Parásito - Capítulo 9: Humano
Marzo 3, 2008 por jeshuamorbus
No me asusté, ni siquiera me alteré, sencillamente reafirmé mi abrazo y me acerqué más a ella… la atraje con mis brazos y la dejé sobre mí. Soñolienta y sintiendo su peso, volví a caer en estado de duermevela… Serían las ocho o las nueve de la mañana pero, como era Sábado, no importaba que nos quedáramos durmiendo un par de horas más.
¿Qué era lo que tenía ella que me hacía sentir tan tranquila? No me importaba el no saberlo mientras pudiera seguir con ella rodeada por sus brazos. Sentía las marcas de sus cicatrices sobre mí y, más que darme repelús, su tacto rugoso me agradaba…
Y su olor… no era capaz de quitarme ese aroma de la cabeza. Hiciera lo que hiciera, toda esa sala estaba impregnada de la fragancia de Magnolia. Me mareaba pero me entusiasmaba al mismo tiempo… era un olor ácido con un regusto dulce, no como el limón sino mucho más suave. A cada bocanada de aire sentía cierta frescura en el fondo de mi boca y cuando espiraba, la temperatura volvía a la normalidad afectando a todo mi cuerpo. Me era extraño que también pudiera “saborear” ese olor: Hacía largo rato que me había dado cuenta que había estado babeando abundantemente y cuanto sentía en mi boca era un ligero saborcillo agradable, como de manzana ácida…
Ahora ya no vivía… sólo sentía. Sentía ese olor, el tacto y calor de Amelia, su peso, su respiración y el silencio que nos rodeaba… Mi ira habitual, la que me había estado dominando durante tantísimo tiempo, parecía que nunca había existido en mí y ahora me mostraba como una pequeña criatura tranquila y pacífica…
Lástima que esto no durara para siempre: Tras unos treinta minutos de paz total, noté como Amelia se despertaba y se movía. No me negué a lo que hacía y dejé que se soltara de mí. No sentí ningún acceso ni de atracción ni rechazo y permanecí quieta, con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada mientras ella me miraba, extrañada de mi presencia. Corrió las cortinas y sentí como la luz del día me daba en la cara lo cual hizo que cerrara totalmente los ojos. Sin embargo, al rato escuché como la tranquila respiración de Amelia se entrecortaba.
-¡Sandra, despierta! –exclamó saltando sobre mí.
-¿Qué pasa…? –dije muy atontada aún.
-¡Tu cara! ¡Está…! ¡Espera! ¡No te muevas de aquí! –gritó al tiempo que salía de la habitación con su ropa en la mano.
Me levanté amodorrada y me senté sobre el colchón. Mientras recuperaba un poco el norte, sentí como Amelia salía a toda velocidad de la casa dando un portazo. ¿A qué venía esa prisa?
Sencillamente la ignoré y me encaminé al baño para lavarme la cara y así despejarme del todo. Sin embargo, nada más ver mi cara reflejada en el espejo, supe cuál era la razón del susto de Amelia: Mi cara, ayer blanca, estaba casi totalmente dominada por Oboeteru…
-¿No sientes nada raro? –preguntó Amelia mientras examinaba mi cara y recogía muestras de mi piel.
-Nada… –contesté tan extrañada como ella. –Con semejante cantidad de Oboeteru habría tenido una cantidad inmensa de visiones pero no he sentido nada en toda la noche.
Apoyó su mano sobre la parte afectada de mi cara pero no vi nada con su contacto.
-¿Nada? –preguntó.
-Nada de nada.
-Dame tu mano derecha un momento –le obedecí de inmediato y se la pasé. Una vez la tuvo, cogió un pequeño escalpelo y me hizo un corte en el dedo corazón, lugar donde antes tenía a Oboeteru. –Prueba ahora a ver…
Le obedecí de inmediato y puse mi dedo sobre su frente…
Me vi a mí misma, con el hemisferio derecho de mi cara totalmente rojo, “como quemado” tal como me describió Federico, viéndome desde su punto de vista.
-Funciona… –dije separando mi dedo de su frente. –¿Es que lo de mi cara no es Oboeteru?
-Podría ser… –dijo mientras aislaba las muestras y me pasaba una tirita. –Pero el color es idéntico al de Oboeteru. ¿No sientes dolor ni nada? ¿No hay picores ni tirones en tu piel?
-No, nada… Me siento exactamente igual que siempre.
-Y, a todo esto, ¿qué hacías durmiendo conmigo? –preguntó mientras guardaba las probetas.
-Ayer no podía dormir y se me ocurrió que tal vez pudiera dormir más cómoda contigo…
-¿De veras pensabas que ese maldito sofá-cama es cómodo? –preguntó jocosa ella. –¿Tanto miedo tienes a la oscuridad? ¿O es que has tenido otra pesadilla?
-No, nada de eso… la verdad es que… –me sonrojé (más aún) –algo me atrajo a tu lado… No sabría explicarlo fácilmente… es sólo que… quería estar a tu lado…
Amelia pareció extrañarse y se sentó a mi lado, cerca de mí. Al rato volví a notar el olor de Magnolia…
-¿Hueles algo? –preguntó ella.
-Sí… –pregunté embobada y con la mirada ligeramente perdida al tiempo que me dejaba caer sobre su hombro. –Huelo a Magnolia…
-Entonces ya sé lo que te pasa… –dijo al tiempo que dejaba mi cabeza sobre su regazo. –Eres capaz de oler a Magnolia… No todos los seres humanos pueden hacerlo, de hecho, sólo una cuarta parte de la población tiene esa capacidad. Dentro de esa proporción hay más divisiones: Un tercio de los capaces reacciona normalmente (este olor es un olor más), otro negativamente (les apesta) y el último tercio reacciona de manera extraordinariamente positiva, igual que tú. Es una casualidad que tengas esta capacidad…
-…suerte o no… a mí me encanta… –me encogí y cerré los ojos mientras sentía como el sueño me dominaba de nuevo. –…me extraña que no lo hubiera olido nunca antes…
-Magnolia no siempre emite olor –aclaró Amelia que me acariciaba el pelo suavemente. –Mi estado de ánimo le afecta mucho y casi siempre está en tensión.
-Sólo cuando estás tranquila… ¿verdad?
-Sólo entonces… de veras me encantaría saber qué es lo que hueles. Yo no soy capaz de olerla…
-…pues es algo maravilloso… –dije cada vez más obnubilada, sin casi fuerzas ni para abrir los ojos de tan relajada que estaba. –Mi mente se queda en blanco, asciendo a cada respiración y vuelvo de golpe a la tierra con cada espiración… dejo de ser yo para ser lo que hay a mi alrededor… dejo de “ser”… pierdo mis fuerzas, me relajo, una poderosa modorra me domina y luego… luego… –no me atrevía a seguir describiendo lo que sentía cada vez que sentía ese aroma… por alguna extraña razón me daba una vergüenza horrible describir el paso final, esa parte en la que todo mi ser se estremecía, perdía toda la sensibilidad ya fuera del sonido, ya de la luz, ya del calor y el tacto, ya del mismo aroma y todo el aire de mis pulmones y algo… algo, una ola, un calambre, una poderosa onda, algo… recorría todo mi cuerpo dejándome totalmente aturdida durante unos segundos que se me antojaban deliciosamente eternos y placenteros… para después volver a la realidad… Pasaba de la más poderosa luz a las más profundas tinieblas en cuestión de segundos, marchaba del Infierno y volvía al Paraíso sin darme cuenta… ese gran contraste era sencillamente maravilloso…
Y sentir que durante esos lapsos de tiempo todo mi ser dependía de Amelia… eso me liberaba aún más… ella me cuidaba, ella me daba este placer, ella estaba ahí…
No recuerdo cuándo perdí definitivamente la consciencia pero, cuando me di cuenta, hacia largo rato que estaba sola y mi cuerpo rezumaba sudor, saliva, lágrimas… toda clase de fluidos que, impulsados por mi propio descontrol, salieron fuera de mi cuerpo. Mi corazón seguía latiendo con fuerza, mis extremidades seguían retorcidas de manera poco natural, sentía leves convulsiones de placer y hasta mi lengua estaba fuera de mi boca pero ya no sentía tanta necesidad de ese olor que aún flotaba en el aire así que, volviendo a la realidad, recuperé mi posición normal, me levanté y fui a darme la ducha que en ese momento necesitaba.
-¿Te molesta? –me preguntó Amelia nada más colocarme esa extraña máscara de plástico.
-Me pesa un poco pero no es nada –dije mientras la recolocaba para poder ver bien. –¿Esto tapara el Oboeteru de mi cara?
-Esa máscara lleva una carga de gel celular. Tu piel no tardará en cubrir toda la infección, así que no te preocupes.
Me levanté del sillón y me estiré. Por culpa de la fragancia de Magnolia había perdido casi tres horas del día a pesar de que para mí no habían pasado ni cinco minutos. Ya eran más de las doce, el sol lucía en lo alto y mi estómago rugía totalmente vacío.
-Curiosa reacción la que os causa Magnolia… –comentó Amelia tras escuchar ese gutural grito de mi estómago. –Eres la segunda alumna que tengo a la que le pasa lo mismo: De tan concentrada que estás en el olor que lo ignoras todo, desde el dolor hasta el hambre.
-¿No es la primera vez que pasa? –pregunté curiosa.
-No –respondió sonriendo. –Fue hace… cinco años, creo recordar, la primera vez que tuve a un alumno adicto a Magnolia. De tan pegado que tenía a ese chaval, que todo el mundo pensó que tenía un romance con él.
-¡Como para no! –dije al tiempo que le pasaba el brazo detrás del cuello, con familiaridad y cariño. –Daría lo que fuera para que tú también sintieras lo que sentía yo –traté de completar el abrazo pero ella me rechazó suavemente.
-Por cosas como ésta decían eso de nosotros –se quitó mi brazo y, con gesto fuerte, me posó la mano sobre mi regazo. –Trata de controlarte un poco, ¿quieres? Este olor es casi como una droga y la adicción puede ser muy fuerte. Si insistes demasiado en que siga emitiendo ese aroma, me sentiré presionada y dejaré de hacerlo. De todas maneras, recuerda que no te vas a pasar aquí toda la vida.
-Lo sé –respondí algo acongojada por culpa del peso de la verdad. –Siento haber sido tan brusca…
-No te disculpes, sólo contrólate. Después de los ocho meses que tuve a Juan (el alumno) tras de mí, sé que la adicción sólo puede superarse o con fuerza de voluntad o conmigo de mala leche.
-No se preocupe. Sé que hay más cosas en la vida… –en ese momento mi estómago volvió a rugir –…como una buena comida, por ejemplo –añadí jocosa.
De inmediato nos pusimos manos a la obra e hicimos la comida. Las dos nos coordinábamos bien en la cocina y, aunque fuera mi tercer día en esa casa, parecía que llevaba años viviendo allí.
-¿Cómo te van los estudios? –preguntó ella una vez estuvo servida la comida.
-Bastante mejor de lo que pensaría… –contesté orgullosa. –Parece que desde que soy Encargada chupo información como una esponja.
-¿Estás diciendo que Girasol te ayuda?
-Apenas… Él casi no atiende en clase pues eso no va con él aunque me las arreglo muy bien sin él.
-¿Usas a Oboeteru? –preguntó inclinándose sobre mí.
-Ya atraigo bastante malas miradas como para empezar a tener trances místicos en medio de clase –contesté sarcástica. –Prefiero dejarlo para asuntos un poco más importantes que mis estudios..
-Ya veo… ¿Sientes rechazo en clase?
-Sí –contesté secamente. –Hay quien dice que tengo cara de demonio y me han puesto el mote de “Carrie”…
-¿Carrie? ¿La ira?
-¿Sabe de quién es ese nombre?
-Es de una película, creo recordar, de una chica con poderes psíquicos rechazada por sus compañeros que, tras una broma de muy mal gusto, empieza a matarlos a todos en un ataque de ira. Nunca la he visto pero creo que ése era el argumento…
-Me tienen miedo –dije con tono irónico. –Tendré que aguantar unos meses escuchando un montón de cuchicheos detrás de mí pues nadie se va a atrever a decirme nada a la cara… En fin, al menos esto se acabará en un par de meses: Le pediré a mis padres que me dejen ir a estudiar a la ciudad y tan pancha, como si nunca hubiera ocurrido.
-Es bueno que te lo tomes con tanto espíritu pero no creo que te guarden rencor durante demasiado tiempo.
-Lo que tú digas –dije para después dar buena cuenta de las viandas que tenía ante mí.
Después de comer, pude quitarme la máscara y pude ver como el estigma rojo había desaparecido.
-Ahora sólo nos falta por saber qué es lo que ha provocado un crecimiento tan rápido –dijo ella tirando los restos de la máscara. Seguidamente miró su reloj. –En fin… tengo que dejarte sola en casa: Tengo que ir a comprar un par de cosillas al pueblo así que tardaré un rato en volver. Durante ese tiempo hazme el favor de no salir del colegio, ¿entendido?
-No te preocupes: Por allá por el pueblo no creo que me queden muchas amistades…
Así pues, Amelia se vistió y al rato se marchó en su coche, al tiempo que entraba un visitante por la verja.
-¡Muy buenas por aquí! –saludó Federico entrando en el patio con sus patines y una pelota de baloncesto en la mano. –Pensaba que te estarías aburriendo de estar tanto tiempo con la profe, así que aquí estoy para hacerte una visitilla. –Se me acercó rápidamente y me lanzó la pelota cuando estuvo a mi altura. –¿Qué, un partidito?
-Muy amable de tu parte pero ahora me encuentro un poco cansada –o mareada por los efluvios de Magnolia, que era mi caso. Toda mi ropa seguía oliendo intensamente a Magnolia pero Federico no parecía apercibirse de eso (lo cual reafirmaba lo que dijo la profesora de que no todos podían olerlo). –¿A qué viene esta visita tan repentina?
-Me aburría en casa y decidí venir aquí a hacerte compañía, nada más. –La expresión de Federico era como un libro abierto para mí: Estaba mintiendo. De todas maneras, su manera de actuar no era forzada por lo que sí que había hecho el esfuerzo de subir hasta aquí para jugar conmigo. –¿Qué? ¿Se vive bien por aquí?
-Mejor de lo que puedas imaginarte –dije mientras caminaba botando la pelota. –Amelia no tiene tele pero tiene una buena biblioteca. No me aburro.
-¿Y lo de Oboeteru?
-Incontrolado –traté de hacer que la pelota girara en mi dedo pero, por culpa de mis mareos, se me cayó muchas veces antes de que Federico la cogiera e hiciera bien el movimiento. –Esta noche ha vuelto a surgir un brote. Por lo demás, estoy perfectamente. En fin, ahora tú: ¿Por qué estás aquí? No me digas que sólo has venido por mí: Eres demasiado expresivo para mentir bien.
-¿Tanto se me ve el plumero? –preguntó avergonzado.
-Ya te digo…
-Entonces te lo diré: En el pueblo se ha corrido la voz de lo que hiciste con aquellos trípodos gigantes y los chavales han exagerado lo que han visto hasta cotas grotescas. Por ello ahora todos los padres del pueblo prohíben a sus hijos que se te dirija la palabra.
-¿Y a ti?
-A mí también pero sé que esas cabezas cuadradas que son mis padres no te conocen de nada. Cuando escuché que te llamaban “maldita asesina despiadada” o “monstruo demoníaco”, me entró coraje y vine a visitarte. No me importa lo que me pase: Aquí estoy por que sé por qué has hecho todo lo que has hecho.
-Gracias… –algo más animada, cogí la pelota y traté de lanzarla a la canasta pero mi tiro salió patéticamente desviado. –Pero jugar contra ti no creo que sea algo que me anime demasiado… –comenté al ver la diferencia entre mi nivel y el suyo.
-Cazadora de primera pero deportista de tercera –rió Federico. –No podemos tenerlo todo, ¿eh?
Así pues, comenzamos a jugar un par de partidas de baloncesto pero, a pesar de que él tenía el impedimento de llevar patines, me superaba en todo. Girasol me comentó varias veces lo petate que era, Federico trató de animarme dejándome ganar (veladamente, eso sí) y yo me divertí… hasta que escuchamos algo…
-¿Qué es eso? –pregunté al escuchar un fuerte zumbido venir de detrás del colegio, al lado de la puerta de la cocina del comedor.
-A estas horas sólo estamos nosotros dos en el colegio, ¿no? –preguntó él mientras descansaba del ejercicio realizado. –No sé… Algún alien perdido que se ha colado por aquí. Sencillamente ignóralo.
-Si es un alien debería ir a ver qué es… de todas maneras, con la paliza que me estás dando hasta prefiero trabajar un poco…
-Si quiere derrotas, Federico Botas –ironizó él mientras hacía unos malabarismos con la pelota.
Me alejé de él con paso rápido y me acerqué al lugar del origen del sonido. Alcé mi brazo e invoqué una opción a la cual envié a comprobar el terreno antes de girar la esquina. Desgraciadamente, el ángulo de visión no era muy bueno por lo que, fuera lo que fuera que estuviera ahí, no se dejaba ver pues estaba detrás de uno de los grandes contenedores de basura de la cocina. Seguí avanzando y levanté la opción cuanto pude para tener una imagen aérea del lugar. Con este movimiento logré vislumbrar algo tras el contenedor del papel: Una especie de figura llena de bultos blancos sobre una piel negra. No era capaz de verla bien pero su tamaño sería ligeramente superior al mío. No veía la fuente de ese zumbido pero sabía que era de esa cosa de donde venía.
Decidí dar un rodeo para identificar a esa criatura desde un lugar más seguro por lo que corrí hasta rodear el aula de manualidades y poder ver a la criatura desde el lado opuesto. Cuando llegué, allí seguía pero su aspecto me pareció mucho más sobrecogedor: Visto desde este ángulo, pude ver como el zumbido venía de los cientos de alas de las criaturas que poblaban esa especie de “colmena” negra. Pero lo que más me inquietaba era el aspecto de esos bichitos esféricos: Todos tenían forma de ojo, con pupila e iris incluidos… Desde mi posición vi lo que hacían: Como un enorme grupo de pirañas voladoras, estaban dando buena cuenta del papel y de los restos de comida que había por esos contenedores con las enormes bocas que se disimulaban con el color irisado de su parte delantera. Fueran lo que fueran esas cosas, tenían todo el aspecto de ser muy voraces.
-Vaya… un Rainax –comentó Federico a mi espalda por sorpresa dándome un susto de muerte.
-¿¡Qué haces aquí!? –exclamé por lo bajo. –¡Lárgate del colegio antes de que te vea!
-Es un poco tarde para eso… –Federico señaló lo que había detrás de él: Un grupo de una docena de ojillos volaban justo detrás de él. –Mejor sal por patas y métete en casa antes de que nos pille el grupo principal: Éstos son demasiado para nosotros –dicho lo cual, se impulsó con sus patines y tras esquivar a esa avanzadilla, se escabulló en dirección al gimnasio a toda velocidad.
No comprendí porque se dirigió hacia ese edificio cuando la salida estaba en la otra dirección hasta que me di cuenta de que el zumbido ya me estaba rodeando por todas partes…
-¿¡A qué estás esperando!? –se escuchó a lo lejos. –¡Huye!
No me entretuve y salí corriendo al tiempo que embestía con mi pelo transformado en las patas de Girasol, con las que sacudía bofetones que alejaban a esas criaturas. No tardé en darme cuenta de que el contorno del edificio principal ya estaba dominado por cientos de exploradores por lo que me di prisa en alejarme de esa mole para encontrar un camino mejor desde campo abierto. Sin embargo el panorama que me encontré fue mucho más dantesco de lo que hubiera querido… El cuerpo principal, la colmena de Rainax, parecía haberse dado cuenta de mi presencia y había salido flotando de entre los cubos de basura para atacarme directamente con todas sus fuerzas.
No me amedrenté y formé una capa más larga a partir de mi pelo, rematando la tela con unos cuantos taladrillos que me sirvieran tanto como arma como anclaje. Protegí mi espalda y me cubrí un poco la cara para después preparar un par de capas más para el ataque.
Hice bien protegiéndome: El enjambre no tardó en organizarse y, al tiempo que me atacaba de frente, un grupo bastante grande me rodeó para pillarme por detrás. Así puestos, me lancé hacia el grupo que me atacaba de frente y ataqué cuanto pude con mis armas. Esas criaturillas no aguantaban ni dos golpes y a cada giro que daba con mi pelo caían varios insectos. Sin embargo no conté con la cantidad que quedaba dentro de la colmena: Tras acabar con varias decenas de esos ojos, el cuerpo principal pareció comenzar a bullir y de dentro suyo salió una enorme nube de criaturas. Semejante cantidad de bichos habría pillado desprevenido a cualquiera así que en un reflejo, me di la vuelta y ataqué a los que tenía detrás de mí para huir hacia un lugar más seguro. Desgraciadamente la huida no duró: Acabé con unos pocos que no lograron esquivarme y al rato tuve que cubrirme totalmente pues Rainax me pilló por la espalda.
Encerré mi cuerpo en un gran capullo y creí sentirme a salvo. Craso error: Todos esos ojos se comenzaron a acumular encima mío y al rato comencé a sentir sus mordeduras contra mi pelo.
-¡Tenemos que marchar de aquí! –me gritó Girasol. –¡Como sigan así no duraremos mucho!
No hacía falta que dijera nada: Las voraces mordiscos de Rainax estaban comenzando a causar agujeros en mis defensas y no tardaron en lograr introducirse dentro del capullo.
-¡Cúbrete la cabeza! –escuché gritar a Federico desde fuera.
Pensé en responderle, en decirle que huyera ahora que podía pero preferí hacerle caso. Incliné mi cabeza y la oculté entre mis rodillas al tiempo que trataba de matar a los pocos invasores que se había logrado introducir dentro. El golpe que recibí por la espalda me pilló desprevenida pero, lejos de quejarme del dolor, me sentí aliviada al notar que el peso que me mantenía paralizada desaparecía de repente.
Levanté mis defensas y las preparé de nuevo para ayudar a Federico, al que escuchaba alejarse con sus patines. Cuando lo vi me puse de nuevo en movimiento y lo llamé con un silbido para que atrajera a la bandada que le seguía hacia mí.
Federico me ignoró y, en lugar de buscar protección en mí, siguió esquivando audazmente a esos malditos ojos con bruscos movimientos y cambios de dirección confusos que esas torpes criaturas no podían asimilar bien, al tiempo que lanzaba algún que otro golpe con la pala que llevaba en la mano. Antes de que pudiera decirle que huyera ni nada, el chico se lanzó directamente contra la colmena de Rainax y clavó su arma en su estructura para luego salir corriendo en mi dirección.
-¡Ya no puedo hacer más! –me dijo mientras corría hacia mí. –¡Si les destruyes la colmena morirán de frío al llegar la noche! –dicho esto, volvió a cambiar de dirección y alejó al grupo que ya le estaba dando caza.
No me distraje ni un segundo más y me lancé en dirección hacia la colmena que, medio rota, con una gran grieta en su estructura, se alejaba lentamente llevada por una población mucho menor de insectos. Concentré toda mi energía en mis piernas y salí impulsada a toda velocidad hacia la criatura la cual lanzó sus últimos recursos contra mí. Di buena cuenta de los pocos enemigos que me lanzó e, inmediatamente después, di un golpe con todas mis fuerzas contra la pala que permanecía clavada en la colmena.
El ataque fue un éxito: La colmena acabó partida en dos grandes pedazos y cayó destrozándose con la caída. Sin embargo…
-¿¡Qué haces embobada!? –me gritó Federico mientras yo veía como surgían muchos más ojos de lo que quedaba de la colmena de los que había fuera. –¡Debemos ocultarnos! –No me hice de rogar y, mientras los insectillos esos trataban de alzar el vuelo, corrí hacia la casa, en cuya puerta me estaba esperando Federico. –¡Cierra las ventanas! –ordenó nada más llegué. –Debemos aguantar hasta que se vaya la luz.
Más expeditiva que en toda esa tarde, obedecí sin rechistar y al poco, ya estábamos aislados de esa maldita colmena…
Federico, que aún respiraba fuertemente por culpa de todo lo que había tenido que correr, se ocupó de mis heridas sin dirigirme la palabra. Por suerte, su rápida intervención me había librado de heridas mucho peores que las que tenía en brazos, piernas y cuello. Sin embargo…
-Lo que acabas de hacer ha sido una estupidez –le recriminé.
-Lo que sí fue estúpido fue que no fueras a ocultarte directamente y que fueras a ponerte en campo abierto, justo donde todos los exploradores estaban vigilando –me acusó él. –Yo esperaba que fueras directamente aquí pero cuando te vi cubierta por Rainax tuve que inventarme algo.
-…bueno… –era cierto que llevaba razón: Sólo a una estúpida como yo se le ocurriría quedarse parada en medio de esa marabunta. –¡Duele! –me quejé al notar como me escocía una herida. –¿Estás tú bien?
-No muy mal –dijo señalándose un mordisco en su cara. –Ya ves tú, una cicatriz que enseñar a los nietos (cuando toque).
Sonreí agradada: Ni la más feroz batalla era capaz de alterar el buen humor de ese chaval. Pero a mí aún me quedaban muchas preguntas por hacer:
-¿Ya conocías a esa cosa?
-De haber leído sobre ella en la enciclopedia –dijo seriamente. –Ya te lo dije ayer: Los humanos podemos cazar aliens sin ayuda aunque para ello necesitemos de dos cosas: Conocer al enemigo anticipadamente y pensar en un montón de estrategias para derrotarlos. Puesto que ahora no tengo Girasol, tengo que arreglármelas con mis propios medios, esto es, usar artefactos, armas, mi conocimiento y mi inteligencia. Eso puede ser lo más útil para derrotar a cuanto alien se me cruce por delante, no un ser que lo más que dice es que dependamos de él.
Estos cambios de humor repentinos que tenía últimamente Federico me estaban empezando a mosquear… ahora ya no sabía si seguía contento o si estaba enfadado…
-¿Eso te decía tu Girasol?
-Más veces de las que quisiera… –comentó él apesadumbrado. –No sé lo que te diría el tuyo pero el mío cuanto me decía todas las noches antes de irme a dormir era “aprende de tu hermano”, “él sabe que soy necesario”, “debiste haberle atrapado conmigo”, “para algo estoy”… y la verdad… no soy de los que piensan ser unos críos protegidos toda la vida –dejó que me curara mis heridas más superficiales mientras él se ponía algo más cómodo en el sofá de la sala de estar. –No digo que debamos ser todos unos héroes, lanzarnos sin dudar ante los peligros que nos amenazan, no… sé perfectamente que hay mucha gente en este colegio que preferiría huir antes que enfrentarse a un alien y, de veras, les comprendo. Pero no siempre vamos a poder estar siendo protegidos por alguien… a más protección menos cosas podemos hacer…
-A más protección, menos libertad –dije yo parafraseando un libro que había leído la tarde anterior.
-Exacto. No digo que rechazara la protección de Girasol… es que odiaba que se metiera tanto en mi vida en su afán por protegerme…
-A mí me pasó al revés: Me gustaba que Girasol se metiera en mi vida porque me gustaba sentir que estaba conmigo en todo momento… siempre me escucha y comprende cuanto digo… tal vez sea cosa de que no tengo hermanos y que me siento un tanto sola en casa cuando mis padres no están.
Federico sencillamente suspiró para al rato saltar de su asiento.
-¿¡Y Amelia!? –preguntó sobresaltado. –¡Cuando vuelva se va a encontrar con una buena en el patio!
-Ya me encargo yo –me levanté y me dirigí a la habitación, donde estaba el teléfono de la casa. Apuntado sobre el auricular estaba el número del móvil de Amelia para emergencias así que marqué.
-¿Sí? –escuché al otro lado de la línea. –¿Eres tú, Sandra? Ahora vuelvo. Ya casi estoy delante del colegio.
-Sí, soy yo… pero es mejor que no te acerques: El patio esta lleno de unos aliens rarísimos y muy peligrosos.
-¿Aliens? –escuché un frenazo potente y como ella abría la puerta para salir. –¿Qué aliens?
-Federico dice que se llaman “Rainax” o algo así…
-¡Madre! –exclamó espantada. –¿Te ha hecho algo? ¿Estáis heridos? ¿Ha causado algún destrozo…?
-No, no… destrozamos la colmena… –dije interrumpiendo su bombardeo de preguntas.
-¿”Destrozamos”? –la profesora pareció querer gritar algo pero al instante se retractó. –En fin… esto es mejor que nada… Ya hablaremos cuando vuelva. Espérame para abrir la puerta cuando llegue.
Colgó y yo obedecí: Fui hacia la puerta y escuché atentamente tras de ella, a la espera de escuchar el ruido del motor. Tras un par de minutos de inquietantes zumbidos, escuché el coche y giré el pomo para abrir nada más me lo indicara ella. Escuché como se apagaba el motor, como se abría la puerta, el portazo y un grito de angustia al tiempo que los molestos zumbidos se intensificaban. Abrí la puerta justo a tiempo y Amelia pudo entrar con la cara cubierta con los pétalos de Magnolia.
-¿Estás bien? –pregunté preocupada.
-Las he pasado peores… –comentó mientras se quitaba la chaqueta. –¡Madre mía! ¿¡Cómo se os ocurre destruirles la colmena!? –exclamó al tiempo que me agarraba de los brazos.
-Eso fue idea mía –saltó Federico apareciendo en el pasillo. –Sandra no tenía ni idea de cómo huir del enjambre así que tuve que ir a ayudarla. No tuvimos más remedio que hacerlo si para mañana queríamos salir de aquí.
-No trates de dar excusas: Los Rainax son de los peores aliens que existen. Los tres rubritrípodos del otro día no son más que carne picada delante de un Rainax… de todas maneras, es sorprendente que hayáis sabido manejaros con él.
-Tenemos una buena maestra –respondió él modestamente.
-Tan humano como siempre… –dijo ella dándole un golpecillo en la coronilla al tiempo que entraba en la sala de estar. –Tendrás que avisar a tus padres: Hoy no vas a poder salir de aquí.
-Entonces, con permiso –cerró la puerta de la habitación y al poco se le escuchó descolgar el teléfono tras lo cual se escuchó hablar a Federico.
-Buen trabajo –me felicitó ella.
-No he sido yo… –dije avergonzada. –Casi todo lo hizo él… Fíjate, yo con Girasol, Oboeteru, mi fuerza, velocidad y estos taladros y al final no me han servido para nada contra Rainax…
“Hasta yo tengo mis límites…” me comentó Girasol al oído.
-¿De verdad? –preguntó sorprendida. –¿Todo lo ha hecho él?
-Yo sólo di el último golpe pero el que distrajo a esos ojos, el que clavó una pala en su colmena y me espantó a los que me estaban atacando fue él. Y no habría tenido que hacerlo de no haber sido por un estúpido error mío…
-No te machaques: Lo quieras o no, sigues siendo una niña de doce años. Nadie espera que domines estrategia de combate a esta edad –y, una vez dijo esto, yo volví a sentir su embriagadora fragancia…
Me desperté en la cama del sueño que me había provocado ese olor cuando el sol ya comenzaba a ocultarse. Con la cabeza algo embotada, me levanté y fui al baño para refrescarme. Tras remojarme un poco pude volver a notar el zumbido que dominaba el exterior. La amenaza de Rainax seguía ahí…
-Menuda manera de dormir la tuya –comentó Federico al tiempo que me sentaba en el sofá. –¿De veras tienes problemas de sueño?
-Sería algo complicado de explicar lo que me acaba de pasar –respondí mucho más fresca ahora. –Sólo puedo decirte que me ha tocado una lotería muy especial… ¿Qué tal lo pasas por aquí?
-Si no fuera por ese incordio de ahí fuera este sería un lugar muy agradable para vivir –dijo apartando el libro que había estado leyendo. –Y por mí, me quedaría aquí toda la vida…
-¿A qué viene eso?
-Por haber venido a jugar con cierta asesina despiadada mis padres me han castigado –contestó con la cara cambiada.
-…lo siento…
-Que no te disculpes –se quejó él. –He sido yo quien ha venido. Si te disculpas estarás dándoles la razón.
-Primero Lua y ahora tú… –comenté sorprendida. –Habláis casi como adultos.
-No puedo seguir siendo un niño si tengo que pelear con ésos de ahí fuera… ser mayor es un asco, ¿verdad? –preguntó con gesto ambiguo. –A ti te llaman Carrie en clase pero al menos te hacen caso… hace un par de meses tenía mogollón de amigos en todos los cursos para, de repente, encontrarme con que todos habían ido abandonándome uno a uno… Incluso ahora que no tengo alien que los espante, nadie se atreve a acercarse a mí… Todos me ignoran, nadie juega conmigo, me evitan… Se supone que los protegemos, ¿por qué nadie quiere tener nada que ver con nosotros?
-“¿Qué beneficio hay en que un hombre gane un mundo pero pierda su propia alma?”… Creo que lo dijo San Mateo… –dije recordando lo que había leído en la Biblia pocos días atrás. –Cuanto más poderosos seamos, más nos temerán pues somos un peligro en potencia. Nunca se sabrá cuando será el día en el que nos rebelemos finalmente y, por ello, nos tienen miedo.
-Es decir, ser poderoso es ser libre pero ser libre es algo que no todo el mundo no acepta muy bien…
-Muy correcto –afirmó Amelia desde el umbral. –Pero el miedo que los demás tengan de tu libertad es algo que se puede compensar con el conocimiento: Si ellos saben qué es lo que el hombre fuerte y libre hace, ese hombre pasará a convertirse en un héroe y… ¿os parece bien que dejemos de hablar de filosofías raras? Me resulta un tanto extraño hablar de esto con niños de doce años… –comentó sarcásticamente, tras lo cual nos indicó que fuéramos a cenar.
“What is a man!?
A miserable pile of secrets!”
Drácula, Castlevania, Symphony of the Night
Todos tenemos en nuestro ser un lado apartado del resto, un rincon donde nos gusta dejar libres nuestras ideas y pensamientos mas profundos… en este blog en general, se es capaz de ver un espiritu de libertad enorme, ideal para evadirse y para darse algo mas en lo que pensar. Una versión de Alien 9 bien conseguida.
Hablando en serio, es bueno.