Buscando el Paraíso en un Sueño - Capítulo 14: En la tierra de los Aino
Mayo 15, 2008 por jeshuamorbus
María había seguido el extraño camino que había decidido tomar Anerues desde la destrucción de Nuntio Delubro desde una discreta posición en las alturas, en un lugar donde no pudiera verla, desde hacía más de una semana. A pesar de la distancia recorrida por él, seguía caminando con vigor y sin señales de cansancio y ya había llegado al norte de la costa del mar de Nihon.
-El chico ese da miedo, ¿eh? –solía decir Jacob cada poco tiempo para distender el ambiente.
-…desde luego… –María no sabía que pensar de Anerues desde que vio lo que fue capaz de hacerles hacer a los amputados de Nuntio Delubro…
María, con un pañuelo negro que ocultaba su llamativa melena, se acercó a una zona rocosa desde la cual empezó a observar a los soldados que se habían reunido para celebrar la victoria. Todos los soldados gritaron y bailaron alborozados por haber acabado con los amputados… hasta que vieron llegar al teniente Thomas y a los tres niños amputados, los cuales intentaban abrazarse desconsolados a los que una vez fueron sus daimonions. Pero, a pesar de volver a estar juntos, se notaba como unos y otros no estaban, en manera alguna, relacionados. Tanto ingleses, como turdetanos, italianos, bávaros y suizos guardaron un más que respetuoso y profundo silencio mientras veían pasar a los niños hacia el almacén donde les estaba esperando Agatha que intentaba arrancar el motor del camión. Nada más subir los niños al vehículo, los hombres empezaron a cuchichear sobre lo que iba a pasar a partir de ese momento cosa que Thomas intentó explicar al poco rato:
-Señores –saludó Thomas, –sé que lo que ha pasado esta noche puede traernos graves problemas sin embargo, no creo que ninguno de ustedes piense que la batalla de hoy haya sido un error. A partir de ahora no nos queda más remedio que volver a nuestras casas y fingir que no ha pasado nada.
-¿Cómo dice? –preguntó Olaf Michaelov. –¿Pretende que ocultemos lo que ha pasado? Si lo íbamos a ocultar, ¿para qué causar toda esta masacre?
-No se preocupe –dijo Anerues apareciendo en medio del grupo de improviso, sorprendiendo a todos los presentes. –Hasta ahora, todo lo que se ha hecho ha sido correcto, sin embargo, aún quedan cosas por hacer: Esta mañana, el comandante Keith tenía previsto informarles de que debían volver a sus casas pues ya habían acabado con su cometido al fortificar y asegurar la zona. Así pues, sería conveniente que sigan con la farsa.
-¿Para qué?
-Para ayudar en sus casas. En estos precisos momentos, la Iglesia está reforzando abusivamente sus medidas sobre el control civil, comenzando lo que yo llamaría una “caza de brujas”: El más mínimo atisbo de herejía lo castigan de una manera exagerada encerrando a cal y canto al más mínimo insurgente y ejecutando a todo aquel que atreva a quejarse de la situación en aras de mantener lo que ellos llaman el “orden natural de las cosas”. Gran cantidad de disidentes se están organizando para comenzar una revuelta contra ese estado de sitio por lo que ahí es donde entran ustedes: Se llevarán las pruebas de lo que se investigaba y hacía en esta instalación (el señor Thomas les pasará las copias necesarias de las filminas y documentos que hagan falta) y con ellas, tratarán de convencer a sus compañeros y camaradas para iniciar y apoyar las revueltas pues, sin su apoyo, estoy seguro de que puede causarse una auténtica guerra civil.
Anerues avanzó para colocarse a la vista de todos, al lado de Thomas, y una vez allí siguió:
-Me imagino que nadie tendrá objeciones en apoyar los movimientos insurgentes, al fin de al cabo, es el pueblo de sus naciones el que va a luchar contra la terrible opresión de la Iglesia.
-No me convence todo esto… –dijo Giovanni Carotto.
-Que dude es normal, pero ya sabe que éste no es el primer laboratorio de esta clase en el mundo y puedo asegurarle que tampoco es el único.
Los oficiales callaron y empezaron a meditar bien lo que iban a hacer… hasta que alguien gritó:
-¡No tiene daimonion!
Todos los presentes fijaron sus miradas sobre Anerues y, al ver que era cierto, blandieron sus armas apuntando directamente hacia el joven pero las bajaron cuando vieron que Thomas se ponía delante de él, escudándolo.
-¡No disparen! –ordenó el teniente. –No es un amputado, él es…
-Un Halek –interrumpió Anerues extrañando a Thomas. –No se preocupen por mi daimonion: Se encuentra ahora mismo dentro del edificio organizando a los pocos supervivientes para derruir definitivamente el complejo.
-¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Kliff apuntándole con una pistola. –Esos malditos sólo obedecen al comandante.
-Falso –afirmó categóricamente Anerues. –Por lo que les respecta, ahora sólo me obedecen a mí. Ellos son personas sin daimonion, seres sin nada que les sostenga a este mundo por lo que usan cualquier cosa para sentirse vivos… bueno, creo que el doctor Fake se lo habrá explicado mejor que yo. La cuestión de hacer que te obedezcan está en ser algo para ellos, sentirlos como parte tuya para que ellos piensen lo mismo de ti. Si se consigue hacer tal cosa, te siguen como perritos falderos, pues, al fin de al cabo, eso es lo que son ahora.
-Y tras derruir Nuntio Delubro, ¿qué harás con ellos?
-Nadie ha dicho que vayan a salir de Nuntio Delubro –dijo Anerues con frialdad. –Detonarán las bombas con ellos dentro y morirán para así, por fin, descansar en paz… Ahora que lo veo… sí, ahí está mi pequeña Dijuana –dijo señalando a sus espaldas a una mujer de aspecto estrafalario vestida con ropas sencillas y una capa de viaje, dirigiéndose hacia ella de inmediato.
-Buenos días, señores –dijo Dijuana observando que había empezado a salir el sol y, dirigiéndose a Anerues: –Los chicos ya han colocado las cargas y las detonarán dentro de tres horas exactamente.
-Bueno, ya la han oído –dijo Anerues a los soldados. –Si tenían alguna cosa dentro de Nuntio Delubro más les vale ir a recogerla ahora mismo antes de perderla para siempre.
-¡Eso si que fue una auténtica detonación! –exclamó Jacob recordando la terrible explosión. –Sólo recuerdo haber visto un espectáculo semejante en los volcanes del sur de Nihon.
-Para gustos, colores –dijo María llevándose la mano a la herida que le había causado en la cabeza un cascote que había salido despedido de la explosión. –No sé para qué han construido una fortaleza tan grande si al final se puede acabar con ella de una manera tan rápida.
-Cosas de las personas “normales”, ya sabes –dijo Jacob mirando al suelo, viendo como iba Anerues andando con Dijuana y un caballo que les llevaba el equipaje. –¿Por qué irá andando?
-No lo sé –dijo María, tan extrañada como su daimonion. No comprendía que, si tenía que ir al “universo de los utukku” al igual que Jack, asumiera ir por otro camino y encima, a pie o en barca, descendiendo por los ríos. –¿No te contó Dijuana nada sobre los planes que tenía?
-A partir de nuestra vuelta del mundo en guerra apenas hablamos del futuro y sólo pensamos en acabar con Nuntio Delubro. Algo me comentó de que Anerues quería ir a buscar algo al norte pero no me dijo qué, probablemente porque él nada le dijo.
María calló y observó el lugar: La costa, la vegetación cada vez más boreal, las islas que se veían en el horizonte… hacía ya largo tiempo que había reconocido esos paisajes pero hasta ese momento no se había parado a pensar que Anerues se estaba dirigiendo directamente a la tierra de los Ainos.
Cuando se ocultó el sol, María se tapó el pelo con su pañuelo y aprovechó para acercarse al campamento que había montado Anerues para pasar la noche y así vigilarlo mejor. Oculta tras las copas de unos bambúes, se lo encontró asando un conejo que había cazado durante su marcha diurna hablando tranquilamente con Dijuana, tal como llevaba haciendo desde que marchó de Nuntio Delubro, de hecho, se pasaban la mayor parte del día cogidos de la mano, juntos, casi sin separarse ni un solo instante, como recuperando el tiempo perdido tras salir Anerues de su encierro. Sin embargo, ese día, Dijuana pareció decidir alguna cosa que le hizo separarse de Anerues por lo que al poco rato, se encontró él solo ante el fuego.
-Voy a hablar con ella –dijo Jacob. –Quizá quiera contarme algo de lo que están haciendo aquí.
-Muy bien –respondió María en un susurro. –Recuerda que yo no estoy aquí.
Jacob alzó el vuelo y al poco, María se encontró sola. Sola y algo incómoda por el lugar donde estaba… Se sacudió la cabeza y se concentró en Anerues para alejar los pensamientos que la estaban embargando… pero no pudo: Mientras observaba el movimiento sinuoso del fuego empezó a recordar su infancia en esas tierras, de su educación como bruja…
“…que nunca fue demasiado estricta” se dijo riéndose de sí misma y acordándose de su temperamental madre. “Alguien me dijo que las cosas no se aprecian hasta que se pierden… Nunca pensé que nadie pudiera tener tanta razón.”
Volvió a sacudir la cabeza y se concentró de nuevo en vigilar a Anerues pero, para cuando se dio cuenta, él ya no estaba ahí. Sorprendida por esa falta de cuidado que no solía darse en ella, empezó a observar la zona lo más detenidamente que pudo para ver si era capaz de encontrarlo. Observó los diferentes bambudales que había por allí, las rocas, la piedra plana bajo la cual estaba el campamento, la playa, el mar…
-¡Buenas noches, señora Kirisame! –María se estremeció al escuchar esa voz a su espalda perdiendo ligeramente el control de su rama de nube-pino y cayendo un poco, siendo recogida enseguida por una mano amiga. –Perdone, no tenía la intención de asustarla.
María se dio rápidamente la vuelta e inmediatamente vio a Anerues… ¿levitando a su altura?
-Espero que tenga hambre –dijo Anerues pasándole un poco de conejo a una más que extrañada María. –No me mire así, por favor –dijo él al ver su cara. –Ni que nunca hubiera visto a alguien volar.
-Pero es que eres… –intentó decir María.
-¿Qué? ¿Un hombre? Es cierto, soy un hombre. Ni que eso fuera un impedimento para poder volar.
-¿Pero cómo has conseguido hacerlo? Va en contra de toda lógica que un hombre vuele.
-¿En contra de qué? De toda lógica… Um… Bien, de acuerdo –dijo él con tono distendido, –ésa es su opinión.
-¿Qué quieres decir con que es una opinión? Siendo un hombre no puedes…
-Disculpe que la interrumpa otra vez y que sea tan descortés pero, hay que ser realmente cerrado de mollera como para no aceptar lo que acaba de ver como algo cierto. ¿No me irá a decir que lo que acaba de ver ha sido un simple sueño?
María observó detenidamente la calmada actitud de Anerues: A pesar de que aparentemente sólo estaba hablando mientras comía su ración de conejo, cada palabra, cada gesto, cada mueca, cada simple movimiento, desde sus manos hasta su boca reflejaban una enorme convicción… ¿cómo decirlo? Era como si cualquier cosa que hacía dijera de él “mira tú, tengo toda la razón del mundo y tú no eres nadie para negármelo”. Todo eso le hacía sentirse un poco incómoda pues era como si estuviera retándola a cada instante, como si estuviera faltándole el respeto por el simple hecho de estar ahí… Si no se estuviera controlando haría un buen rato que le habría atacado.
-¿Me podrías explicar cómo lo has hecho? –preguntó ella aceptando lo que acababa de ver hacía un momento.
-¿Puede explicarme usted cómo vuela en su ramal de nube-pino?
-¿¡Pero cómo te atreves…!? –exclamó ella llevando su mano hacia su machete.
-¡Disculpe! –dijo él levantándose rápidamente. –No pretendía ser descortés, tan sólo era una pregunta retórica.
María volvió a sentarse tranquilamente pero empezó a mirar con enfado a Anerues mientras éste volvía a sentarse delante de su plato.
-Como iba diciendo –siguió Anerues, –¿cómo es que puede volar usted en su rama de nube-pino? Sencillo: Porque sabe perfectamente que usted misma es una bruja.
Maria miró su rama y pensó en lo que había dicho, girándose de nuevo:
-¿Dices entonces que pensabas que eras una bruja? –preguntó ella medio jocosa.
Anerues acabó su cena y apartó el plato, tranquilamente para acabar respondiendo:
-Yo sólo creo que yo soy yo. Yo puedo respirar, andar, nadar, correr y saltar como cualquier otro ser vivo pero, como ser vivo que soy, también puedo volar, hacer pensar las cosas que quiera a otras personas, hacer que ignoren mi presencia, hacerles sentir cosas que yo quiera que sientan… Yo puedo hacer eso como cualquier otro ser vivo.
-…ya… –dijo ella escéptica.
-Tal vez no me explicado bien… –dijo al ver la cara de risa que ponía María. –Digamos que usted, al principio de su vida no sabía volar, ¿cierto?
Ella asintió.
-Sin embargo, ahora mismo puede hacerlo con toda naturalidad pero, ¿acaso recuerda cómo lo aprendió?
-No sabría decirte… ya ha pasado mucho tiempo –respondió sinceramente ella.
-Y aún así, ha sido capaz de enseñarle a volar a sus hijas, ¿verdad?
-Pues claro, eso es algo que es natural a todas las brujas. Se podría decir que es algo que llevamos en la sangre.
-Pero cuando una bruja decide dejar de ser bruja, se pierde ese poder. ¿No es algo muy extraño para ser un poder que se lleva tan dentro de una? Reflexione bien esto: Ustedes pueden volar sencillamente porque “saben” que son brujas, sino no se levantarían del suelo más que una persona normal.
-…bueno… eso es una opinión…
-Cierto, eso es una opinión. Puede que para usted el volar sea un complejo de artes y maniobras mentales tan interiorizado que ya ni se fija en lo que hace para conseguirlo. Sin embargo no pasa de ser una enorme convicción en lo que es usted, una bruja. Cada vez que intenta levantar el vuelo piensa: “Soy una bruja ergo, puedo volar” y gracias a eso, puede despegar los pies del suelo y elevarse hacia su querido cielo.
-De acuerdo, pero, ¿qué tiene que ver eso contigo?
-Por Jacob debe saber de mi extraña capacidad para tener sueños lúcidos casi en cualquier momento del día. Gracias a esos sueños he aprendido a controlar mi forma de pensar de tal manera que puedo pensar que soy cualquier otra persona, imitándola en cualquier aspecto.
-Entonces… aquello que me hiciste la primera vez que nos vimos, aquello de señalarme y hacerme sentir miedo, ¿estabas imitando a una bruja?
-“Era” una bruja –afirmó convencido él. –Al menos mentalmente hablando. En ese momento no me di cuenta de lo que hacía por lo que me sentí un poco desorientado y cansado… Fue algo instintivo pero doloroso aunque fue gracias a eso por lo que pude salvarla.
-Si no me hubieras descubierto no habría pasado nada –se quejó ella.
-Falso: Sabe perfectamente que en un enfrentamiento tan desigual habría acabado muerta. Aunque sea la bruja más fuerte entre las latvianas y las aino sigue siendo algo poco menos que imposible vencer a un grupo de veinte soldados perfectamente entrenados, de día, de frente y perdiendo el factor sorpresa en el primer ataque. De todas maneras, yo y, estoy seguro que mis compañeros también, le agradecemos el arrojo que demostró al lanzarse directamente en nuestra ayuda.
-De nada… –dijo ella halagada, dándose cuenta de repente de algo: –¿Cómo sabes que soy una bruja aino?
-Mejor no se lo digo o me ganaré un machetazo –respondió él mirando el arma de la poderosa mujer.
Fijándose en como le intimidaba el arma a Anerues, se la descolgó, al igual que su arco y su carcaj, y la puso entre los dos en señal de concordia.
-No pretendo hacerte daño –afirmó ella con tono sereno retirándose a una distancia prudencial de las armas.
-Ya lo sabía: Usted lo que quiere es proteger al Otro Hombre, ¿no es cierto?
-¿¡Cómo sabes eso!? –preguntó ella asustada.
-¿A ver cómo era? –dijo él haciendo memoria. –¡Ah, sí! “No vuelvas la mirada atrás… Mira al frente y no dudes… pues si vuelves, acaecerá un desastre sobre el mundo… Debes seguir, debes aguantar, debes soportar esta dura prueba… pues el Otro Hombre, aquel ser que desearás que sea él, te espera en el futuro que se encuentra tras esta cruel llanura… Sé una bruja, corre, vuela, lucha, cura, hazte fuerte, enamórate, sé la paladina de tus hermanas… VIVE… pues el Otro Hombre hará que haya un futuro más allá de este inacabable desierto gracias a tus desvelos y sufrimientos… El Otro Hombre es un ser diferente, ni hombre, ni mujer, ni bruja… No es fácil de ver y menos en tu realidad… Sin embargo, lo reconocerás, pues desearás que sea él, lo reconocerás porque le acompañarán un gigante, una bestia, un demonio… No olvides este mensaje en el viento… No lo olvides… Y ahora… Levántate y anda…”. Esto fue lo que escuchó usted en el Sha-Mo en el momento de su iniciación pero también fue lo que escuché cuando lo crucé yo. Tras ese duro viaje, después de sufrir lo insufrible, pues ni siquiera me estaba separando voluntariamente de Dijuana, empecé a tener sueños lúcidos a cada instante. Básicamente no podía dejar de soñar: Cerraba los ojos y me veía sumergido en centenares de situaciones que me impedían desconectar de la realidad… me pasé más de tres semanas soñando sin cesar, dolorido, cansado, medio loco… sufriendo un Calvario psicológico que muy pocos podrían afirmar que han pasado. Sin embargo, por culpa o gracias a eso, salí fortalecido de la situación: Conseguí la capacidad de mantenerme consciente en mis sueños casi sin desearlo y con ello pude empezar a visitar lugares oníricos. Con esta nueva habilidad, empecé a investigar los recientes sucesos, lo que nos pasó a mis compañeros y a mí para acabar en este mundo (me matan cuando se enteren), cómo iba progresando uno de mis amigos que ahora reside en Inglaterra…
-¿Lugares oníricos?
-Hágame el favor de no hacerse la ignorante, por favor. Sabe perfectamente qué es un lugar onírico: Estamos en uno de ellos.
-¿Qué estamos en…? –María, algo atemorizada por lo que le dijo Anerues, miró detenidamente esa playa, bañada por la débil luz de la luna menguante y no tardó en empezar a recordar todo aquello que desde hacía más de siglo y medio estaba tratando de olvidar a toda costa: Su infancia, su educación, sus amigas y hermanas, el frescor del lugar cuando llegaba la primavera o el calor sofocante de los veranos, la época de las lluvias que a ella le encantaba, Jacob cuando todavía no se había establecido como cuervo, su estricta pero tierna madre… Todo eso lo había querido olvidar desde hacía años y años pero jamás pudo hacerlo pues siempre le acudían esos recuerdos terribles en sueños… María soltó una lágrima al recordar pero se limpió y se volvió de inmediato a Anerues. –Sí, tienes razón: Yo nací y me eduqué aquí y, siempre que duermo, vuelvo a esta tierra de los aino sin desearlo jamás, rememorando la masacre de mi clan… Porque tú sabes lo que pasó, ¿verdad?
Anerues dejó su sonrisa a un lado y se puso serio:
-Sí, lo sé: Las latvianas y las aino entraron en guerra y éstas últimas fueron exterminadas, salvo sus hijas que nada tenían que ver con su guerra. Tú, como las otras siete niñas de tu clan, fuiste recibida gustosamente por las latvianas y educada como bruja…
-No sigas más –ordenó ella apesadumbrada. –Ya ha pasado demasiado tiempo como para que les siga guardando rencor pero tampoco es algo que me guste recordar.
-Como guste.
-Y eso de los lugares oníricos, ¿a dónde te llevó?
-Fui andando de un lugar para otro, analizando las diferentes versiones del mundo que existen pasando por lugares como el Templo Xiao Ling, el monasterio Epoptae, Monserrat, las pistas de Nazca, Chapultepec, La Esfinge… y en todos esos lugares aprendí cosas acerca del mundo (o mundos) que nos rodea y acerca de lo que me ha pasado para acabar aquí. Sin embargo, fueron las palabras de un buen hombre llamado Tahuil las que me hicieron llegar al lugar definitivo: El Templo de la Justicia, el lugar donde nacen los milagros.
María miró a Anerues más escéptica que nunca pero cambiando su mirada al ver que él se tomaba realmente en serio todo lo que decía.
-Supongo que se estará preguntando qué es el Templo de la Justicia, ¿verdad? –continuó él. –Yo puedo decírselo y, ya de paso, responder cualquier pregunta que me haga, sea cual sea.
-Por el tono en que lo dices parece que quieras algo a cambio.
-Exacto –dijo él cogiendo una flecha del carcaj de María. Hecho esto, le quitó la punta de piedra que tenía y se la devolvió a su dueña. –Necesito que me ayude a aliviar mi suplicio –dijo señalándose la frente. –Necesito que usted me perfore el cráneo por aquí.
-¿¡Pero qué dices!? –exclamó ella asustada por tan estúpida petición.
-No se asuste, no le estoy pidiendo que me mate, tan sólo le pido que me trepane el cráneo, nada más. Sé que no sería la primera vez que ve a un hombre trepanado pues conoce a varios chamanes.
-Sí, es cierto… –dijo ella dudando. –¿Pero para qué quieres que te haga esto?
-Mi destino desde mi nacimiento fue estar en conexión con los dioses, con lo que la Iglesia llama “el Polvo”. Yo he empezado a escuchar sus voces recientemente pero, al no estar preparado para ello, sus palabras me están torturando de una manera que no se puede ni imaginar y por ello el mensaje que tratan de hacerme llegar es terriblemente confuso. Por suerte o por desgracia, todas esas voces estaban de acuerdo en lo mismo: Si quería escucharlas bien debía trepanarme.
-Entonces, ¿por qué yo? ¿No puedes ir a hablar con un auténtico chamán para que sea él quien lo haga?
-Aparte de porque no pertenezco a tribu alguna y no tengo tiempo para ganarme la confianza de ningún chamán para que confíe en que un extranjero como yo tenga conexión alguna con los dioses, porque sólo confío en la persona que desea protegerme, cueste lo que cueste.
-Yo… –ella intentó replicar pero sólo se enrojeció de vergüenza sin llegar a hablar por no saber que decir.
-No se avergüence, por favor. Yo ya sabía que alguien me estaba siguiendo desde antes de cruzar el Sha-Mo mientras me abría camino a Daski. Recuerdo que cada vez que soñaba estaba caminando hacia esa aldea y que cada vez que miraba atrás veía la figura de una mujer a la cual yo identificaba como la “dama”. Daba igual a dónde marchara y por dónde lo hiciera, esa dama siempre me seguía a todas partes vigilando mi avance llegando, a veces, a adelantarse a mí para hacer que mi camino fuera más sencillo o indicándome discretamente que el camino que cogía no era el más adecuado. A esa dama jamás le vi la cara ni pude ver bien su figura (de hecho ni siquiera sabía si era una mujer, yo sólo la llamaba “dama” porque así creía que debía llamarla). Cuando Dijuana y yo nos volvimos a encontrar en Nuntio Delubro ella me contó que esa dama sí que existía y que era usted, así que a partir de ahí sólo tuve que hacer una simple suposición: Dama igual a María Kirisame.
María miró el mástil de su flecha dubitativa sin saber qué hacer.
-Por favor, no se preocupe –dijo Anerues. –La he elegido a usted porque sé que hará todo lo posible para evitar hacerme daño, porque puedo confiar en su buen hacer.
-Hazlo y calla –dijo Jacob aterrizando entre ellos apareciendo Dijuana al poco. –Puedo asegurarte que les duele mucho –y subiéndose a su hombro: –Si le trepanas dejarán de sufrir los dos.
Tras un largo rato de reflexión no vacío de dudas, Maria se bajó a Jacob del hombro y se acercó a Anerues diciendo:
-Lo haré. No sé si es lo correcto pero lo haré.
A la mañana siguiente, tras enviar a Dijuana y Jacob camino del mundo de los utukku y tras preparar algunas medicinas para después del trabajo, Anerues se dispuso a la operación: Se echó sobre un lecho de hojas debajo de la piedra plana que le servía de techo y cerró los ojos, dejándose totalmente en manos de María.
Y ésta, al ver a Anerues tan dispuesto y al contemplar sus instrumentos de trabajo se sintió… nerviosa, incapaz de hacer lo que le pedían. Tardó un buen rato en reaccionar pero tras un par de reflexiones, se arrodilló, agarró una de sus flechas y la dirigió de inmediato a la frente de Anerues. La acercó poco a poco, algo indecisa y así le practicó un pequeño corte en cruz sobre la frente. Anerues ni se inmutó ante el corte y siguió tranquilo, sin ni siquiera abrir los ojos, confiando plenamente en ella, tal como había dicho.
Acabada esta primera fase de la operación, María cogió el mástil de la flecha que había despuntado Anerues la noche anterior y la colocó sobre la herida. La asió luego con ambas manos y empezó a taladrar lentamente la capa exterior de su cabeza. Al principio no iba muy segura pero al poco afianzo un ritmo sereno pero fuerte que le hizo ir atravesando la escasa capa de piel y músculo que le separaba del cráneo.
Cuando notó como el palo empezaba a rascar una superficie mucho más lisa que el músculo que había estado taladrando, supo que ya estaba tocando el hueso y, a partir de ahí, pensó: Esos minutos en los que había estado dañando su piel no se reflejaban en la cara del chico, ¿cómo podía ser que no sintiera el dolor? ¿O es que… el dolor que mencionaba antes era mucho más grande que el que estaba causando ella en ese mismo momento? Pensar eso le hizo sentirse algo más segura en su trabajo pero, al poco, se dio cuenta que, por muy bonito que le decoraran el asunto, el hecho era que le estaba rompiendo una parte de su cuerpo… ¿No era esa flecha demasiado ancha? Quizá… quizá debiera cambiarla… ¡No! ¡No iba a dejar de mover ese palo hasta acabar con la operación pues sabía que si lo dejaba, por muy poco tiempo que fuera, no seguiría con ello! Se inclinó aún más sobre él y siguió moviendo la flecha: Una mano adelante y otra atrás, luego viceversa una y otra vez, siguiendo una cadencia si no rápida, si que era constante…
Y pasaron las horas… el sol alcanzó la posición del mediodía y el lugar se volvió oscuro. La piedra tapó a ambos bajo una fría sombra pero ni uno ni otro parecieron darse cuenta de la temperatura: Ella seguía con su febril trabajo y él permanecía inmóvil, sin mostrar la más mínima seña de dolor.
Y llegó el ocaso… sin cambios… Tan laboriosa como duradera era la operación ¿Cuánto tardaría en acabar? No es que María se sintiera impaciente o cansada, sino que le preocupaba que Anerues empezara a sentir hambre o sed… sin embargo, si hubiera querido quejarse, ya lo habría hecho hacía tiempo… Curioso chico… La primera vez que lo había visto en aquel bosque le había parecido un chico fuerte pero ahora que lo había seguido durante tanto tiempo… ¿por qué no era capaz de empezar a tratarlo como a un hombre? Él la trataba a ella con todo el respeto que podía dejar traslucir (lo que no quitaba que no aguantara esa manera suya de proclamar que siempre tenía la razón), la trataba como la adulta que ella era, como la bruja que siempre había sido…
Observó su cara serena bajo el sol poniente: Respiraba con tranquilidad, manteniendo los labios ligeramente separados. Su tez morena le recordaba a las gentes del sur aunque cuando había hablado con él, sus ojos le llevaban a tierras más septentrionales, unos ojos de un verde oscuro de color tosco aunque profundo…
A todo esto, recordó que cuando ella era una simple niña sus amigas decían de ella que tenía unos ojos de un color verde brillante precioso, que tenía una mirada intensísima que pocos podían aguantar mucho tiempo sin sonrojarse. Su madre coincidía en esa generalizada opinión y más una vez le dijo que cuando fuera una bruja de pleno derecho seduciría a muchos hombres con esa mirada…
“No se equivocó” pensó sonriendo, sin dejar de taladrar. “Pero pasado un tiempo empecé a cambiar…”
Y cambió el color de sus ojos hasta tornarse en un extraño color amarillento oscuro con cierto tono dorado, un color realmente extraño de ver en el mundo pero que hizo que, tal como había predicho su madre, los hombres cayeran a sus pies. Si había una parte de su cuerpo que apreciara más que las demás, ésa eran sus ojos.
María dejó esos pensamientos a un lado y siguió con su trabajo, el cual notaba que estaba avanzando, o al menos gastando el palo que estaba usando, el cual ya estaba a la mitad de su longitud inicial. Intentó deslizarlo ligeramente a un lado pero notó que no podía pues estaba enclavado en la muesca que le había causado en el hueso. Sentido esto, bajó aún más su ritmo pues sabía que ahora la capa de que cubría esa zona de su cabeza era aún más fina que antes por lo que debía ir con mucho más cuidado si no quería introducirle el palo en el cerebro.
Y se puso el sol y todo se cubrió de sombras. Pero ella no cejó en su labor, una labor que se volvió cada vez más y más lenta, más que por el cuidado que estaba prestando ella, por el dolor que estaba empezando a sentir en sus brazos. No es que tuviera unos brazos debiluchos, más bien todo lo contrario pues con uno de sus brazos estando herida llegó a darle un puñetazo brutal a Anerues del cual aún en ese momento le quedaba marca, sino que tras más de doce horas de trabajo continuado, ¿quién no se cansaba un poco?
Apenas había ya luz, aparte de la luz de la luna menguante pero aún así se podían contemplar los regueros de sangre seca que cubrían la cara de Anerues el cual seguía sin quejarse lo más mínimo, de hecho… parecía todo lo contrario: Con la poca luminosidad que había y con su buena vista, María pudo vislumbrar como la comisura de sus labios se alargaba, esbozando una ligera sonrisa, una sonrisa de ¿alivio? Quizá fuera eso, no podría asegurarlo pero prefirió dejar eso para más tarde para seguir con su ya maratoniana labor.
La luna siguió su curso a través del cielo hasta que el horizonte empezó a clarear mostrando un color entre índigo y azul: El alba se acercaba y su trabajo se notaba ya muy avanzado… quizá demasiado. Ya había oído hablar de chamanes tártaros que tenían que aguantar hasta tres días de operación para iniciarse en sus ritos pero sería por su dedicación obsesiva por lo que ella iba tan rápido, sencillamente porque no podía dejar de hacerlo so pena de no seguir. Sin embargo, cada vez ponía más cuidado en su labor… Su palo ya era una mínima expresión de lo que era al principio y sus manos ya estaban recorridas por una larga serie de llagas que si bien no eran dolorosas, si que eran molestas. Y aún así, no le importaba lo más mínimo pues ya estaba en una fase en la que sabía que no podría volver atrás.
Notó la ya profunda muesca en el cráneo de Anerues mientras movía parsimoniosamente sus manos, miró la masa mezcla de sangre, serrín y hueso que se reunía alrededor del agujero ya formado y, con la luz del amanecer, observó su ya más pronunciada sonrisa de alivio. De repente vio como se tornaba en una expresión neutra, de cansancio, como si ya no aguantara más tiempo inmóvil.
Y entonces, María supo que ya había acabado. Hizo un último y poderoso movimiento y retiró el desgastado palo tras lo cual, estiró sus brazos y se levantó recuperando la sensibilidad de sus piernas dormidas. Hecho esto, y tras colocarle una compresa de hierbas sobre la herida, siguió el ejemplo del hombre que lo acompañaba y se echó a descansar.
Cuando María se dio cuenta, ya era más de mediodía y bajo esa roca se notaba un frío horrible bajo la sombra que procuraba, por lo que fue hacia el equipaje de Anerues y le sacó una manta para protegerle del frío.
Mientras le ponía la manta encima, observó como su expresión había cambiado ligeramente: Ni durante la operación dejó de notar ella ese aura de seguridad que desprendía Anerues pero ahora parecía mucho más inocente pero a la vez maduro… Su expresión, si bien se había endurecido ligeramente, era de una serenidad casi infantil, casi como si brillara por sí misma. El tremendo orgullo que reflejaba su cara había desaparecido para mostrar una humildad que ella había visto en muy pocos hombres antes, lo cual no negaba la fuerza en cada una de sus facciones… A pesar de su herida ahora estaba más… bello. Sí, ésa era la palabra: Bello, que no guapo. Era algo que iba más allá de lo físico, casi como si en ese momento pudiera ver su alma y lo que veía fuese la intensa y preciosa luz dorada del sol.
Nada más ponerle la manta se retiró y salió a que el sol calentara algo su ya fría piel lo cual la reconfortó profundamente… No sabía por qué, pero ahora no sentía esa terrible presión en el pecho que notaba cada vez que recordaba ese paisaje… quizá fuese cosa de la operación, que le hizo pensar en muchas cosas para alejar de su mente lo que estaba haciendo. Se giró hacia Anerues y vio como seguía descansando apaciblemente por lo que decidió ir a darse una vuelta por la zona para desperezarse un poco y revisitar su tierra natal, así que cogió su rama de nube-pino y se elevó todo lo que pudo para contemplar la larga costa que se extendía ante ella en cuyo horizonte se podía contemplar la silueta de la isla de Doikkaho, la cual se veía desdibujada por culpa de las nubes que la cubrían… lo cual no era demasiado anormal en esa zona. Se giró y siguió la dirección del viento tierra adentro, adentrándose en los bambudales de esas tierras, buscando los restos de la aldea de su antiguo y masacrado clan.
Y no tardó demasiado en encontrar el lugar: En un pequeño vallecillo entre dos montes se encontraban las ruinas algo irreconocibles de lo que fueron quince chozas, construidas a base de bambú y piedra… De todo ello sólo quedaban las toscas paredes que soportaban el paso del tiempo con entereza, manteniendo las formas redondeadas que tuvieron más de ciento ochenta años atrás.
María aterrizó y empezó a buscar la que fue su antigua casa, la cual no tardó en encontrar: La choza que se encontraba en el punto más alto de la aldea, con vistas a la cercana costa, guardando un árbol: Un pino nimbo, el árbol del cual las brujas recogían sus ramas para poder volar.
-Has crecido desde que marche, ¿eh, pequeñuelo? –le susurró al ya anciano árbol mientras acariciaba su nudosa corteza. –Por ti no pasan los años… –María se extrañó al ver que una de las ramas del árbol había sido cortada. Se fijó con más cuidado y observó que no había sido haría demasiado tiempo. “¿Vivirá alguna bruja por aquí?” se preguntó ella con curiosidad deslizando su dedo por la zona dañada. “Sea quien fuere, estuvo aquí hace menos de dos días…”
Dejó sus reflexiones sobre lo que acababa de descubrir y entró en las ruinas de su primer hogar. Se sentó a observar mientras trataba de recordar su vida en ese lugar: Recordó dónde dormía, siempre en la misma esquina sobre un simple camastro de hojas secas pero siempre arropada por su madre que le daba calor fuera cual fuera la época del año cuyo olor rememoraba siempre con una mezcla de ternura y agonía.
“¡Agh!” se gritó a sí misma ocultando su cabeza entre sus rodillas. “¡Siempre tan cabezona! ¡Ya está muerta, maldita sea! Ya no puedo hacer nada por ella, tan sólo recordarla…”
Abrió los ojos y vio como la niebla estaba empezando a cubrir los restos de la aldea. Semejante hecho, a pesar de extrañarle, no le impidió echarse sobre el frío suelo de su antigua casa y recordar las sensaciones de aquel entonces con los ojos cerrados. Sin embargo, varios minutos después, una voz la despertó de su ensimismamiento:
-Levanta, romanticucha de tres al cuarto –era una voz femenina, fuerte y grave, una voz que si no desagradable, sí que despertaba algún recelo por su tono medio iracundo…
María abrió los ojos sorprendida y miró a la niebla, no pudiendo levantarse del miedo de ver algo que no esperaba volver a encontrarse en vida.
-¡Sí, te lo digo a ti, Marisa Kirisame! –exclamó esta vez.
-Ma… ¡mamá! –gritó en respuesta María al ver la confusa imagen de su madre desdibujada en la niebla.
-¿Qué pasa? –contestó la otra con sorna. –¿Has visto a un fantasma?
María se levantó y se acercó al espectro, el cual también extendió su mano pero encontrándose ambas con el vacío, atravesando la mano de María la de su difunta madre.
-No estoy muy corporal hoy –dijo la otra mirándose sus etéreas manos, –pero al menos estoy aquí –y dicho esto se rió con fuerza.
-¿Cómo es que estás aquí? –preguntó María sin salir de su asombro.
-La historia es muy larga… recuerdo que me mataron, que fui al Infierno, que me pasé allí más de un siglo… no voy a contarte qué es ese lugar, la verdad… Sin embargo, esta noche, un amigo tuyo llegó hasta mí a buscarme.
-¿Qué amigo?
-No lo sé, no me dijo su nombre pero me dijo que, como mínimo, te debía este favor y ya que podía…
“Anerues…” se dijo María sonriendo para sus adentros.
-Pero en fin, Marisa, ya que estamos aquí, hablemos mientras podamos que no puedo estar aquí eternamente.
-¿Cuándo marcharás?
-Cuando se levante esta niebla, desapareceré con ella y volveré al Infierno. Sin embargo, ese amigo me ha asegurado que podré salir pronto. ¡Pero basta ya de llorar por mí! ¡Piensa como una bruja y vive el momento!”
Y así pasó: Madre e hija, sentadas contra la pared de la antigua choza, hablaron y hablaron de tiempos pasados, de lo que les pasó durante su vida y tras su muerte, de ese mundo y del otro, de vuelos, aventuras, de sus daimonions, de cómo habían sobrevivido, de cómo recordaban… todo fue como un largo sueño del que ni una ni otra querían despertar pero, tal como había avisado la madre de María, al levantarse la niebla, ella desapareció con la bruma, así, sin más y María se quedó sola de nuevo, sin saber si reír o llorar, triste por perder de vista de nuevo a su madre pero contenta de haberla vuelto a ver.
María cogió aire y exhaló un largo suspiro, sabiendo que ahora sí que no podía hacer nada de nada pues el único que podía era… ¡Anerues!
“¡Maldita sea!” se gritó a sí misma observaba cómo se ponía el sol. “¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡No debí dejarle tanto tiempo solo!”.
María salió de la choza a toda prisa para alcanzar su rama de nube-pino cuanto antes y, cuando la tuvo en la mano, se giró y dispuso para despegar de inmediato… hasta que vio el cuerpo inconsciente de Anerues apoyado contra la pared de la misma choza en la que acababa de pasar las últimas ocho horas.
Dejando la rama a un lado, se acercó a él e inmediatamente comprobó su estado: La compresa de hierbas hacía buen rato que estaba seca, aunque no denotaba rasgos de fiebre alguna ni dolor. Sin embargo, lo cierto es que estaba totalmente demacrado, toda su piel había palidecido horriblemente mostrando un color de cara realmente extraño en comparación con su anterior rostro moreno. Al ver que tan sólo estaba apaciblemente dormido decidió llevarlo de vuelta a su campamento para cuidarlo mejor y cubrirlo de la tormenta que parecía acercarse desde Doikkaho. Así pues, cogió a Anerues en volandas, se subió a su rama de nube-pino y despegó rápidamente.
No tardaron en llegar y, una vez en tierra, María dejó a Anerues de nuevo en su camastro de hojas, cubriéndole de nuevo y yendo directamente hacia su zurrón para prepararle una nueva compresa de hierbas. Minutos más tarde, Anerues había recuperado algo de color y tenía una nueva venda cubriéndole el agujero que tenía en la cabeza.
Y María lo observaba sonriente y sorprendida por la enorme capacidad de ese hombre que fue capaz de atravesar incluso las barreras de la muerte para traerle a su familiar más querida de vuelta junto a ella… A pesar de que no había hecho más que estar dándole trabajo desde el día anterior, no se sentía incómoda con él, como si no le importara seguir trabajando como hasta ese momento, cuidando de él sin cesar…
María alejó esos pensamientos y decidió encender un fuego para calentar un poco el interior de esa cavidad, cosa que suponía le sería beneficiosa al convaleciente y, tras coger un poco de leña, encendió un fuego cerca de él… A la luz de la hoguera ahora era capaz de ver mejor la cara de Anerues ¿No estaban sus ojos moviéndose salvajemente? Se acercó a él para observarlo mejor y le tocó los párpados, notando un movimiento enérgico bajo ellos.
“Está soñando” pensó ella tranquila. “¿Dónde podrá estar en este momento?” se preguntó imaginándose las tierras que habría conseguido ver más allá de él mismo, las cosas que nadie más podría hacer, lo que habría aprendido… “Se parece a mí” sentenció ella tras un rato de observarle: “Puede volar y puede usar magia de bruja pero no es sólo eso… es como si hubiera nacido para ser brujo…” María se rió de la palabreja que se acababa de inventar. “Todo cuanto quiere hacer es ser libre a su manera, ése es nuestro mayor parecido…”
Y así, casi sin darse cuenta, se inclinó sobre él y le dio un beso en los labios, con cariño y suavidad, sin intentar turbar su sueño. Y se espantó cuando vio que Anerues abría los ojos en ese mismo momento… María se apartó de él lentamente, sin poder apartar la mirada, hipnotizada por el brillante color verde que habían adoptado los ojos de Anerues, un color tan intenso que reflejaba la luz de la hoguera de tal manera que casi parecía que le brillaban.
Anerues, algo desorientado todavía pero conocedor de lo que acababa de pasar, sonrió y María, siguiendo un impulso irrefrenable, también.
Y lo que esa noche pasó bajo esa roca, sólo lo supieron ellos dos.
-¿Qué estás mirando? –preguntó María al día siguiente al ver a Anerues observar su cuerpo con los ojos medio perdidos. –¿Tan bella te parezco?
Anerues rió cerrando ligeramente los ojos y, mirándola a los ojos, dijo:
-Eso no tienes que preguntármelo. Lo que estaba mirando era la corriente de nieve que se arremolina alrededor tuyo… y es una corriente realmente extraña, ciertamente.
María miró su piel buscando eso que parecía ver tan claramente él pero, al no ver nada destacable, le preguntó con la mirada.
-No te extrañe que no seas capaz de ver nada: En teoría no eres capaz de hacerlo porque no estás preparada para ello.
-Pues paso de que me trepanes…
-Bueno, hay maneras y maneras. ¿Deseas verla?
-¿Podrías enseñarme a ver esa corriente? –preguntó ella ilusionada.
-Mejor aún: Voy a cumplir mi promesa de llevarte al Templo de la Justicia.
-Entonces… ¿debo dormirme?
-No hará falta. Ahora, tan sólo siéntate y siéntete cómoda y relajada de momento.
María así lo hizo: Se irguió y se apoyó contra la pared rocosa relajando su cuerpo mientras miraba a Anerues a sus ojos verde brillante.
-Ahora necesito que relajes absolutamente tus pensamientos –continuó explicando Anerues. –De todo el ruido que escuchas en tu pensar, todas las imágenes que aparecen ante tus ojos continuamente, todos los recuerdos que llegan a tu mente… no sigas ninguno en concreto, síguelos y obsérvalos fríamente sin prestar atención de a qué estás mirando realmente. ¿Podrás hacerlo?
María asintió y, apoyando la cabeza sobre la pared, cerró los ojos y empezó a escuchar toda la algarabía que se concentraba en su pensamiento… Cientos de imágenes se arremolinaban tras sus párpados cerrados pero ella, ya algo ducha en esas lides sobre la concentración, no se dejó embargar por ninguna, fuera cual fuera, si bien algún sonido le impulsaba a rememorar de forma refleja alguna situación de su vida pero volviéndose a controlar de inmediato. Y así, controlando tanto su corriente de pensamientos, su respiración y el latir de su corazón, empezó a ver las cosas de una manera más extraña: Si bien hacía un buen rato que estaba ignorando todo cuanto pasaba alrededor de su cuerpo, ¿cómo es que en ese preciso momento estaba viendo a través de sus párpados? Anerues estaba enfrente de ella, mirándola fijamente sin perder detalle de cuanto le estaba pasando a la vez que al fondo, tras la roca que se apoyaba en el suelo, se podía ver la playa y el mar a lo lejos coronados ambos por nubes de tormenta siendo removido todo ello por un viento que, si no frío, sí que era fuerte el cual agitaba tanto arena, como agua como los muchos bambúes que se podían contemplar desde su posición. Ya no notaba casi nada de cuanto rozaba su piel pero sabía que debía estar enfriándose mucho…
-…no te aferres a tus sensaciones corporales… –susurró Anerues pausadamente acercándose a su oído. -…todo… absolutamente todo ha de parecer vulgar y sin…
María no llegó a escuchar el final de la frase pues, antes de dejarle terminar, ya había entendido el sentido de sus palabras: No debía sujetarse a nada. Todo cuanto lo que le importaba en ese instante estaba más allá de cuanto pudiera ver con sus ojos. Así pues, cerró su mente a cuanta imagen pudiera acercarse a su mente…
Y pasó un minuto.
Una hora.
Un día.
Un mes.
Un año.
Una eternidad…
Y entonces lo vio: Una partícula diminuta de algo brillante caer como nieve delante de sus ojos… Su brillo era precioso y llamativo en medio de esa insondable oscuridad pero aún así era vulgar, como si lo hubiera visto cientos de veces antes, era algo familiar que ya conocía… Contempló su trayectoria viendo como ese copo se acercaba lenta pero imparable como si lo que estaba haciendo en ese momento lo atrajera. María no se movió y le dejó acercarse hasta que llegó a ella y, entonces, notó su influencia en ella: Esbozó una amplia sonrisa. Enseguida vio como de su cielo oscuro empezaban a caer más y más copos de nieve que, al poco, cubrieron cada palmo de su cuerpo, sintiendo ella que cada copo tenía su sentido.
Y la cosa no acabó ahí: Toda esa corriente de copos brillantes empezó a cubrir cuanto era capaz de abarcar con su vista: Había copos para mostrar el color de su piel, copos que mostraban la intención de su cuerpo de moverse, copos que marcaban el suelo sobre un fondo negro; copos, que no se movían con el viento sino que “movían” el aire… todo ello era precioso, algo digno de contemplarse y tan indescriptible que mis pobres palabras son incapaces de expresar cuanto era capaz de ver ella. Sin embargo, sí sé lo que más le llamó la atención o, más bien, lo que más miedo le dio: Enfrente suya había un remolino de copos de nieve, mejor dicho, un auténtico huracán que se movía salvaje a la vez que ordenadamente, casi como si fuera un enorme kaleidoscopio en tres dimensiones. Sus formas era deliciosamente caóticas pero, a la vez, elegantes. Algo que atrajera semejante cantidad de nieve no podía ser normal pues parecía que cada movimiento que hacía lo que ella veía tuviera cientos de significados secretos.
Era Anerues. Lo que se veía dentro de ese enorme remolino era Anerues que seguía observándola pero que, a la vez, mezclaba su corriente de nieve con la suya, como extendiéndose más allá de él mismo para protegerla a ella.
A pesar del miedo que le producía ver semejante movimiento, María osó a alzar una mano y acercarse a él, cosa a la que Anerues respondió acercando la suya lo cual hizo que la corriente se agitara aún más furiosamente pero que llegaba con suavidad a la mano de María.
-Esto es lo que yo veo –dijo él, impulsando con fuerza cientos de copos que llegaban a los oídos de ella cargados de su mensaje, que manifestaban convicción, amor, cariño, alegría… Todo cuanto veía ahora de toda esa corriente le mostraba que él estaba convencido de saber lo que ella estaba viendo. Y ella sonrió, atrayendo la nieve hacia sus labios, posándose esos copos sobre prácticamente toda su cara.
Cuando sus manos se tocaron, una enorme corriente se arremolinó alrededor de ambos y cuando él ayudó a María a levantarse, la nieve empezó a posarse sobre sus alas. Sí: Anerues tenía alas, alas que ella habría sido capaz de definir como angelicales si creyera en los ángeles.
-Hecho esto –dijo él asiéndola mejor, –volemos.
Y, sacudiendo sus alas, remontó el vuelo, llevándola a ella con él.
Una vez en el aire empezaron a subir directa y rápidamente hacia el cielo, sólo hacia arriba, perdiéndose entre toda la corriente que circulaba en dirección noroeste, atrayendo gran cantidad de ella a su vez, haciendo que en nada de tiempo no se pudiera ni ver las palmas de las manos. Semejante experiencia fascinaba a María que contemplaba extasiada el preciosismo de la escena pero, a la vez, cuanto más tiempo pasaba, más pequeña se sentía, más pensaba que no debería estar viendo eso… Sin embargo, lo siguiente que vio le hizo olvidar todo pensamiento: Veía un horizonte en medio de una corriente de nieve ya menos densa, un punto de referencia en medio de un vacío enorme y allá a lo lejos, contempló una imagen alada que se acercaba a ellos rápidamente. No tardaron en encontrase: Ese ser era una mujer de bellas facciones y gran tamaño que tenía alas en lugar de brazos con las que tapaba el camino gracias a su enorme tamaño. Su figura le recordaba a las Isis aladas que había visto en algunos templos egipcios.
Anerues dejó de avanzar y le susurró a María:
-Deja que te vea la cara y recuerda que debes ser muy humilde aquí.
María así lo hizo, diciéndose a sí misma que el segundo comentario sobraba: No necesitaba ser humilde pues estar en medio de ese impresionante lugar le hacía sentirse realmente diminuta, nimia y sin sentido por allí. La criatura se inclinó y les miró la cara a los dos, sonriendo, aparentemente sorprendida, al ver la cara de Anerues y levantando las alas para marcharse poco después, pudiendo seguir ellos su camino hacia ese horizonte tan lejano.
-Bienvenida al Templo de la Justicia, el lugar donde nacen los milagros –dijo Anerues nada más aterrizar en su lugar de destino.
María, viendo lo impresionante del lugar no pudo decir nada al estar embobada por la arquitectura de semejante edificio. ¿Estaban dentro o fuera? Difícil pregunta. El lugar era tan enorme que parecía un espacio dentro de otro, tan grande como para poder volar libremente y a toda velocidad sin peligro de chocar contra pared alguna y, aún así, las distancias seguían pareciendo cortas. El estilo arquitectónico era… inclasificable. Jamás había visto semejantes estructuras y construcciones en lugar alguno del mundo, y eso que ya había viajado sobradamente por el mundo, viendo los grandes castillos y catedrales góticas que poblaban el norte de Europa, los castillos del sur, las grandes mezquitas del gran desierto de África, los curvos castillos del lejano oriente… Ese lugar no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Luego estaba el aspecto demográfico: Allí no había absolutamente nadie lo cual hacía que ella se sintiera aún más pequeña.
-¿Éste lugar está habitado? –preguntó ella tras la impresión inicial.
-En el sentido de que alguien “viva” aquí, no, pero sí que pasa mucha gente por estos lares. Aquí, el tiempo pasa de una manera mucho más compleja que en el mundo del que venimos: Un día aquí no son más que unos pocos segundos en cualquier otro mundo.
-Un momento, ¿me estás diciendo que estamos en otro mundo?
-Sí. Sólo hay dos maneras para acceder a este mundo: O bien generamos un agujero como el boquete del norte o, mejor, venimos de la manera legal que es la que hemos usado tú y yo: En un sueño lúcido.
-Ya sabía yo que esto tenía que ser un sueño…
-Sí dices “sueño” hablando de algo que no tiene consecuencias en tu vida real, te estarás equivocando pues el hecho de visitar algunos lugares influye de maneras hasta grotescas en la realidad. Sin ir más lejos, aquí cientos de fuerzas e inteligencias controlan todos los universos haciendo que todo lo que suceda lo haga de tal manera a cómo debe hacerlo. El hecho de que exista la gravedad, de que seamos seres humanos, de que sencillamente comprendamos que es algo tan simple como un “color” viene de aquí y, también, lo que ha ocurrido en el norte ya se había previsto aquí haría ya bastante tiempo.
-Entonces, el que estés tú aquí…
-También estaba previsto: Nací para llegar a estar aquí alguna vez.
-Resumiendo: ¿El que nos hayamos conocido también estaba escrito?
Anerues levantó una mano y al poco un gran códice se posó sobre ella, abriéndolo él por una página que estaba marcada con el marca-páginas.
-Esto de aquí es mi libro del destino –dijo Anerues. –En él se explica lo que me depara el destino y cómo las fuerzas que emanan de este lugar me afectan, me han afectado y me afectarán de ahora en adelante. Todo cuanto me ha acontecido hasta ahora viajando por tu mundo se ha visto reflejado en este libro. Sin embargo… –dijo señalando una sección del libro: Estaba escrito en un idioma que no entendía María aunque, si bien no comprendía lo que decía, era capaz de ver como había un gran tachón en medio de todo ese manuscrito.
-¿Qué es lo que decía ahí? –preguntó ella.
-En esta página se relata lo que hicimos esta noche. Al no ir las cosas tal como se previó, se tachó esta parte para evitar que en consultas futuras me confundiera con lo aquí escrito –Anerues empezó a andar tranquilamente hacia un gran portón de piedra que se encontraba cerca de allí. –Esta clase de tachones por aquí los llaman “Contracorriente” y, básicamente, son sucesos extraordinarios y poco comunes que no se han previsto aquí. Muy pocas personas son capaces de hacer algo semejante, tan sólo gente que tenga una fuerza de voluntad que supere todo lo concebible como yo (ya sé que suena presuntuoso pero esto es así) o como algunos personajillos que acabo de conocer hace realmente poco gracias a mis viajes.
-¿Cómo quién? –preguntó ella mientras seguía a Anerues por unas escaleras.
-Pues, por ejemplo, una tal Ayesha que vivió en mi mundo, un chaval llamado Will Parry del mismo lugar, una chica llamada Lyra Belaqua…
-¿Lyra? –interrumpió María estando ya delante del portón. –De ésa he oído hablar yo hace ya algún tiempo.
-Sí, fue durante el último concilio que se celebró en el lago de Oasis. Supongo que ya sabrás cuál es el papel de Lyra en este mundo, ¿no? Pues es esa clase de gente la que es capaz de hacer Contracorrientes: Gente que escribe y rescribe su destino casi sin darse ni cuenta gracias a su gran voluntad. Dicho esto –dijo abriendo el portón y dejando pasar a María dentro de la sala –ya hemos llegado a la sala del registro.
Cinco minutos después de que tanto Anerues como María se quedaran dormidos o, lo que es lo mismo, tras más de dos semanas de peregrinaje por el Templo de la Justicia, ambos despertaron algo desorientados.
-…me duele la cabeza… –se quejó ella.
-…ya te acostumbrarás… –dijo él tan dolorido como ella.
-Más me vale… –dijo ella riendo pero callando al poco rato, algo cohibida.
-¿Qué pasa?
-Ahora que te he trepanado… ¿qué harás?
Anerues se llevó la mano a la frente comprobando el estado de su venda y dijo con tranquilidad:
-Por mi parte, iré al mundo de los utukku y ayudaré a mis compañeros que están allí a que hagan lo que tienen que hacer y, respecto de ti, sólo puedo decirte que puedes hacer todo lo que se te antoje.
-Entonces voy contigo.
-A veces eres muy predecible, ¿sabes?
Cada vez que pienso en este capítulo, soy incapaz de dejar de imaginarme esa noche que pasaron María y Anerues juntos… jugar a las canicas de esa manera es algo tan apasionante.
Bromas aparte, no pretendo dar ningún tono místico a esta historia a pesar de todo eso de los Halek y los sueños. Los sueños es algo que me gusta tratar y de lo que sé unas cuantas cosas (lo del Templo de la Justicia no me lo inventé yo, os lo juro).
Espero que cuanto hayáis leído os haya gustado y hasta más leer.
P.D.: Lo del acertijo sigue en pie… no creía que fuese tan complicado…