Cajón de sastre - Djuna: Capítulo 1
Marzo 10, 2008 por jeshuamorbus
Aún quedaba mucho camino hasta que el tren llegara a la siguiente ciudad así que Djuna se puso lo más cómoda posible para dormir un rato… los viajes en esa clase de trenes eran un infierno para ella pero los sobrellevaba bastante bien, al fin de al cabo, le encantaba viajar.
Sus compañeros de compartimiento no le molestaban demasiado con sus escasas conversaciones, las cuales mantenían a mínimo volumen para evitar molestar a un anciano que, como ella, trataba de dormitar un poco durante este largo viaje.
Entre el traqueteo del tren, el calor y la humedad crecientes de ese compartimiento, el disimulado silencio de los otros y su sueño, poco a poco se fue hundiendo en un incómodo dormir.
Si hubiese sido de día habría estado mirando el paisaje todo el viaje, fuese lo que fuese lo que éste mostrase pero la noche… no le gustaba.
“La noche es oscura, negra e insondable, no retro-iluminada” solía quejarse ella. Le horrorizaba ver que, cada vez que quería ver las estrellas en medio de una ciudad, estas no se pudieran ver por culpa de esa molesta luz naranja que dominaba el cielo. Por eso le encantaba viajar a lugares desolados y lejanos, dejados de la mano del hombre.
Mas eso tenía el problema de que por allí apenas ocurría algo que pudiera servirle de alimento… para su desgracia, pocas veces podía vivir fuera de la civilización, esa cuna de sucesos y hechos que le convertían en una auténtica testigo.
Unas seis horas más tarde, por fin, despuntó el alba y, al primer rayo, abrió los ojos y vio el escenario en el que se encontraba…
“De haber pensado que acabaría en este lugar no me habría quedado dormida y habría disfrutado más del amanecer…” pensó desperezándose mientras veía la seca, y vacía llanura que se extendía hasta las montañas que tapaban levemente al sol rojo a lo lejos. –¿Faltará mucho para llegar? –preguntó a su compañero de asiento.
-Si este tren sigue como la última vez que me monté en él, unas seis horas más –respondió el anciano que estaba a su lado. –Espero que haya traído algo de leer porque creo yo que observar a este viejo no le complazca demasiado –el agradable anciano tosió al tiempo que reía y Djuna sonrió con él.
-¿Dónde están los demás? –preguntó ella al ver que estaban solos en ese compartimiento.
-Supongo que en el vagón restaurante. Ya debe estar lleno así que lo mejor será esperar a que vuelvan para ir a desayunar algo, ¿no cree?
-Tal vez, tal vez… –dijo ella al tiempo que comprobaba como estaba de fuerzas. Afortunadamente, hacía relativamente poco que había comido en abundancia así que no le hacía falta ir en busca de nada que le sirviera de sustento. –Voy a tomar un poco el aire. Siento dejarle solo.
El hombre me sonrió y salí de la sala para sentir el frío del pasillo. En él, dos mujeres fumaban mientras conversaban.
-¡Sí! ¡Esa testigo paró la batalla! –exclamó una de ellas. –¡Dios! ¡Cómo me gustaría que mis hijos me hicieran tanto caso!
-¿Seguro que era una testigo? –preguntó la otra. –¿No dicen que no pueden convertirse en parte?
-Supongo que eso dependerá de cada uno… ellos siempre están ahí, siempre observándolo todo. Si sabemos algo de ellos es, precisamente, porque alguna vez se dejan ver.
-¿Qué les pasó a los soldados aquellos?
-No lo sé… y, la verdad, por muy mal que les parezca a sus superiores, ese discurso habría desmoralizado a cualquier ejército. Los testigos siempre tienen razón…
Djuna ignoró el resto de la conversación. Le aburría; sabía que, de meterse en ella, pasaría a ser parte y, por lo tanto, todos en ese tren sabrían de su condición de testigo… y eso sería una molestia.
Cuanto debía hacer ahora era encontrar el camino de vuelta al Templo de Justicia. Sabía que aún quedaba un larguísimo camino pero, por suerte, esta ya era la cuarta vez que lo hacía.
-¿En qué andas pensando al mirar de esa manera el desierto? –me preguntó el hombrecillo de negro.
-Pienso en lo que quiero, ¿te importa? –contestó ella sin girarse hacia él. –¿Estás vigilando mi regreso o algo así?
-Para nada, sólo hemos coincidido en el mismo tren –contestó ese hombre de apariencia joven pero de corta estatura. –No siempre me pueden dejar justo donde quiero, ¿sabes?
-Tal vez te fuera bien trabajar por libre, como yo.
-Paso. No me gusta ser la parte que siempre calla… ni la parte que, por hablar demasiado, acabe fulminada –el hombrecillo alzó su gabardina para cubrirse mejor del frío que dominaba el pasillo.
-¿Te hace gracia lo que hice y dije? –preguntó ella al no poderle ver bien la cara.
-Para nada –el hombrecillo, siempre inmutable, ni sonrió ni se entristeció. –Pienso, como mis superiores, que tu condena te estará bien empleada pero no por ello voy a ser tan idiota como para estar señalándote con el dedo.
El hombrecillo apenas variaba el tono de su voz por lo que Djuna supuso que, como siempre, había dicho la verdad.
-¿A dónde vas, ya que estamos? –preguntó ella. –¿Algún anuncio importante o alguna declaración?
-¿Tienes curiosidad?
-Me aseguro mi comida, nada más. Allá donde vaya un secretario, seguro que ocurre algo especial.
-“Allá donde esté un secretario, siempre habrá un testigo…” –comentó el, parafraseando esa frase tan manida en el Templo. –Algo así, sí… Dentro de dos días tengo algo que decir pero, ¿no retrasará eso tu marcha hacia tu destino?
-Que yo recuerde no me han dado un plazo para que llegue. Ya sabes que allí no existe el tiempo tal como se conoce por aquí… Que me retrase dos días o dos siglos, poco importará si siempre voy de vuelta para allá.
-Comprendo –el hombrecillo sencillamente se puso su sombrero negro, aseguró su portafolios bajo su brazo y volvió a su compartimiento. –Ya sabes lo que tienes que hacer, pues.
Djuna se estiró tras lo cual abrió la ventana que se encontraba ante ella, trepó hábilmente sin que nadie se diera cuenta de lo que hacía y subió al techo del coche para tener una mejor visión del amanecer mientras sentía la velocidad del tren al que aún le quedaba un largo trecho hasta que llegara a su destino…
A Djuna siempre le había parecido que la gente de esa gran ciudad en medio de ese desierto helado era muy amigable, por ello, siempre le había gustado esta clase de lugares: Gente amistosa, sin demasiadas tensiones, sin esas odiadas luces que le taponaban el cielo nocturno y, sobre todo, buenos cocineros.
Cierto era que ella no necesitaba comer como el resto de los mortales puesto que con uno o dos hechos especiales le bastaba para seguir viva durante tres meses por lo menos. Sin embargo, eso no quitaba de que le gustara disfrutar de bienes tan mundanos como un buen filete, un poco de chocolate, de una simple naranja o de algo de café fuerte.
Los guisos de esa ciudad siempre le habían entusiasmado, ya fuera por las generosas raciones que servían, ya por su extraño sabor, mezcla de salado y suave dulce.
Pero no era su gula la única razón por la que ese día se encontraba comiendo allí: El hombrecillo de negro se encontraba en la mesa de al lado, escuchando atentamente la conversación de uno de los parroquianos con alguien que estaba a punto de venderle algo importante…
-No me cansaré de repetírtelo: No encontrarás mejor precio por esa casa –dijo el vendedor sinceramente sonriente. –A primera vista resulta algo más cara que la media, vale, pero recuerda lo que estás comprando: No todos pueden disponer de semejante lujo por tan poco. Si esto es lo que tanto quisiste durante tantos años, ¿para qué dudar en este momento?
-Por nada especial, la verdad… –el joven, no más de veintidós años, hizo una pausa para echar un sorbo a su taza. –Es que me ha surgido algo…
-¿Surgido? ¿A qué te refieres?
El otro bajó la cabeza, como avergonzado, pero no tardó en responder:
-Aún estoy dudando en si lo haré o no… por eso te he llamado: Si al final me decido a salir de viaje, puede que no gane nada en un par de meses por lo que quisiera pedirte que me mantuvieras la venta de la casa en reserva.
-Sabes que no puedo hacer eso –dijo el vendedor seriamente. –Esto no es algo que puedas tener siempre disponible. Tengo otros tres posibles compradores dándome la tabarra todo el día pero he decidido que tú seas el que se quede con la casa, al fin de al cabo, a tu hermano le debo muchos favores. Yo necesito el dinero, tú quieres esa casa, así todos contentos, ¿no crees?
-Sí, comprendo… –Djuna no tardó en percibir que en el interior de ese joven se estaba librando una batalla entre su deseo y la voluntad del amable vendedor. Precisamente, esa clase de pensamientos que eran el alimento de Djuna…
“Quien persigue quimeras debe arriesgarse” se dijo Djuna cuando notó el irregular fluir de pensamientos del joven. “No sé para qué duda tanto… lo que te gusta, sabes que te gusta. Si dudas y al final quieres tenerlo todo, ten por seguro de que no conseguirás nada” ella simplemente se sonrió y disfrutó de su comida en paz mientras, al mismo tiempo, se alimentaba del suceso que estaba ocurriendo.
-Bueno… –dijo el vendedor. –Yo me tengo que volver al trabajo –dijo al tiempo que recogía el recibo de su comida. –Necesito un justificante de que me vas a pagar cuanto antes. Podré esperar, como mucho, hasta mañana al mediodía. Si para entonces no respondes, lo siento por ti, pero le venderé la casa a otro. Espero que me comprendas.
El otro asintió y vio marchar a su compañero de mesa mientras seguía dudando.
Y, cuando el vendedor salió del establecimiento, el hombrecillo de negro se levantó de su mesa con su discreción natural y se colocó delante del joven sin que éste se apercibiera.
El chico abrió una carpeta de la cual extrajo una serie de varios dibujos: Eran burdos garabatos, casi hechos con técnica infantil pero que, tal como Djuna percibía, reflejaban hechos pasados que el chico había vivido. Sobre esas láminas había dibujos a lápiz de lugares, de salas vacías, de pasillos, de gente que apenas se distinguía con el fondo, de personas mayores con caras desdibujadas, de una silla en medio de una gran sala a punto de ser derruida… cualquiera que los hubiera visto habría pensado que esos dibujos eran los delirios de un borracho o los dibujos de un niño de seis años pero Djuna sabía que no era así. Ella ya conocía ese lugar que aparecía en esos dibujos.
-¿Estás sufriendo? –preguntó el hombrecillo.
El joven pareció que apenas se apercibió de la presencia del compañero de Djuna y ni siquiera se inmutó. Tal era la discreción de ese funcionario del Templo de la Justicia que conseguía que todo lo que hacía o decía pareciera que se quedara en segundo término.
-Debe ser sufrido empezar a recordar ahora ese lugar –continuó. –Dime, Agnus, ¿has pensado, en serio, si quieres seguir?
Agnus continuó ignorando la voz del hombrecillo y se quedó mirando la imagen de la silla abandonada en esa sala medio derruida.
-Tu hermano ya se ha olvidado completamente de ese lugar –dijo el de negro apesadumbradamente. –Él ya no tiene remedio… en fin, quién le culpa, al fin de al cabo, ha hecho las veces de padre contigo. Tenía otras cosas en las que pensar más que en regresar a esa escuela.
Agnus, casi como sin respondiera, abrió una libretita que tenía dentro de la carpeta y empezó a escribir:
“Lugar de nacimiento” tal como lo escribía, parecía más una posibilidad de lo que pudiera estar recordando. Continuó apuntando posibilidades en una columna: “Simple deja vu. Recuerdo de mis padres. Alguna película que haya visto. Una fantasía que haya leído en alguna parte. Un sueño. Un dibujo. Un cuadro. Otra cosa.”
Justo cuando escribió “otra cosa”, Agnus se interrumpió. Algo le impedía pensar que lo que había estado dibujando incansablemente durante esas tres noches no fuese eso último que había escrito: “Otra cosa”.
A Djuna le estaba costando entender todo el maremágnum de pensamientos que tenía Agnus en su cabeza pero sabía que era algo normal en gente como él…
-En fin, decidas lo que decidas, haz lo que debas –el hombrecillo se levantó y, mientras se dirigía a la puerta, lanzó una moneda a la mesa.
El tintineo de ésta sacó de su ensimismamiento a Agnus que, de repente, se dio cuenta de que algo raro había pasado sin que se hubiera dado cuenta. Djuna, por su parte, se sonrió al verle la cara… siempre le habían hecho gracia esa clase de reacciones, tan estúpidas como predecibles.
Agnus miró bien la moneda y comenzó a cavilar detenidamente mientras veía la cara de la misma…
“¿Por qué diantre los hombres de negro seguirán el mismo juego siempre?” se preguntó mientras notaba el más que predecible fluir de pensamientos de Agnus. “De acuerdo, es el que siempre funciona pero, anda que… desde que se inventó el dinero no han dejado de usarlo ni una sola vez…” Y, tal como había previsto, Agnus sostuvo la moneda sobre su dedo pulgar, preparado para lanzarla. “Si es que… chico, ¿no ves que va a caer cruz? No vas a hacer ese viaje”. Djuna apuró los últimos sucesos y se preparó para marchar para continuar con su viaje.
Se escuchó una moneda volar.
Djuna recogió su mochila.
La moneda cayó.
La chica se colocó su equipaje sobre su hombro en un enérgico movimiento.
Y la moneda siguió su camino hasta el suelo.
La testigo, de repente, sintió una sensación horriblemente fría en el ambiente. No dejó traslucir nada en su cara ni en su movimiento pero…
Agnus ignoró la moneda que acababa de lanzar y salió de ese restaurante a toda prisa tras dejar un billete para pagar su consumición. Había ignorado por completo el mensaje de la moneda.
“¿¡Un Contracorriente!?” pensó Djuna sorprendidísima al ver como Agnus abría la puerta a toda prisa.
Siete horas más tarde, Djuna se encontraba de nuevo en la estación de trenes… pero con un plan totalmente diferente del que tenía pensado: Agnus, en un ataque de pasión, había hecho las maletas, se había cogido sus pocas cosas para marchar cuanto antes de esa ciudad en busca de esa quimera…
En teoría no tenía porque seguirlo pero como, de repente, ese chaval se había convertido en un Contracorriente y como seguía su mismo camino, Djuna iba a aprovechar para pegarse a él, más que para alimentarse, para satisfacer su curiosidad de qué sería lo siguiente que haría ese chico de aspecto frágil…
Tal como había previsto, estarían en el mismo compartimiento (tantos siglos como testigo habían hecho que Djuna fuera muy hábil alterando las cosas a su antojo…) y allí se quedó observando disimuladamente al chico que, con expresión nerviosa pero, de alguna manera, aliviada contemplaba el paisaje, como si a cada instante recordara cosas y más cosas…
Su hilo de pensamientos, como el de todos los Contracorrientes, era caótico y ni siquiera la experiencia de Djuna servía para descifrar la algarabía que recibía. De todas maneras, por muy caótico que fuera, era muy alimenticio. No pasaría hambre en los próximos nueve meses por lo menos, tiempo más que suficiente como para descubrir el camino de vuelta al Templo…
-Esto… –le dijo Agnus dos horas después de iniciar el viaje. –¿Cuánto cree que falta para llegar?
-Al menos tres horas, creo –respondió Djuna sin inmutarse. Recordaba perfectamente que para todos los demás, ahora ella no era más que una chica más. –De todas maneras, cualquier viaje es corto en comparación con el que tuve que hacer para llegar hasta la anterior ciudad…
-Ya –sonrió él. –Todo el mundo dice que mi ciudad está siempre abandonada en medio de ninguna parte.
-¿Vas de vacaciones o algo así? Hablas como si nunca hubieras salido de esa ciudad.
-Podría decirse que sí –musitó él. –Sencillamente me ha dado por coger mi mochila e iniciar un viaje, nada más.
-Pues bienvenido al club –dijo ella señalando su mochila en el portaequipajes. –No es que esta vida sea la más cómoda pero, qué diantre, es más interesante que estar viendo siempre el mismo techo. ¿Tienes algún objetivo en mente?
-No sé… la verdad es que no tengo mucha idea de hacia donde voy…
-¿Que vas a ciegas, dices? Así es como lo hago yo siempre. Lo único que me hace abrir un poco los ojos es el clima y las épocas en las que puedo encontrar algún buen trabajo.
-No quería decir eso… –Agnus abrió su carpeta y de ella sacó uno de sus dibujos, el del edificio que Djuna ya conocía. –¿Te suena este lugar? Sé que lo he visto antes en alguna parte pero no soy capaz de recordar dónde está…
Djuna, falsamente pensativa, observó bien la lámina y, al cabo de un buen rato, declaró:
-Me suena… se parece mucho al edificio que está junto a una iglesia en un pueblo vecino a la ciudad de Vídeo… no sabría decirte cuál. Ya he pasado un par de veces por allá, de ahí que me suene, pero no sé cómo estará al día de hoy.
-¿Qué quieres decir?
-Que la última vez que vi ese edificio, tenía el techo a punto de desplomarse. Dudo, y mucho, que hoy día siga en pie.
-En fin, tanto da –dijo él recogiendo el dibujo. –Ya que estoy, haré una visita a ese pueblo. Unas vacaciones no se las puede dar uno todos los días…
Dicho esto, sencillamente volvió a mirar por la ventanilla mientras veía el sol ponerse a lo lejos.
Cinco horas más tarde, siendo ya de noche, el tren arribó a su destino y Djuna por fin pudo mover un poco su dormido trasero (esto era lo único que no le gustaba de los trenes…), eso sí, sin dejar de vigilar a Agnus que, algo desorientado por estar en un lugar que apenas conocía, estaba recurriendo a ella para encontrar algún lugar para pasar la noche. Dada la hora que era, ella le guió hasta un hostal de viajeros de no mucha categoría pero de precios más que asequibles para pasar la noche.
Las habitaciones resultaban pequeñas pero como sólo eran para dormir y, además, individuales, eran muy cómodas. Alquilaron sus respectivas y, tras cenar algo en un bareto cercano, se fueron a dormir, despidiéndose hasta el día siguiente.
Hasta el día siguiente porque Djuna se había ofrecido a guiar a Agnus hasta donde le permitieran sus posibilidades… cosa que, en el caso de ella, implicaban llevarle hasta ese pueblucho de tercera. No estaba incumpliendo directamente las órdenes del Templo así que podía permitirse remolonear un rato, al fin de al cabo, podía actuar en tanto en cuanto la persona normal que fingía ser.
Así pues, entró, se quitó sus grandes botas y sencillamente se echó derrengada pero complacida de tener mejor lecho para dormir que el asiento del tren. Sin embargo, al cabo de un par de minutos de relajado descanso, alguien llamó a la puerta de su habitación.
Realmente molesta de que la distrajeran justo cuando estaba a punto de conciliar el sueño, se levantó de malos modos y fue a gritarle cuatro cosas al desgraciado que se había atrevido a fastidiarle ese instante de relax… pero cuando abrió la puerta, alguien se le abalanzó encima sin darle tiempo a decir nada…
Y aquí se acaba lo poco que he escrito de esta historia. Djuna no fraguó porque en esa época comencé a escribir la que sería mi primera historia acerca de Merry y Renko (M&R a partir de ahora): “Bewitched in Seven Scarlet Nights - Tailrings” (NdD: No es que él decidiera ponerle un nombre tan anglosajón… eso es cosa de su compañero en la sombra). Esa historia, aunque completa, no se publicará de otra manera que no sea una “visual novel” así que, hasta que mis compañeros acaben con sus partes (dibujos y programación) nada se sabrá de la novelilla.
Ale, espero que os haya gustado esta historieta acerca de estos seres conocidos como “testigos”.