Parásito - Capítulo 12: Regreso
Abril 3, 2008 por jeshuamorbus
Y continuó la semana…
En clase comencé a revelarme como un auténtico cerebrito, una de las mejores de mi clase. Siempre que el profesor preguntaba, una chavalina medio pelirroja siempre tenía la mano preparada; cada vez que pedían voluntarios, yo era la primera y, a pesar de mi mala fama, algunos hasta se atrevían a pedirme ayuda con los deberes.
En lo que se refería a mi trabajo como Encargada, gracias a mi cada vez mayor dominio de Memento, conseguía hacer cosas que ninguno de mis compañeros podría hacer ni en sueños… Evidentemente esto atraía malas miradas por parte del director, ya no contra mí, sino contra Federico y Martín que se suponía que tenían que “neutralizarme” en caso de descontrol… Ninguno de ellos pensaba hacer lo más mínimo para detenerme a partir de entonces pues, aparte de que nada podrían hacer contra mí, me tenían bastante respeto, aunque no tanto como el que estaba empezando a sentir por ellos: Federico, que carecía de alien, se había vuelto realmente habilidoso con sus “pobres” características humanas y era capaz de hacer capturas inverosímiles incluso para mí (jamás pensé que un simple cepo de cuerda sirviera para capturar a un trípodo o que una rama correctamente doblada fuera capaz de derribar a un döppelt…); mientras que Martín comenzaba a especializarse en el manejo de su Girasol…
Quizá en este punto hubiera que aclarar que, por mucho que los respetara por igual, ellos dos no se llevaban precisamente “bien”… Quizá era que Federico era demasiado cerrado de ideas pero no soportaba ver a su compañero lucirse tanto con Girasol. Cada vez que Martín hacia una nueva captura, el otro hacía siete con métodos que nada tenían que ver con el uso de aliens… Por una vez, vi el lado más intolerante de Federico.
Así era mi vida diaria y diurna… mas, cuando llegaba la tarde me retiraba a los aledaños del bosque, me pasaba cuatro horas contemplando esa selva que tanto me atraía y, para cuando todos los profesores ya se habían marchado y Amelia había terminado con su trabajo de laboratorio, volvía a la casa y ni ella ni yo salíamos de la habitación hasta el día siguiente…
“Las amantes ermitañas” nos llamaba Girasol… cierto era: Cuando estábamos allí encerradas, ni nada ni nadie era capaz de sacarnos de nuestros éxtasis, ni el teléfono, ni el ruido, ni tan siquiera ese imbécil del director… fue la única vez que le oí replicar a Amelia de esa manera: Sin odio, con un sentido del humor realmente ácido, le hizo un par de comentarios y le dio largas para, al final, colgarle el teléfono sin darle tiempo a replicar y volver cuanto antes conmigo.
Durante este tiempo hablamos mucho. Mucho más que antes… pude conocer muchas más cosas sobre su triste vida a lo largo de esas íntimas conversaciones, me contaba secretos al oído y luego yo le hablaba de mi banal y corta vida, con sus nimias anécdotas, nimias pero que a ella le encantaban casi tanto como si reviviera su infancia perdida. Hablábamos, nos amábamos, dormíamos y volvíamos a empezar. Vivíamos el presente sin que nos importara nada más. Y nos encantaba saber que tan sólo nosotras sabíamos lo que hacíamos.
De cara al resto de la gente, nuestra relación no pasaba de ser la de “médico-paciente”, como si esa casa fuera un hospital. Los profesores no sospechaban, los alumnos ni lo olían, mis compañeros de cargo no preguntaban, mis padres… me ignoraban.
Hacía ya demasiado tiempo que no recibía ni una sola noticia suya, ni siquiera una simple llamada de teléfono…
-Si tanto te preocupa, deberías llamar tú, ¿no crees? –opinó Amelia mientras leíamos un libro juntas. –Que estés aquí no es óbice para que pierdas el contacto con tu familia.
-Ya… pero…
-¿Qué pasa?
-No es que tengamos una relación muy estrecha… por culpa de sus trabajos casi siempre me quedaba sola en casa durante mucho tiempo y, al final, casi siempre me encontraba con que no conocía a mis padres de casi nada. Imagina, que con ellos he pasado doce años de mi vida y contigo apenas dos semanas y creo que te conozco más a ti que a ellos… rara vez estábamos los tres juntos durante más tiempo que la cena y siempre han sido muy fríos conmigo, para que no llorara por estar sola en casa, para endurecer mi carácter según ellos…
-¿Y qué quieres decirme con eso? ¿Que te odian?
Directa a la llaga, como siempre.
“No creo que sea muy buena idea que pases de ellos” me dijo Girasol. “Fríos serían pero no eran mala gente.”
-Cuando los vi cuando les hablé de Oboeteru, su reacción fue muy similar a la de mis conocidos que saben de la existencia de Magnolia –continuó ella: –No saben como reaccionar.
-¿Entonces ya saben lo de Girasol?
-Les he ido informando acerca de Memento pero nada les he dicho de Girasol (nada puedo decir de eso). Quizá cuando vieron los charcos de sangre de tu batalla contra los rubritrípodos aumentaron el sentimiento negativo hacia Memento que les había inculcado Nicolás…
-Hablando de ése, ¿se puede saber qué problema tiene conmigo?
-Quizá el que quieras matarlo sea algo que le influya –dijo sonriendo.
-Bueno… estoy esperando a que me provoque, cualquier cosa para tener una buena razón para saltar sobre él, no voy a hacerlo ahora precisamente…
-¿Son impresiones mías o quieres cambiar de tema?
Directísima a la llaga, tanto que hasta me dolió…
-¿No quieres llamarles? –me preguntó seriamente. –Aunque te rechacen, al menos habrás probado, no te habrás quedado quieta lamentándote por tonterías.
-Pero…
Antes de que pudiera decir nada, Amelia descolgó el teléfono que había sobre su mesita y se marchó de la habitación.
-Tómate tu tiempo si quieres, pero no dejes que ese estúpido miedo tuyo te haga perder el contacto con tus padres –me dijo suavemente mientras cerraba la puerta. –Te dejo sola: Decide tú misma si quieres llamar o no.
Una vez sola, miré el auricular y lo cogí con algo de miedo. Sí, miedo. Lo que me había propuesto Amelia me había congelado la sangre pero tenía que reconocer que llevaba razón…
Mientras marcaba, pensé que mis padres nunca habían sido tan fríos como los describía, que los conocía mejor de lo que creía (y que eran estrictos, eso no me lo quitaba nunca de la cabeza)… cuando me di cuenta, estaba escuchando como alguien cogía el teléfono.
-¿Diga?
-Hola… –tragué saliva… estaba mucho más nerviosa de lo que pensaba. –Hola, papá…
Escuché como el otro auricular se movía un poco, como si su portador se hubiera estremecido pero no tardé en escuchar la voz de mi padre:
-¡Sandra! ¿¡Hace cuánto que no te oigo!? –exclamó con alegría incontenida. Tan fuerte fue el grito que escuché los pasos de mi madre acercarse al teléfono. –¿Estás bien? ¿Ya te han dado el alta? ¡Dime!
-No, aún no… –contesté cohibida. –Como no llamabais pensé en llamaros a vosotros…
-Ah… eso… es que Nicolás nos dijo que mientras estuvieras ahí, no te llamáramos, para evitar interrumpir el tratamiento. Lo más que recibíamos era el informe diario de la profesora Amelia acerca de esa infección. ¿Te trata bien?
-Muy bien –afirmamos tanto Girasol como yo al mismo tiempo, generando una voz un tanto extraña en el proceso. Mi padre enmudeció durante unos segundos por lo que me di prisa a responder yo sola: –Estoy muy bien, eso no lo dudes. Ella es muy amable y me cuida atentamente…
-¿Sandra? ¿Cuándo volverás? –preguntó ahora mi madre tras arrebatarle el auricular a mi padre. –Esta casa está muy vacía sin ti…
-Tan pronto como Amelia sepa cómo controlar lo que me pasa, volveré…
-¿Qué tal te van los estudios? –mi madre se aferraba a las preguntas más típicas para impedir que me desconectara… sonreí agradada.
Y así continuamos hablando… casi una hora después de que Amelia me descolgara el teléfono, seguía hablando tranquilamente con mis padres. Parecía que ellos hacían un esfuerzo increíble por contar hasta la última anécdota del pueblo, relatando hasta su último detalle…
Me hablaban del presente, de lo que había dejado de conocer del pueblo, de lo que contaban en las noticias… cualquier cosa, siempre evitando tocar de nuevo el tema de Memento o de mi cargo. No fue hasta un buen rato después que me di cuenta de que no hablaban de mi o de nosotros tres en general. Era cierto: Doce años de convivencia habían acabado siendo doce años en los que no nos habíamos conocido de nada. Pero era precisamente por esta separación que ahora se arrepentían de no haber estado más tiempo conmigo. Volví a sentir ese afecto que Amelia profería por mí: Me sentí querida…
Tras hablar más de una hora con ellos, me despedí hasta una próxima vez y colgué.
-¿Ya has acabado? –preguntó Amelia desde el otro lado de la puerta nada más separé mis dedos del auricular.
-Sí… –sonreí cuando vi que Amelia entraba y se acercaba a mí. –Lo has oído todo, ¿no? Menuda tontería hablar de esas cosas… –reí mientras ella se abrazaba a mí.
-Al menos habéis hablado… –los pétalos de Magnolia retiraron su chaqueta y me abrazaron también. –Que no sea yo quien te arrebate a tu familia…
Federico estaba sereno. Cada uno de sus movimientos era algo tan simple y armonioso como el movimiento de un velo. Con sus manos atrajo la mirada del trípodo que estaba ante él, con el leve movimiento de sus piernas llamó su atención y con su voz lo atrajo hacia sí. Emitía leves susurros que el alien parecía entender de alguna manera. Tal vez no fueran más que un montón de sonidos inconexos pero se notaba que el chico se esforzaba en encontrar a los que mantuvieran al trípodo tranquilo.
Cuando éste llegó hasta la reja, apoyó uno de sus cuernos contra ella, justo donde Federico había puesto su mano. Él se arrodilló y colocó su otra mano para que el trípodo apoyara su otro cuerno. Él sonreía confiado y el alien respiraba sin resoplar…
Preferí no moverme y contemplé la serena estampa, aquélla que antaño habría logrado que me uniera al control de aliens por lo adorable de algunas de las criaturas, sin que él se diera cuenta. Pasó más de una hora desde que entrara silenciosamente y él seguía junto a ese animal… hasta que, un leve tropiezo mío, llamó la atención del chico que se volvió asustado hacia mí.
No dije nada y él no dijo nada tampoco. Yo estaba apoyada en una esquina oscura, lugar desde donde vi toda la escena discretamente y él estaba delante de una de las jaulas de los trípodos, hablando sin palabras a uno de esos seres.
-¿Para esto te ofrecías voluntario a dar de comer a los aliens todos los recreos? –pregunté con gracia, sin manifestar ninguna hostilidad.
Federico prefirió coger el carretillo de la comida y seguir con el trabajo antes que contestarme. Pero, justo antes de marcharse de delante de la criatura, dijo “¡su, su!” y el fuerte y enorme animal volvió con sus compañeros que habían ignorado al humano como si no hubiera estado ahí.
-No se lo diré a nadie –continué. –¿Crees que se lo diré al Nicolás ese?
-Nadie te ha pedido que lo entiendas –me contestó al fin. –Tan sólo evita decirle nada a nadie…
-¿Te gustan los trípodos? –pregunté mientras cogía uno de los sacos de comida del carretillo para dárselo a un par de döppelts.
-Algo así… –me contestó tras una larga pausa en la que pude dar su correspondiente plato a cada alien. –Desde que me dijiste que eran muy serenos, no sé, me entró esa idea de empezar a tratarlos como vacas o caballos…
-¿No te dan miedo?
-Me infunden respeto –afirmó categóricamente. –El miedo provoca rechazo, el respeto atracción. La verdad es que, cada vez que los veo, me apetece tocarlos… pero ahora que no tengo a Girasol no puedo entrar dentro de sus jaulas…
-Si quieres pedirme algo, no te me andes por las ramas –le recriminé sonriente. –¿Terminamos y probamos?
Él sonrió complacido y se puso al trabajo a toda velocidad, acabando en menos de un cuarto de hora lo que nos habría llevado casi el triple. Tendría su faceta adulta pero seguía siendo un simplón sin remedio.
Cuando acabamos, volvimos a la jaula donde estaba ese gran trípodo con el que había estado desde el principio.
-Recuerda –advertí mientras él llamaba suavemente al animal: –Sólo nos queda media hora antes de volver a clase pero aún así deberíamos salir antes para evitar llamarle la atención a ése –dije despectivamente refiriéndome al director.
-Descuida…
Una vez delante de la jaula, me indicó que no me acercara y repitió el mismo ritual que antes, atrayendo la mirada del animal que se acercó a él mientras sus compañeros le ignoraban. Tras un par de minutos de suaves susurros y palabras leves, me indicó que abriera la puerta y así lo hice, tras lo cual formé un muro con mis cabellos para evitar que los otros dos trípodos se acercaran o que el tercero se escapara.
Tal vez fuera un infantil intercambio de caricias, casi como si ellos dos no fueran más que un bebé y un gato, pero percibí aún más tranquilidad ahora que antes que había una reja entre ellos.
Tras un rato de jugueteos varios, le indiqué a mi compañero que fuera despidiéndose y él, resignado, volvió a alejar a la criatura de sí y salió de la jaula.
-Menos mal que Amelia no salió hoy para comer… –le comenté mientras subíamos en el montacargas. –No sé lo que habría pensado de ti si te hubiera visto con ése…
-Me daría igual lo que pensara –dijo alegremente. –Pero mejor dejemos este tema entre nosotros y para otro día… lo último que quisiera es que el director se enterara de esto.
Así pues, salimos del montacargas, abrimos la puerta del depósito y entonces…
-¿¡Qué ha pasado aquí!? –exclamamos los tres (Girasol incluido) al ver la cantidad de cuerpos postrados que había en el suelo.
En lo que era capaz de abarcar mi vista, pude ver cientos de cuerpos caídos, todos de alumnos a los cuales o les sangraba la nariz o las orejas… Sin dilación fuimos a comprobar el estado del más cercano y suspiramos aliviados al ver que seguía vivo aunque totalmente inconsciente. De los diez que estaban al lado de la entrada del depósito, ninguno parecía tener más heridas que esas llamativas heridas en oídos, nariz o boca.
-¡Profe! –grité al comunicador sin recibir respuesta. –¡Maldita sea, haga su trabajo y póngase!
-¿…Sandra…? –escuché la temblorosa voz de Martín.
-¡Martín! ¿¡Qué ha ocurrido!?
-…un monstruo… –susurró con voz acongojada. –…no sé qué era eso… no sé cómo hizo todo esto… pero… –Martín rompió a llorar asustado.
-Tranquilízate, ¿quieres? –le pedí calmada. –¿Has logrado verlo? ¿Sabes lo que puede ser?
-¡Ya te dije que no lo sé! –gritó para arrepentirse de inmediato y volver a hablar con susurros. –Es un humano unido con un alien… no sé lo que quiere pero no ha dudado en dejar inconscientes a todos…
-A ver… –dijo Federico con voz paciente. –Ya sabemos que estás asustado pero lloriqueando así no nos ayudas: ¿Con qué clase de alien estaba unido?
-Parecía un Drill… pero en ningún momento le vi lanzar uno solo de sus taladros… parecía que sólo tenía que mirar a alguien para dejarlo fuera de combate. Traté de atacarle pero era como si atravesara a un fantasma: Era totalmente intangible.
-¿Dónde estás? Si vamos a tener que enfrentarnos a algo como eso es mejor que estemos juntos.
-…estoy en… –Martín interrumpió su declaración con un grito brutal y desgarrador de puro dolor para luego sólo pudiéramos oír como se desplomaba al igual que su comunicador.
Iba a tratar de llamarlo de nuevo cuando, de repente, escuché como se acercaban unos pasos al otro lado de la línea. Tras abrir la puerta que le separaba a Martín, alguien cogió el comunicador y habló, helándome la sangre en el mismo instante en el que oí esa voz tan ácida como odiosa:
-El chavalín no ha sabido manejar a su juguetito… ¡Ah! ¡Qué gusto es volver al colegio! En fin, Sandra mía, espero que seas mejor entretenimiento que estos tres cobardes.
-¿¡Qué le has hecho!? –le grité furiosa al monstruo de mis sueños, cuya voz había reconocido desde el primer instante.
-A este aprendiz, dejarle fuera de combate; al inútil del director, igual; a los corderos que había por medio, inutilizarlos y a cierta bella flor… quedármela…
Mi cuerpo se paralizó al escuchar la frase tras lo cual volví a gritar, con más furia que nunca:
-¿¡QUÉ HAS HECHO CON AMELIA!?
-No te enfurezcas –ordenó el monstruo desde el otro lado con tono serio. –Depende de ti, tan sólo de ti, que ella siga viva. ¿Vas a obedecerme?
Pensé en tirar el comunicador al suelo e ir a matar a ese monstruo aún sin saber dónde estaba pero me contuve al pensar en lo que estaba en juego.
-¿Dónde estás? –pregunté conteniendo mi ira.
-Espérame en la parada de autobuses –ordenó. –No hagas nada raro y ve sola. Si a tu amigo se le ocurre acercarse, tanto él como tu querida profesora pagarán las consecuencias, ¿entendido, pipiolo?
El monstruo cortó la comunicación y todo quedó en un incómodo silencio.
-Toma… –le dije dándole el comunicador a mi compañero. Tras esto me encaminé resignada al lugar indicado.
-¿No irás a…?
-Sí, iré –dije pesadamente. –Si ese maldito se parece lo más mínimo al monstruo que conozco yo, hará lo que dice…
-¿Lo conoces?
-De mis sueños… pensaba que él era algo creado por mi mente o algo así pero… –apreté mis dedos contra mi brazo hasta hacerlo sangrar, henchida de una ira que no podía manifestar. –Tú no te acerques, ¿entendido? No quiero que maten a Amelia por tu culpa…
Sin una sola palabra más, caminé hacia la parada de autobuses tan rápido como mi ánimo me permitió. Cuando llegué me encontré con más de cuarenta cuerpos tirados en el suelo, los cuales trataba de ignorar con la mayor de mis voluntades.
-Muy bien, me gusta que seas obediente –dijo ácidamente el monstruo a mis espaldas.
Me di la vuelta sorprendida pues ni siquiera había oído sus pasos sobre la grava y al fin pude ver su cara de día: Era un hombre de unos veintitantos bastante alto, tal como recordaba de su silueta oscura en sueños. Su cara era notablemente afilada y cada una de sus marcadas líneas de expresión denotaban mucha más edad de la que el resto de su cuerpo sugería. Su pelo, aparte de mostrar más de veinte taladros preparados, tenía un volumen considerable, casi como si estuviera hinchado desde dentro. Y claro, sus ojos… rojos como brasas.
-¿Qué es lo que quieres de mí? –pregunté cada vez más y más furiosa.
-Yo, tan sólo capturarte –dijo él encogiéndose de hombros. –No tengo la menor idea de lo que quieren hacer mis jefes contigo. Yo sólo soy un agente más.
-¿¡Un agente de quién!? –formé varios taladros por culpa de mi ira pero al segundo los deshice. Mi descontrol me estaba jugando malas pasadas.
-No tardarás en saberlo –dijo levantando una pistola de dardos. –No sabía que tu amor por esa perra te llevara a ser tan sumisa –y dicho esto me disparó al tiempo que yo le lanzaba un taladro instintivamente. Mas, al tiempo que caía dormida, vi como mi ataque no servía para nada: El taladro atravesó su cuerpo pero fue como si atravesara el aire y al final sólo pude lamentarme de mi impotencia…
En un mar de sensaciones sentí el más incómodo sueño que jamás tuve… mi mente, mi cuerpo, mi misma alma, bullían de ira. Todo mi ser se retorcía pero mi cuerpo no me respondía.
El fuego se apagaba.
Traté de gritar pero la voz no me salía, traté de correr pero mis piernas no me respondían, quise saber lo que pasaba pero mis párpados no se abrieron…
Recogí el fuego sobre mí misma, como Prometeo guardó el fuego en una flor de hinojo…
Concentré todo mi ser en mis percepciones… escuché cosas, noté algo cogerme…
…tal vez se reavivara…
No dejaba de escuchar esa odiada palabra: “Perra”. Cada vez que la oía mi ser se estremecía pero nada podía hacer. Lloré cada vez que la escuchaba y sentí un horrible dolor en mi pecho.
La flor comenzó a arder…
¿Por qué? ¿Por qué en todas partes tenían que abusar así de ella? ¿Por qué castigaban su vida de esa manera?
La herida de Prometeo volvió a abrirse…
¿Por qué los Blossoms despreciaban a una mujer que se preocupaba por los que iban a continuar su legado?
Los pétalos se tiñeron de rojo…
¿Por qué los Drills despreciaban a esa bella dama?
¡El fuego renació cual volcán! ¡Sí! ¡Sabía que había vuelto con toda su fuerza!
¿Por qué los seres humanos, que se dicen tan solidarios, no se atrevían ni a mirar a ese alma tan caritativa?
Sentí que algo me atravesaba la garganta y como se dirigía a mi espalda…
Me sentí ingrávida, sutil y ligera como una pluma…
Desde detrás de mis pulmones a mi cuello sentí como el fuego me dominaba de nuevo…
Pero también sentí el asqueroso abrazo de ese monstruo que me sostenía al tiempo que me llevaba a Dios sabría donde…
Mi vida fluyó por ese nuevo fuego… pero no era simple fuego: Eran alas. Alas ardientes y refulgentes que ardían…
La presa de mi captor se hizo inestable…
Mis llamas lo quemaron todo… hasta la última de mis impurezas quedó reducida a cenizas.
Sentí como caía…
Renací cual ave Fénix… sentí mi nuevo cuerpo, sentí mi refrescada mente, sentí mi renacida alma…
Pude abrir los ojos y ver la cara del monstruo mirarme espantado.
Y sentí lo único que necesitaba para volver a la vida: La voz de Amelia…
-…estoy bien… –escuché levemente, como si una voz me hablara a cientos de metros para, de repente, sentir como el monstruo destrozaba algo contra el suelo.
Adormilada pero ya totalmente despierta, me alcé del suelo mientras trataba de mantener el equilibrio pero al instante noté la punzante sensación de otro dardo en mi pecho. Pero esta vez, en lugar de volver a caer inconsciente, sentí como un calor brutal inundaba mis venas y me alce con una fuerza inusitada cada vez más consciente.
-¡Maldita sea! –le escuché gritar al monstruo. –¡Los dardos no me funcionan!
Por fin, con los ojos totalmente abiertos y con mi mente en su sitio, pude ver la situación: No nos habíamos alejado más de doscientos metros del lugar donde ése me había derribado y ahora estábamos delante del edificio principal, de camino al gimnasio. El monstruo, espantado, estaba hablándole a un comunicador mientras recargaba su arma.
Miré mi cuerpo y vi como tenía seis dardos clavados… Eran molestos pero no me dormían. De hecho, a cada segundo que pasaba, me sentía más lúcida, como la ira que había mantenido contenida se despertaba. Y todo eso tan sólo por haber escuchado a Amelia decir “estoy bien”…
-¡No te contengas! –escuché gritar a Amelia al otro lado de la línea del comunicador del monstruo. –¡Estos malditos…! –el monstruo cortó la comunicación antes de que pudiera seguir escuchando la voz de Amelia y se dispuso a combatir al ver que yo ya estaba más que dispuesta: Invoque las opciones de mis brazos y las lancé torpe pero certeramente.
Ese indeseable dio varios saltos y se alejó de mí habilidosamente, aprovechando mi atontamiento hasta que se quedó fuera de su alcance.
-¿¡Qué demonios eres tú!? –me gritó al ver que preparaba más opciones. –¡Te he metido suficiente somnífero en el cuerpo como para dormir a un elefante!
-…soy… –di un torpe paso al tiempo que trataba de volver a la realidad –…soy fuego… –y lancé todas mis opciones contra él.
Mas, mi ataque, de nuevo, fue infructuoso: Los hilos de las opciones atravesaron ese cuerpo como si fuera un fantasma. En contra-ataque, él alzó una mano y empujando el aire, me lanzó como si una mano invisible me tirara contra la pared.
El golpe volvió a atontarme pero sólo durante un segundo: El dolor hizo que mi mente despertara súbitamente al igual que toda mi sensibilidad. Aún sin saber qué me había hecho, sabía que ya nada me mantenía de manos atadas: Podía ir a por ése con toda libertad…
Después de alzarme, lancé toda una andanada de opciones y taladros los cuales atacaron al monstruo desde todos los ángulos posibles pero de nada sirvió: De repente, ese bicho parecía haberse convertido en un fantasma y ninguno de mis ataques parecía surtir efecto.
Por contra, cada vez que él alzaba su mano, sentía una especie de bofetón poderosísimo que me derribaba. Tal vez pudiera actuar con todas mis fuerzas pero el no poder tocarlo dejaba las cosas tal como estaban.
-Tal vez ya no tenga a Amelia… –me dijo sin moverse ni un ápice después de derribarme por cuarta vez –pero, por si no te has dado cuenta, tengo un patio lleno hasta el tope de rehenes –advirtió agriamente señalando a uno de los muchos cuerpos caídos. –Y más te valdría que me hicieras caso: Cuanto más tiempo permanezca aquí, peor lo pasarán…
-¿Y a mí qué? –pregunté ganándome su mirada asustada. –La única que me importaba era Amelia… ¿no eres capaz de reconocer tu situación? –me volví provocadora hacia él. –¡Usa un poco tu lógica! ¡No importa cuantos seáis! ¡Ahora sólo quedas tú ahora que Amelia se ha encargado de los demás! ¡Si ella ha podido con ellos, ella podrá contigo! –de inmediato sentí un nuevo golpe invisible el cual me sacudió varias veces contra el suelo sin piedad. Cuando terminó, mis brazos rezumaban sangre pero yo estaba lejos de rendirme.
Traté de concentrarme en ver lo que estaba pasando: Podría ser cierto que ahora sólo quedaba él entre los que tomaran el colegio y secuestraran a Amelia pero la batalla era, a todas luces, terriblemente desigual. Igual de evidente era que el monstruo no era un Drill, ni mucho menos. Parecía que tenía esos taladros para llamar mi atención pues no los movía para nada… es más, su pelo parecía que se hinchaba cada pocos segundos, casi como si respirara. Rechacé de inmediato que me estuviera golpeando con el aire así que me concentré en la única posibilidad plausible: El monstruo estaba unido con un alien psíquico. Cuál fuera, eso ya no importaba: No tenía la menor idea de cómo enfrentarme a uno de ésos. Lo único que sabía de ellos eran detalles que me contaron Amelia y Federico medio de pasada, previendo los tres que jamás íbamos a tener que enfrentarnos a semejantes monstruos…
“Un momento… Girasol…” llamé. “Si a todos los demás los derribó de un solo golpe, ¿por qué a nosotros nos apaliza de esta manera?”
“Hasta tú te has dado cuenta… No tengo la menor idea. Parece que todos los demás los han dejado fuera de combate reventándoles desde dentro… ¿tal vez no quiere que salgamos con daños internos?”
Como respuesta me toqué una de mis costillas, la cual ya sabía que estaba rota desde hacía un buen rato.
“Si esto no es daño interno dime lo que es…” le dije mientras soportaba mi dolor estoicamente.
-Muy bien, chiquilla –me dijo el monstruo arrodillándose desde su inmóvil posición. –Es cosa tuya que sigamos con esto. O te rindes o…
-Pues continúa… –respondí quejumbrosa mientras me alzaba dolorida. –Amelia, por mucho que la desprecies, sigue siendo la responsable de Contramedidas de este colegio. No tardará en llegar a ayudarme… –la respuesta del monstruo fue otro brutal empujón que me mantuvo contra la pared, casi como si una enorme prensa me aplastara contra ella.
-En fin, tú misma… –el monstruo aumentó el ritmo de las respiraciones de su pelo y alzó dos dedos como si me estuviera apuntando con una pistola.
“¡Ya sé!” gritó Girasol. “¡Usa a Memento!”
¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Si ese ser era todo ilusiones, me las estaría mandando directamente a mi mente pero, con Memento, yo podía conocer todos los detalles objetivos de la realidad que me rodeaba… de inmediato mis cabellos se pusieron en movimiento…
“¡Buf, qué asco!” pensé al ver el verdadero aspecto del monstruo.
Era cierto: Ese ser era todo ilusiones. Lo único que conservaba de su aspecto original eran los ojos rojos porque todo lo demás era completamente diferente: Lo que yo veía como taladros eran un montón de tentáculos y lo que yo creía que era pelo que se hinchaba una y otra vez era una especie de segundo cráneo con forma de campana detrás de su principal la cual se sostenía con un segundo cuello que penetraba directamente en su columna vertebral. Carecía de manos y en su lugar lucía algo más parecido a tentáculos terminados en una especie de palma. Su cara en poco se parecía a la de un ser humano, de cuyo aspecto ni siquiera conservaba el tabique nasal.
Pero, lo que realmente me interesaba de él era su posición: No estaba a diez metros de mí, lanzándome ataques desde la distancia sino que estaba a apenas medio metro de mí, con un tentáculo preparado para tocarme…
Mi reacción fue inmediata y brutal: Lancé todo lo que tenía al mismo tiempo contra ese ser invisible y sentí como todos mis taladros lo atravesaban. No se volvió visible con este ataque pero, la sangre que ya emanaba de su cuerpo delataba su posición por lo que lo rodeé con opciones y lo atravesé con taladros. Trató de defenderse torpemente pero nada pudo hacer: En menos de diez segundos logré volverlo visible y pude cortarle sus dos cuellos.
La batalla había acabado y yo, por fin, pude dejarme caer para descansar…
-Tan furiosa como siempre, ¿eh, chavalina?
Traté de abrir los ojos pero la potente luz que tenía sobre mí me hizo volver a cerrarlos. Apenas notaba mi cuerpo, el cual permanecía medio dormido.
-¿Dónde estoy? –pregunté atontada.
-En una bañera, tranquila –me respondió una voz femenina que no logré reconocer. –Pensaba que tendría que ir a salvarte el día pero al final lograste encargarte tú sola de ese illitia… cada día me sorprendes más.
-¿Eso era un illitia? –pregunté al recordar a ese alien del que había oído hablar alguna vez.
-Y uno de los peores, créeme. Es mundialmente conocido como “Disruptor Joseph”, un mercenario muy peligroso. De no haber sido por tu Oboeteru, nada habrías podido hacer contra él.
-¿Qué ha pasado con todos los demás? –pregunté preocupada.
-Todos los alumnos despertaron a los pocos minutos de que mataras a ese advenedizo, tranquila. Tu compañero Martín volvió en sí sin demasiados problemas (aunque ahora tiene un dolor de cabeza antológico), Amelia salió sin muchas heridas (aunque no podría decir lo mismo de sus captores…) y Federico parece que fue el único que salió indemne.
-…si es así… bien…
-Me gusta ver que sigues conservando esa mala leche que te caracteriza, chavalina –me dijo ella al tiempo que me golpeaba amistosamente la frente.
-¿Nos conocemos?
-Ya te dije que no me reconocerías cuando volviéramos a encontrarnos.
Abrí los ojos de golpe para volver a cerrarlos de rápido por culpa de la luz pero, aún así traté de ver la cara de quien estaba vigilando mi proceso de curación…
-¿Lua? –traté de alzarme para verla mejor pero ella me mantuvo bajo el gel celular con un dedo.
-¿Te alegras de verme? –me preguntó poniéndose sobre la luz para que la viera mejor.
Ahora que la veía en vivo, sabía que ésa era Lua. En la foto la vi preocupada y tensa lo cual no asociaba con la Lua que había trabajado conmigo. Sin embargo, ahora que veía su cara risueña, sabía que esa mujer que se encontraba ante mí era Lua, sin ninguna duda.
-Eso no tienes que preguntarlo –contesté con una sonrisa en la cara. –¿Qué haces aquí abajo?
-¿Abajo? –preguntó sorprendida. –¡Ah! Que crees que estamos en el bunker del colegio…
-¿Dónde estamos entonces?
-Sería un poco largo de explicar pero, para resumir, estás en un viejo palacio que está en medio del bosque –dijo suavemente. –Íbamos a buscarte al colegio pero, de repente, vamos y nos encontramos con ese maldito illitia y va Guídalo y nos ordena que te trajéramos aún sin tu permiso…
-¿Por qué hablas en plural?
-Por mí –dijo una voz muy gruesa al otro lado de la sala. –Deberías adelgazar un poco: Cuesta volar contigo a cuestas.
-¡Muy gentil de tu parte! –se quejó Lua. –Disculpa a Ramalho… A veces no es muy fino que digamos…
-¿Qué hago yo aquí? ¿Para qué me habéis traído?
-Órdenes de Guídalo, nada que te deba preocupar. De momento descansa un poco y luego te saco de la bañera, ¿de acuerdo?
Lua se encargó, hacendosa, de todos los aspectos de mi curación y, tras una larga (para mí) espera, pude volver a alzarme, esta vez totalmente recuperada y sin ningún dolor ni cicatriz en el cuerpo. Nada más salí, mi compañera me entregó unas ropas bastante menos ajadas que las ensangrentadas que estaban a su lado.
-Ale, con esto ya vas que chutas –opinó mi compañera tras ayudarme a vestirme.
-¿Ya puedo entrar? –preguntó Ramalho al otro lado de la cortina que nos separaba de él.
-Adelante –indicó Lua y así lo hizo: Ramalho entró… y yo di un paso atrás totalmente espantada: El aspecto de ese ¿hombre? era grotescamente deforme. Sus facciones parecían haberse retraído un montón, tanto que casi no tenía nariz, sólo algo parecido a un hocico. Su boca era enorme y los belfos le colgaban pesadamente, ligeramente humedecidos; sus orejas eran largas pero carecía de pómulos y le colgaban como pesos muertos… ¿qué era eso? ¿Un hombre o un buldog andante?
-¿Un Licán…? –musitó Girasol por accidente.
-¿Ya sabes lo que es un Licán? –preguntó Lua gratamente sorprendida. –Amelia ha debido enseñarte muchas cosas para llegar a ese punto… En fin, te presento a Ramalho Pires, un amigo…
-…que te has traído de Brasil –interrumpí yo.
-¿Y eso cómo lo sabes? ¿Te ha comentado algo Amelia?
-No, el imbécil del director. Hace ya algún tiempo nos enseñó unas cuantas fotos de ti en un aeropuerto. ¿Aquél tipo cubierto hasta las cejas era Ramalho?
-Sí, era él –dijo Lua al tiempo que le hacía una seña a su compañero, el cual se marchó de inmediato a toda prisa. –Entonces ya sabías que había vuelto…
-Sólo sabía que andabas por París, nada más –dije mientras me ponía mis zapatos. –Eso es lo único que sé: Tú volviste de Brasil con un Licán y fuiste recibida con prisa por Guídalo en París. No sé más –dicho lo cual miré escrutadora a Lua.
-Quieres saber lo que hice, ¿no? –dijo ella esperándome en la puerta. –Eso mejor pregúntaselo a Guídalo. Quien mejor te puede explicar todo esto es el mismo jefe…
Y la dama voladora regresó a su hogar cual pájaro errante.
Lua es un personaje que me cae bastante bien y es de los que más respeto (ya se entenderá más adelante lo que entiendo por “respeto”) . El personaje de Ramalho es un complemento que pensé necesario para una chica tan temperamental como ella, un personaje que no la limita y que logra hacer que se sienta plena (a pesar de su grotesco aspecto).
Espero que os haya gustado el capítulo (y a los lectores sádicos espero que os haya gustado la batalla).