Recuerdo las historias de mi madre que relataban emocionantes aventuras de cuando alguna vez mi abuela encontró un pequeño tesoro bajo un roble, de cuando mi tío abuelo entró de forma inhóspita a una caverna con increíbles estatuillas talladas en mármol, o incluso aún de cuando una tía cuyo nombre no recuerdo obtuvo en obsequio la peineta plateada de una bella y fantasmagórica mujer. Sea cual fuera la historia, todas ellas me hablaban de personas que poco o nada conocí. Ahora vivíamos en una acogedora área montañosa que con sus bosques peculiares completaban el cuadro de una vida de ensueño. Por generaciones, mi familia había vivido cerca del aire puro de las montañas.
Mi vida transcurría dentro de una hermosa casona donde todo mundo parecía siempre estar ocupado en alguna tarea, a mis 11 años, el aprendizaje era algo que agradecía a mi padre quien todas las tardes me dedicaba horas de tutoría para posteriormente permitirme el ir a la cocina donde mi madre acompañada de la cocinera comenzaba a relatarme una nueva historia sobre el hermano de su bisabuelo.
Mi época favorita era el invierno que con su manto helado hacia dormir el lugar bajo la nieve de un blanco puro, nunca me importo mi relativa soledad, siempre encontraba algo en que entretenerme. En una de esas tardes cuando volvía a casa después de jugar con el trineo y con las mejillas sonrojadas por el frio, alcancé a ver entre los arboles la silueta de una mujer con vestimentas inusuales y ligeras como para llevarlas con semejante clima. Aunque se encontraba lejos, alcancé a notar que me miraba y sonreía amablemente para después perderse entre los arboles hacia la cima del monte. Aquella vez no me asusté, simplemente quedé fascinada por la elegancia de aquella persona misteriosa y de cabellos largos que con tranquilidad paseaba jugando con una pañoleta de seda sobre los hombros.
Al contar esto a mi madre, ella sonriendo se acercó a un cofre sobre la cómoda de encino, es curioso que nunca notara la presencia de aquella peculiar caja con decorados de finas conchas. Al abrirlo sacó un hermoso collar hecho con cuentas alusivas al decorado de la caja cuyo principal aditamento era una perla reluciente, la cual ahora adornaba mi cuello después de ser colocado por aquella mujer que tanto amo. Me contó una historia la cual escuche con más cuidado que cualquier otra que me haya contado, no por la felicidad fingida con que lo hizo, si no por la temática que me pareció familiar.
Al otro día, mi padre con la cabeza gacha se acercó a mi cuando me dirigía a su habitación para darles los buenos días, mi madre había muerto, dijo que había estado enferma largo tiempo y que ya suponía que no soportaría este invierno. La verdad es que no le creí, solo recordé en ese momento la última historia.
“Hace tiempo existió una princesa que perdió su reino y amor, lo único que le quedaba era una cajita con recuerdos de cuando era feliz, una vez le fueron robados de a poco y ella prometió que cada vez que un nuevo amanecer surgiera en los ladrones, un anochecer se tomaría”
Me dijo que cuando los devolvieran la princesa en agradecimiento cumpliría un deseo, sin pensarlo dos veces corrí hacia la habitación de mi madre y tomé la cajita para salir afuera olvidando el abrigarme, caminé hacia donde debía ver a la “Dama blanca”, cuando perdía esperanza la observe, con su chalina blanca, mirándome venir aún cuando la nevada comenzaba a arreciar. No pude evitar sonreír, ella caminó adentrándose en dirección a la cima manteniendo aquel elegante porte. Si lograba seguirle hasta la cima ella seguro escucharía mi petición. Desfalleciendo lo conseguí, caí de rodillas a sus pies y rogándole me mantuviera a lado de mi madre le ofrecí el cofre con todos aquellos objetos que en el pasado se le fueran arrebatados por mis antepasados. La “Dama blanca” no permitiría que nadie dañara a mi familia mientras no supiera donde estaba sus tesoros para así mantener la esperanza de recobrarlos, sin embargo cada generación cobraría su precio. En aquella cima con la nieve golpeando mi rostro deje caer la pequeña caja debido a mis manos entorpecidas por el frio, ella abrió la boca musitando algo inaudible para mi y luego sonrió estrechándome en sus brazos, en ese momento me sentí aliviada, ya no tenia frio y por fin estaba a lado de quien yo anhelaba.
Nueva artista en la página en esta época de sequía artística mía (NdD: También conocida eufemísticamente como “época de exámenes”). Espero que os gusten sus escritos y dibujos.