Cajón de sastre - SDMS, quinta parte
Mayo 19, 2008 por jeshuamorbus
Aviso para todo aquel que no sea amante del amor libre y que repudie el sano ejercicio del sexo; así como todo aquel que no haya cumplido los legales 18 años que definen la mayoría de edad:
No sigáis leyendo.
Sabía que ese Sábado no iba a venir pero, aún así, Súbigo subió al monte como hacía todas las semanas. Ya que no iba a tener una de sus sesiones, que al menos sirviera para hacer algo de ejercicio tranquilamente.
Como Impro estaba disfrutando en ese momento de una buena sesión de cine con su novia, Súbigo aprovecharía a variar un poco su típico paseo por el monte. En principio, sólo se iba a acercar a la zona en la que siempre se encontraban para luego comenzar a explorar la zona más alta del monte, esto es, dedicaría la tarde a lo único a lo que no se había atrevido de verdad en esos dos últimos años: A ANDAR.
Que no se hubiera esforzado en caminar mucho por allá arriba no implicaba que tuviera las piernas débiles. Estaba en muy buena forma y sabía que podría aguantar esa caminata con entereza.
El primer tramo, el que echaba para atrás a la mayor parte de la gente del pueblo por su inclinación, lo superó fácilmente, como siempre en menos de diez minutos. Había llegado a la zona donde se encontraba siempre con Impro pero…
En el suelo había un lazo rojo muy llamativo. Súbigo, intrigada, se acercó a él para ver mejor lo que había allí.
“¿Un papel?” pensó al ver el blanco bajo el rojo del lazo.
Quitó esa cobertura roja y abrió la fina protección de plástico para mostrar lo que parecía ser un gran papel plegado. Sin dudar, lo desplegó totalmente y ante ella vio un mapa de no mucho tamaño.
No sería mucho más grande que dos folios normales y, aparte de las líneas negras que dibujaban los montes y sendas que había en ese monte, había unos pocos trazos rojos y tachones.
Sin entenderlo demasiado así de primeras, Súbigo le dio la vuelta y miró por detrás, lugar donde se encontró un mensaje:
“Pequeña Alicia, ¿te animas a perseguir al Conejo Blanco?”
A Súbigo le sorprendió ese corto mensaje pero, al mismo tiempo, le alegró que Impro no le hubiera ignorado totalmente así que, con mucho ánimo, se dispuso a tratar de entender la ruta que le indicaba el chico.
Ayudada por su intuición, por el conocimiento del medio que la circundaba y a su reloj que sabía utilizar como una brújula, no tardó en comprender cuál era la dirección que quería que tomara. No es que fuera muy experta en la lectura de mapas, más bien todo lo contrario, pero las indicaciones de Impro, por muy aparentemente confusas y escasas que fueran, le señalaban pequeños puntos de referencia que le ayudaban a orientarse fácilmente.
No fue un camino sencillo ni corto: Más de una vez se medio perdió entre los arbustos y las ortigas y otras tantas no acertaba a ver la senda que debía seguir pues, con los años de dejadez, muchos de esos caminos se habían convertido en grandes prados perdidos entre árboles.
Así, después de un largo camino, Súbigo aún no había llegado a su destino pero… lo que ahora menos le importaba era llegar pues lo que más le estaba gustando en ese momento no era la expectativa de llegar a ninguna parte sino disfrutar del camino. En la zona donde siempre se explayaba a gusto, sí, se sentía cómoda, tranquila y sola pero allí… eso sí que era estar en medio de ninguna parte. Y no importaba a donde mirara: No se notaba casi ningún resto de civilización a la vista pues, salvo algún mojón o alguna estaca carcomida por los años o los difusos restos de una senda, no había nada que relacionara ese lugar con los seres humanos… Pensar que por allá no habría pasado casi nadie en meses, tal vez años, le hacía sentirse como alguna mítica exploradora.
“Y ya está…” pensó Súbigo contenta por el trabajo hecho al ver que la ruta señalada por el mapa ya llegaba a su final. Y cuando vio el lugar al que había llegado sus ojos se abrieron como platos. “¿Pero qué…?”
Ante ella y semioculta entre los arbustos, había una construcción baja y achatada, principalmente hecha de piedra recubierta de musgo, hiedra y hierba. El techo, de pizarra probablemente, se mantenía en perfecto estado, es más, parecía que había sido reparado hacía poco tiempo con unas cuantas ramas y cuerdas de fibras sintéticas para tapar un agujero. La entrada estaba taponada burdamente por una puerta que a duras penas se sostenía por la podredumbre pero que, por suerte, aún cumplía sus funciones a la perfección. En el umbral y a los lados de esa entrada había acumulados varios montones de porquerías diversas lo cual hacía pensar que alguien había limpiado el interior de esa casa hacía poco…
Nada más atravesar la entrada, y a pesar de la falta de luz, confirmó sus sospechas: Ese lugar era lo que un día fue un refugio de pastores. Olía a húmedo por todas partes y el ambiente estaba helado de solemnidad pero era acogedor a más no poder. Había un par de pequeños camastros en muy mal estado con un par de modernos sacos de dormir plegados encima, una burda cocina (casi cabría que decir que era un círculo de piedras para poner una olla…), una barrera que separaba la zona de los pastores de la parte del ganado, alguna herramienta en mal estado (la escoba estaba hecha un asco, sobre todo después de haber sacado toda esa mugre fuera…) y diversos ganchos en el techo para colgar lo que fuera… Era un auténtico milagro que ese lugar hubiera podido soportar los embates del tiempo sin caerse a pedazos.
Súbigo lo comprobó, lo analizó todo meticulosamente y con cuidado pero, daba igual cómo y por dónde lo observara pues siempre sacaba la misma conclusión: Esa casa no iba a derrumbarse en años.
“Madre mía…” pensó Súbigo sorprendida y sonriente al tiempo que desplegaba uno de los sacos de dormir sobre un lecho seco para tener un lugar donde descansar un rato sus piernas. “Ese tipo es increíble.”
Así, descansando en la oscuridad de esa casucha, Súbigo hizo lo que solía hacer en el monte junto a Impro, de una manera lenta y placentera mientras llamaba a su mente la severa cara de su amante. Pensar en él la excitaba mucho pero, aún así, se tomó su tiempo… Allí no vivía nadie, allí no había nadie. Tenía todo el tiempo del mundo para dedicarse a su propio placer.
Disfrutó mientras se imaginaba a Impro pasear por la ciudad cogido de la mano de su amiga, disfrutó al pensar que ellos disfrutaban, se alegró por ellos…
A pesar del frío, se desnudó levemente para sentir mejor el aire y, al hacerlo, su vello se erizó al sentir tanto frescor. Gimió sin temor a que nadie la escuchara, movió sus dedos lascivamente, pasó su mano libre como si fuera Impro quien la tocaba… y, una vez más, llegó. Llegó después de haber disfrutado un largo camino hasta su placer.
Sonrió. Sencillamente sonrió.
-Y parecía un chico tranquilo… –comentó Áldera mientras volvía a casa con Súbigo ese domingo, después de hacer unas compras. –¿No tendrá algún problema de hiperactividad o algo así?
-Ya deberías saber que es muy difícil saber qué es lo que piensa realmente –contestó su compañera. –A lo mejor se ha pasado toda esta semana planeando lo que querría hacer contigo hasta tal punto que al final lo acabó concentrando todo de mala manera, como queriéndolo hacer todo en el mismo día… En fin, en la vida y en el amor nadie nace aprendido, se suele decir. De todas maneras ya ves que no tenías razón para preocuparte… ahora es él el que debería preocuparse un poco por lo que va a hacer a partir de ahora –añadió jocosa.
-Sí –rió Áldera. –Necesita una mujer que le meta en cintura –dijo con voz potente pero sin seriedad.
“Decir eso a su esclavilla particular como que no suena muy bien…” pensó Súbigo tratando de no estallar de risa por la frase. “Le quita un poco de autoridad…”
-Aunque a saber cómo lo hago… –continuó Áldera sin dejar el tono jocoso. –Cada vez que me mira con esa carita sonriente me desarma.
“¿De veras estamos hablando de la misma persona?” se preguntó la otra irónicamente.
-Y a veces, cuando está inspirado, me suelta una verborrea tal sobre cómo soy que no puedo responderle…
“Va a ser que no…” se contestó a sí misma con la sonrisa cambiada.
-Bueno, tú eres mucha mujer –dijo Súbigo al llegar a la puerta de su casa. –Ya encontrarás la manera. Y ahora, si me disculpas… –se despidió cerrando tras de sí. “Mi amo sigue siendo humano, al fin de al cabo…” pensó agradablemente sorprendida.
La chica fue a la cocina a prepararse algo de comer. Como la mayor parte de los días, ella vivía casi siempre sola en casa. Sus padres eran muy trabajadores ya ahora que Súbigo se había hecho lo bastante mayor, ya era capaz de arreglárselas bien ella sola.
“Papá de viaje, mamá en la oficina…” se dijo cada vez que pensaba en ellos. “¿Tocará algún día que coincidamos los tres?” Ya le daba igual que no estuvieran. Les seguía apreciando pero ya nada podía hacer por la indiferencia que sentía. Gracias a Dios que vivía en ese pueblo: Al menos nunca se sentía demasiado sola y siempre había alguna amiga (Áldera la primera) que se aprestaba a acompañarla en sus momentos de depresión. “¿Eh?” Súbigo, tras dejar la bolsa en la mesa de la cocina, miró dentro de ella y se encontró una nota. “A ver… Ven hoy. Estaré esperando allí”. Una nota de Impro… vaya con él: Era capaz de hacerle una proposición a otra justo delante de su novia… Como era una orden directa, se dio prisa con la comida y se fue a preparar a toda velocidad.
En menos de media hora estuvo bien alimentada y vestida. Cogió su mochila, metió una manta que apenas utilizaba para usarla allá en el refugio, algo de ropa por si acaso, una linterna, un pequeño botiquín y un piscolabis para después y marchó a toda prisa hacia el monte.
Como ahora su objetivo se encontraba en un lugar más de veinte veces más alejado era conveniente ir un poco más preparada en el caso de accidente o descuido. Allá arriba no había iluminación pública ni seguridad por lo que, si tenía algún accidente por culpa de la complejidad de ese terreno o si se le hacía de noche por el camino, debería poder apañárselas ella sola. Dejaría esas cosas en el refugio por si algún día llegara a necesitarlas para volver.
No le hizo falta volver a analizar el mapa pues ya se conocía el camino al dedillo (cosa de haberse equivocado más de siete veces de ruta…) por lo que, en cosa así de dos horas, llegó a su destino. Y nada más cruzar el umbral, escuchó su voz:
-Ven –él no tuvo que repetir la orden: Súbigo tiró la mochila a un lugar donde no molestara y se arrodilló ante Impro que esperaba sentado encima de uno de esos maltrechos camastros.
Una vez estuvo en posición, él pasó su mano derecha sobre su frente recogiendo las gotas de sudor que le habían causado ese largo paseo. Tras unos cuantos pases, él alzó dos dedos y se los acercó a la boca al tiempo que decía:
-Hazme sonreír.
Ella no comprendió demasiado en un primer lugar pero, tras ver a donde apuntaban los dedos, sacó la lengua y los lamió levemente. Súbigo alzó un poco la cabeza para saber si era eso lo que quería pero sólo se encontró con la severa mirada de Impro. Sin dejar de mirarle, cohibida por la fuerza de sus ojos grises, introdujo los dedos dentro de la boca y él, aparentemente menos serio, asintió levemente.
Súbigo no tuvo que preguntar nada más y, después de apartar la mirada de su compañero, se dedicó a lamer con fruición no sólo los dedos, sino toda la mano. Su regusto salado le encantaba y no sabía por qué… Lamió y chupó cada una de esas falanges con lentitud, recorriendo con su lengua hasta el último recoveco.
Impro no se movió ni un ápice y ella no habría sabido decir si sonreía o estaba tan serio como antes… Ella trató de analizar un poco la situación después de un largo rato de trabajo: Trató de ver si Impro estaba excitado… Eso era lo único que probaba que lo que le hacía le gustaba un mínimo pues atender a su expresión facial era como ver una máscara de piedra.
-Sigue, no te distraigas –ordenó él cuando notó que Súbigo dirigía su mirada allá abajo.
Ella obedeció pero, mientras recorría el pulgar, alzó un poco la mirada y le lanzó una mirada fugaz a su amo. Sonreía. Sutilmente pero sonreía.
Impro, tras un buen rato de sentir la lengua de su sierva, empujó su cuerpo con la rodilla y la alejó de sí.
-Agacha la cabeza –ordenó mientras se limpiaba la mano. –Y aléjate de mí.
Ella obedeció de inmediato: En menos de un segundo estaba arrodillada junto a la puerta de espaldas a él.
Súbigo escuchó un sonido de roce de telas y poco después, la caída de una de las grandes botas que usaba él.
-Vuelve ya –pidió suavemente y ella volvió con la misma cerelidad con la que se marchó. Se encontró con sus pies descalzos y con su mano indicándole que se acercara, casi como si llamara a un gatito. Súbigo se colocó en la misma posición que antes y se dejó hacer.
-¿Quieres que hoy sea yo? –preguntó él al tiempo que le acariciaba las piernas con sus pies. –¿O prefieres hacerlo con tus dedos?
-Házmelo tú, por favor… –musitó ella en respuesta.
-Gánate ese derecho –esta vez Súbigo se encontró no con su mano sino con su pie derecho. Era… extraño. Sí, extraño era la palabra: Cierto que Impro era anodino pero su corpulencia daba a entender que era un poco más grande que la media pero… ese piececito que tenía delante de sí apenas se correspondía con la imagen mental que tenía de él: Era relativamente pequeño, no mucho mayor que uno de los de Súbigo, y no acusaba prácticamente ninguna dureza ni callo, como si ese pie jamás hubiera caminado. Carecía de vello y no tenía los huesos marcados al igual que las líneas de sus pies: Su piel era fina y aterciopelada, de un blanco frío y pálido, y sus dedos finos, casi decir delicados, con unas uñas tan bien formadas y brillantes que Súbigo se preguntó si Impro se hacía pedicuras…
Súbigo sintió una mayor excitación al ver ese bello pie más que por ver la cara seria de Impro… quería acercarse más a esa cosa tan bella, quería…
Cuando se dio cuenta, se encontró a sí misma dándole un beso a los nudillos de ese pie. Continuó haciéndolo por toda su superficie, sin orden determinado mientras lo sostenía con ambas manos por el talón.
Tras esa breve introducción, lamió la parte interior de su pie y notó un sabor salado mucho más sutil que el de los dedos de su mano. Esa parte de su cuerpo apenas olía a nada lo cual, para Súbigo, resultaba muy atractivo, casi decir tentador…
Con suavidad y todo su cuidado, atrapó el pulgar con sus dientes con un leve mordisco y chupó ese dedo para sentir sus formas contra su lengua. Tras este pequeño lapsus, volvió a dedicar su atención al resto del pie.
Pero Impro no le dejó: Con un movimiento brusco, alejó el pie de Súbigo. Ella, concentrada hasta la obsesión en seguir acariciando ese pie, trató de seguirlo con las manos pero Impro detuvo sus manos y alzó su cara hacia la suya.
Él no dijo nada, sólo sonrió un poco más que de costumbre. Con un movimiento imperceptible, adelantó su pie derecho de nuevo pero no hacia su cara sino entre sus piernas.
Ella no tuvo que recibir ninguna orden para entender lo que pretendía: Se había ganado ese premio. Así pues, se sentó en el suelo y se abrió de piernas mientras él la acariciaba de arriba a abajo.
La presencia Impro, aunque dulcificada por su sonrisa, seguía siendo poderosa y ella apenas se atrevía a mirarle a los ojos. Se conformaba con sentir la caricia de sus dedos y la dureza de sus finas uñas sobre la piel de su vientre. Tras un rato de caricias suaves, él le dio un par de golpecillos sobre el pantalón y ella, en menos tiempo que tuvo él para repetir la petición, se bajó los pantalones y él pudo comenzar a acariciar sus partes más íntimas.
Impro no consideró necesario apartar su ropa interior y comenzó a dar leves pases con sus dedos del pie. Súbigo, por su parte, que ya acusaba unas ansias terribles, sintió su contacto casi como un regalo del cielo. Ella respiraba fuertemente pero nunca llegó a hacer ruido alguno, como si supiera de antemano que Impro no toleraba el más mínimo sonido.
Lo más probable es que Impro no tuviera la más mínima idea de dónde posaba sus dedos por culpa de las bragas mas eso no era impedimento para que a cada pase, acertara en el lugar más preciso. Y ella disfrutaba de ese magreo, tanto, que atrajo hacia sí el otro pie y le dio el mismo tratamiento que al que ahora le estaba acariciando allá abajo.
Impro no sólo aceptó ese contacto sino que también aceleró el movimiento de su pie.
Y así, entre caricias y besos, Súbigo llegó con un fuerte estremecimiento que Impro notó sin problemas.
-Límpiate –ordenó con tono firme al tiempo que le señalaba sus bragas perdidas de sus propios fluidos. –Y descansa un poco –añadió con su típico tono saleroso. –Me parece que te lo mereces.
A veces da una vagancia tal subir cosas… sería mucho más agradable subir material nuevo, en serio.
Lo que sea, espero que cuanto haya escrito os haya gustado.
Por cierto, lo del acertijo sigue en pie. Vamos gente, que se supone (NdD: …se supone…) que es fácil…
Curioso relato.. la trama transcurre sin prisas pero entretiene bastante.
En cuanto al acertijo.. he de reconocer que aun con bastante ayuda no he sido capaz de darle respuesta.
Un saludo y como siempre ánimo.