Parásito - Capítulo 14: Rescate
Mayo 11, 2008 por jeshuamorbus
Esa noche Amelia no volvió. Tampoco Lua.
Así, de buenas a primeras, me había quedado completamente sola en el colegio.
Y yo aburrida.
Y preocupada.
Ya fuera por Federico, buen amigo donde los haya; ya por Ramalho, que por muy feo que fuera parecía buena persona, estaba un tanto desalentada. Sabía que no podía salir del colegio pues, si lo hacía, Amelia pagaría las consecuencias de mi osadía. Mas no podía dejar de pensar en que debía hacer algo…
Pensé varias veces en llamar a Amelia, a ver si podría ayudarla pero sabía que su respuesta sería no. También pensé en pedirle ayuda a mis padres pero como que no: Si supieran todo lo que ocurría a espaldas de todos…
Al final, yo me quedaba sola y a salvo (bueno, es un decir…) en el colegio.
“No sigas por ahí” me dijo Girasol al verme tan preocupada. “¿Crees que obsesionándote con todo lo que pasa vas a solucionar algo? Limítate a relajarte”.
-¿Y en qué quieres que piense? –le pregunté a viva voz. –Sé que Amelia no lo pretende pero me siento como apartada…
“¿Qué edad tienes?”
Bufé contrariada pero con la certeza de que Girasol llevaba razón: Por muchas cosas que dijera, por muchos discursitos que hiciera, mi cuerpo y la mayor parte de mi mente seguían funcionando como los de una niña de mi edad. Sería todo lo fuerte que quisiera pero, se viera como se viera, no sabía por dónde empezar. Amelia sabía hacerlo por el pueblo; Lua por el bosque pero yo…
Di una patada a la verja que se encontraba delante de la entrada de la escuela furiosa por mi propia impotencia…
“Cálmate” pidió Girasol. “Lo mínimo que podemos hacer es esperar a que Amelia nos informe sobre lo que haya descubierto, no más… relájate y espera a que mañana ella te informe de todo, ¿vale?”.
Dando un golpe más que hizo resonar toda la verja me retiré derrotada y me encaminé a la casa… a la que ya consideraba “mi” casa. Se mirara por donde se mirara, tal era mi soltura al andar hacia ella que ya no me era tan especial entrar por esa puerta. La única diferencia que había entre esta y mi auténtica casa era que detrás de esa puerta no me esperaban mis padres sino Amelia… ¡Je! Yo ahora pensando alegremente en los míos y Federico discutiendo con los suyos…
¿”Ahora” y “padres”?
-Un momento –dije nada más posé mi mano sobre el pomo. –¿No dijo Felipe que Federico “volvió alterado a casa”?
“Sí, eso dijo, pero ya sabes que Federico, desde que decidió apoyarte no se lleva demasiado bien con sus padres…”
-No es por eso… ¿han estado ellos aquí?
“Suponiendo que se hubiera corrido la voz de lo que habías hecho y de lo que ese Joseph hizo, supongo que habrían venido a toda prisa a recoger a Federico”.
-A toda prisa pero… ¿no comentó algo de que habían vuelto tarde?
“Mmm… sí, eso creo…”
-Pero resultó que el único que salió ileso de todo el colegio fue él… ¿por qué fue el último en marchar? Dudo mucho que le obligaran a recoger el cadáver de Joseph. ¿Le obligarían a quedarse?
“¿Crees que Nicolás quiso hablar con sus padres?”
-No estoy segura pero tendría algo de lógica… desde que Federico sabe lo que hace el imbécil ese piensa más o menos igual que yo… ¿podrían haberle dicho algo que le enfureciera tanto como para querer desaparecer?
“Muchos jóvenes desaparecen por cosas así… es posible, sí. De todas maneras, no podemos saber…”.
-“Sí” que podemos –dije al tiempo que me soltaba el pelo y abría la puerta de la casa. –Si algo hablaron los cuatro, lo habrían hecho en el aula de Contramedidas –tras rebuscar un poco en uno de los cajones del armario de la sala de estar, saqué el gran llavero de Amelia. –Y, ya lo sabes: “Las paredes tienen oídos”.
Tras un breve paseo, me personé en el Aula de Contramedidas. Desde que aprendiera a manejarme con el código genético de Joseph ya no me había vuelto a hacer falta encender las luces: Era capaz de ver en la oscuridad sin problema alguno.
-Perrito con recursos… –comenté al ver la sala con un tono rojizo-grisáceo, tal como vería él cientos de cosas mientras aún seguía vivo.
Sin dudar me acerqué a la zona con mejor visión de toda la sala: La mesa del responsable. Desde ahí se abarcaba toda el aula sin problemas y podría percibir cualquier cosa que se hubiera dicho o hecho. Así pues, nada más posar mis cabellos sobre la superficie de esa gran mesa me concentré en lo que pudo pasar el día anterior…
La sala seguía en el mismo estado, salvo por una pequeña mancha de sangre que el director no había limpiado del suelo, probablemente propia… y por un maletín que parecía que había puesto él para mostrar algo.
Las visitas no se hicieron esperar: Por la puerta entró Federico con su uniforme y, detrás suyo, sus padres con la mirada inquieta tras ver lo que había pasado fuera.
-Buenas tardes, señores –saludó el director nada más verlos entrar.
Éstos cerraron la puerta tras de sí y se sentaron en los asientos preparados a tal efecto.
-Me alegra ver que se preocupan mucho por su hijo –continuó el director. –Aunque supongo que su llegada habrá sido causa de la histeria colectiva que ha causado ese alien…
-¿Federico está bien? –preguntó la madre.
-Totalmente sano, de hecho, fue el único que salió ileso en todo el colegio por saber lo que tenía que hacer.
El aludido no respondió, sólo bufó sarcásticamente.
-De todas maneras, que hayan venido me ha venido al pelo –continuó el director. –Necesitaría ayuda para… zanjar cierto asuntillo algo… –el director se demoró un rato buscando la palabra adecuada –…controvertido.
La expresión de Federico cambió de sarcástica a furiosa. No trató de disimular: Ponía la misma cara de ira que solía poner yo.
-¿De qué se trata? –preguntó el padre.
-Supongo que habrán oído hablar de una de las compañeras de cargo de su hijo, Sandra Álvarez –los padres de Federico asintieron con firmeza, como si supieran de primera mano quién era yo. –Comenzó su cargo siendo una buena cazadora, capturó aliens manteniendo un promedio de presas que estaba a la zaga de las de su hijo (aunque, hay que reconocerlo, en eso ninguno de sus compañeros llegó a superarle). Hizo todo lo que la anterior responsable le indicó y fue muy responsable hasta que… –su cara se alteró ligeramente, –en fin, incluso en este cargo pueden surgir problemas… Sandra Álvarez contrajo una infección, un hongo extraterrestre, el conocido como hongo Memento. ¿Su hijo les ha hablado de él?
-No, no solemos comentar esta clase de cosas en casa –respondió el padre para luego dudar. –Bueno… en realidad sí, algo comenta… pasado un tiempo del curso empezó a leerse todo cuanto pudo sobre los aliens, casi como si estuviera estudiando biología o algo parecido. Y cuando perdió a ese… ¿Girasol se llamaba?, intensificó sus estudios. La única vez que le pregunté sobre por qué le ponía tanto empeño, me respondió una tontería… algo así como “los humanos pensamos…”.
-“Los humanos pensamos y creamos. Ésa es nuestra ventaja” –completó Federico sin dejar de adoptar pose seria, con los brazos cruzados sobre el pecho. –No tengo alien y, si quiero cumplir sin sufrir daños, debo aprender cuanto pueda sobre los seres que capturo.
-Un esfuerzo digno de mención –alabó el director con cara simpática. –En ese aspecto acabó superando a la otra Sandra.
-¿Otra? –preguntó la madre.
-En un pueblo tan pequeño como el suyo los rumores vuelan. Supongo que habrán oído hablar de ese acceso de ira que llevó a esa chica a despedazar a varios rubritrípodos con saña y sin ninguna piedad…
-¡Lo que nos extraña es que no expulsaran a la chica después de eso! –exclamó ella. –¡Una asesina no puede ser buena influencia…!
-¡Cállate! –gritó Federico con tono definitivo cortando la queja de su madre. –¡Tú no tienes ni idea de por qué hizo eso!
-Exacto, no tienen ni idea de su situación –continuó el director favorable a lo que dijo Federico. –Si antes me he referido a Sandra como la “otra” Sandra es porque la Sandra que se supone que él conoce y que ustedes conocen, ya no existe: El Memento la ha dominado por completo y ha causado tanto la destrucción de sus tejidos y órganos humanos como de su psique. En pocas palabras, ella ya no es Sandra “ser humano” sino Sandra “Memento”: Se ha convertido en un alien.
Los padres de Federico exclamaron atemorizados al tiempo que Federico bufaba despectivamente, evidentemente sin creer ni una palabra de lo que decía el director.
-Por tu expresión deduzco que no crees lo que digo –dijo el director arrodillándose a la altura de la cabeza de Federico –pero, antes de que me digas que lo que he dicho es una estupidez…
-Es una estupidez –interrumpió él con sorna.
-¡No interrumpas al señor director! –ordenó su padre. –¡Es de muy mala educación interrumpir a tus mayores!
Él asintió pero no cejó en su pose rebelde y cejijunta.
-En fin… antes de que me interrumpieras –continuó el director con tono paciente –iba a preguntarte que, ya que has estado compartiendo más tiempo con ella que el resto de alumnos del colegio, ¿no has notado cómo su comportamiento ha cambiado de un tiempo a esta parte?
-Al empezar el curso era un barril de dinamita y ahora sigue siendo un barril de dinamita –respondió fríamente. –No ha cambiado en absoluto.
-¿Seguro? –preguntó el director mientras se levantaba. –Yo no era el responsable entonces pero creo que al principio del curso no se limitaba a matar a todos los aliens que se encontraba, que no iba a por los pobres posesos por aliens y se los arrancaba sin tener ni idea de cómo quitarlos sin dañar a sus anfitriones, que no provocaba sangrías sin razón aparente y que no iba por ahí a pulverizar la puerta de cierto despacho bastante importante en este colegio…
-El suyo, supongo –comentó el chico con voz agria.
-Mucho me temo que su descontrol se debe a un dominio excesivo de Memento. Lo que quede de Sandra dentro de su cráneo no creo que pase de ser su cerebro reptiliano y su cerebelo. El resto está completamente dominado por Memento. Ahora mismo no tengo acceso a los documentos que lo prueben pero si vuelven mañana, la profesora Amelia les entregará las copias que hagan falta.
-¿Y qué tiene que ver nuestro hijo con lo de esa desalmada? –preguntó el padre.
-Ya les dije que esto era un asunto algo peliagudo… digamos que no creo que ni yo, ni la profesora Amelia, ni su tercer compañero, Martín, estemos a la altura de vencer a un alien tan poderoso… Sí, tendrá el cuerpo de una niña pero también la fuerza de tres toros aparte de tener capacidades innombrables…
-Los niños hablaban de algo de taladros o pinchos… –comentó la madre.
-Sí, eso: El cuerpo de esa niña se ha convertido en un arma mortal. Nada es lo que aparenta en ella… bueno, supongo que habrán visto la que montó en el patio esta tarde…
-¿Y no adivina usted por qué? –preguntó Federico más rebelde por segundos.
-Porque no sabe controlarse –sentenció el director. –Su mente ya no es la de una persona, es la de un animal más del bosque: Lo que considera enemigo, lo mata; lo que considera alimento, lo come. Y esto último queda probado tras ver que se ha llevado la cabeza de ese alien.
-¡Eso lo hizo para otra cosa! –replicó furioso él.
-¿Para qué? A ver…
-¡Para saber para qué le han atacado! ¡Sabe que Memento puede hacer que el anfitrión pueda leer la memoria de las cosas!
-¿La memoria de las cosas? Esto es algo serio, no cosas de poesía –se mofó el director. –Además… ¿no resulta un tanto egocéntrico pensar que sólo iban a por ella?
-¡Es cierto! –exclamó cada vez más exaltado. –¡El Memento otorga poderes psicométricos a su anfitrión! ¡Puede leer cualquier hecho pasado de ellas!
-Ya, y luego me dirás que es capaz de absorber ADN de sus víctimas para poder transformarse en ellas –replicó él con tono socarrón. –No te esfuerces, te montas la película tú solo.
-¡Es cierto! –gritó Federico henchido de ira al tiempo que se alzaba contra él.
-¡Silencio! –ordenó su padre. –Siéntate y no grites –dijo alzándole la mano.
Federico, conocedor de que no podría replicar al director sin ninguna prueba se sentó más furioso que nunca.
-Como iba diciendo, ninguno de los responsables actuales está a la altura de tratar con un alien tan poderoso como ese Memento. Sin embargo, he notado cierto comportamiento en Memento que nos puede resultar útil: Tiene plena confianza en Federico. Con Martín aún tiene recelos pero con Federico no se corta. Pasan largos ratos juntos sin pelearse, muy tranquilos los dos y juegan de vez en cuando…
-¡Te dijimos que…! –gritó la madre siendo interrumpida por su hijo:
-Sé bien lo que me habéis dicho… –la respiración de Federico estaba tan acelerada, era tan fuerte, que parecía yo… en lo único que pensaba era en saltar sobre el director.
-¿Puedo continuar? –preguntó el director al ser interrumpido por enésima vez. –Pues bien, lo que te estoy ordenando, Federico, es… –el director abrió el maletín y descubrió un gran cuchillo y su funda –que mates a ese alien aprovechándote de su confianza hacia ti.
Los tres presentes se estremecieron de terror pero sólo el aludido respondió casi al segundo:
-¡Métete ese machete por el culo!
-¡Federico! ¡No digas…!
-¿¡Que no diga qué!? –gritó sin temor a su padre. –¿¡No me irás a decir que estás de acuerdo!? ¡Anda y que te den! –gritó al tiempo que le daba una patada a su silla.
-¡No es un asesinato! –replicó el director. –¡Es una caza necesaria! ¡No podemos capturar a todos los aliens vivos y lo sabes!
-¿¡Y quién habla aquí de aliens!? –gritó Federico golpeando el maletín tirando el cuchillo al suelo. –¡Sandra es la chica más humana que conozco! ¿¡Cómo te puedes atrever a decirme que la mate!?
-¿Es que tendremos que esperar a que ella mate a alguno de los demás alumnos para que te des cuenta de lo que supone que Memento ande libre por ahí? –preguntó el director muy serio.
-Pues inténtelo usted, ya que tan valiente es –respondió él con el tono más ácido que pudo encontrar. –¡Yo paso!
-¡No puedes pasar! ¡Tuya es la responsabilidad! ¡Tú debes acabar con esa falsa Sandra! ¡Debes matar ese cuerpo antes de que ocurra algo grave! ¡Por algo eres Encargado de Contramedidas!
-¡Qué falsa ni qué ocho cuartos! –gritó el chico tras darle un golpe en el pecho para alejarse de él. –Ésa es la Sandra auténtica… eso no es caza… ¡es simple y puro asesinato! –enfervorecido le pegó otro patadón a su silla y fue hacia la pared para tratar de calmarse. –¿¡Tanto te enfurece que esté más bajo el control de Amelia que el tuyo!? ¿¡Odias a Sandra porque prefiere a una profesora de casta inferior!? Olvídate de mí. ¡Hazlo tú! ¡Quizá hasta puedas sobrevivir!
-Señores –dijo el director con tono calmado a sus padres, –lo que está pasando es, desde luego, algo muy excepcional, de hecho, es la primera vez que tengo que recurrir a un método tan drástico como éste pero el peligro es real: No podemos dejarlo sin tratar más tiempo y debemos aprovechar hasta la última de las ventajas que tengamos en nuestras manos. Por favor, quiero evitar un episodio similar al que vivimos hace catorce años –al mencionar el primer contacto, los padres de Federico se estremecieron y fueron hacia él.
-Por favor, Federico –pidió su madre tras ponerse a su lado, –sabes que hay un peligro… tú lo has visto muchas más veces de que nadie por aquí… y, si esto puede traer un poco de paz a este pueblecito…
-El señor Nicolás es el experto –dijo el padre. –Sí, hasta yo recularía ante semejante orden pero… mira, no quiero agobiarte con mis batallitas del primer contacto… sabes que allí perdiste a tu hermana mayor y a todos tus tíos y abuelos. “Asesinato” es una palabra fea pero si eso sirve para que nadie más muera…
-¡A callar! –gritó Federico consiguiendo que sus padres se separaran de él a toda prisa. –Para que nadie más muera… ¿no os estaréis refiriendo a esos hipócritas que escupen sobre mi nombre cada vez que me nombran? ¿No serán esos malditos niñatos que no ven más allá de mi uniforme? ¿No pensaréis que quiero matar a mi única amiga en este colegio tan sólo para que no mate a nadie? ¡Por mí que todos se vayan todos al Infierno!
-¡Federico! –exclamaron los dos.
-¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? –preguntó con tono falsamente comedido. –¡Si me estáis ordenando que mate a alguien! –gritó al tiempo que los señalaba acusadoramente. –No puedo insultar, quejarme, gritar, decir lo primero que se me ocurra ni negarme… pero sí que puedo matar a alguien… buena enseñanza la de hoy, muy bonita –dicho lo cual escupió al suelo. –La respuesta será no y seguirá siendo no por mucho que me insistáis.
-¡No puedes negarte! –exclamó el director. –¡Tú mismo has estado recibiendo esta clase de protección a lo largo de más de seis años! ¿¡Qué crees que han estado haciendo los demás Encargados!? ¡Ensuciarse las manos haciendo un trabajo que no todos quieren aceptar…!
-He estado siendo protegido por Encargados… No, no, no… –Federico negó con el dedo. –Todos ellos no han estado protegiéndome… desde el primero al último, mi hermano Felipe incluido, todos ellos lo único que han hecho ha sido perder su humanidad. Tú hablas de “proteger” pero tú sabes perfectamente lo que se cuece aquí… –replicó Federico ganándose la mirada sorprendida de sus padres al hacer él un comentario tan poco común para su edad.
-Así es el sistema de Encargados: Es duro pero es un deber que tenéis que aceptar todos los alumnos. Desobedecerlo sería algo injusto…
-¡No me vayas de señor justiciero ahora! Sabes que ante un alien no existe justicia alguna, sólo una delgada línea entre la vida y la muerte la cual sólo se puede ensanchar a base de fuerza.
-Esto no es el bosque, es la civilización. Será duro pero es más fácil que aceptar que vivir en el bosque…
-¿Duro? No, no… complicado… los humanos somos tan complicados… –dijo Federico al tiempo que cogía el cuchillo del suelo. –Somos capaces de hacer lo imposible para tratar de evitar reconocer que no somos un animal más. “Somos diferentes”, “somos inteligentes”, “tenemos el uso de la razón”… –desenfundó –pero al final nuestra inteligencia es un mecanismo natural más. No somos artificiales: Sólo nuestras culturas lo son –jugueteó con ese enorme pedazo de metal macizo. –Y, la verdad, tras escuchar la de sandeces que estáis tratando de hacerme tragar, antes que haceros caso prefiero renunciar a este mundo –dicho lo cual, se apoyó la punta del cuchillo en el cuello.
La reacción de los tres presentes ante la decidida frase de ese joven temerario fue mucho más rápida de lo que habría supuesto pero, antes de acercarse y hacer ninguna tontería que clavara más ese cuchillo en su piel, se quedaron congelados en su sitio.
-¿Qué os pasa? –preguntó provocador mientras una gota de sangre resbalaba por su cuello. –¿Sandra puede morir pero yo no? Oh, claro… es que sois mis padres… mira tú, que triste casualidad: Sandra también tiene. Si yo muriera, qué tristes os pondríais, cuánto lloraríais por mi muerte, ¿verdad? Pero si muriera Sandra, vosotros tres bailaríais sobre su tumba mientras sus padres sufren. Pues fijaos vosotros: Alguien aparte de mí sigue pensando que Sandra es humana, por muchos que sean los aliens con los que se haya unido. –Dicho esto enfundó el largo cuchillo y se fue hacia la salida con el arma en la mano. –A casa –ordenó con su voz más fría –y que no vuelva a oír una sola palabra: Ya sabéis que el dire me cree capaz de matar a cualquiera…
Tras un largo rato de observación, por fin pude sentir que podía separar mis cabellos de la mesa… y, cuando me di cuenta, sentí como sendos regueros de lágrimas recorrían mi cara. Me había emocionado ante la réplica de Federico… sabía que se había enfrentado con todos con tal de defender mi nombre y mi vida…
-Aquí estabas… –dijo Amelia desde la entrada. –¿Qué haces aquí? –preguntó al tiempo que encendía la luz. –¿Y por qué estás llorando?
-Porque Federico ya ha renunciado a este mundo… –dije al tiempo que me apoyaba contra ella tratando de sobrellevar esa frase tan desgarradora para mí. –Porque Federico quiere ser un humano…
-Bienvenido a las “vías muertas” –anuncié exultante al día siguiente mientras comprobaba el contenido de mi pesada mochila nada más vi llegar a Martín al andén.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó él (algo pálido aún) tan extrañado por ver el equipo que había desplegado ante la alta muralla que separaba la estación de trenes del ramal del bosque más cercano al pueblo como por el nuevo uniforme que le habían dado en el colegio: En vez de mallas cortas, pantalones largos, en lugar de camiseta, chaqueta de lona, en lugar de patines, botas duras y resistentes… todo ello decorado con un bonito color verde militar a juego con el color del bosque (sólo nos faltaba el casco para parecer soldados).
Esta zona del pueblo era conocida como “las vías muertas” pues, desde el primer contacto, los túneles que atravesaban el monte en dirección al mar, situados a cosa así de un kilómetro de esa estación, habían sido dominados por el bosque y ningún tren pudo volver a correr por allá. Toda la vía, todo el camino que pasaba tanto por debajo como por encima del monte, como el valle, el pueblo que se encontraba al otro lado, la prisión que una vez hubo allá… todo eso había desaparecido bajo la vegetación.
-Ésta es vuestra misión de hoy –anunció el director tras lo cual le señaló su correspondiente mochila. –Vuestro compañero Federico ha desaparecido en circunstancias un tanto extrañas…
-Esto es, ha huido –interrumpí molesta. La cara de ira que me mostró no impidió que siguiera comprobando cuanto tenía en la mochila. –Jefe… por favor, por una vez, por una sola vez, déjese de discursitos pomposos, ¿quiere? Le exigió que me matara y él prefirió huir a un lugar donde usted no pudiera alcanzarle. Nos toca ir a rescatarlo, compañero Martín.
Dicho esto, le pasé su mochila, totalmente comprobada por mí y me alcé con la mía en mi espalda para comenzar a caminar hacia la apenas visible puerta que nos permitiría entrar en ese territorio desconocido.
-¿¡Cómo que ir a rescatarlo!? –gritó asustado Martín al director. –¡Si nosotros no tenemos ni idea de cómo andar por allá!
-No te molestes en quejarte –comenté mientras caminaba. –Nos toca y nos sigue tocando. Siempre podrás volver antes si algún alien logra matarme o si encontramos su cadáver así que, cuanto antes, mejor.
Le escuché rezongar un buen rato hasta que, al final, acabó llorando. Pero las duras palabras del director le obligaron a venir hacia donde yo, con su mochila encima.
En la puerta estaba esperándonos Amelia, con la llave en el enorme candado de esa discreta puerta enrejada.
-Siento que tengáis que hacer todo esto… –susurró ella nada más estar yo a su altura. –Si por mi fuera, iría yo misma…
-Es que ya vas, en espíritu –me señalé el pelo para recordarle la cantidad de datos sobre supervivencia en el bosque que había absorbido a partir de su cuerpo gracias a Memento. –Iré a por él y lo ayudaré a volver, aunque sea en pedacitos… –añadí algo preocupada, –y Martín… en fin, alguien tiene que cuidar de él –comenté mientras lo veía acercarse medio lloroso. –Anímate –le dije al chico. –Con suerte sólo nos pasaremos poco más de un día allá.
Él me miró asustado y luego miró, más espantado, la sucia blancura del muro que nos separaba del bosque. Sus temblequeos de terror no eran nada discretos por lo que apoyé mi mano sobre su hombro.
-No te preocupes –le dije conciliadora. –Amelia me ha enseñado cómo sobrevivir en estos parajes. No tienes nada que temer, ¿entendido? De todas maneras, recuerda que siempre vas bien protegido –le di un golpecillo en la cabeza a Girasol y éste alzó la cabeza amistoso –y que Federico necesita nuestra ayuda.
-¿¡Entonces por qué…!? –Martín se tragó su pregunta y sus lágrimas también. Ya se había hecho a la idea de que, dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, no le permitirían volver hasta encontrar a Federico.
No volvió a decir nada así que Amelia quitó el candado y abrió la puerta. Nos saludamos por última vez antes de entrar (apenas un asentimiento) y al segundo, ella ya nos había cerrado el camino de salida.
-Si os hace falta volver rápido, venid aquí –avisó ella desde el otro lado de esa puerta. –Podréis salir por cualquier otro lugar pero es aquí donde estaré esperándoos. El director estará en el colegio. Si os hace falta ayuda médica de cualquier tipo, ya sea para vosotros ya para Federico, no dudéis en llamar y trataré de llegar en el menor tiempo posible.
Le hice una seña afirmativa sin girarme y, mientras llevaba a un todavía asustado Martín de la mano, nos adentramos en el bosque.
Por este lugar, en el filo del bosque, la vegetación no era excesivamente poblada pero el camino se complicaba por culpa de las piedras sobre las que se asentaban antes las vías. No era muy diferente del borde que había en el colegio pero este lugar, al contrario que esa zona, bullía y resonaba mucho más… era más oscuro y confuso y, como única marca de camino, teníamos las vías que sabía que no debíamos seguir hasta el final pues llevaban a los túneles, sellados desde que el pueblo vecino fuera dominado. Esa zona era un callejón sin salida en caso de una emboscada o una huida precipitada.
Tras avanzar unos cuatrocientos metros entre los árboles y las piedras, llegamos a una pequeña y medio derruida construcción, un viejo transformador, que nos marcaba el camino a seguir. Subimos por el pequeño terraplén que allí había y saqué mi cuchillo para poder abrirnos paso por la maleza.
-Esto… ¿a dónde vamos? –preguntó Martín.
-Silencio –le musité. –A partir de ahora trata de no hablar demasiado alto: Estamos demasiado cerca de los túneles. –Martín asintió arrepentido y le respondí: –A un lugar lo más alto posible para encontrar posibles marcas del paso de Federico por aquí. Con encontrar una sola evidencia me bastará para poder hallar su rastro.
Dicho esto, le hice la señal de pico cerrado y continuamos nuestro camino.
Martín, tan lloroso al principio, no tardó en mostrarse participativo y al rato estábamos cortando arbustos molestos con rapidez y en completo silencio. Tras más de una hora de incansable avance por medio de la vegetación, llegamos a las ruinas de una granja en lo alto de un promontorio por encima de los túneles.
Tal como me dijo Lua, ese lugar era oscuro como la boca de una bestia pero, por suerte, el sol iba ascendiendo poco a poco lo cual iba espantando las brumas y las tinieblas. La casa que se encontraba ante nosotros estaba en un estado deplorable por lo que nos costó encontrar una pared que se conservara con un mínimo de entereza donde poder apoyarnos para descansar un rato.
-Me duelen los pies… –se quejó el chico en voz baja.
-Es que las botas son nuevas –aclaré mientras estiraba las piernas. –De todas maneras, puede que el peso de estos mochilones influya…
Sí. Un equipaje digno de la Segunda Guerra Mundial, desde luego… más de treinta kilos de equipamiento de lo más diverso: Víveres para tres días, agua, tienda de campaña que repartíamos entre nuestras dos mochilas, saco de dormir, pala, cuchillo, botiquín, radio, linterna, GPS, brújula, navaja, pastillas potabilizadoras, varias pilas de recambio y una cocinilla de gas que llevaba yo gracias a mi mayor fuerza. Todo ello para lograr sobrevivir en esa peligrosa selva todo el tiempo necesario hasta que pudiéramos encontrar a Federico…
-¿Pero por qué así de repente? –preguntó Martín en voz baja. –Aún me duele la cabeza después de lo que me hizo ése hace dos días…
-El director ha asumido que el que Federico haya escapado es culpa mía así que, “por responsabilidad compartida” debemos “hallar el paradero de nuestro compañero caído” –dije imitando el tono pomposo que solía usar el director. –Dice que es culpa mía pero él ha escapado porque fue ese imbécil le espantó.
-Espantar… curiosa expresión… –comentó Girasol por mi boca. –¿Salir del colegio amenazando a los padres es estar asustado?
-Cada uno se toma el miedo como quiere. Federico es un caso aparte… de todas maneras, me alegro de que nos hayan permitido venir aquí…
-¿Te gusta este lugar? –preguntó él extrañado.
-A ti te acabará pasando lo mismo, ya lo verás –le miré de reojo mientras descansaba mis doloridos pies y vi su expresión extrañada. –Girasol, ¿qué piensas de estar aquí?
-¿Quién, yo? –preguntó el Girasol de Martín, a lo que yo respondí asintiendo. –Un tanto… pequeño… pero no estoy incómodo del todo, la verdad. De todas maneras, sería mucho mejor volver a casa…
-Otro chaval tierno… –le di una palmada amistosa sobre su lomo. –Desgraciadamente, por aquí vas a tener que aprender a endurecerte… a menos que tengamos mucha suerte, vamos a tener que estar alerta mucho tiempo. Hasta que encontremos a Federico, tendremos que dormir por turnos, buscar lugares seguros, encontrar rutas poco transitadas, andar ocultos y encontrar pistas… ¡ah! ¡Que gusto da estar en un lugar como éste…! Supongo que ahora estarás maldiciendo el nombre de los que te escogieron para ser Encargado…
-Pues no –respondió él sonriente: –Yo me presenté voluntario para no tener que aguantar el alboroto que causaban los de mi clase todos los días –Martín estiró los brazos y el cuello varias veces, algo agarrotado por culpa del peso que ahora tenía que llevar. –No vayas a pensar mal: Ni ahora me arrepiento de lo que hice… me gusta tu pueblecito. Puede que incluso llegue a gustarme este bosque, ¿quién sabe?
-¿Sólo trabajas en esto por el barullo que armaban los de tu clase? –pregunté extrañadísima.
-Tú no conoces a los de mi clase en mi anterior colegio… cuando no hablaban, gritaban, andaban libremente por clase, hacían negocios varios (¡en serio!) e incluso había quien se atrevía a jugar al fútbol con la papelera… Yo odio todo ese ruido. No soporto el desorden ni el estruendo, ¡me vuelven loco! Por eso elegí ser Encargado: Por muy duro que sea este cargo, parte del trabajo es, precisamente, no hacer ruido. Capturar aliens no me molesta, tampoco tocarlos y que el compañero este me lama… no me incomoda demasiado. Cuidar de los aliens me gusta tanto como a Federico y poder estar fuera de clase sin tener que escuchar los cuchicheos de los de las filas de atrás me relaja. Si no fuera por el molesto detallito de que el director nos está “criando” sería perfecto…
-¿Y qué piensas de Amelia? También fue nuestra profesora.
-¿Qué quieres que piense? Está en el mismo carro que él y ya me lo dijiste tú: No puede desobedecerle… Lo siento mucho pero no puedo fiarme de ella.
-Pero te cae bien, ¿eh, bribón? –dije dándole un codazo amistoso.
No respondió. Se limitó a sonrojarse.
-Ni pensar en montar la tienda… –comenté mientras llevaba a Martín colgando. –Hoy toca dormir aquí arriba.
Ya habían pasado unas diecisiete horas desde que entráramos en el bosque y, en todo ese tiempo, no dejamos de correr de un lado para otro mientras éramos perseguidos por toda clase de criaturas. Por suerte para nosotros, habíamos llegado a un árbol de Stringers, unos aliens inofensivos para los humanos pero que muchos depredadores preferían evitar.
Éstos parecían tortugas no mucho más grandes que cualquier Girasol, sin patas, sólo con ocho largas terminaciones con forma de cuerda, retráctiles, acabadas en una punta muy pegajosa que podían lanzar en cualquier dirección para desplazarse o mantenerse colgados en los árboles en los que podían evitar a posibles cazadores. Sus dos cuerdas delanteras, al contrario que las otras seis, eran dos llamativos aguijones que estaban impregnados de un veneno que, si bien no era mortal, resultaba muy doloroso (al menos eso decía la enciclopedia).
Las criaturas que ahora estaban a nuestro alrededor estaban colgadas boca abajo, dormidas mientras unas pocas, probablemente centinelas de ese árbol, nos miraban con recelo mientras se movían con suavidad, tanta que parecían frutas de ese árbol que se movían al son del viento.
Antes de que Martín abriera la boca o de que los Stringers nos echaran, recogí un par de frutas que había recogido por el bosque poco después de encontrar una laguna limpia en la que descansamos un rato esa tarde. Se las ofrecí en silencio y al segundo, uno de esos, curioso, se acercó y me olisqueó la mano y la chuchería que le ofrecía. Después de verme bien mirada con su enorme y único ojo, abrió su bocaza, agarró la fruta más grande y se la llevó para compartirla con su compañero de trabajo.
-Bien, hoy tendremos donde dormir –le musité a mi compañero. –No armes demasiado ruido y ellos nos dejarán quedarnos aquí.
Martín asintió y se acomodó en la enorme rama que había logrado encontrar en una de las muchas persecuciones de ese día (Martín pretendería ser cooperativo pero a las mínimas de cambio nos metía en las situaciones más peligrosas tan sólo por hacer más ruido del que debería).
Lo bueno del viejo bosque de Santo Firme es que estaba lleno de eucaliptos. Cientos de aliens simbióticos y otras especies agresivas habían logrado hacer que esos árboles, bastante enclenques, ganaran en resistencia y, sobre todo, volumen, al tiempo que la frondosidad de las copas era brutal: El día apenas se diferenciaba de la noche por la cantidad de hojas que taponaban la luz.
La rama sobre la que estábamos apoyados se parecía más a una pequeña plataforma en la que teníamos espacio más que suficiente como para que uno de nosotros se echara a dormir sin demasiado peligro de caer al vacío.
-En fin… –suspiré algo cansada y hambrienta. –Habrá que cenar algo…
Encendimos una linterna a modo de lámpara y amortiguamos su potencia con una tela para luego asaltar nuestras provisiones: Eran grandes y pesadas latas de conservas preparadas para estas situaciones. Nunca había probado una de estas pero ya tenía por sentado que no era comida casera (y, la verdad, la comida de lata nunca me había entusiasmado…). Daba igual: Ahora no estábamos en la tesitura de poder ir a buscar comida pues el bosque estaba demasiado oscuro…
“¿En qué estás pensando?” me preguntó Girasol extrañado. “¿Prefieres ir a buscar comida fuera de aquí antes que comer lo que tienes delante?”
“No creo que Federico sea tan tonto como para dejarse encontrar o, en el caso de que haya muerto, que el bosque nos deje encontrar su cadáver así que convendría ir pensando en una manera de ir ahorrando comida… de todas maneras, ¿crees que con el barullo que tengo ahora en la cabeza pienso de manera civilizada?” pregunté mientras trataba de evitar mirar a los Stringers para no comérmelos.
Así pues, comenzamos a comer y, tras sortearnos a cara o cruz quién dormía primero, me tocó hacer la primera guardia.
“¡Puaj! ¡Sabía a podrido!” me quejé mientras en mi boca mantenía el mal recuerdo del sabor de mi lata.
“Un poco rancio si que estaba…” comentó Girasol tan desagradado como yo. “Pero bueno, siempre es mejor vigilar con la barriga llena. Tan sólo evita quedarte dormida”.
Así hice: Me acomodé como pude apoyada en unas ramas laterales mientras mi compañero dormía apaciblemente bajo varios Stringers y contemplé la negrura que había más allá del alcance de la débil luz de mi linterna. Allá a donde dirigiera mi vista sólo encontraba más y más hojas, la mayoría las curvas y alargadas de los eucaliptos, pero también otra muchas que apenas había visto en mi vida como algunas tan dobladas sobre sí mismas que parecían pequeños bulbos tiernos.
Apagué la lámpara para no llamar la atención de posibles atacantes y agucé el oído por si acaso. Ahora, en medio de esa densa oscuridad sólo podía percibir unas pocas estrellas en el cielo y los ojos brillantes de los Stringers que ya nos ignoraban por completo. Éste era el reino del silencio…
Mi estómago rugió.
El rey silencio había sido derrocado en un golpe de estado por parte de su ministro “tripas revueltas”…
Me limité a reírme de mi ocurrencia y me acomodé entre las hojas de la rama para hacer una mejor digestión. Pasaron los minutos en silencio pero mi estómago volvió a rugir… era extraño: Había comido bien pero mi cuerpo resonaba como si aún tuviera hambre. Me moví un poco pero mi movimiento sólo hizo que se me escapara el aliento en forma de un poco elegante eructo. Y entonces comencé a sentirlo: De mi abdomen a mi garganta todo me ardía brutalmente. Segundos más tarde no pude hacer otra cosa más que encogerme para soportar el dolor que comenzó a dominarme. Traté de gritar pero ni eso pude hacer.
Mis ojos, teóricamente cegados por la oscuridad, empezaron a ver puntos de colores en todas partes, luces brillantes que me confundieron… ¿qué me estaba pasando?
Traté de levantarme pero, cada vez que lo intentaba, un dolor intenso en mi bajo vientre impedía que me moviera así que, en medio de un esfuerzo terrible, me arrastré hacia mi única fuente de ayuda: Martín.
No vi el momento de llegar hasta él en medio de ese obnubilante dolor pero cuando por fin logré llegar hasta él, no me encontré con fuerzas para despertarle… de repente hasta el último de mis movimientos se había convertido en un suplicio: Mis manos no me respondían como quería, mis brazos estaban medio insensibilizados, mis piernas estaban casi dormidas, todo mi abdomen ardía mientras sentía algo revolverse dentro de mí, en mi pecho latía dolorosamente el corazón y lo peor de todo: No era capaz de comunicarme con Girasol. No sabía qué hacer para evitar ese dolor… quizá precisamente por eso actué sin pensar: Mientras sentía como si cientos de agujas me atravesaban, alcé mi cuerpo y golpeé sin dudar a Martín. El dolor hizo el resto: Caí inconsciente.
Hacía tiempo que no subía nada de Parásito. En fin, como de costumbre en estas última semanas, siento tardar tanto en actualizar.
Espero que cuanto hayáis leído sea de vuestro agrado. Espero que alguien se dé cuenta de ha pasado algo bastante raro en este capítulo (aunque puesto bastante sutilmente, de tal manera que casi no se nota).
La solución del acertijo “El número 12″ sigue en el aire. Por lo visto, nadie ha sido capaz de resolverlo ni siquiera entre los que me conocen bien. Y yo que pensaba que era fácil…