Cajón de sastre - SDMS, segunda parte
Marzo 31, 2008 por jeshuamorbus
Sólo para mayores de 18 años. Padres furiosos e hiperprotectores, no me vengáis con que no está claramente avisado.
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete días… –dijo él nada más vio a la chica apoyada en el mismo árbol en el que habían estado una semana antes. –Parece que estamos destinados a encontrarnos sólo los sábados.
Seguía con el mismo aspecto de siempre y con el mismo señor libraco bajo el brazo que parecía que siempre se traía al monte.
-Y según parece, tú estás destinado a no acabar de leer ese libro en tu vida –añadió ella graciosa.
-Eso parece… –comentó el con la cara algo cambiada. –Que estés aquí debe querer decir que aún insistes en seguir tu juego, ¿verdad?
-¿A ti qué te parece? –dijo ella tan cariñosa como la primera vez mientras se acercaba con suave soltura hacia él. –¿Crees que puedes hacerme eso y no crearme adicción?
-Yo sólo te di lo que querías en ese momento –dijo él con tono severo. –Lo que menos soporto en este mundo es ver a una bella chica llorar…
-¿Lo dices con ironía? –preguntó ella enarcando una ceja.
-¿Para qué iba a hacerlo? –preguntó él al tiempo que pasaba firmemente al lado de la chica, sin ni siquiera mirarle a los ojos. –Tú sabes cómo eres, sabes cómo es tu cara y sabes cómo actúas… –se sentó cómodamente y apoyó el libro sobre sus rodillas. –La verdad es que, cuando nos vimos hace siete días, me pareciste tan deliciosamente inocente y torpe que no pude negarme a lo que me pedías.
-Es que te negaste…
-Me parece que andas mal de memoria –comentó él al tiempo que abría su gran libro por una página cualquiera. –¿Acaso no dije “no voy a tocarte”? ¿En algún momento puse mis manos sobre tu cuerpo? Creo yo que, aparte de nuestras mejillas, no hubo más contacto entre nosotros.
-¡Pero aún así…! –ella interrumpió su exclamación conociendo de antemano la respuesta del chico que trataba de leer algo tranquilamente.
-¿Ya te has dado cuenta? –preguntó él sin apartar su vista de lo que leía. –Yo sólo te contuve contra el árbol. No te toqué, ni siquiera te permití que me miraras… Todo, absolutamente todo, fue cosa tuya. Tuyo fue el placer y yo me alegré por ti pero, en ese momento, yo sólo era una presencia que, en teoría, nada hizo.
Derrotada por enésima vez, ella bajó la vista. Hasta cierto punto, esa actitud extremadamente confiada hacía que ella se sintiera despreciada, cosa que, realmente, no aguantaba para nada. Sin embargo, el porte de ese caballeroso joven hacía que tal actitud fuera una minucia en comparación… quería estar con él…
Se acercó sin disimulo hacia su lugar y le abrazó tal como lo hiciera el otro día. Pero esta vez fue como si sus brazos rodearan a un enorme muñeco de madera… no sentía ninguna emoción emanar de él. Ni respiración, ni corazón, ni tan siquiera su mirada se alteraron lo más mínimo… casi como si ahora ella no importara nada, como si lo de hacía una semana fuera un espejismo a olvidar.
Pero no se arredó: Con un golpe de voluntad hizo que girara la cabeza y acercó sus labios a los suyos… pero, antes de que hiciera nada, la mano del otro contuvo su cara y la rechazó suavemente mientras mantenía una serena pero más que severa mirada contra ella.
-¿Por quién me estás tomando? –preguntó él fríamente. –Creo que no acabas de comprender que yo soy una persona, no un muñeco.
Como un ensalmo, ella apartó sus manos de él y se retiró rápidamente. El chico se levantó y se acercó a ella firmemente, mirándola desde su posición alta.
-¡Trata de comprender que yo no soy un juguete que puedas usar a tu antojo! –ordenó él. –¡No me importa quién seas! ¡No me importa lo que hagas! ¡Pero a mí no me metas!
Ella bajó aún más si cabe su cabeza y se mantuvo arrodillada ante él. No deseaba que pensara que ella era tan egoísta y tan pueril como para ignorar lo que pensaba él… sabía que se había equivocado, que le había juzgado mal, que no le miraba como si fuera una mujer como con la que poder jugar. No, él sabía que tenía cierto poder sobre ella…
-¡Me marcho! –exclamó enfadado. Cerró las tapas de su gran libro con fuerza y se dio la vuelta.
-¡No! –este grito fue tan visceral que ni ella se dio cuenta de lo que había dicho. –¡Por favor, no!
-¡No te pongas a llorar como una nena que ha perdido su juguete! –ordenó él sin girarse hacia ella, pero habiendo parado su marcha.
-Sí… –si era por él, estaba dispuesta a humillarse todo lo necesario para tenerle a la vista cuanto más tiempo pudiera. Sus lágrimas dejaron de fluir y contuvo la respiración cuanto pudo para evitar estar suspirando todo el rato.
Él, sin ocultar su desagrado, se acercó a ella con paso fuerte y se sentó de golpe.
-Mírame a los ojos –ordenó él.
Ella no se hizo de rogar y alzó la cara mientras con una manga se limpiaba las lágrimas.
-¿Se puede saber qué clase de niña tonta eres tú que te dejas manejar de esta manera por los demás? –preguntó él sin piedad.
-¿Se puede saber que clase de hombre eres tú que haces que quiera ser manejada de esta manera por ti? –preguntó ella con toda su sangre fría.
-¡Touché! –sentenció él alegremente. –Yo sólo hice lo que me pediste entonces. Para nada quise hacer que dependieras de mí pues, la verdad, yo no estoy interesado en ti. Lo tuyo fue pura casualidad, jamás me habría imaginado que acabaría pillando a una chica con…
-Los dos sabemos qué estaba haciendo… –comentó ella algo avergonzada para evitar que continuara describiendo lo que había hecho.
-Después, cuando te lanzaste de esa manera a por mí… no sé… me pillaste descolocado. Quizá por eso mismo no le he comentado esto a nadie.
-¿Sólo porque hice algo que no tenías previsto?
-Ésa es sólo media razón, la otra es simple y mera decencia –él rió despreocupadamente pero esta vez no logró que ella se sintiera más animada.
-Debes de pensar que soy una obsesa o algo así…
-“Obseso” y ”consecuente” son casi sinónimos, pienso yo –dijo él encogiéndose de hombros. –Tienes una idea más o menos clara de cuál es tu objeto de deseo… lo cual me molesta bastante.
-¿Y a ti no te interesa tener a alguien dispuesta a hacer todo lo que tú quieras? –preguntó ella sin hostilidad.
-A mí no me gustan las muñecas, no me interesan las marionetas, los jarrones me desagradan y los perros me repatean… si te convirtieras en una bonita joya, tal vez me lo pensara. Así que lo mejor que puedes hacer ahora es comenzar a brillar, pequeño diamante en bruto –dicho esto se levantó y se marchó mucho más tranquilo que antes.
-Por favor, no te marches… –pidió ella posando las manos sobre el suelo.
-Tómate esto como un castigo por hacer el idiota –contestó él sin girarse. –Quédate aquí y piensa un poco en lo que has hecho. Ya nos veremos dentro de una semana…
El Sábado siguiente fue ella la que llegó la segunda. Se encontró con el chico cómodamente sentado a los pies de ese árbol. Tal como estaban de removidas las hojas en la base de ese árbol cabía pensar que ya llevaba su buen rato sentado allí con su gran libraco encima de sus rodillas.
-Buenas tardes –saludó ella.
-Aleluya… –dijo sin pasión y sin apartar los ojos del libro. –Por fin un encuentro que comienza como debe empezar. –Cerró el libro y mantuvo un dedo para no perder la página. –Buenas tardes.
Ella sonrió y se sentó frente a él.
-¿Quieres seguir con este capricho tuyo? –preguntó él al tiempo que se ponía cómodo contra el tronco.
-No creo que esa sea la pregunta a hacer –contestó ella ganándose su mirada perpleja. –La pregunta sería: “¿Qué hago yo aquí si no quiero seguirle el juego a esta tipa?”
-¡Touché! Eres más aguda de lo que pensaba…
-Alabándome no me respondes –presionó ella.
-Cierto, cierto… –sacó su dedo del libro y apoyó sus manos sobre él. –La primera razón es porque había dicho que volvería. Me gusta ser consecuente con lo que digo.
-¿Y hay una segunda razón?
-Sí: Que si no venía, me sentiría culpable –suspiró él. –La verdad es que no nos conocemos de nada –apuntilló mucho esa frase. –Hemos venido aquí y hemos hecho lo que hemos querido y más. Tu confianza en mí es tan ciega que hasta me duele no cumplir con lo que prometo… En fin, que lo único que quiero saber ahora es una cosa muy simple y que ya me está tocando lo que no tengo1: ¿Cómo te llamas?
-Súbigo –respondió ella rápidamente, casi como si decirle el nombre fuera algo de suma importancia. –Me llamo Súbigo.
-Yo me llamo Impro –dijo a su vez él.
-Vaya nombre más raro –comentó ella.
-No eres tú quién para hablar –se quejó él algo tocado.
-Entonces… –dijo Súbigo acercándose a él.
-¿Entonces qué? Sigo diciendo lo que decía al principio: No me interesas.
-Sin embargo has venido. Dices que te sientes culpable por no cumplir tus promesas, ergo, por eso estás aquí pero dime, ¿has venido tan sólo a leer este libraco? ¿O tal vez empiezas a pensar que lo que te ofrezco te puede gustar?
-Tú no me ofreces nada, ya me lo das –sentenció él. –Es cierto que no me interesas pero sigo diciendo que eres guapa. Pero hay algo que haces que me encanta que hagas: Me obedeces sin rechistar. Yo siempre he sido el ignorado de mi casa, el segundón, el que siempre está en segundo plano y cuyas opiniones no cuentan… y ahora llegas tú y me obedeces en todo lo que te ordeno, por muy vergonzoso que sea lo que te exijo. Y no necesito golpearte ni chantajearte para ello: Sólo con amenazar con marcharme me basta para que te conviertas en mi perrito faldero.
-Ya –dijo ella sonriendo ampliamente, ganándose la mirada más que extrañada de Impro.
-¿Puedo hacerte una pregunta? –preguntó él. –¿Tú eres tonta o algo? Acabo de decir que eres mi perrita y vas y sonríes…
-¿No te lo dije la primera vez? Me caes bien.
-¿Que te caigo bien? Parece que me veas como un buen pedazo de carne…
-Y menudo pedazo –dijo Súbigo agitando la mano. –No te aprovechaste de mí, no me distes sermoncitos ni le dijiste nada a nadie… tan sólo dijiste lo que pensabas. Después, en nuestro segundo encuentro conseguiste provocarme el mayor orgasmo de mi corta vida ¡sin ni tan siquiera tocarme! Y en el tercero… en fin… me dijiste lo que era sin llegar al insulto… Mira, me andaré sin rodeos: Para mí eres tan anodino como lo soy yo para ti. Sin embargo no puedo pasar sin querer estar contigo… porque tú…
-Que no lo haré… –suspiró Impro impaciente. –Yo sexo contigo no quiero, al menos de momento. Tú quieres ese placer, yo no. Espero que esto quede bien clarito entre nosotros.
-No trataré de volver a forzarte. Tu cuerpo es tuyo –sentenció ella.
-Esperemos que tengas esa voluntad…
-Pero, aunque no quiera forzarte, sigo queriendo hacerlo…
-Tú quieres esa sensación y eso es lo que te daré –afirmó él firmemente. –Pero sólo si yo quiero, como yo quiera y cuando yo diga.
-Por mí perfecto –sonrió ella. –Podrás tallar a esta gema si quieres, como tú quieras y cuando tú lo digas. Sólo espero ser un bello diamante digno de ti.
Impro no dijo nada y tan sólo le hizo una seña para que se acercara a él. Y allí comenzó su juego…
En fin, segunda parte de esta novela sin terminar. En su tiempo me gustó bastante pero luego me costó darle un enfoque realista… mi vida sexual es tirando a nula (NdD: Su querida es su mano derecha) por lo que sólo pude manifestar alguna de mis fantasías.
Como ésta: La del caballero dominate. El sadomasoquismo me interesa poco pero si hay un respeto claro, casi honroso, entre las partes implicadas, no me molesta. Eso quise reflejar en Impro.
En fin, de todas maneras, poco puedo opinar en estos asuntos. Espero que os haya gustado.
Una respuesta para “Cajón de sastre - SDMS, segunda parte”
-
en Abril 11, 2008 en 10:57 am1
hitok