Todo empezó y acabó conmigo. Con un simple gesto, cientos de manos surgieron de todas partes, dominando las sombras y asustando a mi enemigo; enemigo que tembló de terror al ver que todas esas manos, brazos y cuerpos que surgieron de la oscuridad eran Lobos como yo.
Yo lo sabía y por eso estaba confiada. Él ya lo asumía y ahora luchaba por huir. Pero ya no importaba hacia dónde y durante cuánto tiempo corriera: Ya había llamado a los Lobos y, a menos que los matara a todos, nunca podría escapar de ellos.
Porque eran los asesinos más efectivos, que seguían a sus víctimas hasta que lograban darles muerte. Una muerte que nunca era pacífica, que siempre se alargaba hasta lo indecible puesto que sólo yo tenía derecho a dar el golpe de gracia.
Decenas de encapuchados se presentaron alrededor de la que iba a ser su siguiente víctima. No hicieron ningún ruido, ningún sonido, ni un simple suspiro… pero bastaba su mera presencia para paralizar de terror a quien se había atrevido a levantar sus armas contra mí.
Sólo tuve que tirar un poco de mis enlaces de afecto con esos implacables soldados míos y éstos presentaron sus armas: Cuchillos, espadas, hachas, lanzas, guadañas, mazos, garrotes, manguales, púas, garras, dientes… todas ellas brillaron en medio de la oscuridad.
Señalé a mi víctima. Y las sombras se volvieron eternas.
He aquí mi propia versión de lo que es un ejército de las tinieblas… siempre mantengo el deseo de escribir una historia digna de los Lobos de Lucifer. Pero, de momento, eso no pasará. De momento.
Me ha encantado, fantástico.
Te leemos desde más allá de las sombras, esperando que no nos señales.