Un buen día, desapareció.
Sencillamente así: Leo desapareció sin dejar ni rastro.
Nadie supo muy bien por qué se había marchado tan repentinamente. En teoría sólo había salido a dar un paseo, como solía hacer. Cierto que era cerrado, poco dado a relacionarse con los demás y bastante solitario pero, aún así, cuando se trataba de hablar con alguien de sus problemas, ya fuera con sus padres, ya con sus pocos amigos, no se cortaba.
Pero nunca dijo nada acerca de algo tan grave que le hiciera desear escapar.
Al principio se bromeó un poco con ello, diciendo algunos que lo que había hecho fue encontrar novia (¡al fin!) y que se había fugado con ella. Otras voces más pesimistas mencionaron la posibilidad de un secuestro. Y una sola de todas las opiniones dijo que sencillamente que Leo estaba cansado…
Quien opinó así era una persona tan solitaria como él. No se preocupaba demasiado por Leo ni por nadie más. Sólo lo conocía y de él sabía lo justo para saber que lo que había a su alrededor no le gustaba. Le había observado algunas veces, paseando por aquí y allá, sin pararse ni una sola vez. Cuando iba por la ciudad, siempre iba con la mirada clavada en el suelo, sin dejar de escuchar la música que llevaba encima. Cuando se lo encontraba en el monte, vio como su mirada siempre se perdía en el horizonte. Y en el bosque era en el único lugar donde su mirada realmente desaparecía hasta el punto de creer que estaba mirándolo todo al mismo tiempo.
En la ciudad era un fantasma que no llamaba la atención.
En el monte era un vigía que observaba las grandezas del lugar donde vivía.
Y en el bosque era un árbol más, encantado de estar donde estaba.
Lo sabía: Leo siempre suspiraba agotado cuando volvía del bosque. Siempre con esa eterna cara de sueño suya, hacía lo que le decían que hiciera. Terminaba rápida y eficientemente todo lo que hacía y así conseguía el tiempo que necesitaba para evadirse de su vida en el monte y en el bosque. Pequeño gran explorador que trazaba rutas retorcidísimas para hallar algo que nadie conocía.
Lo sabía: Él no se evadía de la realidad, huía desesperado de ella. Y cuando no podía hacer nada para lograr llegar a tan preciados lugares, se encerraba a la espera de conseguir lo que más deseaba.
Lo sabía: Ya se había cansado. Y había iniciado su más largo paseo, el camino que lo llevaría más lejos que nunca, lo más lejos de todos, lo más lejos de los hombres.
Y esa persona, en parte, envidiaba su arrojo: Mientras que Leo trataba de encontrar una tierra de nadie, ella seguía allí, sin moverse de su lugar. Sabía que deseaba hacer lo que Leo pero no era capaz de dar un paso más allá de su disciplina auto-impuesta.
Y ahora que Leo se había marchado, se preguntó qué era lo que realmente observaba una vez llegaba a lo alto del monte, qué era lo que lo entusiasmaba tanto de las copas de los árboles, qué le causaba tanta desazón cada vez que volvía a pisar el asfalto que lo llevaría de vuelta a su casa. Se preguntaba porque él, tan predecible como era, había hecho algo semejante.
Era rebelde por naturaleza. Siempre sugería alternativas a todo, respondía, no se callaba cuando los demás sí y, aunque no era especialmente valiente, hacía “lo que se suponía que se tenía que hacer”. Porque, moralmente hablando, era rematadamente visceral. No comprendía porque todos se aislaban unos de otros de esa manera… lo vio alguna vez tratando de hablar abiertamente con otras personas que se habían cruzado en su camino acerca de cualquier cosa… trataba de iniciar conversaciones con completos desconocidos, como si no le importara lo más mínimo que no supiera nada de ellos.
¿Por qué? ¿Por qué esa obsesión por trabar amistad con quien no conocía de nada? A pesar de tener una buena cantidad de conocidos a los cuales podría hablar con tanta gracia como a todos esos Don Nadie, ¿por qué sólo los que no conocía de nada le atraían así?
Esa persona quiso saberlo. Y comprobó lo que ocurría: Las personas con las que hablaba se turbaban… pero respondían. Señaló cosas como el clima y los demás ofrecían su opinión sobre como quisieran que fuera; habló del aspecto del paisaje y los ancianos le contaron toda clase de cosas acerca de cómo era el lugar antes de que hicieran los túneles; comentó cosas sobre música y artes y más de una vez alguien le cantó desde la estúpida canción de última moda hasta una pequeña nana…
Leo buscaba espontaneidad. No esperar que alguien le recibiera con las defensas alzadas. Porque quienes le conocían, le tenían miedo a su constante cara de ira (o sueño…), a su corpulencia o a su manera alocada de andar, casi pareciendo que atropellaba a la concurrencia con sólo dar un paso. Odiaba que lo prejuzgaran tan sólo porque todos conocían poco o nada de él.
Lo sabía: Los demás pensaban que, al ser tan solitario, debía tener un carácter gruñón. Y nadie quería relacionarse con un simple gruñón. Aunque todo el mundo realmente supiera que no era tan irascible ni gruñón, todos lo trataban como a tal. Por eso lo evitaban. Y por eso, él los evitaba a todos. No quería incomodar a nadie ni quería que los demás incomodaran su extraña manera de ver la vida.
Esa persona comenzó a ver las tierras que se veían desde el monte con mayor asiduidad. Comenzó a ver la grandeza confusa del corazón de un bosque. Y se comenzó a sentir realmente hastiada de volver a su casa a dormir.
Porque esas casas se le hacían notablemente aburridas. Las miraba y comprendía que esos edificios los había visto miles de millones de veces. Y no cambiaban, o así querían hacer que fuese. El bosque se alteraba constantemente, lentamente pero sin ninguna pausa. La ciudad no cambiaba en absoluto. Sólo cuando subía al monte era capaz de apreciar algún cambio a nivel grande pero eran cambios que no le gustaban demasiado: Era capaz de apreciar desde muy lejos la tierra naranja removida para construir Dios sabe qué. Veía que el verde desaparecía de su vista, que los bosques cercanos desaparecían, que apenas había más verde que el de los jardines y parques, un verde mustio que la agotaba.
No era ecologista ni pensaba ser activista. Tampoco le importaba mucho lo que hiciera la gente para ganarse la vida pues así había funcionado siempre. Sin embargo le hinchaba mucho las narices que lo cambiaran todo por algo que iba a permanecer completamente inamovible durante años y años. Y aunque se cambiara de nuevo no sería para hacer que todo volviese a ser lo de antes. ¿Para qué tantas carreteras? ¿Para qué tantos edificios? ¿Por qué crear nuevos puentes? Esa persona era cerrada de mollera aunque supiera para qué servían todas esas construcciones…
Un buen día de sol intenso, mientras observaba el horizonte de su región con el mismo interés que desde el primer día en el que comenzó a hacerlo, observó, entre las brumas de la lejanía, algo que nunca antes había podido ver por culpa del blanco que cubría tan lejano lugar: Una montaña alzada imponente sobre las demás. Estaba alejada, muy alejada, sorprendentemente blanca para ser la época que era y con una falda verde e intocada…
Sus razones tenía y por ello creía que tenía razón al hacer algo así: Se levantó y, sin más, comenzó a caminar a ese lugar que acababa de conocer.
Bajó del monte con calma, entró en las calles exteriores de la ciudad, atravesó sus avenidas y callejas y continuó en línea recta hacia ese lugar que, de repente, tanto la atraía. Saludó a la gente que la saludó. Ayudó a quien necesitaba ayuda. Respondió a todo lo que le preguntaron. Pero siempre sin dejar de caminar.
Su comportamiento no era nada anormal: Sólo caminaba. Caminaba como siempre, sin dirigir ni una sola palabra a nadie salvo cuando así lo necesitaba. Por una vez que tuviera prisa en hacer algo, no pasaba nada por lo que nadie se dio cuenta.
Salió de la ciudad y comenzó a caminar por las zonas más rurales, siguiendo caminos que nunca antes había seguido. Pasó junto a huertas y eras, vio como las vacas no la perdían de vista, soportó estoicamente que los perros le ladraran y con gusto observó cómo los gatos no perdían de vista a tan poco común visita.
Pero hasta la zona agrícola se acabó: Entró de lleno en otro lugar donde jamás había estado: Una pradera. No había camino alguno, sólo hierba. A lo lejos podía ver cómo comenzaba el bosque y algo más allá, contempló como comenzaba la montaña. Su altura la impresionó pero no por ello cejó de seguir su camino.
¿Cuánto tiempo había pasado? La verdad es que no lo había echado en cuenta… tal vez hubieran sido seis o siete horas o quizá incluso mucho más, pues no sólo era de noche, sino que también podía observar como el dorado alba comenzaba a eliminar la argéntea luz de la luna. Sólo había parado una vez para tomarse un poco de agua en una fuente vieja, rota y casi abandonada a merced del musgo… pero no le preocupaba demasiado el tiempo que llevaba fuera: Ya estaba llegando. Sólo haría falta un pequeño esfuerzo más y estaría a los pies de esa montaña.
Atravesó la primera pradera, de hierbas bastante bajas sin demasiado problema, esquivando los eventuales charcos. Más delante, tras cruzar un pequeño riachuelo, se dio cuenta de que las hierbas ya le llegaban por encima de la cintura por lo que su paso se vio decelerado. Llegó a preguntarse si hacía bien yendo por allí puesto que esa tierra no era suya… y se planteó la pregunta, tal vez nada estúpida, de si todas la tierras pertenecían realmente a alguien. Sopesó si estaba haciendo lo correcto o incumpliendo alguna ley de la que jamás había oído hablar, sintiéndose avergonzada cada vez que pensaba que lo que hacía era ilegal… mas, acabó pensando, casi sin dudar, que lo que hacía no era ningún delito: Sólo caminaba.
Tardó sus buenas horas en llegar al bosque, bajo cuyas ramas sintió un frío mucho más intenso del que sentía normalmente en el bosque de su ciudad. El suelo, menos recorrido que el de la ciudad, era resbaloso y nada benigno con una persona tan poco acostumbrada como ella. Sin embargo, aún a pesar de haberse quedado perdida de hierbas y barro, continuó su camino.
Tras un par de horas caminando entre todos esos troncos, perdió de vista el lugar por el que había venido y la luz, tan intensa pocos momentos antes, se difuminó tanto que ya era imposible saber si avanzaba o no al encontrarse en un lugar tan horriblemente confuso. Pero, por alguna razón, no se sentía perdida, es más, estaba tranquila, casi divertida, de andar por allí. Con gesto desenfadado, comenzó a exagerar su paso, por mucho que su pésima actuación la hiciera quedar en ridículo…
Se divertía de estar allí aunque allí no hubiera nada que la hiciera reír (salvo, quizá, algún insecto que le colara bajo la camisa…).Avanzó a través de los árboles, evitó barrancos, bajó cuestas, encontró caminos ascendentes, trepó por árboles para llegar a los lugares a los que no podía llegar… se esforzó en serio.
Y llegó. Cuando vio que las copas de los árboles ya no la cubrían, que a sus pies se encontraba esa nieve tan poco común en la temporada en la que estaba, ante la cuesta final, libre de casi toda vegetación salvo unas pertinaces hierbas, supo que había llegado.
¿Y por qué?
Porque allí, ante la cuesta, había una pequeña cabaña, una cabaña en la que una sola persona, reposaba tranquila mientras observaba a la persona entrante llegar hasta él.
Ésta, sencillamente dio los últimos pasos que lo separaban de la cabaña, esquivó las pocas piedras que la molestaban y no tardó en sentarse, agotada, en el banco en el que el otro estaba.
-Hace un buen día hoy, ¿no, Leo?
Algo que escribí un día después de un largo paseo. Aquí donde vivo, una llanura rodeada de montañas, siempre veo grandes elevaciones de tierra a mi alrededor, colinas y montañas por todas partes que, pro alguna razón, me animan a caminar hacia ellas. Resulta algo extraño que me apetezca andar hacia una pared.
Esa clase de fronteras son deliciosamente bonitas para mí.