Parásito - Capítulo 7: Ira
Febrero 16, 2008 por jeshuamorbus
A la mañana siguiente, nadie en la parada del autobús quiso tan siquiera mirarme. El rumor de “la asesina de aliens” había corrido como la pólvora por todo el colegio y ahora eran muy pocos los que no sabían lo que había hecho. Pero eso me importaba un comino.
De todas maneras, que ni siquiera mis compañeros de cargo se me acercaran lo más mínimo ya me estaba doliendo un poco. De no haber sido por Girasol haría un buen rato que habría roto a llorar.
Me sentía sola.
Horriblemente sola.
No importaba lo que hiciera: Durante la espera, el viaje en autobús, la clase… durante todo ese tiempo, todos cuantos conocía trataron de evitarme.
Tenían miedo.
Miedo de lo que era.
Hasta que no llegó mi hora de patrullar no pude hacer otra cosa más que soportar miradas acusadoras… era lo normal: Los tres niños dominados por las Magnolias no habían vuelto a clase y pronto se corrió el rumor de que, por lo que hice, acabaron en el hospital. Mas, en este momento poco me importaba lo que se dijera: Seguía sintiendo la misma ira que me había dominado el día anterior.
Y Girasol lo sentía. Sentía mi enfado como si fuera suyo. Daba igual lo que dijéramos: Los dos estábamos de malísima leche.
¿Y por qué? Porque, por primera vez, nos sentíamos humillados por sentirnos “objetos”. Tal vez él lo hubiera dicho cuando lo hablamos con Lua, tal vez yo hasta lo hubiera asumido pero no… ¡por esto no íbamos a pasar! ¡Cuanto iba a aceptar sería unirme con Girasol pero, a partir de ahí, de obedecerles nada! ¡No iba a tolerar ni una sola queja! Porque al loco que se le ocurriera… lo iba a sentir mucho por sus padres.
Esa tarde me tocaba patrullar con Federico, el cual trataba de mantenerse fuera de mi campo de visión. De alguna manera, él también reflejaba algo de furia pero nada comparada con la mía. Me preguntaba…
-¿Hay algo que te enfade? –pregunté sin tapujos mientras estábamos en el patio.
-¡No lo sé! –exclamó él. Su cara, generalmente con una simpática sonrisa, ahora reflejaba miedo e ira… me extrañó. Me relajé un poco y traté de alejar de mi mente las causas de mi furia y me paré delante de él.
-¿Es por lo que hice ayer? –pregunté mucho más relajada.
-No exactamente… –dijo él apoyándose en la pared. –Durante semanas he tratado de ocultarlo pero… cada vez me gusta menos esto de ser encargado. Lo que hiciste no hace más que reafirmar lo que siento…
Le señalé a mi Girasol que no perdiera detalle de lo que ocurría a nuestro alrededor mientras estábamos ahí parados y me dispuse a escuchar a mi compañero.
-Ya somos dos –añadí yo con tono campechano, cosa que pareció animar a Federico.
-Yo me apunté a esto porque pensaba que sería la manera de vivir aventuras como en la televisión o en los cómics. Mi hermano me contaba, una y otra vez, lo emocionante que fue para él pasar por esto del cargo de Contramedidas y, al final, casi sin pensar, me encontraba en medio de clase con el brazo levantado como un pasmarote… Y ahora ya no puedo renunciar.
-¿Quieres que te diga la verdad? Yo empecé con esto porque pensaba que así, tal vez, conociera animales en primera persona… Sólo pensaba en los pocos que ya conocía: Dezumontos, dobis o esas malditas “Cebollas Fórmula Uno” –comenté con humor. –En ningún momento pensé en jugarme la vida.
-¿Tú también piensas eso? Lo de jugarte la vida, quiero decir…
-No lo pensé hasta que Lua usó esa expresión para referirse a este trabajo. Tal vez debiéramos haber escuchado mucho más a esa “quejica” mientras pudimos, ¿no crees?
-No sé si deberíamos haberlo hecho… al final hasta le gustaba y todo.
-No, sólo lo aparentaba. Yo pasé con ella más tiempo que tú y no, odiaba tanto este cargo como nosotros dos. Pero, si quieres mi opinión, algo bueno sí que ha salido de esto –dije señalando a Girasol.
-No creas que el mío me cae tan bien… No digo que sea “odioso” como dicen todos los demás (¡eso jamás!) pero tampoco es que sea el centro de mi vida… Por suerte, ¿cuánto nos queda? ¿Cuatro meses?
-¿De veras crees que todo esto acabará en cuatro meses? –pregunté seriamente. –Tú no sabes lo que yo…
-Por favor, no me pongas esa cara de mala baba otra vez… me das miedo…
-Miedo tiene que darte… –dije más firmemente aún.
-¿A qué te refieres?
-¿Sabes cuál fue la razón por la que me enfurecí tanto ayer hasta matar de esa manera a esos dos aliens? Pues porque me enteré de que los adultos quieren que nuestras uniones con los Girasoles sean permanentes –mentí.
-¿Permanentes? ¿¡Para siempre!? –exclamó llevándose las manos a la cabeza.
-Si quieres que te diga la verdad, a mí la unión no me parece algo tan espantoso, tan sólo el que no nos informen de ello. La verdad es que me apetece hacer simbiosis… aunque este briboncete no se haya decidido todavía –añadí jocosa dándole un golpecillo a Girasol. –Con él, por lo menos, jamás me he sentido sola.
-¿¡No pretenderás que me una con “esto” para siempre!?
-Si no unirte, al menos tratarlo con respeto –le recriminé. –Recuerda que él está dando su vida por ti. No estoy diciendo que “debas” sino tan sólo que te lo pienses. Ya lo tengo comprobado: Amelia no pretende hacernos nada malo, al menos, no por su voluntad.
-¿Qué quieres decir? –preguntó esta vez el Girasol de Federico.
-Ella tiene sus propios problemas, nada más. Lo que sé es que, a pesar de lo peligroso que es este cargo, hace todo lo posible para que al menos no nos matemos.
-Pues hasta ahora nunca le he visto cazando a ningún alien –se quejó Federico.
-Yo he pasado más tiempo con ella y conozco una parte de sus miedos… Lo poco que he visto de ella es que todo lo que hace, lo hace por órdenes del director. No es ella la que hace todo esto pero, de momento no puedo decir mucho más: Estoy investigándolo.
-Sandra, tenemos trabajo –me avisó mi Girasol.
-Un toro boxeador… –comentó Federico al tiempo que se levantaba pesadamente mientras mirábamos a uno de esos animales caminar tranquilamente por la explanada que había delante del colegio. –Es que parece que no se acaben nunca.
-Uno, no… tres –observó su Girasol mirando a su espalda.
Me giré para ver y, sí, así era. Sin embargo…
-Oye… ¿de dónde sale tanto toro? –preguntó Federico al ver que la cantidad de aliens que había en ese patio era cada vez mayor: Pasó de ser uno solo a ser tres, luego cuatro, luego siete; diez, doce, quince…
-Profesora… –le dije a mi comunicador mientras sentía el miedo ascender por mi espinazo. –Me parece que nos vamos a quedar cortos de dardos…
-Estoy observando la situación desde el aula –dijo la profesora desde su lado de la línea. –Incluso para los tres juntos esto es peliagudo. Tratad de venir hacia el Aula de Contramedidas sin excitarlos demasiado. Si no mostráis signos de hostilidad no os harán nada, al fin de al cabo, son como vacas.
-Entendido –dije cerrando la comunicación. –Vamos –comencé a moverme suavemente en dirección a la puerta principal pero, por desgracia, Federico no se movió ni un centímetro. –No te preocupes por ellos: Son muy pacíficos siempre y cuando no se les provoque –le pasé mi mano y él, más asustado de lo que pretendía aparentar, se asió a ella como a un salvavidas y se puso en movimiento.
-¿Seguro que…?
-Seguro –le dije con la mejor de mis sonrisas. –Tú nunca has estado cerca de trípodos pacíficos, ¿no? Son los seres más serenos que he visto en mi vida…
-¿Alguna vez están tranquilos éstos? –preguntó dudoso su Girasol.
-Cuando Lua aún estaba con nosotros logramos guiar a un trípodo voluntariamente hasta delante de la puerta del depósito.
-Lo logró ella –aclaró Girasol. –Tú ni llegaste a tocarlo: Te limitaste a dormirlo delante de la puerta.
-De todas maneras, creo que hasta yo podría hacerlo ahora –dije confiada mientras subía las escaleras que había delante de la puerta del edificio.
Tras ver que ninguno de todos esos animales nos hacía ningún caso, entramos en el edificio y cerramos tras nosotros.
-No sé… ¿no es un poco excesivo? –preguntó Martín mientras trataba de controlar la aparatosa arma que ahora tenía entre manos.
-Hasta a mí me parece que sí –contesté algo dudosa mientras mantenía derecho el rifle en mi espalda. –De todas maneras, nos permitirán dormir a todos esos con facilidad. De cerca, esos toritos son de lo más peligroso.
Los tres estábamos tomando un rodeo desde por fuera del patio para así poder derribar a cuanto alien se pusiera frente a las miras de nuestros limpísimos rifles de dardos (dijera lo que dijera la profesora, verme con este armatoste encima no era lo que esperaba de una chica de mi edad…). En fin, fuera lo que fuera, nos ayudaría mucho sin tener que ensuciarnos demasiado las manos.
Nuestra posición actual era el campo que se encontraba más allá del colegio, justo detrás de la primera alambrada que protegía al colegio del avance del bosque. Por allí había un par de viejas atalayas, vestigios de los primeros tiempos del bosque, cuando la gente vigilaba el aún lejano bosque desde las alturas. Nuestra misión era, en teoría, sencilla: Nos subiríamos cada uno de nosotros a una atalaya y, desde nuestra privilegiada posición que nos permitía abarcar casi toda la totalidad del patio con nuestros rifles, abatiríamos a los trípodos.
Nuestro primer objetivo era escoltarnos mutuamente en medio de esa selva: Federico dispararía desde la atalaya que cubría el aparcamiento de autobuses y la entrada del colegio (la más cercana a la vieja carretera, es decir, la que tenía la vía de escape más cercana), Martín desde la atalaya que se cubría la explanada, el prado y el centro del patio mientras que yo dispararía desde la atalaya más alta, la más lejana, situada mucho más allá que las otras dos desde donde cubriría la zona trasera del gimnasio, lugar al que mis compañeros probablemente empujarían a los trípodos.
Federico no tardó en llegar a su posición y, mientras subía, nos deseó suerte. Martín, sin decir una palabra, subió a su atalaya mientras su Girasol se encargaba de sostener el rifle y yo, tras un paseo que se me antojó entretenido y precioso (cada vez tenía en mayor estima al bosque) escalé a mi atalaya, lugar desde el cual llamé a mis compañeros:
-Muy bien, estoy en posición –le dije a mi comunicador. –Sólo tengo a tres trípodos a la vista así que id echándomelos para acá.
Dicho esto, me guardé el comunicador, cargué mi arma con una carga de aire comprimido y un dardo, apoyé el rifle sobre la barandilla de la atalaya para evitar temblar y apunté al objetivo más cercano. Éste no tardó en caer dormido así que repetí el proceso con el resto de objetivos que se me estaban poniendo a tiro.
A pesar del lugar en el que estaba, dentro del bosque, ni yo ni Girasol estábamos nerviosos. Estábamos… no sé… ¿como en casa? Sí, quizá fuera eso. Yo comenzaba y acababa los días en mi casa pero, durante el resto del tiempo, miraba el monte casi con nostalgia. Al principio, lo veía con miedo, luego con odio, luego respeto y, al final, lo adoraba… Me pasaba los recreos mirando el verde manto de Santo Firme y lo único que lograba distraerme de él era Girasol y el sonido del timbre que me obligaba a volver al colegio… Ahora que me encontraba disparando desde una atalaya en medio de la frondosidad de las ramas de más de tres árboles me sentía casi como en un hogar…
Y Girasol también. El lugar era peligroso y lo sabía, pero aún así no se mantenía con todos los sentidos alerta como si en lugar de estar en medio de una zona en guerra estuviera tan pancho sobre su almohadón.
Si por nosotros fuera, nos hubiéramos echado una señora siesta allá arriba… pero nuestros deseos no nos interrumpieron de nuestra misión: La operación iba bien, yo ya había derribado cinco trípodos con seis disparos (no tenía mala puntería, no) y pasados unos cinco minutos, aparecieron cuatro más bajo mi punto de mira. Desde mi posición que permitía abarcar buena parte del patio pude ver como el aparcamiento estaba bien sembrado de cuerpos de trípodos (habría unos veinte) y un poco más allá, siete más sin contar con los que habría delante del gimnasio. Así a ojo calculé que en el patio habría unos cuarenta y cinco trípodos caídos. Si había alguno más ya no importaba porque sería uno contra tres y eso ya resultaba más abarcable por nosotros.
-Ya no veo ninguno más desde aquí –informó Martín desde su posición . –¿Has acabado con los que fueron para allá, Sandra?
-Desde aquí no veo ninguno más en movimiento –respondí. –¿Ha escapado alguno fuera de la escuela?
-No, todos han caído –respondió Federico triunfante. –Lo único que me molesta es que vamos a tener que acarretar con todos ésos… Espero que este somnífero sea realmente bueno porque no creo que podamos meterlos a todos entro del depósito antes de que despierten…
-En fin… –suspiré al pensar en el trabajo que aún nos quedaba. –Nos vemos en la puerta pues…
Resignada, recogí el rifle y bajé las escaleras. Trataría de disfrutar un poco más de la belleza del lugar donde estaba… Caminé parsimoniosamente por la leve marca de la senda que existiera una vez en ese lugar.
Tanto mi carácter, tan irascible últimamente, como el de Girasol se había dulcificado un poco tan sólo por sentir las copas de los árboles por encima nuestro. Nos gustaba estar rodeados de verde, de sentir las piedras bajo nuestros pies, de notar el frío de la humedad y del agua que goteaba por los troncos… daba la sensación de que queríamos volver a ser salvajes.
Remoloneamos un buen rato pero no me detuve. De todas maneras, mi paso seguía siendo muy lento… hasta que escuché el grito de Federico.
De inmediato agucé todos mis sentidos, tensé todos mis músculos y me lancé hacia el patio. Nada más llegar a la alambrada vi como, entre los cuerpos de los trípodos había varios aliens más: Eran tres y no eran trípodos a pesar de tener una forma muy similar: Tres patas, piel escarlata, brazos acabados en puntas en lugar de en cuernos retorcidos y, sobre todo, un tamaño que casi triplicaba el de los caídos. Éstos estaban atacando sin ninguna piedad a mis compañeros que, como alma que llevaba el diablo, huían como podían sin el apoyo de sus patines.
Ver la escena me espantó pero más lo hizo cuando vi que Federico caía. De inmediato sentí una angustia brutal atrancarme el cuello y paralizar mis brazos. Pero, lejos de seguir asustada, me sobrepuse y llamé a mi mente todas las razones de mi ira. Recordé lo que dijo el director, las razones por las que Amelia nos había colocado a los Girasoles sobre nuestras cabezas, el por qué de nuestra labor…
Alcé mi rifle y saqué las dos últimas cargas de aire que me quedaban para al menos derribar a uno de esos hotentotes. Cargué mi arma, conecté la pequeña botella y apunté mientras trataba de mantener firme el pulso. Mi objetivo: El alien al que estaba esquivando Federico. Mi dardo voló y acertó de pleno en el abdomen de la criatura. Pero, lejos de dormirse, pareció enfurecerse más y empezó a sacudir su cuerpo para quitarse el doloroso dardo.
Federico, desesperado, no tuvo más remedio que lanzar una opción contra una de las patas delanteras del alien para defender su vida y así, reflejando una ira similar a la mía, casi como si se la hubiera contagiado, le cortó la pata. El animal trastabilló y cayó mientras sangraba abundantemente.
Tras ver que al menos Federico no se iba a quedar de brazos cruzados, corrí hacia la salida de la alambrada para ayudar más directamente a mis compañeros. Corrí como el viento mientras apartaba las ramas con mis manos y la ayuda de las patas de Girasol… aunque por mucho esfuerzo que le pusiera, no avanzaba tanto como quería y desde donde estaba no dejaba de escuchar los bramidos de esas criaturas y los gritos medio de terror medio de ira que profería Federico… el no escuchar a Martín me hizo temer lo peor así que aceleré… y tropecé. En el suelo, me maldije a mí misma y a la debilidad de mi cuerpo, que nada podía hacer para atravesar esa frondosidad mientras me alzaba y me impulsaba con más fuerza mientras me enredaba con las lianas y resto de plantas que estaban atravesadas en mi camino. Traté de correr por un camino menos poblado pero nada: Cuantos más atajos creía encontrar, más me retrasaba. Me seguí maldiciendo mientras mi ira iba creciendo por segundos hasta que, llevada por un impulso de furia ciega, fui hacia la alambrada y con el mayor impulso que jamás pegué con mi débiles piernas, salté…
Y salté…
Siete metros, todos hacia arriba…
Ni yo misma me creía lo que estaba haciendo: Después de liberar una asombrosa fuerza que no creía que pudiera tener mi cuerpo, estaba medio volando por encima de la alambrada en dirección hacia la batalla que estaba librando Federico solo contra las dos criaturas que quedaban. No me dejé llevar por el pánico y aterricé con cierta entereza.
Nada más puse mis rodillas sobre el suelo, uno de esos extraños trípodos se fijó en mí mientras Federico trataba, a duras penas, de lidiar con el otro que no dejaba de librarse de las presas de su Girasol.
Antes de que el trípodo rojo llegara hasta mí, logré alzarme mientras sentía la mayor sensación de picor que jamás hubiera sentido en mi cuerpo y corrí hacia él: La mejor manera de esquivar a los trípodos no era huir de ellos sino lanzarse contra ellos puesto que les costaba mucho girarse. Si lograba pasar a su lado a toda velocidad, yo me quedaría su espalda y podría atacar a su pata trasera con más facilidad.
Sin dudar me lancé a correr por el suelo de grava que era el aparcamiento de los autobuses y el trípodo hizo lo propio mientras cargaba con sus largos pitones al frente. Evidentemente pretendía ensartarme… le indiqué a Girasol que preparara las opciones pero que no se molestara en intentar protegerme con sus patas: Esos cuernos eran demasiado fuertes y lo más probable sería que las atravesara.
Corrí sin dudar al frente, sin hacer ninguna finta que hiciera que el trípodo cambiara de dirección… quince metros… diez metros… cinco metros… dos…
Me lancé a mi derecha y, con las patas de Girasol protegiendo mi cuerpo, me deslicé justo detrás del trípodo que, nada más ver mi táctica, se paró en seco mientras yo me alzaba y disparaba tres opciones contra la pata trasera… pero algo fue mal: El trípodo se apoyó en sus patas delanteras y lanzó una poderosísima coz contra mi cara. Ni la protección de Girasol pudo hacer nada: Las opciones no llegaron a tocar la pata del trípodo y nosotros salimos despedidos lejos de él, mientras yo sentía un intenso dolor en la cara.
Uno de los cuerpos caídos paró mi impulso y yo traté de levantarme pero un enorme mareo dominaba todas mis percepciones… mientras me apoyaba en el cuerpo del trípodo dormido, mi cabeza me daba vueltas, no era capaz de ver bien los colores y todo se entremezclaba en medio de una neblina oscura que hacía bailar a mis ojos… mi sentido del equilibrio también se vio afectado y no fui capaz de levantarme. Y el dolor… me dolía la cabeza… el más mínimo ruido retumbaba brutalmente en mi sien… Ni tan siquiera era capaz de pensar bien. ¿Qué veía? Una niebla gris que confundía los colores. ¿Qué oía? Un rumor confuso que me recordaba a un grito. ¿Qué sentía en mi piel? Un picor salvaje… ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sabía, ni me importaba: Perdí el control de mi cuerpo, perdí el control de mi mente, me perdí a mí misma…
-¡Pero bueno! ¡Lo de las Magnolias tenía un pase pero esto es exagerado! –gritó Amelia.
-Hace falta tener paciencia con gente como vosotros… –suspiró el director mientras comprobaba el estado de un trípodo dentro del depósito. –Cuanto te digo que hagas es que sigas el programa…
-¿Tengo que recordarle que aquí la experta soy yo y no usted? –bufó ella. –Yo he logrado más simbiosis que todos lo demás Girasoles juntos en estos doce años.
-¡No te me pongas chula! –gritó el director dándole otra bofetada. –¡Tres rábanos me importa lo que hayas inventado o la de éxitos sigas cosechando! ¡Aquí las cosas se deben hacer según nuestro orden de cosas!
-Vuestro orden es lo que falla… –replicó ella en voz baja mientras se limpiaba la sangre. –Vosotros sólo lográis simbiosis forzadas y, aunque las consigáis voluntarias, sólo conseguís más y más fallos… –el director alzó de nuevo la mano y Amelia calló sin dejar de mostrar rebeldía en la mirada.
-Tu método se ha mostrado como el más práctico, sí… –dijo él tras bajar la mano. –Sin embargo ninguno de tus alumnos se ha unido a nuestra causa. Lo que tú crías son rebeldes en potencia…
-Se supone que éste es el planeta donde viven los humanos… yo les dejo conservar su humanidad.
-Por suerte para nosotros, no ha habido ninguna revolución abierta… –el hombre comprobó el estado de los pitones de uno de esos enormes trípodos rojos. –Sin embargo, todo es cuestión de tiempo… ésos que tú llamas “humanos” son capaces de aliarse con los Drills a pesar de su simbiosis Blossom. Eso es toda una idea antinatural… ¿te imaginas? ¿Mestizos de Drill y Blossom que sean capaces de matarnos? Yo sólo evito problemas a mi clan…
-Tú lo que haces es conseguir esclavos para tu clan –recriminó Amelia ganándose una nueva bofetada.
-¡No digas…! –el director interrumpió su exclamación y sencillamente se sonrió. –Yo no consigo ningún esclavo: Para eso ya te tenemos a ti –dijo comedidamente mientras le cogía de la pechera de la camisa. –Tú eres una afrenta a toda tu especie, ya sea la humana como la Magnolia. Yo no creo esclavos, creo soldados que protegerán a sus semejantes. Ellos seguirán siendo libres. Pero tú… –el director le asestó un puñetazo brutal en el abdomen –maldita Magnolia asquerosa, tú tendrás que vivir por siempre bajo mis órdenes –el hombre la dejó caer y ella se encogió en el suelo mientras sentía el dolor del golpe. –Y lo más gracioso es que no puedes hacer nada, ni tan siquiera suicidarte –el hombre rió cruelmente mientras Amelia lloraba en el suelo. –Las Magnolias no sois más que basura que se arrastra en este mundo. ¡Jamás debisteis llegar a este mundo! ¡Este mundo es del clan de los Girasoles, los Blossoms, no de una raza inferior como la vuestra! –el director dio un par de golpes en la plana cabeza del trípodo rojo que estaba a su lado y se rió. –Estos rubritrípodos es lo que necesitamos para crear buenos aliados: Ese Federico necesita una dosis de realidad para que sepa que necesita a su Girasol más que nada en este mundo…
Federico…
¿Todo este ataque era por él? ¿Era tan sólo para ponerlo en contra de todos los demás aliens? ¿Lo único que querían era ponerlo en tal estado de peligro que estuviera al borde de la muerte?
Mi ira superó todos sus límites y, a pesar de que aún seguía sintiendo las secuelas de la coz, me alcé tambaleante mientras veía venir al rubritrípodo hacia mí… estaba obnubilada… mi ira era tal que, a pesar de mi falta de equilibrio, mi dolor, mis picores y mi mareo generalizado, me lancé corriendo contra esa maldita mascota del director.
Mi respuesta a la coz fue un simple y brutal grito de furia que lancé al tiempo que esquivaba el cuerno derecho y lanzaba mi puño contra la cabeza de esa criatura. Mi golpe, imbuido por una fuerza que se me antojó sobrenatural, atravesó el cráneo del rubritrípodo y lo paró en seco. Pero no acabé ahí: Una vez saqué mi puño de dentro de ese enano cerebrito, lo preparé de nuevo y lancé un golpe ascendente que lo envió a tomar aire para después atravesarlo sin ninguna piedad con los taladros que formé a partir de mi pelo…
No me entretuve viendo como ese despojo caía al suelo totalmente atravesado y sencillamente me di la vuelta para ir a ayudar a Federico que a duras penas era capaz de dar un solo paso más: Corrí a toda velocidad, el rubritrípodo se giró hacia mí pero nada pudo hacer: Catorce opciones que salieron como un ensalmo de debajo de mi piel al tiempo que una incontable cantidad de taladros formados a partir de mi pelo convirtieron a ese animalejo en carne picada…
Federico, más espantado que nunca al ver mi faceta más salvaje, se encogió contra el suelo cubriéndose de mí mientras yo iba recogiendo todas mi opciones y me acercaba a él.
-Permíteme que te ayude… –le dije mientras le cogía la cabeza a su asustado Girasol y se la aplastaba sin piedad. –Eres libre para seguir siendo humano…
Dicho esto, sencillamente me di la vuelta y, mientras los últimos pedazos de lo que fuera el anterior cuerpo de Girasol caían a mi alrededor, me dirigí al edificio principal para resolver un último problema.
Caminé comedidamente mientras escuchaba la voz de Amelia a la altura de mis caderas. Cogí mi comunicador y sencillamente lo tiré detrás mío para no tener que seguir aguantando las órdenes de esa pobre desgraciada. Cuando llegué a la puerta me la encontré cerrada pero eso no me importó: Alcé mi puño y pulvericé la cerradura con un simple golpe.
Accedí al edificio y comencé a subir escaleras… ignoré el Aula de Contramedidas, ignoré mi aula, pasé de las oficinas y ascendí hasta el despacho del director…
Tan sólo tuve que rememorar la escena que viví cuando toqué al trípodo y una enorme fuerza generada directamente a partir de mi odio hizo el resto: Comencé a sacudir salvajemente esa puerta cerrada a cal y canto con tanta fuerza que la pared, de ladrillo y hormigón, comenzó a ceder ante mis ataques. Tras dos minutos de golpes brutales, la puerta apenas se sostenía y mis manos ni tan siquiera sangraban así que, con último esfuerzo, concentré toda mi fuerza en mi puño derecho y preparé un último golpe.
Pero no pude lanzarlo: Noté como algo se clavaba en mi cuello… Mientras caía dormida, miré hacia las escaleras y vi a Amelia sosteniendo una pistola de dardos contra mí…
¿Quién no ha buscado una razón para dar rienda suelta a sus frustraciones, canalizándolas contra algo que considera lo peor de su vida? Yo he tenido ese deseo muchas veces, esa ansia de tener mi pripio “Mr Hyde”… que parece que al final se acabó materializando en Dijuana…