Parásito - Capítulo 11: Maldad
Marzo 22, 2008 por jeshuamorbus
Cuando me desperté aún era de noche. Miré el reloj y vi que aún eran las seis de la mañana. Me dije que mejor para mí así que me giré y busqué a Amelia… para no encontrarla. Sentí como su lado de la cama ya llevaba largo rato frío y como el olor de Magnolia casi había desaparecido del ambiente.
Me levanté para saber qué había pasado y salí al pasillo en medio de la oscuridad de la casa. Nada más abrir la puerta escuché algo tras la puerta de la sala de estar… parecían ¿gemidos?
-¿Amelia? ¿Estás bien? –pregunté desde detrás de la puerta.
-¡No entres! –me gritó desde el otro lado para volver a gemir angustiada.
-¿Qué te pasa? –pregunté mientras abría.
La respuesta me pilló totalmente descolocada: Amelia cerró la puerta de un golpe sin ningún cuidado dándome en la nariz.
-¡No…! –algo le quitó el aire a Amelia y su voz se entrecortó mientras escuchaba como se retorcía en el suelo. –…no entres…
Su voz era ambiguamente confusa… cierto que gemía casi como si le estuviera ardiendo la piel pero su voz entrecortada revelaba un alivio que no comprendía. No me moví de mi posición y escuché como su movimiento se intensificaba, como el sonido del roce de telas aumentaba de volumen y como ella suspiraba al tiempo que lloraba, gritando de dolor o de alivio cada cierto tiempo…
-¿…por qué…? –le escuché decir varias veces. –¿Por qué me has hecho esto? ¿¡Cómo me has hecho esto!? –y volvía a suspirar sin control.
El sonido de las telas se volvió paulatinamente más sordo pero más intenso y, cuando eso ocurrió, ella gritó de nuevo y pude escuchar un sonido como de chapoteo al otro lado, como si estuviera removiendo algo muy húmedo al otro lado de esa puerta…
¿Sufría o disfrutaba? No comprendía lo que le pasaba pero, fuera lo que fuera, generaba un olor tan intenso de Magnolia que tuve que alejarme de la puerta para no verme afectada directamente.
Pasó casi una hora así, entre gritos, suspiros y gemidos hasta que escuché como su cuerpo se desplomaba para después poder escuchar sólo su fuerte respiración.
Al escuchar el golpe, fui de inmediato a la habitación y cogí un pañuelo. Por una vez iba a rechazar oler a Magnolia: Amelia necesitaba ayuda. Me anudé el pañuelo detrás de mi cabeza y abrí la puerta. Contuve la respiración y me encontré con Amelia tirada cara arriba, con los ojos llorosos y respirando agotada. La recogí, la arrastré como pude mientras trataba de sobreponerme al olor de Magnolia y la pasé a la cama de la habitación.
Estaba muy sudada… pero sudada de verdad: Casi parecía que se había metido en la bañera antes de entrar en la sala de estar. Estaba despeinada, muy desaliñada, enrojecida por el cansancio, tan caliente como si tuviera fiebre, babeante por el descontrol… se parecía a mí después de oler a Magnolia… Sus ojos estaban perdidos en ninguna parte pero, al rato, recuperó el sentido:
-¡Te dije que no entraras! –me gritó nada más fijar su vista en mí.
Se alejó de mí y se comprimió como si fuera un animal acorralado… su cuerpo temblaba brutalmente… bueno, más que temblar, tenía unos espasmos horribles. Me acerqué a ella para comprobar como estaba pero, nada más tocarla la escuché mascullar algo entre lágrimas:
-…no me toques… por favor… ya no más…
Sus manos se aferraban a la manta como si se estuviera agarrando a un salvavidas y mantenía su cabeza gacha, invisible entre sus hombros para evitar mirarme a los ojos… Ahora la que parecía una niña de doce años era ella. ¿Qué demontre habría ocurrido?
La dejé y me senté en un taburete alejado de la cama. Una vez me alejé de ella, las reacciones de Amelia comenzaron a disminuir en potencia. Dejé que se calmara, sin prisa alguna. No la forcé ni me acerqué a ella… pero tras un largo y pesado silencio tuve que preguntar:
-¿Qué te ha pasado? –al tiempo que hablaba, sentía como un sentimiento de culpa ascendía por mi garganta al pensar que lo que le pasaba tal vez era culpa mía. –Te… ¿te he hecho algo?
-¿¡No recuerdas nada!? –exclamó ella mientras aún temblaba abiertamente. –¿¡Tan embobada estabas en Magnolia que no eres capaz de recordar absolutamente nada!?
Nos miramos a los ojos… otra expresión ambigua… no era capaz de saber si estaba enfadada o contenta. Parecía que al enterarse de que yo no sabía nada, se había librado de un gran peso pero, igualmente, mantenía las cejas encaradas.
-¿Qué ha pasado? –repetí nerviosa, temiendo lo peor.
-Tú me has… –su voz se entrecortó bruscamente, apartó la vista y su cuerpo se encogió más si cabe. Vi como sus piernas, en medio de esa incomodísima flexión, se frotaban una contra la otra, suave pero cadenciosamente. Ese movimiento parecía relajarla, incluso complacerla… hasta que, con un grito de voluntad, Amelia se sobrepuso, se estiró en toda su extensión en una pose muy forzada, se levantó y se apoyó contra la pared para evitar mirarme a los ojos… –Puedo… –un nuevo acceso hizo que se quedara muda varios segundos durante los cuales se llevó la mano al pecho. –¿Puedo pedirte algo? –me preguntó cada vez más temblorosa sin apartar los ojos de la pared.
-¡Sí, claro! ¡Lo que sea! –respondí rápidamente para ayudarla en lo posible. No sabía por qué pero algo me decía que lo que le pasara lo había causado yo.
-Échate en la cama y cierra los ojos… –Obedecí de inmediato, sin escuchar qué más quería decirme y al segundo estaba sobre el colchón, con los párpados completamente cerrados. Sentí como ella se giraba hacia mí mientras aún jadeaba. –Esto… esto sólo lo haré una vez… sólo esta vez y no más. Si trato de volver a hacerlo pelea, ataca o mátame si quieres… pero, por favor, no me rechaces esta única vez… –su voz, cimbreante e inestable, ronca y dulce a la vez, no me afectó, es más, en lugar de tensarme, me relajó y al segundo mis brazos estaban puestos con gran suavidad sobre el colchón y mis párpados no estaban crispados sino suavemente cerrados. Muchas veces fue ella la que se quedó velando por mí, mientras yo estaba ida. Éste era un buen momento para devolverle el favor. –…gracias… –su voz denotaba cierto alivio pero su respiración se aceleró… sentí como ponía sus rodillas sobre el colchón, como avanzaba sobre él, como colocaba sus brazos a mis lados y como su respiración se acercaba a mi cara.
Me besó.
Me besó en los labios, suave, lenta y deliciosamente.
Sentí un alivio temporal en la crispación general de su cuerpo… dejó de temblar, su respiración se tranquilizó, sus labios…
Sus puños se crisparon de repente antes de que pudiera sentir más detalles y la profesora corrió a encerrarse de nuevo en la sala de estar.
Escuchado el portazo, me levanté anonadada… ¿¡a qué vino eso!?
Me quedé sentada encima de la cama esperando que Amelia saliera de la sala de estar. Pasó más de media hora sin hacer ni un sonido, ya fueran más gemidos o su respiración. Parecía que los ánimos se habían calmado… aunque, a decir verdad, ahora era yo la que estaba nerviosa a más no poder: No comprendía por qué me había besado.
No lo rechazaba, al fin de al cabo, dijo que sólo iba a ser esa vez aunque seguía sintiendo cierto repelús dentro de mí. Girasol aún estaba dormido así que no se enteró de nada de lo que había pasado… no sabía si para bien o para mal… me daba vergüenza hasta pensar en decírselo a él, con quien había decidido compartirlo todo desde que nos unimos.
Perdí un poco la paciencia y fui a la puerta. Golpeé ligeramente y, al no recibir respuesta, apoyé mi oído sobre la madera. Escuché el ligero ronquido de Amelia, ergo, se había quedado dormida, además, el poderosísimo olor que había antes se había mitigado en gran parte, siendo sustituido por el suave que percibía normalmente. Preferí no molestarla en ese momento: Lo que fuera que le había forzado a besarme podía esperar… bueno, más bien yo no quería preguntar.
Fui al baño para despejarme y distraerme mientras me daba una ducha pero, como ya era costumbre, nada más verme en el espejo di un paso atrás asustada. Pero esta vez no fue por culpa de que tenía toda la cara roja, ni los brazos, ni el resto de mi cuerpo, no… de hecho, estaba completamente limpio: El estigma, que la noche anterior ya me había alcanzado la barbilla, debería haberse extendido por mi cara pero ahora… ¿estaba en mi pelo?
Ciertamente era algo muy curioso verme con ese raro cambio de look: Mis cabellos ahora lucían un elegante color negro irisado de rojo escarlata. Cada vez que movía mi cabeza, mi cabeza devolvía cientos de tonos de rojo. Lo malo: Si me daba la luz, mi cabeza resplandecía como si estuviera cubierta de sangre; lo bueno: Aún era invierno, no había luces muy intensas y era fácil disimular ese nuevo color si me recogía el pelo en una simple coleta.
La verdad es que cuando me vi no me sorprendí (de sorpresas, ya estaba curada de espanto) pero, de todas maneras, me dispuse a comprobar sistemáticamente cada una de las capacidades que ahora residían en mi cuerpo: Alisé mis cabellos y formé telillas, invoqué opciones y generé taladros… nada había cambiado. No me detuve ahí y me quité la tirita que llevaba desde el día anterior y me abrí la herida con los dientes para comprobar si al menos las funciones de Oboeteru seguían funcionando y acerqué mi dedo al espejo mientras rememoraba alguna imagen de lo que pudiera haber ocurrido delante de él.
No pasó nada.
“No todo podía ser tan bonito…” pensé algo disgustada mientras me ponía otra tirita.
Supuse que todo el Oboeteru habría acabado como el Memento: Todo en mi pelo… ya se habían acabado los días en los que era capaz de saberlo todo con tocar cualquier fruslería…
Suspiré y me duché rápidamente para luego ir a prepararme el desayuno (Amelia no estaba muy por la labor), todo ese rato, tratando de adivinar qué había pasado esa noche… la opción de usar a Oboeteru para descubrirlo ya quedaba descartada así que… temblé de nuevo al verme en la tesitura de preguntárselo a Amelia.
“Anda, mejor dejarme de tonterías” me dije dándome un par de golpecillos en la frente. “Después de clase seguro que ya estaré más calmada.”
Comí tranquila, tratando de pensar que lo que había pasado no era para tanto y luego fui a vestirme a la habitación. Mientras me ponía mi uniforme de Encargada escuché un par de ruidillos venir de la sala de estar. Agucé el oído pero al parecer Amelia tan sólo se había dado la vuelta en ese incomodísimo sofá-cama… y cuando volví a mi ropa, noté como todo mi pelo se movía hacia la pared. Antes de que pudiera hacer nada, todos mis cabellos estaban en contacto con la superficie…
Me encontraba ahí, en esa misma sala, a esa misma hora y en la misma posición en la que me había quedado cuando mi pelo entró en contacto con la pared… eso era lo extraño: Yo me estaba viendo a mí misma totalmente quieta a cierta distancia. Casi parecía que el tiempo se había detenido…
Me miré a mí misma y comprobé que estaba entera… me pregunté que podría haber ocurrido pero, antes de hacerme la pregunta ya conocía la respuesta: Memento había causado esto… En ese mismo instante me encontraba como en medio de un mundo detenido. Sin mucho ánimo por investigar a estas horas de la mañana (lo que habría dado por volver a la cama) fui hacia la puerta entreabierta de la habitación y cogí el pomo. Pero, para cuando me di cuenta, mi brazo entero había atravesado la puerta. Retiré la mano asustada y me la miré bien… hasta que me di cuenta de qué podría estar pasando: El Memento había entrado en contacto con la memoria que yacía en toda la casa y había hecho que mi mente consciente pudiera explorar por la imagen que había creado a partir de la información recogida… o al menos eso creía. Me volví a la ventana y miré por ella.
“Como pensaba…” me dije al ver que, en un radio alrededor de los seiscientos metros de esa casa, se extendía una densa niebla que no había cuando miré por última vez. Memento había recogido las memorias de la casa y me estaba dando a ver lo que podía percibir desde ese punto. Más allá de esos seiscientos metros, nada se podía ver.
Con calma y sangre fría, asimilé esto y me dispuse a ver qué más posibilidades tendría este nuevo y raro poder: Fui hacia la puerta y la atravesé (sentí un cosquilleo extraño, como si atravesara un muro de merengue), tras lo cual, pasé por la puerta de la sala de estar. Como imaginaba, Amelia se encontraba durmiendo apaciblemente en el sofá-cama, abrazando la almohada con todo su cuerpo como de costumbre (cuando dormía con ella, al final siempre me encontraba con que me había quitado la almohada) y en posición fetal, como siempre también. En el aire flotaba su delicioso aroma y tras de sí, pude ver como los pétalos de Magnolia colgaban más lacios que nunca aunque…
Me acerqué para analizar un poco mejor lo que veía: Sí, eso eran los pétalos de Magnolia, no cabía duda pero ¿no eran un poco demasiado más grandes que la última vez que los vi? El bulto que veía era notablemente más grande que otras veces… bueno, a través de la ropa no podía tener una buena perspectiva de lo que habría allí detrás, así que me volví a la habitación. Una vez allí, me senté en el suelo y comencé a meditar un poco si, ya que podía ver todo lo que pasaba en mi entorno a tiempo parado, tal vez pudiera volver atrás en el tiempo para ver lo que hubiera ocurrido por allí antes, tal como hacía con Oboeteru.
Y así, sin comerlo ni beberlo, de repente vi como todo el ambiente cambiaba: Me volví a ver a mí misma pero esta vez entrando tranquilamente por la puerta, en movimiento. Lo que decía, lo que hacía, la manera en que actuaba… sí, esto había pasado el viernes pasado nada más volver de clase, justo antes de recibir a mis padres.
Así visto, el Memento funcionaba de una manera muy similar a la de Oboeteru sólo que de una manera miles de veces más potente…
Alegre por ese descubrimiento, me sonreí y traté de concentrarme en lo que más me estaba preocupando en ese momento: ¿Qué podría haberle hecho a Amelia para que acabara tan agotada esa noche?
Centré mi mente en los momentos antes de quedarme dormida y al rato la imagen apareció… pero…
“La Carrie se ha teñido el pelo…” musitó uno de los muchos cotillas que me amargaban las mañanas.
“Ni lo menciones… parece que se lo haya lavado con sangre…” respondió otro.
Yo, sin ánimos de estar aguantando sus chismorreos, cogí un papelito, les escribí un mensaje y se lo pasé a mi vecino de mesa que, expeditivo, se lo mandó a los dos cotillas.
“Esto ya empieza a ser costumbre” comentó el primero con miedo. “A ver… Hoy no estoy de humor y estoy menos sorda que nunca… No me busquéis las cosquillas o acabaréis mu…” el chico enmudeció y así permaneció, por suerte para él y alivio para mí.
“¿Qué te pasa?” preguntó Girasol preocupado. “No has dicho nada desde que salimos de casa…”
Como si tuviera ganas de comentar mi visión con nadie…
“¿No has notado nada raro esta noche?” pregunté desanimada.
“No, no he notado nada, sólo he dormido como un bendito… ¿A qué viene esa cara?”
“Yo…” el corazón me dio un tumbo y callé. “Te enterarás cuando hable de esto con Amelia…” dije para intentar volver a la explicación de mi profesor. Pero, por desgracia, ni mi mayor voluntad pudo evitar que mi mente se fuera a otras partes…
Cada vez que pensaba en lo que había visto, lo que había ignorado al estar sumida en ese obnubilante aroma… era la sensación más ambigua que jamás había sentido… ¡agh! ¡No sabía qué pensar!
Yo…
Ese fuego que había dominado mis manos… eso era… ¿vergonzoso o exultante? Entonces me había parecido una sensación deliciosa pero ahora que sabía lo que realmente había hecho, un mórbido placer dominaba mi cuerpo… pero era tan horriblemente retorcido que cada vez que lo rememoraba, temblaba…
No lo comprendía.
Tal vez era por eso que le tenía tanto miedo. Por suerte para mí, lo que hubiera pasado había quedado sólo entre nosotras dos. Sin embargo, ¿cómo iba a poder volver a mirarle a los ojos?
El tiempo pasó entre más y más reflexiones y las palabras perdidas de mis profesores, hasta que me llegó mi turno de patrulla. Hoy me tocaba compartirla con Martín.
Últimamente, este chico se había mostrado más simpático de lo normal y se había encargado de la mayoría de los trabajos considerados “molestos” por mí y Federico. Decía que, en el fondo, le encantaba hacer trabajos más sencillos pero en realidad sabía que se sentía culpable por habernos dejado tirados cuando el ataque de los rubritrípodos. Para mí, ese sentimiento de culpa no era necesario pues yo habría hecho lo mismo de haber tenido la oportunidad (y de no haber estado tan furiosa), pero se lo consentía: Todo el mundo se libra de sus culpas de alguna manera y él lo hacía mediante el trabajo.
-De verás no sé cómo es que seguís en el cargo sin aliens –me comentó mientras dábamos un paseo por los pasillos del edificio principal. –Yo no me habría atrevido a volver a clase si no fuera con éste.
-Es Federico el que se ha quedado sin Girasol –respondí mientras patinaba lentamente. –Yo lo tengo dentro de mí…
-¿Entonces es cierto que has hecho ya la simbiosis?
-¿Ya habías oído hablar de ello? –pregunté sorprendida.
-Algo, sí. Tengo un amigo muy aficionado a navegar por internet. Cuando se enteró que me había convertido en Encargado, le entró la vena artística y comenzó a buscar información sobre el tema… choca un poco enterarse de lo que pasa por llevar a éste en la cabeza, ¿eh?
-¿No lo rechazas?
-¿Has rechazado tú al tuyo? –dijo encogiéndose de hombros. –Hoy día las simbiosis se hacen en todo el mundo. Más que algo que podamos elegir, parece más algo que “debemos” hacer.
-“Debemos” suena un poco fuerte…
-Después de la masacre del impacto es normal que los humanos comencemos a defendernos de los aliens, aunque sea con su propia ayuda, ¿no crees? ¿Acaso no aprecias al Girasol que ahora tienes dentro de ti?
-Nunca he dicho lo contrario pero no es porque me defienda por lo que le aprecio.
-Ya… claro… –dijo apartando la vista. –Cuida de ti sin dejarte sola…
-¿Te pasa algo?
-Algo, sí –respondió su Girasol con su cabeza en el exterior. –¡Díselo ya!
-Perdona por haberos abandonado el otro día… –dijo finalmente.
-No pasa nada –respondí sin darle mucha importancia al asunto. –El miedo no es cobardía.
-Si no es por eso… es que ni siquiera te dirigí la palabra cuando todo el mundo te llamaba monstruo por el asunto de las Magnolias… todos te señalaban y hasta yo notaba que estabas a punto de llorar. Quería hablar contigo pero no quería que los demás me vieran contigo entonces… resulto ser un poco egoísta, ¿no crees?
-Olvídalo –suspiré paciente. –¿Qué importa lo que no hicieras entonces si ya ha pasado? Ahora hablas conmigo con toda naturalidad, ¿no? Dejémoslo estar.
-¿Lo ves? No fue para tanto –dijo su Girasol. –¡Tienes que ser más impulsivo!
-Lo que tú digas –dijo él dándole un capirotazo pero sin dejar de reflejar desánimo. –Esto…
-¿Hay algo más que no sepa? –pregunté al tiempo que me daba la vuelta hacia él.
-Ten cuidado con el nuevo profesor… –me susurró.
-Eso no tienes que decírmelo –repliqué decepcionada por una revelación tan vana. –Lo conozco lo suficiente como para querer matarlo…
-Es que es él quien quiere matarte a ti –eso me pilló un poco desprevenida. –El domingo llamó directamente a mi casa… me informó de que tu cuerpo había sufrido unos cambios terribles por tu unión con un alien llamado “Oboeteru” y que era posible que te volvieras peligrosa… ¿es eso cierto?
-Sí, estoy unida a cierto alien muy parecido a Oboeteru; sí, soy muy peligrosa; sí, me enfado muy fácilmente –recalqué estas últimas sílabas –pero lo cierto es que el peligro no es real: A él lo que le molesta es que sea un “fallo” totalmente fuera de su control. No debes temer por la vida de nadie (salvo por la suya).
-Ten cuidado entonces… me dio órdenes de que peleara a muerte contigo si perdías el control… aunque lo decía de tal forma que casi parecía que quería que te asesinara por la espalda después de la captura de cualquier alien…
Asentí incómoda (algo más…), me giré y volví a mi patrulla, tratando de sobrellevar esta declaración…
Cuando volví a la casa, me la encontré vacía. Amelia habría salido o se habría encerrado en su laboratorio… Por un lado me alegré de poder posponer nuestra conversación pero, por otro lado, me sentí algo angustiada… por alguna razón, quería poner los puntos sobre las íes ya…
Me senté en la cama y, mientras veía como pasaban las horas en el Santo Firme, esperé pacientemente. Ella no podría pasarse toda la vida allá abajo, lo sabía… pero, aún sabiéndolo, la presión en mi pecho se fue haciendo más intensa a cada instante…
Girasol sabía que lo que me estaba afectando tanto era un tema muy delicado, así que, muy educado él, no me atosigó con preguntas y trató de aliviarme tratando temas mucho más banales. Escucharle me resultó gratificante y él se reveló como un gran orador, logrando que me distrajera un poco de mis preocupaciones hasta que se fueron las luces del día.
Pero de nada sirvió toda la verborrea que me soltó cuando vi a Amelia delante de la puerta de la habitación: En un primer instante, mi vista se vio confundida, mi respiración se aceleró tanto como los latidos de mi corazón y mi piel empezó a segregar sudor espontáneamente… Ella no estaba mucho mejor: Su cara reflejaba tanto desconcierto como el que yo debía estar mostrando, aparte de unas ojeras brutales…
-…hasta yo te he notado esas ojeras… –comenté nada más verlas, sin nada más inteligente que decir.
Amelia, que a duras penas trataba de mantenerse serena, se acercó a mí y se sentó delante mía con la cabeza gacha.
-Ya… ya lo sabes, ¿no? –preguntó avergonzada. –El Memento…
-Sí, el Memento… ahora lo recuerdo todo… Al principio pensé que todo lo que había sentido era cosa del aroma de Magnolia pero, tras verlo, sé que todo ha sido cosa mía…
-¿¡Entonces, si lo sabías, por qué lo hiciste!? –me gritó de repente. -¡Ya sufro bastante todos los días como para tener que soportar un peso más en mi conciencia!
-¿No te gustó? –pregunté fríamente. –Dime, a secas, si disfrutaste o no. Tal vez no hubiera sido muy consciente de mis actos pero sé que lo que te hice te gustó… –Amelia se alejó un poco de mí y apartó la vista de nuevo… mi pregunta había sido demasiado gélida. Casi aparentaba que lo había dicho con odio. –Imagina qué es lo que siento cada vez que tú me das el regalo de Magnolia. Me encanta la sensación que me provoca, no lo niego pero hay algo que adoro mucho más que ese olor tan adictivo: Mi ser se anula, mi yo desaparece pero que tú estés ahí, cuidando de mí, es algo que siempre me hace volver. Lo sentí la primera vez, la segunda y la tercera… me sentí “culpable” de disfrutar yo sola. Me entristecía que tú, que sufres más que vives, me dieras ese placer sin pedir nada a cambio… Era… injusto…
-¡Injusto! –exclamó ella. –¡Lo que es injusto es que no te pararas a pensar cómo me sentiría yo! Tú… sólo eres una niña… –se acercó a mí llorosa. –¿Sabes lo que es amar a una niña? Es algo tan morboso y feo… me dan ganas de huir cada vez que lo pienso…
-¿De veras piensas que sigo siendo una niña? ¿Qué hace que un niño sea un niño? ¿La edad? ¿El conocimiento? ¿El desarrollo del cuerpo? Sabes que no…
-Eso suena a excusa… ¡trata de meterte en esa diminuta cabeza que no deberíamos haber…! –enmudeció y comenzó a respirar pesadamente. Estaba a punto de odiar a los Girasoles…
Dejé que se echara para recuperarse. Tras un buen rato de respiraciones noté cómo se había logrado calmar.
-Lo que me caracterizaba como niña ya no lo tengo –continué. –Carezco de la inocencia con la que comencé mi vida: Sé cómo funciona este asqueroso mundo y ahora participo en él… he dejado de ser una pieza suelta para ser un engranaje más. Antes de que te tocara ya había dejado de ser una niña hacía mucho tiempo.
-¿Pretendes hacer que ese discursito haga que me sienta mejor? –preguntó ella, aún recostada y con los ojos cerrados.
-En la infancia existe algo llamado malicia –comenté calmada; –en la adultez, algo llamado maldad. Me gusta la maldad… todo lo ves de una manera mucho más abierta… –ella abrió los ojos. –La maldad te hace sentir culpable, ¿no? Poseer a una niña como yo… eso es algo que no quieres que nadie sepa, algo que ocultas, pero algo que adoras al fin de al cabo… –Amelia me miró asustada. –¿No es tu corazón lo que siento aquí? –pregunté tras poner mi mano sobre su pecho. –Late fuerte… ¿Te doy miedo o crees que tengo razón? –ella no se movió. –Piensa esto pues: Cuando se hace algo malvado, se trata de ocultar a los ojos de todo el mundo. Su gracia está en el riesgo…
-Eres perversa… –me dijo ella apartando la vista, acorralada.
-Como todos –comenté con gracia. –No existe la rectitud, sólo las normas que la establecen. Todos hemos hecho alguna cosa considerada pecado alguna vez, todos hemos mentido, robado, herido, abusado, insultado… alguna vez en nuestras vidas. Extraño el placer que provocan, ¿no crees? –y recalqué mi pose acercando mi vista a la suya.
-Sí… –me respondió sin volver la vista hacia mí.
-Tú llegaste a saborear ese placer en tu infancia pero hasta eso se te ha sido arrebatado cuando volviste a este sucio mundo –seguí atacando sin piedad. –¡Tu maldad se quedó en el bosque y ahora no te queda más que esa maldita rectitud que los Girasoles te otorgaron! ¡No puedes rebelarte! ¡No puedes huir! ¡No puedes ni tan siquiera rendirte! ¡No puedes ser tú! ¡La pureza te ha arrebatado tu ser!
-Sí… –abrió los ojos pero mantuvo su mirada alejada de la mía, muy insegura.
-Yo te he hecho hacer maldades y te hice culpable –continué con una sonrisa en la cara. –Cuando lo vi todo… me sentí más culpable aún que tú… pero lo que vi era tan precioso… tú tratándome con tanta delicadeza como si fuera una muñeca de porcelana, acariciándome, besándome de esa manera… y yo correspondiéndote con la misma delicada pasión… ¿No es algo bonito ser malvado? –su corazón se disparo.
-Sí –respondió firmemente al tiempo que se giraba hacia mí, que empezaba a jadear nerviosa, no pudiendo soportar la situación mucho más tiempo.
-¡Pues alégrate! ¡Puedes disfrutar de la vida! –exclamé, liberando toda mi tensión y logrando que ella se alzara. –Mi pura dama de las flores… –musité mientras me abrazaba llorosa pero exultante –sé feliz… –y me entregué totalmente a ella mientras un olor más intenso que nunca me robaba la razón.
-Vaya manera de echarse a perder…
Aún bestialmente embotada, logré abrir un ojo y, detrás de los cabellos de Amelia, logré ver esos dos puntos rojos que distinguían al monstruo. Aunque fuera un sueño, me sentía sin nada de fuerzas… hasta ahí llegaban los efectos del olor de Magnolia.
-…buenas noches… –musité cerrando los ojos agotada. –Hoy tengo resaca… vuelve a dar la murga otro día, ¿quieres?
-Dije que volvería pero no dije cuándo… ahora veo que tuve que volver antes –me recriminó. –¿Tan sola te sentías que tuviste que beneficiarte de esta perra?
Por muy atontada que estuviera, mi reacción fue inmediata: Quince taladros atravesaron a ese monstruo sin darle tiempo a que esquivara nada para luego despedazar su cuerpo sin miramientos.
-Mide tus palabras –musité volviendo a mi estado de duermevela.
-¡Vaya! –exclamó el otro como si nada le hubiera pasado. –¡Esto si que no me lo esperaba!
-…largo de aquí… –ordené sin muchos ánimos de discutir con ese advenedizo.
-Muy bien, muy bien, siento haber llamado eso a tu profesora –se disculpó él con tono falso –pero, como dije, tenía que hablar contigo…
Muy molesta, le lancé otro taladro a la frente y ésta fue atravesada.
-Ya veo que no se puede razonar contigo… –suspiró él mientras se rascaba la herida. –Muy bien, hoy vine a saber qué has estado haciendo durante este tiempo que te he dejado sola, no a pelear… pero me parece que no tardaremos en vernos las caras en serio… de todas maneras, te vas a arrepentir de no haber huido.
Ignoré el comentario y me abracé fuertemente a Amelia que nos cubría a ambas con sus ahora enormes pétalos de Magnolia que se abrían como alas por encima nuestra…
Cuando uno siente la tensión de sus propios personajes uno llega a pensar que están vivos. Así pensé al principio de este capítulo y así seguí cuando vi las reacciones de los demas personajes de la historia…
Nunca me gustó que me excluyeran o me señalaran como hicieron con Sandra. Así como hicieron con Amelia…