Era una ciudadela inmensa. Andaras donde andaras en el desierto, sus enormísimas murallas se podían ver sin problema. El sol golpeaba duramente las frías piedras de tan inmensa mole de color negro, lugar donde se apelotonaban tanto poblados humanos como de seres deformes y monstruosos.
Y allí me encontraba yo, caminando en busca de algo. No recuerdo qué buscaba pero estaba dando mi vida por encontrarlo. Como fuese, yo caminaba por los largos pasillos, escalaba las paredes y luchaba contra esas criaturas de barro que poblaban los hediondos sótanos de la ciudadela.
Me adentré hasta lo más profundo y allí logré encontrar mis alas. ¿Mi objetivo era poder volar y salir de ese inmenso desierto? Tal vez… la cuestión era que, una vez las tuve en mis manos me sentí urgido por subir cuanto más alto pudiera. Así pues, corrí impulsado por un deseo irracional y esquivé a cuanta criatura se me cruzó, corrí entre las casas de las gentes humildes del lugar y me gané sus miradas extrañadas y, cuando encontré la ocasión, subí a la torre más alta de la ciudadela.
Lo que no me esperaba era encontrarme con que estaba habitada. Eran cuatro hombres , maduros y viejos, y una joven chica que, cuando me vieron llegar hasta ese punto comenzaron a murmurar entre alegres y extrañados. Como fuese, y antes de que me diera cuenta, virtieron a la chica con un extraño aparato que parecía estar formado por unos ocho paraguas de madera y, sin previo avisso, la arrojaron al vacío desde la cima de esa torre.
Yo apenas acerté a comprender su acción: Sólo salté tras ella que planeaba a duras penas con semejante armatoste y, con mis precarias habilidades de vuelo, logré sostenerla para evitar que siguiera cayendo a esa velocidad. Logré salvarla. Lo que no me esperaba era que nos encontráramos a tantísima distancia de la ciudadela.
Cuando aterrizamos la chica, sin decir una sola palabra, me agradeció sucintamente que la ayudara y, sin palabras también, me pidió que volviéramos a la torre… entonces entendí que, tal vez, mi objetivo último no era huir de la ciudadela sino dar un uso a mis alas recién adquiridas. La cuestión era que no estaba muy seguro de que mi objetivo fuese ayudar a esa chica. Como fuese, hablé con ella, le expliqué cosas que ahora mismo no recuerdo, le conté acerca de mis viajes por la ciudadela y le pregunté acerca de ella… y ella simplemente escuchó. Aunque no respondiera, me dio la impresión de que a esta chica a la que acababa de salvar podría contarle cualquier cosa con plena confianza.
¿Por qué sería capaz de volar? ¿Por qué estaba ella tan dispuesta a escucharme? ¿Qué hacía esa inmensa ciudadela negra en medio del desierto? ¿Cuál era la razón para que estuviera poblada tanto de monstruos como de simples humanos? ¿Qué hacían las alas allí ocultas?
No lo sabía. Tal vez debiera seguir viajando…