Cuatro Colinas - Escalofrío
Marzo 5, 2008 por jeshuamorbus
No era cierto que esa casa estuviera habitada por un monstruo. Eso era algo que las gentes del pueblo se habían inventado.
Desgraciadamente para ellos, quien la habitaba no era alguien especialmente paciente con los impertinentes. Y cuando ese hombre, cansado de pasar tembloroso ante las puertas de tan tenebroso lugar, entró a hablar con esa lúgubre mujer de ojos verdes que se pasaba la vida asomada a la única ventana abierta de la casita para que dejara de observar tan fijamente a todo aquel que pasara ante ella, acabó muerto.
Pero comencemos la historia desde el principio:
Años atrás, alguien había comprado esa finca al señor del feudo Nemo. Nadie supo muy bien quién era ni por qué había comprado tan sucias tierras a tan alto precio… daba igual: El señor estaba satisfecho de librarse de ese pedazo de tierra estéril, su comprador (o compradora… no lo sabía porque quien compró siempre se presentó embozado de pies a cabeza) satisfecho de encontrar un lugar tranquilo donde vivir y los vecinos contentos de tener un nuevo vecino que, por lo visto, tendría algún boyante negocio que traería prosperidad al pueblo.
Algo de prosperidad sí que trajo, eso es cierto… pero sólo durante el tiempo que contrató a unos cuantos jornaleros para que le limpiaran la finca. Después de eso, se reveló que su propietario era una mujer… y que no era precisamente una persona sociable.
De rasgos duros y angulosos, cabellos negros como el tizón y una corpulencia poco común en una mujer, no llamaba a que nadie se le acercara. En un par de días, con sus correspondientes noches y mostrando fuerza y resistencia sin igual, la mujer se construyó una linda cabaña.
Y entonces, se asomó a su única ventana. Y ya está: Eso fue lo único que hizo durante más de medio año… al principio muchos pensaron que tan sólo era una persona muy excéntrica pero, a medida que pasaban los días, su presencia se fue haciendo cada vez más y más presente en la mente de todos los habitantes de Nemo. Nadie lo decía pero eran muy pocos los que podían soportar pasar por delante de la cuesta que llevaba a esa casa, cuesta desde cuya base se podía ver los dos ojos verdes fijos en el camino que bordeaba su verja…
Inquietante, misteriosa, lúgubre… terrorífica para todos los niños, acongojante para las mujeres, sencillamente perturbadora para los duros hombres del campo… Si bien al principio muchos eran capaces de pasar aún por allí, no pasaron demasiados días antes de que nadie soportara la idea tener que pasar por allí. Esa mirada que tenía la mujer era tan horriblemente escalofriante que parecía que atravesaba a cuantos se cruzaban con ella.
Sin embargo, ese joven que se dirigió directamente a esa casa iba a poner las cosas claras a esa horrible mujer. Estaba harto de recordar esos dos puntos de color verde intenso que no dejaban de perseguirle ni en sueños, harto de sentirse culpable cada vez que sentía esa fija mirada, hastiadísimo de verse obligado a volver a su casa por esa maldita senda… saltó la verja, ascendió la cuesta tratando de ignorar que, por primera vez en muchísimo tiempo, esa mujer había dejado de mirar el camino para mirarle a él; llegó a la puerta y la golpeó con fuerza para llamar la atención de esa indeseable.
Sí, no se encontraba en ningún buen estado: Aunque la carrera había sido corta, se sentía agotado… era como si esa cuesta en lugar de medir treinta rodas fuese de más de quince killas. Le faltaba el aire y su corazón le latía con tanta fuerza que casi le dolía en el pecho.
Pero su exigencia fue atendida: Dentro de la casa sonaron pasos pesados. Primero en el piso superior, luego bajando unas escaleras, presumiblemente de mano; y al final, en el suelo que se encontraba ante sí. La otra retiró el pestillo y giró el pomo de la puerta para que el visitante pudiera ver más allá de ese umbral. Y cuando vio a la mujer, se quedó sin palabras…
No era porque hubiera cambiado, ni porque mostrara una expresión desafiante o terrorífica… seguía siendo ella, la de los ojos verdes. Era que su mirada seguía siendo tan penetrante como siempre.
Permanecieron mirándose a los ojos durante casi un minuto hasta que el joven no lo aguantó más y, sin mediar palabra, golpeó la puerta y entró a acabar de una vez con quien tanto le aterrorizaba. Pero fue algo vano: Cuando se dio cuenta, la mujer lo había derribado y había cerrado la puerta tras de sí.
“Eres un fuerte hombre, de decisiones claras y varonil comportamiento… pero hoy serás mujer…”
Eso dijo la mujer, quizá con sorna, quizá con odio… aunque, al que estaba siendo atacado casi le pareció que se lo dijo ¿con aprecio?
En el suelo de esa cabaña, lejos de las miradas de un pueblo aterrorizado por una mirada, su habitante hizo algo con su asaltante, algo que destilaba tanto amor como terrible dominancia; al tiempo que él, extrañamente tranquilo, era capaz de apreciar la verdadera y bella figura de esa mujer en medio de la oscuridad que reinaba en el piso inferior…
No sufrió el menor daño. No sufrió ninguna clase de dolor. Ni siquiera tuvo miedo… cuando la mujer acabó, sintió un beso en su frente, otro en su mejilla derecha, uno más en su cuello y uno final en su boca. El primero vino con afecto maternal, el segundo con la simpatía de una amiga, el tercero fue lascivo y el cuarto… el cuarto le hizo olvidar por un instante donde estaba, instante que la otra aprovechó para desaparecer por completo del lugar.
El hombre se levantó y abrió la puerta para salir. Y cuando vio sus manos a la luz del sol, supo que su antiguo yo había muerto dentro de esa cabaña…
Una vez me pregunté cómo nacían las leyendas y la respuesta que obtuve de mi obtusa mente fue que no sería en una gran batalla ni en un hecho sorprendete o poco común. Una leyenda siempre ha estado ahí, sólo que nunca nos hemos fijado en ella y, aunque la viéramos, no nos creeríamos que es lo que nadie ha visto.
Una leyenda es algo que todo el mundo conoce pero que nadie ha visto.
O que no se ha atrevido a ver.