Cajón de Sastre - “Nibesel” según Jeshua Morbus y Awe
Febrero 13, 2008 por jeshuamorbus
Paulo era un chico peculiar. Nadie sabía como, pero siempre conseguía hacer que todos los chavales siguieran sus pasos para ir a jugar con él.
Era sorprendente ver como, en una época en la que los videojuegos, la televisión, internet y demás entretenimientos electrónicos, ese chico lograba atraer a todos los jóvenes del pueblo a jugar “a los piratas”, “a cazar monstruos”, “a pelear contra la gran armada de los No Muertos del rey Legión”… y así hasta miles de ejemplos más. Lo único que hacían todos era seguir a tan carismático niño que nunca dejaba a nadie de lado y, durante largas tardes, jugaban en dios sabe donde…
Lo raro es que nadie, absolutamente ningún adulto, sabía donde iban realmente esos chicos. Lo único que tenían por cierto era que volvían cansados, con alguna que otra herida pero perfectamente entretenidos.
Yo era uno de esos chicos. Y, ciertamente, la historia era bastante diferente a lo que parecía…
Entonces ya tendría unos doce años y ya llevaba oídos unos cuantos rumores acerca de Paulo. No es que me interesara demasiado eso de ir a jugar a tan anticuados juegos pero sí me llamaba la atención lo popular que era.
No tuve que hacer ningún esfuerzo para saber qué era lo que tanto llamaba la atención en él: Completamente solo, un día me invitó a ir a jugar con él. Me extrañó un poco, al ser yo un tanto mayor para jugar a esos juegos tan infantiles… pero tampoco tenía ninguna razón para rechazar su oferta así que, al menos, me presenté en el lugar donde me citó.
Sólo estaba yo, él, un niño y una niña más. Por una vez no iba a llevar un ejército de chavalería tras él. Yo no es que estuviera muy dispuesto a jugar a nada que me hiciera sentir ridículo así que, más que para hacer nada, estaba allí para mirar un poco y hablar con ellos.
Sin casi mediar palabra, Paulo nos guió a los cuatro por unos arbustos que crecían junto a la vieja fábrica del pueblo. Esa zona, bien oculta, llena de vegetación y poco transitable para cualquier adulto, había sido recorrida por decenas de pies en los últimos tiempos, como su duro suelo así atestiguaba. Ese montón de ortigas estaba recorrida de un lado a otro de pasadizos que permitían a gentes de poca altura como nosotros, pasear por allí sin peligro a que nos picaran las urticantes hojas de las plantas.
Ese primer paseo me fue realmente extraño: Las plantas, desde fuera, parecían mucho menos voluminosas desde fuera de como lo eran realmente desde dentro. Primero fue darme cuenta de que estábamos andando desde hacía cinco minutos; después, fijarme en que el sol ya no se podía ver a través de la panoplia de plantas (no sólo ortigas) que había allí y, al final, cuando ya llevábamos andando más de media hora sin parar a descansar ni una sola vez, vi un agujero. Un hoyo tan inmensamente enorme que era tan grande como el patio de mi casa hacia el que confluían las más largas ramas de los arbustos y árboles que allí había, en medio de un claro que mostraba el cielo despejado… era como un enorme remolino, un vórtice que lo absorbía todo a su interior…
Sentí miedo pero los chavales que acompañaban a Paulo no: Sin dudar, los dos saltaron dentro del agujero y después de un largo rato, sus cuerpos se perdieron en la oscuridad de ese extraño hueco.
-Síguenos o espéranos aquí –dijo Paulo mientras cogía distancia para saltar “con estilo”. –Si tienes miedo, no tienes por qué venir –y, después de una corta carrerilla, saltó con todo el garbo que le permitía su menudo cuerpo y, como los otros dos, desapareció en el agujero.
Yo… no comprendía nada de lo que habían hecho esos tres… lo que habían hecho lo habían hecho con tal naturalidad que casi parecía que lo hacían a diario. ¿Era esto lo que hacían para desaparecer todas las tardes del pueblo?
Como fuera… ese agujero… ¿a dónde llevaba? ¿Qué profundidad tenía? ¿Qué era…?
¡Eso no era lo que importaba en ese momento! ¡Se habían tirado y ahora estaban abajo, a saber en qué estado!
Me agaché y me agarré a las raíces que confluían hacia ese agujero y fui descendiendo poco a poco, para ir acercándome a donde esos chicos habían llegado… poco a poco, pero con decisión y constante como un reloj. Pasé más de cinco minutos agarrado a esa pared y cuanto más descendía, ese lugar se tornaba más y más oscuro. La abertura por la que me había introducido se iba volviendo cada vez más pequeña, como si realmente me estuviera alejando del exterior y me estuviera introduciendo en una suerte de mina abandonada. Pero eso ya me daba igual… ¡Eran más de ochenta metros hacia abajo! ¡Y no parecía haber visos de que el fondo se encontrara cerca!
-Hay que ver, chavalín… -una voz adulta me sacó de mi emperramiento en bajar con cuidado. -Los mayores siempre necesitan un empujoncito… -y eso mismo fue lo que sentí: Un golpe que me lanzó hacia abajo, arrancando mis ya cansadas manos de las raíces que dominaban la pared. Un golpe de terror sacudió mi cuerpo cuando me vi sin asidero alguno mientras veía las paredes a mi alrededor ir pasando a toda velocidad junto a mí sin que nada pudiera hacer para detener mi caída. Y, lo que es más, éstas parecían estar alejándose cada vez más de mis brazos… chillé de terror cuando el punto de luz que había sobre mí iba desapareciendo hasta transformarse en un puntito ínfimo y casi invisible. Solo, sin ayuda, lejos de todo asidero, sólo caía sin control hacia un fondo… un fondo que comencé a ver…
Un fondo que no era un suelo duro y rocoso sino un gran rayo de luz al que me acercaba a toda velocidad. El aire que sacudía mis ropas, de repente se volvió realmente frío y, cuanto más me acercaba a esa grieta de luz, más bajaba la temperatura. Y cuando llegué hasta la luz…
…aparecí en el cielo, cayendo igual que antes, sin control alguno, mientras abajo veía un enormísimo bosque empantanado que se extendía hasta el mismo horizonte.
No sabía que debía hacer… caía sin más, sin poder hacer nada salvo tratar de mantener mi cuerpo lo más inmóvil posible para no girar sin control. Cuando estabilicé mi cuerpo, pude mirar mejor el lugar hacia el que me abalanzaba: No era tan verde ese bosque aunque todo el lugar estuviera dominado por verdes árboles. Se podían ver caminos y arcaicas carreteras aparte de algún que otro poblado de aspecto tribal. Más a lo lejos, era capaz de apreciar lo que parecía el almenado de un antiguo castillo y más allá incluso, las murallas de una gran ciudad medieval. Traté de girarme y miré hacia el otro lado. Después de unos trompos sin demasiado garbo, vi que por allí el aspecto era menos anticuado aunque igualmente atrasado desde mi punto de vista: Estilo neoclásico y barroco, casi decimonónico, una especie de ciudad industrial del siglo XIX, elegante y sucia al mismo tiempo, dominaba el horizonte oeste, taponando el sol con el humo de sus chimeneas. No parecía realmente una ciudad sucia, sino más bien elegante, apacible y con cierto desarrollo tecnológico, puesto que, desde allí era capaz de apreciar los aviones volando en todas direcciones.
-Ya que lo has aceptado, creo que sería un buen momento para ir pensando qué harás para frenar tu caída… -esa voz que antes le había lanzado abajo volvió a sonar pero no fui capaz de determinar desde dónde me hablaba para que pudiera escucharle con tantísima claridad… Como fuera, tenía toda la razón: El suelo ya estaba muy cerca y mi velocidad no había disminuido ni un ápice… -¿Y qué tal si te imaginas una forma de salvarte milagrosa? -preguntó la voz. -Como llegues al suelo sin hacerlo, volverás a tu mundo con un buen golpe que recordar…
¿Un método milagroso, dijo? ¡Por amor del cielo! ¿¡Qué quería!? ¿¡Que me transformara en roca así como así para soportar el golpe!?
Y fue sólo pensarlo cuando noté que todos mis miembros se paralizaban… incapaz de mover un solo dedo, apenas siendo capaz de mantener mis ojos en movimiento, vi aterrado como mis manos habían adoptado una tonalidad grisácea, metálica…
-Bienvenido a Nibesel -dijo la voz justo cuando mi cuerpo, metalizado, se estampaba contra el suelo…
…y entonces vi que esa caída no había sido un sueño…
Ella siempre había sido bastante alocada, no soportaba más de cinco minutos sin alborotar. Sabía que eso me ponía de los nervios. Le encantaba torturarme y conseguir que perdiera los estribos, lo cual no es para nada fácil. Por mi parte, me limitaba a ignorarla y a comportarme con tranquilidad, pero con ella, esto no surtía ningún efecto.
También estaban el mal genio y la cabezonería que se gastaba la muchacha: Los otros chicos del pueblo decían que era una chica muy divertida, pero a la que más te valía no cabrear mucho si querías volver a casa entero… personalmente, no lo entendía, tal vez porque yo la conocía mejor que ninguno de ellos y sabía cómo pararle los pies la mayoría de las veces; y con respecto a lo cabezota que era, aún recuerdo a Rotulador, el pobre gato atigrado de la vecina, cuando esta se fue una temporada y nos lo dejó a nuestro cargo, mi prima se empeñó en que estaba sucio, y por más que su madre le decía que los gatos se lavan solos, ella seguía en sus trece, así que, ni corta ni perezosa, metió a Rotulador en la lavadora. Milagrosamente, el animal sobrevivió al lavado. Pero mucho me temo que no duró mucho más, pues ella, para secarlo, lo escurrió.
Siempre había sido así: Ella hacía las locuras y trastadas, y yo era el chico tranquilo y paciente que siempre intentaba arreglar sus estropicios. Por eso nos odiábamos tanto, ella se metía con migo llamándome “Carapalo”, “Soso” o “Kurorín” (este apelativo particularmente humillante para mi gusto), y yo, simplemente, la soportaba, aunque eso no quitaba que nos liáramos a palos un día si, otro también.
Pero, de repente, todo esto cambió.
Un día, estaba sentado en el banco de debajo del cerezo, en el jardín trasero de la casa que compartían mis tíos y su hija con mi padre y conmigo desde que tenía memoria. Yo estaba estudiando para un “complicado” examen de álgebra que tendría al día siguiente, aunque ya me lo supiera de memoria hasta el último garabato del libro.
Ella entró al jardín y, cuando vio lo que estaba haciendo, el disgusto cubrió sus ojos de color ámbar.
-¿Otra vez estudiando? –preguntó.
-Mañana tengo un examen –respondí simplemente.
-¡Pero si te sabes ese rollo de carrerilla! –soltó un bufido y puso los brazos en jarras.
-Nunca es malo darle un repaso al temario aunque ya se sepa.
-¡Bah! –puso los ojos en blanco, exasperada.
Ahora yo sabía lo que tocaba: Se pondría a merodear alrededor mío, haciendo algún que otro ruidito para molestar, hasta que yo, cansado, la mirara y empezara una nueva discusión que, seguramente, acabaría en pelea. Por este motivo me concentré todo lo que pude en las complicadas operaciones que tenía delante de mis narices, tratando de ignorarla lo más posible. Pero, tras más de cinco minutos de asombrosa tranquilidad, levanté extrañado la mirada.
Ella estaba encaramada a la valla del jardín y parecía muy interesada en lo que sea que estuviese pasando al otro lado.
-¿Qué pasa ahí fuera? –por una vez, fui yo el curioso.
-Es ese chaval, Paulo, creo que se llamaba. Otra vez está sectarizando a los críos del pueblo… –su tono de voz denotaba que estaba muy intrigada… y eso no podía ser bueno.
-Solo son niños, no los está “sectarizando”. Sólo forman un grupo de juegos –le contesté encogiéndome de hombros.
-Hum… –murmuró perdida en sus pensamientos. Al cabo de unos instantes volvió a hablar, en tono decidido: –Voy a seguirles –sentenció.
Abrí los ojos sorprendido.
-¿Y eso por qué?
-Pues, principalmente, por que me da la gana –espetó ella sin más, –y porque también me pica la curiosidad por saber donde demonios se meten esos críos todos los días, leñe –me dirigió una de sus sonrisas traviesas y saltó al otro lado.
-¡Pero si tu también tienes un examen mañana! –le recordé intentando en vano evitar que se metiera en líos.
-¡Yo paso y lo triunfo! –exclamó desde donde estaba.
Tenía razón, pasaba de estudiar y triunfaba en los exámenes, pero eso no era excusa para que una chica de quince años se ponga a perseguir a unos niños. De todos modos decidí no insistir más: Sabía que era una batalla perdida y tampoco iba a pasarle nada grave… ¿no?
Volvió al anochecer.
-¿¡Pero de dónde demonios vienes con esas pintas!? –oí exclamar a mi tía desde la planta baja de la casa. No hubo respuesta alguna (al menos que yo escuchara), tan sólo el sonido de unos pies subiendo apresuradamente las escaleras que llevaban hasta la planta alta, las habitaciones donde yo me encontraba leyendo.
Tenía la puerta de mi habitación abierta, y ésta quedaba justo enfrente de la de mi prima, así que pude verla perfectamente cuando llegó. Y aunque estaba de espaldas a mí pude ver que sus ropas estaban destrozadas, llenas de barro, su brillante pelo castaño estaba sucio y enredado. Y ella temblaba levemente. Me preocupé por primera vez.
-¿Qué te ha pasado? –le inquirí levantándome de mi asiento. Llegué hasta ella y la volteé para verla de frente. Jamás olvidaré la expresión de su cara: Felicidad, pura y dura. Por lo que pude apreciar, el temblor de su cuerpo era por la excitación sentida a lo largo del día.
-¿Qué has estado haciendo…? –volví a preguntar.
-Jugar –contestó con tono y gesto infantiles. Tras decir esto, me dio la espalda de nuevo y se encerró en su habitación.
Pasaron dos semanas desde entonces. Sin duda, las dos semanas más tranquilas y a la vez angustiosas de mi existencia hasta entonces.
Mi prima iba y venía de casa al instituto y del instituto a casa conmigo cada día, hasta ahí, todo normal. Lo realmente preocupante era su actitud: ¡Era amable conmigo!
El hecho de que desapareciera cada tarde no me preocupaba tanto como el hecho de que estuviese tan rara conmigo ¿¡Dónde se había visto a esta chiquilla llamándome por mi nombre y pidiéndome las cosas por favor!? ¡Si incluso me dejaba tranquilo en los recreos!
He de reconocer que al principio yo estaba feliz de la vida, pues por fin me había librado de aquella niñata tan pesada. Pero después de unos días, la empecé a echar de menos, para mi vergüenza y desconcierto.
Un día, ya cansado, le pregunté justo antes de que se fuera a otra de sus escapadas.
-¿A dónde vas cuando te marchas de aquí?
Ella hizo el aspaviento de querer responderme, pero se lo debió pensar mejor, puesto que se mordió el labio inferior con cierta aprensión.. –A jugar –volvió a responderme como tantas otras veces.
Esta situación empezaba a hartarme
-¿No podrías llevarme a jugar alguna vez?
Me miró con sorpresa y escepticismo, seguramente no pensaba que Don “Carapalo” mostraría interés por algo así, pero me desconcertó su risa.
-No sobrevivirías a la primera caída
Quise preguntarle a qué se refería, pero ella ya había dado por zanjada la conversación y se había marchado.
A la semana siguiente la seguí.
Sus pasos me guiaron hasta la vieja fábrica abandonada que había en las afueras de nuestro pueblo. Allí solíamos jugar / pelear con otros chiquillos de nuestra edad cuando éramos pequeños.
Se adentró en la maleza, muy segura de lo que hacía. Al ser ella mucho menos voluminosa que yo, apenas rozaba las ortigas que había alrededor, pero yo, para mi desgracia en aquel momento, mucho mas desarrollado de lo que correspondía a cualquier chaval de dieciséis años, me las estaba comiendo todas, y demasiado esfuerzo que me estaba costando ya no hacer ningún ruido para que ella no me descubriera.
Al cabo de un buen rato, no sabría decir exactamente, puesto que no llevaba reloj, oí como ella se paraba. Me aventuré a asomarme un poco para ver que sucedía y la vi parada al borde de un inmenso agujero. Tragué saliva, ¿¡pero que pensaba hacer esa loca!? Y, sin previo aviso, se tiró de cabeza a la oscuridad del agujero.
Se me paró el corazón durante un segundo eterno.
-¡ARUE! –la llamé con todas mis fuerzas, pero para cuando quise darme cuenta, mi pie se lió en una raíz suelta, caí y, al final, yo también estaba cayendo por aquél tétrico agujero.
No podía pensar en nada, sólo la potente luz que había al final del agujero me sacó de mi embobamiento. Cuando llegué a ella el desconcierto fue inmenso: Ya no caía por el agujero, ahora lo hacía por el cielo, y debajo de mí había un inmenso bosque, además de mi prima haciendo piruetas en el aire y dando gritos de euforia tal cual si fuera una niña pequeña.
-¿¡A-ARUE!? –volví a gritarle totalmente desconcertado.
Entonces ella se giró en el aire, y, en cuanto vio que era yo el que le hablaba, la euforia de su rostro se esfumó dando paso al pánico. Ahora si que no entendía nada de nada.
-¡PIENSA EN COMO SALVARTE, KUROISO! –me gritó, y justo entonces, cuando ella se acercaba ya al duro suelo, una bola de oscuridad la engulló y desapareció al instante.
-¡NOOO! –grité aterrorizado. Ella había desaparecido y yo moriría en breve.
“Le aconsejo que le haga caso a la joven dama, señor” sonó una voz en mi mente.
¿¡Qué!? ¿¡Cómo si eso fuera a salvar mi vida de verdad!? ¿¡Qué chorradas me decía una voz estúpida venida de dios sabría donde en esos últimos instantes de mi ahora, corta vida!? ¡El suelo estaba allí! ¡Y yo cada vez iba más rápido!
¿¡Salvarme!? ¡Como si mi cuerpo fuera a curarse solo!
En ese momento el suelo se me echó encima.
Cuando abrí los ojos de nuevo, no sabía donde me encontraba ni que había pasado.
Sólo sabía que estaba vivo.
Muy bien, primera gran colaboración de la segunda dama de esta página. La primer parte de este post es de mi autoría, la descripción de la situación y la presentación de Paulo. Pero lo que es la historia de Arue y Kuroíso es cosa de Awe, desarrollada con una técnica más que decente. Lástima que al final sólo fuese yo quien continuara la historia y todos mis demás colboradores (NdD: En realidad “colaboradorAs”) se salieran del proyecto.
Como sea, he aquí la primera muestra del arte de la buena de Awe. espero que os haya gustado la historia con su correspondiente “bonus”.