Pashu estaba distraída, cosa muy extraña en ella. Con lo que había logrado semanas atrás no la habían dejado ni a sol ni a sombra durante demasiado tiempo.
Mientras observaba a Merluri terminar de dibujar el mensaje de ese día sobre la torre Arte en la que estaban, pensó en toda esa serie de apelativos que les habían referido esos últimos días: “La mujer que había logrado hablar con las estrellas”, “la dama de la luna”, “los genios de la luz”, “los que hablan con los selenitas”… así hablaban de ellos los habitantes de la ciudad (y, qué demonios, de prácticamente toda población alrededor de Dre). Y seguro que la gente de las cuatro colinas ya se había dado cuenta de ese peculiar cambio que había permanecido tres días en el cielo.
El prestigio de su señor Masoh había crecido por enteros y ahora gran cantidad de señores vecinos se rifaban a su Ingeniosa Pashu. Lo mismo que había empezado a escuchar palabras de rechazo por parte de los Nuntios de poblaciones cercanas. Por suerte, el Nuntio Leg siempre había estado al tanto de lo que hacían y sabía que nada pecaminoso había en las actuaciones de la ingeniosa y el Artista.
¿Y qué podría haber de pecaminoso en el poder hablar con los habitantes del satélite de ese mundo? ¿Qué problema había con expandir un poco la comunicación?
Los Ingeniosos vecinos se encogían de hombros pero, sucintamente y sin que sus Nuntios se enteraran, felicitaban a la Ingeniosa. Y, por su parte, los Artistas homenajeaban sin temor alguno a la figura de Merluri. Homenaje más que merecido porque fue precisamente gracias a él que lograron encontrar una manera de comunicarse con esos seres que vivían allá en lo alto del cielo.
Pashu observó con calma los símbolos que estaba dibujando Merluri con tiza sobre el suelo. Antes le parecían dibujos sin sentido, estupideces propias de ese hombre que le parecía tan y tan necio. Pero tuvo que ceder ante la evidencia de que ella no servía para comunicarse con los selenitas.
Durante días, desde que cruzara su vista con la de un selenita que también observaba el cielo con un telescopio, había estado haciendo diversos aspavientos a los que el otro respondía repitiéndolos como un mono… muchos días intercambiando movimientos con el de arriba pero sin lograr entender nada. A pesar de todo su poco común entusiasmo, nada podía lograr entender de la otra parte. Hasta que Merluri se dio cuenta de lo que la Ingeniosa estaba haciendo.
Fue humillante para ella que le dijera que se estaba equivocando, que lo único que estaba haciendo era una serie de movimientos ridículos y sin sentido. Él fue el segundo que logró ver a las criaturas que vivían en la cúpula celestial… y lo aceptó con una sonrisa sosegada. Le bastó levantar la mano para que desde el otro lado le respondieran tres de esas criaturas de la misma manera. Y entonces, empezó a dibujar.
Dibujó paisajes y les enseñó conceptos de Cuatro Colinas: Cómo eran las praderas, los ríos y montañas del lugar; qué animales moraban esas tierras; cómo eran las construcciones de esos lugares… y, sin comerlo ni beberlo, les hizo entender los conceptos de “tú” y “yo” al indicarles que ellos hicieran lo propio con sus paisajes y vistas.
Ese Artista siempre había parecido ser el hombre más frívolo que jamás hubiera conocido la mujer pero, ahora que lo veía, comprendía mejor su labor en el feudo Risea: Ese hombre “sabía” (y nunca mejor dicho) comunicarse. No importaba que la otra parte no supiera hablar, que no pudiera escucharle, que no pudiera ver lo que él veía o que sintiera lo que él. Un Artista estaba ahí para que todo el mundo pudiera sentir el mundo de cualquier manera posible.
Merluri era capaz de hacer ver a un ciego; de hacer bailar al ritmo a un sordo, lograr que un mudo cantara; que un ignorante llorara, que los desgraciados rieran y de colorear la noche más negra. Tal era su genialidad.
Y ahora era capaz de comunicarse con seres a los que no podía ni escuchar ni tocar, ni tan siquiera ver directamente. Y, gracias a su gran obra en el monte de Risea, los selenitas sabían que los terrícolas los habían visto y ya comprendían cómo eran las gentes de Cuatro Colinas.
Y Merluri reía. Reía como siempre había reído, como si nada hubiera pasado mientras Pashu apenas era capaz de alargar la comisura de sus labios para reflejar esa alegría que no creía merecida. Porque, ¿ahora qué iba a hacer? Nunca había pensado en darle una utilidad a su descubrimiento casual, tampoco había esperado llegar a tener tanta comunicación con esa gente…
“¿Para qué sirve hablar con ellos si no podemos llegar hasta ellos?” preguntó al aire, sin darse cuenta de que Merluri la iba a escuchar como siempre.
“Para tener un juez que vigile nuestras acciones” respondió Merlurí, medianamente serio y sudoroso por el exhaustivo trabajo que estaba realizando. “Ahora hay cientos de ojos observándonos desde lo alto de esta bóveda celeste, sabemos que no estamos solos y sentiremos la presión de sentirnos juzgados por ellos. Es la mejor solución a las grandes guerras, ¿no crees, mi bella Ingeniosa?”
Pashu no supo que responder de inmediato. Cogió una tiza blanca y se pasó un rato observándola, cavilando cosas varias…
Trazó varios de los ideogramas que había inventado Merluri y sin pensarlo demasiado, unió en un sólo símbolo los ideogramas “viaje” y “visita” con la suficiente maña como para que pudiera ser observado desde allá arriba.
Pashu no esperaba abandonar el planeta que la había visto nacer. Pero sabía que, si alguien podía hacerlo, ésos eran los selenitas.
mira sera que me puden mandar a mi correo una colina una montaña y una meseta pero dibujo por favor