Buscando el Paraíso en un Sueño - Capítulo 10: La ratonera
Marzo 19, 2008 por jeshuamorbus
When love breaks up
When the dawn light wakes up
A new life is born
Somehow I have to make this final Breakthru… Now!
(Breakthru, Queen (sí, me encanta Queen, ¿qué pasa?))
-Señores, bienvenidos a Nuntio Delubro –saludó el comandante Keith a los recién llegados. –Sé que saben que el viaje que han realizado no es fruto sólo de la casualidad: Han sido seleccionados para cumplir importantes tareas en este gran complejo.
El comandante indicó a un ayudante que encendiera el visor, mostrando la imagen del edificio en el que estaban: Era una instalación de gran tamaño y a gran altura sobre un desfiladero desde la que se podía ver una gran presa a lo lejos, probablemente la encargada de suministrar fuerza ambárica al lugar. El color ocre del edificio y su forma achatada, aunque alta, se confundía con el desierto que empezaba apenas a un par de kilómetros del lugar, pareciéndose más a una gran piedra que a un laboratorio con la última tecnología.
-Nuntio Delubro es un gran laboratorio creado gracias a la colaboración de nuestros ejércitos, todo debido al constante apoyo que nos brinda la Iglesia, que nos ha hecho comprender que debemos dejar atrás nuestras antiguas rencillas para unirnos en un gran proyecto de dimensiones mundiales que nos ayudará a avanzar hacia el futuro mucho más rápidamente. Cierto es, sin embargo, que las investigaciones aquí efectuadas deben mantenerse alejadas del gran público pues malas gentes, como periodistas sensacionalistas o políticos sin escrúpulos, podrían malinterpretar lo que aquí se pretende conseguir. Teniendo en cuenta los sucesos recientes como el asunto del agujero del norte nos damos cuenta de que estamos aún muy alejados de la comprensión de todo lo que pasa en este enorme universo y por ello debemos investigar todo lo que ocurre para conseguir una mayor seguridad en un futuro y evitar desastres tan devastadores como las consecuencias suceso anteriormente comentado.
>>Ahora bien, teniendo en cuenta ciertos problemas de trabajar en semejantes zonas del mundo como en el laboratorio Amazonas en Sudamérica –dijo señalando la filmina de un edificio impresionante en medio de la selva amazónica, –el complejo Kimba en Siria –dijo señalando otra filmina en la que aparecía otro gran edificio en medio de lo que parecía un Oasis, –ambos abandonados por falta de previsión y desconocimiento de las enfermedades locales o el gran laboratorio de Bolvangar, destruido recientemente por un gran incendio –dijo señalando la imagen de un edificio en llamas. –Los lugares seleccionados se mostraron como zonas ideales para la investigación encubierta a los ojos del gran público pero semejantes errores nos han hecho recapitular y se ha empezado a pensar que el apoyo del nuestras fuerzas armadas es, más que necesaria, imprescindible en una tarea de este calibre.
>>Así pues, se han reunido en este punto a la flor y nata de los mayores ejércitos de medio mundo: Capitán Kliff Madsen de la famosa división seis de la Guardia Suiza, Sargento Pablo Medina de la temida División Viriato del Imperio Turdetano, capitán Giovanni Carotto de la Tropa Napolitana Italiana, Teniente Thomas Cashner de la Guardia Real Inglesa, Sargento Olaf Michaelov de los Cazadores Alpinos de Baviera y un servidor, Comandante Keith Gates de la Fuerza Internacional del Vaticano. Les pido y ordeno que dejen de lado toda rencilla que tengan o hayan tenido con los países de origen de los sus ahora compañeros pues la supervivencia de esta instalación dependerá en gran medida de sus esfuerzos en hacer que este lugar funcione como es debido. Recuerden que ahora, más que por su patria, estarán trabajando y luchando por el bienestar y el progreso del mundo.
>>Dicho esto, pueden retirarse.
“Y no sé qué esto es bueno , no sé cuánto más esto es mejor…” pensó Thomas mientras bostezaba después de escuchar el soporífero discurso de su comandante mientras se dirigía a su habitación. “Con decirnos que venimos a currar basta.”
-¿Te pasa algo? –preguntó Fedeta, su daimonion puma. –Llevas enfurruñado todo el viaje.
-No estoy enfurruñado, sólo cansado ¿Pero a quién se le ocurre instalar un laboratorio en medio de la estepa?
-Bueno, ya oíste al comandante: Cuanto más aislado mejor. Así no hay problemas.
-Aún así me parece absurdo que tengamos que ocuparnos de la seguridad interna de esta piedra. No sé que será eso tan importante que investigan aquí pero tampoco es razón para hacernos viajar por casi medio mundo para llegar aquí.
-Bueno, ten paciencia y con el tiempo puede que lo entiendas. Sólo hay que esperar.
Cuando llegaron a su habitación, cerraron la puerta y Thomas se preparó para deshacer su equipaje y empezar a estudiar los planos del lugar para preparar el sistema de seguridad con algo de inquietud por el grandísimo espacio abierto que se podía contemplar desde la ventana de la sala.
“El Sha-Mo…” pensó Thomas algo nervioso por el bello pero vacío paisaje. “Media vida entre brujas te hace respetar a un pedazo de roca y arena más que al mayor de los dioses… ‘Evita ir demasiado al este’, ‘Nunca pases más allá de los mojones’, ‘Si no es por ti, hazlo por tu querida compañera’, etc, etc… Algún terrible secreto debe de guardar para que todas lo teman de esa manera.”
Terminadas sus labores domésticas, Thomas decidió concentrarse en sus papeles para alejar de sí la inquietud que lo embargaba.
Estuvo concentrado en su trabajo, ensimismado en la creación de planes, de patrullas, de sistemas ambáricos de vigilancia, en posibles fallos más tiempo del que habría pensado que habría estado y, para cuando se dio cuenta, se le había pasado la hora cenar y ya hacía largo rato que había anochecido. Thomas se llevó la mano a la barriga notando el rugido de su estómago.
“El padre tenía razón” se dijo con sorna, acordándose de su infancia en Oasis. “Demasiado trabajo nunca es bueno.”
Para aliviarse un poco el hambre se bebió un vaso de agua y comió una de sus raciones militares, la cual compartió con su elegante compañera, tras lo cual abrió la ventana y observó el paisaje del desierto a la luz de la luna creciente.
“En semejante lugar no hay otra cosa que hacer” pensó bostezando.
Con la débil argentada luz de la luna Thomas pudo ver los contrastes de colores del lugar, viendo que no era tan feo como había imaginado en un principio: El río que discurría por el desfiladero aún podía reflejar el la luz iluminando levemente las paredes del mismo a pesar de su poco caudal y más allá de la cascada en la que desembocaba el río se podía ver el Sha-Mo, con sus mojones que señalaban el comienzo del Abismo, con una apariencia aún más fría de lo que ya era ese desierto gracias al tono metalizado que le concedía la luz de la luna.
“No es tan horrible como lo pintaban las damas” pensó Thomas estirándose y mirando el lugar por última vez para irse a dormir. “Quizá un poco inquietante pero… pero… ¿pero quién demonios es ése?”
Thomas se volvió a asomar de inmediato mirando de nuevo hacia el Sha-Mo: Allí se podía ver a una persona andando tranquilamente tras los inmensos pilares que señalaban el comienzo del desierto, en medio del Abismo. A esa distancia apenas podía verse a quien estaba haciendo semejante proeza pero al menos se le distinguía que llevaba una larga capa con capucha que le cubría todo el cuerpo del los fríos del lugar. De repente, una ventolera levantó un gran viento que formó una nube de polvo y en menos de tres segundos, quien fuera que estuviera allí, desapareció.
Thomas se dio un par de golpes en la cabeza como no creyéndose lo que acababa de ver y pensó:
“Debe ser cosa de falta de sueño…”
-Buenas noches, teniente Thomas –saludó el sargento Medina la noche siguiente, mientras cenaba. –¿Qué le parece su primer día aquí?
-Arena, piedras, terrenos difíciles y encima un frío terrible. ¿A usted qué le parece?
-¡Vaya con los ingleses que al fresco lo llaman frío! –rió el sargento. –No creo que tarde en acostumbrarse. Yo llevo aquí ya una semana y ya no me parece tan mal lugar. No es demasiado diferente de mi tierra natal en invierno.
-Diga que sí –comentó uno de sus hombres.
-¿Hace cuánto que le llegó la notificación? –preguntó Thomas. –Tengo entendido que antes de venir aquí estaban trabajando cerca del agujero del norte y todo ese camino…
-No fue para tanto –respondió modestamente Pablo, –de hecho, nos llegó la información en medio de una misión. Por suerte y gracias a que había un helipuerto militar cerca, todo nos pilló de camino y pudimos terminar todas nuestras obligaciones sin incurrir en ningún retraso ni en falta alguna.
-¿Qué misión?
-Capturar a un par de espías que metieron las narices donde nadie les llamaba. Sólo puedo decir eso.
-¿Tiene usted idea de lo que aquí se investiga? Ya he preguntado varias veces y siempre me salen con evasivas.
-Ciertamente no tengo la menor idea. Oí cosas de una nueva y poderosa fuente de energía pero nada sé de qué se trata. Y ya puestos, ¿le llegó hace mucho la notificación?
-Apenas cinco días. Yo estaba tan tranquilamente en Londres y de repente, sin comerlo ni beberlo, tuve que coger a veinte hombres, conseguir transporte y suministros y cruzar medio mundo para presentarme en este pedrusco.
-Será mejor que se alegre de estar dónde está, señor. Las cosas son mucho peores allá afuera con el clima de este lugar. Mis hombres apenas son capaces de aguantar sin la ayuda de una caseta y, sin embargo, tienen que patrullar a todas horas.
-A uno se le congelan las napias y las orejas en menos que canta un gallo –comentó el mismo soldado de antes. –Lo que daría yo por trabajar aquí dentro.
-¿Y aguantar a esos niñatos? –preguntó otro. –Prefiero quedarme aquí dentro antes de estar en la misma sala que ésos malditos criajos.
-Es cierto… –dijo Thomas recordando a los niños que había visto al explorar el edificio. –¿Pero quiénes son esos niños? ¿Son los hijos de los investigadores?
-No lo sé pero, por lo que he visto, parece que es a ellos a quienes investigan aquí.
-¿A qué se refiere? –preguntó su interlocutor extrañado.
-No sabría decirle qué es lo que hacen con ellos pero, en el tiempo que permanecí aquí como guarda interno, vi que todos los investigadores se centraban en ellos, anotando todo lo referente a su estado de salud y otros aspectos.
-¿Y eso es una nueva forma de energía?
-Ya le he dicho que de este lugar sé tanto cómo usted pero, por conveniencia, más le valdría que no hiciera demasiadas preguntas. Los soldados al mando del comandante son gente muy extraña y poco dados a las contemplaciones en lo que se refiere a la vigilancia del laboratorio en sí –dijo señalando un cardenal en su brazo izquierdo. –Uno de ésos estuvo a punto de romperme el brazo de un golpe cuando quise ver un poco más de lo que debería.
Thomas recordó a esos soldados, ese paradigma de la disciplina (o de la cuadriculación, que viene a ser lo mismo) que había visto nada más llegar a Nuntio Delubro.
“¿Cómo lo aguantarán sus daimonions?” se preguntó al recordar la frialdad y la forma mecánica de hacerlo todo que tenían. “Si yo fuera como ellos, Fedeta se me echaría al cuello.”
-En fin, gracias por la conversación –dijo Thomas terminando la comida. –Aún tengo cosas que aclarar de mi trabajo así que, buenas noches.
Thomas se dirigió algo soñoliento a su habitación atravesando un oscuro pasillo, algo cansado por el trabajo realizado por lo que se dio prisa en llegar lo antes posible a su cama.
-Aquí no hay tiempo para aburrirse, ¿eh? –comentó su daimonion.
-Ya sabía yo que iban mal con el sistema de seguridad pero esto es casi como si taparan un diamante con un pañuelo… si no tenemos en cuenta a los cuadriculados esos.
-¿Y mañana qué tocará?
-Pues preparar el sistema de alarma, el sistema anti-incendios, el… ¿¡Qué es eso!? –preguntó Thomas parándose de repente.
-¿El qué?
La respuesta no se hizo esperar: Un terrible grito de dolor surgió de una de las salas cercanas atrayendo de inmediato a Thomas que intentó abrir la puerta, encontrándosela cerrada.
-¡Ábranme! –gritó dando golpes a la puerta.
-¡TÚ NO TE METAS! –gritó alguien desde dentro, con una voz totalmente desfigurada y monstruosa, espantando al recién llegado. –¡DIME DÓNDE ESTÁ AHORA MISMO! ¡SI NO ME LO DICES ALARGARÉ ESTA TORTURA HASTA EL FINAL!
A pesar del espanto que le causó esa voz, Thomas no se amedrentó e intentó derribar la puerta encontrándose con una resistencia fuera de lo común.
-…no lo sé… ¡Suéltala! ¡Por favor! –se escuchó gritar al otro lado.
Thomas escuchó varios golpes, como si sacudieran algo contra las paredes de la sala con una fuerza desmedida haciendo temblar los tabiques. Le entró algo de miedo pero no cejó en golpear la puerta.
-¿¡DÓNDE ESTÁ!? –volvió a gritar el otro. –Parece que necesitas un incentivo… –dijo el atacante bajando el tono de su voz. –¿Qué te parece si…?
Thomas no pudo ver que había hecho el atacante pero sí que pudo escuchar los agónicos gritos medio de terror, medio de sufrimiento del pobre torturado.
-¿Sigo? –preguntó el otro con sorna, como riéndose de su víctima. –¿Qué tal otro mordisquito? Esto puede terminar ahora y para ello sólo has de decirme dónde está.
Thomas escuchó responder débilmente al torturado, en otro idioma que él identificó como turdetano. De lo poco que entendía de ese idioma sólo comprendió la palabra “abajo” y “capturado”.
-Muy bien –volvió a hablar la otra voz, esta vez bastante más comedida y suave. –Lo prometido es deuda. Nos veremos en el Infierno.
-¿Qué… qué estás haciendo? –preguntó el turdetano en inglés. –¿¡No pretenderás…!? ¡No! ¡¡Eso no!! ¡Déjala! ¡NO! ¡NO! ¡¡¡¡NO!!!!
Ese último grito Thomas lo escuchó como si la voz se alejara, por lo que cogió carrerilla y, por fin, derribó la puerta, encontrándose con una habitación desierta, con el mobiliario removido y con la ventana abierta. Thomas fue rápidamente hacia la ventana, resbalando por poco al pisar algo que parecía arena pero volviéndose a poner en marcha de rápidamente. Cuando se asomó a la ventana no pudo ver nada claro por culpa de la oscuridad que ya había. Sin embargo sí que pudo ver varias manchas de lo que parecía ser sangre en la pared del acantilado que se abría bajo sus pies. Thomas no dudó e inmediatamente fue a buscar ayuda.
-Teniente, ¿está seguro de lo que vio? –preguntó el doctor Fake mientras bajaba con Thomas y una pequeña tropa a buscar el cadáver del soldado caído. –Porque no le perdonaré que me haya despertado para bajar este precipicio si no hay nada.
-Usted calle y busque como los demás –dijo Thomas algo nervioso aún por todo lo que había escuchado allá arriba. –Hay una víctima a la que han tirado por la ventana pero aún así no tengo ni idea de quién es.
-Lo que usted diga…
Thomas se preguntó si había hecho bien trayéndose al doctor Fake al desierto. Lo conocía bien y sabía que era muy competente en sus tareas pero también sabía que hacía todo lo posible para ahorrarse trabajo (que era un vago redomado, vamos). También era un hombre muy corpulento y fuerte, siendo conocido como el “doctor Gorila” por su enorme fuerza.
-Tú no te quejes y ponte a lo tuyo –dijo Nemas, su daimonion cuervo.
-A currar entonces… –dijo el gigantón estirándose.
Durante horas, la tropa estuvo buscando al cadáver por esa pared rocosa, con cuidado de no caerse pero no fue hasta el amanecer cuando lo encontraron.
-¡Eh! ¡Gente! ¡Aquí está! –llamó el doctor desde una zona de muy difícil acceso.
Al poco los demás llegaron pero se encontraron con un espectáculo que pocos pudieron soportar sin apartar la vista: La víctima estaba recorrida de cortes de los pies a la cabeza, ocasionados por los golpes contra los afilados bordes de las rocas del precipicio. Sin embargo, lo que más les espantó no fue su deplorable aspecto sino que ¡aún estaba vivo!.
-¿¡Pero qué demonios te mantiene sujeto a la vida!? –preguntó el doctor mientras intentaba ocuparse de él. –Buscadle a su daimonion. Supongo que estar con él es lo último que desea.
Los demás soldados se marcharon gustosamente siguiendo su orden y Thomas se quedó con el doctor ayudándole en lo que pudiera.
-¿Me podría contar qué es lo que escuchó o lo que pudo ver? –preguntó el doctor tras observar detenidamente al pobre muerto en vida con cara de extrañeza.
-¿Por qué quiere saberlo?
-Porque a este hombre no lo han tocado. Todas las heridas que ve han sido producidas por la caída. Sin embargo, no le veo ninguna señal de golpe directo…
-¿Qué quiere decir? Yo escuché perfectamente como le golpeaban contra las paredes.
-Fíjese en las piernas –dijo retirándole el pantalón. –Están literalmente hechas papilla y eso no puede pasar en una caída desde un lugar tan bajo. Si fuera desde el cielo, desde muchísima altura, quizá, pero no desde este precipicio. Además, mire las marcas –dijo señalándole unas señales rojas en forma de anillos que recorrían sus piernas.
-¿Qué son?
-Este caso sólo lo vi una vez en mi vida –dijo levantándose y empezando a andar para recordar mejor. –Cuando fui a una campaña en África, en la legión extranjera, me encontré en la situación de cuidar de todo un regimiento de las heridas provocadas por luchar con los bandidos sabulos. Eran auténticos salvajes, terriblemente poderosos en batalla campal gracias a sus monturas y a su forma de atacar en manadas. Sin embargo, lo que más me espantó fue la manera de torturar y entregar mensajes que tenían: A los soldados no los tocaban pero a sus daimonions los torturaban hasta lo indecible provocando heridas indirectamente sobre los cuerpos de sus personas. Llegaban a pulverizarles brazos y piernas enteros sin ni siquiera llegar a tocarlos sabiendo que sus daimonions no iban a dejarlos morir.
-¿¡Cómo!? –preguntó Thomas aterrorizado. –¿Me está diciendo que…?
-A éste no le han torturado: Han torturado a su daimonion. Las marcas que tiene en las piernas, gran parte de sus heridas y sus huesos rotos muestran que ha sido atacado donde más le dolía… Aunque no sabría decir si el torturador era humano o daimonion: Las marcas de las piernas son marcas de mordiscos, teniendo en cuenta hasta dónde llegan… la boca de quien fuera tendría que ser de un tamaño considerable pues para causar estas marcas tendría que haberse tragado las patas del daimonion… ¿sabría decirme que clase de animal era el daimonion de éste?
-Si es turdetano, un perro de gran tamaño como todos sus compañeros –dijo Thomas asqueado al imaginarse a Fedeta siendo masticada sin compasión por quien fuera.
-Dígame todo lo que escuchó en esa sala antes de entrar. ¿Qué es lo que le preguntó el asesino a éste?
-No lo sé. Parecía que quería saber dónde estaba alguien pero no sé a quién buscaba. Tenía un vozarrón monstruoso y, por lo que me cuenta, debería tener un daimonion enorme… ¿un cocodrilo quizá?
-No lo creo posible. Me temo que, si pudo escapar de la sala sin ser visto en menos de un minuto, el daimonion del asesino era pequeño por lo que más valdría pensar que el que torturó al daimonion de este pobre hombre fue una persona… pero aún así no hay boca humana que pueda meterse un animal de semejante tamaño dentro de sí… –el doctor pareció dudar un poco en lo que iba a decir. –Ahora mejor sería que vuelva al edificio y que vaya informando a los turdetanos de su pérdida. Yo le pediré permiso al comandante para investigar todo esto.
-Ya tiene mi recomendación… –y, extrañado de que sus hombres no encontraran al daimonion del soldado caído, gritó: –¿¡Qué pasa!? ¡Qué es para hoy!
-Disculpe, señor –dijo uno de sus hombres, –pero es que… ese daimonion no está aquí.
Un par de horas más tarde, los compañeros de Enrique, el caído, lo trasladaron, ya muerto, al edificio. Todos mostraban una cara de espanto de lo más normal en semejante situación.
-¿Qué es lo que ha pasado? –preguntó su sargento nada más llegó a ver a Thomas. –¿Quién ha sido?
-No lo sabemos aún –respondió el doctor por él. –Necesitaría tener acceso al cadáver para investigarlo un poco. ¿Podría ayudarnos su médico? Cualquier ayuda es poca en un caso como éste.
-Sí, claro… –dijo Pablo con cara de miedo al ver el cadáver de su soldado pero cambiándola por una de extrañeza. –¿Está insinuando que el que hizo esto sigue dentro de Nuntio Delubro?
-Por lo que me contó mi teniente, único testigo del suceso, el asesino buscaba algo dentro de este lugar. Aún no sabemos qué es pero es posible que para llegar hasta ello mate a más gente. ¿Sabría decirme qué es lo que podría buscar “abajo” y que está “capturado” que conociera el soldado Enrique?
Al sargento pareció sorprenderle lo dicho por el doctor pero al poco se tranquilizó, como si su primera sospecha fuera infundada.
-No… –dijo con tono de duda. –Ustedes investiguen lo que pasó y puede que saque conclusiones más adelante.
-Por cierto, ¿tiene conocimiento de algún objeto o alguna cosa que permita separar a personas de sus daimonions?
-¿Cómo dice? –preguntó extrañado el sargento. –¿A qué viene esa pregunta?
-Ahora Enrique está muerto, por lo que es totalmente ilógico que su daimonion esté aquí pero, mientras aún seguía con vida comprobamos que su daimonion había desaparecido de la faz de la tierra. Podría ser cosa de nuestra incompetencia el no poder encontrarlo pero estoy seguro de que a este hombre le habían separado de su compañero antes de morir.
-¡Eso es imposible!
-Esperemos que sea así pero es lo que yo vi allá abajo. Dígale a sus hombres que tengan cuidado: Si hay algo que ellos sepan, lo más probable es que el asesino irá a por ellos.
-Gracias… –dijo el sargento retirándose.
-¿De dónde ha sacado semejante idea? –preguntó el teniente cuando se marcho el sargento. –Sabe que es imposible…
-Según lo que tengo leído, ya no –respondió interrumpiéndole. –¿Ha leído los trabajos de Lord Asriel?
-¿Quién?
-Es uno de los más inteligentes y brillantes licenciados de Oxford, un auténtico genio que a donde va consigue tantos acónitos (entre los que me incluyo) como enemigos. Hace ya bastantes años escuché una de sus escasas conferencias (es un hombre que viaja mucho investigando por el mundo) y pude ser testigo de su enorme genio. Fue capaz de demostrar teoremas considerados herejía hasta entonces… No es que tenga muchos amigos entre los miembros de la iglesia pero tengo entendido que llegó a colaborar con ellos para no sé qué proyecto. Tengo entendido, también, que es un hombre de carácter fortísimo y que todo lo que dice lo llevará a justo término como lo que le dije: Llegó a insinuar que se podían crear sustancias que podrían interactuar entre diferentes planos de la existencia, entre ellos, el plano en el que se encuentran los vínculos con nuestros daimonions.
-¿Y llegó a hacerlo?
-No puedo saberlo. Como ya le dije, es un hombre que viaja mucho y a la más mínima se le pierde de vista así que nada puedo saber.
-Pues si es sólo una insinuación tampoco es para preocuparse.
-No se confíe –dijo el doctor retirándose para recibir al médico turdetano que acababa de llegar. –Usted ocúpese del sistema de seguridad de este lugar. Según parece, vamos a necesitarlo de verdad.
Durante los tres días siguientes, Thomas y sus hombres estuvieron instalando diferentes tipos de sistemas de seguridad por todo el edificio, siendo ayudados por los guardias de la fuerza del Vaticano. Serían fríos y más secos que el papel de lija pero, en lo que se refería a disciplina, no los ganaba nadie: Eran casi perfectos.
“Demasiado para mi gusto” pensaba Thomas cada vez que estaba con alguno de esos hombres. Le daban una muy mala sensación, como si supiera que esos hombres ocultaban algo, no soportando estar más de veinte minutos con ellos. “¡Demonios! ¡Es como estar trabajando con un autómata!”
El doctor Fake, por su parte, empezó una investigación más profunda de los hechos, siendo acompañado por el doctor Fernández. Sin embargo, durante todo ese tiempo no fueron capaces más que de confirmar las sospechas de Fake y de descubrir una extraña sustancia arenosa en la sala del ataque.
-No es arena del desierto –le dijo Fake a Thomas esa noche. –Se la he pasado a los investigadores de Nuntio Delubro y me han dicho que no es arena sino polvo de porcelana.
-¿Qué? ¿Porcelana? ¿Aquí?
-Yo no me lo creía pero eso es lo que es. Sea quien sea ese asesino, tiene gustos bastante raros (aparte de caros). Aparte de eso, podemos decir de él que, uno: O tiene una fuerza realmente apabullante; o dos: Se nos está escapando alguna cosa.
-¿A qué se refiere?
-El día en que pasó el suceso, la sala estaba oscura, por lo que no pudo ver las paredes ni el techo demasiado claramente. Sin embargo, a la luz del día se podían ver marcas de destrozo tanto en las paredes como en el techo. ¡Si hasta derribó la mayor parte del falso techo! Teniendo en cuenta el tamaño de la daimonion de ese hombre (una mastín más grande que él mismo que bien podría pesar más de cuarenta kilos) pienso que hay muchas cosas que se nos escapan a nuestra lógica.
-¿Ha conseguido descubrir por dónde escapó?
-Creemos que sí: Por el falso techo, podría haberse escondido allá arriba subiéndose al armario de la sala para luego escapar cuando usted se marchó a buscar ayuda. Sea quien fuere, es un personaje rápido, ágil, fuerte y bastante inteligente. Si vuelve a atacar y usted está de testigo otra vez, tenga cuidado con él y simplemente huya.
-Ya veo… ¿No hay más pistas?
-No. Como la víctima fue el daimonion, no hay marcas en el cuerpo del cadáver que nos permitan conocer con precisión quien fue el atacante.
-¿Pero no lo tiro por la ventana? Tendría que haberle agarrado para arrojarlo.
-Ahí está lo gracioso: El asesino no tiró al soldado, fue el mismo soldado el que se tiró abajo. Según mi suposición, el asesino tiró a la daimonion por la ventana y la víctima, en un último y supremo esfuerzo, se tiró tras ella.
-Este tontorrón habría hecho lo mismo por mí aunque tuviera las piernas de ese pobre hombre –comentó Nemas.
-No tengo la menor idea de contra quien nos enfrentamos –continuó Fake –pero algo es seguro: Es el ser más cruel que jamás haya pisado la faz de la tierra.
El día siguiente, al igual que el día anterior, Thomas continuó con su trabajo: Sabía que hacía falta terminar con el sistema de alarma cuanto antes. Fedeta, conociendo los temores de su persona, empezó a vigilar atentamente los lugares por donde trabajaban, para tranquilizarlo y para al menos saber a donde correr si le llegaban a atacar.
-…cortamos este cable… conectamos… ¡y listo! –exclamó triunfalmente. –Ya van noventa y ocho botones de alarma. Un par más y ya no habrá pasillo en todo el edificio desde el que no se pueda llamar ayuda.
-Buen trabajo –felicitó Fedeta algo nerviosa. Todo este asunto del asesinato le ponía más nerviosa que a su persona. –¿Volvemos ya a nuestra habitación?
-Sí, mejor que nos vayamos… –Thomas calló al ver que las luces del lugar se apagaban de repente. –Un corte de luz… lo que faltaba.
-Hola, Thomas –se escuchó en el pasillo asustando a la pareja.
-¿Quién está ahí? –preguntó Thomas asustado, intentando ver con la poca luz que llegaba de fuera.
-Una amiga aunque enemiga. Estoy contigo pero contra ti. No quiero hacerte daño pero sé que tú querrás luchar conmigo.
-¿A qué se refiere? ¿Quién es usted?
Thomas, después de adaptar sus ojos a la escasa intensidad luminosa del pasillo, consiguió vislumbrar a quien le hablaba. No era capaz de verle la cara ni nada más pero pudo distinguir una silueta humana cubierta con una capa oscura.
-Soy una loba –contestó la otra. –Aunque tenga instinto asesino sigo pensando en la gente que me importa y tú eres una de esas personas.
-¿Me podría decir de qué está hablando? –dijo él intentando acercarse a la otra siendo detenido por su gesto imperante.
-Busca abajo. Interroga a los prisioneros y hazte una idea de lo que es este lugar.
-¡Un momento! –exclamó al darse cuenta de lo que le estaba diciendo. –¿Qué busque abajo? ¿Tú eras la que torturó a ese soldado? ¿¡Tú fuiste quien tiró a Enrique por la ventana!?
-Yo no tiré a nadie por la ventana, fue él mismo el que se tiró. Yo sólo le hice sufrir para que sintiera lo mismo que sentí yo.
Thomas dio un golpe al botón de alarma de inmediato pero no contó con que aún no pasaba fuerza ambárica por el aparato por lo que no sonó. Armándose de valor y a pesar de la poca luz que había, se lanzó sobre la mujer no atrapando más que aire y cayéndose al suelo.
-Lo que yo le hice sólo fue un acto de venganza de lo más justificado –dijo la mujer a su espalda. –Todos los que osaron tocarme, morirán y todos los que provocaron que se construyera este lugar, tendrán un destino peor que la muerte. Dale esta advertencia al comandante Keith.
Thomas se levantó de inmediato e intentó volver a agarrarla pero no consiguió más que asir el vacío. La mujer volvió a hablar desde el otro lado del pasillo, a más de veinte metros de donde estaba él:
-Por ser el hijo de buenas personas que ya me han ayudado más de una vez, no te mataré aunque me ataques. Sin embargo, te recomiendo que alejes a tus hombres de mí si no quieres encontrarte con que diriges a una banda de cadáveres.
Thomas, algo desconcertado por las palabras de la mujer y sobre todo por su apabullante velocidad, se levantó del suelo algo desconcertado.
-¿Quién eres? –preguntó él sin moverse del sitio sabiéndose incapaz de alcanzarla.
-Una loba de Lucifer –respondió ella empezando a andar para marcharse.
Casi al segundo volvió la luz y Thomas se encontró en el pasillo, totalmente sólo, sólo acompañado por Fedeta que intentaba ocultarse bajo sus piernas, aterrorizada por la aparición. La mujer ya no estaba ahí.
-¿Un destino peor que la muerte? –preguntó el comandante. –No sea ridículo, teniente. Esa mujer es sólo una contra las más de ciento cincuenta personas que hay en Nuntio Delubro y dudo mucho, por muy fuerte que sea, que sea capaz de llegar hasta mí.
-Bueno, yo sólo soy el mensajero –dijo Thomas algo avergonzado. –Pero de todas maneras no parece ser una persona demasiado normal, sobre todo después de ver lo que hizo con el soldado Enrique.
-No tengo tiempo para sus tonterías –dijo el comandante con tono impaciente. –Respecto a su petición, haga lo que quiera: Si eso resuelve el asunto del asesinato y le sube la moral a la tropa, mejor que mejor. Por lo demás, no vuelva a mencionarme lo de esa “loba de Lucifer” (por Dios, que nombre más feo). Sargento Pablo, tenga este pase –dijo escribiendo algo en un papel –y lleve al teniente a los calabozos.
-Sí, señor –dijo el aludido recogiendo el escrito para salir del despacho y guiar a Thomas.
Unos minutos más tarde, después de recoger a al doctor Fake y al doctor Fernández, y tras bajar más de quince pisos llegando a los sótanos más profundos de Nuntio Delubro, Thomas se encontró ante unas dependencias terriblemente claustrofóbicas, bien construidas y bien limpias, “no como algunas celdas de las cárceles de Londres” pensó Thomas, pero tan frías y mal iluminadas que todo tenía un aspecto muy opresivo.
-No sé como los de aquí dentro pueden aguantarlo –comentó el sargento después de mostrarle el pase al guarda.
-¿Hay muchos prisioneros? –preguntó Fedeta con curiosidad.
-Pues no, sólo tres pájaros y nadie más. Dos de ellos son los que me traje de mi anterior misión… –dijo bajando la cabeza, como recordando algo penoso. Un rato después ya estaban ante la puerta. –Si no les importa, ustedes hablen con ellos y yo me quedaré atrás. No soy capaz ni de mirarles a los ojos…
-¿De qué habla? –preguntó Thomas extrañado.
-Cuando los vea ya me entenderá. No me culpe, sólo cumplía órdenes…
Thomas, Fake y Fernández entraron en la estancia dejando a un cabizbajo Pablo a la entrada y vieron una serie de ocho celdas. Sólo eso, ocho celdas más simples que un palote, apenas una cama, un retrete, una tragaluz y una reja. A pesar de su más que fría decoración, el lugar era fresco y no se percibía demasiada humedad.
-¡Eh, chicos! –avisó una mujer de aspecto joven con un daimonion con forma de perro desde una de las celdas del fondo. –Ya han llegado las visitas.
-Pues Anerues sigue dormido –se escuchó decir a un hombre desde la celda de enfrente. –Tendré que hablar yo con ellos pues… ¡Hola, señores soldados! –saludó cuando llegaron a su altura. –¿Qué hay de nuevo?
Thomas se fijó en él: Era un chico bastante corpulento, casi más grande que él y con aspecto de brutote, de pelo castaño oscuro ya algo largo y greñoso. Parecía mantener un buen ánimo a pesar de que…
-¿¡Dónde está tu daimonion!? –preguntó Thomas sorprendido. –¿Y el suyo? –preguntó después de mirar en la celda de al lado, en la que dormitaba otro chico.
-Hola a usted también… –respondió algo molesto. –¿No se lo han contado los turdetanos esos?
-¿A qué te refieres? –preguntó Fernández tan extrañado como sus colegas.
-Ahora que me fijo… ustedes no estaban en el avión… ¿Quiénes son ustedes? Anerues me dijo que vendría Pablo.
-¿Cómo lo has sabido? –preguntó Fernández aún más extrañado que antes.
-¿Es que está ahí? No me diga: No soporta vernos así y prefiere no vernos… ¡Eh! –gritó el chico a la puerta cerrada. –¡Sargentillo de poca monta! ¡Ven pa’ ca! ¡Que no te voy a comer!
El sargento Pablo no entró a pesar de los gritos.
-Ya veo que no están muy enterados de lo que nos ha pasado a mi compañero y a mí –continuó con cara de enfado al ver que Pablo no entraría. –Ese idiota de ahí fuera, “siguiendo ordenes imperativas de un superior” nos separó de nuestras daimonions dejándolas al otro lado del Sha-Mo. No soy muy ducho en daimoniología (disculpen la palabreja) pero creo que semejante jugarreta es una amoralidad en toda regla, ¿verdad?
-¡Eso es imposible! –gritaron Fake y Fernández al mismo tiempo.
-Si te separas de tu daimonion, mueres –dijo Fake.
-No hay ser humano que pueda alejarse de su daimonion sin morir –siguió Fernández.
-Si no contamos a las brujas –sentenció Thomas.
Los doctores callaron al darse cuenta de que llevaba razón.
-Usted debe ser Thomas, ¿verdad? –preguntó el chico al observarle la cara. –Thomas Cashner de Oasis, ¿no?
-¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó el aludido sorprendido.
-Me lo dijo él –dijo señalando a Anerues. –Cuando se pone a soñar ve cosas bastante curiosas, ¿sabe?
-Muchas cosas… –dijo Anerues levantándose con pesadez. –¿Qué hora es? –dijo estirándose mientras profería un sonoro bostezo.
-Acaba de amanecer. Te has levantado pronto hoy.
-Sí, bueno… Estaba soñando con lo de toda esta semana… –y fijándose en Thomas: –¡Ah! ¡Buenos días, señor Cashner! Sabía que acabaría llegando… –Anerues se levantó torpemente y fue medio tambaleante hacia la reja de su celda. –¿Ha recibido alguna noticia de su padrastro, el padre Adam?
-¿De qué lo conoce? –preguntó Thomas con miedo, al pensar que podrían chantajearle al tenerlo secuestrado.
-No se preocupe, que no nos lo hemos comido. Ahora mismo está de viaje cerca de Lutecia de camino hacia el Vaticano… –Anerues calló, como intentando concentrarse en algo. –No le va demasiado mal el viaje… tan sólo le duele un juanete en su pie derecho… En general tan sólo está bastante cansado… ¿Eso es lo que decía su última carta?
-Me dijo que iba al Vaticano… ¿Cómo sabes todo eso?
-Me lo dijo un pajarito –respondió Anerues señalándose la frente. –El padre nos ayudó muy amablemente cuando estábamos perdidos en Oasis. No seríamos capaces de hacerle daño… –Anerues calló de nuevo, apoyándose en las rejas para sostenerse en pie. –¿Me disculpan si me vuelvo a dormir? Últimamente no me tengo en pie… –dijo mientras se dirigía de nuevo a su cama, metiéndose con la misma pesadez con la que salió.
-¿Qué le pasa? –preguntó Fernández al chico. –¿Tiene alguna alteración del sueño?
-Se ha pasado las dos últimas semanas soñando, casi sin descansar en serio, sufriendo pesadillas y visiones terribles. Se entera de absolutamente todo lo que pasa fuera de esta cárcel pero no es capaz de relajarse un solo instante. Además, teniendo en cuenta el esfuerzo que hace para protegerme del dolor de haber perdido a Dai… No está precisamente en una situación muy agradable.
-¿De qué estás hablando? –preguntó Thomas algo confuso.
-¿Tienen tiempo para perder con este chavalín? Si es así…
Las siguiente hora se la pasó Jack (el chico) contando todas sus aventuras y desventuras por ese extrañísimo mundo para él. A los visitantes les sorprendió que ese chico les hablara sobre otros mundos, sobre las visiones de Anerues y todo lo que tuvo que hacer para llegar hasta donde estaba. Sin embargo, Fake no pareció afectarle demasiado el discurso, manteniéndose en un escéptico silencio.
-No sé si pensar que esto es una estúpida broma o la mayor desfachatez de todos los tiempos –dijo Fake cuando Jack, el chico, llegó a contar como había estado viajando por media Siberia para llegar hasta Daski. –¿Pretendes que me crea algo así?
-Anerues ya me avisó que uno de ustedes sería algo más difícil de convencer –dijo Jack sin perder el ánimo, –así que me dijo que le mencionara las siguientes obras: “Existencia Cuántica” del doctor Robert Anstein, “Espacio-Tiempo infinito” de Al Crusoe y “Mil ojos observan un único multiverso” de Yukari Yakumo. Según Anerues, usted se ha leído al menos el primero así que esto, en teoría, no es tan absurdo como usted dice. Además, ¿no me irá a negar que en el Norte no hay un agujero de tres pares de…?
-Vale, vale –suspiró Fake derrotado.
-¿Usted entiende de esto? –le preguntó Thomas extrañado al ver que el doctor sabía tanto de Teología Experimental. –No le conocía esa faceta suya.
-Tengo muchas aficiones, nada más –dijo modestamente. –Sin embargo, ésta es una afición bastante peligrosa pues a esos tres autores que ha mencionado están siendo perseguidos por la Junta de Oblación. Según parece, a la Iglesia no le interesa se conozca la existencia de otros mundos aunque no sé por qué…
-¿Quiere saber el porqué? –preguntó Jack. –Yo también. Según parece, Anerues conoce la razón pero no suelta prenda respecto a eso.
-Yo llevo esperando muchísimo tiempo a que diga cuál es la razón –dijo la mujer encarcelada, –pero por mucho que insista o le presione no dice nada.
-…aún… –añadió Anerues medio dormido. –…todo a su debido tiempo…
-Tú sigue durmiendo y no hables –dijo Jack preocupado por su compañero. –Creo que ya toca hablar de la parte importante de la historia: ¿Cómo nos hemos separado de nuestros daimonions sin morir? La respuesta: Hemos atravesado el Sha-Mo al igual que todas las brujas en su iniciación… bueno, más que “atravesar” el Sha-Mo sería mejor decir que nos obligaron a hacerlo. Esos malditos turdetanos nos atacaron, por poco nos matan y, por si fuera poco, drogaron a nuestras daimonions, nos subieron a sus aviones y las dejaron tiradas, tan sólo por seguir órdenes… ¡Maldita sea, Pablo! –gritó. –¡¡Se que me estás escuchando!! ¡Entra y da la cara!
Pablo, como antes, ni hizo un ademán de entrar y se quedó en la entrada.
-¡Tch! Cobarde –se quejó Jack. –Si por esto eres soldado…
-Según parece sabes muchas cosas de este sitio –dijo Thomas.
-Sólo lo que me han contado estos dos.
-Esta noche me encontré con una tal “loba de Lucifer” que me envió a vosotros a que os preguntara cosas sobre este lugar, para que me hiciera una idea de qué es este lugar.
-A veces la ignorancia es el mayor de los regalos, ¿sabe? –dijo Jack algo rebelde. –Lo que pudiera contarles les pondría en un aprieto, sobre todo si los zombis aquellos se enteran. Lo que cuente yo no debe salir de estas paredes pues recuerden ustedes que, ni juntándose con todas las demás tropas podrán llegar a tener la potencia de fuego necesaria para acabar con los soldados del comandante.
-¿Cómo? –preguntó Fernández. –¿Pretendes que nos sublevemos? Somos soldados, no podemos desobedecer órdenes.
-Si piensa así, es usted un completo estúpido moral, ¿sabe? De todas formas, no creo que después de contarle lo que tengo que contarle siga obedeciendo al comandante.
-¿Y qué es eso que tienes que decirnos?
-Sólo si ese estúpido de sargento está presente –dijo Jack sentándose a esperar. –Hasta que no esté frente a mí no soltaré prenda.
-¡Déjate de tonterías y cuenta! –exclamó Fake. –Recuerda que estás aquí en calidad de prisionero.
-¡Y usted recuerde que me han separado de mi daimonion! –exclamó Jack enfadado. –Si algo de honor le queda a su ejército, tráigame a ese cobarde para que se entere de a quién ha estado sirviendo. Hasta entonces… –dijo tapándose la boca.
-¿Qué hacemos? –preguntó Thomas haciendo un corrillo.
-¿De veras necesitamos saber lo que quiere decirnos? –preguntó Fake. –Tampoco creo que nos haga mucha falta saber qué es lo que la Iglesia investiga aquí.
-Si esa “loba de Lucifer” me ha guiado hasta aquí será para algo. Dijo que quería vengarse de algo… quizá sea la novia de alguno de estos dos y quiera matar a todo aquel que se cruce en su camino por lo que cuanta más información tengamos sobre ella y sus motivaciones, será mejor para evitar más ataques.
-Pero si no sabemos si ellos saben nada de esa…
-El teniente tiene razón –dijo Fernández. –Por poco que sepan o dejen traslucir, nos servirá de mucho en este caso. Intentaré convencer al sargento. No prometo nada pero…
-Adelante –dijo Fake. –Si esto ayuda…
Fernández salió de la estancia y, tras una larga discusión con su superior en la que no faltaron gritos y negaciones a pleno pulmón, volvió con él.
-Dichosos los ojos –dijo Jack al ver a Pablo acercarse cabizbajo. –¿Sigues siguiendo órdenes ciegamente?
-¡Tú calla y contesta a lo que se te ha preguntado! –exclamó el sargento, bastante nervioso.
-Sí, bwana –dijo Jack burlonamente. –¿Les importa que comience esta historia desde el principio?
-Pues… pues no… –dijo dubitativamente Thomas. –¿A qué te refieres?
-Señorita Agatha, le toca a usted –dijo Jack a la mujer.
-Encantada, ya me estaba hartando de estar tan callada.
-¿Qué tiene que ver ella con todo esto? –preguntó Fake.
-Tiempo al tiempo, jefe –dijo Jack. –¿Podrías contarles lo que nos contaste a nosotros?
-A ver, ¿por dónde empiezo? –se dijo a sí misma Agatha, llevándose la mano a la barbilla. –Mi nombre es Agatha Lens y soy periodista del London Bugle… bueno, era periodista de ese periódico hasta que, en fin… Digamos que un buen día mi jefe me dijo que investigara a una persona en concreto, para escribir un artículo en la página de sociedad: La señora Marisa Coulter, reconocida dama de la alta sociedad. En principio, el artículo se escribió bien, le hice una entrevista e investigué cosas sobre ella… A primera vista es una de las mujeres más maravillosas que existen sobre la faz de la tierra, realmente carismática, atractiva, bella, divertida, elegante, agradable, amable, caritativa, muy formal y educada… Era alguien indescriptible a primera vista. Sin embargo, fuentes fidedignas me indicaron que la investigara más a fondo pues, según parecía, ella no era todo lo que aparentaba ser. Al principio pensé que no sería para tanto, algún desliz de juventud como todo el mundo, nada grave… Hasta que la seguí y la vi encandilando a niños de barrios bajos, niños pobres, para atraerlos a un barco haciendo que de ellos no se volviera a saber nada de nada.
-¿Niños desaparecidos? –preguntó Thomas recordando su reciente estancia en Inglaterra. –¿Se refiere al asunto de los “Zampones”?
-Concretamente debería ser la “Zampona” pues, aparte de ella y los tripulantes del barco, no vi a más gente implicada. Investigué más a fondo el asunto: El barco que se llevó a los niños, en teoría ni existe; Marisa Coulter siempre tenía coartadas suficientes para parar una locomotora, quizá demasiadas y siempre demasiado casuales; había noticias de desapariciones de periodistas que la habían investigado antes… Eso era un asunto muy turbio, como si todo esto lo dirigiera alguien desde la sombra. Continué con mis pesquisas pero lo más que pude sacar en claro fue que su gran apoyo era la Iglesia. ¿Para qué querría la Iglesia secuestrar a niños?
-¿Entonces los niños de arriba…? –intentó preguntar Fake.
-Todos han sido raptados, no sé si por la señora Coulter pero el hecho es que están aquí. Seguí con mis divagaciones: Al no poder encontrar más información me decidí por la acción directa y me colé en una de sus fiestas para interrogar a gente cercana a ella pero lo más que conseguí saber de la señora fueron un par de frases de una niña que vivía con ella antes de que la misma señora Coulter me echara casi a patadas de su casa. A partir de entonces mi vida se convirtió en un Infierno: Me echaron del periódico en el que trabajaba, se corrieron extraños rumores sobre mí y mi pasado criminal (que juro por la Autoridad que no tengo), nadie aceptaba mis credenciales ni mis méritos… Mi carrera profesional se fue al traste tan sólo por querer resolver el asunto de los Zampones. Pero ahí no acabó la cosa pues también me convertí en un objetivo de la Junta de Oblación por una serie de artículos que había publicado hace varios años ya, heréticos según ellos… Tenía al mayor poder del mundo en mi contra y yo no podía hacer nada más que huir así que eso hice.
-¿Y cómo acabó aquí?
-Pues no rindiéndome (ustedes nunca me han visto cuando me tocan lo que no tengo). Después de perder la práctica totalidad de mis fuentes (todas desaparecidas “misteriosamente”) tuve que empezar a seguir rumores y habladurías… Escuché varias cosas entre los barrios bajos, de que los giptanos habían preparado una expedición hacia el Norte para ir en busca de los Zampones (no saben ustedes como puede llegar a desembuchar un giptano bien borracho) así que yo, por mi parte y con lo que quedaba de mis ahorros, hice mi propio viaje y los seguí. Después de una larga serie de idas y venidas que ahora no vienen a cuento, me encontré en un viaje hacia un edificio llamado Bolvangar. ¿Les suena?
-Era un laboratorio hermanado con éste, creo –dijo Thomas. –Pero nos dijeron que había sido destruido por un incendio.
-Es que yo presencié ese incendio –dijo alterando su cara, como si recordara algo terrorífico. –¿Se acuerdan de la niña que les mencioné antes? ¿La de la fiesta? Pues allí estaba, gritando a pleno pulmón, guiando a los niños secuestrados fuera de esa instalación…
-¿Qué hacía allí?
-Lo que hacía allí no era lo que importaba sino lo que gritaba: “¡Si os quedáis aquí os quitarán a vuestros daimonions!”. Sería tan sólo una niña pero jamás vi semejante decisión en las palabras de nadie y, si a ello le sumamos el hecho de que era la única persona que había conocido de cerca a Marisa Coulter, más cierto me pareció. Mencionó un caso anterior de un niño que todos los demás conocían y que había sido “amputado”… disculpen que no les diga ahora qué niño –se disculpó inocentemente, –me han quitado mi libreta de apuntes y sin ella estoy casi anulada.
Los visitantes se espantaron ante la declaración de la mujer pues ninguno de ellos se podía creer que la Iglesia participara en semejantes asuntos.
-¿Qué les pasó a los niños? –preguntó Pablo, bastante más espantado que los demás.
-Por lo que tengo entendido, lograron escapar y llegar junto a los giptanos pudiendo volver después a sus casas (creo, no los seguí después de eso).
-¿Tiene hijos, señor Pablo? –preguntó Jack duramente al ver la cara de crispación del sargento. –¿Le gusta saber a qué ha estado contribuyendo?
-Tengo una hija… –dijo llevándose las manos a la cabeza, al darse cuenta de para quién había estado trabajando. –Yo siempre he estado trabajando al servicio de la patria… al servicio de Dios… al servicio de la gente… –Pablo empezó a llorar –¡y ahora me doy cuenta de que tan sólo me han estado usando como una vulgar herramienta! ¡A ellos no les importa si llegan a secuestrar a mi propia hija! ¡Esto no es luchar por patria ni Dios alguno! ¡No puedo aceptar que esos estúpidos digan que hablan en nombre de la Autoridad! –tras llorar un rato, cambió nuevamente de cara, mostrando una furia terrible. –Ahora entiendo por qué ese bastardo de Sánchez decidía ocuparse él mismo de los prisioneros que tomábamos… ¡Se va a enterar de quién soy yo cuando nos volvamos a ver!
-Así me gusta, que lo entienda… –dijo Jack satisfecho.
-¿Entonces es cierto que existen sustancias que pueden llegar al vínculo entre personas y daimonions? –preguntó Fake tan asustado como los demás.
-Eso parece. Anerues mencionó un objeto llamado “Guillotina de Plata”, una especie de cuchilla de una aleación muy extraña que, en ciertas circunstancias, es capaz de cortar el lazo que nos une con nuestros compañeros.
-¿Y de qué sirve tener a una persona… “amputada”? Sin daimonion no se puede vivir…
-Permítame disentir –interrumpió Agatha. –Durante el incendio vi como gran cantidad de amputados escapaban de Bolvangar pero algunos lo hacían de manera aleatoria pues nadie les había dado órdenes específicas de hacia donde huir, al contrario que los niños, que iban más o menos agrupados. Antes de que me diera cuenta, tenía a un amputado cerca de mí, totalmente quieto al no saber que hacer, lo cual me asustó bastante pues pensé que ya habían logrado pillarme. Sin embargo, tras observarlo un poco, me di cuenta de que ese hombre amputado era, más que un hombre, un pelele, un muñeco, un ser que sólo obedecía órdenes de quien tuviera más voluntad, de quien más se fijara en él… Así que, sin comerlo ni beberlo, me agencié mi propio esclavo particular. ¡Demontre! Mientras estuvo conmigo no supo hacer más que lo que yo le indicaba que hiciera… En teoría, eso era un soldado perfecto: Nunca se queja, siempre obedece y lleva a buen término todo lo que se le ordena. De él pude extraer alguna información que, tras un largo viaje y más vueltas y revueltas que antes, me trajo hasta este lugar. Después de eso, me pillaron y a mi buen amigo John (así decía que se llamaba mi esclavillo) lo asesinaron sus propios compañeros tras lo cual me encerraron y conocí a estos dos –dijo señalando a Anerues y a Jack. –Y ya no tengo nada más que contar.
-Ciertamente, los amputados siguen con vida –siguió Jack –pero la cuestión es cómo siguen: Los amputados pierden, casi literalmente, las ganas de vivir y hacen lo que sea para sentirse vivos… Más o menos es lo que me ha contado Anerues. La cosa es mucho más compleja de lo que les pueda llegar a contar y tiene que ver con una sustancia llamada “Polvo” que yo aún no he llegado a entender qué es.
-¿A cuánta más gente le habéis contado esto? –preguntó Fake meditabundo.
-Ustedes son los primeros y sólo porque Anerues nos dejó muy claro que lo hiciéramos.
-Mejor. Del Polvo es de lo último que debéis hablar delante de los miembros de la Iglesia. En adelante ni se os ocurra mencionárselo a nadie.
-¿Sabe usted qué es el Polvo?
-Sé muy poco pero lo suficiente como para saber que la Iglesia lo odia. Cambiando de tema, ¿no sabréis algo de una mujer que se hace llamar “Loba de Lucifer”?
-¿Mande? –preguntó Jack bastante extrañado.
-Ayer me encontré con una mujer que decía ser la asesina de uno de los soldados del sargento Pablo –dijo Thomas. –Según parecía os conocía y nos envió a vosotros así que supongo que seguramente algo debéis de saber de ella.
-Yo no…
-Servidor… –interrumpió Anerues mientras se levantaba de nuevo bastante dificultosamente. –Yo le diré quién es… sólo a usted… –dijo señalando a Fake.
-¿Cómo? –preguntó extrañado éste.
-Le diré todo lo que sé de la “Loba”… si estamos sólo nosotros dos dentro de esta sala.
-¡Ah, no! –exclamó Fernández. –No podemos sacaros de las celdas por mucho que queramos. Lo que tengas que decir, dilo ya sin más miramientos.
-Entonces me vuelvo al sobre… –dijo echándose otra vez. –Güenas noches…
Todos los presentes se quedaron en silencio, sin saber qué decir, con la mente medio en blanco por lo que acababa de decir.
-Muy bien… –dijo Pablo tras un rato de meditación. –Teniente Thomas, usted es el miembro de mayor graduación de esta sala. Vaya a pedirle las llaves al guarda y nos encargaremos de vigilar a estos dos mientras su doctor interroga al señor Anerues.
Thomas empezó a impacientarse ante la tardanza que mostraba el interrogatorio de Anerues pero no dijo nada. Ya llevaban más de tres horas esos dos metidos dentro de la celda y no habían dejado de hablar desde entonces… o eso al menos eso creía pues nada era capaz de ver u oír a través de la sólida puerta de la sala.
Los otros dos prisioneros nada habían intentado hacer para intentar escaparse y se encontraban tranquilamente sentados en el pasillo contra la pared mientras charlaban siendo vigilados de cerca por los turdetanos y por el guarda (uno de los soldados del comandante).
El sargento Pablo no era capaz de disimular lo que sentía por el amputado que estaba a su lado, una especie de sentimiento mezcla de miedo, odio y piedad, al entender que aunque autómata, ese hombre no tenía a nadie en su vida, ningún ser al que volcar todo su afecto… Lo entendía pero no era capaz de aceptarlo.
Fernández, por su parte, era mucho más discreto aunque en apariencia pensara lo mismo que su superior.
En cualquier caso, al soldado amputado nada le parecía llamar la atención de los presentes, manteniendo una cara totalmente impasible.
-Antes mencionaste algo de que Anerues te protegía del dolor de perder a tu daimonion –dijo Fernández aburrido de tanto esperar. –¿A qué te referías?
-No se confunda –contestó Jack, –yo no he perdido a Dai, sólo me he separado de ella… ¡Je! Ahora que lo pienso ya entiendo mi pequeño problema con la claustrofobia… Perdone, se me ha ido un poco el santo al cielo. A lo que me refiero es a que ahora mismo Anerues se está colocando en la posición de mi Dai.
-No te entiendo.
-Ni yo tampoco lo entiendo demasiado. En pocas palabras, él está haciendo de Dai, como sustituyendo a mi daimonion… Cada vez que le preguntaba algo sobre eso él me salía con “siguiendo la corriente de la nieve se pueden descubrir caminos. Si sigo la corriente seré capaz de ver el camino a cualquier parte y a partir de ahí hacer cualquier cosa y llegar a cualquier parte”. No tengo ni idea de qué es eso de la “corriente de la nieve” pero sé que desde que nos hemos separado de nuestras daimonions ha sido capaz de verla, seguirla y gracias a ello desarrollar algo que él llama “capacidad empatizadora” o “aroma sensual” o algo así…. –Jack bajó la cabeza algo preocupado. –Sin embargo… se está convirtiendo paulatinamente en una persona muy extraña. Según parece no es capaz de dejar de soñar desde que sigue esa corriente por lo que está constantemente lúcido, absolutamente incapaz de desconectar y dormir a secas… Será por lo que me dijo de que se había puesto en el lugar de Dai, pero no soy capaz de dejar de preocuparme de él.
Fernández no dijo nada más y siguió con la vigilancia. Pasados un par de minutos, Fake llamó desde dentro pidiendo que le abrieran la puerta.
-¿Y bien? –preguntó Thomas nada más abrirle.
-Mejor dejemos todo lo que me contó para más tarde –susurró discretamente mientras señalaba al amputado. –La discreción es la norma a seguir a partir de este momento.
Thomas asintió y llevó a Jack y a Agatha dentro de sus celdas. Allí vio como Anerues se encontraba sentado y bastante sonriente encima de su cama, mostrando una felicidad poco común para la situación en la que estaba.
-¿Qué te pasa? –preguntó Thomas.
-No vea usted lo bien que sienta quitarse este peso de encima. Guardarse estas cosas siempre es sufrido, como usted sabe bien.
-¿A qué se refiere?
Anerues le indicó que se acercara a su celda y Thomas así lo hizo. Sin embargo algo notó, algo sintió bajo sus pies, algo conocido… esa sonoridad, esa textura, ese color, esa fluidez que le hacía resbalar, esa… arena…
-A eso me refiero –dijo Anerues cuando vio la cara de sorpresa del teniente.
Thomas se dio la vuelta rápidamente y vio a Fake. Y lo encontró esbozando una sonrisa, no sé si decir jocosa o malvada pero aparentando saber perfectamente lo que estaba pasando.
-Más le vale ir haciendo caso a quien usted ya sabe –le susurró Anerues al oído. –No sé si esto puede ser bueno o malo pero el sargento Pablo no tiene ni idea de a qué clase de demonio ha liberado.
Thomas se volvió a girar y miró a Anerues esbozando una sonrisa apacible.
-Gracias por traérmela –fue lo último que dijo antes de irse de nuevo a la cama.
Thomas, nada más salir del calabozo, fue directamente a la sala de consulta de Fake… o de quien se estuviera haciendo pasar por él.
“Y pensar que he estado tanto tiempo al lado del asesino…” pensó mirando a Fedeta, recorriéndole un escalofrío al imaginarse a Fake comiéndosela. “¡Todo esto no ha sido más que un simple montaje! El asesinato, la investigación, el contacto con sus captores… ¡Maldita sea! ¿¡Qué clase de monstruo es esa “Loba de Lucifer”!?”
Al poco, Thomas llegó a la puerta de la sala en la que debería residir Fake y, sin dudarlo más, entró. Y se quedó de piedra cuando vio a Fake, el mismo Fake que en ese preciso instante debería estar con Fernández, el mismo Fake que él conocía, estar sentado tranquilamente en su mesa con Nemas en su hombro.
-¿Podrías cerrar la puerta, Thomas? –preguntó Fake amablemente.
-¿Usted es…? –preguntó Thomas mientras cerraba con cuidado la puerta, –¿es usted el auténtico Fake?
-Entonces ya se ha enterado –respondió el otro suspirando. –¿No habrá hecho nada esa pequeña diablilla?
-¿Qué sabe usted de la Loba?
-Lo suficiente como para saber que el comandante no es trigo limpio. ¿Sabe ya lo que es un amputado?
-Sí… ¿Usted también?
-Pues sí: Esa Loba me ha mostrado claramente lo que es una amputación: Me guió por los pasillos de Nuntio Delubro, me quitó de en medio a la guardia del comandante y me acercó hasta una posición privilegiada para ver como funcionaba una guillotina de plata… ¿Cómo se atreve ese maldito comandante? –se preguntó a sí mismo Fake, cambiando el tono. –Esos gritos de terror, ese dolor que se podía palpar, esa herida sin sangre que rompió la vida de ese niño… Eso no es bueno, es algo absolutamente antinatural, ¡no puede ser una misión en favor del mundo!
Fake parecía más alterado que de costumbre, probablemente por lo que estaba recordando en ese preciso instante.
-Y ahora le pregunto, teniente: ¿Va a rebelarse contra el comandante o va a seguir obedeciéndole a pesar de saber de que estará contribuyendo su trabajo?
-Esa pregunta no hace falta que le hagas –dijo el “otro” doctor Fake entrando por la puerta, con otro Nemas sobre el hombro. –Nada más se enteró de lo que la Iglesia montó aquí ya se había decidido: Nos apoyará.
El otro Fake se dio un golpe en la frente, quebrándosele la piel, rompiéndose literalmente la cara. Por entre las grietas empezó a caer un fino polvillo, una arena blanca grisácea mostrando poco a poco una cara gris recorrida por trazos dorados: Un trazo con forma de rama florida sobre su ojo derecho, un trazo con forma de ceja furibunda sobre su ojo izquierdo, lo que parecía ser una lágrima dorada bajo su ojo derecho, cuatro pestañas puntiagudas bajo su ojo izquierdo y unos llamativos labios dorados que resaltaban en su cara, todo acompañado por una gran cantidad de manchas y trazos en su largo pelo que se le soltó nada más liberarse de su prisión de piedra.
-Mi nombre es Dijuana –dijo la recién desenmascarada. –Como la Anomen Loba de Lucifer que es mi forma, declaro que a partir de ahora el ASESINO declara la guerra al cielo y a la tierra en nombre de la Corriente de la Nieve pues esa es la razón de su nacimiento. Juro por la existencia que me ha sido concedida que de Nuntio Delubro no quedará piedra sobre piedra antes de que acabe esta semana.
El caso más difícil de resolver es aquel en el que el mismo investigador es el asesino… Me gsutó escribir este capítulo por el reencuentro entre Anerues y Dijuana, tan misteriosos ellos.
Espero que os haya gustado.