Mientras golpeaba el martillo fui pensando en toda clase de cosas… aunque la principal era la hedionda peste que emitía la boca de Amele. Pero, tras más de una semana de limpieza dura, ya casi había acabado con todo el sarro tanto de sus dientes inferiores como superiores. Eso sí: La casa, cada vez que sacaba un cubo de ese material similar a la piedra, se parecía por momentos más a una escombrera por la cantidad de material que sacaba de allí dentro.
Y, lo mismo que limpiaba el interior de su boca, aprendía a pasar un cepillo por la extensísima piel de mi tutora. Aunque esto no fue a iniciativa mía sino por petición suya… no comprendía la razón por la que quería que la limpiara pero, tras unos días de limpieza intensiva, conocí la razón:
-Creo que, de momento, ya no hace falta que sigas limpiándome -me comentó Amele con una piel radiante, aterciopelada y finísima en su forma humana… daba gusto acariciarle la cara. Me mostró un par de las escamas que le había arrancado con mi fuerte frotar. -Aparte de que ya debes estar cansado y que me has dejado hecha un primor, has logrado conseguir algo que te será útil: Parte de mi piel -le pregunté con la mirada acerca de ese, para mí, extraño trofeo. -Si te injerto esto en la piel, podrás moverte por la oscuridad conmigo -una sonrisa entre alborozada y perversa iluminó mi cara.
-Pero, ¿cómo lo harás?
-Que sé matar pero también sé hacer alguna que otra barrabasada sin matar a mis víctimas -comentó ella con voz graciosa. -Una vez logré ponerle seis ojos a un tipo que trató de asaltarme, para que se “andara con mil ojos” y, otra, le puse un par de brazos más a uno de mis viejos amantes -comentó con los ojos perdidos en recuerdos lejanos. -No parecieron quejarse de dolor alguno incluso a pesar de que a más de uno de mis experimentos le arranqué medio cerebro para que dejaran de gemir -me pregunto si en esa época era tonto: No recuerdo haberme puesto a temblar en este punto de su explicación… -Pero, sea como sea, el nivel de esta operación para mis expertísimas manos -en este punto debería haber salido corriendo… -es de trabajo que hasta un aficionado puede hacer -tal vez quise comentar alguna cosa o replicar a su sugerencia pero, antes de que me hubiera dado cuenta, ya me había metido dentro de su boca y me había llevado a su dominio.
Y ni tan siquiera tuve que esperar a salir de su boca para sentir un fuerte pinchazo en mi espalda, una punzada tan penetrante que pensé que me había atravesado el corazón.
Cuando recuperé la conciencia, estaba en mi cama, en la penumbra de mi habitación. Todo seguía normal: Mis brazos seguían en su sitio, podía mover los ojos normalmente, seguía respirando, era capaz de levantar las sábanas sin dejarme la vida en ello… pero sentía un impresionante dolor en mis posaderas.
Pero, fuese como fuese, gracias a eso me había dado cuenta de algo: Mi habitación casi siempre estaba en penumbra y en esa casa nos iluminábamos mediante lámparas por lo que nunca había excesiva luz en ninguna parte de la casa. La razón estribaba en la capacidad de Amele de moverse por las sombras.
Yo nunca había llegado a entender cómo lo hacía… pero ahora que tenía parte de su cuerpo adherida a mí era capaz de ver espacio donde antes sólo veía oscuridad. En la sombra que proyectaba mi mesa por debajo de sí pude encontrar lo que parecía un pasillo de una oscuridad inmensa, las cortinas trazaban caminos que ahora veía con claridad y, cuando me incline para ver qué había debajo de la cama, pude contemplar una negrísima caverna hacia la que pude extender mi mano. Y comprobé entre horrorizado y gratamente sorprendido que podía acceder a ese espacio sin mayor problema.
-Ya sé que te hace ilusión pero casi mejor que no te muevas de la cama durante el día de hoy -me comentó Amelia al tiempo que entraba con una bandeja con la comida. -Ahora, como buen convaleciente que eres, descansa, come, recupérate y haz lo que puedas para que pueda darte el alta mañana mismo.
Aunque me hubiera querido retener, ya era difícil: Ya en medio de la noche e, incluso teniendo terribles dolores en la zona operada, me di un paseo por las sombras con toda la soltura que mi cuerpo me permitió. Me moví de un lado para otro y aparecí en toda clase de lugares oscuros. Tan pronto aparecí en un callejón en una ciudad inidentificada como acabé en la vieja fábrica de mi pueblo. Y, cuando hallé una víctima, me alegré de haberme llevado mi cuchillo de casa.
Fue un trabajo, si bien no tan espectacular como mi primera vez, sí bastante limpio y perfectamente silencioso. Esa mujer acabó con un cuchillo de carnicero atravesándole el corazón y, cuando quiso darse cuenta, ya tenía a un niño mordisqueándole las manos… después de ese aperitivo y de beberme un poco de su sangre, la agarré del pelo y la arrastré conmigo hacia la oscuridad para hacer el camino de vuelta a mi casa, lugar en el que la despedacé sin demasiada maña, y la guardé en la nevera.
Lo demás, sólo fue irme a dormir con una agradable sensación en el cuerpo.
Amele no tardaría en darse cuenta de mi captura para la que ni siquiera había pedido permiso. Me dio un sermón acerca de lo que significaba la prudencia y la mesura en los monstruos… durante un minuto. El resto del tiempo se lo pasó comiéndose gran parte de la chica sin ni siquiera pararse a condimentarla debidamente. Cuando terminó de zamparse casi todo su cuerpo (digamos que sólo me dejó un brazo) me dio una palmada en la cabeza, como felicitándome por la buena caza que había realizado.
A pesar de que el dolor aún no remitía, esa noche pensé en repetir la experiencia. Esa noche, tras limpiar a fondo los molares más profundos de la boca de Amele, me metí directamente en la oscuridad sin decir a donde iba. De hecho, fui viajando de lugar en lugar al azar, sin olvidar el camino de vuelta a casa.
Me presenté en toda clase de lugares como la noche anterior y vi a potenciales víctimas a montones. Pero ninguna de ellas me despertaba ningún sentimiento, como si la mayoría de ellas no valiera la pena.
Vi mendigos pero creí que no tenía ninguna gracia acabar con ellos, máxime cuando muchos de ellos parecían pasarlo bien bajo sus cartones.
Vi a unos cuantos adolescentes chillando en medio de la noche, bastante borrachos pero tampoco fui a por ellos: No era cosa de acabar con alguien por culpa de algo pasajero… al menos esa noche.
Me encontré con un par de gamberros quemando una papelera. Sólo por las estúpidas caras que ponían pensé ir a por ellos. Pero cuando la policía apareció, preferí retirarme.
Al final, me encontré a una pareja de adultos viendo la televisión. Todo ello parecería una estampa de lo más pacífica de no ser porque mi olfato había captado algo: Sangre. Había sangre en el ambiente y, a juzgar por lo poco que vi, estaba bastante repartida por las paredes. Además, tras un silencioso paseo a través de las sombras, escuché los sollozos de una chica en su habitación.
Cuando vi sus morados, mi cuchillo voló hacia las cabezas de sus padres. Ya nadie volvería a maltratar el cuerpo de esa niña.
Satisfecho por haber emulado a mi actual tutora, fui hacia la habitación para darle una sorpresa a la chica (sí, sí… ya sé que lo normal sería que la niña acabara con un trauma de los gordos): Golpeé la puerta. Tras ver que no respondía, fui repitiendo insistentemente. La reacción de la otra se hizo esperar, tal como yo lo habría hecho en mi época anterior, pero al final pude escuchar sus pasos sobre la moqueta. Me oculté en las sombras y observé como la chica iba avanzando por el pasillo, extrañada ante las llamadas pacíficas que había recibido. Di un par de golpes rápidos en el salón y la atraje para, de nuevo, volver a esconderme en las sombras.
Así, entró en la estancia en la que se encontró a dos cuerpos decapitados, rezumando abundante sangre mientras “veían” la tele con los ojos (literalmente) perdidos. Y esperé a que emitiera un chillido horrorizado y terrible que atrajera las miradas de los vecinos hacia el lugar para que se ocuparan de ella. Y tal como había predicho, su respiración se entrecortó, tomó aire y..
…comenzó a lamerles la sangre.
Eso sí que me pilló desprevenido: En lugar de estar aterrorizada, disfrutaba con fruición de la muerte de sus padres; a pesar de la situación no pedía ninguna ayuda, no sentía ningún miedo venir de ella… ¡gozaba de la sangre que bebía directamente de sus cuellos decapitados!
Era caóticamente enfermo, asaltando alternativamente un cuello y otro, como si no pudiera decidirse por cual devorar primero, mordiendo y arañando sus pieles abriendo más y más vías de sangre, cortándolos con un simple cuchillo con el que antes se había pelado una manzana, sorbiendo y lamiendo constantemente…
-Con reacciones así no tiene gracia -comenté al tiempo que salía de mi refugio en la oscuridad, esperando que en ese momento sí que gritara.
Pero estaba visto que en predicciones, ese día me estaba luciendo: No sólo no chilló ni se asustó sino que saltó directamente contra mí, cuchillo en mano, para apuñalarme. Reaccioné rápido y bloqueé su golpe al tiempo que en la penumbra de esa sala era capaz de apreciar los ojos enloquecidos y la sonrisa de enfermo triunfo en los labios de esa niña.
Me atacó enloquecidamente, cortando el aire en muchas ocasiones, cegada ante la presa que tenía delante. Yo esquivaba como mejor podía, sobrellevando el dolor de mi trasero como podía. Pero al final no pude evitar un asalto directo: Cuando encontró un hueco, me mordió en el cuello con todas sus fuerzas. Noté como se abría una vía de sangre con una fuerza terrible e, incluso, vi volar un chorro de mi sangre a lo largo del salón…
Traté de huir de inmediato y me oculté en las sombras… pero al tener los dientes dentro de mi cuerpo, ella también podía moverse por allí conmigo: No me la pude despegar por mucho que lo intenté mientras sentía como me chupaba la sangre con más fruición que con sus padres si cabe. No me quedó más remedio que matarla y huir a casa.
Levanté mi cuchillo, lo descargué con fuerza contra su espalda… y sentí que algo había bloqueado mi ataque, lo mismo que algo me había separado de ella.
-Por alguna razón te dije que debías estar convaleciente y que no debías cazar solo -comentó Amele con un bufido disgustado. -En este oficio, de vez en cuando te acabas encontrando con gente como esta agresiva señorita que te pone en jaque…
Sentí que arrastraban mi cuerpo por la oscuridad. Cuando salimos de ella, nos encontramos en el dominio de Amele. Y a ella me la encontré con la niña mordiéndole el cuello tal como había hecho conmigo… pero sin rechazarla, de hecho, la sostenía como quien sostiene a un bebé mientras dejaba que bebiera de su cuerpo.
-Te has encontrado con un raro ejemplar -dijo Amele con voz suave, como si pretendiera no asustar a la niña (Dios era testigo de que quien debería estar más asustado era yo…). -Una hematofílica no se ve todos los días -la sangre desbordaba los labios de la chica y se perdía por la ropa de Amele… no parecía sentirse saciada ni aunque hubiese bebido litros y litros de cuatro personas seguidas. -Como tú, creo que esta jovencita necesitará una educación esmerada en el arte de matar -Amele se sentó en una silla oxidada y, con un leve golpecillo le indicó a la pequeña (no mucho más joven que yo) que ya era suficiente.
Y esa extraña chica se quedó dormida en los brazos de uno de los mayores monstruos de ese mundo como si sólo fuese una criatura desvalida. Cosa que mi cuello me indicaba que era completamente falso…
No pretendo nada grande, sólo ser un poco más sádico de lo normal.
Espero que esta colección de barrabasadas os haya gustado.