Parásito - Capítulo 8: Rechazo
Febrero 23, 2008 por jeshuamorbus
-¿Cómo te encuentras? –me preguntó Amelia nada más abrí los ojos.
Mi cabeza aún me daba vueltas y ya no era capaz de sentir esa ira tan obnubilante que hizo que mi cuerpo casi actuara por sí solo… Cuando me acordé de todo lo que hice, mi cuerpo se relajó súbitamente como si notara de golpe todo el cansancio acumulado durante ese rato de furia…
Aún así, traté de levantarme pero, con miedo, noté como no podía: Estaba atada a la cama de Amelia de brazos y piernas.
-¿¡Qué es esto!? –exclamé en un carraspeo.
-No te preocupes, no voy a hacerte daño –dijo ella sin moverse de su silla. –Estas correas están sólo para evitar que volvieras a tener un episodio psicótico como el de antes al despertarte. Puesto que te veo menos enfadada te soltaré ahora mismo… –dicho y hecho, Amelia me fue quitando las correas una a una.
Cuando terminó, se retiró a su silla y esperó a que recuperara la circulación de mis muñecas. Mientras me estiraba, me fijé en que no llevaba mi ropa usual sino otra, tal vez algo de ropa vieja de mi profesora. No pude ver muchos detalles por culpa de la oscuridad de la sala. Tras mirar a las ventanas, deduje que ya sería de noche…
-¿A qué viene todo esto? –pregunté sin ocultar mi enfado. –¡Se supone que tú odias a ese imbécil! ¿¡Por qué demonios no me has dejado matarle!?
-Te equivocas… –respondió ella con pesar. –Mi condición me impide “odiar” a los Girasoles…
-¿¡Pero qué estupidez es ésa!? –grité mientras me alzaba contra ella. –¿¡No me estarás diciendo que lo respetas!? ¡Ese monstruo pensaba en matar a Federico! ¿¡Cómo puede ser eso algo respetable!?
Como respuesta, Amelia me dio un puñetazo y me derribó. Traté de levantarme a toda velocidad pero ella me aplastó el cuello impidiéndomelo pero no me rendí: Formé tres taladros a partir de mi pelo y se los lancé a ciegas…
Pero, por alguna razón, mi ataque fue detenido por algo muy duro que atrapó mis taladros…
-Entiendo tu ira, créeme –dijo ella sin quitar su pie de encima mío –pero debes de entender mi posición –sentí como Amelia se quitaba la chaqueta y la dejaba caer a mi lado. –Mírame y comprende.
Casi sin escucharla, me alcé con más de siete taladros preparados para ensartarla pero, cuando vi su cuerpo di un paso atrás llevada por el miedo…
-¿¡Qué es eso!? –grité al ver lo que Amelia llevaba pegado en la piel.
De sus clavículas a su abdomen, su cuerpo estaba recorrido de largas cicatrices, como si cientos de raíces la estuvieran atravesando desde debajo de su piel. Su abdomen lucía un patrón parecido al de una telaraña, su bajo pecho parecía que representara un cangrejo de tantas raíces que había, y de sus clavículas a sus pechos habría unas diez que aparentaban ser la cicatriz de dos grandes zarpazos.
Pero no acabó ahí la cosa: la profesora se dio la vuelta y me mostró su espalda, lugar donde una Magnolia se sostenía contra su espalda, con sus largas patas ensartadas en su piel. Tenía varios nervios de opciones enclavados en la piel y las patas principales clavadas en su espinazo. Los pétalos, que ahora se extendían cual si fueran alas, fueron los que detuvieron mi ataque.
Y, casi de repente, recordé la razón de por qué el aroma de las Magnolias siempre me resultaba tan familiar: Porque Amelia a veces olía a esos bellos aliens.
-Esto es lo que los Girasoles llaman “simbiosis imposible” –dijo ella mientras recogía su chaqueta. –Una simbiosis hecha con un ser que, en principio, no puede hacerla. Yo soy una mujer unida para siempre con una Magnolia, los sirvientes de los Girasoles.
-¿Qué… qué quiere decir? –pregunté algo temerosa aún.
-Al igual que entre algunos seres humanos, entre los aliens existen “castas”. Pero, al contrario que con los humanos que las crean a partir de su cultura, las de los aliens son totalmente efectivas al ser de origen genético: Un humano, por muy inferior que sea a otro socialmente hablando, puede desobedecer, odiar o incluso matar a otro tan sólo por no seguir soportando la presión. Entre algunos aliens, sin embargo, esto no es posible: Los aliens Gradius entre los Drills o mi Magnolia entre los Blossoms son dos buenos ejemplos: No podemos ni tan siquiera pensar en dañar a un miembro de una casta superior so peligro de un sufrimiento indescriptible…
-¿No me irás a decir que los golpes que te daba ese idiota eran mejor que…?
-Sí, lo son. Las pocas veces que he llegado a faltar a mi trabajo a lo largo de los doce años de mi cargo siempre han sido por culpa de no saber controlar mis sentimientos de odio contra los Girasoles… sufres fiebre, calambres, unos dolores de cabeza que te roban la razón y al final caes en un estado comatoso del que sales para volver a sentir ese dolor por un mal pensamiento… De tantas veces que lo he pasado que he logrado encontrar las maneras de controlar mis pensamientos para evitar el sufrimiento… pero no estamos aquí para hablar de mis problemas sino de ti, Sandra.
-¿De mí? ¿Qué va a ser? ¿Qué castigo me va a caer por intentar matar a ese imbécil?
-Ninguno. En tal caso me caerá a mí por ser tu responsable.
-Entonces…
-Espera… –la profesora fue a encender la luz y la sala se iluminó al poco. –¿No notas nada cambiado?
Miré la sala y no, no había nada fuera de lo normal. Me fijé en la cama y nada; la ropa esa, mis piernas sobre la manta, mis manos… ¡Mis manos!
-¿¡Dónde está Oboeteru!? –exclamé levantando mi mano derecha.
-Sigue ahí, no te preocupes –respondió ella con tono tranquilizador. –Que no lo veas no es impedimento de que ya hayas logrado unirte para siempre con él…
Cuando escuché la palabra “unirte” instintivamente me llevé las manos a la cabeza para sentir la falta de Girasol.
-¿¡Y dónde está Girasol!? –exclamé más asustada aún al notar su ausencia.
-¿No lo recuerdas? –preguntó la profesora extrañada. –Yo lo vi todo desde el aula de Contramedidas: Completaste tu simbiosis durante el combate contra esos rubritrípodos. Ahora Girasol debe estar en tu interior, quizá un poco atontado por el chute que os metí. De su antiguo ser no quedan más que unos inservibles restos de su cuerpo.
Me retiré la manga del jersey que llevaba puesto y de inmediato noté como algo bullía dentro de mi brazo. Noté el ojillo que lo veía todo oscuro, el diminuto cuerpecillo y las alas que tenía a su espalda… Moví las alas y una opción salió volando apaciblemente de debajo de la piel de mi brazo derecho…
-Sí, ésta es ya vuestra opción –dijo ella jugueteando un poco con el insectillo. –Tuya y de Girasol. Ya formáis un único ser.
Por primera vez desde que despertara, pude sonreír aliviada por saber que al fin había logrado lo que más deseaba.
-Ahora, si no te importa –continuó ella, –¿podrías tratar de explicarme cómo has logrado completar una simbiosis con un Borg? Es más, ¿cómo demonios has logrado ir en contra de la naturaleza de Girasol?
-¿Cómo?
-¿Cómo has podido matar al Girasol de Federico?
-Estaba furiosa, nada más –respondí encogiéndome de hombros. –¿Hace falta explicar más?
-Si aún fueras totalmente humana esa sería una buena respuesta pero, puesto que cuando lo mataste ya estabas unida a Girasol, eso debería haberte echado para atrás, aunque fuera tan sólo dudar… lo que quiero decir, es que…
-Tengo los instintos de Girasol –completé yo. –Algo me comentó Lua poco antes de que desapareciera.
-¿Ella sabía hasta eso?
-Ella lo sabía todo. Podría decir que hasta sabría más que usted –dije sin dudar.
-Ojalá me hubiera contado lo que pensaba… podría haberla ayudado…
-¿Ayudado a qué? Usted me lo acaba de confirmar: Unirse a un Girasol es crearte una cadena que te impide rebelarte. A lo mejor se escapó al enterarse de lo que suponía estar con él.
-No niego que una vez unida seas incapaz de matar a otro Girasol pero tampoco te vuelves un esclavo –contestó comediadamente. –Yo ya llevo cincuenta y seis conversiones, veintiséis oficiales y treinta encubiertas, y en todas ellas he tratado de mantener el máximo de independencia en los sujetos sobre los que trabajaba. Eso es lo que molesta a mis superiores: Como logro hacer que todos piensen por sí, logro que se unan con Girasoles pero sus conciencias les impiden acabar con sus huesos en las organizaciones superiores…
-¿Organizaciones superiores?
-No es nada que te interese todavía. Hasta el momento cuanto he hecho es “no crearles enemigos”… no es que a mis superiores les guste esto (de hecho, no les gusta prácticamente nada de lo que hago) –añadió con deje cómico –pero aún así me lo han tolerado hasta el año pasado en el que me pusieron bajo el mando de Nicolás…
-El dire para los amigos –aclaré.
-Así es. Y ya ves tú: Por haberme cambiado el sistema, por primera vez tengo fallos: Un Girasol muerto, otro desaparecido y, según parece, uno fuera de control. Mi única esperanza habría sido Martín pero ahora ya no puedo hacer nada con él.
-¿Por qué?
-He sido suspendida de mi cargo hasta nueva orden. Mientras reconsideran mi permanencia en mi cargo, Nicolás se encargará de Martín como nuevo profesor de Contramedidas y yo me ocuparé de que no te metas en problemas.
-No hace falta, estoy bien…
-“Sí” hace falta: Ha sido una orden directa del ministerio de educación. Aunque tú o yo nos negáramos, nada podríamos hacer. Hasta que no decidan lo contrario, vivirás en esta casa.
-¿¡Cómo!? –exclamé exaltada.
-Lo que has oído.
-Pero… ¿¡pero que pasa con mis padres!? ¿¡Saben ellos algo de esto!?
-Por lo que tengo sabido, ya se han enterado de lo que te ha pasado… bueno, al menos desde el punto de vista de Nicolás, siempre tan apocalíptico. Según él, un fallo mío en mis indicaciones te lanzó a luchar contra un alien contra el que nada podías hacer. Como resultado, tu cuerpo sufrió las consecuencias y ahora debes permanecer bajo supervisión.
-Para eso mejor enviarme a un hospital, ¿no?
-En lo que se refiere a los casos de aliens, son siempre los responsables de Contramedidas los que se ocupan de velar por los alumnos afectados. Para acceder a este cargo hace falta estudiar nociones básicas de medicina alienígena, estudios que no existen en las facultades de medicina convencionales.
-De acuerdo… me toca quedarme con una enfermerilla de tercera –comenté sarcásticamente.
-¡No tengas tan mala consideración de mí! –exclamó herida en su orgullo. –Yo pasé por ese cursillo pero, no contenta con eso, seguí avanzando en esos estudios, seguí subiendo grados, alcancé honores que, en teoría, sólo pueden alcanzar Girasoles de pura cepa… y me convertí en la mayor eminencia en medicina alienígena del mundo…
-¡Venga ya!
-Me encantaría mostrarte diplomas que te lo probaran pero esto es información interna de los Girasoles así que nada hay oficial. De todas maneras, incluso Nicolás reconoce mi valía como doctora –dijo hinchándose de orgullo. –En fin… siento este acceso de orgullo propio que he tenido… continuando con lo que decía, mañana por la tarde vendrán tus padres para verte y traer tu ropa. Las órdenes que he recibido son las de impedirte salir de lo que es el colegio. Lo más que se me permite es dejarte pasear por los aledaños del bosque pero, en todo el tiempo que pases aquí, no podré quitarte el ojo de encima.
-Ahora tienes tiempo para hacerlo –comenté sarcástica.
-Acudirás a clase, comerás en el comedor de la escuela, desayunarás y cenarás aquí, te alojarás en esta casa y me encargaré de supervisar el avance del Oboeteru por tu cuerpo.
-¿Qué tiene que ver Oboeteru en todo esto?
-Es por Oboeteru que te quedarás en “régimen de observación” (¡bah! Otra manera de decir “encarcelamiento”). Su desarrollo es, a todas luces, anormal: Generalmente su crecimiento no pasa de ser de medio centímetro de piel al día en un cuerpo humano y menos aún hacia el interior. Sin embargo, cuando te recogí después de derribarte, el Oboeteru se había extendido por todo tu brazo derecho, gran parte de tu pecho, el hemisferio derecho de tu cara, parte del izquierdo, tu abdomen derecho, la pelvis y un par de líneas lograron alcanzar tus piernas y tu brazo izquierdo… lo primero que hice fue tratar tu piel con una dosis brutal de gel celular y por suerte logré cubrirte por completo con una capa de piel nueva. De no haber sido por eso, al más mínimo roce con cualquier objeto, habrías tenido tantas visiones que perder la razón habría sido cuestión de minutos.
-Entonces, ¿sigue debajo de mi piel?
-Bastaría con rascarte fuerte para que volvieras a tenerlo disponible aunque te aconsejaría que dejaras eso para cuando realmente lo necesites.
Asentí y me sentí aliviada al saber que ya no tendría que seguir llevando ese molesto guante para cubrirme de las visiones.
-En fin… ya son las once –dijo ella después de mirar su reloj. –Creo que lo mejor sería cenar algo antes de irse a dormir, ¿no crees?
-¡Estúpida! –me gritó la criatura. –¿¡Cómo se te ocurre tirar tu vida a la basura uniéndote a esa marioneta!?
Antes de escuchar el grito de ese pesado, hacía un buen rato que sabía que estaba en un sueño. Estaba en la atalaya desde la que había disparado durante el día anterior. Ahí, relajada sobre ese suelo de metal oxidado, trataba de ver los cambios que había sufrido el colegio: El techo del gimnasio había reventado por la presión de un enorme árbol, cientos de enredaderas salían de las ventanas del colegio; el asfalto, los adoquines, el cemento que cubría el suelo había sido destruido para dejar paso a una montaña de verde… lo único que no cambió de todo el colegio fue la casa de Amelia, la cual permanecía limpia y sin ninguna planta a su alrededor.
-¿Tienes algún problema con mi decisión? –pregunté sin perder de vista a un grupo de trípodos que dormitaban en medio de la explanada del patio. –Me gustaba Girasol y le hice cumplir con su objetivo, nada más.
-…debe ser cierto pues aquello de que algunos sólo nacen para ser esclavos… –murmuró él.
-¿Entonces tú tratabas de liberarme, oh, gran señor héroe? –ni me digné a mirarlo pues la visión del viento moviendo las hierbas altas me llamaba más la atención.
-No es eso…
-¿Entonces qué es? –esta vez no le tenía ningún miedo y le iba a presionar a gusto. –Me has llamado ciega, estúpida, lerda, lenta, y corta de miras cientos de veces. Me has atacado, perseguido, atemorizado, acorralado, atravesado… –esta palabra la dije con tanto énfasis que hasta la criatura pareció apartar la cara. –¿Crees en serio que soy de esa clase de personas que se echan a llorar por cualquier tontería? ¡Cuanto más miedo tratabas de darme, más coraje me dabas! ¿¡Qué pretendías atacándome tanto!?
-Hacerte huir… –la criatura dudaba. –¡Todos los aliens son iguales! ¡No pretenden otra cosa más que esclavizar a los seres humanos! ¡Mírame bien! ¡Mira mi cuerpo! ¡Esto es lo que me pasó por ser tan estúpido como para unirme a ellos!
Sin dudar, salté desde mi elevada posición y me planté junto a él sin tan siquiera perder el equilibrio.
-¿Y qué me cuentas? –pregunté desafiante. –¡Podrías haber huido! ¿Es que fuiste tan cobarde como para rendirte? ¡Fuera de mi vista! ¡No pretendas hacerme huir cuando ni tú pensaste en hacerlo!
-Buenos días…
Abrí los ojos un poco atontada aún y vi como ya había amanecido. No serían ni las siete pero el sol lucía con fuerza a lo largo y ancho del cielo despejado. Cuando vi el edificio del colegio, me levanté y me desperecé… se me hacía extraño despertarme en este lugar.
-¿Qué hacemos aquí?
-Estamos en observación. De momento nos toca… –de repente me di cuenta en quién me hablaba: –¿Girasol?
-Deja ya de llamarme así –escuché. –Ahora estoy en ti, así que tú eres yo y yo soy tú. Ya no necesitamos nombres.
-Tan tiquismiquis como siempre –le contesté mientras me dirigía al baño a ducharme.
Por el camino me encontré con Amelia durmiendo a pierna suelta en el sofá-cama de su sala de estar. Parecía que no se había dado cuenta de que hacía un buen rato que ya había amanecido.
-Ésa… ¿ésa es Amelia? –preguntó Girasol sorprendido al verle el abdomen, cubierto por las cicatrices de Magnolia. –¿Qué le ha pasado?
-Mejor te lo cuento mientras nos duchamos.
Mientras limpiaba mi cuerpo que apestaba a sudor mezclado con gel celular, puse al día a Girasol sobre todo lo que me había dicho Amelia poco antes de irme a dormir: Mi ataque de ira, mi intento de asesinato, mi caída, el avance de Oboeteru por mi cuerpo, nuestra puesta en “observación”, la existencia de Magnolia… Todo me lo escuchó bien atento, sin hacer un solo comentario, tal como marcaba su carácter recto y educado.
-Lo que me sorprende es que te decidieras a unirte a mí precisamente en ese momento –comenté mientras me secaba. –¿A qué vino este arrebato?
-Después de los cinco meses que hemos pasado juntos, creo que ya te conozco bastante bien y, después de meditarlo cuidadosamente, deduje una cosa: A veces eres tan cerrada de mollera que no hay manera de hacerte cambiar de idea. Realmente deseabas unirte conmigo, yo comencé a sufrir al debatirme entre hacerlo o no y, finalmente, me decidí a hacerlo… tal vez no fuera el mejor momento pero creo que los dos salimos ganando –comentó alegremente.
-A todo esto… ¿tu simbiosis ha sido completa? –pregunté mientras me vestía.
-…sí… creo que sí. ¿Por qué me lo preguntas?
-Amelia dice que he actuado contra natura: Para ella resulta imposible que, una vez unida contigo, pudiera matar al Girasol de Federico.
-Pues yo no noté ningún rechazo, es más, casi disfruté de ello…
-¡Oye!
-¡Oye tú, que me sentía exactamente igual que tú! –me reprochó. –Tampoco digo que matar Girasoles sea la ilusión de mi vida…
-¿Ya estás despierta? –me preguntó Amelia desde fuera. –Necesito pasar…
Salí, ya vestida y dejé que mi tutora entrara. Mientras ella se duchaba, con evidente prisa, fui a la habitación e hice mi cama.
-Me preguntaba… ¿no es ésta la cama de Amelia? –me preguntó Girasol.
-Lo mismo le pregunté yo y ella me respondió “ya que te obligan a estar aquí, que al menos estés cómoda”. Es una persona muy amable, ¿no crees?
-Si de veras resulta que las Magnolias están sometidas a los Girasoles, tal vez lo haga para evitar el dolor.
-¿Dices que lo hace porque me teme?
-Eso es. Tal vez su amabilidad no sea más que miedo.
-…lo que tú digas… mejor lo hablo con ella esta tarde. En fin, al colegio…
Cuando ese día entré en mi clase noté algo extraño… El ambiente era diferente, había mucho más silencio de lo normal, tanto que hasta la voz del profesor se oía sorda.
“Oye…” me susurró Girasol al oído. “Te están mirando…”
“¿Mirando?” contesté moviendo levemente los labios, sin emitir ruido alguno.
“No sé… es como si todo el mundo te estuviera reprochando algo… Prueba a mirar a Silvia, detrás de ti, a tu derecha”.
Obedecí y me giré de improviso, pillando desprevenida a Silvia que me miraba con cara de recelo. Cuando crucé mi mirada con la suya, la apartó bruscamente al mismo tiempo que los otros siete niños que me estaban observando.
“Trata de escucharles…” me comentó Girasol. “No entiendo muy bien qué están cuchicheando”.
Así lo hice y, tras concentrar todos mis sentidos hacia mi espalda, pude escuchar el murmullo que siempre se oía en las filas de atrás…
“¡La Carrie esa parece que tenga ojos en la nuca!” exclamó por lo bajo uno de mis compañeros.
“¡Y yo que pensaba que al perder a ese bicho dejaría de sentir miedo!” replicó otro. “¡Dios! ¡Ahora es peor!”
“Yo ni siquiera soy capaz de mirarle a los ojos… no sé… es que hay algo nuevo en su cara pero no logro adivinar qué…”
“¿La cara de mala leche? Ésa la tiene desde hace meses…”
“¡No! Sus ojos… dan miedo… Estás tan tranquilo, cruzas la mirada con ella y, de repente, ¡su cara parece transformarse en la de un demonio!”
“Carrie es Carrie…” comentó una compañera que estaba a su lado. “¿Recordáis lo que hizo en el patio? ¿Qué era esa cosa que tenía en el pelo?”
“¡No me lo recuerdes! ¡Me da nauseas pensar en eso! ¿Y los encargados tienen que hacer eso todos los días?”
“Ya viste lo que hizo con el pobre Alberto… menos mal que no me presenté a encargada… San… digo, Carrie me habría matado si le hubiera quitado el puesto…”
“Tanto como eso, no creo que…”
-¡A ver! –exclamó el profesor. –¡Los de atrás! ¿Voy a tener que sacaros al pasillo?
De inmediato cesaron los cuchicheos pero, según pude sentir por Girasol, las miradas recriminadoras no acabaron…
Treinta minutos más tarde, la situación se me hizo insostenible y casi no podía atender por culpa de la presión que sentía a mi espalda así que, para relajarme un poco, cogí un trozo pequeño de papel, escribí un par de líneas y le pasé el mensaje a mi vecino de atrás. Éste, con miedo, pasó el mensaje a sus destinatarios y el papelito llegó a los tres cotillas de la fila de atrás.
“…un mensaje… ¿de Carrie?” la voz del primer cotilla reflejaba auténtico terror.
“A ver…” la chica cogió el papel y lo abrió. Su respiración se cortó al segundo: “No estoy sorda… Si queréis hablar mal de la Carrie, id a decírselo a la cara…”
“¿¡Nos estaba escuchando!?” exclamó el tercero.
En ese momento me di la vuelta y, sólo con mis labios, les respondí:
“Oh, sí…”
De inmediato me giré hacia el frente mientras los tres daban un paso atrás, arrastrando las sillas con ellos y montando un gran alboroto. La expulsión de la clase fue inmediata y mi sonrisa fue más que suficiente para olvidarme del rechazo de mi clase hacia mí.
-¿Carrie? –me preguntó Federico. –Me suena el nombre pero ahora mismo no soy capaz de recordar de quién era… ¿Tan bajo han caído todos, que ahora hasta te ponen motes?
-No les culpo, la verdad… –dije mientras enrollaba y desenrollaba mi pelo a placer, en un vano intento de tranquilizarme. –Hasta yo tengo miedo de mí misma cuando me enfado… De todas maneras, también comentaron algo sobre mi mirada, como que parecía la de un demonio…
-Hombre, alguna cicatriz sí que tienes después de lo de ayer pero tanto como parecer un demonio… Tranquila, ya se les pasará, y si no dejaran de hablar mal de ti, no te preocupes: En cuatro meses estaremos en el instituto y probablemente ya no vuelvas a verlos si vas a estudiar a la ciudad.
Las palabras de ánimo de Federico lograron tranquilizarme un poco y dejé de jugar con mi pelo. Por suerte, Federico no se había decidido a abandonarme.
Después de que matara a su Girasol, sus ánimos habían vuelto a ser los de antes y sonreía sin ningún temor. Sin embargo, seguía habiendo un problema: Aún sin Girasol, él seguía siendo Encargado de Contramedidas. La decisión de ese imbécil del director me pilló totalmente desprevenida y casi estuve a punto de replicar pero su tono marcial y su forma de hablar de tal manera que no daba tiempo ni a interrumpir, me impidieron hacer queja alguna.
En ese momento estábamos patrullando alrededor del edificio principal.
-Algo le oí mencionar al director… –dijo él. –¿Es cierto que ahora vas a vivir con Amelia?
-Así es. Es por culpa del Oboeteru.
-¿Oboeteru? ¿Así se llamaba esa cosa roja?
-Es una infección de hongos, nada más. Según la profesora, sólo estoy “en observación por un desarrollo anómalo de la infección”.
-¿Anómalo? ¡Casi parecía que tenías la piel abrasada! Cuando te vi en la bañera, recuperándote de la batalla, casi creía que te habías caído de lado sobre brasas.
-¿Tan mal estaba?
-¡Sí! ¡Casi creía que ibas a morir! Fíjate en tu brazo: Ahora está normal pero allí estaba rojísimo. Tu cara parecía abrasada, tu pecho…
-¿¡Mi pecho!? –exclamé asustada.
-Oh… que no te lo mencioné… es que te vi desnuda –dijo riendo inocentemente. –La profesora tuvo que quitarte la ropa para poder curarte con el gel celular… No digo que estuviera bien que te mirara… pero entre nosotros hay confianza, ¿no?
-Buf… Anda que… –me resigné: Ya había pasado… –¿Te va bien seguir siendo Encargado? –le pregunté para cambiar a un tema algo menos vergonzoso para mí.
-A falta de Girasol, te tengo a ti, ¿no? –respondió con desparpajo. –De todas maneras, empezaba a depender cada vez más de Girasol. Los humanos también podemos atrapar a los aliens sin ayuda.
-No te confíes…
-Si no me confío –replicó él con seguridad. –Hace poco leí algo sobre Darwin en el libro de ciencias. Allí decía que los seres vivos se adaptan al medio poco a poco, generación a generación y que si nosotros y otros seres vivos seguimos aquí no es porque un Dios nos haya elegido sino porque nuestras habilidades, nuestras fuerzas, nuestros cuerpos han resultado ser los mejores para la supervivencia. Girasol tenía opciones para atacar y sus patas para cubrirme pero yo seguía siendo el que corría y el que agarraba a los aliens. En las últimas misiones que hemos tenido, ¿no te has dado cuenta de que hemos tenido que depender cada vez más de las habilidades de los Girasoles más que de nosotros mismos? Eso era lo que más me molestaba…
-¿Qué insinúas?
-Nada… Es que me parece que los ataques se parecen más a “exámenes” que a “ataques”… Al principio comenzamos con aliens pequeñitos y casi inofensivos. Atrapamos un montón de plantas y animalejos cariñosos, ¿recuerdas?
-Sí –respondí sonriendo. –Cuando empecé fue cuando me pensaba que había hecho bien presentándome voluntaria…
-Pero después la cosa fue empeorando: Plantas primero, babosas después, ejércitos de dobis que nos hicieron correr a toda velocidad durante semanas, dezumontos que iban aún más rápido y que nos obligaban a usar opciones, toros boxeadores que convertían a las patas de Girasol en imprescindibles, enormes grupos de jeens que nos obligaron a comenzar a atacar en grupo, aquellos riot que por poco nos aplastan más de una vez y, al final, aquellos trípodos gigantes… la dificultad ha ido aumentando progresivamente… demasiado progresivamente…
-Ni que fuera un videojuego… –comenté sarcásticamente
-No es cosa de risa –Federico iba muy en serio. –La noche de ayer, estuve ojeando un poco el CD de la enciclopedia de aliens que nos pasó Amelia… ¿sabes tú la cantidad de aliens “letales” existen? ¡A puñados! ¿Y te has parado a mirar la cantidad de “parásitos” que hay? ¡De más de cuatrocientos aliens que vi, sólo había siete simbioides! Parece que en este mundo los únicos simbioides sean los Girasoles.
-Es que nos hacen pensar que dependemos de ellos –dije dándole una palmada para tranquilizarlo mientras andábamos. –No creas a pies juntillas todo lo que dice la enciclopedia. Por ejemplo… dime qué contaba de los dobis.
-A ver… que son la base de la alimentación de un buen porrón de aliens depredadores.
-¿De los riots?
-Alien parásito-depredador…
-¿Magnolias?
-Otro parásito más, asqueroso, añadía en una nota la enciclopedia.
-¿Naga?
-Naga… espera… creo que leí algo sobre ése… ¿no era una especie de serpiente?
-Sí.
-Un parásito, y de los peores, según leí. Son como las tenias sólo que a lo bruto: No conformes con comer todo lo que su anfitrión come, son capaces de hasta chuparles la grasa directamente de debajo de su piel, como sanguijuelas…
-Pues he aquí mi deducción después de observar detenidamente sus fotografías: Los dobis no son sólo presas, también son depredadores, de hecho, son omnívoros pescadores, al igual que las nutrias; los riots carecen de terminaciones que les permitan chupar alimento alguno directamente de sus anfitriones pues son herbívoros y por su forma hay que reconocer que son simbioides; las Magnolias son seres más delicados de lo que parecen y, aunque no son simbioides, pueden actuar como tales y de las Nagas… no lo dicen todo…
-¿A qué te refieres?
-¿Algo que quede entre tú y yo? –pregunté acercándome a él.
-Por supuesto.
-Aquel parásito que buscamos hace meses era una Naga. Yo seguí el desarrollo de su portador y, te lo puedo asegurar, de parásito nada…
-¿Lo conociste? ¿¡Quién era!?
-Eso me lo guardo –aunque hubiera llegado tan lejos al confesarle esto, para nada iba a revelarle lo que mostró Lua. –La última vez que me mostró sus habilidades me mostró algo… precioso: Le salieron alas y pudo volar.
-Alas… ¡Je! Si Lua siguiera aquí, seguro que se embobaría con ése antes de pensar en hablarle.
-Sí… Lua… claro… –defecto mío desde que mi compañera había desaparecido: Cada vez que oía la palabra Lua me ponía horriblemente nerviosa. Que yo la mencionara tenía un pase pero oírla de los demás…
-¿Te pasa algo?
-Nada… nada… –dije acelerando el paso. –Que debemos seguir patrullando…
Escuché como Amelia me llamaba a la puerta mientras yo trataba de sobrellevar mi reencuentro con mis padres…
-Esto… ¿estás mejor? –me preguntó comedidamente.
-Sí, no te preocupes –dije sobreponiéndome a mis penas. –Girasol está conmigo.
-¡Eso siempre! –exclamó usando mi boca.
-¡Avisa antes de hablar, so traidor! –exclamé dándome un caponcillo a modo de broma, tratando de parecer animada. Pero mi actuación fue tan penosa que no pude ocultar mi expresión llorosa detrás de mi falsa sonrisa. –Jamás los había visto tan fríos conmigo…
-Tal vez haya tenido algo de culpa al describirles de esa manera al Oboeteru… –dijo ella mientras se sentaba a mi lado, en la cama.
-No, tú actuaste como buena doctora y describiste mis síntomas… de todas maneras, ellos ya venían enfadados… ¿Fue algo tan terrible lo que hice? –pregunté mientras me echaba de espaldas a la profesora.
-Si quieres que te diga la verdad, sí, fue horrible –dijo con tono severo –pero hay que comprender tus circunstancias: Eres la primera alumna a mi cargo que termina en este estado y saber que te habías enterado de todo antes de que pudiera hacer nada… no es algo demasiado fácil de sobrellevar…
-No habría cambiado mucho si no hubiera sabido nada, la verdad… –me encogí y luego me estiré a lo largo de la cama. –Tú no habrías podido evitar nada pues tú no eres mi auténtica responsable… Mi ira no es hacia ti, es hacia el director.
Amelia no respondió, tan sólo escuché una profunda respiración que la mantuvo muda durante un buen rato. Sabía lo que le pasaba: Tenía que controlar su propia ira para evitar llegar a “odiar” a los Girasoles. Debía empezar a elegir los momentos para hablar del director…
Tras más de tres minutos de respiraciones relajantes, Amelia se echó a mi lado. Le dejé sitio y le permití mantenerse cómoda mientras recuperaba su paz interior.
-Al menos tú tienes familia… –dijo en un susurro. –Parecían enfadados, sí, pero no tanto como para que llegaran a pensar en abandonarte. Los lazos familiares pueden llegar a ser muy fuertes a veces…
-Tú… ¿a ti ya no te queda nadie? –pregunté temerosa.
-Absolutamente nadie –respondió con pesar. –Tú no sabes lo que es encontrarte de repente en medio de un bosque que no sabes de dónde diantre ha salido y, entre la vegetación, encontrarte con los restos de tus padres, de tus amigos y vecinos siendo devorados sin piedad por todos esos aliens… Sobreviví casi por casualidad durante casi un mes sin poder salir de esa selva hasta que me encontré a Magnolia –Amelia rió. –¿Sabes que lo primero que pensé de ella fue que quería comérmela?
-Cuando el hambre aprieta…
-Sin embargo, cuando vi que estaba mal herida… no sé, se me cruzaron los cables de alguna manera y traté de ayudarla. Traté de hacer toda clase de cosas hasta que, por casualidad, vi a otra Magnolia pegada a un cube.
-¿Un qué?
-Un bicho que no conoces aún… cuando los vi, se me hizo la luz e imité al cube: Me lo coloqué detrás del cuello y Magnolia no tuvo más que pegar sus patas detrás de mí. A partir de entonces vivió alimentándose de mi sangre.
-¿No se alimentan de mugre?
-No todos los simbioides comen eso. Los hay que comen sangre, otros piel, pelo, excrementos, parte de lo que come el anfitrión o los restos de su comida… los hay que hasta comen cera de orejas. Las Magnolias, para alimentarse, necesitan chupar una pequeña cantidad de sangre.
-Según parece eso no te molestó demasiado.
-Después de ver lo que hacía por mí esta pequeñaja, no pude negarme: Me protegió con todas sus fuerzas y logró que mi posición fuera más activa, que tratara de salir del bosque por mí misma. Gracias a sus opciones logré viajar por trayectos muy largos y con sus pétalos me protegió de cientos de peligros… y todo ello sin contar la compañía que me propiciaba…
-¿Podría hablar con ella sobre eso?
-No lo creo: Nunca aprendió a hablar.
-¿Entonces eso de la compañía…?
-Sencillamente estaba ahí en todo momento. Mira, la verdad es que Magnolia no es precisamente un dechado de inteligencia y cultura. Es más bien una especie de “tonta del pueblo”. Sin embargo, después de todo lo que me ayudó y de lo que me apoyó, gracias a su inocencia hacia mí, quise hacer algo que suena a pecado entre los Blossoms: Estar unida para siempre con ella. En teoría, Magnolia no puede hacer eso. Cuanto hace es unirse a un anfitrión que sea capaz de darle comida y, si no se la da, mata al anfitrión y se lo come. Yo logré que actuara contra natura: Me entregué totalmente a ella y le pedí que intentara unirse a mí de una manera mucho más profunda…
-¿En ese momento sabía que las simbiosis podían ser permanentes?
-No pero mi intuición me decía que era posible. Me equivoqué a medias: Magnolia se esforzó cuanto pudo y de veras que lo intentó, pero no logró más que una extraña media unión que es la que ves.
-¿No se asustó de las cicatrices?
-No, del dolor –dijo alzándose ahora más animada. –Estas cicatrices no son más que los restos de ese intento de unión. No me arrepiento de tenerlas por muchos problemas que me den. Son la prueba de mi aprecio por Magnolia.
Me giré hacia ella y vi las marcas de su abdomen… se viera como se viera, eran horribles pero, a mis ojos, ya no eran tanto “heridas” sino más bien “símbolos”. Símbolos de la mayor fidelidad que jamás hubiera sentido en nadie… Cuando me alcé para verlas mejor, noté como en el ambiente flotaba la fragancia de Magnolia, ese aroma tan delicioso que me embriagaba sencillamente con pensar en él. Parecía que cuando la profesora se sentía tranquila, Magnolia emitía ese olor.
-Y, después de nuestra unión y de salir del bosque –continuó –volvimos a la civilización… pero no sé si para bien o para mal: Cuando di a conocer mi simbiosis no sólo fui rechazada por los humanos sin alien sino que, encima, los unidos con Girasoles me “arrestaron” y me sometieron a semanas de investigaciones. De no haber mostrado cierto ingenio y un conocimiento muy amplio del comportamiento de los aliens salvajes, no habría salido con vida. A pesar del desprecio que sentían por mi simbiosis, me dieron un futuro aunque fuera para ser una media esclava… Estudié el cursillo básico de enfermería alienígena y fui destinada a este colegio como responsable de Contramedidas; seguí estudiando, hice méritos y varios descubrimientos importantes, alcancé el reconocimiento hasta de los Blossoms más cerrados de mollera y logre más conversiones que ningún otro profesor en la historia del sistema de Encargados… Fue duro y sufrido pero nunca me he arrepentido de lo que he hecho. –La profesora se levantó, ya animada y se estiró. Así vista, parecía mucho más joven de lo que era realmente. –En fin, voy a preparar la cena. Tú anímate y relájate, que ya es fin de semana.
Así pues, Amelia se retiró y comenzó a preparar la comida. Se me hacía extraño verla tan sonriente… Girasol dijo que sería por miedo hacia mi condición pero, ahora que me había hablado, lo que yo creía era que era precisamente mi compañía lo que hacía que estuviera tan abierta. Por lo que deduje de sus palabras, ella había pasado sola gran parte de su vida: Ni familia, ni amigos, ni novios, ni tan siquiera colegas. Sólo Magnolia. Pero ahora que estaba en su casa, yo estaría como llenando un hueco… Me gustaba pensar que mi presencia le animaba tanto.
Llegada la noche, trataba de dormitar a duras penas. Hacía un buen rato que Girasol se había dormido pero algo en mí me impedía cerrar los ojos. Lo comprobé varias veces y sabía que no estaba en un sueño así que la razón de mi insomnio era otra… me sentía, ¿cómo decirlo? ¿Angustiada? A cada segundo que pasaba, sentía como si me faltara algo pero era incapaz de decir qué…
Me tapé, me destapé, me puse la almohada encima de la cabeza, abrí la ventana, giré sobre mí misma como una rueda pero nada: No conseguía relajarme. De tan tensa que estaba que decidí vestirme para dar un pequeño paseíllo, para ver si cansada era capaz de conciliar el sueño. Calzada, vestida y abrigada, salí por la puerta y paseé bajo la débil luz de la luna menguante que apenas se podía ver a través de las nubes. Caminar por ese lugar a esas horas de la noche era tenebroso pero a la vez delicioso: Las llamativas luces del pueblo a un lado, la atrayente oscuridad del bosque al otro y la inmutable silueta del colegio en medio. Hacía frío pero el ambiente, el cual, en lugar de mantenerme despierta provocaba lo que deseaba: Una sensación de soñolencia muy agradable. Tras observar el paso de las nubes desde el prado durante una media hora, decidí volver a la casa.
Sin embargo, una vez crucé el umbral, sentí ese sentimiento de apremio que me oprimía el pecho. Pensé que tal vez fueran imaginaciones mías o algo pasajero pero, una vez volví a la cama, supe que no era casual: Había algo en esa casa que me impedía relajarme.
Me levanté algo confundida y fui al baño a ver si remojándome un poco la cara lograba espantar lo que me mantenía despierta… pero, para cuando me di cuenta, estaba delante de la sala de estar frente a Amelia que dormía encogida contra una de las esquinas de su sofá-cama. Me di la vuelta, dándome un par de golpecillos en la frente por mi despiste pero, cuando di un paso atrás algo en mi interior me impidió moverme… pensé en que podría dormir si me lavaba la cara, que sería capaz de tranquilizar mi mente pero mis piernas no dieron un solo paso…
Me giré de nuevo y miré a Amelia: Estaba echada en posición fetal, sonriendo muy levemente, tan relajada que ignoraba la luz encendida. Detrás de ella, los pétalos de Magnolia también colgaban lacios formando un pequeño bulto en su pijama. Envidiaba su falta de tensiones… ojalá pudiera descansar como ella…
De repente, me di cuenta de que me había ido acercando a ella. Nada más puse mi rodilla sobre el sofá-cama, volví a la realidad y di un paso atrás, para sentir de nuevo ese sentimiento de rechazo… o de atracción. Algo hacía que quisiera estar en esa cama. Fuera lo que fuera, hacía que pensar en volver a la mía me hiciera sentir escalofríos…
Con cuidado, avancé sobre el colchón y me eché sin molestar a su ocupante… mis palpitaciones cesaron casi de inmediato y sentí como si me hubiera librado de un gran peso. Aún sin almohada (Amelia la acaparaba toda), me sentía cómoda y al poco un poderoso sopor me dominó de pies a cabeza, cayendo dormida en menos de un minuto…
¿Qué soñé? Lo cierto es que sé que soñé pero no recuerdo qué… No fue nada relacionado con el monstruo sino todo lo contrario: Fuera lo que fuera, esa noche me resultó muy placentera… Entre mi sopor, la blandura del sofá-cama, la oscuridad de la sala de estar, el delicioso aroma de Magnolia y las respiraciones de Amelia dejé que pasara la noche…
Y cuando desperté, con una gran sonrisa en la cara, me encontré con que dormía abrazada a mi profesora, la cual hacía lo mismo conmigo…
Me gusta cuando la gente empieza a hacerse preguntas y a buscarse solos las respuestas.
No esta mal
A la espera de nuevos post!