El estúpido no perdona y olvida,
El ingenuo perdona pero olvida
Y la persona inteligente perdona pero no olvida.
(Proverbio)
-¿Aún sigues leyendo? –preguntó el padre Adam desperezándose después del largo viaje que había tenido que realizar.
-Generalmente no suelo dormir demasiado –respondió Lou levantando la vista del libro que le entregó el doctor Clark. –Además, la lectura está interesante.
-¿Faltará mucho para llegar?
-Creo que durante la noche ya pasamos por Northampton así que a este paso… dentro de un par de horas, si este lugar se parece un mínimo a mi mundo.
-¿Pero no vivías en Francia?
-Lou ha pasado por toda suerte de lugares –respondió Fu Riong. –Francia, Inglaterra, China, Japón, Alemania, España, Italia, Grecia…
-Chico de familia rica, pues.
-Adinerada, no más –dijo Lou. –Mi padre es uno de los grandes jefes de la empresa del padre de Anerues por lo que dinero se tiene. De todas formas en este mundo de poco me sirve el dinero que llevo encima.
-No te preocupes: Le prometí a Anerues que cuidaría de ti y eso haré.
-Por cierto, ¿a dónde vamos? –preguntó Fu-Riong.
-A la casa de mi familia para después intentar dejarte en algún lugar donde puedas esperar a tus compañeros. De momento piensa en dormir un poco, que no es bueno estar tanto tiempo despierto.
Lou le hizo caso por lo que, después de guardar el libro, se recostó en su asiento poniéndose lo más cómodo posible para dormir aunque fuera tan sólo un par de horas.
-¡Demonios! –exclamó Fu-Riong al ver el lugar al que habían llegado. –¿Usted vivía en esta casa?
El padre Adam y Lou, un par de horas después de salir de la estación, se encontraban delante de una enorme mansión parda decorada finamente con cierto estilo barroco pero sin llegar a ser excesivamente recargado, con unos amplios jardines cuidados hasta el último detalle rellenos de tulipanes de todos los colores y de sauces que decoraban una plácida laguna en la que se podía ver un palacete cuya decoración casaba a la perfección con la naturaleza que le rodeaba. Toda esa fastuosidad recordaba más a un palacio del Barroco francés que a una mansión inglesa.
-Más que eso –dijo el padre Adam, –en teoría debería ser mía, sin embargo, cuando me convertí en cura le cedí la propiedad a mi hermano pequeño.
-Le debe estar muy agradecido… –comentó Lou al ver el lujo del lugar.
-¡Je! ¡Si yo te contara! Ahora vamos a encontrarnos con él y ya veremos dónde te metemos para que pueda ir de una vez a Roma.
Después de presentarse ante un sirviente a la entrada, fueron llevados sin dilación hacia el gran portón de la casa. Nada más estuvieron enfrente del portón, salió a recibirles un hombre de cierta edad pero con apariencia más joven que la de Adam, con el pelo y barba entrecanos, vestido elegantemente. El hombre se les acercó rápidamente, seguido por su daimonion gorila, para acabar lanzando un abrazo de bienvenida a Adam.
-¡Bienvenido a casa, Adam! –saludó el hombre. –Tu carta decía que llegarías ayer, pero en fin, qué demonios, ¿hace cuánto que no asomas la nariz por estos lares?
-Pues ya será cosa de tres años –respondió el padre con la misma cara de alegría que ese hombre.
-Veo que traes a alguien contigo ¿Me lo presentas?
-Sí, claro: Lou, éste de aquí es mi hermano Second y su daimonion Traditas y, Second, este de aquí es Lou, otro chico que he acogido y su daimonion Fu-Riong.
-Encantado de conocerle –dijo Second dándole la mano a Lou. –Espero que su estancia por aquí sea grata.
-Espero no ser una molestia… –dijo Lou con modestia.
-No habrá problema: La fortuna de la familia Cashner es grande. Acoger a un chico como tú no supondrá un gran gasto. Estaréis cansados por el viaje, ¿no? Ya tenéis unas habitaciones preparadas. De momento, sólo preocuparos de descansar.
Después de una sencilla colación (Lou no tenía demasiada hambre), Lou y Fu Riong fueron guiados a su habitación en el segundo piso del edificio. Una vez allí, Lou se dejó caer sobre la cama, ya bastante cansado del larguísimo viaje que había tenido que realizar.
-Bestias, brujas, fantasmas… –comentó mientras se levantaba para cambiarse para dormir. –¿Quién habría imaginado que nos acabaría pasando todo esto?
-Eso sin contar todo lo inverosímil del asunto de Anerues… –comentó Fu Riong.
Lou se puso el pijama y se metió en la cama con Fu Riong.
-De todas formas…
-…“deja que se lo lleve el agua” –comentó Fu Riong. –Ya sé que esto casi no lo aceptas, pero yo creo en lo de los sueños de Anerues. Al fin de al cabo, gracias a eso, ahora estamos aquí, alejados de las bestias del abismo y de los peligros del norte.
-Ya… pero no me gusta ser el inútil del grupo. Quizá pudiera ser tan fuerte como Jack, o tan impulsivo como Amadeo, o tan convencido como Anerues…
-Cada cual tiene su lugar en el mundo y en cada situación. Recuerda lo que dijo Anerues antes de marchar: “Ante todo, no olvides ser tú mismo. Eso te ayudará por allá”.
Lou pasó un rato pensando un poco lo que le dijo su daimonion para al rato preguntar:
-¿Esto nos está pasando por casualidad?
-¿A qué te refieres?
-No consigo entenderlo del todo pero todo lo que nos ha estado pasando ha sido una larga sucesión de casualidades, desde la simple caída a ese mundo a los extraños sueños de Anerues… No sé… –Lou dudó mucho antes de seguir su frase. –Por lo que nos contó Anerues al volver de aquel otro agujero, eso de que ahora dudaba que llevara a nuestro mundo… ¿no es demasiado casual que los sueños que le indicaban que el agujero que estaba ahí y que debía ir allí, hicieran que Amadeo y Zoé acabaran en ese mundo, como si ese mundo les reclamara?
-No te entiendo.
-¡Demonios! ¡Lo que digo es que parece que alguien nos esté dirigiendo desde la sombra! Sé que suena a locura pero es lo que pienso. Me parece demasiado casual que Anerues empezara a “ver” justo cuando lo necesitábamos, que llegáramos justo cuando se nos necesitaba en Oasis, que hubiera unas brujas de paso justo en el momento de la huida de Jack, que yo fuera ducho en varios idiomas justo cuando el padre Adam necesitaba a alguien como yo… incluso tú, Fu Riong, me parece demasiado casual que aparecieras tan de repente, eso de que casi aparecieras de la nada… ¿Quién demonios ha planeado todo esto? ¿Para qué?
-“Los designios del Señor son inescrutables” se suele decir –Fu Riong se rió levemente. –Si todo ha sido planeado, no te preocupes: Nosotros también tendremos nuestro papel en esta historia, sino no estaríamos aquí. De momento tan sólo pensemos en dormir un poco –dijo ella bostezando y enrollándose sobre el pecho de Lou. –Ahora mismo, de nada nos va a servir saber por qué estamos aquí.
Lou decidió seguir el consejo de su daimonion y, sin hacer más comentarios, cerró los ojos.
Dos días después, tras un tiempo de descanso del agotador viaje, el padre Adam, vestido con los hábitos, guiaba a Lou hacia uno de los Colegios Mayores de Oxford.
-Espero que no te incomode cambiar tan rápido de lugar –dijo el padre Adam mientras atravesaban el Támesis sobre un puente.
-Todo lo contrario. Ya me empezaba a sentir incómodo en la casa de su hermano. No me gusta abusar de su hospitalidad…
-¡Vaya contigo! ¡Eres aún más modesto que Thomas!
-¿Qué quién?
-El primer chico que acogí en mi familia, el hijo de una bruja que no tenía a quién dejárselo. Decidí ocuparme de él yo mismo con la ayuda de la señora Rospetin, la matrona del pueblo. Hace ya bastante tiempo que lo traje por aquí para que cursara estudios superiores gracias a la filantropía de mi familia y, en fin, que tú no eres la primera persona que acojo por aquí, de hecho, eres el quinto.
-¿Es que tantas… señoras –dijo Lou evitando la palabra “brujas” –se quedan sin padre al que entregar a sus hijos?
-Por lo general, cuando eso pasa, los entregan a un pueblo, sin dejárselo a nadie en concreto. En Oasis pasa lo mismo, pero soy yo quien se encarga de los huérfanos siempre.
El padre dejó de hablar, mirando al frente.
-Ya hemos llegado –dijo el padre. –Second ya se ha encargado de recomendarte para que vayas a estudiar derecho, viendo como se te dan las lenguas muertas. Podrás vivir aquí hasta que regresen Anerues y los demás.
-No hay problema, sólo espero que no tarden demasiado en regresar.
-Ahora voy a llevarte con David, un sobrino mío que está estudiando aquí. Es un poco excéntrico pero es muy buena persona. Espero que no te importe compartir habitación con él.
Los cuatro se encaminaron hacía el edificio que se levantaba ante ellos y una vez dentro preguntaron a uno de los bedeles.
-¿David? –preguntó el hombre. –No sé. Lo vi esta mañana irse a clase pero no tengo ni idea de a dónde fue después. Es que ya lo sabe, cuando anda…
-Gracias –dijo Adam retirándose. –En fin, puede que nos cueste un poco encontrarlo –le dijo a Lou. –Ese David… seguro que no ha cambiado nada en estos tres años.
-¿A qué se refiere?
-Pues a que… –Adam no pudo terminar la frase pues alguien pasó andando a toda velocidad delante suyo. –¡Alto ahí! –exclamó cogiendo al chico en un movimiento rápido.
Éste paró en seco junto a su daimonion coyote y miró con cara de enfado al que le acababa de parar, tornándose su cara en una de alegría. Éste era un chico bastante alto (al menos más que Lou), bastante corpulento aunque algo gordo. A pesar de estar sonriendo, sus cejas se arqueaban de tal manera que parecía que aún estaba enfadado, cosa que combinada con una feísima barbucha (esa cosa ni siquiera merecía el nombre de “barba”) no lo hacían parecer de demasiada confianza. Su daimonion era una bonita coyote, que, a pesar de parecer cansada, mantenía la cara de mala leche de su persona.
-¡Tío! –exclamó David. –¡Demonios! ¿¡Hace cuánto que no nos vemos!? –y mirando a Lou. –¿Otro huérfano?
-Más o menos… ¿Qué tal te van los estudios?
-Mal –dijo David y su daimonion como si tal cosa. –¿Hace mucho que has regresado?
-Hace ya dos días pero tengo que marcharme ya mismo a Roma.
-Una lástima que tengas que marcharte tan rápido… Por cierto, ¿cómo te llamas? –preguntó David a Lou.
-Esto… Lou –respondió éste algo cohibido por la situación.
-Pues bienvenido al Colegio Mayor Charles Thames. Me va a tocar vivir con él, ¿verdad?
-Eso tenía pensado. ¿Podrías enseñarle el lugar? Yo tengo que coger un barco dentro de un par de horas y aún tengo cosas que preparar.
-No hay problema. Ve… pero vuelve pronto, ¿de acuerdo? Quiero conocer más batallitas tuyas de… ya sabes qué.
El padre Adam se despidió sonriendo y se marchó rápidamente.
-En fin… querrás ver tu habitación, ¿verdad? –preguntó David con aspecto de tener ganas de arrancar otra vez.
Lou asintió y David se puso en marcha… dejando a Lou más sólo que la una en menos de tres segundos.
-¿¡Pero que manera de andar es esa!? –exclamó Fu Riong viendo el embalamiento del chico.
-¿A qué esperas? –preguntó David desde el final del pasillo. –¿Te ayudo con el equipaje?
-No… no hace falta, ya voy –dijo Lou yendo hacia él a una ínfima parte de su velocidad. “¡Demontre! ¡Tan grandullón y como corre!” pensó sorprendido de la forma de andar, que no correr, de David.
Rato después, Lou llegó a su habitación, en cuyo umbral le estaba esperando David.
-Otro punto –dijo la coyote con alegría cuando Lou llegó.
-Diana, esto no era una carrera –dijo David y dirigiéndose a Lou: –Adelante –dijo abriendo la puerta. –Espero que no te parezca que esté todo demasiado desordenado.
Lou entró en una sencilla habitación, de decoración más sencilla aún, apenas dos camas, dos mesas, un par de armarios y un montón de libros y libretas bajo una de las mesas, bastante bien ordenada pero algo llena de polvo.
-Hace mucho que no tengo compañero de habitación así que si tu cama está algo sucia, lo siento –dijo David dirigiéndose a una de las mesas. –Si necesitas ayuda en cualquier cosa, dímelo.
Dicho esto, David empezó a escribir algo en una libreta, entrando en un mutismo absoluto.
“Curioso chaval” pensó Lou. “Parece que tenga prisa por hacerlo todo.”
-¡David! –exclamó Diana con un tono bastante brutal para su tamaño, sorprendiendo a todos los presentes. –¿No recuerdas lo que dijo el padre? Lou acaba de llegar del norte y no conoce este lugar en absoluto.
-Al menos deja que deshaga el equipaje -murmuró David a toda velocidad.
-¡Vagonetas! –exclamó de similar manera la coyote.
-¡Tú déjale y calla! ¡Ya habrá tiempo para eso!
-¿Qué demonios están diciendo? –susurró Fu Riong extrañada.
-Ni idea… –respondió Lou. “Este David no debe estar demasiado acostumbrado a hablar en público” pensó mientras se dirigía a colocar sus cosas en su armario.
Al día siguiente, Lou fue hacia la facultad con paso tranquilo siendo guiado por un hiper-acelerado David, que tenía que pararse cada pocos pasos para evitar perderle de vista. Era un tipo raro ese chico… A pesar de parecer algo hiperactivo, siempre mantenía cara de sueño y era bastante torpe (aunque a la misma velocidad corregía todos sus errores (a veces más de cuatro veces en un minuto)). Además, su relación con su daimonion era… un tanto peculiar: Desde que había llegado a ese mundo, Lou había visto como las relaciones entre daimonions y personas eran el paradigma de la fraternidad, la amistad y el amor más profundos pero la relación entre David y Diana era más parecida a la de un matrimonio mal avenido: Esos dos se pasaban la vida discutiendo, siempre a toda velocidad y en un tono de voz absolutamente incomprensible. Ellos se entenderían pero lo que era Lou… A la más mínima Diana saltaba con una crítica y David trataba de defenderse lo mejor posible para al final acabar sentenciando todas las discusiones con un “no, si al final tú siempre tienes razón”. En el fondo se notaba que se llevaban bien pero…
-Tranquiliza un poco el paso –se quejó Diana a mitad de camino. –No todo el mundo anda como tú.
-Que haga lo que quiera –dijo Lou algo inseguro ante la autoritaria personalidad de Diana. –Mientras no moleste a nadie, él mismo.
Diana bajó la cabeza como si se avergonzara de haber dicho lo que dijo y siguió su camino tan rápido como pudo.
-Es raro que hayas venido en medio del cuatrimestre –le comentó David a Lou en una de sus pausas. –¿Ha pasado algo en Oasis sin que me haya enterado?
-Bueno… Pues entre el asunto del agujero, un ataque de las bestias del abismo y un montón de catástrofes naturales… En pocas palabras, no era conveniente quedarse por allí.
-Ya veo. Por cierto, la última vez que estuve en Oasis no te vi ¿Cuándo llegaste?
-¿Has estado alguna vez a Oasis?
-Dos veces ya. Es uno de los lugares más preciosos que conozco, si dejamos a un lado las bestias y las guerras de las brujas.
-¿Entonces ya sabes lo de…?
-¿Lo de las brujas? –preguntó en un tono más bajo de lo normal. –Todos los Cashner lo sabemos pero preferimos no decir nada, por eso de la Junta de Oblación y todas esas tontadas heréticas. Son buenas y bellas mujeres pero no me gusta verlas tan ensangrentadas y enfrentadas de esa manera. Ahora a lo que íbamos, ¿cuándo llegaste?
-Un día después de lo del agujero del norte. Iba con unos amigos míos y llegamos allí.
-¿Nada más?
-Me gustaría que no fuera nada más pero prefiero guardarme el resto de la historia. Es que me han pasado tantas cosas en tan poco tiempo…
-Po’ vale –interrumpió David. –Si no quieres contar nada, no lo cuentes. De momento sólo concéntrate en… –David se interrumpió mirando al frente. –Mejor vayamos por aquí –dijo señalando una calle aparte.
-¿Qué pasa? –preguntó Lou viendo lo que veía David: Un grupo de tres chicos de más o menos su misma edad. –¿Quiénes son esos?
-Gente a la que prefiero evitar, nada más –dijo David con la cara algo alterada, reflejando unos nervios incontenidos. –El camino por aquí es un poco más largo. Espero que no te importe.
-No, claro que no.
“¿¡Un poco más largo!?” se dijo Lou sentándose, medio agotado después de una larga caminata. “¿Qué querrá decir ‘poco’ para él? ¿Es que se perdió el capítulo donde se explicaba el concepto de ‘cerca y lejos’ en Barrio Sésamo?”
Lou recordó todos los caminos, callejas, callejones, puentes, soportales, edificios, avenidas y resto de geografía urbana que había tenido que recorrer en menos de un cuarto de hora al paso endiablado de su compañero.
Ahora mismo se encontraba en una de las aulas de la facultad de derecho esperando a que empezara la clase.
-Toma –dijo David pasándole una nota. –Éstos son los horarios de las asignaturas troncales. Ahora mismo toca Doctrina Germánica.
Lou la recogió y, después de ojear la nota con la mala letra de David, sacó el manuscrito del doctor Clark para leer hasta que empezara la clase.
De ese manuscrito ya llevaba leído más de la mitad y de él había aprendido cientos de cosas en las que su parte racional no creía para nada.
“Aunque si el doctor Clark confiaba en estas curas” pensó Lou acordándose de lo que había visto en Oasis, “no veo por qué yo no.”
Media hora más tarde (“¿conque ahora mismo?” pensó Lou), comenzó la clase y Lou tuvo que dejar el libro a un lado.
Tras más de cinco horas de clase seguidas, Lou y David salieron de la facultad, aquél algo confundido por las nuevas materias que estaba dando y éste bostezando medio dormido de aburrimiento dirigiéndose a una librería a buscar algunos libros para Lou. Un buen rato después llegaron a una tienducha en una calleja algo abandonada en medio del lío de callejas del exterior de la ciudad de Oxford. A través de la mugre que cubría el cartel se podía leer “Librería Frances Lorelei”.
-Preciosa tienda –ironizó Lou.
-No te rías de ella –dijeron David y Diana al mismo tiempo.
-Será pequeña, sucia… –dijo Diana.
-…desordenada y algo fea –continuó David –pero es la mejor librería de todo Oxford. Aquí podrás encontrar todo lo que quieras y, si no lo tienen, Frances te lo consigue en un santiamén. Frances compensa la fealdad de la tienda con un muy buen servicio (en ello le va el negocio).
Dicho esto, David entró en la tienda.
-Buenas tardes, señorito David –saludó alegremente la librera, una señora de ya cierta edad. –Ya han llegado las litografías que encargó. También tengo noticias de que Christian Zunath ha editado un nuevo libro de ilustraciones y…
-Vale, vale, gracias y… buenas tardes a usted –interrumpió David. –Venía para comprar algunos libros para el compañero aquí presente –dijo sacando una lista de su carpeta.
Mientras dejaba a David encargar los libros, Lou ojeó un poco el lugar: Sí, era una tienda diminuta, apenas se podían caminar más de dos pasos sin tocar una pared o una estantería pero había que reconocer que material sí que tenía: Había decenas de estanterías repartidas en dos pisos atestadas de libros hasta arriba sobre toda clase de materias.
-Con esto se podría montar una buena biblioteca –comentó Fu Riong.
-Si se dispusiera del espacio para contener tal cantidad de papel –contestó Lou.
-Muy bien –dijo la señora Frances. –Esperad un segundo y ahora mismo os los doy.
-Y bien, ¿qué te parece el lugar? –preguntó David acercándosele. –Por la cara que pones diría que te has llevado una buena impresión.
-Has debido pasear mucho para encontrar este lugar –dijo Lou pensando en el camino que había tenido que recorrer hasta llegar a ese lugar.
-Es lo que me gusta hacer –dijo dándose algunos aires, como si le gustara que le reconocieran ese talento. –En todo caso, no me gustan demasiado los lugares demasiado frecuentados y de moda.
-A él le va lo pasado de moda y lo que no conoce casi nadie –dijo Diana. –Si algún día este lugar se vuelve famoso, ten por seguro que a David no lo verás por aquí.
Lou se dirigió al piso superior y allí se encontró con una serie de estantes en los que se exponían una gran cantidad de litografías.
-Antes la señora Lorelei mencionó algo sobre litografías e ilustraciones –dijo Lou. –¿Es que las coleccionas?
-La ilustración es otra de mis aficiones, justo detrás de la música. La mayor parte de mis compañeros en la facultad piensan que lo que hago es una tontería pero a mí me chifla. Todas me parecen auténticas obras de arte y cada vez que veo una nueva, me tengo que hacer con ella. Por ejemplo mira ésta del maestro Zunath o ésta de Smith ¿No son preciosas?
Lou las ojeó un poco (era una ilustración de una mujer en un parque con un parasol y una de ambiente de fantasía heroica) y pudo reconocer que estaban bien dibujadas pero no podía dar por cierto eso de “auténticas obras de arte”.
-Mal no están –fue lo único que pudo decir Lou algo cohibido ante la personalidad de David. “Para gustos, colores…” pensó.
Esa noche, durante la cena…
-¡Ey! ¡Tú, el chino! –llamó un estudiante.
Lou no se inmutó ante la llamada.
-¡El nuevo! ¡Atiende para acá!
Lou se dio la vuelta con desgana y vio a un joven de pelo oscuro con peinado a lo paje, con buenas ropas y cara que no le inspiraba demasiada confianza a Lou. Su daimonion era un diminuto perro pequinés. Haciendo un poco de memoria, Lou recordó que ése era uno de los chicos de los que había huido David por la mañana.
-¿Sí? –respondió Lou con algo de deje mientras seguía comiendo.
-¿Tú eres el nuevo compañero del “Japo”?
-¿De quién?
-De ese bobo –dijo el chico señalando a David que estaba comiendo en una esquina mientras hablaba-discutía con Diana, separado del resto de estudiantes.
-Sí ¿Qué pasa? –respondió algo molesto por el trato que le daba a David.
-¿Cómo es? –preguntó con interés el chico, sentándose a su lado. –Me gustaría saber cosas sobre él como si tiene alguna novia, alguna costumbre suya…
“Me parece que ya empiezo a entender por qué David prefería no andar con éste” pensó Lou controlándose para no reflejar en su cara su desagrado ante ese chico. –¿Qué cómo es? Pues rápido –y volvió con su comida.
-¿Y nada más? –dijo el otro acercándose más a él, haciendo que Lou se sintiera algo intimidado.
-Sólo hemos pasado un día juntos, no puedo conocerle demasiado en tan poco tiempo. ¿Para qué quieres saberlo?
-Por nada en especial, hasta luego –dijo el chico algo decepcionado mientras se levantaba para marcharse.
-Como diría mi madre, “てぬえは ばかん です” (temee wa bakamon desu) –dijo con una sonrisa en la cara.
-Esto… gracias –dijo el otro dándose la vuelta algo extrañado por la frase, yéndose enseguida para reunirse con un grupillo que comía en una mesa en el centro.
-¿Por qué le has dicho eso? –le susurró extrañada Fu Riong al oído.
-No soy especialmente sociable, pero sé como tratar a la gente de su calaña.
-Pero si lo acabas de conocer.
-Pues llámalo instinto. Tengo una clara impresión de que ese grupo de ahí abusa de David. ¿Te acuerdas de Anerues cuando era pequeño, cuando tanto él como yo no dejábamos de ser el objetivo de todos los abusones? Después de esa experiencia, sé como identificar a un abusón con sólo hablar un poco con él. Ya le preguntaremos a David después sobre lo de ése –dijo Lou terminándose la comida y marchándose del comedor.
La siguiente hora se la pasó Lou sólo en su habitación mientras empezaba a leer los libros que había comprado ese día para no ir demasiado atrasado respecto del resto de la clase. Pasado este tiempo, llegó David.
-¿Podría hacerte un pregunta? –preguntó David cerrando la puerta nada más entrar.
-Si es sobre lo que me preguntó ese chaval, no le dije nada que le diera pie a que abusara de ti, así que tranquilo.
-No es eso ¿A quién le llamaste imbécil? ¿A él o a mí?
Esto pilló algo descolocado a Lou.
-¿Nos estabas escuchando?
-Tengo muy buen oído para escuchar conversaciones referidas a mí, sobre todo cuando alguien dice la palabra “imbécil” en nipón.
-¿Entonces entiendes el nipón?
-Muy poco, de hecho sólo entendí “bakamon desu”, “ser imbécil” ¿A quién te referías?
-No te preocupes, le estaba insultando yo a él: “Temee” quiere decir “tú”, generalmente en tono de enfado.
-Mejor, me caes demasiado bien como para enfadarme contigo –dijo dirigiéndose a su cama. –Hasta mañana.
“¡Je! ¿Enfadarse él?” pensó Lou. “Parece más bien que esto de los abusos le traiga al pairo.”
Esa noche Lou la pasó en vela leyendo los libros, cosa nada anormal en él pues lo había hecho cientos de veces en el internado. A pesar de varias peticiones de su daimonion, Lou no fue a la cama y continuo leyendo mientras escuchaba el ritmo que marcaba el despertador de David, una pequeña carraca más vieja que Matusalén y más ruidosa que unas maracas.
Y pasaron las horas en silencio, hasta que Lou, algo entumecido, se levantó para ir al baño para refrescarse.
-¿Cómo crees que estarán los demás? –preguntó Lou en un susurro a una medio dormida Fu Riong. Aún pasado todo lo que había pasado, Lou no podía dejar de preocuparse por sus compañeros que se quedaron atrás.
-…no puedo saberlo –dijo ella soñolienta intentando acomodarse en el cuello de Lou. –…pregunta mañana…
Lou no dijo nada más dejando que la dragona durmiera tranquila y fue hacia el cuarto de baño para lavarse la cara y limpiarse las legañas. Cuando acabó volvió a su habitación y se encontró a David y a Diana mirando por la ventana.
-…siete, ocho, nueve –contaba David, –once, doce y… trece…
-¿Qué cuentas? –preguntó Lou algo extrañado de ver a ese dormilón despierto a esas horas.
David se dio la vuelta con cara medio sorprendida, medio extrañada dispuesto a decir algo pero callándose de inmediato para pedir consejo a su daimonion.
-Pregunta y calla –ordenó tajantemente la coyote.
-¿Qué pasa?
-Esto… –dijo David inseguro –…pues que… ¡leñe! Es que… es algo bastante inverosímil… Resulta que… Mira, sólo diré una palabra: Anerues.
Lou pegó un salto al escuchar esa palabra de labios de ese chico, despertando a Fu Riong.
-¿¡Dónde has oído ese nombre!? –exclamó Lou acercándose a él a toda prisa.
-Sólo si prometes no reírte… –dijo David más asustado que sorprendido por la reacción de Lou.
-En sueños, ¿a que sí? A que fue en sueños, ¿verdad? –preguntó Lou bastante nervioso pero alborozado.
-¿Entonces…? –preguntó David sorprendidísimo.
-¡Este Anerues! –exclamaron Lou y Fu Riong al mismo tiempo. –¡Lo que sea soñar, que sea para él!
-¿Te ha dicho algo? –preguntó Lou muy contento –¿Te ha dado algún mensaje? ¿Te ha dicho cómo está? ¿A encontrado un camino de vuelta a casa? ¿Qué le ha pasado? ¡Cuenta!
-Pues me dijo que… –contestó David algo nervioso por el aluvión de preguntas que le lanzó Lou –en pocas palabras me dijo que te fueras a dormir… La verdad es que literalmente me dijo que te dijera “¡vete a dormir, imbécil!” mientras te daba un coscorrón, pero creo que eso sobraba… ¿Se puede saber quién era ese muerto en vida, ya que estamos?
-¿Qué quieres decir?
-No sé… Al principio recuerdo que lo vi en medio de la niebla, aquí, en Oxford mientras yo paseaba un poco sin darme demasiada cuenta de lo que estaba pasando. Era un chico bastante moreno, de pelo negro como el tizón, ojos de color verde oscuro, algo más bajo que yo… ¿era giptano?
-Medio gitano, pero no dejes de contar –instó Lou al escuchar que su descripción concordaba con el aspecto de Anerues.
-Al ser la única persona que andaba por ahí, me fijé en él pero cuando lo vi totalmente ensangrentado corrí a socorrerle ¡Dioses! Estaba recorrido de heridas y desgarrones de la cabeza a los pies, como si le hubieran arrancado la piel a tiras o algo peor y sangraba de una manera terrible… ¡Fue lo más asqueroso que he visto en mi vida! Le tapé las heridas como mejor supe hasta que le oí hablar: Lo primero que me dijo es que estaba soñando. Justo en ese momento me di cuenta de que todo lo que veía en ese momento no concordaba con lo que debería estar haciendo. Después me contó cosas como que eras amigo suyo, que estaba en un viaje iniciático al segundo anillo del infierno o algo así y que por ello él tendría que sufrir pero que no te preocuparas por él, que, a pesar del peligro y el dolor, saldría fortalecido. Mencionó otras cosas como el mensaje que te dije y una cosa que me preocupó más, tanto que apenas recuerdo qué es lo que dijo literalmente: Mencionó una guerra y un asesinato… no sé quién iba a morir asesinado ni contra quién era la guerra pero me dijo que tú y yo ya estábamos metidos en ella. Al final me dijo: “Como tanto tú como Lou no creéis demasiado en los sueños, cuando abras los ojos mira por la ventana y tú verás pasar trece estrellas fugaces seguidas para luego ver una enorme estrella de cinco puntas junto con Lou. Ahora, despierta…” y justo en ese instante desperté…
-Y yo también –dijo Diana. –Yo soñé exactamente lo mismo que él y lo vi y escuché todo desde mi punto de vista. Al principio todo lo de ese sueño me pareció una tontería pero cuando David me contó que él también había soñado lo mismo pensé que era una casualidad demasiado grande por lo que ambos miramos por la ventana…
-¡Et voila! ¡Trece estrellas fugaces cruzaron el cielo una tras otra nada más nos asomamos! Esto de casualidad no tiene nada.
-Entonces… –dijo Lou mientras se asomaba a la ventana para ver el cielo estrellado. –Ahora debería aparecer una estrella de… –Lou no pudo hacer otra cosa más que enmudecer cuando vio pasar por el cielo cinco estrellas fugaces, cinco líneas de luz en cinco trayectorias diferentes todas al mismo tiempo, cuyas estelas de luz unidas formaban una estrella de cinco puntas sobre el oscuro cielo de Oxford en toda su magnitud para de inmediato acabar desapareciendo.
-¿Empezamos a creer en los milagros? –preguntó Fu Riong más sorprendida que su persona.
-Qué remedio…
Y heme aquí representado en mi sosia literaria. Mayormente soy igual que el joven Cashner aunque a algunos les cueste creerlo… y aún habiendo pasado más de tres años desde que escribiera este capítulo, sigo sin haber cambiado demasiado.