-neuróticos soldados puesto que comprendía perfectamente lo cansados que estaban. Y les envidiaba monstruosamente por eso… ¿por qué demonios un soldado raso tenía más derecho a un descanso que un sufrido almirante?
Lo que fuera: Ya discutiría eso con sus superiores y entonces les pondría en su sitio. Era su costumbre, al fin de al cabo.
Imaginaba que, después de esta larga campaña, asignarían a otro almirante para que se pusiera al mando de otra tropa para continuar con su trabajo: Si algo tenían en común las falsas divinidades es que surgían de ninguna parte como setas.
“Imagino que el trabajo le tocará a Neerida…” pensó Kaijin pensando en esa obsesa, loca y desquiciada hechicera. “Curra bien, al fin de al cabo” aunque, en el fondo, pensaba que sería mejor un Shinryuu sin una Neerida que estuviera por ahí tocándole las narices y retándole a duelos sin sentido que monopolizaban su tiempo. Encima, si osaba negarse a sus deseos, siempre propagaba “lo cobarde e inútil que era”… cómo le cansaba tener a esa pesada tras sus pasos. “Si yo soy (relativamente) pacífico… ¿para qué demonios quieren a esa idiota entre sus filas?” ni que decir tiene que Kaijin sabía ya la respuesta: Loca, mas muy poderosa y a la que convenía tener del lado Hakha.
A medida que se iba acercando a Shinryuu, Kaijin pudo apreciar que cada vez había más y más naves en la Umbra cercana al plano que tenía enfrente: La gran capital de los Hakha independientes, la ciudad amarilla, Shinryuu.
Incluso para él se le hacía extraño que la capital fuese un plano y no una esfera… aunque por culpa de su forma fuese susceptible de recibir más ataques que una esfera, ese plano permitía un tránsito rápido de toda clase de vehículos ya fuesen civiles ya militares que traían prosperidad a ese lugar. Eso ponía en situación de debilidad a Shinryuu pues permitía la entrada de enemigos casi sin problema. Pero eso estaba mayormente solucionado gracias a la enorme cantidad de esferas menores y mayores y estaciones varias que vigilaban con suma efectividad el enorme perímetro de la gran ciudad.
Pasaron un par de horas y Kaijin ya pudo apreciar a los remolcadores que los llevarían sin problemas al túnel de entrada. Una vez subiera el encargado de guía, dejaría de mandar sobre las demás naves de la flota y podría olvidarse de sus labores de almirante. Cuando acabara con la guía de Ultema, se cogería a Alice y se perdería por las inmensamente largas calles de Shinryuu para ir a hacer una visita a una vieja amiga.
“Que les zurzan a los viejos” pensó Kaijin mientras veía acercarse la lancha del encargado. “Tengo cosas más importantes que hacer que darles explicaciones…”
El Templo Eremes se encontraba delante suyo, tan sereno y silencioso como esperaba. Parecía que ese día no oficiaban servicios así que el lugar estaba muy tranquilo, con apenas cinco o seis personas a su alrededor. Alice, con un atuendo más ligero (aunque igualmente llamativo), paseaba alegremente mientras se comía una chuchería. Kaijin, por su parte, iba ya bastante relajado después de dejar la nave a toda prisa antes de que ningún oficial llegara a él. Supuso que su timonel no tendría ningún reparo en hacer frente a los que llegaran…
El día estaba nublado y apenas se podía ver la luz de las esferas satélite de Shinryuu. Como en Eremes no había iluminación pública, los dos iban casi en la penumbra. Las luces del templo les guiaban pero, aún así, había que vigilar donde pisaban.
A mitad de camino, cambiaron de ruta y se dirigieron a las intendencias occidentales, lugar donde encontrarían a la persona que andaban buscando. Una vez allí, pasaron la entrada y se dirigieron a la zona residencial. Teniendo en cuenta la hora que era, Kaijin imaginó que la dama que andaba buscando estaría de vuelta de trabajar. Y, como imaginó, así era: Tras avanzar por unas cuantas calles, se cruzó con Sihinami, la primera sacerdotisa del culto de Shinryuu.
Ni que decir tiene que se reconocieron al instante.
-¡Sihi! –saludó alegremente Alice al tiempo que saltaba a sus brazos.
La pequeñuela fue recibida con el mismo cariño que desprendía y, la mujer, sin los hábitos de su orden, dirigió su mirada al acompañante de la damita.
-Cuanto tiempo –comentó esa mujer de tez blanca y pura, de expresión tan serena como el ambiente que los rodeaba y de modales tan refinados que todo cuanto había a su alrededor parecía imbuido de una elegancia sin par. –¿Cuándo habéis vuelto? No sabía que hubiera llegado ninguna flota últimamente…
-Hemos llegado ahora mismo –respondió Alice al tiempo que se agarraba a su brazo. –Papá está que muerde así que mejor sería que se sentara.
-Conociéndole, imagino que andará un poco harto de pelearse por ahí –comentó con gracia la dama blanca. –Vamos a mi casa y hablemos un tiempo acerca de cuanto ha ocurrido durante este tiempo…
Kaijin no respondió, sólo asintió… Sihinami era de las pocas personas que eran capaces de hacer que mantuviera el pico cerrado durante horas sin querer abrirlo ni para replicar cosas evidentes. Por su parte, era la inmutable Alice la que más se abría con ella: No se parecía en nada a la Alice que la acompañaba en todos sus viajes, siempre tan callada a la par que curiosa. Cuando Sihinami estaba presente, pasaba a ser la alegría de la huerta y sólo quería que los ojos de la sacerdotisa estuvieran puestos sobre ella.
No tardaron en llegar a la humilde casa de Sihinami. A pesar de ser una gran sacerdotisa, su vivienda no era precisamente la más llamativa. Gustaba de no llamar la atención en su vecindario (de hecho, pocos habitantes de su calle sospechaban siquiera que alguien tan importante viviera junto a ellos) lo cual era un alivio para una mujer tan conocida como ella. Aún así, su casa destilaba la misma elegancia que su presencia, ya fuese en la pulcritud del ambiente, ya en el cuidado jardín, ya en las plantas que dominaban la pared norte de la casa…
Se introdujeron en la casa mientras Alice hablaba por los codos. Sihinami, lejos de sentirse agobiada con la larga perorata de la pequeña, parecía disfrutar de su largo discurso lleno de interrupciones por falta de vocabulario de la chica. Kaijin estaba ahí presente como un mero espectador…
Una vez en el salón, la mujer llamó a su sirvienta y pidió unos refrescos para todos y se sentó mientras Alice seguía hablando de cualquier cosa, ya fuesen batallitas, ya tonterías de lo más banal.
-Debe ser agotador llevarte a Alice a todas partes, ¿verdad? –comentó Sihinami a Kaijin. Fue hacer esa preguntita y Alice calló de inmediato: Respetaba tanto a esa mujer que no osaría hablar cuando quisiera tratar cualquier otro tema con su padre.
-La agotada debería ser ella –respondió Kaijin al tiempo que llamaba a su pequeña hacia sí. –Sólo me resulta algo molesta cuando se emperra en querer ir a por un primordial.
-Es que Alice es mucha Alice –rió agradablemente ella. –¿Cuánto tiempo te quedarás esta vez?
-Tanto como pueda –aseguró él. –Ya se ha acabado mi última misión, la he cumplido con creces y ahora no pueden negarme unas vacaciones…
-…que se les ocurra… –interrumpió Alice con cara neutra.
-Nos podremos pasar más a menudo por aquí.
-Eso es lo que quiero –sonrió ella. –Sólo evita meterte en problemas como siempre haces.
-Yo no busco problemas, se los buscan conmigo –bufó él. La sirvienta llegó en ese momento, entregó las bebidas pedidas y se retiró en silencio. –¿Cómo te ha ido a ti durante estos meses?
-El trabajo sigue estando ahí –respondió ella mientras se apoyaba en el respaldo de su sillón. –Es bueno que la fe crezca entre los habitantes de Shinryuu pero cada vez más me preocupa que me vean como a un mero ídolo… yo no soy la diosa de ese mundo.
-Sólo eres una simple santa –comentó Kaijin riéndose un poco de la fama de Sihinami. –Bromas aparte, creo que te has ganado esa fama a pulso. Si tanto te molesta que te admiren tanto, siempre podrías cambiar de congregación. Nosotros seguiríamos yendo a visitarte estuvieras donde estuvieras…
-Me gusta mi congregación –replicó la mujer. –Si tanto dicen que me admiran, imagino que podrán aprender de mí que no soy tanto como ellos imaginan. Algo que me ha demostrado mi experiencia, es que el tiempo ayuda mucho a enseñar cosas pequeñas a la gente.
Kaijin bebió de su taza y se apoyó en su asiento, cansado mientras Alice acomodaba su cabeza sobre sus piernas para echar una siestecita.
-¿Pasaréis la noche aquí? –preguntó ella al ver el cansancio que arrastraban sus invitados.
-Si no te molesta…
-No me molesta –sonrió ella. –Llevaremos a Alice a mi cama y charlaremos de nuestras cosas hasta que te caigas de sueño –no añadió más y se levantó para coger a la chica que, nada más pasarle la mano sobre sus cabellos rubios, cayó profundamente dormida. Kaijin quiso ayudarla pero, con el mismo gesto, hizo que se quedara amodorrado. –Hablamos ahora: Tú duerme un rato…
Kaijin continuó dormido largo rato. Era evidente que arrastraba mucho más cansancio del que quería reconocer pero, aún así, trató de alzar la cabeza y despertarse. Sin embargo, cuanto vio fue una sala que siempre que cerraba los ojos para dormir, revivía en su gloria y esplendor…
Sería una simple casucha perdida en los suburbios de una gran ciudad pero allí había vivido algunas de las épocas más felices de su vida. Pero, precisamente porque ya había perdido la oportunidad de volver a vivir esa época, el evocar tan maravillosos momentos no lograba más que sumirlo en la depresión de saber que había cosas que nunca volverían a ser como antes…
Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Sihinami.
-¿Otra vez? –preguntó la mujer que había colocado la cabeza del hombre sobre sus rodillas.
-¿Me he retorcido en sueños? –preguntó Kaijin tratando de levantarse, siendo detenido por la mujer.
-Hacías lo que fuera posible para escapar del sueño –respondió Sihinami. –¿Tanto odias recordar?
-¿Y a quién le gusta la niebla? –se quejó amargamente él. –Ver lo que más deseo no es palpar lo que quiero –Kaijin suspiró. –Ya llegará el día en que vuelva…
-Cada cosa a su tiempo –replicó Sihinami levantándose y dejando que Kaijin se alzara a su vez. –Eres persona seria pero deberías dejar de perder el norte cada vez que duermes.
Kaijin bufó disgustado de que hasta ella le diera ese consejo. De todas maneras, no le molestaba: Hasta él diría algo similar en el caso de que se diera la situación en otra persona.
-Dentro de un par de horas tendré que marchar –dijo Kaijin tras mirar su reloj. –¿Podría dejar a Alice por aquí?
-Eso no se pregunta –sonrió ella. –Luisa es buena compañía pero me gusta tener a esa pequeñuela paseando por aquí cuando vuelvo del templo. Pero hasta que marches, siempre podrás quedarte por aquí para contarme de todo.
-¿Sigues sin encontrar una buena excusa para marcharte de vacaciones? –rió Kaijin.
-Mis feligreses me tienen tan agarrada como tus superiores a ti…
Así, mientras hablaban tranquilamente acerca de toda clase de tonterías, el tiempo en ese plano siguió avanzando hasta que en el infinito horizonte de ese lugar comenzó a despuntar una de las esferas que alumbraban ese lugar.
Los astros no existían en los planos y menos aún en Shinryuu que carecía hasta de cobertura que diferenciara el cielo de la Umbra que había más allá de ese mundo. Sin embargo, las esferas emitían su propia luz por lo que, cada cierto tiempo, el plano giraba de tal manera que la luz daba directamente sobre ella e iluminaba toda esa superficie. Las estrellas del firmamento no pasaban de ser más y más esferas de toda clase y lo más parecido a un planeta o a un cometa eran las esferas de clase inferior o las estaciones artificiales creadas alrededor de Shinryuu… podría sonar un tanto deprimente pero según desde qué zonas, la vista era preciosa.
Aunque Kaijin no era de esa clase de gente que se embelesaba con las estrellas, claro (las veía absolutamente todos los días de su vida: Normal que acabara algo harto).
Cuando éste vio que el tiempo se le agotaba, tuvo que acabar con la agradable conversación, cosa que entristeció a ambos. Sin embargo, era lo que había: Para él, era momento de volver a ser el almirante y para ella, el momento de volver a ser la sacerdotisa mayor del templo Eremes.
Sin mediar más palabra, Kaijin salió por la puerta y Sihinami lo despidió con una mano. Aunque supieran que no estarían mucho tiempo separados, ya deseaban que transcurrieran las horas hasta ese momento. Porque de la confianza había aflorado el aprecio más profundo desde que Kaijin perdiera a su primer amor. Porque de esa relación, Sihinami había aprendido a ser más humana y menos desapegada de su cargo. Uno deseaba ser querido y lo había logrado. La otra deseaba ser aceptada y lo había logrado.
Lo único que deseaban era que estos tiempos serenos duraran el mayor tiempo posible…
-…y por la presente declaramos que ha sido acusado de desacato e ignorancia deliberada de sus deberes como almirante de la flota bajo sus órdenes en el desembarco. ¿Algo que alegar de la acusación, almirante? –preguntó el mariscal al recién llegado Kaijin.
-Ya sabe lo que pienso –bufó Kaijin sin ni siquiera mirarle a los ojos. –Nada que alegar salvo que “estoy cansado”.
-Se le pensaba degradar o acortar las vacaciones que había solicitado –continuó el mariscal ganándose una ceja enfurecida del que estaba siendo juzgado –pero vistos los méritos de su última misión, no tiene sentido castigar…
-…el simple incumplimiento de una tonta formalidad –bufó Kaijin sin más. –Hasta ustedes se quejan de que por culpa de un papel no se pueda iniciar un ataque.
-Siempre tan osado… –se quejó el superior de Kaijin.
-Siempre tan sincero y amado por todos ustedes –anunció con una gran sonrisa, siendo la respuesta de los cuatro presentes una cara de perro que habría amedrentado a cualquiera menos a Kaijin. –Vamos, señores, no pongan esas caras: Siempre me he comportado así y mi trabajo no hace que me comporte mejor.
-En fin… –suspiró el general. –Dejando desavenencias personales con usted, ¿alguna petición o queja?
-Sólo una queja: Hagan algo con Luke. Entorpece los combates con su estilo barriobajero y indisciplinado de pelear. Con él al mando de una división me es casi imposible coordinar un buen ataque.
-Su queja quedará anotada –sentenció, como siempre hacía, el general. –Si no hay nada más que añadir, doy por cerrada esta reunión estratégica. Puede irse… –mientras Kaijin se levantaba animado por haber terminado con esta formalidad y el general recogía sus papeles, éste añadió algo: –Y, por cierto: Disfrute sus vacaciones. Creo que se las ha merecido.
Kaijin asintió complacido. Al menos, el general Rev era el menos perro de todos sus superiores. De vez en cuando se permitía el lujo de ir en contra de cualquier protocolo y poder hablar tal como hablaba cuando aún era un simple recluta de tres al cuarto. No le caía bien pero reconocía que hacía verdaderos esfuerzos por parecer simpático.
Cosa que no ocurría con el mariscal G, siempre con ese seriote aspecto y el adusto bigote que llevaba a todas partes. Era el mayor cabeza cuadrada que jamás había conocido Kaijin. Sólo y únicamente su nombre era lo único que se escapaba a su estricta disciplina (era el único en todo el ejército Hakha que se atrevía a usar un alias como nombre oficial). Por lo demás, era un hueso, mas un hueso en el que se podía confiar.
Kaijin, animado, salió de la sala con paso enérgico. Pero nada más cruzó el umbral de esa puerta, escuchó la única voz que no deseaba escuchar…
-Saludos, enanito –saludó Neerida nada más salió su colega almirante de la sala de reuniones. –¿Ganándote otra degradación?
-Marchando de vacaciones, gracias –comentó Kaijin sin dejar de andar para llegar cuanto antes a la salida y así librarse de esa maldita pesada. –Tengo a una linda niñita esperando que aparezca para contarle un cuento nada más llegue a casa.
-¿La pequeña Alice sigue siendo tan infantil? –comentó Neerida siguiendo los pasos del otro. –Con lo seria que parece…
-¿Y tú sigues siendo tan pueril? –se quejó Kaijin acelerando el paso.
-¿Pueril yo? ¡Por favor! ¡No insultes mi orgullo! –replicó ella altiva al tiempo que aceleraba el paso al tiempo que Kaijin. –En ningún momento mencioné la palabra “duelo”.
-Pues la acabas de mencionar –Kaijin volvió a aumentar la cadencia cosa que hizo que Neerida hiciera lo propio. –Y mi respuesta sigue siendo “no”.
-¡No seas tan gallina, enanito!
“Sigue por ahí y vuelo todo el cuartel contigo dentro…” se dijo el cada vez más acelerado Kaijin. –Tengo cosas más importantes que perder treinta horas de mi tiempo en tus juegos… además, dentro de poco tendrás trabajo.
-¡Por eso mismo mejor hacer esto ahora! –exclamó la otra mientras corría a toda prisa tras de Kaijin. –¡No quiero tener que esperar tres años para tener otra oportunidad!
-¡Se siente! –Kaijin, harto de atraer todas las miradas del cuartel por esta absurda carrera, concentró su poder frente a él y generó un portal que lo lanzaría a un punto al azar en Shinryuu. Antes de que Neerida pudiera detener la carrera de Kaijin, éste ya había saltado bien lejos del cuartel… o al menos eso creyó al principio: “Malditos saltos al azar” se dijo cuando vio que seguía en el cuartel, concretamente en el patio justo debajo de la ventana en la que estaba Neerida mirando en todas direcciones para tratar de determinar dónde demonios había acabado su rival.
Trató de no llamar la atención y seguir su camino de vuelta a casa de Sihinami: A lo mejor ésta era la mejor solución, al menos mejor que acabar a doscientos kilómetros de cualquier lugar habitado en ese plano… las pasó canutas cuando se vio atrapado en un erial lejos de la enormísima zona habitada de ese plano. Tuvo que hacer de tripas corazón y comenzar a hacer auto-stop en plena Umbra para poder volver a una velocidad decente al puerto…
En fin, gracias a este mini-salto, Neerida se había rendido ya y ni siquiera se fijó en que su rival se iba en otra dirección con suma pachorra, aunque con prisa por volver junto a su pequeña protegida. Cosa que le llevaría su tiempo, máxime teniendo en cuenta que no quería llamarle la atención a la cercana Neerida. No podría volar ni trasladarse automáticamente a la casa de Sihinami porque sino lo notaría su pesadísima rival. Así pues, no le quedó otra que “perder el tiempo” yendo a pie hasta su destino… aunque, tal vez porque ya tenía vacaciones desde tantísimo tiempo, se sentía hasta amable y pensaba en conocer un poco más esa zona de Shinryuu. A lo mejor encontraba algo bonito para su pequeña o algún obsequio para Sihinami…
Paseaba distraídamente, observando los escaparates de diferentes tiendas de toda clase, pensando en si sería buena idea comprar algo de chocolate para ellas, un vestido bonito para Alice, alguna joyita linda para Sihinami… se paró delante de una tienda de mascotas para ver si había algún bozal a juego con el delantal de Luisa… esa “doncella” no le caía bien, gritaba demasiado para su gusto…
Pero, al final, decidió comprarle una caja de bombones a la desagradable doncella, al fin de al cabo, era muy amable con Alice.
Así pues, pertrechado con toda clase de regalos, Kaijin se encaminó hacia la casa de Sihinami. Transitó por calles oscuras y poco transitadas, todas ellas con un frío espectral sin detenerse en ningún momento: Quería sacar provecho a sus días de asueto al máximo…
Sin embargo, a mitad de camino, notó algo extraño: Habría jurado que había notado pasar a Alice a toda velocidad justo a su lado. Se giró extrañado pero, salvo algún coche que iba por ahí, no notó nada extraño. Aún extrañado, no dejó de caminar: Para él era imposible que Alice, cansada de tanta batallita umbral se hubiera levantado todavía de la cama. Por narices tenía que estar bien dormidita en una cama bien cómoda…
-¿¡Que no está!? –gritó Kaijin al ver que Alice no estaba en casa de Sihinami.
-Creo que he sido clara al decírselo, señor mío –replicó, imperturbable, Luisa. –Se despertó apenas una hora después de que se marchara usted. Sihinami ya estaba dormida así que no la detuvo y como me dijo que iba a buscarle a usted, no le hice más preguntas… ¿he hecho algo malo?
Kaijin respiró para tranquilizarse un rato: Esto no era normal. Alice siempre era fiel a sus pocas costumbres con él. Jamás habría salido de casa de Sihinami sin avisarle a él antes por cualquier medio, ya fuera una llamada de teléfono o dejando una nota. Tal vez no fuese su verdadero padre pero se comportaba como tal aún sabiendo lo autosuficiente que era… si había salido sin informar de a dónde había ido, tenía que haber marchado por razones más importantes que descansar de sus deberes militares… su primera reacción fue coger su teléfono y hacer una llamada rápida:
-Akages, ¿sigues en el puente?
-¿No estaba de vacaciones, señor? –preguntó el timonel mientras, de fondo, se escuchaban tecleos varios aparte de la respiración tranquila y cansada del timonel de Ultema.
-Eso no importa –sentenció Kaijin. –Accede a los informes de posicionamiento y entérate de si Akashia ha aparecido cerca de Shinryuu.
-Pero si ahora estoy con…
-Hazlo y hazlo ahora –Kaijin cortó abruptamente y se dirigió a la salida a toda prisa. –Luisa, ni una palabra a Sihinami: Lo último que quiero es que se preocupe.
No esperó respuesta de la madura doncella y corrió cabía el parque de Eremes, lugar en el que comenzó a componer el emblema que le permitiría localizar a Alice: Si seguía en Shinryuu, no tendría problemas para encontrarla, pero si, como pensaba, estaba fuera de la ciudad, le costaría mucho más.
Una vez el emblema estuvo en su mente, lo materializó fuera de su mente: Decenas de líneas oscuras recorrieron el suelo, conformando un dibujo muy parecido a un extraño circuito, un “emblema” o símbolo mágico que respondía a la fuerza vital que residía dentro de Alice… pero, como imaginó, ninguna señal provino de ninguna dirección: Alice estaba fuera de Shinryuu.
Una vez descubierto esto, se maldijo por no haber hecho caso a su intuición cuando sintió su presencia en las calles de vuelta a casa de Sihinami. Mientras borraba el emblema, su teléfono sonó y él lo cogió antes de que sonara el segundo tono.
-Se tiene constancia de que Akashia ha aparecido en Shinryuu 1.5MX 7.9MY 2.6KZ… –se escuchó al otro lado. –¿Informo a los mandos?
-No, mejor termina lo que estés haciendo mientras voy para allá: Necesitaré un vehículo rápido para llegar a Akashia cuanto antes.
-Prepararé una lancha rápida… –Kaijin cortó la comunicación antes de que Akages pudiera terminar lo que estaba diciendo. Una vez guardado el aparato, se concentró y comenzó a generar otro emblema, uno que le llevara directamente al muelle donde se encontraba Ultema.
Trazó cientos de líneas en su mente y resolvió los cientos de enigmas de seguridad que impedían transportes instantáneos hacia el muelle con suma facilidad y, antes de que ninguno de los transeúntes se diera cuenta de lo que acababa de hacer, desapareció del parque de Eremes y apareció justo delante de su nave insignia.
El muelle estaba completamente desierto: Como las labores de desembarco habían concluido, apenas habría uno o dos guardas de seguridad patrullando por la zona. Las únicas presencias que quedarían por allí eran los responsables de mantenimiento y los timoneles que se encargaban del mantenimiento de los sistemas de la nave (la verdad es que eran los almirantes quienes debían encargarse de ese tedioso trabajo… pero era costumbre generalizada delegarlo en los timoneles).
Corrió hacia la nave y se introdujo a toda prisa antes de que nadie reparara en su presencia. Una vez allí, fue al puente de mando lugar donde encontró a Akages escribiendo a toda prisa algo en el ordenador de a bordo.
-Deja eso para luego y ve arrancando la lancha –ordenó Kaijin agarrando a su timonel que apenas tuvo tiempo de teclear una vez más.
Éste, resignado por el comportamiento caprichoso de su superior, sencillamente se levantó y se adelantó a Kaijin que aún acusaba cierto cansancio después de atravesar todas las barreras de seguridad del puerto. Una vez subió el almirante a la nave, ya se encontraba perfectamente y el timonel ya había arrancado la nave.
-¿Vamos a donde está Akashia, señor? –preguntó el timonel.
-Ni lo preguntes –señaló Kaijin. –Arreando.
Akages obedeció de inmediato y accionó los últimos dispositivos de salto umbral de la lancha mientras se abría la puerta de carga. Una vez abierta, llevó la nave fuera de Ultema, aceleró para salir del puerto y accionó el botón de salto umbral. Tras una fuerte sacudida, la lancha ya había atravesado la fina frontera del plano Shinryuu y se encontraba en plena Umbra.
-¿No se quejarán sus superiores por hacer este viaje sin permiso? –preguntó Akages mientras llevaba la nave hacia Akashia.
-Si está pasando lo que yo creo que está pasando, me agradecerán que les haya salvado el culo –dijo Kaijin huraño. –Tú acelera este trasto: Si las cosas empeoran, Shinryuu quedará reducido a cenizas.
No había pasado ni un mes desde que volviera a Akashia… y por suerte, nada había cambiado desde que marchara.
-Madre del cielo… –exclamó Akages por lo bajo al ver la grandiosidad de ese mundo desde el arcaico muelle de atraque del lugar.
-Tienes todo el derecho a sorprenderte, novato –dijo Kaijin mientras iba generando varias defensas alrededor del muelle. –Pero, por muy entusiasmado que estés con este lugar, ni se te ocurra moverte de aquí: Necesito una nave intacta y un buen piloto en el caso de que necesitemos escapar. Si sales de aquí podrías acabar muerto.
-En… entendido, señor –respondió el timonel en posición firme. –Si necesita mi ayuda, llámeme a mi…
-Si necesito tu ayuda, vamos mal –interrumpió Kaijin al tiempo que se alzaba del suelo del muelle.
Akashia… la gran biblioteca de los mundos, el lugar donde se acumulaban los reflejos de todos los mundos existentes, lo que permitía regenerar de la nada cualquier mundo completamente aniquilado por alguno de esos autoproclamados “dioses”… ese lugar estaba solemnemente desierto de toda presencia y estaba completamente dominado por cientos de miles de millones de enormes piedras y cristales de toda clase de formas y colores, materiales en los que estaban inscritos los reflejos de cada mundo. Por todo el lugar refulgía una débil luz dorada que remarcaba mucho las sombras de cada cristal así como señalaba claramente dónde estaban los pasillos que llevarían a las dependencias centrales de ese mundo, pasillos que Kaijin estaba buscando para llegar allá cuanto antes.
Aún flotando libremente, los cristales se mantenían en orden armonioso gracias a los esfuerzos constantes de sus bibliotecarios: Alice, Kaijin y… y Ark… Imaginó que si Alice había decidido volver a Akashia sin avisar sería para pedirle consejo a su verdadero padre.
Prefirió no pensar en ello y voló a toda velocidad a lo largo del primer pasillo que halló y se personó en la esfera central de Akashia. Una vez allí, trazó con discreción otro emblema de detección y esta vez sí que le dio una señal positiva: Alice se encontraba en el interior de la esfera central. Así las cosas, disimuló su presencia de todas las maneras que conocía, ya fuera haciéndose invisible, ya insonorizándose, ya inodorizándose, ya eliminando hasta el más mínimo detalle de su existencia en ese lugar y se encaminó hacia el interior de la esfera…
Una vez cruzó los siete bordes de la misma, escuchó algo… parecía una discusión entre una niña pequeña y un hombre bastante más mayor. A esa distancia no era capaz de entender qué comentaban así que se acercó más con discreción. A medida que se aproximaba a ellos, pudo notar que no hablaban ningún idioma comprensible por él… se maldijo por no haber previsto eso pero, aún así, trató de no perder una sola palabra de lo que decían: Tal vez más adelante fuese capaz de entender algo.
Tras avanzar todo el camino hasta una de las dependencias cercanas al mismo centro de Akashia, Kaijin pudo ver a Alice sentada en un diván junto al sombrero Ark. Estaba tranquila, no imperturbable sino totalmente serena, como si no se espantara lo más mínimo ante la presencia que le amenazaba justo delante de ella. Kaijin pudo determinar que el visitante no era más que un ávatar así que comprendió perfectamente la tranquilidad de su hija: Los avatares no eran capaces de almacenar mucha fuerza en su interior. Incluso si ese ávatar había sido enviado por un primordial, no sería capaz de hacer nada en el terreno de Alice con semejante cuerpo.
Lo que ya le preocupaba más era qué clase de mensaje le habían hecho traer a Alice. Fuese quien fuese el que moraba en ese ávatar, o había tenido la sacrosanta paciencia de esperar a que volviera Alice de su expedición militar o ya conocía de antemano el día en el que regresaría. Ambas cosas eran complicadas de hacer para un ávatar teniendo en cuenta el escaso tiempo de duración de su control (apenas una semana). O habían estado renovando constantemente su control o lo habían hecho justo a tiempo… por alguna razón, Kaijin se inclinaba a pensar lo segundo: Sabía que un primordial tenía toda la eternidad por delante para hacer cualquier cosa que se propusiera.
A medida que transcurría la conversación, la infantil cara de Alice se iba apesadumbrando, cosa que encendía los ánimos de Kaijin poco a poco… sin embargo, se había jurado que no movería un solo dedo hasta que el ávatar atacara abiertamente a la pequeña Alice. Ella, a pesar de lo incómoda que parecía estar, no apartó la mirada de la del visitante. Cada cierto tiempo replicaba a sus largos discursos con cortantes frases que hacían recular el ánimo de su contendiente dialéctico. Fuese lo que fuese lo que estuvieran diciendo, el ávatar había venido a atacar con palabras a Alice no logrando someterla sino todo lo contrario: A cada instante que pasaba, Alice parecía más enfadada… eso confirmó las sospechas de Kaijin: El visitante era el ávatar de un primordial. Sólo ellos podían alterar el ánimo de la pequeña de esa manera.
Fueron dos minutos de encendida conversación, con ataques de toda clase y defensas dialécticas impenetrables por parte de Alice. La niña llevaba la razón y ese pobre ávatar no parecía darse cuenta que enfurecerla no hacía otra cosa más que hacer que su tumba quedara abierta de par en par. Y así fue cuando vio que el ávatar alzaba su mano contra la inmóvil Alice… su mano nunca llegó a tocar la mejilla de la pequeña: Fue su muñeca la que quedó atrapada por la mano de Kaijin.
-Adiós –y en menos de un suspiro el ávatar, antes de que pudiera ver siquiera de dónde llegaba el ataque, quedó reducido a cenizas.
-¡Papá! –exclamó sorprendida Alice. –¿¡Cómo es que estás aquí!?
-¡Eso debería preguntarlo yo! –reprendió Kaijin al tiempo que recibía a la niña en sus brazos. –La próxima vez hazme el favor de avisarme de alguna manera, por amor del cielo…
Alice no añadió más y se cogió al brazo de su padre mientras éste se sentaba en el diván, junto al sombrero Ark: Todo este camino para acabar de esta manera tan simple le había cansado bastante y, de nuevo, le volvió a llegar el sueño. Alice, usando sus “privilegios” como ama y señora de ese espacio, creó algunas bebidas y las dejó al alcance de su cansado tutor pero, antes de que éste pudiera alcanzar ninguno de los recipientes en los que estaban, un fino tentáculo surgió del sombrero Ark y lo atrajo hacia sí.
-Oh, reunión familiar –comentó la enorme bocaza del sombrero mientras derramaba el contenido del vaso dentro de sí. –Hace ya mucho de la última vez que no pasabais por aquí por razones que no fueran “trabajo”. ¿Puedo unirme a vosotros?
Lo único que logró Ark fue ganarse una soberana colleja por parte del hombre que lo envió lejos del asiento.
-Las bromitas para cuando esté despierto –Kaijin se reclinó sobre el diván y apoyó su cabeza sobre el regazo de Alice.
-Mal genio y figura hasta la sepultura… –se quejó el sombrero al tiempo que se reincorporaba con los tentáculos que surgían a partir de las sogas que conformaban su lazo. –Al menos podríais dignaros a saludarme…
-Hola –replicó sonriente Alice mientras pedía silencio con un dedo.
El sombrero simplemente suspiró y aceptó con resignación la petición de la niña. Ya le tocaría lo que no tenía la próxima vez…
Primer capítulo de Akashia. Y ya… fue en el segundo capítulo donde se decidió no seguir con esta historia (no logré comprender los planteamientos cosmológicos de mi compañeros en la sombra por lo que no se pudo seguir). Espero que os haya gustado lo que he escrito hasta el momento. Puede que, pro futuro, la continúe. Aunque antes tendré que comprender la cosmología de la Umbra…