Cajón de Sastre - Djuna: Prefacio
Marzo 2, 2008 por jeshuamorbus
Ella se limitó a bostezar…
Los dos bandos se pararon en seco al oír la sonora respiración aburrida de la testigo que les estaba observando.
-¿Se puede saber a qué estáis jugando? –preguntó mientras andaba grácilmente por encima de la alambrada que separaba a los contendientes. Su voz, dulce, fría y fuerte se escuchó perfectamente a cientos de metros pues, nada más bostezar, los disparos cesaron, los soldados se detuvieron, todo se paró en seco… Nadie decía nada, ya fuera por cansancio, ya por temor; y menos aún, nadie se atrevió a apuntar a esa mujer… destilaba un aura tan amenazadora que aún queriendo, nadie le habría disparado…
-Peleando hasta tarde y a ser posible hasta que no quede nadie, ¿verdad? –su tono jocoso no se correspondía con la suavidad de las formas de su cara. –¿Se puede saber qué habéis fumado hoy? –era ácida, corrosiva, tanto que nadie le miraba a la cara… –Tal como vais de locos, supongo que una buena ración de política.
-Es que nos han ordenado… –musitó un joven soldado cercano a su posición.
-¿Luchar? ¿Pelear hasta morir? –interrumpió ella. –¿Y porque te lo han ordenado has de hacerlo? ¿Sólo por eso?
-¡No! –respondió él con firmeza. –¡Si no los matamos, atacarán nuestro país! ¡A ellos no les importaría matarme para conseguirlo.
-¿Y qué se leches se supone que estáis haciendo? –recriminó ella. –¡Les estáis atacando a ellos! ¿¡Es que sois de esos imbéciles que piensan que la paz se alcanza disparando misiles!? ¡No sois más que simples marionetas! ¿¡Si ellos no tienen derecho a haceros nada por qué diantre vais vosotros a por ellos!?
-¡Pero es que… Ellos asesinaron a nuestro presidente!
-¿Y la vida de ese pobre desgraciado vale más que todas las vuestras juntas? –interrumpió suavemente. –Hacedme el favor de confundir la fidelidad con el suicidio…
-¡Se llevan toda nuestra comida y nuestro dinero! –se quejó otro, llevado por el atrevimiento del soldado que se había estado quejando hasta ahora.
-¿Y por eso moriréis? ¿Por eso arriesgáis el futuro de vuestros países? ¿Para esclavizar al otro? Dándoles pelea sólo entraréis en un juego en el que puede que salgáis perdiendo… Vosotros, lo más probable, es que acabéis muertos y vuestra gente, lo mejor, es que acabe esclavizada…
-Entonces… ¡entonces vamos a ganar la guerra! –gritó triunfalmente un soldado del otro lado. –¡La testigo ha predicho que vamos a vencer! ¡Vamos a ganar!
-¿Has dicho “ganar”? –preguntó mirando directamente a los ojos a ese soldado. –¿Ganar qué? ¿Dinero? ¿Influencias? ¿Comida? ¿Esclavos? ¿O sencillamente odios? Y todo ello, ¿en nombre de quién?
Nadie respondió, todos estaban cohibidos.
-Ahora mismo os estáis matando entre vosotros, normal que os odiéis mutuamente –continuó. –A nadie, ni siquiera a mí, le gusta que le apunten a matar… mas, después de esta absurda batalla, ¿seguiréis odiando a sus gentes? ¿Por qué la odiaréis si tan sólo defienden su tierra? Todos queremos nuestra pequeña parcela de territorio para poder desenvolvernos en paz, todo sin excepción. Todos queremos comer, dormir y… hacer otras cosas –añadió con deje cómico. –Pero, ¿cómo conseguir esas cosas? Una manera, es encontrándote esos lugares. Simple y sencillo, ¿verdad? Pero, ¿qué pasa cuando el mundo ya está totalmente explorado? ¿Qué pasa cuando todos los lugares ya son propiedad de alguien? ¡Si queréis vivir una vida “normal” tendréis que pelear por esos lugares! ¡Si deseáis la paz tendréis que pelear! ¿¡Acaso no entendéis el absurdo de lo que estoy diciendo!? ¡Cuando alguno de vosotros esté en esas tierras ganadas a vuestro enemigo sólo habréis logrado que los odios crezcan, que los expulsados de su amada tierra miren atrás con odio, que envidien a los muertos, que cunda el caos porque ninguno de ellos aceptará su exilio! ¡Ganaréis un pedazo de tierra inútil pues en él no cesarán las batallas! ¡No podréis criar a vuestros hijos sin que corran peligro de muerte! ¡No podréis cultivar sin que ellos dejen de pediros que les dejéis vivir! ¿¡En qué estáis pensando!?
Hasta el último soldado bajó la vista, silenciosos todos… El único ruido que destacaba era el de las radios, en el que los oficiales, desconocedores de lo que la testigo les había dicho, ordenaban un informe inmediato de lo que estaba pasando o que siguieran atacando. Sin embargo, ninguno de los soldados iba a responder ahora, ninguno iba seguir cargando contra el enemigo, nadie haría nada…
Porque los testigos siempre tenían razón.
Y así, sin más, todos tiraron sus armas al suelo y se dieron la vuelta para volver a sus casas…
-La has hecho buena, Djuna…
-¿Y a mí qué? –se quejó la testigo. –Dije lo que tenía que decir y ya está.
-No has dicho lo que tenías que decir, ¡has dicho lo que te ha venido en gana! ¡Esa batalla estaba destinada a continuar! Ya no importa qué magistrado te toque en suerte: Ninguno tolerará lo que has hecho.
-¿¡Y a mí qué me importa lo que diga esa panda de carcamales!?
-¡Djuna! –exclamó aterrorizada la otra.
-Sí, testigo Djuna… –confirmó un hombrecillo vestido de negro. –¿Podrías repetir lo que acabas de decir?
-Lo que se ha dicho de corazón no hace falta repetirlo –se quejó Djuna mirando a los ojos al recién llegado. –Tú lo has oído y Nan lo ha oído también. No hace falta que repita nada.
-Muy bien… –respondió él mientras apuntaba algo en una libretita. –Si sabes lo que has dicho, también conocerás las consecuencias de lo que has hecho.
-Yo sólo he insultado a unos cuantos viejos –replicó ella encogiéndose de hombros –pero, ya que estamos, sigamos las reglas.
Djuna sencillamente se dio la vuelta y se alejó en dirección a su siguiente destino…
-¡Pero Djuna! –exclamó Nan asaltándola. –¿No recuerdas cuál es la condena por insultar a los magistrados?
-La conocía antes de decir nada y después de soltar esas cuatro verdades –replicó la rebelde. –Ya me he hartado: Si van a hacer que deje de existir, al menos que me dejen soltarles a la cara lo que quiera antes de que acaben con mi existencia.
Djuna se ajustó la cremallera de su chaqueta y comenzó a andar de vuelta al Templo dejando a Nan sola…
Después de acabar de escribir “Buscando el Paraíso en un Sueño” me dio por ir probando con toda clase de historias que no prosperaron como hubiera querido. Ésta es una de ellas en la que hablo de ese lugar de ensueño (NdD: Nunca mejor dicho) llamado “El templo de la justicia”. Tal vez algún día me dé por continuar la historia esta (ideas no me faltan pero si las ganas…) pero, hasta entonces, seguiré siendo tan indisciplinado con mis historias como siempre.