Buscando el Paraíso en un Sueño - Capítulo 11: Confianza
Marzo 29, 2008 por jeshuamorbus
¡Sounanoka! (¡Ya veo!)
(Lumia, la visitante del ocaso; The Embodiment of Scarlet Devil)
-¿Que quiénes somos? –preguntó Lou mientras comía acompañado por un más que curioso David. –¿No crees que es un momento poco adecuado para preguntarme eso?
-Disculpa a este hotentote –pidió Diana. –Lo único que se le da bien es ser un impertinente total.
-Pues anda que tú –se quejó David.
Y allí mismo volvieron a discutir a su manera: A máxima velocidad, a mínimo volumen sólo entendiéndose ellos dos de lo que se decían.
“Vaya par que me ha endosado Anerues” pensó Lou riéndose de la situación. Desde que le había contado todo el viaje que había tenido que hacer para llegar hasta ese Oxford, David se había mostrado especialmente receptivo y atento pero también terriblemente curioso. –No somos demasiado diferentes de la gente de este mundo. La única diferencia que le veo principalmente a este mundo es un relativo desfase técnico, social y poco más.
-No me refería a eso –dijo David dejando de discutir con su daimonion. –Lo que quería decir es cómo son tus compañeros. Me extraña que seas tú el único que se haya quedado atrás teniendo en cuenta tu intelecto.
-Lo de mi inteligencia viene de muy atrás ya: Soy un superdotado y prácticamente todo lo que sea pensar se me da bien. Sin embargo, lo que sea físico se me da bastante peor, aparte de que no soy especialmente valiente.
-O estúpido que viene a ser lo mismo –interrumpió David. –Nadie ha dicho que tuvieras que quedarte entre criaturas que no soportas ver sin huir de terror.
-Tienes razón –dijo Lou pensando en la reflexión de David. –En todo caso, sólo seguí la indicación de Anerues que, como ya bien sabes, no es precisamente alguien muy normal.
-¿A qué crees que se referiría cuando te dijo que fueras tú mismo por aquí? ¿Es que eres una persona de carácter o algo así?
-Eso es algo bastante dudoso –dijo Fu Riong. –Este chavalín siempre ha sido el callado y tímido de la clase.
-Como alguien que yo me sé –dijo Diana riéndose.
-Fu Riong tiene razón –dijo Lou. –Tú y yo nos parecemos bastante más de que puedas creer (si dejamos de lado el hecho de que tú lo haces todo a todo trapo). Yo, al igual que tú, nunca he sido especialmente sociable, tan sólo unas amistades fijas y fieles pero poco más, todo provocado por cierto rechazo de algunos estúpidos. Probablemente por eso me vuelco tanto en los estudios como tú sobre las ilustraciones, la música y la literatura.
-Si me permites la pregunta, ¿qué te hacían en tu mundo? –preguntó David.
-Lo mismo que a ti: Robarme el nombre.
-Eso le hincha las narices a cualquiera –dijeron David y Diana al mismo tiempo.
-Por cierto, si no es indiscreción… ¿qué quiere decir “Japo”? No veo que tengas ningún rasgo nipón.
-¿Qué tiene que ver un escupitajo con un nipón?
-¿Ein?
-“Japo” o “Japito” quiere decir “escupitajo”. Lo que me llaman es escupitajo, no nipón.
-Perdona, es que en… donde tú ya sabes –dijo Lou evitando mencionar su procedencia, –“Japo” es un término despectivo para referirse a los japoneses (o nipones, como tú los conoces). En todo caso, curioso apodo.
-No es un apodo –dijo David firmemente. –Si de esa palabra piensas que es un apodo, entonces es que le haces caso y lo tomas como parte de tu nombre. Yo me llamo David y no tengo ningún otro nombre, ¿está claro?
Lou se sorprendió de la seriedad con la que dijo esas últimas palabras, en comparación con las gracietas que solía contar de vez en cuando. Parecía que su nombre no era algo con lo que se debía bromear.
-En todo caso –continuó –como David es mi nombre, no tengo que hacer caso a la gente que llama a un tal “Japito” así que no me siento ofendido por nada. Ya puestos, ¿qué nombre querían encasquetarte a ti?
-Me decían “Fu Manchú” por mis orígenes chinos.
-¿Y qué quiere decir eso?
-El Dr. Fu Manchú era el personaje de una serie de… historias –dijo evitando la palabra “películas” para evitar una nueva sarta de preguntas. –En pocas palabras era el malo, un “chino” que quería dominar el mundo, que vestía según el tópico de “chino” y que… era el malo a secas. Que me llamaran así es casi como llamarme “tópico de chino” o “torturador”. A nadie le gusta que le insulten en sus orígenes.
-Pues si hacías caso a sus insultos y llorabas o te peleabas les estabas dando lo que querían a ésos que te insultaban.
-Hombre, eso ya lo sé, que ya he crecido lo bastante como para darme cuenta… aunque fue Anerues el primero en darse cuenta.
-Déjame adivinar: Lo llamaban giptano.
-Gitano –corrigió Lou. –Pues sí, eso le llamaban tan sólo por el color de su piel.
-Bueno –añadió Fu Riong, –es que también es gitano.
-Sólo a medias. Su padre era… ¿cómo lo decía él?
-Payo.
-Eso, payo, un payo inglés y su madre una gitana española.
-No, no –corrigió Fu Riong. –Su padre era italiano de nacimiento, nacionalizado en Inglaterra.
-Tampoco hace falta que me hagáis una biografía del chaval –dijo David riéndose un poco. –Así que él tenía más carácter que tú.
-Pues no mucho más que yo –dijo Lou. –Él es, en pocas palabras, el raro del grupo. No sé si fue por ese accidente que tuvo cuando era pequeño o por los insultos que le proferían pero sé que siempre se intentó ocultar en lo onírico.
-¿Eso se puede hacer? –preguntó David.
-Según él, sí… Aún me acuerdo de aquella temporada en la que se puso realmente pesado con eso de los sueños.
-¡Todo el mundo a soñar! –exclamó Fu Riong recordando. –¡Venid al otro lado! ¿Es que nadie quiere volar!… etc, etc… Si algo había que le gustara en el mundo era una buena cama.
-Pero eso no quitaba que fuera bastante comprensivo. Una vez le dijimos que se estaba pasando con todo eso, dejó de hablar casi absolutamente de los sueños sin dejar de lado su afición. Y ya ves, al final, esa absurda afición nos ha salvado la vida ya un par de veces.
-Tampoco es que sea algo demasiado normal…
-Pero ahora sabemos que funciona (aunque no tengo la menor idea de cómo).
-El que no sepas como funciona no es óbice para no hacerle caso –dijo David. –Yo creo en Dios y en la magia, aunque la Iglesia trate de decirme que la última no exista. Ambas cosas no son ni tangibles ni visibles pero para mí están ahí.
-Eso es tener fe –dijo Diana: –Sencillamente creer en la existencia de algo sin necesidad de tener pruebas.
-Tú tienes el libro del doctor Clark así que debes de creer aunque sea un poco en la magia, ¿verdad?
-Un poco… –respondió Lou dudando. –Lo cierto es que me cuesta creer en ella y lo único que puedo hacer para creer que funcionan las recetas de ese libro es pensar que un médico experimentado como el doctor Clark confíe en ellas.
-Entonces tienes fe y sabes que funcionan.
-No creas. Después de leer que un placebo puede curarte totalmente un resfriado no sé que pensar.
-¿Te refieres a la receta del espíritu del agua? –preguntó David llevándose la mano a la barbilla, recordando. –Si es ésa, ya la he probado y te puedo asegurar que funciona a la perfección y, ya de paso, decir que de placebo nada: Es una medicina con todas las de la ley sólo que sin ningún ingrediente especial: Sólo buena voluntad.
Lou calló sabiendo que no iba a ser capaz de convencer a David de lo contrario y acabó su comida para salir a dar un paseo.
Esa noche, tanto Lou como David estaban estudiando tranquilamente… más o menos. Según parecía, David tenía unos cuantos problemas de concentración y no dejaba de cabecear medio dormido cada vez que intentaba mantenerse centrado. Tras más de una hora de cabeceos, David fue hacia una cocinilla de gas que había en la habitación y empezó a preparar un té.
-¿Quieres un poco? –preguntó mientras calentaba el agua.
-Sí, gracias –respondió Lou estirándose dejando de leer lo que tenía en la mesa. –¿Normalmente estudias hasta tan tarde?
-Sólo cuando hay un examen cerca –respondió el otro riéndose de sí mismo mientras encendía el fuego.
-Le da pereza estudiar –dijo Diana –y al final tan sólo sabe empollar la semana anterior al examen.
-De ahí que digas que los estudios te van mal… –dijo Lou.
-Dentro de lo que cabe no me van tan mal –dijo David llenando la tetera. –Aprendo más con un poco de presión.
-Siempre y cuando esa presión no te vuelva loco de remate –comentó su daimonion. –¿Te puedes imaginar que éste se haya escrito una novela de más de ciento cincuenta páginas en menos de una semana mientras estudiaba para un examen de “Fundamentos Civilísticos”?
-Examen que acabé aprobando, por supuesto –interrumpió David esperando a que se calentara el agua. –La presión me afecta de muchas maneras pero generalmente hace que me vuelva medio loco.
-Bueno –dijo Lou, –yo también me vuelvo algo loco cuando estudio demasiado. Supongo que le pasa a todo el mundo.
-¿Cómo es la universidad de tu mundo?
-No lo sé pues aún no he ido a ninguna excepto ésta. De todo eso sólo conozco habladurías de Zoé.
-Zoé… la chica de tu grupo, ¿no?
-Sí, ella. No paraba de repetir que lo que más quería era entrar en la Universidad para perder de vista a sus padres pues allí no podrían tocarla, ni verla, ni… quería ir para allá, eso es todo.
-¿Tan mal le caen sus padres?
-Tú no los conoces pero yo sí… –dijo recordándolos.
-Es la gente más desagradable que jamás hayamos conocido –dijo Fu Riong. –Una cosa es preocuparse por la educación de tus hijos y otra es guiar hasta en el último detalle la vida de una persona: Le decían cómo tenía que vestir, qué debía estudiar, cómo debía comer, sentarse, comportarse, caminar, hablar, que compañías debía frecuentar…
-“Olvídate de ese chino” –dijo Lou parafraseando a la madre de Zoé. –“Una señorita de tu categoría no debe estar en compañía de culís y gitanos como éstos”. La verdad es que nunca he perdido los nervios pero por una vez me apeteció estamparle el puño en plena cara a ésa. Por suerte, Zoé es mucho más tolerante que sus padres…
-Probablemente sólo para llevarles la contraria –añadió Fu Riong riéndose.
-Zoé tiene muy buen corazón y no le importa lo que piense la gente sobre lo que hace: ¿Qué se acerca a un culí y a un gitano como yo y Anerues? A ella le da igual. ¿Que las chicas piensan que es ridículo animar a una bestia enana como Amadeo? Tanto le da. ¿Qué estudia historia en lugar de piano enfadando a sus padres? Eso le encanta. Si antes me preguntabas por carácter, ella es la persona con más carácter que jamás haya conocido.
-Incluso más que Amadeo, que ya es decir –dijo Fu Riong.
-Con decir que al principio le encantaba tocar el piano pero que luego lo fue dejando tan sólo para chinchar a sus padres. Sigue teniendo buenas manos pero algo desentrenadas.
-Sin embargo, es una genio de todo lo que se refiere a historia. Se leía y releía todo lo que se encontraba sobre tiempos pasados, llegando casi a saber más que este geniecillo, siendo ella la única persona que lo ha superado en alguna asignatura.
-Chica interesante –dijo David mientras retiraba la tetera y preparaba una taza. –Sería curioso ver a alguien así por aquí. ¿Me pasas el té? Está en ese cajón.
-Sería curioso verla por aquí si este mundo no fuese como el mío –dijo sacando un bote de té verde del lugar indicado, dándoselo a su compañero. –Con sólo ver cómo tratan a los niños por aquí puedo asegurar que este mundo, socialmente hablando, poco se parece al mío.
David sirvió el té en una taza y se la pasó a Lou.
-¿No ibas a tomar? –preguntó éste extrañado.
-¿Yo? Yo no soporto el té –respondió David. –Demasiado amargo para mi gusto. Este té lo tengo aquí para invitados y para cuando vienen mis padres a visitarme. Me gusta más prepararlo que tomarlo.
-Te presento al tío rarezas –dijo Diana. –Le gusta el trabajo de los criados. ¿Qué quieres que haga? ¿Fregar, limpiar, barrer, cocinar? Todo eso le gusta.
-Y a ti te gusta pasarte un poco de la lengua –dijo dándole un golpecito desencadenando otra de sus incomprensibles discusiones.
-¡Eh! Hasta luego, Lou y Japito –se despidió Lukas después de clase.
David ni siquiera giró la cabeza y Lou respondió por él:
-Hasta otra, Bakamon. ¡Ah! Y hasta luego, Aho, Kusottare y Warui –dijo al ver que también estaban Humphrey, Víctor y Mario.
Los aludidos se rieron de las palabras de Lou, sin enterarse de qué les estaba llamando.
-No creo que sea muy prudente que les llames eso –dijo David una vez se alejaron lo suficiente de la facultad. –Si se llegan a enterar de…
-No hay de qué preocuparse –interrumpió Lou. –En todo caso, es lo que diría mi madre.
-¿En serio? –preguntó David extrañado. –¿De verdad llama imbécil, idiota, estúpido y malo a todo el mundo con quién se encuentra?
-Sólo a la gente que le cae mal –dijo Lou riendo mientras se acordaba de su temperamental madre. –Ella rompe con el tópico de que los japoneses son gente paciente y muy educada… Por cierto, ¿cómo es que sabes hablar japonés?
-Nipón –corrigió David. –Me gustan los idiomas y entender lo que nadie más se esfuerza en entender. Del nipón he leído un par de cosillas en la librería de Frances, nada más. Lo primero que debes aprender de cualquier idioma son los insultos para que así nadie te falte al debido respeto.
-Que en el caso de Dave, no sería la primera vez –dijo Diana. –Este tipo es un imán para gente indeseable como esos cuatro.
-En todo caso, como diría la Biblia: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. Si se acaban por enterar de lo que les estás diciendo te puedo asegurar que no serán nada sutiles contigo.
-¿Incluso si sabes lo que te están llamando? –preguntó Lou.
-Yo no soy como ellos: No insulto, no golpeo, no humillo, no escupo, ni hago las estupideces que suelen hacer. Eso me haría ser tan imbécil como ellos.
-Más te vale que no te contengas tanto o acabarás como Amadeo –dijo Fu Riong.
-No creo que acabe tan chaveta como me lo habéis descrito.
-Bueno, él ya era temperamental de por sí pero el hecho de ser hijo de dos de los profesores del internado en el que estudiábamos hizo que los demás se cebaran con él.
-El mayor insulto para él es que lo llamaran “hijo de Papá” –dijo Lou. –Cuando le llamaban eso se volvía especialmente violento… y cómo se ponía el maldito –dijo haciendo un movimiento de exageración con la mano. –Era capaz de enfrentarse con más de siete chavales saliendo más o menos bien.
-Esto es –interrumpió Fu Riong, –totalmente apalizado pero sus contrincantes también.
-Todo eso le acarreó bastantes problemas y bastantes discusiones con sus padres.
-Igual que Zoé entonces, ¿no? –preguntó David.
-No, total y absolutamente al contrario: Mientras que Zoé odia a sus padres con toda su alma, Amadeo los adora e idolatra. Tiene un respeto absoluto a lo que es la familia, entendiendo lo que es.
-Zoé alguna vez dijo que envidiaba ver cómo se llevaba con sus padres –dijo Fu Riong. –Casi parecía que no se creyera que una familia pudiera ser como la de Amadeo.
-Y si tan violento era, ¿por qué no lo expulsaron? –preguntó David.
-Sus padres comprendieron cuáles eran sus problemas así que consultaron a un psicólogo que les recomendó que hiciera alguna actividad física que le ayudara a mantener bajo control su temperamento.
-Así entró a practicar Judo, como muchos otros chavales de su edad –dijo Lou. –Según parece, la recomendación del psicólogo fue correcta y las peleas cesaron poco después de empezar… sin embargo, empieza a practicar, va y le gusta todo eso de las artes marciales, tanto que empezó a destacar de tal manera que no había casi nadie que pudiera retarle en igualdad de condiciones por lo que al año siguiente cambió de disciplina, para tener algo más de variedad: La esgrima.
-Ahí sí que se pasó tres pueblos –dijo Fu Riong: –No sólo era mucho mejor en esgrima que en Judo sino que empezó a participar en competiciones de alto nivel llegando a ser campeón nacional de florete, quedando en segundo puesto en espada y tercero en sable.
-No conviene estar en contra suya… –comentó David. –Por cierto, ¿qué es eso del Judo?
-Ya te lo explicaré después –dijo intentando evitar una nueva sarta de preguntas. –De momento tan sólo guíame un poco por la biblioteca.
La mañana del Sábado siguiente, Lou se encontró con David levantado antes de tiempo, escribiendo en una libreta.
-¿Otra vez Anerues? –preguntó Lou mientras trataba de despertar a su daimonion.
-…sí… –respondió el aludido mientras trataba de transcribir lo más fielmente posible lo que había vivido esa noche, a la semejanza de Anerues tal como le había recomendado Lou. –Intenta no molestarme…
David había estado recibiendo los mensajes de Anerues por Lou desde la noche de las estrellas fugaces, así que calló sabiendo lo complicado que era para su compañero recordar sus propios sueños y esperó a que terminara. Un par de minutos después, David le pasó el escrito a Lou volviéndose a la cama de inmediato (no le gustaba mucho madrugar los Sábados).
Después de descifrar la mala letra de David y tras reconstruir todo lo ahí escrito (ya había leído varias cosas suyas, historietas bastante bien contadas y curradas, pero la improvisación no era precisamente lo suyo) calló algo confuso.
-¿Polvo? ¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Lou extrañado.
-…eso se me ha dicho –dijo David perezosamente entre sus mantas. –Anerues me dijo algo así como “de la cosa más enorme a la más pequeña está condicionada por el Polvo, la corriente de la nieve, la materia oscura… Él hace que cada causa tenga un efecto, que hace que nada sea casual, que hace que cada cosa tenga su utilidad en el mundo. Mi deber me ha sido mostrado y el tuyo no tardará en llegar…” y algo así… Me recordaba a mis clases de filosofía cuando decían que la Autoridad estaba en todas partes dirigiéndolo todo y haciendo que todo sucediera como tenía que suceder. Básicamente ha dicho que ese Polvo es Dios.
Lou alzó una ceja realmente extrañado pues recordó en su mundo también se había dicho algo parecido.
-No me mires así –dijo David. –Yo sólo soy el mensajero. Anerues me dijo que podría encontrar información sobre el Polvo en este mundo si preguntaba a las personas adecuadas y que con ello conseguirías descubrir tu verdadero objetivo en este viaje.
Lou miró a Fu Riong que le respondió con una mirada similar. ¡Sus suposiciones eran ciertas!
-Ahora, si no te importa –dijo David tapándose de nuevo –déjame dormir.
Un par de horas más tarde, Lou y David (bastante más activo ahora) se dirigieron de nuevo hacia la librería de Frances Lorelei para preguntarle sobre el Polvo.
-¿Estás seguro de que ella puede saber algo sobre eso? –preguntó Lou.
-Ella, o lo sabe, o sabe donde encontrarlo. Hay pocas cosas de las que no haya oído hablar esa mujer, sin contar que tiene una buena red de contactos entre todos los editores, tanto legales como ilegales. Ya lo dice ella: “En una semana te puedo conseguir cualquier cosa que me pidas”.
Tras seguir por las intrincadas callejas del exterior de Oxford, por un camino más intrincado que el anterior (con David el camino siempre era más liado cada vez), llegaron ante la sólida puerta de la librería y, nada más entrar, fueron recibidos como de costumbre.
-Tengo buenas noticias para usted: Stuart Monk ha publicado un nuevo…
-Que sí, que sí, vale –interrumpió David callándola. –Veníamos a por otra cosa.
-Pues dígame usted.
-¿Sabría hablarnos de una cosa llamada Polvo?
-¿Polvo? –dijo llevándose la mano a la barbilla con cara jocosa. –Sustancia que se pega a todo lo que se encuentra que se caracteriza por volver una y otra vez por mucho que la limpies. Mi madre era alérgica al polvo y alguno de mis hermanos heredó ese problema.
-No, no… Estoy hablando de otra clase de polvo… ¿Cómo explicarlo…? ¿Conoce las teorías de Tomas Nogya?
Cuando la señora Lorelei escuchó esa palabra cambió súbitamente de cara y se dirigió rápidamente a la puerta para cerrar de inmediato.
-¿Dónde habéis oído hablar de eso? –dijo una vez la puerta estuvo cerrada.
-Sería un poco largo de explicar. ¿Qué es lo que sabe usted?
Frances, notablemente turbada y tras cavilar algo, fue hacia la trastienda y les indicó que la siguieran. El lugar era probablemente la vivienda de la mujer, notablemente más desordenada que el resto de la tienda pero mucho más acogedora: Era una sala grande, más parecida a un estudio que a una casa. Desde la entrada se podía ver la cocina y unos sillones que hacían las veces de sala de estar y, tras un biombo se podía vislumbrar la desecha cama de Frances al lado de la cual estaba un desordenado escritorio. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de libros y manuscritos esparcidos aquí y allá, encima de mesas, estanterías, de la cocina, de la mesita, de los sillones, de la alfombra… allá a donde se pudiera mirar se veía toda clase de libros.
Nada más entrar, Frances les indicó que se sentaran para empezar ella a buscar algo entre el barullo de libros que allí había. Pasaron varios minutos y, tras una exhaustiva búsqueda, Frances pareció encontrar lo que buscaba llevándose unos tres libros hacia el tercer sillón de la sala.
-No sé donde habréis oído hablar del Polvo, no sé como os habéis llegado simplemente a enteraros de esa palabra… pero sé que, después de más de tres años de habernos conocido, me puedo fiar de usted, señor David.
-No es para tanto… –dijo David modestamente.
-Piense lo que quiera. En fin, respecto a lo del Polvo… ¿Sabéis exactamente en qué campo os estáis metiendo?
-No tenemos ni idea de qué es exactamente el Polvo y por eso hemos acudido a usted. Según parece, usted sabe bastante del asunto.
-No mucho más de lo que ya llevo leído –dijo levantando los tres libros que había cogido: Un enorme tomo forrado en piel, un librito que parecía más un folleto y un libro que casi parecía de bolsillo. –A lo largo de los años que llevo regentando esta tienda he conocido a una gran cantidad de autores y han pasado toda suerte de libros por mis manos. Entre ellos, los más polémicos y peligrosos para mi negocio son estos tres: “Otros Mundos” de Maximilian Eisendorf –dijo levantado el folleto, – “Existencia Cuántica” del doctor Robert Anstein –ahora el libro grande, –y “Mil ojos observan un único multiverso” de Yukari Yakumo. Poca gente conozco que tenga menor aprecio a su vida pues estos tres pues se están enfrentando directamente contra la Iglesia. La Iglesia, desde hace ya más de setenta años, tras el Concilio de Malta, prohibió expresamente en una orden de nivel mundial que no se debía hablar sobre esa sustancia que dicen se llama Polvo.
-¿Y qué es el Polvo?
-Tú mismo lo has dicho: Mencionaste al gran teólogo Tomas Nogya que teorizó la existencia de Dios diciendo que él era el que hacía que cada cosa funcionara como debía funcionar, que lo que nosotros llamábamos azar fuera en realidad Él…
-La parábola de la flecha, ¿no? –interrumpió David.
-Sí, eso es: Si disparas una flecha, tu produces un movimiento que lo impulsa pero cuando tú ya no la tocas, es la Autoridad quien la dirige y la que hace que llegue a alguna parte, siendo una especie de intermediario entre tu deseo y lo que ha de suceder… Hace ya mucho que no leo nada de eso, ¿era algo así?
-Tal como lo dice, parece que esté hablando de Tomás de Aquino –dijo Lou.
-¿Que quién?
-Mejor se lo explico algo después –dijo David. –¿Qué le pasa al Polvo para que le tengan tanto miedo? Si está ahí y resulta que es Dios, ¿por qué lo condenan?
Frances abrió el libro grande y empezó a leer:
-“Y Dios hizo a Adán a su imagen y semejanza… Cierto es, eso hizo pero lo cierto es que la imagen de Adán no era la imitación física de la del cuerpo del Señor sino de la capacidad de tener ego, tener conciencia de sí mismo. Ésa fue la característica primigenia del primer ser humano.
>>Mi ayudante me ha advertido que este comentario bien podría no complacer al obispo de Ginebra pero cada día lo veo tan claro que no puedo hacer nada para acallar a las voces de mi mente que me ordenan que siga investigando… No, no lo dejaré.
>>Tras una larga observación del aletiómetro y tras hacer anotaciones durante ya más de tres días, casi sin dormir, he llegado a comprender cuál fue el pecado de Adán y Eva, cuál fue la fruta prohibida que no debían llegar a comer: Llegaron a la adultez. Eso es lo que Dios no llegó a aceptar y por ello los expulsó del Paraíso terrenal. Cuando cruzaron esa línea que separa la infancia de la madurez, cuando probaron ese fruto que les hacía pensar que iban a ser tan sabios como Él, esto es, cuando sus daimonions fijaron su forma definitiva, cuando pensaron que el Señor ya nada podía enseñarles, cuando creyeron saberlo todo… se dieron cuenta de la cantidad de errores que habían estado cometiendo durante su vida. La Autoridad, o lo que fuera que estuvo cuidando de ellos desde su nacimiento, les expulsó de su Paraíso, de su infancia y ya nada volvió a ser como antes pues las percepciones de Adán y Eva cambiaron…” y así sigue la cosa –sentenció Frances. –Esto es el principio de esta obra, en la que Robert Anstein hace su propia interpretación de lo que es la Biblia y de cómo influye en nuestras vidas. Él considera que el fruto del árbol de la inteligencia es la llegada a la adultez… según parece la Iglesia está de acuerdo con eso pero… no acepta que lo difunda de esta manera. Más adelante, en el libro comenta sus investigaciones, de cómo consultaba a su aletiómetro para…
-¿Ale qué? –preguntó Lou algo extrañado. -¿Aletiómetro…? –empezó a cavilar un poco intentando encontrar una asociación. –¿Verdad? ¿Medidor de verdad?
-Eso es exactamente. Es una clase de aparato que, según parece puede contactar con el Polvo. Anstein tenía uno y era de las pocas personas que era capaz de interpretar sus símbolos casi sin consultar su manual.
-¿Para qué sirve?
-Básicamente es un aparato que te permite saberlo todo, que te da respuesta a cualquier pregunta que le hagas, siempre correcta, por supuesto.
-¿Existen aparatos así? –preguntó Lou bastante extrañado.
-Yo conocí al doctor Anstein personalmente y puedo asegurarte que sí. Al principio pensé que lo que hacía con esa especie de enorme reloj de bolsillo era una payasada, una tontería que más se parecía a un juego de chavales que a algo serio pero… a todo lo que le pregunté le dio una respuesta lógica, ponderada y, ante todo y sobre todo, correcta. Y no le pregunté banalidades ni tonterías que cualquiera pudiera haber sabido, no, le pregunté cosas personales, cosas que, de no haber sido él yo, no podría haber sabido para nada.
-Entonces, ¿para qué demonios condenan su uso? Si demuestra la existencia de Dios y encima permite tener acceso a una fuente inagotable de información, ¿por qué?
-El doctor Anstein me dijo que conocía la razón… pero me dijo que era lo único que no tenía pensado desvelar pues el aletiómetro le dijo que debía esperar al momento adecuado aunque yo creo que más bien le tenía un mínimo aprecio a su cuello, lo que no quita que sea un hombre muy valiente.
-“Cuando lleguen los tiempos confusos, diré lo que se me ha dicho pues, si antes se dijeran, causarían un revuelo tal, un escándalo tan enorme, que del mundo que conocemos se vería reducido a la nada por la guerra que se provocaría” –dijo David con tono muy serio haciendo que Frances le mirara con perplejidad. –¿Fue esto exactamente lo que le dijo?
-Palabra por palabra… –respondió Frances unos segundos después, tras recuperarse de la sorpresa empezando a bombardearle con toda clase de preguntas: –¿Quién te lo ha dicho? ¿Cómo te has enterado? ¿Anstein está aquí? ¿Tienes un aletiómetro?
-Me enterado de esto de la misma manera en la que llegué a enterarme de lo del Polvo, cosa que tiene que ver con el compañero aquí presente. Esto sería así…
Y durante la hora siguiente, Lou y después David estuvieron contando todo lo que sabían: El viaje de Lou, su verdadera procedencia, los sueños de Anerues, los ahora sueños de David, los mensajes que aquél le daba… Tras el largo relato de los hechos, Frances miró gratamente sorprendida a sus dos invitados y dijo:
-¿A que al final resulta que el profesor Anstein me dijo todo eso sólo para que os llegarais a enterar vosotros? Viendo cómo era capaz de manejar el aletiómetro, no es descabellado pensar que el Polvo tenía planes para nosotros desde hace ya siglos…
-¿Cree usted que todo lo del agujero del norte tiene que ver con nuestra conversación? –preguntó Lou algo asustado al pensar en semejante ocurrencia.
-No lo dudes. Sin embargo, aún no sé cual es el verdadero objetivo de vuestro viaje… ¡Ya sé! Escribiré una carta al doctor Anstein avisándole de que habéis aparecido. A lo mejor responde a nuestras preguntas.
-¿Sabe dónde vive?
-Más o menos. Se oculta mucho pero tiene mecenas que cuidan de él y lo protegen de la Iglesia. Y ahora, si me lo permitís, dejadme ordenar esta leonera a ver si encuentro la última dirección que me dejó.
Un capítulo de transición en el que aparece el personaje más normal de toda la historia. No es que David cashner me caiga mejor que los demás pero tiene el mérito de lograr todo lo que logra en la historia con su propio esfuerzo y sibn casi ninguna ayuda externa… me gusta que sea buen amigo de Lou.
Espero que os haya gustado. Hasta más leer.