Cajón de sastre - SDMS, tercera parte
Abril 15, 2008 por jeshuamorbus
Lo de siempre, asociados a APAs y similares: No dejéis que vuestros hijos menores de 18 años lean esto. Yo no me hago responsable de las ideas que se les puedan pasar por la cabeza tras leer esto…
Súbigo subió al monte aunque estuviera diluviando. Aunque su paraguas chorreaba, aunque el ambiente estaba más frío que nunca, aunque el suelo estuviera embarrado… ella no se echaría atrás. La sensación de dependencia tiraba más de ella que el mal tiempo.
Impro sería un tipo anodino pero las sensaciones que causaba en ella eran poderosísimas. Cada dos por tres se encontraba pensando en él, deseando que la tocara aunque para ello tuviera que hacer todo lo que él dijera…
Él, desde que decidió tomarla bajo su mando, se había vuelto aún más callado que antes. Sí, era gracioso, simpático y saleroso pero no decía más que lo necesario. Lo que ella necesitaba para sentirse bien, es decir, precisamente lo que buscaba.
No se había enamorado de él, no aún, pero tampoco es que él fuera un simple pedazo de carne como el mismo Impro solía decir. Ni una cosa ni la otra… era confuso pero, por muy incomprensible que fuera, no iba a pensar en ello. No pensarlo daba más gracia al asunto.
Impro, en ningún momento, trató de aprovecharse de su posición. Jamás hizo el menor viso de acercamiento ni de tocamiento más allá de lo que él prometía… Las únicas partes que parecía conocer de él parecían ser sólo su cara y sus manos, manos que utilizaba lo menos posible pero con una efectividad increíble: En todo el tiempo que llevaban con esos juegos, sólo una vez le toco por debajo de la cintura y ni siquiera se interesó por mirar lo que tocaba. El resto de las veces, sencillamente dirigía hasta el último músculo de su cara, le indicaba cuando abrir o cerrar los ojos o la boca, le tapaba la nariz para que no respirara hasta que se lo indicara, le acariciaba con suavidad diversas partes de su cuerpo…
Nunca la denigró, eso sí. Cuando ella desobedecía se ponía de un serio que asustaba y se daba la vuelta para marchar… No toleraba ninguna desobediencia por parte de la chica pero, aún así, jamás le golpeó por ello, su voto de silencio era totalmente inquebrantable y nunca la volvió a insultar. Sabía que el mayor castigo que podría infringirle era marchar dándole la espalda. Impro sabía que, para ella, su desprecio era mucho más doloroso que el más fuerte de los golpes.
Tal vez no fuera más que una necesidad cerval de disfrutar del sexo con alguien aunque fuera de esa manera tan indirecta pero a ella no le importaba mantenerse fiel a ese chico…
-Fiel y puntual como siempre –dijo Impro nada más la vio llegar. Llevaba un paraguas y una mochila, lugar donde generalmente llevaba alguna manta o asiento donde apoyarse sin que ninguno de los dos se manchara. –Ven.
Ella no se negó: Plegó su paraguas, se metió bajo el de Impro y se adentraron en el bosque de ese monte. Ella no se atrevió a tocarle, tan sólo hizo el contacto necesario para mantenerse seca bajo el paraguas mientras caminaban a alguno de los espacios medianamente atechados que había repartidos por el bosque.
Tanto a ella como a él les encantaba pasear por allí… Nadie en el pueblo pensaba que ese lugar fuese atrayente. Muchos de los jóvenes preferían marchar a la ciudad, los adultos tenían otras cosas en las que pensar antes que subir allá arriba y los ancianos contaban, una y otra vez, que desde que dejaran de cuidar sus rebaños, preferían ignorar ese inhóspito bosque.
Inhóspito… de acuerdo, ellos vivieron cosas terribles en el pasado, tiempos de hambre y guerra pero eso no era razón para despreciar tan horrible lugar. Pero en fin, que todo el mundo despreciara el monte era lo mejor para esos dos. Nadie iba a subir allá arriba para nada pues nada había por allá que les llamara la atención. Tan sólo, una vez cada semana, esos dos amantes se reunían y jugaban. Nada más…
Tras un largo paseo por medio de todos esos árboles llegaron a la base de un acantilado. Sus sorprendentes formaciones rocosas hacían que la pared estuviera ligeramente abombada hacia dentro además de que había un montón de oquedades por donde introducirse y atecharse. De vez en cuando, Súbigo e Impro comenzaban sus juegos allí puesto que era un lugar muy alejado del camino que llevaba al pueblo además de tener muchos escondites y vías de escape en caso de que les descubrieran (para vigilar ya estaba el siempre observador Impro).
Una vez bajo la protección de una zona bien atechada, él desplegó una manta sobre la escasa hojarasca que había llegado a ese hueco rocoso y se sentó para quitarse los zapatos y así encontrase más cómodo, cosa en que le imitó ella que se quitó sus botas de trekking (una forma muy simple de disimular el verdadero propósito de sus escapadas al monte frente a su familia…).
Se sentaron uno frente al otro y ella se dispuso a escuchar lo que le ordenaran.
-Quítate el abrigo –ordenó sin pasión ni en su cara ni en su voz.
Como un resorte, ella obedeció y su abrigo acabó en el suelo.
-Échate cara al suelo –volvió a ordenar él al tiempo que se apartaba para dejarle toda la manta a ella.
Impro no tuvo que repetir su orden y al cabo de menos de tres segundos tenía a la chica postrada ante él, totalmente relajada y serena.
Entonces, sin mediar más palabras, Impro se puso al trabajo: Con su mano izquierda, helada por el frío ambiental, pasó su mano por el cuello de la chaqueta de ella y comenzó a acariciar su espalda.
La respiración de Súbigo se alteró un segundo por el frío contacto inesperado aunque, pasado ese instante, notó las yemas y las uñas de Impro sobre su espalda, explorando esa gran superficie serenamente, como explorando terreno desconocido.
Con su mano libre, Impro cerró los párpados de Súbigo para luego posársela sobre la cabeza, pidiéndole paciencia.
Así se pasaron más de un cuarto de hora… Cada cierto tiempo Impro cambiaba su mano para pasear el frío por la espalda de Súbigo y, al final, él retiró el jersey y la camiseta de la chica para acariciar esa espalda sin impedimento alguno.
El contraste del frío del ambiente con el calor cada vez mayor de las manos de Impro hicieron que su corazón comenzara a latir tan fuerte como siempre. Nada habría que de decir de lo que ella estaba sintiendo entre sus piernas…
Impro dejó su paseo por esa zona de su cuerpo y cubrió su espalda con el jersey de nuevo.
-Date la vuelta –ordenó seguidamente. Sin rechistar, ella hizo lo que él le indicó. Impro la tapó con su abrigo para que no siguiera temblequeando por el frío del ambiente. Ella no supo qué era lo que él hacía pero supuso por el movimiento que era capaz de percibir, que se había arrodillado junto a su cabeza y que se había inclinado sobre ella.
No era capaz de verle con sus ojos aún cerrados pero sentía su “sombra” sobre ella. Su presencia era poderosísima… y eso que él siempre decía que era un tipo siempre en segunda fila. Cierto que no llamaba la atención pues, aparte de su pelo, nada en él era especialmente llamativo. Sin embargo, a cada encuentro que tenían, ella notaba como su voluntad se acrecentaba y cómo ésta la cubría de pies a cabeza impidiendo que se moviera por temor y respeto.
Sintió como le besaba la mejilla y ella sonrió complacida. No se lo había pedido ni habría pensado en pedírselo pero recibió el gesto con una gran sonrisa acompañada de una ola de placer que recorrió todo su cuerpo. Al fin de al cabo, que él la besara era algo muy poco común… Sin embargo, esta vez no le bastó un solo beso: Pasó de su mejilla a su frente, luego a su cuello par después pasar a sus labios…
El susto hizo que su respiración se cortara unos instantes y que quisiera abrir los ojos de inmediato pero se contuvo con todas sus fuerzas… Le besó tres veces en los labios, dulce, suave y vacilantemente, sin alterar lo más mínimo su respiración.
Daba igual. Ya daba igual.
Tras este instante, le cogió un brazo y comenzó a acariciarle la mano…
No le importaba…
Levantó ligeramente su cuerpo y colocó su cabeza sobre sus rodillas, lugar desde el que acarició su cara, como si disfrutara de tener a ese intento de muñeca bajo su control…
Su cuerpo era de Impro. El mayor placer de Súbigo era precisamente entregárselo.
-Duerme –ordenó él.
Súbigo quiso, por un instante, replicar pero tal era el control que tenía Impro sobre ella que no pasó ni medio segundo dudando: Mientras sentía el contacto de las manos de Impro en sus mejillas y escuchaba el estruendo de la lluvia sobre el bosque, relajó hasta el último músculo de su cuerpo y, en menos de un cuarto de hora, se quedó profundamente dormida…
-A ver… diecisiete con cincuenta –dijo Impro entregándole la bolsa a Súbigo a lo que ella respondió dándole el dinero pedido.
Los padres de Impro habían abierto una pequeña tienda de ultramarinos hacía poco tiempo en ese pueblo. De vez en cuando, los dos jóvenes se encontraban en esa tienda pero su comportamiento era tan mecánico pero a la vez tan natural que no se notaba ni para atrás que entre ellos había pasado nada.
Porque la mayoría de la gente no pensaría que esa chica de familia rica tuviera nada que ver con ese hijo de tendero de cuarta categoría.
Impro ya lo había dicho: Entre sus libros, estudios y el trabajo de la tienda, apenas se había parado un rato a observar un poco al vecindario cuando llegó y de nada conocía a Súbigo. Lo último que habría pensado de ella habría sido que su familia tenía tanto dinero…
De todas maneras, en el monte nunca sacaban ese tema cuando, según el día, sencillamente hablaban. Súbigo nunca decía nada de su familia ya que eso no era lo que más le importaba. A pesar de su posición, no hacía ostentación de ello, al fin de al cabo, tanto tiempo viviendo allí había hecho que respetara a las gentes de ese lugar.
Un pueblo de tercera en el que no se sabe ni cómo ni por qué se acabó estableciendo esa familia de nuevos ricos. Al principio fueron vistos con recelo pero no tardaron en ganarse al pueblo entero. Su hija, un bebé aún cuando llegaron, creció sana y fuerte y, aunque no destacara en nada especial, siempre había tenido al ojo público encima… claro que los chicos de su edad eran más pesados que una vaca en brazos: Ya se había empezado a notar entre los jóvenes del pueblo la belleza de esa chica y, por ello, muchos trataban de ligar con ella de las maneras más dispares (y a la vez absurdas) que encontraban. Rara vez se le podía ver tranquila en la carretera general o en el pequeño parque del pueblo pues siempre salía algún chico que trataba de echarle los tejos. Por ello, era difícil verla fuera del instituto o de su casa. Todo el mundo sabía de su “afición” por el senderismo pero, por suerte, nadie se había aprestado a seguirla a esos terrenos tan accidentados.
Respecto a Impro… poco que decir: Un tipo anodino era su mejor definición. No destacaba en nada y, salvo su afición por los libros bellamente ilustrados, nadie sabía prácticamente nada de él. Sí, ya tenía su círculo de amigos, pero aún así resultaba algo difícil de tratar. Trataba de ser inexpresivo y de no llamar la atención… parecía que lo que menos le importaba era que se fijaran en él. Visto así, parecía que lo que más deseaba era alejarse de las miradas de la mayoría. Con los únicos con los que se parecía llevar bien abiertamente era con sus padres, los cuales le trataban como el adulto que ya casi era o con sus hermanos, que le trataban con más familiaridad que nadie.
De todas maneras, su forma de comportarse… demasiado fría.
Súbigo no sabía cuál era la razón por la que Impro era así. Ya fuera en lo cotidiano ya fuera en lo que no lo era tanto, se mantenía distanciado de todo. Aún recordaba esa frase que destilaba tanta cerrazón: “No te atrevas a mirarme”… Querría ser un cero a la izquierda pero ni el loco más asocial sería capaz de tanto si no estaba ocultando algo…
Pero cada vez que llegaba a esta conclusión, Súbigo sencillamente se daba un golpecillo en la frente y dejaba de irse por las ramas con este tema. Al fin de al cabo, ella también había llevado ocultando cosas a todos desde que empezara a subir al monte, en teoría, a pasear.
Ya llevaba unos dos años haciéndolo y, cada vez que se encontraba en medio de los árboles, sentía tanta paz y quietud que no le importaba hacer lo que quisiera, desde cantar al silencio sin que nadie la escuchara, a escalar temerariamente ya fuera por árboles ya por los acantilados, hasta llegar a desnudarse en medio de ese lugar que tan maravilloso le parecía… Hacía poco que había empezado a masturbarse y, ya se ve… descubierta en su tercera vez.
Ambos estudiaban en el mismo instituto, muy cercano a ese pueblo.
Impro iba por un curso por encima que ella y… en fin, ¿para qué repetirlo? No destacaba en nada. Súbigo… tanto tiempo en casa, huyendo de esos moscones, había logrado que se centrara mucho en los estudios por lo que sus notas eran bastante mejores que la media.
Con las chicas ella se llevaba bien puesto que a los chicos no quería ni verlos (es que ni en medio de clase le dejaban en paz y a la más mínima se acercaban demasiado a ella).
-Tanto chocolate no es bueno –comentó Áldera una vez Súbigo salió de la tienda.
Áldera era una buena amiga suya. Desde pequeñas siempre habían sido íntimas pero no por ello compartían las mismas aficiones: Mientras que a una le interesaba más estudiar, ella era una deportista nata. Era muy competitiva y casi siempre iba a jugar un poco con el equipo de fútbol local después de clase. Su cara, al ser muy severa de expresión (cosa que no casaba con su verdadera personalidad) más que no atraer a los chicos, parecía que los repelía, cosa que siempre agradecía Súbigo.
-Siempre me ha gustado –respondió Súbigo. –Y, según creo, a ti también –añadió al tiempo que le pasaba un trozo de una tableta, el cual, la deportista aceptó de buen gusto.
-¿No será que vas a ver a ese buen chaval? –preguntó Áldera desviando su mirada hacia Impro.
-No, para nada –respondió sinceramente. –Tal como lo mencionas, parece que tengas interés en él –añadió con tono picarón.
-¿Y por qué no? –preguntó Áldera mientras acompañaba a Súbigo a su casa. –Es que hasta los adultos de este pueblo me ven con cara de asco –dijo al tiempo que se miraba sus amplias manos que se conectaban con sus largos brazos, los cuales pendían de unos hombros anchísimos… digamos que Áldera es lo que podríamos llamar una chica grande… no, enorme. Sí, antes decía que era su cara lo que todos rechazaban de ella pero, seamos sinceros, su cuerpo estaba muy desproporcionado, todo muy grande, lo cual sería muy bueno en los deportes pero no tanto en lo que sería belleza… –¿Cómo se llamaba? ¿Impro?
-Impro, sí.
-Jamás me habría imaginado que un chico como él me dirigiría la palabra para decirme algo que no fuera “aparta, que carne de burro no transparenta”…
Llegaron a la casa de Súbigo y ésta invitó a su amiga a pasar.
-Es algo frío –continuó mientras subían las escaleras tras dejar la compra en la cocina –pero su simpatía, cuando la saca a relucir, es natural. La primera vez que lo vi, ni sonrió ni tan siquiera apartó la vista de su libraco… pero me cayó bien…
-¿De qué hablasteis? –preguntó Súbigo, más que por interés, porque sabía que ahora que Áldera se había metido de lleno en una de sus historias, no podría cambiar fácilmente de tema.
-Al principio sólo me reí un poco de lo que estaba observando en el libro que llevaba, una especie de dibujo de troll o algo así y él, sin más, pasó páginas y me mostró una ilustración de una mujer con un velo y me comentó, “ríete de ésta que es tan idiota como para taparse la cara”.
-¿A qué vino eso?
-A mí también me sonó extraño hasta que más o menos me lo explicó: Esa mujer era lo que se dice guapa pero, según él, era tan absurdamente idiota que tenía la cara tapada por propia voluntad (al menos eso era lo que decía el texto que venía debajo). Según Impro, el troll al menos era más elegante por lo que mostraba su cara sin miedo, por muy horripilante que fuera… hasta a mí lo que me dijo me sonaba forzado, como si buscara una excusa para hablar conmigo…
-¿No me estarás diciendo que él te ha echado los tejos? –preguntó Súbigo extrañada.
-Esa impresión me dio… desde entonces me cuesta un poco tratar de volverle a ver pero, todas las veces que nos hemos vuelto a encontrar, siempre me ha vuelto a recibir con una sonrisa.
Súbigo no dijo nada, ni tan siquiera sintió celos. Al fin de al cabo, si algo había dejado claro Impro desde el principio era que no tenía ningún interés en ella. De todas maneras, le extrañaba un poco la actitud que presentaba ante Áldera, lo cual no quitaba que se alegrara por ella.
-Entonces creo que ya va siendo hora de que hagas lo que debes –dijo Súbigo. –Lánzate y ale, a ver qué opina él. Si te rechaza, no será más que el rechazo de cualquier otro chaval.
Dicho eso, Súbigo preparó un poco la habitación para pasar una velada tranquila esa tarde…
Sí, lo sé… este esbozo de historia es anormalmente grande… Pero como no leo quejas, sigo subiendo (NdD: Tampoco es que os quejéis de ver algo más de sexo en la red (NdJ_M: ¿Hay sexo?)).
Alguien ha dicho futanari?
Malditos teclados britanicos (bueno, este es italiano O.o)