Parásito - Capítulo 5: Guías
Febrero 3, 2008 por jeshuamorbus
-En fin, ¿podrías tratar de describirme a ese hombre? –preguntó de nuevo el policía.
Yo, más cohibida que nunca, apenas acertaba a creerme lo que acaba de pasar: Lua había desaparecido de repente como si se la hubiera tragado la tierra. Puesto que yo era la última persona que le había visto, las autoridades fueron hacia mí para recabar información.
-¡Ya se lo he dicho! ¡No me fijé! –respondí molesta. –Era la primera vez que lo veía y como para Lua parecía ser alguien muy normal de ver, pensé que tal vez algún día me lo presentaría… Aparte de que tenía el pelo negro, no puedo decirle nada más.
-¿Tú no te fijaste en él? –preguntó esta vez a Girasol, el cual dormitaba sobre mi regazo.
-Para nada… –contestó sin ni siquiera molestarse en abrir los ojos. –Verle, le vi pero no puedo ayudarles más: Pensé exactamente lo mismo que esta dama de aquí.
El agente, algo exasperado tras más de veinte minutos de respuestas idénticas, apuntó la declaración.
-Perdone… ¿tiene usted idea de qué pudo haberle pasado a Lua? –pregunté lo más calmadamente posible al policía.
-No lo sé –respondió encogiéndose de hombros. –Menos haber sido secuestrada, puede haberle pasado cualquier cosa. Lo que sé es que desde hace ya un par de meses se han ido produciendo desapariciones de miembros de las fuerzas de Contramedidas como tú. El caso de Lua vendrá a ser… –el hombre miró sus apuntes y contó varias hojas –el noveno en esta región. Según parece, tú eres la única persona que por fin ha tenido algún contacto con el posible responsable pero tu falta de atención no nos ayuda nada.
-¿Usted memoriza las caras de todas las personas con las que se cruza por la calle? –repliqué más molesta que al principio.
-En fin, si Lua se pusiera en contacto contigo, no dudes en llamarme a la comisaría –dijo al tiempo que me entregaba una tarjeta en la que había apuntado el número de su móvil. Hecho esto fue directamente a la salida y marchó. –Hasta luego.
Algo irritada por la actitud del policía, cerré la puerta con fuerza y me dirigí a mi habitación… para cambiarme. Si el tipo ese que vi algo tenía que ver con la desaparición de Lua, se acabaría por enterar de que hasta las paredes “tienen oídos”.
Una vez estuve en la calle donde vivía Lua y tras comprobar que no pasaba nadie por los alrededores, fui hacia el portal y me descubrí la mano… gracias al apoyo de Lua y por la continua práctica que había estado llevando a cabo estas semanas, por fin había logrado controlar (en gran parte) las posibilidades del Oboeteru. Todo era cuestión de tratar de imaginar la escena o el personaje al que buscaba y era el mismo Oboeteru el que buscaba esa información.
Posé mi dedo sobre el lugar donde ese hombre se había sentado, me concentré sobre la imagen de Lua que tenía en mi cabeza e inmediatamente empecé a ver…
Tras una serie de imágenes confusas en las que Lua entraba y salía de su casa, me controlé y me concentré en lo poco que recordaba de la cara de ese hombre. No tardó en aparecer la escena pedida:
-Bueno, bueno… ¿despidiéndote de tu amiguita? –preguntó el hombre con un deje cómico.
-No me he despedido de nadie –respondió ella algo cortante. –Sabes que ella no sabe nada de esto, Guídalo. Pero, en fin, que hayas venido quiere decir que todo está preparado, ¿no?
-Éste no es el mejor lugar para hablarlo –dijo, ahora más serio, señalando a varias personas, entre ellas yo que me alejaba. –Nos reuniremos en el lugar de siempre, ¿de acuerdo?
-¿De día?
-Sí, de día. ¿Qué temes? Naga ya ha alcanzado la madurez y ya ha completado la simbiosis. Ya no te hace falta ocultarte en la oscuridad.
-Muy bien… ¿dentro de dos horas?
-Eso es. Te estaré esperando.
Dicho esto, el hombre fue hacia un coche aparcado enfrente del portal y se marchó en él. Lua, por su parte, se marchó andando calle arriba…
Retiré el dedo y analicé lo visto: Lua, desde luego, ya conocía a ese hombre de antes y éste conocía el secreto de Naga. Sin embargo, ¿quién era? A Lua no parecía desagradarle su presencia, tan sólo su actitud y, por lo que parecía, le había estado preparando algo…
-¿Lo has visto? –me preguntó Girasol mientras meditaba.
-…sí… Pelo negro, algo más largo de lo habitual en un hombre, ojos verdes, facciones muy angulosas y realmente delgaducho. Tendría más de veinte años por lo que logré ver pero con cara bastante aniñada. Sus movimientos eran muy firmes, casi como si estuviera un poco acartonado (era casi como si debajo de su piel tuviera mucho más músculo del que aparentaba tener…). Creo que Lua lo llamó algo así como “Guídalo” pero no estoy segura…
-¿Y tiene algo que ver con la desaparición?
-Lua dijo algo de que algo debía estar preparado… no sé. Sigamos el camino que siguió Lua y tal vez comprendamos más.
Dicho y hecho, seguí el camino que Lua y fui calle arriba. Tras girar la esquina, me encontré una larga calle bastante desierta (apenas un taller de confección y una academia) así que puse mi dedo sobre el cristal del taller el cual se encontraba más cerca…
Lua trataba de mantenerse serena pero por más que intentara aparentar otra cosa, andaba a tal velocidad que parecía que corría. Todo recto. Todo hasta el final de la calle sin girar en ninguna de las bifurcaciones…
-¿Quieres algo? –preguntó una fuerte mujer de avanzada edad saliendo con su blanco uniforme del taller.
-No… nada… –la declaración me pilló por sorpresa e inmediatamente seguí el camino que había seguido Lua. Tras pasar por esa larga calle casi desierta (no sería por aquí por donde nadie se enriquecería en este pueblo…), llegué hasta el camino que llevaba al colegio. Una vez allí, puse mi mano sobre el cristal de un bar hace años cerrado y, como un fantasma a través de los cristales, vi como Lua cogía el camino.
No me demoré y, mientras tocaba las alambradas que bordeaban el camino, seguí el espectro de Lua, la cual andaba tan lanzada como antes. Por lo demás, no parecía nerviosa, ni ella ni su Girasol el cual parecía disfrutar del aire que le daba en la cara. Sin duda, lo que hacía Lua era ir al colegio…
Seguí el camino, pasé al lado de la capilla en ruinas que había a la izquierda de la carretera, giré hacia las casas de los ancianos que aún insistían en vivir en esa zona a pesar de la cercanía del bosque, seguí junto a la altísima alambrada que separaba el campo que veía a mi izquierda del área residencial que estaba a mi derecha; no tardé en avistar la vieja biblioteca del pueblo la cual hacía años que había perdido tanto el techo como el naranja de sus paredes (ahora de un negro asqueroso); contemplé los restos de lo que fuera un inmenso polideportivo (“gastar tanto dinero para que luego unos cuantos aliens hagan que ya nadie quiera venir por aquí…” pensé cómica mientras veía como el óxido recorría de arriba a abajo las paredes del otrora orgullo del Ayuntamiento); observé las fincas abandonadas que se encontraban junto a la escuela… y vi como la imagen de Lua pasaba de largo de la verja de la escuela…
-¿Qué miras? –preguntó Girasol al verme paralizada en el sitio mientras veía como Lua se adentraba más allá del límite permitido a los niños, la verja del autobús…
-…nada… –musité poniéndome de nuevo en marcha.
Ver andar a Lua tan dinámicamente por ese peligroso camino me estaba poniendo los pelos de punta… Sí, tanto a ella como a mí, encargadas de contramedidas, se nos estaba permitido andar un poco más allá de los límites señalados por los alambres pero siempre que fuera andándonos con mil ojos…
Tras comprobar que el camino seguido por Lua fue recto (de hecho, hasta sus pisadas aún mantenían huellas en el suelo), le ordené a Girasol que mantuviera todos sus sentidos alerta mientras yo trataba de atravesar la cada vez más densa vegetación que se encontraba ante mí. Lua había seguido la vieja carretera que aún se encontraba bajo mis pies cuyo asfalto había pasado a mejor vida hacía años por culpa de las raíces de los árboles que se encontraban a ambos lados de la misma. Seguí avanzando y, tras cosa así de un minuto, llegué hasta la gran alambrada que separaba la zona habitada del bosque: Mediría al menos diez metros pero, a pesar de su imponente altura, pocos eran los aliens que no eran capaces de saltarla. Tan sólo hotentotes como los toros boxeadores (no, no los llamaré trípodos), las tortugas-tucán o algunas especies de babosas especialmente enormes no eran capaces de atravesarla… la razón, bueno, ya la conocía y, ciertamente, ahora poco me importaba eso. Lo que ahora veía me parecía más importante: Nada más tocar la alambrada, vi como Lua descansaba un poco del acelerado camino que había tomado apoyándose en la verja y, tras un par de potentes respiraciones, habló al aire:
-Sandra, sé que me estás viendo.
De inmediato separé mi mano de la alambrada y volví a ver todo tal como era en ese momento.
-¿Qué te ha pasado? –preguntó Girasol al ver mi cara de susto.
-Lua… Lua esperaba que le siguiera el rastro… –respondí asustada. –Me ha dejado un mensaje… –me di un par de golpes en la frente y traté de asimilar lo que acababa de oír: Lo que Lua había hecho había sido, desde el principio, algo premeditado.
Sin embargo, como aún no lo sabía todo, le ordené a Girasol que permaneciera aún más atento mientras leía la visión de la verja…
-Sandra, sé que me estás viendo… o que me verás –Lua se giró hacia su derecha y miró al lugar donde me encontraba yo, como si hubiera previsto hasta el lugar donde me encontraría. –Si estás viendo esto, desde luego ha sido porque te preocupas por mí. Si es así, gracias por la molestia de acercarte hasta aquí –dicho lo cual sonrió como ignorando lo peligroso del lugar donde se encontraba.
Lua no sólo había previsto el lugar donde me encontraría sino que también había imaginado el lugar donde podría hablar “mirándome a los ojos” aunque, al estar hablando al aire, su mirada parecía levemente perdida en mi dirección.
-¿Cuánto tiempo ha pasado desde que desaparecí? –preguntó. –¿Uno, dos días? La verdad es que eso no importa ya mucho: Esta noche ya estaré muy muy lejos de este pueblo y, muy probablemente incluso, de esta región. Te preguntarás por qué… pues es un se-cre-to. Siento tener que callarme este secreto contigo pero esto ya es algo que tú no lograrías aceptar tan bien como has aceptado tu posible unión con Girasol. El día de hoy parto de viaje. ¿Durante cuánto tiempo? No lo sé. ¿A dónde? No puedo decírtelo. ¿Por qué razón? Ahora no es el momento de que la sepas… de hecho… –su voz, hasta el momento tan alegre y distendida, tomó un cariz casi dramático –…ni siquiera sé si volveré con vida…
-¡No seas ceniza, mujer! –exclamo su Girasol.
-¡Bueno! –dijo algo más animada ahora. –Lo que ya sabes es que va a ser un viaje peligroso. Por favor te lo pido: No le digas a nadie que he venido aquí. Si Guídalo se da cuenta de que he atraído las miradas de ésos hacia este bosque, estoy segura de que me arrancará un brazo… Ya lo habrás visto, ¿no? A Guídalo, quiero decir. Fue él quien me sugirió que iniciara todo este embrollo. Ha reunido a varios encargados de otros colegios para realizar un proyecto bastante arriesgado. Es uno de los pocos supervivientes de la tragedia que aconteció hace catorce años, un hombre que no tuvo más remedio que hacer la simbiosis para sobrevivir a lo que le vino encima… Es nuestro maestro y mentor en aspectos que Amelia jamás nos enseñaría…
Lua hizo una pausa como si no supiera cómo seguir. Sus labios se movían nerviosos como si cada vez que intentara decir algo se arrepintiera de inmediato de decirla.
Estaba dudando. Quería decir muchas más cosas de las que podía hablar.
Se le notaba cierto sufrimiento en sus facciones y un temblor generalizado en todo su cuerpo.
-…yo… –continuó. –…me estoy yendo por los Cerros de Úbeda… –dijo mientras se le escapaba una lagrimita. –Cada vez que pienso en la cantidad de cosas que dejo atrás para hacer esto soy incapaz de contener las lágrimas… –ahora comenzó a llorar más abiertamente. –No… no quisiera dejarte sola… no quiero que sufras ¡En serio! Sé que estoy siendo horriblemente egoísta así que todo cuanto puedo hacer es pedirte que me perdones…
Lua se arrodilló y se sentó contra la alambrada mientras sollozaba… Yo, como testigo futura y muda, no podía hacer nada desde mi posición salvo, quizá, compadecerme de ella. Sabía que no deseaba marchar pero, tras los tiempos felices que habíamos pasado juntas, ya conocía su sentido del deber: Cuando sus deberes se contraponían con lo que le gustaba se quejaba, maldecía e incluso lloraba pero siempre acababa cumpliendo aunque fuera a regañadientes…
-No puedo quedarme aquí… –musitó mientras se levantaba y secaba las lágrimas. –Cuanto más tiempo pase aquí, más querré decirte lo que sé… jamás pensé que guardar un secreto fuera algo tan doloroso… –Lua se agarró a la verja con ambas manos y apoyó la cabeza contra ella. –Ahora me adentraré en el bosque pero, por lo que más quieras, no trates de seguirme: No durarías ni veinte minutos allá dentro –suspiró y levantó sus ojos justo donde estaban los míos. –A ti te lo digo, a ti, a mis padres, a mi hermano, a Federico, a todos los amigos que me acogieron en estas semanas, incluso a Amelia, pobrecita ella… a todos os digo adiós… ¡Adiós, pues es posible que nunca jamás volvamos a vernos!
Tras proferir este potente grito que hasta espantó a alguno de los pequeños aliens que se podían ver tras la alambrada, pegó sus manos sobre la verja y la escaló a tanta velocidad que hasta parecía que corría sobre ella. Cuando llegó a la cima, se encogió, algo se revolvió en su espalda y rompió el abrigo desde dentro…
Desde mi posición apenas acertaba a creer lo que estaba viendo: No sabía si lo que había allá arriba era un ser humano, un alien o un ángel… ¡Lua tenía unas enormes alas sobre su espalda! Eran de un negro sobrecogedor, con una extraña textura que no era ni emplumada ni palmeada y de una envergadura de más de ocho metros… Una vez se desplegaron del todo, la mujer ahora convertida en ángel, se levantó con perfecto equilibrio sobre la alambrada, tomó aire, saltó desde su elevada posición y planeó hasta el bosque lugar donde se perdió entre las sombras…
Un mes después, tras las vacaciones de Navidad…
Nada más llegué al Aula de Contramedidas, el primer día de clase después de las vacaciones, me encontré que junto a Federico y Amelia había una nueva presencia.
-Llegas un poco tarde –dijo Amelia después de mirar el reloj. –En fin, ahora que por fin has llegado, podemos iniciar las presentaciones –dijo señalando al nuevo alumno, con un Girasol de piel roja y negros pétalos sobre la cabeza. –En vista de que Lua ha desaparecido, que no conocemos su localización exacta y que ahora sólo quedaban dos encargados para todo este colegio, tuve que hacer un par de llamadas para conseguir un poco de ayuda: Os presento a Martín Borlado.
-¿Un par de llamadas? –preguntó Federico tan extrañado como yo.
-Viene de la capital –aclaró Amelia. –Como la ciudad está tan lejos de este gran bosque allí andan escasos de trabajo y nosotros andamos cortos de personal desde que desapareció Lua. Así pues, gracias a que Martín se ha ofrecido voluntario, el trabajo no se os acumulará tanto.
-Encantado de conoceros –saludó cortésmente el recién llegado.
Me fijé en su cara e, inmediatamente, no pude hacer otra cosa que mirar a Federico: Eran como dos gotas de agua salvo por los colores: Federico tenía el pelo castaño y Martín lo tenía negro; si el uno tenía los ojos marrones, el otro los tenía verdes; uno moreno, el otro paliducho… por lo demás, altura, complexión, expresión… eran casi idénticos físicamente.
-No me mires así, que me avergüenzas –se quejó el recién llegado. –¿Cómo te llamas?
-Sandra… –no hacía falta decir que la extraña mezcla de cortesía y frialdad que mostraba Martín me resultaba hasta amenazadora. Hasta Girasol había cerrado los párpados como preparado para pelear contra él. Tenía un no sé qué que no me gustaba nada…
-Yo soy Federico –dijo éste por su parte con su acostumbrada simpatía natural. –Espero que no te moleste trabajar por este pueblo de segunda.
-Mientras haya trabajo… –dijo Martín encogiéndose de hombros. –En mi anterior colegio me pasaba los días paseando por pasillos desiertos y eso era muy aburrido y cansino… Pero en fin, aquí el bosque está a dos pasos. Supongo que el trabajo no faltara.
-¿Te has trasladado tan sólo por el trabajo? –pregunté mientras comprobaba el estado de mi pistola de dardos sin ni siquiera mirarle.
-No, fui yo –respondió Amelia. –Aquí la carga de trabajo ha estado muy por encima de la media de otras escuelas, de hecho, en esta región somos el segundo colegio con mayor cantidad de aliens capturados por mes. Sin embargo, el colegio de Martín es uno de los que menos ataques sufre por lo que he creído conveniente pedir su traslado. Su colegio puede pasar perfectamente con sólo dos encargados pero éste no puede, ni de broma, funcionar sin tres.
“¿Encargados o alumnos?” pensé molesta. Últimamente, desde la desaparición de Lua me había vuelto muy susceptible y a la más mínima estallaba. “Si hay que defender un colegio, traed a adultos para encargarse del trabajo sucio, no nos hagáis pasar por esto”.
Tras comprobar el estado de mi arma, la metí en su funda y me dispuse.
-Me encargo del primer turno –sugerí (pero mi voz sonaba más a orden que a petición). –Aunque supongo que no tardaremos en empezar a trabajar juntos: Esos bichos se habrán acumulado durante las vacaciones.
Antes de que la profesora me diera permiso o que cualquiera de mis compañeros replicara, salí del aula y comencé a vigilar el edificio donde me encontraba.
-¿Son imaginaciones mías o estás un poco borde? –preguntó Girasol.
-Son imaginaciones tuyas. Sencillamente cada vez duermo peor… –dije tratando de espantar los fantasmas que dominaban todas mis noches. Por más que tratara de relajarme, todas las noches las pasaba huyendo de cientos de taladros de Drills, todos procedentes de ese extraño hombre de los ojos rojos… aunque había que reconocerlo: Desde el primer sueño en el que le vi, no volvió a lograr clavarme ninguno más pero aún así la presión en el pecho con la que me despertaba todos los días era más atroz que cualquier otro dolor que hubiera sufrido en mi vida.
Pensaba que, a lo mejor, a lo largo de las vacaciones de Navidad pudiera relajarme un poco pero probablemente mi cargo y, casi seguro, la desaparición de Lua me habían afectado muy negativamente.
Nada más pensar en mi desaparecida compañera sentí el impulso de mirar por una ventana al exterior, en un vano intento por intentar verla volver volando como lo hizo cuando la vi marchar. Pero cuanto vi fue más trabajo…
-Noventa y uno… noventa y dos… noventa y tres… –contó anonadado Federico. –¡Leñe! ¿¡Cómo has logrado capturar tantos de una sola vez y sin ayuda!?
No respondí y dejé que él se encargara de llevarse a todos los dobis que había capturado mientras yo sufría por el picor de su maldita saliva.
-Vaya… –comentó Martín tan sorprendido como Federico. –Creo que no voy a estar a la altura de las circunstancias de este lugar…
-Me pillaron de mala leche, nada más –dije con el tono más cortante que encontré. –Tengo sueño, me duele la cabeza y no estoy para estar persiguiendo a toda una tropa toda la tarde… Anda, encárgate tú del resto del día. Quizá pueda dormir un rato en clase –dicho lo cual me levanté y marché a mi clase con unos mareos horribles.
-¿Qué te pasa? –preguntó el recién llegado al verme andar de manera tan inestable. –¿Llamo a la profesora?
-¡Qué…! –traté de gritar “qué no” pero, por culpa de mi mezcla de cansancio, agotamiento, falta de sueño y picores, trastabillé y resbalé con mis patines. Por suerte, la rápida reacción de Martín evitó que me diera un buen morrazo contra el suelo.
-Me pregunto que habrás estado haciendo estas vacaciones… –comentó él con un deje cómico, logrando arrancarme una sonrisa. –Tal como estás, yo le pediría a la profesora que me dejara marchar a casa.
-¡Sí, por favor! –suplicó mi Girasol. –¿Crees que contener a tantos dobis es sencillo?
-Anda, no te quejes –dijo Amelia desde la ventana del primer piso del edificio, desde el aula de Contramedidas. –Sandra, hasta Federico se ha dado cuenta de tus ojeras. Con la cantidad que has capturado creo que has hecho bastante por hoy. Tienes permiso para volver a casa pero, por favor, duerme un poco, ¿quieres? Los aliens no perdonan la falta de fuerzas.
Dicho y hecho, me enderecé con ayuda de Martín y me fui a cambiar al gimnasio (aunque, tal como iba, parecía que me iba a caer de puro sueño por el camino). Hice cuánto pude para llegar cuanto antes y, nada más llegué al banco de mi vestuario, sentí como mis rodillas se doblaban por mi propio peso y sencillamente me dejé caer sobre tan incomodo asiento…
¿Cuánto tiempo pasé allí? No lo sé y, la verdad, por muy incómodo que fuera el lugar donde estaba apoyada, dormir así, sin pesadillas que me atormentaran, hacía que lo último que deseara fuera abrir los ojos. Caí en un sopor que hacía semanas que no alcanzaba y sencillamente me dejé llevar…
Sin embargo, un tiempo indeterminado después, me desperté… pero no en el suelo del vestuario (me había caído mientras dormía (tal era mi cansancio que ni me había apercibido del golpe)): Me encontraba en una sala algo más pequeña, con la penumbra de la tarde penetrando por las enrejadas ventanas que se veían por encima de mí. Mi lecho ahora era una mullida cama y sobre mí tenía un par de mantas muy calentitas…
-¿…dónde estoy…? –pregunté en un hilo de voz, tratando de levantar mis ahora pesadas pestañas.
-¿Ya estás más descansada? –preguntó Girasol desde detrás mío.
-Sí… eso creo –respondí restregándome los ojos. –¿Dónde estamos?
-Amelia te encontró durmiendo en el suelo y decidió traerte a su casa para que al menos durmieras cómoda. Te dejó aquí y me encargó que cuidara de ti mientras ella se ocupaba de su trabajo.
Asentí y, sintiendo de nuevo el cansancio acumulado durante las semanas anteriores, me dejé caer de nuevo sobre la almohada para cerrar los ojos de nuevo totalmente derrengada…
Había algo en el ambiente que me relajaba… tal vez fuera el fragante olor de flores que flotaba en el aire o la penumbra, que en este momento se me antojaba deliciosa, o la dulce musiquilla que oía más allá de la puerta de esta habitación, o tal vez la mera presencia de Girasol, el cual había bajado a acompañar mi sueño a mi lado… Fuera lo que fuera, tanto mi cuerpo como mi mente se encontraban en un estado de relajación tal que, inconscientemente, me encontré adoptando la postura fetal…
Pasadas las horas noté el sonido de pasos sobre la moqueta de esa habitación. Me levanté algo torpe aún y me encontré con la profesora Amelia que trataba de alcanzar algo que tenía sobre la cómoda tratando de hacer el mínimo ruido para evitar despertarme.
-¡Ah! ¡Ya estás despierta! –exclamó al verme levantarme tan de improviso. Ya con menos cuidado, alcanzó unas llaves y salió de inmediato. –Vuelvo en un momento. Siéntete en casa mientras tanto.
Sentí como la puerta de entrada se cerraba y de nuevo me encontré a solas con Girasol. Sin embargo, un olorcillo delicioso llamó mi atención… ahora que lo pensaba, hacia horas que no comía nada. No sabía cuanto tiempo había pasado durmiendo pero deberían haber sido al menos cinco horas. Eso querría decir que mi hora de comer habría pasado hacía un buen rato así que, sin pedir permiso ni nada, me levanté, me calcé y fui hacia la cercana cocina de esa casa. Ésta, tan iluminada como la habitación, estaba bien ordenada y olía a limpio por todas partes. Sobre la mesa me encontré una fuente de lentejas y un plato con un filete empanado, probablemente la comida del comedor de ese día. Había colocado un plato vacío justo delante mío así que imaginé que Amelia me lo habría preparado para que comiera. No me hice de rogar y asalté la comida sin miramientos.
Después de comerme media fuente, de casi engullir el filete y de comerme tres manzanas que había en el frutero, me sentí llena.
-¿Qué? ¿Hay hambre? –preguntó la dueña de la casa al ver todo lo que me había zampado.
Me giré y asentí agradecida.
Cuando llegó a mí, se arrodilló y comprobó mi estado.
-Cuando Federico te encontró tirada en el suelo, por poco no le da un síncope –dijo la profesora. –¿Qué has estado haciendo durante la Navidad para quedarte tan agotada como para caer rendida así de buenas a primeras?
-Entre celebraciones y mal dormir no he podido descansar mucho durante las fiestas… –respondí, ahora algo avergonzada por estar en una casa ajena.
-¿Duermes mal? ¿No estarás enferma? –preguntó posando su mano sobre mi frente para comprobar que no tuviera fiebre.
-No. Es que tengo muchas pesadillas… Cada vez que duermo no dejo de ver Drills atacándome por todas partes…
-¿Drills? –la profesora, hacendosa, cogió otra silla y se sentó delante mío para escucharme. –¿Tanto miedo te dan?
-Sonará curioso pero comencé a soñar con ellos mucho antes de conocerlos… –dije sintiendo un mareo de vergüenza.
-Bueno, hoy día suelen pasar cosas así –dijo despreocupadamente ella. –Seguro que tú vistes por encima alguna referencia a los Drills en la enciclopedia de aliens y ahora tu mente hace una reconstrucción a partir de lo que pudieras haber visto o, quizá, los hayas visto antes en tu infancia… no sé… he conocido a muchos niños que aún mantenían el recuerdo traumático de la llegada de los aliens hace catorce años…
-¿Usted recuerda lo que pasó entonces? –pregunté interrumpiéndola.
-Desde luego… –su cara, que hasta el momento había mantenido lo más animada posible para evitar preocuparme, se tiñó de pesar al escuchar mi impertinente pregunta. –Fue una época muy dura de mi vida… perdí a mis padres, a la mayor parte de mis amigos y casi todo lo que formaba parte de mi vida entonces… pero en fin, lo pasado pasado está. De esa época saqué todo el conocimiento que estoy usando para serviros de guía a vosotros, los encargados…
Por más que tratara de disimularlo, su cara reflejaba ira y miedo así que, para evitar hacerle sufrir, cambié de tema:
-¿Cuánto tiempo me he pasado durmiendo? –pregunté señalando la cama que se veía desde la cocina.
-Todo lo que quisiste y más… ya son más de las siete, ¿sabes? –dijo señalándose el reloj. –Te has pasado durmiendo casi diez horas desde que caíste rendida (la primera de ellas en el suelo del vestuario) aunque, la verdad, después de lo que lograste esta mañana, poco me extraña: Eso no pudo hacerlo Girasol solo.
-Ya le digo –afirmó el aludido. –Los que no capturé yo, los alcanzó Sandra a base de una mezcla de dardos, patadas y puñetazos… tal vez no hubiera sido la forma más ortodoxa de lograrlo pero esa mañana fue muy completa.
-De veras me extraña mucho que hayas logrado capturar tantos con tan poca experiencia… –comentó Amelia. –¿Te ha enseñado Federico?
-No, Lua –respondí pesadamente. –Siempre andábamos juntas cuando tocaba patrullar, ¿recuerda?
-Sí, me acuerdo. De veras erais muy buenas. No sé cómo lo lograríais pero de nada servía que los aliens se escondieran: Vosotras, con tan sólo observar un par de paredes o unas pocas pisadas, erais capaces de rastrearlos sin ningún problema.
-Dos cabezas piensan mejor que una –afirmé categóricamente.
-¿De veras? Recuerdo haberos visto una vez desde la ventana del aula de Contramedidas… estabais siguiendo a tres jeens que se habían ocultado Dios sabría donde en la escuela y tú, tras tocar una pared con tu mano derecha durante un segundo, sencillamente señalaste el lugar a donde fueron… –Mi respiración se cortó por un instante, señal que parecía haber estado esperando la profesora. –¿Me dejas ver tu mano?
Derrotada, no pude hacer otra cosa más que dársela, tras lo cual me quitó el guante y la gasa para comprobar el estado de mi dedo dominado por Oboeteru.
-Ya me lo imaginaba… –declaró tras verlo un poco por encima. –¿Sabes qué es lo que tienes en esta mano?
-Un hongo… –respondí sumisamente. –Oboeteru creo que se llama…
-Hum… eres más inteligente de lo que pensaba –comentó al oírme decir ese nombre. –Aún sabiendo lo que es, ¿por qué no me habías consultado antes sobre él?
-¿Quiere… no querrá quitármelo? –pregunté asustada cerrando la mano de inmediato.
-No. Para nada –respondió más campechana que de costumbre. –En tanto en cuanto te sea de utilidad, mejor para ti. De todas maneras, no me vuelvas a ocultar algo así: Hay toda clase de monstruos que no lo parecen en absoluto.
-¿Cómo cuáles?
-Hay muchos aliens que engañan mucho a la vista. El Oboeteru que tienes es un buen ejemplo: Se diga lo que se diga, es un parásito al igual que todos los hongos pero, por suerte para ti, tiene propiedades simbióticas como las capacidades psicométricas que posees ahora.
-¿Psico-qué?
-Psicometría es el poder psíquico que permite “leer” los hechos pasados de cualquier objeto o ser vivo con sólo tocarlo. Hay unos cuantos aliens que provocan este efecto sobre otros seres vivos aunque la mayoría son hongos de la familia del Oboeteru. Otros aliens, como el illitia, también confunden mucho –Amelia se levantó y fue hacia su habitación para volver al rato con un ordenador portátil. Tras encenderlo, activó el programa de la enciclopedia de aliens que llevaba incorporado y buscó la palabra “illitia”. Al segundo apareció un extraño alien con forma de pulpo. –Esto es un illitia. Al igual que tu Girasol, se adosa a la cabeza de su anfitrión y se alimenta, en principio, de su mugre. Confiere poderes psíquicos poco finos como sugestión, telequinesia o descargas mentales… enfrentarse a uno es una tarea realmente dolorosa pero enfrentarse a uno que esté controlando a un ser humano es peor pues, de tan controlados que están, pueden llegar a sacrificarse por el illitia. En teoría, el anfitrión cree que está siendo protegido pero el illitia tan sólo lo utiliza como un objeto –la profesora volvió a teclear, esta vez la palabra “persona” tras lo cual apareció una especie de Girasol muy raro con dos patas negras muy largas delante suyo. –Esto es un alien “persona”, también conocido como “alien máscara”. ¿Ves esas dos patas tan largas? Cuando se adosa a la cabeza de un ser humano, las extiende sobre su cara y enraíza las terminaciones nerviosas que contienen más allá de la piel del desgraciado que le haya dejado subirse a él. Sí, confiere una inmunidad casi absoluta a toda clase de venenos y enfermedades y, según va desarrollándose, puede hasta generar fuego a partir de la nada pero las cicatrices que deja no te las quita nadie. –Volvió a teclear, esta vez la palabra “Borg” y la cara de uno de esos seres que tanto me atormentaban apareció en la pantalla. –Estos son los más crueles de todos los que conozco: Los alien Borg. En principio se unen simbióticamente a otro ser vivo y lo protegen como cualquier otro. Sin embargo, pasados unos seis meses, el Borg completa su desarrollo –la profesora pasó un par de imágenes y apareció un Borg con un enorme taladro por cola –y clava ese enorme taladro en el espinazo de su anfitrión sustituyendo el espinazo del anfitrión por el suyo propio. Con ello consigue un control casi absoluto de sus movimientos. Todo lo que puede hacer el anfitrión es pedirle permiso al Borg para todo lo que haga…
Instintivamente me llevé la mano a mi nuca y pensé en lo que me acababa de decir la profesora. Tal vez fuera mentira (era lo que pensaba) pero al menos su historia sugestiva si que era.
-¿Todas las simbiosis dejan tantos efectos secundarios? –pregunté señalando a Girasol.
Amelia, que parecía haber estado esperando esa pregunta, respiró y se puso seria:
-No compares a Girasol con un Borg. Al contrario que la gran mayoría de los aliens, los Girasoles no provocan tantos daños sobre el cuerpo humano como los demás…
-¿Seguro? –interrumpí molesta.
Amelia encaró una ceja extrañada por mi reacción y me preguntó con la mirada.
-Poco antes de desaparecer, Lua me enseñó cuál era la consecuencia de unirse definitivamente con un Girasol –dije ganándome un respingo por parte de la profesora. –No sé usted pero creo que ésa puede ser la razón por la que desapareció.
-¿Qué es lo que viste? –preguntó apremiante.
-Que tenía opciones debajo de la piel de la espalda. Según ella me dijo, sintió que iba a seguir cambiando y cambiando y que no iba a poder aguantar más ver esa visión suya de su propio cuerpo –mentí para tratar de cubrirle las espaldas a Lua. Tras decir esto, respiré y pregunté lo más firmemente posible: –¿Me pasará lo mismo a mí?
-…so… sólo si así lo quieres… –respondió tan sorprendida como asustada Amelia. –No puedo obligarte a unirte con Girasol…
-Ella no se unió con Girasol, de hecho, él todavía estaba completando su desarrollo. Me cuesta creer que no nos obligue cuando incluso un contacto de menos de tres meses bastaba para hacer eso.
-Eso sólo ocurre cuando el anfitrión hace cosas extrañas –replicó Amelia muy a la defensiva. –A veces la mera autosugestión del anfitrión basta para hacer que un bebé de Girasol se convierta en un adulto en menos de dos semanas.
-Tal como lo veía Lua, creo yo que lo último que quería era seguir desarrollando a Girasol –dije sin dejar de clavar mi mirada en la profesora. Ésta me dio la espalda y se apoyó en una pared, como buscando una respuesta que darme. Aún sin ver su cara sabía que dijera lo que dijera, me sonaría a mentira. –En fin, mis padres se estarán preguntando dónde estoy así que, hasta mañana –dije levantándome para ir hacia la salida. –Y, por favor, por mí no se preocupe –añadí cuando llegué a coger el pomo de la puerta. –He decidido unirme para siempre con Girasol –sentí como Amelia se dirigía rápidamente hacia mí pero yo me giré para evitar mirarla a la cara. –En tanto en cuanto me es útil, me protege y me apoya, es un deber que tengo para con él. Es lo menos que puedo hacer por Girasol después de todo lo que ha hecho por mí… –abrí la puerta y salí con el paso más apacible que pude representar. –Gracias por la cama, la comida y por responder a mis preguntas. Hasta mañana.
Esta clase de capítulos, en el que el protagonista descansa, suelen ser los más agradecidos de escribir para mí. Uno de mis favoritos (NdD: Más de una vez habría querido dormir junto a ella en esa situación).