Parásito - Capítulo 6: Dudas
Febrero 7, 2008 por jeshuamorbus
Esa noche, tras cenar tanto Girasol como yo, me puse el pijama ante el alien, el cual había permanecido totalmente callado desde que saliéramos de casa de Amelia.
-Esto… –musitó levemente Girasol.
-Lo dije totalmente en serio –respondí antes de que Girasol pudiera preguntarme nada. –Contigo llegaré hasta el final siempre y cuando tú estés dispuesto.
Yo seguí cambiándome tan tranquila mientras Girasol seguía mirándome con cara de sorpresa, como si aún no acabara de creerse lo que acababa de decir.
-Pero… ¿no te da miedo? Quiero decir… ni siquiera yo sé lo que acabaré haciéndote…
-¿Crees que me acabarás haciendo daño? –pregunté al tiempo que lo cogía en brazos. Me senté en la cama y lo dejé sobre mis rodillas. –La verdad es que creo lo que me dijo la profesora: Tú no eres como Borg. Sé que no me harás ningún daño.
-…pero… ¡Piensa un poco! ¡Hasta a mí me parece muy extraño todo esto! ¿¡Para qué diantre quieren los seres humanos unir sus destinos con seres como nosotros!? ¡Están engañando a sus propios hijos para que se unan con… con…! –Girasol saltó de mis piernas y se alejó de mí mientras lloraba. –No sé cómo puedes confiar en mí que soy sólo un… ¡sólo soy un monstruo!
-¿¡Pero qué dices!? –exclamé saltando hacia él. –¿Tú, un monstruo? –le acogí en mis brazos y lo abracé apaciblemente. –¿Tanto miedo tienes a ser lo que eres?
-Tanto a ti como a mí nos están manejando como simple ganado… –respondió mirándome a los ojos. –Mentiría si dijera que no desearía estar para siempre contigo pero, por encima de eso quiero evitarte todo sufrimiento… No sé en qué demonios estarás pensando cuando dices que quieres unirte a mí pero, si quieres mi opinión, los adultos desean que lo hagas con toda su alma, pero no por tu bien sino para controlarte a su antojo.
-Yo no me voy a dejar controlar…
-Por favor, no seas tan tonta… Tú tienes tus instintos y tus costumbres pero yo tengo otros muy diferentes. Si me llegara a unir contigo, tú ganarías facetas mías en detrimento de tu propia naturaleza humana y eso podrá ser utilizado por ellos…
-¿A qué te refieres?
-Hay una cosa que vosotros, los seres humanos, podéis hacer. Algo que ni nosotros ni otras especies animales pueden hacer a menos que sea por accidente o por necesidad: Podéis mataros entre vosotros.
-Ni ganas…
-No lo comprendes, ¿verdad? Los seres humanos no estáis hechos para obedecer toda la vida. Esas construcciones tan vuestras, vuestras “noblezas”, vuestros “jefes”, las jerarquías, las promesas, la obediencia debida, el “deber” a secas… que podáis mataros los unos a los otros es una señal de que eso, en realidad, no existe en vuestra naturaleza primigenia. Tal vez seáis sociables pero no os adaptáis a ninguna jerarquía… sois seres solitarios, muy solitarios.
Girasol temblaba abiertamente, como si temiera decir lo que decía.
-Tal vez tengas razón pero…
-Pero, si os unís con nosotros –continuó interrumpiéndome, –tan pronto como tengamos parte de control sobre vuestros cuerpos, ese factor que os da esa libertad para proteger vuestra propia vida frente a las amenazas de vuestros semejantes se desvanecerá para siempre: Vivirás en continua sumisión a mi raza, Sandra. Yo me convertiré en tu cadena y correa, conseguiré que pierdas tu humanidad… ¡Y no! ¡Yo te deseo libre! –tras gritar esto último, Girasol se zafó de mi abrazo y trepó a lo alto de mi armario. –Hazme el favor de pensarlo de verdad. Puede que mañana sea demasiado tarde para ti.
Girasol se ocultó en una zona fuera de mi vista y yo me quedé en el suelo, pensando como jamás lo había hecho.
Estaba tranquilamente en mi cama, tratando de descansar cuando, de repente, escuché un ruido. Me levanté de inmediato y busqué a Girasol con la mirada. Como había visto antes, no se encontraba a la vista así que, aún sin protección, me levanté y fui hacia la puerta.
El ruido, una especie de repiqueteo contra las paredes y los cristales del salón, se repitió de nuevo pero aún así no me puse nerviosa: Abrí la puerta y miré hacia el final del pasillo. Y allí estaba: Una figura humana, dos brillantes puntos rojos como ojos y un montón de taladros que se percibían en medio de la penumbra del salón. Esto era un sueño. Por primera vez en mi vida sabía que me encontraba en un sueño…
El ataque del otro no se hizo esperar y al segundo vi como más de cinco taladros me atacaban. Pero al contrario que otras muchas veces, no me aparté: Los cinco me atravesaron de lado a lado y yo permanecí totalmente inmutable.
-¿No te apartas? –preguntó escépticamente ese ser de diabólico aspecto.
-¿Creías que iba a tenerte miedo toda mi vida? –respondí provocadora mientras ignoraba la mordedura de las armas del otro. –¿Quién eres? –exigí saber.
-Saberlo no te serviría de nada –respondió el otro cruzándose de brazos. –Sin embargo, que me lo preguntes quiere decir que al fin has madurado lo suficiente. Por fin te has decidido a abandonar a ese idiota de Girasol, ¿verdad?
Como respuesta, alcé el brazo izquierdo, cogí el taladro que tenía clavado en mi hombro derecho y, al instante, una opción salió disparada desde debajo de la piel de mi brazo. Ésta rebanó un par de taladros más antes de que el monstruo lanzara otro el cual acabó de inmediato con la vida de la opción.
-Hay que ver… –comentó el monstruo. –Eres muy poco reflexiva: Unirte con él sólo te acarreará problemas.
De nuevo, invoqué más opciones, esta vez procedentes de mi espalda. Los catorce insectos que llamé cortaron en pedacitos todos esos pedazos de pelo que me atravesaban e hicieron retroceder al monstruo.
-No me vengas con idioteces ¿Quién eres tú? ¿Un testigo, un juez o un verdugo? –dije casi sin pensar. “Mira tú, empiezo a hablar como una poeta” me dije sonriéndome, confiando en que, al ser esto un sueño, él no me podría hacer nada.
-Te veo confiada… En fin, ya veo que desde aquí no puedo afectarte así que, de una manera u otra, ya nos volveremos a ver…
El monstruo, sencillamente recogió sus taladros, se dio la vuelta y se marchó por la puerta de casa. No traté de seguirle. ¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para que siguiera dándome respuestas evasivas?
Por el contrario, me fijé en el cuerpo que tendría si me unía con Girasol: La opción que ese monstruo me había matado hacía un rato que había vuelto por donde había salido, lugar donde probablemente se estaría recuperando. Me palpé esa zona de mi brazo y no noté ninguna cicatriz, sólo un pequeño temblor por debajo de la piel de la parte baja de mi brazo. Por otra parte, a mi alrededor se acumulaban más de veinte opciones la cuales revoloteaban cual mariposas a mi alrededor. Tan armónico era su movimiento que ninguno de los nervios se entrecruzaba uno con otro… y era yo quien controlaba sus vuelos: Yo era la que movía las alas de todos esos insectos que estaban unidos a mí, yo era la que era capaz de ver a través de todos sus ojillos, la que recogía los hilos…
Suspiré, hice volver a todas las opciones a su sitio y contemplé como la piel de mis costados (la única piel rota que tenía a la vista) se regeneraba gracias a un liquidillo blanco-azulado que nada más entrar en contacto con el aire, tras un breve burbujeo, se secaba y cambiaba de color a mi tono de piel.
“Lástima de ropa…” me dije al ver que mi pijama estaba pulverizado por culpa de la acción de todas las opciones. “En fin, si las opciones de Girasol me salían de la espalda, ¿los pétalos…?” instintivamente miré hacia arriba, al poco flequillo que podía ver y, como si fueran una extensión de mi propio cuerpo, uní los cabellos que veía entre ellos formando una especie de telilla de aspecto muy compacto y duro pero a la vez flexible. Mantenía en color oscuro de mi pelo y era capaz de moverlo a mi antojo.
“Parece que estuviera moviendo mi propia lengua” me dije tan pancha.
Después de un largo rato ensimismada en mí misma, alargué los cabellos de mi nuca y me cubrí la espalda con ellos, como si llevara una gran capa para así poder salir a la calle: Seguí el camino que seguía habitualmente sin hacer ninguna filigrana (aunque fuera un sueño, no iba a saltar por la ventana), bajé las escaleras, dominadas ellas por la extraña vegetación del bosque del Santo Firme y salí a la calle…
Maravillada, contemplé todos los árboles que atravesaban el asfalto y que ascendían hacia el oscuro cielo estrellado que veía sobre mí. No era capaz de verlas pero notaba la presencia de cientos de pequeñas presencias que me observaban entre las malezas bajas, las cuales, a cada movimiento mío, se alejaban a toda velocidad…
No me contuve más y corrí entusiasmada entre los semi-derruidos edificios y los altísimos árboles: El restaurante que se encontraba frente a mi casa tenía taponadas las ventanas por un montón de enredaderas, el bar que se encontraba más allá tenía esas mismas plantas enredadas en las rejas que se encontraban ante sus cristales, el viejo supermercado se hallaba dominado por un montón de plantas y animales que se peleaban dentro de él…
Llegué a la larga calle principal y miré a ambos lados: A mi derecha veía el Santo Firme iluminado por la luz de la luna… su vegetación que siempre me había parecido horrorosa ahora se extendía como un precioso manto verde y negro sobre el pueblo. Los edificios que me encontré por el camino estaban recorridos de ramas y lianas que se me antojaban muy decorativas. Me giré a la izquierda y vi una más larga visión de la calle: Los edificios se encontraban en el mismo estado que al otro lado, los grandes troncos me taponaban bastante la vista pero aún así era capaz de ver como ni la estación de trenes se había escapado al dominio de las plantas. Y, justo frente a mí, tres trípodos pastaban tranquilamente ignorando completamente mi presencia.
Pasé ante ellos con toda naturalidad y ellos me ignoraron… lo que habría dado por tener una cámara de fotos para inmortalizar la serenidad que reflejaban tan poderosos animales.
Seguí caminando: La tienda de electrodomésticos, la farmacia, la autoescuela, otro restaurante, una tienda de todo a cien, uno de los más antiguos restaurantes del pueblo… todos ellos con un montón de animalillos cuya presencia me iluminaba la cara. Así, tras dos minutos de agradable paseo, me encontré ante el nuevo bosque: El parque del pueblo.
Apenas conservaba nada de lo que fuera antes, ya fuera el parque infantil o, simplemente, los bancos de madera blanca… No, ahora la vegetación hasta dominaba las grandes rocas de las que antes surgía el agua de la fuente y convertían los adoquines en simples pedruscos tirados aquí y allá. El parque infantil ahora parecía un gran invernadero, con todas esas plantas formando un castillo de plantas colgantes y enredaderas que se agarraban a los maderos de lo que fuera una construcción lúdica… pero, lo que más me gustó, fue ver como el jardincillo de flores que se encontraba justo en el centro de ese lugar, un trozo de tierra cuadrado antes con cuatro flores mal conservadas ahora resplandecía: Enormes flores de un color blanco purísimo reflejaban la luz de la luna, expandiendo un aroma tan fragante que no pude resistirme a olerlo más de cerca. Sin embargo, cuando me acerqué lo suficiente, noté como algunas de esas flores ¿se giraban hacia mí? Me acerqué más y lo constaté: Estaban plantadas, tenían grandes pétalos y delicioso aroma pero no eran plantas: Eran pequeños animalillos con forma de planta. Sus leves movimientos y el leve sonido de su respiración les delataba.
Me acerqué a ellos y extendí mi mano al más cercano, el cual, nada más ver mi gesto, desenclavó sus patas y caminó a mi mano para luego subirse a mi hombro. Su olor era embriagador… pero a la vez me resultaba tan familiar. Cada vez que pensaba en lo que estaba oliendo, recuerdos afables llegaban a mi mente pero tan difusos que no conseguía acertar a saber dónde había sentido antes esta fragancia.
Con semejante compañero de viaje, me alejé del parque y seguí caminando, esta vez hacia fuera del pueblo. A medida que me alejaba, más densa se volvía la vegetación y más oscuro se volvía el bosque. Este hecho, lejos de inquietarme, me animó a explorar y, acompañada por el animalillo-flor (que se reveló como excelente escalador), trepé el árbol más alto que encontré con la ayuda de mi nuevo cuerpo. Tras más de un cuarto de hora de dura escalada, me encontré cerca de las ramas más frágiles del árbol y pude ver la belleza del amanecer en el bosque: Las brumas se extendían por toda la región que podía abarcar con mis ojos. Si por algo era conocida esta zona era por ser una inmensa llanura en medio de decenas de montañas…
-Parece que estuviéramos encima de un tazón de leche, ¿eh? –comenté a la flor mientras, allá a lo lejos, veía como empezaba a clarear la noche: A través de las montañas del este pude ver como el cielo ya mostraba un color violeta que no tardó en tornar a índigo. Y, un par de minutos después, el sol, con toda su fuerza, apareció rojo e iluminó toda la blanca llanura sobre la que destacaban unos pocos árboles como en el que estaba subida yo.
Mientras las brumas se dispersaban con el calor del sol, mi visión fue haciéndose cada vez más difusa, señal inequívoca de que ya me estaba despertando. No me resistí, sabía que era inútil desear quedarse más tiempo dentro de este sueño y a medida que el sol iba subiendo, noté como la luz que llegaba a mis ojos era el leve luminoso de mi despertador.
Perezosa pero exultante, me levanté en medio de la oscuridad (a pesar de lo largo que me había parecido el sueño, me quedaba más de una hora antes de que sonara el despertador) y me dirigí al baño mientras contenía hasta la última imagen de lo que había visto en mi mente.
Girasol me había dicho que me lo pensara y me lo había pensado: Quería hacer la simbiosis con él…
Entré en el baño, encendí la luz, me di un rápido lavado de cara y… cuando me miré en el espejo se me borró la sonrisa que creía que tenía grabada a fuego en mi cara: La imagen que me mostraba el cristal no era la de aquel ser combinación mía y de Girasol… Mis cabellos, en lugar de estar totalmente alisados formando una tela compacta estaban horriblemente retorcidos en forma de cilindros recorridos por interminables surcos en espiral… Di un paso atrás asustada sin dejar de mirar mi ahora horripilante reflejo y casi tropecé con la bañera: Mi imagen no era la de una simbiosis con un Girasol… ¡era la de una simbiosis con un Drill!
Después de salir de casa, tras desayunar rápidamente, fui hacia la parada del autobús con Girasol sobre mi cabeza para tratar de aclarar mis ideas… Mi pelo, al segundo de mi horrible susto, volvió rápidamente a la normalidad (justo antes de que pegara el mayor grito de terror de mi vida) pero, sin embargo, ahora era capaz de enrollarlo a voluntad como si mi cabello fuera una extensión de mi cuerpo…
-No habrás sido tú, ¿verdad? –pregunté espantada a Girasol.
-Lo juro por mi vida: Yo no soy capaz de hacer eso con ninguna parte de mi cuerpo –aseguró el alien. –¿Dices que te despertaste así?
-…sí… –respondí tratando, en lo posible, de no perder la calma. –¿Pero la profesora no dijo que un Borg tardaba seis meses en asimilar una muestra?
-¿Ahora crees lo que dice? –preguntó Girasol escéptico. –Sí, eso dijo pero, ¿estás segura de que puede ser cierto?
-Sí, esto sí se lo creo. Al fin de al cabo, decir “seis meses” no es lo mismo que decir “parásito” o “alien asesino”…
Los dos callamos y nos quedamos esperando en medio de la bruma oscura de la mañana… De haber estado Lua, se lo habría contado todo y, aunque Naga no supiera responderle la razón de mi problema, sabía que al menos me escucharía… Pero si se lo contaba a Amelia no sabía lo que sería capaz de hacerme para quitarme esta simbiosis de encima… tendría que guardar secreto y tratar de descubrir la manera de librarme yo misma.
Pero, antes de nada, lo que quería saber era cómo diantre había llegado a hacer simbiosis con un Drill. La única vez que estuve en contacto con ellos fue hacía casi dos meses, tras lo cual no volví ni a mirarlos. Entonces, si no fue por contacto, ¿por qué fue?
Me devané los sesos junto a Girasol tratando de encontrar la razón dando cada uno de nosotros teorías, cada cual más estúpida que la anterior… hasta que, cuando nos dimos cuenta, estábamos rodeados de niños que esperaban el autobús.
-¡Buenos días! –saludó campechanamente Federico. –¿Qué? ¿Has dormido mejor?
-Eh… sí, gracias por preocuparte… –respondí algo descentrada.
-Ayer cuando te vi en el suelo pensé por un momento que te había atacado algún alien ultra-peligroso de los que nos suele hablar la profesora… Cuando te escuché roncar suspiré de alivio…
-¿Cómo te llevas con tu Girasol? –pregunté interrumpiendo la dicharachera charla de Federico. Mi cara seria hizo que el chico perdiera la sonrisa tan sólo por verme.
-¿A qué viene esa pregunta? –preguntó él tratando de volver a un tema trivial.
-Créeme si te digo que es una pregunta importante.
-Pues… tampoco es que sea el centro de mi vida pero me llevo bien con él… ¿A qué viene esa cara? –preguntó extrañado.
-Nada… son cosas que te incumben pero que de momento puedo dejar para más tarde… –me estiré y traté de recuperar la circulación en mis piernas para luego comentar, algo más jocosa: –Oye, Girasol, ¿pegó algún grito de nena cuando me vio?
-¡Sí! –respondió alegremente el Girasol de Federico. –Empezó a mirar a todas partes tratando de buscar ayuda para saber qué hacer contigo.
-Podrías cortarte un poco, ¿no crees? –dijo Federico con la cara cambiada, dándole un capirotazo a su Girasol. –En fin… supongo que si te encontraras un cuerpo tirado por ahí reaccionarías igual que yo –me dijo.
-Todo depende de la costumbre –dijo Martín apareciendo de improviso. –Si vierais la cantidad de aliens atropellados que he visto en mi colegio…
-Yo me estaba refiriendo a personas… –interrumpió Federico. –¿Tú no ibas en coche hasta el colegio?
-No, ahora vengo en tren hasta aquí, donde cojo el autobús. Para algo me han dado una beca especial.
-Debe ser cansado madrugar tanto para venir hasta aquí –comenté.
-No es para tanto: Cuando son apenas las seis de la mañana pasan tantos coches por debajo de mi ventana que no necesito ningún despertador.
-Aún así tanto camino para ir a un colegio de segunda…
-Aquí al menos hago algo. Y, si este colegio es de segunda, aquel del que vengo debe de ser de cuarta regional: El único momento en el que puedes estar tranquilo es cuando haces una patrulla y aún así es ruidoso…
-Ya me hago a la idea de como va a ser mi vida cuando vaya al instituto –dijo campechanamente Federico. –¡Ah! ¡El autobús!
Este día, nos tocaba a Martín y a mí patrullar por la tarde. Era algo cansado pero al menos, gracias a todo lo que había dormido (dejando a un lado hechos traumáticos), ahora me sentía mucho más cómoda haciéndolo.
Patinaba pensando en la extraña frialdad que mostró Amelia cuando llegué este día a clase… Parecía que todo lo que habíamos hablado el día anterior no había sido más que un espejismo. No reflejaba ni el miedo ni los nervios contenidos; no me preguntó nada, no me indicó nada… se limitó a decir “en fin, menos mal que te veo sin ojeras” pero no añadió nada más. Casi parecía que su expresión había vuelto a la semi-marcial con la que empezó el curso.
-A mí me parece que estaba nerviosa –me comentó Girasol mientras pasábamos entre el edificio principal y la larga aula de manualidades. –Hacía lo imposible para evitar mirarte a los ojos.
-¿Y qué quieres que haga? Ha venido ocultándonos cosas desde el principio. Que siga haciéndolo es cosa suya: Nosotros debemos aguantarlo.
Claro.
-¿Como buenos encargados de Contramedidas? –preguntó hiriente Girasol.
Dejé de patinar y me senté en las escaleras que llevaban a la puerta de la cocina del colegio para descansar un minuto del paseo.
-¿Ahora eres tú el que no quiere unirse a mí? –pregunté.
-Mientras te lo hayas pensado de verdad, yo me uniré a ti.
-Eso que acabas de decir es estúpido y lo sabes. Es casi como si hubieras dicho: “Haz lo que quieras que yo no voy a aceptar un sí por respuesta”. Tú quieres que diga que no, ¿verdad?
Girasol enmudeció como si le hubiera dado justo donde más dolía.
-Tal vez no sea el mejor maestro –continué –pero, el monstruo que aparece en mis sueños una vez me dijo “duda, retuércete y llora si lo crees necesario”. Me parece que no soy sólo yo quien debe dudar de todo lo que pasa a nuestro alrededor.
Me levanté y dejé a Girasol pensando un poco en lo que acababa de decir y comencé a patinar de nuevo, giré la esquina y…
Algo me hizo tropezar, cosa que hizo que Girasol se pusiera en guardia de inmediato: Sus patas amortiguaron mi caída y yo pude alzarme fácilmente mientras trataba de ver qué era esa cosa que me había derribado. Escuché varios zumbidos, probablemente opciones de Girasol y me alcé con la mayor entereza que pude… hasta que vi a otro chico…
Inmediatamente le ordené a Girasol que me cubriera con sus patas mientras yo trataba de alcanzar mi pistola de dardos pero no tuvo tiempo: Las opciones que a ese chaval le salían por detrás de cuello, rebanaron sus patas izquierdas en un instante.
No me aminalé y, en lugar de huir, me lancé contra él, cosa contra la que ése reaccionó lanzando más opciones contra mis piernas, las cuales me hicieron tropezar de nuevo al tiempo que otras tres me inmovilizaban. Traté de levantarme de nuevo pero los hilos de esas cuatro opciones estaban comprimiéndose contra mi piel, la cual comenzó a sangrar ligeramente.
Girasol, temiendo por mi vida, lanzó sus opciones para acabar con el enemigo pero una telilla extraña surgió de detrás del cuello de mi atacante y como si fuera una gran mano, las rechazó todas, liándolas seguidamente con otra opción.
Los hilos cada vez me apretaban más, abriendo grandes vías de sangre en mis brazos y piernas pero yo, lejos de rendirme, me sobrepuse y recurrí a mi último recurso: Enrollé mis cabellos tal como había hecho esta mañana lancé cuantos taladros pude contra lo que estuviera protegiendo a ese chico desde detrás de su cabeza. Ninguna opción más salió disparada y, según parecía, esta clase de ataque había pillado por sorpresa al alelado alumno por lo que nada le protegió del ataque punzante: Algo resultó atravesado justo a la espalda del alumno y, al instante, las opciones enemigas se relajaron súbitamente al mismo tiempo que el alumno caía inconsciente al suelo.
Cuando las opciones cayeron, los hilos enemigos se relajaron y las opciones de mi Girasol pudieron volver a su lugar de origen. Mientras Girasol recogía los hilos yo pude quitarme esos lacerantes hilos de mi piel y levantarme. Mi camiseta y mis mallas estaban perdidas de sangre pero, al menos, las heridas eran todas superficiales. Pero no eran mis heridas lo que me preocupaba ahora: Después del subidón de la batalla, ahora comencé a sentir el miedo que siempre sentía después de cada pelea… pero no fue porque lo estuviera conteniendo: El alien que estaba adosado a la piel de ese chaval, el que me había lanzado sendas opciones y le había protegido era aquella extraña flor que había visto en sueños…
Girasol, previendo mi reacción, usó sus patas indemnes para cubrirme mientras trataba de asimilar lo ocurrido… pero esta vez no me detuve a llorar: Algo en mi interior me impulsó a tratar de saber de dónde había surgido ese alien por lo que, con los taladros, lo acerqué a mí, me quité el guante, la gasa, devolví su forma original a mis cabellos y metí mi dedo corazón dentro de la redonda herida.
-¡Le digo que es demasiado pronto! –gritó Amelia. –¡Sandra no está acostumbrada y siempre se hunde y Federico, por más que lo trate de ocultar, le tiene un horror inmenso a su Girasol! Ver como les atacan Magnolias será muy contraproducente.
-¿Quién te crees que eres para alzarme la voz? –replicó el director mirando tanto a mi testigo como a sus compañeros de pecera. –¡No estamos para andarnos con chiquitas! ¡Los tuyos ya están comenzando a moverse! ¡No podemos tolerar que esos necios intocables se rebelen!
Cuando logré fijar mi visión, vi como mi testigo había estado antes en el Aula de Contramedidas. Frente a él estaban Amelia y el director del colegio (no lo conocía demasiado pues rara vez salía de su despacho…). Por la pose asustada de Amelia como por el porte exageradamente soberbio del hombre pude deducir que el director era el más directo superior de la profesora…
-Pero, es que…
-¿¡Pero es que qué!? –gritó el director dándole un bofetón que ella ni trató de esquivar. –¡Aún no sé cómo permaneces aquí, maldita cerda! ¡Si fuera por mí haría años que te habría cortado la cabeza!
Tras ese golpe, el director siguió golpeándola hasta derribarla para luego seguir golpeándola más allá del ángulo de visión de mi testigo. Tras una soberana paliza, el hombre se levantó y se fue hacia la salida.
-¡Que no vuelva a oírte una sola queja! –advirtió el hombre. –¡Tu vida pende de un hilo y sólo depende de mí que la conserves! ¿¡Me has entendido!?
Mi testigo no escuchó ninguna respuesta aunque, de todas maneras, el director salió de la sala de inmediato antes de escuchar nada. Pasado más de un minuto, Amelia, sangrando abundantemente por la nariz y la boca, con grandes moratones tanto en cara y brazos, se levantó y se dirigió sin derramar una sola lágrima hacia uno de los armarios de la sala, uno que siempre mantenía cerrado con llave, del cual sacó una gran garrafa de metal cuyo contenido derramó en una pequeña pecera que sacó a tal efecto. Tras comprobar la temperatura del líquido blanco-azulado sumergió su cara en él y se pasó más de tres minutos con su amoratada cara sumergida, tras lo cual resurgió de él. Pero no con sus heridas sino totalmente limpia…
-No quiso escucharme… –dijo ella al aire. –Muy bien, juzga tú misma, Sandra.
Evidentemente, el hecho de que, de nuevo, alguien me dejara un mensaje me pilló por sorpresa.
-El director no sabe nada de tu Oboeteru y tú eres la primera persona a mi cargo que puede saber cuanto ocurre a su alrededor –dijo hablándole tanto a mi testigo como a sus dos compañeros. –Juzga tú misma y saca tus conclusiones… no me estoy excusando, sólo te digo la verdad: Yo no soy quien desea hacerte esto. De todas maneras, haz todo lo posible por matar al que captures… Una Magnolia entre Blossoms sólo está destinada a sufrir. Ahórrales ese sufrimiento…
Dicho esto, alguien llamó a la puerta y ella fue a abrir. Dentro de esa sala entraron tres alumnos y…
De repente sentí como Girasol me tiraba del pelo y de inmediato volví a mi tiempo.
-¡Oye! –exclamó Martín mientras corría hacia mí con una Magnolia dormida en su mano. –¿Qué te ha pasado?
-Me ha pillado por sorpresa… –dije sin querer hablar mucho. –No sabía que me atacaría un alumno…
-Por primera vez me siento por encima de ti –dijo él orgulloso. –En mi anterior colegio esta clase de ataques ocurrían casi todos los días. ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas ayuda? –dijo ofreciéndome la mano.
-No… –me levanté sola y recogí la Magnolia muerta. –Dame el tuyo y encárgate de ése –dije señalando al chaval. –Yo tengo que ir a curarme…
Mi compañero no se negó y me dio su presa. Así pude marchar hacia el Aula de Contramedidas tan deprisa como mis sangrantes piernas me permitieron.
-Aquí tiene –dije lanzándole el cadáver de la Magnolia a la profesora. –¿Repito con éste? –pregunté señalando al dormido.
-…ya veo que lo has visto… –comentó mi responsable mientras recogía el cadáver de tan bonito alien. –Bueno, ya sabes que…
-Tres rábanos me importa si lo hizo aposta o no –dije dándome la vuelta hacia la puerta. –Sólo dígame donde está el tercero.
-¿Para qué…?
-Por Federico –interrumpí molesta. –Usted dijo que le tenía miedo a su cargo, ¿no? ¿Dónde está el último? –exigí saber.
-No lo sé… –respondió Amelia con la cabeza gacha. –Podría estar en clase o en…
-Muy bien –volví a interrumpir mientras ponía mi mano sobre la puerta para ver a quién le había dado el último alien que quedaba.
-En fin… –suspiró Amelia. –¿Vosotros sois los…?
-¿Ésos son los aliens? –preguntó uno sin esperar a que la profesora terminara. –¡Jo! ¡Si parecen flores!
A éste lo conocía: Era Alberto, uno de los alumnos de mi clase.
-Yo tengo uno igual –la profesora volvió a suspirar, como cansada. –¿De veras vais a aceptar?
-¡Pues claro! –exclamó otro mientras forzaba la tapa de la pecera. Tras abrirla, cogió a uno de los tres sin ningún cuidado y se lo puso en la cabeza.
-No es ahí –aclaró la profesora. –O detrás del cuello o en la espalda pero nunca en la cabeza. Aunque la localización sea diferente, la defensa es igual a la de los Girasoles.
La Magnolia que se colocó el chico, me parecía que pertenecía a la clase a la que iba Federico, se colocó sola detrás del cuello, extendió sus patas sobre su cuello y nuca y luego ocultó sus grandes pétalos por debajo de su ropa. Así, con sólo subirse un poco el cuello de la ropa, las seis patas quedaban perfectamente ocultas.
-Ya sé dónde está el tercero –declaré al tiempo que me lanzaba al control de alarmas. Sin dudar pulsé el botón de “Cese de alarma” y el sonido que señalaba el final del estado de emergencia dominó el colegio.
-¿Qué haces? –preguntó Amelia al tiempo que venía hacia mí.
-Lo sabrá ahora –respondí sin ocultar mi enfado.
Salí del aula a toda prisa, subí las escaleras hasta mi aula y, una vez allí, llamé a la puerta para que me retiraran los barrotes que impedían la entrada de los aliens. Cuando escuché como ya habían quitado los candados y abierto la puerta, entré sin ningún cuidado a toda prisa. En menos tiempo que el profesor tuviera para darme la bienvenida o que nadie comprendiera lo que estaba haciendo, me dirigí a toda prisa hacia el asiento de Alberto, el cual, al ver mi expresión furibunda, se levantó y trató de huir de mí hacia la pared contraria.
-¿Qué te pasa, Sandra? –preguntó el profesor al verme tan furiosa acorralando a mi compañero. –Anda, siéntate y…
Antes de que el profesor pudiera decirme nada más, Alberto, en un ataque de miedo incontrolado, me lanzó una opción que intercepté de un manotazo de mi mano derecha al tiempo que me lanzaba hacia él y le agarraba sin nada de cuidado a la Magnolia que se encontraba en su espalda.
Cuando todos vieron lo que Alberto tenía en la espalda, cundió el pánico y todos los chavales trataron de huir desordenadamente mientras yo me ocupaba de combatir al alien: Nada más arrojé a la Magnolia al suelo, Alberto cayó inconsciente y el alien trató de defenderse: Cubrió su cuerpo con sus pétalos formando una especie de capullo doble, uno para proteger su cuerpo principal y otro para proteger su espalda, lugar donde estaban situadas las opciones preparadas para ser disparadas. Pero no le dio tiempo: Con un movimiento rápido, Girasol lanzó una opción contra el capullo superior y lo rebanó por la mitad. Este ataque generó un enorme agujero en el cuerpo de Magnolia, lugar hacia el que ataqué de inmediato con mi puño izquierdo.
El combate acabó ahí mismo: Magnolia acabó aplastada, yo pringada y los alumnos que huían asustados del alien, ahora se alejaban espantados de mí que llevaba impasible el cadáver de esa criatura en la mano mientras aún goteaba su sangre blanca mientras mi ropa lucía un rojo nada elegante…
En todas partes se empiezan a cocer habas , en este colegio, empieza a haber problemas que la niña entiende mal… ¿que diferencia a un niño de un adulto…?