Cajón de sastre - SDMS, primera parte
Marzo 20, 2008 por jeshuamorbus
Sólo para mayores de 18… quien avisa no es traidor
Ella sencillamente escuchó como alguien cerraba un libro de golpe. Más que suficiente para darle un susto de muerte. Sin fijarse en ese chico, sin atender a lo que había delante de ella y, menos aún, sin acordarse de recoger sus zapatos, se lanzó colina abajo atravesando esos árboles huyendo desesperadamente mientras se limpiaba la mano.
No tardó en arrepentirse de no haberse parado a coger sus zapatos pues a los pocos segundos de iniciar su carrera, sintió un pinchazo en uno de sus pies y cayó dolorida al suelo.
-Hay que ver con las chicas de hoy… –dijo el chaval que le descubrió, con sus zapatos en la mano. –Te has dejado esto atrás.
Él no tendría más de diecisiete años, era bastante alto, delgado y su pelo era grisáceo. Su cara, de facciones delicadas, era fina y estrecha, casi decir, afeminada lo cual no implicaba que fuera feo. Era la primera vez que le veía por esos lares…
Claro que, a ella, eso era lo que menos le importaba ahora…
-Anda, toma… –dijo él dándole los zapatos para luego comenzar a andar de vuelta al pueblo. –Ya nos veremos.
Ella, algo confusa por su calmada actitud, se giró hacia él algo asustada…
-¿Qué has visto? –se le escapó antes de que se diera cuenta de lo que realmente decía.
Él se dio la vuelta y mostró una expresión ¿extrañada? Ella había pensado que tal vez estuviera enfadado, riéndose de ella, que quizá incluso estuviera algo asustado de lo que pudiera haber visto… ¿pero extrañado?
-¿Estás asustada? –preguntó él al tiempo que se acercaba a ella tranquilo. –¿Qué temes? ¿Que se lo diga a todo el mundo?
-¿Qué has visto? –volvió ella a preguntar con la cabeza gacha, cada vez más acongojada.
-Un espectáculo muy sugerente –dijo él con una mezcla de sorna y seriedad al tiempo que se pasaba una mano a la barbilla para parecer falsamente intelectual. –Pensaba que en el monte se podía correr, jugar, caminar, pasear, hablar, leer, mirar el cielo, meditar, comer, beber, emborracharse, hacer fiestas, hacer el pino… pero ésta es la primera vez que veo a alguien hacer eso por aquí… Siento haberte molestado mientras tratabas de buscar tu propio placer.
Ella, más apesadumbrada que antes por culpa de su verborrea que trataba de evitar la palabra “masturbación”, agachó más la cabeza que antes…
-¿Qué te pasa? –preguntó el tratando de animarla. –Tampoco es para tanto…
-Pero…
-Pero nada: Tranquila. Yo acabo de llegar a este pueblo. No te conozco y yo no conozco a nadie por aquí. No quiero iniciar mis relaciones sociales pareciendo un chismoso sin remedio…
Su tono jocoso y distendido hizo que ella alzara la mirada algo menos asustada.
-Así me gusta, que me mires a los ojos –comentó él ladeando la cabeza simpático. –Anda, cálzate y haz lo que quieras… no te molestaré más (eso sí, haz el favor de vigilar un poco los alrededores antes de hacer nada) –dicho lo cual, sencillamente se dio la vuelta y continuó su camino en dirección al pueblo mientras sostenía ese libraco de color verde bajo su brazo.
Y ella, algo confundida aún, sonrió complacida por la caballerosidad de ese chico…
-Tal vez no me hubieras entendido bien la última vez que hablamos… –dijo él mientras se rascaba la oreja entre distendido y extrañado. –¿No te dije que miraras antes de empezar?
Había pasado una semana después de ese primer encuentro y ahora, en el mismo lugar, ambos volvían a encontrarse en la misma situación. Exactamente la misma salvo que, esta vez, ella no huyó.
-Y lo he hecho –respondió ella sonriendo. –He visto lo que quería ver y he empezado.
Él pareció estremecerse un poco pero se mantuvo firme.
-¿A qué viene eso? –preguntó él mientras ella se limpiaba serenamente con un pañuelo.
-Me ha venido obsesionando toda esta semana… –dijo ella mientras se levantaba. –Eres el primer chico que he conocido que no se ha aprovechado de la situación. Me caes bien… –ella se acercó rápidamente hasta él sin dejar de mirarle a los ojos.
-¿Esto es una proposición o algo? –preguntó él sin apartar su mirada de la de ella, tan sereno y jocoso como entonces.
-¿Tú qué crees? –preguntó ella al tiempo que le acariciaba suavemente la mejilla tratando de acercar su cara a la de ella.
La reacción del chico fue algo inesperada para ella: Con su mano libre le agarró de un hombro y la empujó contra el árbol, acorralándola. Ella, sin miedo, es más, contenta por el ímpetu del chico, esperó a que empezara pero…
-Paso –contestó él sin mucha pasión.
Se dio la vuelta y, sosteniendo su gran libro sin temblor alguno, frío e impasible, comenzó a andar de vuelta al camino que lo llevaría al pueblo. Y ella, anonadada por la frialdad que mostraba ahora ese anteriormente saleroso chico, exclamó:
-¡Pero…!
-Cada cual vive su sexualidad como quiere pero que tú estés dispuesta no quiere decir que yo también quiera hacerlo –contestó él antes de que ella dijera nada. –Además –él se dio la vuelta –no te conozco de nada. No te he vuelto a ver en toda esta semana… y, créeme, no soy de aquellos que van al asunto sin pensar. Tú ya eres casi una mujer, ¿acaso no sabes lo que puede pasar por ir a lo loco?
Ella, de nuevo derrotada, agachó la cabeza, esta vez temiendo realmente por su prestigio, nerviosa y casi llorosa…
-¡Buf! ¡No me pongas esa cara! –pidió él exasperado, al tiempo que volvía hacia ella.
Cuando puso su mano sobre el hombro de la chica, ella alzó la mirada algo más animada.
-Tampoco te pongas tan contenta –advirtió él. –Sigo sin querer hacerlo –ella, de todas maneras, no apartó la mirada. Volvía a sentir esa sensación de complacencia que sentía cada vez que él hacía lo que le suplicaba sin palabras. –¿No crees que eres un poco joven para pensar en estas cosas?
-¿No eres tu lo suficiente mayor como para entender lo que quiero?
-¿Y no eres tú lo suficientemente madura como para saber que no todos tienen porque querer montárselo contigo?
-¿Acaso tú no eres capaz de aceptar una inocente proposición?
-¿Desde cuándo esto es inocente?
-¿No puedes ponerte en mi lugar?
-¿No puedes hacerlo tú?
Se intercambiaron esta larga serie de preguntas en un instante y casi sin respirar, eso sí, sin apartar sus miradas ni un instante. Sostenían una especie de lucha feroz para ganarse a la otra parte de una manera muy relajada, sin gritos ni tensiones, pero a la vez tan vivida que parecía que echaban chispas.
Ella no comprendía el por qué de la negativa del chico… bueno, tal vez fuera porque, tal como dijo ella, él era algo diferente de esa pandilla de salidos que eran los chicos de su pueblo. Quizá por eso le había caído en gracia.
Sin embargo, ahora no resultaba tan caballeroso como hacía un instante… se le notaba algo distante y frío, como si fuera otra persona…
-Por favor… –pidió ella humildemente mientras bajaba las manos a su falda.
Él detuvo su mano sin apartar la mirada. No lo estaba pero casi parecía enfadado. Mas, esa expresión desapareció casi al instante, siendo sustituida por otra algo más despreocupada.
-No te daré lo que quieres –ella volvió a sentirse decepcionada, cosa que manifestó perfectamente en sus facciones. Sin embargo, las del otro no parecieron ni apercibirse de ello, casi como si disfrutara de su propio desprecio. –Al menos por el momento –añadió al cabo de unos segundos, tras observar la cara entristecida de la chica a la que sostenía contra el tronco del árbol.
De nuevo la misma sensación de placer dominó a la chica, la cual volvió a hacer que se sintiera confusa para luego hacerla volver a sonreír.
Él se acercó a su cara y colocó su cabeza al lado de la chica, como para decirle algo al oído.
-¿Quieres hacer esto porque te he gustado? –le susurró él al oído.
-Sí… –respondió ella algo confundida por la cercanía de ese chico que decía negarse a ella.
-¿Tanto te complazco? –su tono había vuelto a ser el distendido de antes.
-Sí –ella había vuelto a recuperar algo de confianza.
-¿Qué harías para ganarte el derecho a mí?
-¡Lo que sea! –exclamó ella al tiempo que se giraba hacia él.
Pero él no le permitió que le mirara a los ojos: Cuando notó que ella se movía, alzó su mano y forzó a la chica a que mantuviera su mirada lejos de su cara.
-Lo que sea… –musitó él. –Muy bien, empezaremos por lo básico: No te atrevas a mirarme –la frase destilaba autoridad en cada una de sus sílabas, tanta, que ella se dejó manejar por su mano como si fuera una vulgar marioneta. –Así me gusta… –nada más le obedeció, su tono volvió a ser el tranquilo de antes. –Decías “lo que sea”… –continuó en un susurro. –¿Deseas placer? Pues ponte a ello.
Su última frase no sonaba a orden, ni siquiera a petición… sin embargo, la mano de ella se puso en movimiento casi como un resorte. Mientras escuchaba el suave respirar del chico que le rodeaba con su brazo y sostenía su cabeza suavemente con su sien, sus dedos se pusieron en movimiento.
No tardó en sentir vergüenza de estar haciendo esto con un desconocido… sin embargo, pensar en que esto no era correcto ahora era una tontería, ya que era ella la que se había lanzado.
Tal era la excitación de la chica que no tardó en alcanzar el éxtasis, momento en el cual su respiración, que se había mantenido serena en esos instantes, se cortó de repente. Una reacción de lo más común, sí, si no fuera por la bestialidad de la sensación que había recorrido su cuerpo en ese instante… según sus humildes e inexpertos baremos, había sido cientos de veces más poderosa de lo normal, una ola tan brutal que dejó de respirar para saborear mejor ese instante.
-¿Ya está? –preguntó él suavemente, al tiempo que colocaba su cara frente a la de ella, que seguía algo confundida por la oleada de sensaciones que acababa de experimentar su cuerpo.
Ella no respondió y, sencillamente, bajó la mirada. La orden que le había dado hacía un momento le había sonado tan imperativa que temía que ese chico se marchara de inmediato si se atrevía alzar su cara frente a del chico. No temía que le golpeara, no temía que la insultara, no tenía miedo siquiera de que le dijera a todo el mundo lo que acababa de hacer… temía que se fuera, que se diera la vuelta despreciándola…
-Puedes mirarme a los ojos –suspiró él con tono tranquilo.
Ella no reaccionó de inmediato y fue alzando la mirada paulatinamente, poquito a poquito… Se encontró con los estrechos pero expresivos ojos grises de ese chico que estaba esperando pacientemente a que ella se encontrara en paz.
-¿Es que tengo que ordenártelo todo? Respira –pidió él tan jocoso como antes.
Ella, que ni se había dado cuenta de lo roja que estaba por mantener tanto la respiración, conservando cuanto más pudiera el sabor de lo vivido, aspiró con fuerza y volvió a sentir mareos mas, al cabo de unos segundos, sintió como el aire se le escapaba en forma de una más que agradable risa, risa en la que le acompañó el chico.
Allí mismo se abrazaron mientras seguían riendo sinceramente. No se conocían de nada, no sabían ni siquiera el nombre del otro pero sentían una extraña afinidad del uno por el otro. Pero era ella la única que sentía que eso era algo importante…
Ya se me están acabando los bocetos… quien lo diría.
En fin, he aquí lo que es la primera parte de mi primer intento de novela erótica que jamás haya escrito. Y antes de que digáis que me va el sometimiento y el sadomaso diré que no, que esto sólo lo he usado como apoyo para la historia (NdD: Ya, claro… y que después aparezca por ahí una dominatrix dando guerra no significa nada…).
En fin, que sencillamente me apeteció cambiar completamente de aires… que nadie se sienta ofendido porque a nadie pretendo ofender. Sólo trato de entretenerme como mejor sé.
Este es de los pocos relatos tuyos que he leído entero (me enganchó el argumento xD). Espero que algún día decidas acabarlo.
Hasta más leer, estimado Jeshua
PD: ¿Cómo haces para salir tanto en Microsiervos?