Buscando el Paraíso en un Sueño - Capítulo 5: La separación
Febrero 5, 2008 por jeshuamorbus
En cosa de un par de minutos, después de buscar un sitio, Dai aterrizó con Jack a su espalda. Anerues y Dijuana se levantaron para ir a recibirle.
-¿Qué haces aquí? –preguntó Anerues. –¿No ibas a esperarnos en la colonia?
-Te lo explicaré más tarde –dijo Jack bajando apresuradamente. –¿Dónde está el padre Adam?
Anerues le llevó hasta él y se lo encontraron todavía dormido. Jack lo zarandeó para despertarlo y al poco abrió los ojos.
-¿Qué pasa? –preguntó el padre algo confuso. –¿Jack? ¿Qué haces aquí?
-El ejército ha tomado toda la colonia y está haciendo una expropiación sistemática de todo lo que puedan necesitar. Debéis cambiar de ruta si no queréis que os quiten todo lo que tenéis.
El padre Adam se incorporó y se estiró.
-Tenía que acabar pasando… –comentó éste. –En fin…
El padre Adam fue hacia uno de los trineos, cogió su saco del cual sacó una bolsa de oro y se dirigió a John Srubak.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Anerues mientras el padre discutía con John.
-Cuando llegamos allí, Dai y yo vimos como la cantidad de soldados había aumentado enormemente. Intentamos buscar un lugar para dormir pero ni siquiera en la casa de ese tacaño nos pudimos alojar: Todo, absolutamente todo estaba bajo el control de la Guardia Suiza. Un poco más y me confiscan hasta mi carabina.
-¿La tienda de John…?
-También eso. Ahora todos sus bienes son propiedad de la sacrosanta Iglesia.
Unos segundos más tarde, el padre Adam le entregó la bolsa a John y volvió con ellos dos.
-Gracias por molestarte en volver –dijo el padre. –Si no fuera por ti, John nos habría triplicado el precio a pagar por los materiales. ¿Qué más sabes de lo que ha pasado?
Jack le explicó todo lo que había visto en menos de dos minutos.
-Brujas movilizadas, Guardia Suiza movilizada, Iglesia movilizada… –se dijo el padre. –Tiene que estar pasando algo realmente malo para que todos se estén moviendo ahora… Tendré que darme prisa en llegar a la Diócesis para enterarme de lo que está pasando.
Un par de horas después, todo Oasis estaba despierto y enterado de lo que había ocurrido en la colonia.
-¿¡Y mi tienda!? ¿¡Qué ha pasado con mi tienda!? –gritó John Srubak nada más enterarse.
-Olvídate de tu tienda –dijo Jack –pero recuerda “todo lo que des en vida te será centuplicado en el cielo” –ironizó.
Todo el pueblo estalló en carcajadas al oír eso y John no pudo hacer nada más que apartarse del grupo enfurruñado.
-Muy bien –dijo el padre Adam dirigiéndose al pueblo, -tendremos que desviarnos a Lockville. Si allí no han llegado los soldados podremos pasar sin problemas durante algún tiempo.
Así, el pueblo volvió a ponerse en marcha y en cuestión de seis o siete horas llegaron a una pequeña aldea.
Una vez allí, sin descansar siquiera del largo camino que había recorrido, el padre buscó y encontró a alguien que le llevara a él y a Lou a la Diócesis.
-No tenemos tiempo para descansar –dijo el padre mientras preparaba sus cosas para marchar. –Podría estar pasando algo grande y puede que nos quedemos sin fondos para la reconstrucción de Oasis así que cuanto antes nos enteremos, mejor.
-Encontrad el agujero y esperadme –dijo Lou despidiéndose a toda prisa. –¡Nos vemos!
Una vez solos, Anerues, Jack, Zoé y Amadeo fueron a la cantina para buscar a alguien que les pudiera guiar por el lugar. Después de un buen rato de charlas con diferentes personas del lugar, encontraron a Norberto, un viejo pero fornido hombre que estaba dispuesto a llevarles por ese bosque. Su daimonion era un viejo sabueso negro llamado Nerus.
-¿Y para qué queréis ir por allá? –preguntó después de la negociación del precio del viaje. –¿Es que no habéis oído los rumores?
-¿Rumores? –preguntó Amadeo.
-Si, lo de los asesinatos y desapariciones misteriosas en esa zona. Se cuenta que hay un demonio que mata a toda persona que se encuentra y que secuestra a los niños que logra encontrar. A mí, la verdad, todo eso de los demonios me parece un cuento de viejas pero las desapariciones son reales.
Todos se miraron entre sí algo preocupados por la noticia pero no dijeron nada para no cargar más el ambiente, así que se fueron a sus habitaciones a pasar la noche.
Dos días más tarde, después de un viaje poco más que movidito, el grupo paró en una cueva de la zona para pasar la noche.
-¡Ay, madre! –exclamó Amadeo totalmente agotado. -¿Falta mucho?
-Vaya con los jóvenes de hoy –se burló Norberto. –¿Sólo llevamos dos días por aquí y ya estáis agotados?
-Esperemos que sirva de algo –dijo Amadeo mirando a Anerues con recelo, –porque si todas estas agonías han sido en vano te acordarás de mí durante mucho tiempo.
Mientras el grupo cenaba, Anerues y Dijuana miraron el mapa de la zona.
-Esta zona ya está –dijo Anerues tachando dos de las cuadrículas. –Nos quedan nueve… ¿Qué pasará si me he equivocado con todo esto?
-No temas –dijo Dijuana. –Yo creo en ti y sé perfectamente que lo que viste es real. Bueno… real, lejano y oculto, debería decir.
-¿Estás segura de que ésta es la zona desde la que se ven los cinco picos? –preguntó Anerues a Dai mientras ésta se comía un reno que había cazado ese día.
-Sí. Hoy he encontrado cuatro zonas llanas y vacías como las que me has descrito pero en ninguna de ellas he visto a persona alguna.
-Yo creo haber visto una zona bastante accidentada cerca de uno de esos claros a cierta distancia de aquí hacia el este –dijo Jack. –Podríamos adelantarnos mañana Dai y yo para ver si ése es el lugar que buscamos.
-No –dijo Dijuana firmemente. –Si es cierto que hay soldados vigilando, mejor que no vayas solo y que te quedes en las alturas, es más seguro. Puede que sean ellos los que causaban las desapariciones.
-¿Soldados? –preguntó Norberto. –¿Es que eso del demonio es cosa del hombre?
-Eso creemos pero aún no sabríamos decir si es cierto. De momento comprobaremos la zona y, si no nos dejaran pasar, encontraremos alguna manera para pasar a donde queremos ir.
-En fin, ¿qué más me da? Hombres y demonios matan igual. Me voy a dormir.
Al día siguiente, el grupo se levantó temprano y salió hacia el este mientras Dai y Jack lo seguían desde las alturas. No tardaron más de dos horas en llegar al lugar que les indicó Jack el día anterior.
Nada más llegar, Anerues contempló con detenimiento esa zona y al poco declaró:
-Éste es el lugar.
-¿Seguro? –preguntó Amadeo algo escéptico.
-No hay duda: El monte Norek, la cordillera de los cinco picos, el montecillo en medio del bosque, el árbol caído… todo coincide con lo que he escrito y dibujado en el diario –dijo pasándole la libreta para que lo comprobara.
Amadeo no pudo hacer nada más que confirmar lo dicho por Anerues por lo que se preparó para ir andando hacia el lugar.
-Usted quédese aquí –dijo Anerues a Norberto. –Volveremos dentro de un rato.
Así, Anerues, Zoé, Amadeo y sus daimonions se pusieron en marcha hacia el otro lado del claro, llegando unos minutos después. Nada más entrar de nuevo en el bosque, Ku-Te empezó a moverse con nerviosismo.
-¿Qué te pasa? –preguntó Zoé.
-¿No lo oléis? –preguntó Ku-Te. –Huele a podrido… un montón de carne podrida… cerca de aquí.
Los demás se pusieron a olisquear el aire pero sólo Goppler confirmó lo dicho por el Cu-Sith:
-Sí… parece que por aquí alguien ha enterrado bastantes cadáveres… huelo algún conejo y un… oso pero la mayor parte del olor es humano.
-Yo también huelo pólvora, aunque es un olor bastante débil.
-Mejor que andemos en silencio –dijo Amadeo. –No quiero que nos peguen un tiro por ser demasiado poco discretos.
Siguieron andando hasta que llegaron al pequeño barranquillo, el cual siguieron hasta encontrar la pared rocosa.
-El agujero debería estar por aquí –susurró Anerues señalando un zona bastante amplia. –Es posible que lo hayan ocultado por lo que…
Anerues no pudo terminar la frase pues alguien les disparó desde la espesura del bosque. Sin pensarlo casi y con un buen susto en el cuerpo, los seis se lanzaron por el barranquillo para ocultarse lo más rápidamente posible, echando a correr hacia un gran tronco que allí había.
Al rato se escucharon unas risas venir del lugar desde el que se habían efectuado los disparos y después alguien habló.
-¿Qué están diciendo? –preguntó Zoé abrazándose a Ku-Te para recuperarse del susto. –No hablan inglés.
-Hablan en español –dijo Anerues algo sorprendido por encontrar ese idioma en ese lugar. –Esperad aquí, quizá pueda hablar con ellos.
Anerues, tragándose el miedo que pudiera tener, mostró sus manos desnudas fuera de la protección del tronco y habló a sus atacantes:
-No vamos armados. ¿Qué quieren de nosotros?
-No sois turdetanos –se escuchó desde la parte alta del barranco. –¿Quiénes sois y qué pretendéis hacer aquí?
“¿Nos disparan y luego preguntan?” pensó Anerues. “Lo único que quieren hacer es que salgamos… seguramente no son muchos y quizá con armas pesadas…”
-¡Responded! –gritó el otro interlocutor.
Anerues miró a Dijuana y ésta, conociendo su duda, asintió.
-Disculpen nuestra rudeza si hemos llegado sin hacerles notar que estábamos aquí. Buscamos el agujero que lleva a otro mundo –soltó Anerues como si tal cosa.
Se escucharon unos murmullos allá arriba y al poco salió un hombre embozado con pieles y con un fusil en la mano seguido por su daimonion perro.
-¿Quién os envía? –preguntó éste con altivez. –¿El capitán Suárez?
-No, nosotros… –Anerues dejó de hablar y pensó seriamente en lo que iba a decir. “¿Y qué le digo yo ahora? Si digo cualquier cosa nos matarán al instante… Quizá…” Anerues sentía un miedo similar al que sintió cuando vio a las criaturas del mundo anterior en el que había estado pero, a pesar de ello, se mantenía en un estado de tranquilidad poco común para la situación en la que estaba. Pensó que en esa situación ya debería estar llorando de angustia, pidiendo clemencia, odiando a esos hombres que les estaban apuntando… pero no, él estaba sereno e incluso pensaba que debía ser amable con esos soldados. –No, nosotros no hemos sido enviados por nadie –dijo sonriendo amablemente. –Sencillamente no esperábamos que nos recibieran así.
El hombre de las pieles bajó el arma algo confundido por la expresión de tranquilidad que ofrecía Anerues y se quitó el embozo para hablar claramente:
-¿A qué habéis venido? –dijo el soldado algo nervioso, repitiendo la pregunta.
-Queremos cruzar el agujero, nada más, llegar al otro lado y seguir nuestro camino tan campantes. ¿Acaso no podemos?
-No… esto…
-¿Le han dado órdenes de no dejar pasar a nadie? ¿Es eso?
-…no… yo…
Viendo el nerviosismo del soldado, Anerues decidió relajar un poco su ronda de preguntas y se sentó en el suelo para hablar más tranquilamente, dándole al soldado la impresión de que no deseaba escapar.
-¿Cómo se llama, señor? –preguntó Anerues sonriendo. –Si vamos a hablar, prefiero llamarle por su nombre.
-…sargento Pablo Medina –contestó al cabo de un rato. –¿Cómo es que conocéis la existencia de ese agujero? –dijo éste con más seguridad que antes, al ver que estaba en una situación más dominante.
-Ellos poco saben de él –dijo Anerues señalando a sus compañeros. –Lo único que saben es que está ahí y que debemos pasar por él para llegar a nuestro destino. Él único que sabe cosas ciertas sobre ese agujero soy yo –Anerues sintió un retortijón de miedo al decir esto último pero se controló para no manifestar nada.
-¿Qué cosas? –preguntó Pablo volviendo a apuntarle.
Anerues hizo acopio de todo lo que había visto en sueños y miró a su alrededor, buscando el agujero. Después de mirar detenidamente el lugar levantó el brazo y señaló una gran piedra que no había visto en sus sueños.
-El agujero está exactamente ahí, detrás de esa roca, ¿verdad, señor Medina?. Si fuera un enemigo no debería ni saberlo, pues ustedes se encargan de que nadie conozca la existencia de ese agujero, ¿cierto?
-Cierto… –dijo Pablo asintiendo. –De todas formas necesito saber quienes sois.
-Viajeros –dijo Anerues arriesgándose al máximo al pronunciar esa palabra tan ambigua.
-¿Exploradores?
-Si lo prefiere –dijo Anerues acordándose de las dudas de Dijuana sobre el lugar al que daba el agujero, dudando él mismo sobre lo que habría al otro lado. –Tan sólo necesitamos que nos abran el camino… de hecho, al ver la roca pensé en ir a buscarles para que nos ayudaran a moverla porque ¡buf! ¡menudo tamaño! –a Anerues le salió esta mentira como si fuera lo más natural del mundo, seguramente confiando en que ya dominaba la situación. –¿Sería tan amable de ayudarnos a pasar al otro lado, señor Medina?
El sargento Pablo se llevó una mano a la barbilla y después de un rato de cavilaciones y miradas suspicaces a Anerues, disparó al aire gritando:
-¡Vamos, chicos! ¡No hay peligro! Son amigos.
En un instante, de entre la maleza y los árboles, salieron unos quince hombres con las armas bajas, todos vestidos de manera similar a la de su sargento seguidos por sus daimonions perro. La mayor parte de ellos llevaban fusiles pero un trío de ellos llevaban una ametralladora, arma mucho más pesada que las que llevaban los demás. Anerues pensó en la cantidad de asesinatos que habrían cometido en ese lugar pero no sintió odio por ellos, pensó en que la gente que había matado esos soldados ya estaba muerta y ni siquiera la conocía de nada por lo que no podría llorarlos y así no puso cara que pudiera hacer sospechar a los soldados sobre sus verdaderas intenciones.
-Podéis salir, no os dispararemos –dijo el sargento Pablo.
Anerues no notó temblor alguno en la voz del sargento por lo que supuso que no mentía así que se acercó a sus compañeros para indicarles en voz baja qué hacer:
-A partir de ahora dejad que hable sólo yo. Me parece que confían en mí pero aún así controlad lo que decís por si os entienden y a ser posible, fingid saber poco o nada sobre el agujero –dicho esto, se fijó en Dijuana que estaba sentada de una manera extraña. –¿Qué te pasa? –le preguntó a su daimonion.
-…me duele el estómago… –dijo ella con un tono de voz muy bajo. –Se me pasará, no te preocupes.
Anerues ayudó a levantarse a Dijuana pero cuando la enderezó sintió algo raro, ¿cómo decirlo?: Sintió “odio”, casi como si lo oliera y lo sentía muy cerca de allí, muy intensamente… Salió de detrás del tronco a toda prisa, llamando la atención de los soldados y casi enseguida, mirando a través de los árboles consiguió ver a una bruja apuntando a los soldados desde las alturas.
-¡¡NO!! –le gritó Anerues con toda su voluntad, turbando ligeramente a la bruja.
-¡Una bruja! –gritó un soldado que miró al mismo lugar al que miraba Anerues. –¡A muerte!
Toda la tropa empuñó sus armas, empezaron a disparar y unas detonaciones después derribaron a la bruja. En el momento en el que la derribaron, Anerues gritó, medio ido:
-¡¡Vosotros tampoco!! –Anerues empezó a sentir un mareo muy extraño, como si acabara de salir de una situación que necesitaba de una concentración suprema. El aire se le escapaba de los pulmones y casi no podía respirar por la tensión que estaba sufriendo su cuerpo en ese momento. Al poco se tambaleo, siendo sujetado por Dijuana para evitar que se cayera. -…vosotros tampoco… por favor… –dijo casi sin aliento y llevándose la mano a su dolorida cabeza.
-¿Qué te pasa? –preguntó el sargento volviendo a mirarle suspicazmente.
-¡No le disparéis! ¡Viene con nosotros! –gritó Anerues enfadado, después de recuperar el aliento y la concentración. “¿¡Pero qué demonios estoy diciendo!?” pensó totalmente extrañado de esa reacción tan espontánea que había tenido.
-¿Con vosotros? –preguntó algo extrañado el sargento.
-Se lo explicaré más tarde –dijo Anerues con cara de enfado, poniéndose en marcha hacia el lugar donde había caído la bruja. –Di, sígueme –le dijo a Dijuana.
La bruja había caído a unos cien metros del lugar en un árbol en el cual se había quedado colgada.
-¿Qué vas a hacer? –preguntó Dijuana.
-Ayudar al cuervo –respondió Anerues empezando a escalar el árbol para ayudar a la bruja herida, –y no tengo ni idea de por qué.
Tres minutos después de una escalada algo compleja por culpa de la gran cantidad de ramas del árbol, llegó hasta ella: Era una bruja que tenía una llamativa melena rubia, algo más baja que Anerues y que aún sujetaba un enorme arco más grande que ella misma. Tenía una herida de bala en el brazo derecho cerca del hombro que sangraba mucho y estaba inconsciente por un duro golpe que se dio en la frente al caer.
Anerues, sin fijarse en más cosas, sacó un cordón de sus zapatos y le hizo un torniquete lo más rápido que pudo para evitar que siguiera perdiendo sangre y al poco la incorporó para intentar despertarla zarandeándola un poco.
-¡Anerues! –llamó Zoé. –¿Qué tal está?
-¡Tranquilos! –dijo Anerues girándose hacia su compañera. –¡Está…! –Anerues no pudo terminar la frase porque la bruja, recuperando la conciencia, le asestó un brutal derechazo. –¿¡Pero qué está haciendo!? –le gritó Anerues algo enfadado mirándole a los ojos a la asustada bruja. Inmediatamente se calló al ver que tenía los ojos de un color amarillo tirando a dorado.
-¿…qué… qué estás haciendo…? –preguntó la bruja llevándose la mano a su brazo herido pues se le había vuelto a abrir la hemorragia.
-¿No será usted María Kirisame? –preguntó Anerues en un susurro con cara de sorpresa colocándole el torniquete otra vez.
María, con cara de dolor al apretarle él el torniquete, asintió y Anerues le indicó en otro susurro:
-Por favor, sígame el juego. Me crea o no, estoy de su parte.
María Kirisame asintió confiando en Anerues así que, ayudada por él que llevaba su arco y su rama de nube-pino, bajó del árbol.
-¿Y bien? –preguntó el sargento.
-Es una bruja que está de nuestra parte –respondió Anerues volviendo a concentrarse en parecer sincero pero sin poder controlar un sentimiento de odio hacia el grupo. –Las brujas de su clan y el gran Imperio Turdetano se han aliado para alcanzar objetivos comunes: Nosotros las apoyamos ayudándolas a vencer a su clan rival y ellas nos prestan servicios de exploración y de apoyo logístico ¿¡Por qué demonios le han disparado!? –gritó muy enfadado, concentrándose en tener más autoridad. -¡Brujas como ésta no abundan y tampoco es buena idea tenerlas de enemigas!
El sargento retrocedió un paso algo asustado por la enorme autoridad y firmeza que aparentaba tener ahora ese chico que hacía un momento era tan simpático.
-¡Disculpe, señor! –se excusó el sargento como si fuera un soldado raso. –¡Yo me hago responsable!
-De acuerdo, de acuerdo –dijo Anerues frunciendo el ceño realmente enfadado. –Tan sólo ábrannos el camino hacia el agujero. Estos dos se adelantarán y yo volveré dentro de un par de días, cuando haya dejado a esta dama en un lugar donde pueda recuperarse de sus heridas.
El sargento lo miró ahora con una mezcla de extrañeza y enfado, como si no aceptase que un chico tan joven como Anerues le diera órdenes como si fuera un superior suyo pero no se pudo negar a su orden así que indicó a tres soldados que movieran la roca, cosa que consiguieron al rato.
-Vosotros dos seguid adelante –dijo Anerues a Zoé y a Amadeo en francés. –Jack, Lou y yo tendremos que quedarnos atrás pues estos ya empiezan a sospechar de mí.
-De acuerdo –dijo Amadeo cogiendo sus cosas. –Nos veremos por allí. Que tus sueños encuentren un camino para los otros.
-Eso haré. ¡Vamos! ¡Marchad!
Zoé se despidió y entró en el agujero, seguida por Ku-Te y por Goppler para que al final los soldados volvieran a taponar el agujero.
-¡Muy bien, señores! –dijo Anerues. –¡No informaré de esta inconveniencia! Volveré dentro de cinco días con algunos ayudantes más. Hasta entonces, buenos días.
Dicho esto, se dio la vuelta y se dirigió hacia el lugar dónde había dejado a Norberto lo más rápidamente posible seguido por María Kirisame.
Nada más llegar a los trineos y casi sin dar explicaciones de lo que había pasado a un muy extrañado Norberto, se pusieron en marcha a toda prisa para llegar a un lugar seguro antes de que se dieran cuenta del tongo siendo seguidos por Jack y Dai a una distancia prudencial.
Dos horas más tarde, después de haber cogido varios caminos ocultos que conocía Norberto, llegaron a una cueva como en la que habían descansado el día anterior para curar a una ya algo febril María Kirisame.
-¿Podrá curarla? –preguntó Anerues a Norberto una vez colocaron a la bruja dentro de la cueva.
-¡Tranquilo, chaval! ¡Que sé como hacer esto! –dijo mientras le quitaba a María el escaso ropaje que tenía en el hombro. –Tu vete afuera y descansa un poco, que me molestas.
Anerues hizo lo indicado mientras Norberto empezaba a trabajar sobre el cuerpo de la bruja. Al rato vio como Jack y Dai se acercaban andando al lugar después de haber aterrizado a unos cientos de metros del lugar.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Jack algo extrañado. –¿Ella está bien? Cuando escuchamos los disparos, alejó toda idea de interrogarme y fue a ver lo que pasaba por allá abajo.
-Espero que esté bien –dijo Anerues algo confundido por todo lo que había pasado, sentándose para recuperarse de los mareos que había estado teniendo desde que gritó a los soldados.
-¿Estás bien? –preguntó Dijuana preocupada.
-No lo sé –dijo llevándose una mano a la frente para ver si tenía fiebre y apoyándose en un árbol. –Tengo la cabeza medio abrasada y no sé por qué… no estoy para responder nada ahora. Si quieres saber qué pasó, pregúntale a Di –dijo dirigiéndose a Jack. –Yo voy a echarme un poco.
Anerues se puso cómodo y se dispuso a dormir un poco mientras el aire fresco le enfriaba un poco su acalorada cabeza. Durante las horas que estuvo durmiendo no soñó más que delirios, esos incómodos medio sueños que no puedes quitarte de la cabeza una vez que han entrado en tu mente. Cuando despertó no recordó nada de lo que había soñado pero se encontró algo mejor. Dijuana estaba sentada a su lado, esperando su despertar.
-¿Qué tal ahora? –preguntó ella nada más le vio abrir los ojos.
-Mejor… –dijo frotándose el cuerpo para recuperar el calor. –¿Y María?
-Se ha dormido. Según Norberto un poco más y se nos habría desangrado.
-¿Ah, sí? Que bien…
-¿Qué te ha pasado?
-Algo muy raro… –dijo recordando lo que había hecho delante del agujero. –Es casi como… ¿cómo decirlo sin que suene raro? Como si hubiera olido todo lo que sentían los soldados, el sargento Pablo, María Kirisame, Zoé, Amadeo, Ku-Te, Goppler y tú al mismo tiempo… oler, notar, sentir… ¡Demonios! ¡Es algo aún más raro que mis sueños! ¡Y para colmo hice que todos vosotros olierais una fragancia inventada por mí para que me hicierais caso…! ¿¡Pero que chorradas estoy diciendo!? –dijo dándose un golpe en la cabeza.
-Tranquilízate –le dijo Dijuana con suavidad. –¿Estás diciendo que has sido empático?
-No… –dijo Anerues tomando algo de aire y serenándose un poco. –Ha sido como… como…
-¡Anda! ¡Deja de comerte el coco con lo que ha pasado por allí! –dijo Jack apareciendo de la cueva. –Ya es bastante que hayáis conseguido escapar con vida. ¿Ya estás mejor?
Anerues asintió y, dejando a Jack y a Dai fuera, se levantó para ir a ver a María. Se la encontró acostada bajo una manta de piel, más pálida aún que cuando la vio por primera vez pero respirando tranquilamente.
-¿Para qué la ayudaste? –preguntó Norberto que estaba allí vigilando su convalecencia.
-Resumiendo mucho, sé que tenía el deber de ayudarla. No me pregunte por qué.
“Si le dijera que lo hice porque un sueño me indicó que debía hacerlo me tomaría por un loco” pensó Anerues.
-Dijuana me dijo que fuisteis atacados por turdetanos ¿Sabéis qué hacían por allí?
-Vigilar algo que nosotros buscábamos… –Anerues se extrañó. ¿Por qué le ocultaba lo que había visto por allí si todo el mundo ya conocía la existencia del agujero? “¡Bah! ¿Qué más da? Si no pregunta nada, no diré nada…” pensó. –¿Cómo va ella?
-Mejor pero tendremos que llevarla con alguna otra bruja para que cuiden de ella. No tienes la menor idea de lo temperamentales que pueden llegar a ser estas mujeres. Ya nos indicará ella a dónde tendremos que ir cuando haya descansado un poco.
Esa noche, María Kirisame despertó recordando lo que le había visto hacer a Anerues en el bosque.
“¿Cómo demonios consiguió hacer eso?” se preguntó. “Eso era magia de bruja, sin duda… ¡Dioses! ¡Era como si me hiciera sentir lo que él quería que sintiera y eso ni las brujas más veteranas son capaces de dominarlo bien!… Pero es un hombre… No puede dominar magia de bruja…”
María se levantó y notó una gran mejoría en su hombro, aunque tuviera mareos por falta de sangre. Después de comprobar su vendaje, miró a su alrededor y vio a Norberto y a Anerues dormidos.
-Buenas noches –saludó Dijuana que seguía despierta. –¿Aún le duele?
-Sí pero ya casi no me duele –respondió la bruja con vehemencia. –Debo agradeceros vuestra ayuda.
-No importa. Las brujas ya nos han ayudado una vez y esto es lo mínimo que podíamos hacer por una de las suyas.
-¿Vosotros sois los compañeros del chico de la gran ave?
-Sí, somos compañeros de Jack ¿Por qué lo pregunta?
-¿Oasis ya está evacuado? –preguntó la bruja con preocupación.
-No tiene de qué preocuparse: Cuando el padre Adam se dio cuenta de que era usted la que enviaba el mensaje, movilizó el pueblo de inmediato.
-Ah… si es así, mejor –se dijo a sí misma María tranquilizándose.
-Si quiere que le enviemos un mensaje nosotros, sólo díganoslo: Puede que nos volvamos a encontrar con él pronto.
-No hará falta –dijo María bruscamente. –Tengo que marchar. Transmita mis agradecimientos a… ¿cómo se llama él?
-Anerues, Anerues Altro y yo soy Dijuana, su daimonion.
-Pues, por favor, señorita Dijuana, transmítale a Anerues mi más sincero agradecimiento por su ayuda con esos bandidos –dijo María casi con aspecto de llevar prisa.
-¿A dónde va? Aún está herida.
-No te preocupes, me recuperaré más rápido si llego junto al resto de mi clan.
María cogió su rama de nube-pino, su carcaj y su enorme arco y salió con paso rápido de la cueva pero antes de salir fue interrumpida por Dijuana:
-Sólo dos preguntas: ¿Su daimonion es un cuervo y me podría decir qué está pasando para que tanto brujas, como iglesia, como ejército estén desplegando fuerzas?
María se giró y después de cavilar un poco una respuesta adecuada, dijo escuetamente:
-Respecto a su primera pregunta, sí, mi daimonion es un cuervo llamado Jacob. Respecto a la segunda sólo decir que vamos a matarlo. A Él.
Dicho lo cual y sin dar más explicaciones, se montó en su rama de nube-pino y salió volando.
Y aquí es donde esta historieta comenzó a tener juego al dividirse en tres historias diferentes, cada cuál con su modo de desenvolvimiento, más o menos violento. Como sea, fue a partir de este capítulo que le pillé gusto a escribir sobre Amadeo y Zoé.
Espero que os guste.