El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura indescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura ya recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredes. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hierro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como una flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.
(José Luis Borges, para una versión del I-Ching)
Lou, con Fu Riong, Frances y Mystia (su daimonion golondrina), ya se estaba cansando de esperar a David cuando por fin lo vio hablando con uno de los bedeles mientras le entregaba las llaves de su habitación y un sobre.
-¡Vamos! –exclamó Lou. –¡El tren no espera!
-No te preocupes –dijo él con voz baja intentando alisarse un poco su despeinado pelo… ¿serían imaginaciones suyas o acaso parecía estar nervioso? –Me conozco un atajo.
-¡Ah, no! –exclamaron tanto Lou como Frances como Diana.
-Hoy vamos por el camino recto, que no tenemos tiempo para tus filigranas –dijo Lou quizá más nervioso que el propio David.
David no respondió y cogió su equipaje para salir andando a toda prisa hacia la calle de la estación, siendo seguido lo más cercanamente posible por sus compañeros de viaje, llegando todos a la estación justo a tiempo pudiendo subir en la hora misma de salida.
Nada más llegar a su habitáculo, Lou se desplomó resoplando sobre su asiento mientras dejaba que David colocara sus equipajes en su sitio.
-Siempre llegas tres horas antes que nadie a clase… –Lou respiró un poco antes de seguir. –¿Qué has hecho para retrasarte tanto?
-Pegarle una paliza a Lukas, romperle un par de costillas, ocultarle en el armario de nuestra habitación y escribir una carta al director para explicar mi conducta diciendo dónde había dejado a ese pobre desgraciado… ya sabes, todo eso lleva su tiempo –respondió con sorna.
-En serio, por favor –dijo Lou sonriendo con gracia pero algo más serio.
-Bueno… tuve “necesidades biológicas realmente imperantes”, nada más.
-Pues para ir al baño no hace falta tomarse tanto tiempo.
-Tanto da ya –dijo Frances, tan cansada como Lou. –Ya estamos en el tren y no creo que haya más problemas para llegar hasta Suiza.
Lou se acomodó como pudo y sacó otra vez el libro que le dio el doctor Clark. Desde que se había enterado de lo de Robert Anstein, había tenido algunas crisis de ansiedad pero gracias a los remedios que en ese libro se describían, aprendió a hacerse unas tisanas la mar de relajantes… cada vez confiaba más en la magia que se describía en ese libro.
-¿A dónde nos dirigimos, pues? –preguntó David a Frances, sentándose tras colocar todo el equipaje. –Decir “Suiza” suena muy genérico.
-Ahora mismo vamos hacia el puerto de Dover desde el que cruzaremos el Canal de la Mancha, hecho lo cual, cogeremos unas cuantas locomotoras más atravesando Francia para al final llegar a Tour-de-Peilz, el pueblo donde vive mi hermano (al final mi padre no me dejó ir a su casa en Berna). Tal vez se encuentre un poco lejos de Lausana pero creo que es la mejor opción para hospedarnos durante este tiempo.
-¿Y cómo es ese Robert?
-Una persona muy inteligente.
-Como Lou, entonces.
-No, ya veo que no me has entendido: He dicho MUY inteligente. Tal vez lo entendáis cuando lo veáis.
Tras tres días de viaje ajetreado y cansado, acabaron llegando a Tour-de-Peilz apenas aguantándose sobre sus piernas.
-¿Y cuántas veces dices que haces este viaje al año? –preguntó David esforzándose en agarrar su maleta.
-Dos veces –respondió Frances tan cansada como los demás. –Una por Navidad y otra durante el verano.
-…empiezo a odiar los trenes… –añadió Lou por lo bajo.
-Pero, en todo caso, ya estamos aquí –dijo Frances adelantándose y yendo hacia una casa cercana a la estación, llamando con fuerza a la puerta.
-Ya va, ya va –se escuchó desde dentro para que, casi al instante, un hombre con cierta edad más que Frances, con pelo blanquecino y gafas, abriera y que, nada más verla, sonrió abiertamente. –Pensaba que tardarías algo más en llegar.
-Es horrible viajar en estos trenes pero al menos son rápidos –dijo ella entrando, cogiéndole su hermano el equipaje. –Podéis entrar –le indicó a los que estaban aún fuera. –Éste de aquí es mi hermano Rinno, el cartero del pueblo, y va a hospedarnos durante el tiempo que haga falta.
Los otros viajeros entraron también y al rato ya estaban sentados descansando los pies en la sala de estar (bueno, tal vez David no).
-¿Tanto cansa llegar hasta aquí? –preguntó Rinno con tono de burla, sacando una cafetera llena.
-Sin bromas, por favor –contestó ella. –Siempre que vengo por aquí llego igual…
-¿No habréis tenido problemas por el camino? He llegado a oír toda clase de cosas desde que ocurrió lo del agujero del norte.
-Aparte de los más de siete controles a lo largo de Francia y Suiza para entrar en este país… –dijo David acomodándose en su butaca. –A veces pienso que la Iglesia está loca.
-¿Por qué la Iglesia? –preguntó Rinno. –No creo que la Iglesia tenga nada que…
-Todas las fuerzas desplegadas son para proteger los centros neurálgicos de la Iglesia frente a ataques de herejes organizados pero yo creo que deberían ser utilizadas para ayudar a las gentes del norte que están sufriendo inundaciones y desequilibrios climáticos por culpa del agujero…
-¿Has estado en el norte?
-Eh… –David dudó antes de responder (al fin de al cabo, todo lo que conocía lo conocía porque lo había visto a través de sus sueños) para al final decir: –No, el compañero aquí presente. Estuvo allí hace relativamente poco.
-Oh, bien, bien –dijo alegremente el hombre. –Por este pueblo apenas llega información del exterior y tienes que ir a las grandes ciudades de alrededor del lago para enterarte de lo que pasa por allá afuera.
-Siempre y cuando no sea la hermana que vive en el extranjero la que te informe –añadió Frances mientras se servía un poco de café en su taza. –Pero basta ya de conversación: Mañana tendremos que salir pronto hacia Lausana y aún tenemos que descansar un poco del viajecito.
Dicho esto, y sosteniendo aún la taza, Frances guió a Lou y a David hacia el desván de la casa, el cual cumplía las funciones de habitación de invitados, y les dejó deshacer su equipaje para seguir hablando con su hermano.
-Y mañana, Anstein –dijo Lou ilusionado. –¿Qué crees que puede contarnos?
-Cosas sobre una dama oscura… –dijo David sacando directamente su pijama para cambiarse de inmediato. –Para más información, vuelva usted mañana.
Tras coger un tren hacia la ciudad de Lausana y, después de patearse más de seis kilómetros a las orillas del lago Léman (cosa que David no despreció en absoluto), a media mañana llegaron a una pulcra mansión de aspecto sencillo, en la cual lo más decorativo era, precisamente, el lago que se veía al fondo.
Justo cuando Frances se disponía a tocar la campana para que alguien les abriera, un hombre salió de la casa, cesando ella su movimiento de inmediato.
El hombre tendría bastante más edad que Frances, probablemente más de sesenta. Estaba calvo pero el poco pelo que aún conservaba mantenía un color castaño muy fuerte y sus ropajes eran elegantes. Su daimonion era una gata montesa atigrada con las orejas redondeadas y las patas traseras bastante más cortas que las delanteras (lo que no quitaba que fuera la mar de mona). Pero si algo había que destacara en él era una especie de bolso redondo de tamaño pequeño tirando a mediano con apariencia muy sólida a pesar de toda la decoración que llevaba, el cual llevaba a la bandolera.
-Dichosos sean los ojos, vieja amiga –saludó nada más llegar a la altura de la puerta y, dirigiéndose a sus compañeros: –Ya veo que habéis llegado perfectamente hasta aquí.
El hombre se dispuso a abrir la puerta y al poco pudieron acceder al jardín.
-¿Cómo os ha ido el viaje? –preguntó el hombre. A pesar de su edad, destilaba vitalidad a través de todos sus poros.
-Teniendo en cuenta la rapidez con la que nos has atendido, supongo que ya lo sabrás, Robert –respondió ella.
-No le pregunto tantas cosas al aletiómetro. Se enfada bastante cuando le hago preguntas tan frívolas.
Minutos más tarde, ya estaban sentados en la sala de estar de esa gran mansión.
-No vives mal del todo –comentó Frances.
-Todo gracias al señor Margatroid. Es un hombre sabio de gran generosidad.
-Sabe apreciar a la gente valiosa…
-En realidad es por su hija –añadió él sin ningún rubor. –Desde que era una simple niñita le ha interesado el funcionamiento de este trasto –dijo levantando ese bolso que llevaba a todas partes. –Puede que en un futuro no muy lejano acabe por heredarlo.
-Tiempo al tiempo, viejo –dijo ella con todo su desparpajo. –Aún te quedan muchos años por delante.
-En fin, aún no me has presentado a nuestros invitados –dijo mirando fijamente a Lou, que se sintió profundamente cohibido.
-Éste de aquí es David Cashner, un buen cliente mío y el que me trajo a Shen Lou, este chico de aquí que supongo estarías esperando impacientemente.
-Así que Lou… ¿oriental, pues?
-No, no… –respondió el intentando apartar la vista de la profunda mirada que le lanzaba el anciano. –Mi padre es chino y mi madre japonesa, pero yo nací en Francia…
-En fin, es evidente que a mí me da igual cuál sea tu origen –dijo él apoyándose en el respaldo de su sillón de orejas. –Podrá aparentar lo contrario pero aquí soy el que menos sabe de tus peripecias por este enorme mundo. Mientras la doncella nos prepara algo para picar, ¿me podrías contar lo que te ha acontecido para llegar hasta aquí?
Y ya, por tercera vez desde que llegó a ese mundo, Lou relató sus idas y venidas por él (cosa que ya empezaba a cansarle).
-…y así –dijo Lou para finalizar, –David también se enteró de todo esto. A partir de aquí imagínese lo que ha pasado.
Lou se tomó un poco de agua para aclararse la garganta mientras el hombre lo miraba con curiosidad, cosa que lo intimidó un poco más.
-…esto… –carraspeó débilmente Lou. –Si no es mucha molestia… ¿nos podría decir qué es lo que le dijo su aletiómetro acerca de lo que está pasando? Para algo hemos venido hasta aquí.
Robert sonrió, como riéndose de algo que los demás no entendían, y sacó el aletiómetro de su bolso. Dentro de él, había una especie de enorme reloj de bolsillo de color dorado en el que se podía ver que tenía cuatro agujas y una gran cantidad de dibujos, símbolos que, en ese momento, Lou no lograba ver bien. Se veía pesado pero Robert lo sostenía con fuerza.
-Ten –dijo pasándoselo a Lou. –Querías verlo, ¿no es así?
Lou, quizá algo más resuelto que antes, cogió el aparato que le ofrecía el anciano y lo empezó a mirar con curiosidad.
-Éste es uno de los siete aletiómetros que quedan en este mundo –dijo Robert. –Lo que tienes entre manos es un auténtico tesoro.
-¿Es cierto lo que me dijo Frances? ¿Eso de que con este aparato se puede saber todo acerca de todo?
-Desde luego, siempre y cuando el Polvo esté de buen humor.
-¿Qué es eso del Polvo? –preguntó David. –Anerues nos dijo que le preguntáramos sobre él.
-¿Anerues? –preguntó el anciano, dándose una palmada en la frente al rato. –¡Ah! ¡El otro hombre! Así que es así como se llama… Perdonad, a mi edad mi memoria… ¿Por qué no se lo preguntas a Lou? Él ya sabe qué es eso del Polvo.
-¿Yo? –preguntó el aludido. –En mi vida he oído…
-¿Cómo llamas a la fuerza ambárica en tu mundo? –interrumpió él.
-…esto… ¿electricidad? –preguntó Lou algo descolocado.
-Exacto. Esto nos lleva a pensar que en tu mundo el Polvo es conocido con otro nombre. A ver, piensa seriamente en ello: Has oído hablar de bastantes cosas acerca del Polvo pero en ningún momento has pensado en relacionarlo con algo de tu propio mundo, ¿no hay algo en tu universo que tenga las características de lo que nosotros llamamos Polvo?
Dicho esto, Robert se volvió a recostar sobre su sillón (por alguna razón le encantaba inclinarse hacia delante una y otra vez) esperando pacientemente a que Lou meditara bien la pregunta, cosa que éste hizo de inmediato… y que al rato hizo que se sacudiera la cabeza algo desconcertado.
-No, no creo… –susurró para sí.
-¡Oh, sí! –exclamó Robert. –Más te vale que creas.
-¿Qué pasa? –preguntó David. –Hace rato que ya me he perdido.
-¿Me está diciendo que este aparatito mide los quants? –preguntó Lou muy sorprendido.
-¿Los qué?
-Los quants –respondió Robert. –Lo que nosotros llamamos Polvo y que en el mundo de Lou se conoce como quants, “materia oscura” o partículas elementales. ¿Te sorprende que por aquí hayamos conseguido crear objetos como éste?
-¿Qué pasa? –volvió a preguntar David.
-Este aparato de aquí es una computadora cuántica –dijo Lou con cara de sorpresa mayúscula. –En mi mundo han estado tratando de construir una desde que se emitió la teoría de que semejante aparato se podía construir… Tal aparato tiene las características que nos describió Frances: Puede calcular lo que pasa, todo lo que ocurrirá y ha pasado sin esfuerzo dando una solución a todo… –y mirando al aletiómetro –…¿pero cómo se maneja?
-No es excesivamente complicado. Si una dama como Yukari Yakumo fue capaz de enseñarme a manejarlo, no creo que tú no puedas.
-¿Conociste a la señora Yakumo? –preguntó Frances extrañada. –Nunca me lo dijiste.
-Bueno, tampoco me preguntaste por ella –dijo Robert riéndose.
-¿Se refiere a la autora de “Mil ojos observan un único multiverso”? –preguntó Lou. –¿Qué es lo que tiene de especial?
-Que muy pocas personas pueden asegurar que han estado en su presencia –contestó Frances. –Algo oí sobre ella cuando buscaba los libros que os mostré sobre el Polvo: Decían que era una auténtica fantasma.
Al oír esto último, Robert estalló en carcajadas.
-¿Qué pasa? –preguntó, un poco molesta, Frances.
Robert siguió riéndose un poco más pero acabó por controlarse al rato para responder:
-No, nada, cosas mías –dijo mientras se limpiaba las lágrimas de la risa que le había dado. –Sí, en principio Yukari es la dama más escurridiza que jamás se ha encontrado la Junta de Oblación: A pesar de su llamativa indumentaria, de su extraña (y tan extraña) compañía, su extravagante comportamiento y de los lacitos que le ponía a todo lo que llevaba encima; a pesar de cómo llamaba la atención, casi nadie ha sido capaz de hablar con ella y ya no digamos de conseguir verla.
-Pero usted sí que lo logró –comentó David.
-Por supuesto, si no ahora no estaríamos hablando de ella… ¡Je! Parecía una niñita mimada pero era imparable en lo que se refería a cultura ¡Sabía de todo! No le hacía falta usar el aletiómetro para saber cuanto pasaba a su alrededor; a cualquier pregunta que se le hacía, sobre cualquier temática, te daba una respuesta correcta…
-Esto me parece haberlo escuchado en otro lugar –comentó David sarcásticamente. –Algo bastante parecido dijo Frances sobre usted.
-Vamos, que era tan inteligente como tú –dijo Frances.
-Tanto no, más, mucho más. Si yo os contara…
CUARENTA AÑOS ATRÁS…
-Señor Anstein, no sé dónde diantre piensa que está –dijo muy serio el profesor Eco. –¿Acaso piensa que en esta facultad puede permitirse el lujo de venir a clase cuando le conviene, de la manera más impropia y encima organizar lo que organiza…? Su beca está pendiendo de un hilo, ¿sabe? No se tolerarán más desórdenes de aquí en adelante y, ya se lo advierto, al siguiente altercado será expulsado de esta facultad.
Robert no pudo ni alzar la voz en contra de las acusaciones que se vertían contra él, todo cuanto pudo hacer fue asentir sumisamente y salir cuando acabó el sermón.
-¿Por qué no te has defendido? –preguntó Yamapikarya, su daimonion, con tono más triste que furioso. –Sabes que no has hecho nada.
-Pero las pruebas de todo lo que ha pasado están en mi habitación… la pintura, los pinceles… sin contar que mi ropa está allí.
-La ropa que te robaron, por supuesto. Debemos descubrir quién ha hecho todo esto antes de que te expulsen.
-Pero…
-Eres el mejor estudiante de todo este Campus y nadie puede hacerte sombra en ningún aspecto. Con ello sabes que puedes tener un futuro más que prometedor siempre y cuando limpies esta mancha que se está extendiendo sobre ti.
-Pero, ¿cómo? –dijo saliendo fuera y encontrándose con que la gente lo miraba mal, cómo no aceptando su presencia y cuando se acercaba un mínimo a otra persona, ésta se apartaba rápidamente de él, como si fuera un apestado. Visto esto, y mientras se ocultaba el sol, volvió velozmente a su habitación en su colegio mayor para evitar la vergüenza de estar entre tantas malas miradas.
Cuando llegó, el sol hacía más de media hora que se había ocultado y el colegio bullía en el comedor… pero él no pensaba cenar ese día: Tenía el estómago demasiado revuelto por culpa del miedo que le causaba la posibilidad de ser expulsado de su apacible y próspera vida…
De repente, una risita le sacó de sus reflexiones.
-¡Ju, ju, ju! Vaya cara que pones, Robert –dijo una mujer que, a la vez que guapa, iba vestida con un largo vestido blanco y violeta y un montón de lacitos rojos que tenía anudados en su ropa, en su cuello, en sus dorados cabellos, en su parasol, en una estola roja que llevaba colgada de ambos brazos… pero si algo había que le llamara la atención, era el extraño daimonion que la acompañaba: Era una especie de mujer tan rubia como su persona, vestida con una túnica conjuntada con una especie de delantal azul cubierto de símbolos, con mangas anchas en las que ocultaba sus manos, un raro gorro con dos puntas en lugar de una y nueve grandes apéndices dorados, como si de colas se trataran, que surgían tras de sí.
Controlándose un poco ante semejante presencia, él respondió:
-¿Cómo sabe mi nombre?
-¿Te preocupas de saber una cosa tan banal cuando lo que realmente te preocupa es que te expulsen de este lugar? –ella volvió a reírse tapando su cara tras un abanico con motivos de mariposas. –Desde el primer momento en que te vi me caíste bien, chico. ¿Qué te parece si nos volvemos a ver mañana? Hoy aún tengo que resolver los problemas de mi alojamiento en esta ciudad así que no podré ayudarte, sin embargo, mañana estoy libre. ¿Te parece bien a las nueve de la noche?
Robert, algo confundo por el desparpajo de esa mujer y por la extraña indumentaria que portaban tanto ella como su daimonion, asintió involuntariamente, cosa a la que ella respondió sonriendo más ampliamente si cabe y tras pasarle una tarjeta, marchó por el pasillo en dirección a las escaleras. Aún afectado por la confusión, Robert miró la tarjetita perfumada que le acababa de dar esa mujer en la que rezaba:
Yukari Yakumo
Adivina
C/ Leonardo, Nº 3
(nunca atiendo hasta después de la puesta de sol)
Segundos más tarde y habiendo leído esto, se dio la vuelta para preguntarle algo pero ella había desaparecido sin dejar ni rastro.
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-¿Qué clase de ser era su daimonion? –preguntó Diana con curiosidad.
-Ni aún yo tengo la menor idea de qué diantre era exactamente –contestó Yamapikarya. –Casi nunca hablaba y parecía haber estado sometida a una profunda disciplina desde que nació pero parecía que eso era lo que más le gustaba. No parecía llevarse mal con su persona, más bien todo lo contrario…
-¡Ejem! –carraspeó fuertemente Robert.
-¿Qué? –preguntó Yamapikarya extrañada, dándose cuenta al segundo de su fallo. –¡Oh, claro!
-¿Qué pasa? –preguntó David, quizá algo distraído de la conversación.
-Nada, realmente –contestó Robert. –Resulta que esa “daimonion” no era tal. Podría ser cualquier cosa pero un daimonion, no.
-¿Entonces…?
-¿Cómo decía ella que se llamaba? –preguntó Robert intentando hacer memoria.
-Me parece que se refería a sí misma como una shikigami.
-¿Shikigami? –preguntaron tanto Lou como David sorprendidos. –¿Está de guasa?
-¿Qué es un shikigami? –preguntó Frances algo perdida.
-Básicamente es un espíritu invocado de otro mundo –respondió Lou. –No es que haya leído mucho sobre ellos pero, aparte de que sólo son una leyenda, no creo que esos espíritus pudieran tener un cuerpo físico completo en este universo sino tan sólo un cuerpo de papel que los contuviera. Son criaturas de leyenda de los países orientales.
-Pues nosotros dos tuvimos a esa criatura con nosotros mucho más tiempo del que imaginaríamos… –comentó Yamapikarya.
-Ya sé que sonará a tontería –dijo David al ver que nadie decía nada –pero, ¿acudió usted a la noche siguiente? Quiero decir…
-No, no es tan tonta la pregunta y entiendo lo que quieres decir –contestó el anciano. –Lo cierto es que dudé mucho durante esa noche y el día siguiente antes de aceptar la oferta pero, al ver que en el campus la hostilidad hacia mí se acrecentaba por momentos, decidí huir temporalmente de mi colegio mayor y aceptar lo que me diría esa extraña mujer…
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Robert iba avanzando con cautela por esa barriada fantasma… muchas cosas había oído hablar sobre la zona este de la ciudad y ahora estaba empezando a creerse todas las leyendas urbanas que pululaban por ahí acerca de todos los fantasmas que vivían allí. Sin embargo, justo cuando se ponía el sol, llegó a la calle Leonardo y contempló ante sí esa larga avenida de mansiones venidas a menos, de jardines mustios y deslucidos, de rejas oxidadas y hojas otoñales caídas que nadie iba a recoger… Todo lo fantasmagórico de ese lugar se acrecentaba hasta cotas inimaginables dentro de la mente de Robert.
Al rato de paseo, llegó hasta el Nº 3 y vio ante sí una reja que le esperaba abierta y una larga escalinata que llevaba hasta una ruinosa mansión.
-No… no tienes porque ir –dijo Yamapikarya algo aterrada por el lugar. –Mejor volvamos…
-Esto no es mucho peor que quedarse en medio de toda esa gente que me trata como un simple gamberro –contestó él con algo más de decisión pero tan aterrado como su daimonion. –Vayamos a ver qué es lo que nos espera…
Así pues, cruzó la reja de entrada y subió, con más o menos buen paso, las escaleras que le separaban de la entrada de la casa. Y al llegar, se encontró con la lacónica daimonion de la mujer esperándole a la entrada.
-Sígame, por favor –dijo ella con una voz un poco más animada de lo que aparentaba su cara. –La señora Yukari le atenderá enseguida.
-¿Por qué la llamará señora? –preguntó Yamapikarya extrañada en un susurro. –¿Y dónde está ella?
-Paciencia, por favor –respondió su guía. –Todo cuanto necesiten saber lo responderá mi señora.
Así pues, cruzaron el desgastado portón de la casa y por poco no se quedaron con la boca abierta al ver la lujosa mansión en la que se acababan de introducir: No era un experto en arquitectura pero ese estilo de decoración era nativo de las tierras más orientales del mundo con grandes y largos pasillos de madera, con puertas correderas hechas a base de madera y papel, decoradas finamente con motivos florales y adornadas por unos escasos muebles, coronados por jarrones con delicadas composiciones florales. Si bien el aspecto que presentaba el lugar era de una angostura y oscuridad creciente, a medida que se adentraban en ese largo pasillo de múltiples bifurcaciones, se destilaba un calorcillo realmente agradable en ese lugar, una sensación de comodidad poco común para el sorprendido y maravillado Robert que miraba medio extasiado cuanto podía observar.
-Disculpe que le haga esperar –dijo la guía abriendo una de las puertas correderas, mostrando una sala decorada con un gusto mucho más occidental, mostrando una enorme biblioteca con un ventanal con vistas al patio de la casa, en el que se podía observar el jardín interior, lleno de cipreses que apuntaban directamente hacia la luna en estado creciente. –Póngase cómodo y espere a que la señora se encuentre un poco más… –la mujer calló para buscar la palabra –activa. Hasta entonces, por favor, tenga paciencia.
Robert obedeció entrando dentro de la biblioteca y empezó a curiosear un poco entre las librerías que allí había, observando la colección de libros que tenía la señora Yakumo. Al rato de buscar, encontró una estantería en la que había expuestos gran cantidad de tomos dedicados a teología experimental, la materia que estaba estudiando en ese momento, cosa que lo alegró sobremanera pues algunos de esos hacía siglos que no los encontraba en la biblioteca de la facultad. Así pues, cogió uno para pasar el rato hasta que llegara su anfitriona. Fue andando tranquilamente hacia las mesas del piso superior el cual tenía mejores vistas sobre el jardín y allí se encontró con otra presencia: Una niña de unos diez años vestida con un vestido rojo y un gorro verde claro que le cubría el pelo estaba leyendo a la luz de una vela, algo absorta de quién la estaba mirando en ese momento pero, al segundo de observarle él, se giró súbitamente, pareció asustarse y, para antes de que él se hubiera dado cuenta, la niña se había levantado, había salido corriendo a toda velocidad hacia él; había saltado por encima de la barandilla, cayendo desde más de tres metros de altura y había cruzado la puerta de la entrada… todo ello en menos tiempo que tenía Robert para pensar o decir nada.
-¡Chen! –se escuchó exclamar a la daimonion de Yukari desde el pasillo. –¡Cuantas veces te he dicho que no debes correr por los pasillos! –un segundo después, apareció tras la puerta suspirando a la vez que sonreía. –La señora Yukari ya está despierta –anunció. –¿Puede hacerme el favor de seguirme?
Robert bajó de inmediato y, tras dejar el libro que había cogido en su sitio, siguió a su guía otra vez por los largos pasillos de esa enorme mansión llegando, al poco a lo que parecía ser la habitación de Yukari Yakumo, una habitación tirando a muy sencilla salvo por el detalle de los lacitos rojos que había colocado en los pomos del armario, en las patas de la mesa, en la percha y en la mayor parte de sus enseres de peinado. En ese momento ella se estaba alisando el pelo con un cepillo, el cual dejó a un lado cuando vio a Robert entrar. La daimonion / sirvienta se retiró a una esquina y se arrodilló lo más cómodamente que pudo, a la espera.
-Buenas noches, señor Robert –saludó. Él se fijó en que llevaba exactamente la misma ropa que el día anterior, incluida la estola (no entendía para qué la llevaba dentro de casa…). –Veo que al final quiso venir. Siéntese, por favor.
-Ya… supongo que ya lo sabía –dijo con tono sarcástico, al tiempo que se sentaba y sacaba la tarjeta que le dio, señalando lo de “adivina” a lo cual ella respondió con una sonrisa (lo cierto es que esa mujer nunca dejaba de sonreír…).
-No hace falta ser adivina para saber lo que le está pasando: Pintadas ilegales, acusaciones de vandalismo, de palizas y de faltas a clase sin justificar… ¿acierto si digo que hoy ha huido por culpa de la presión que ejercen sus compañeros sobre usted?
Robert, probablemente confundido por el trato de usted que le daba la señora Yakumo tardó un poco en contestar:
-…así es… pero…
-Pero no has sido tú, ya lo sé –interrumpió ella, cambiando el registro para no incomodar a su invitado. –Hay gente que tiene mucha envidia, ¿sabes? Gente bastante miserable que te acusa para hundirte y que no puedas pisarla en un futuro…
-…ergo, usted me va a indicar quienes son y así podré acusarles diciendo que una adivina me ha advertido leyendo las intenciones de los hados –interrumpió esta vez él, muy escépticamente. –Dice que me conoce pero yo no soy de las personas que creen en esas cosas.
Yukari, sonriendo más si cabe, se quitó su estola y la colocó sobre la mesa, extendiéndola con suavidad dejándola con una forma ovalada sobre la mesa por los dos lazos que la decoraban. Hecho esto, hizo una pequeña rascadura sobre la superficie de la tela y entonces… apareció un ojo. Y no acabó ahí: De toda la estola empezaron a surgir más y más ojos que observaban con curiosidad al entre escéptico y aterrorizado visitante, pestañeando sobre la roja tela.
-He aquí mi pequeña bola de cristal –dijo Yukari. –Con esto soy capaz de ver muchas cosas, cosas tanto importantes como banales, tan necesarias como innecesarias pero que sólo yo puedo llegar a saber.
-¿Qué… qué es esto? –preguntó él espantado.
-Tranquilízate, que no le va a comer –dijo ella riendo suavemente. –Tócalo y verás que es real a la vez que inofensivo.
Robert extendió la mano, algo temeroso y tocó, con cuidado de ni rozar los ojos, la etérea tela de esa estola.
-¡Vamos, un poco más de valor! –exclamó ella graciosa, surgiendo, de repente, un brazo de entre los ojos, agarrándole la muñeca y metiéndole la mano dentro del profundo agujero que era esa estola, a lo cual él chilló aterrorizado, intentando zafarse como bien pudiera del fuerte abrazo de esa mano, la cual le soltó poco después para que sacara el brazo de esa… “cosa”.
-¿¡Pero qué clase de brujería es ésta!? –exclamó el llevándose la otra mano al brazo, como comprobando si aún lo tenía, acercándose a la salida.
-Hágame el favor de no marcharse –pidió Yukari. Robert se quedó paralizado en el sitio, más que por la petición, por la expresión de la cara de la dama: A pesar de no haber dejado ni un instante de sonreír, ahora parecía algo más tensa, no sabiendo él si como amenaza o por miedo. –Ya se lo dije: No pretendo hacerle daño, tan sólo mostrarle mi raro poder.
Robert, aún paralizado del miedo, miró a la daimonion de Yukari la cual estaba mirándolo fijamente, como a punto de saltar sobre él… Todo esto le daba muy mala espina por lo que sopesó las posibilidades que tendría si llegara a darse el caso de que tuviera que pelear contra esas dos para escapar de esa mansión… pero Yamapikarya se adelantó a sus reflexiones, saltando sobre la silla y luego sobre la mesa para acercarse sin temor a la “estola” de Yukari para olisquearla y tocarla con sus zarpas.
-No te preocupes –dijo la gata después de examinarla con más curiosidad que detenimiento. –No sé qué es esto pero no me parece peligroso.
-Vaya… un daimonion valiente –comentó Yukari recuperando la calma al ver como, aunque tenso, Robert se volvía a sentar.
-Sin bromas, ¿qué es esto? –preguntó él intentando parecer estar seguro de sí mismo.
-Un agujero –respondió sencillamente ella esbozando su amplia sonrisa.
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-¿Un agujero? –preguntó Frances con escepticismo encarando una ceja sobre la otra.
-¡Y menudo agujero! –rió Robert. –Ni aún hoy el aletiómetro me ha podido responder claramente qué era eso pero, por el cielo que servía para lo que decía ella.
-Aún tardó un par de días en olvidar su “primer encuentro” –dijo riéndose Yamapikarya. –Aún recuerdo los saltos que pegaba este viejo cuando Yukari le acercaba esa estola (lo cierto es que ni aún hoy sé si lo hacía aposta o por accidente).
-¿Es que volvió en días siguientes? –preguntó David.
-No exactamente –respondió Robert. –Más bien, me quedé a vivir con ella.
-¿Cómo?
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-¿Cómo? –preguntó Robert la noche siguiente. Tras lo que había visto la noche anterior, decidió volver, más que por curiosidad, por la cara de tensión que puso Yukari cuando intentó marcharse. Algo había en esa mirada que no acababa de encajarle.
-Sí, quédate conmigo un tiempo –dijo Yukari apoyando su cabeza sobre sus manos. –Hay muchas cosas que quisiera enseñarte.
-¿Tarot reflexología y adivinación? Mejor que no.
-¡Ay, chico! ¡Qué corto que resultas algunas veces! Tú estudias teología experimental, ¿no? Pues es eso exactamente lo que te enseñaré. No todo lo que es reconocido como científico tiene que parecerlo.
Yukari guió a Robert por la casa hasta llegar de nuevo a la biblioteca donde se volvió a encontrar con la niña del día anterior, la cual volvió a marcharse con la misma celeridad.
-¿Es su hija? –preguntó él, viendo como se alejaba por el pasillo.
-No, podríamos decir que es más hija de Ran que mía –dijo ella mientras emitía una leve risita. –A veces la mima demasiado pero cumple bien su papel.
-¿Ran es… su daimonion?
-No, es mi shikigami. La invoqué hace ya mucho… ya he perdido la cuenta de los años, la verdad.
-¿Entonces su daimonion…? –preguntó él, tragándose la pregunta de qué diantre era eso del “shikigami”.
-No tengo, al menos de forma visible –respondió ella sin más, casi aparentando que el tema le aburría sobremanera. –No hace mucho que he entrado en contacto con semejantes criaturas (tranquila, no te estoy insultando) –le comentó a Yamapikarya con voz queda, –pero algo oí de ellas hace ya muchos años. En todo caso, el que no me lo veas no es algo que deba preocuparte.
La eterna sonrisa de esa mujer le hizo olvidar todas las preguntas que en ese momento le rondaban la cabeza por lo que se centró mejor en lo que estaba haciendo ella en ese momento.
-Mira este libro –dijo ella sacando un pequeño libro de entre un montón de enormes volúmenes: “Mil ojos observan un único multiverso”. –Lo escribí hace bastante poco viendo que podría serte de alguna utilidad para lo que quiero enseñarte.
Cuando él leyó el título, inmediatamente se le vino a la cabeza la imagen de aquella aterradora estola que ella siempre llevaba a todas partes pero intentó no manifestar nada para no desagradar a tan amable mujer.
-¿Qué aspecto de la teología experimental trata? –preguntó él llevando su mano hacia el libro que ella le ofrecía.
-Las partículas elementales, lo que en este mundo es conocido como “Polvo”.
Cuando Robert escuchó la última palabra, su mano salió disparada hacia atrás como un ensalmo, casi como si el libro quemara.
-¿¡Pero es que está loca!? –exclamó él. –Ese tipo de investigaciones están prohibidas por…
-…la iglesia desde el Concilio de Malta que no sé qué y no sé cuánto más… Por favor, no me repitas cosas tan obvias. Sé perfectamente que es un tema tabú.
-¿Entonces por qué…?
-Vivo del Polvo –respondió ella antes de que terminara la pregunta.
-¿Dice que gracias a él puede ver el futuro?
-No, yo no puedo ver el futuro, sólo puedo deducir qué puede depararnos el destino, nada más pero, sí, es el Polvo el que me permite hacerlo. Sin el Polvo, este amigo de aquí –dijo alzando su estola –no podría tener acceso a otros mundos, pero la cosa no acaba ahí: Sin Polvo, tú no serías tú, serías un pelele sin personalidad, serías un humano sin daimonion y todo lo que ocurriera en el universo carecería de sentido.
-¿Cómo? –preguntó él levantando la ceja más escéptico que nunca.
-Así son las cosas, créeme. En todo caso, sé que esta es una materia que te interesa desde hace mucho, ¿cierto?
-Bueno… –dijo mirando más detenidamente el pequeño librito. –Es innegable que hace ya algún tiempo me interesó esta materia…
-Pero nunca ha dejado de gustarte a pesar de las presiones por parte de tus profesores, de los párrocos e incluso de los que antes llamabas amigos –Yukari hizo una pequeña pausa en su frase y dijo: –Te haré una proposición: Léete este libro y, si no te convence lo que en él se te dice, me marcharé y no volveré a molestarte en toda tu vida. Sin embargo, si te interesa esto, será evidente que te interesa cuanto quiero explicarte y podrás quedarte a vivir en esta casa hasta que hayas aprendido todo lo que necesites saber para poder desenvolverte tú solo a partir de entonces.
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-Fue la única vez que la vi seria de verdad –dijo Robert. –Y noté perfectamente como odiaba estar manteniendo esa actitud.
-Por lo que notamos de ella –dijo Yamapikarya –todas sus sonrisas eran reales, nunca las forzaba.
-Un encanto, vamos. No me pude negar a considerar su oferta (¿quién hubiera podido?) así que esa noche me quedé en esa casa.
-Y no volvimos a salir hasta dos años después –rió su daimonion.
-Todo por leerme este librito –dijo sacando un ejemplar de “Mil ojos observan un único multiverso”. –Parece corto pero tiene la letra horriblemente diminuta por lo que no es un libro que convenga leer con prisas. Yukari escribió este libro para que fuera mejor leerlo con detenimiento en lugar que deprisa y mal. En él explica, con una prosa casi perfecta, aspectos básicos de la naturaleza del Polvo.
-Nos pasamos nueve horas seguidas leyéndonos ese libro, sin un solo descanso… En nuestra vida jamás habíamos tenido una lectura tan absorbente como ésa.
-A cada minuto que pasaba, yo aprendía algo nuevo, cosas que jamás habría pensado que fueran así… pero con un poco de mi típico escepticismo. Antes de darnos cuenta, habíamos terminado el libro y hacía más de una hora que había amanecido. Fue entonces cuando le comunicamos a Ran, que no había abandonado la biblioteca en todo ese tiempo, que aceptábamos la propuesta de su señora.
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-Mi señora la está esperando, despierte por favor –pidió Ran a Robert el cual se levantó de inmediato.
“Otra noche…” se dijo para sus adentros mirando por la ventana de su habitación. “¿Por qué sólo de noche?”
Robert llevaba ya más de tres semanas en casa de Yukari y no se podía quejar del trato que estaba recibiendo pero aún no se había acostumbrado del todo a las sesiones nocturnas a las que le sometía Yukari. En todo el tiempo que llevaba allí, ni durante un segundo había visto a la señora de la mansión estar expuesta a la luz del sol: Siempre estaba en las sombras. Eso sí, siempre y cuando no estuviera durmiendo pues esa mujer era capaz de dormir más de quince horas seguidas apoyándose en cualquier cosa (incluso creyó verla dormir una vez de pie en medio del pasillo cuando él se volvía a su habitación después de una larga jornada de trabajo).
Robert apartó su pesado edredón y se vistió rápidamente. Tras adecentarse un poco y recoger a su dormida daimonion del colchón, se dirigió hacia la biblioteca a encontrarse con su maestra a la cual se encontró esperándole al tiempo que sostenía algo en la mano: Era una especie de reloj de bolsillo de grandes proporciones, de color dorado en cuya esfera se podían ver cuatro agujas y una multitud de símbolos.
-Buenas noches –saludó ella dirigiéndose grácilmente a él moviendo con suavidad su largo vestido blanco y violeta. –Tengo un pequeño regalo para ti –dijo pasándole el extraño objeto.
Robert lo cogió y lo miró con curiosidad pero acabó por preguntar:
-¿Qué es esto?
-¿Has oído hablar alguna vez de un objeto llamado “aletiómetro”?
-¿Esto es un aletiómetro? –preguntó él con cierta sorpresa pero sin demasiada pasión (de sorpresas, Yukari ya le tenía curado de espanto). –¿De dónde lo ha sacado? Hace tiempo había oído que los habían destruido todos.
Yukari contestó alzando su estola con ambas manos, a la cual él ya había logrado acostumbrarse, y a través de ella logró vislumbrar un papel en el que había una larga lista de nombres el cual estaba sobre un bureau.
Esa estola era lo que utilizaba Yukari para ver más allá de sí misma, tal como si fuera su bola de cristal (una bola de cristal muy viva). Podía hacerla aparecer donde quisiera, aunque casi siempre la tenía colgando de sus brazos. Pero, lo más llamativo de esa estola era precisamente que era un “agujero”, un túnel que permitía acceder a otros lugares, a otras dimensiones de la realidad, controlado por la voluntad de su dueña.
Sin temor aparente, Robert extendió la mano y cogió susodicho papel para pasar a leerlo con detenimiento.
-“Lionel Smith, eliminado”; “Maximilian Eisendorf, en paradero desconocido”; “Paulo Oporto, localizado a la espera de órdenes”… –leyó él en esa lista en la que figuraban una veintena de nombres. Tras fijarse un poco, miró un poco el encabezamiento y, tras deducir que eso estaba escrito en germano, pudo deducir qué decía más o menos. –¿Es una lista de dueños de aletiómetros?
-No dejas pasar una –dijo ella dirigiéndose a su sillón favorito desde el cual dirigía todas sus lecciones. –Sí, eso es lo que es. Como bien has podido ver, hay más de siete aletiómetros perdidos o desaparecidos. El que tú tienes en tus manos es uno de ellos, el que perteneció a Maximilian Eisendorf.
-¿Ha muerto?
-Lo han asesinado –dijo ella sin tapujos. –Ésa no es una lista de control, es una lista de ejecuciones. Si en algo aprecias tu cuello, a partir de ahora disimularía un poco el aparato.
-Descuide… –dijo algo turbado al ver que le habían regalado un objeto de tanto valor. –De todas formas, aunque aprecio su regalo, no sé para qué me lo ha dado si no soy capaz de descifrar sus símbolos.
-Bueno, para eso estás aquí. A partir de hoy alternaremos la investigación del Polvo con el manejo del aletiómetro. Conociéndote, no te será muy complicado encontrar aquí una buena base para tu formación. A partir de ahí, con ese aparatito serás capaz de hacer predicciones que podrán ayudarte a desenvolverte mejor por este mundo en el futuro.
Robert no añadió nada más y se sentó en una butaca para ponerse a la escucha como hacía todas las noches. Las lecciones de Yukari siempre eran orales pero dictadas con tal vehemencia que no hacía falta apunte alguno para recordar bien cuanto decía… siempre y cuando no se quedara dormida en medio de sus explicaciones. Sus lecciones, aunque largas, nunca se hacían excesivamente pesadas y, cuando ella notaba que caía en ese defecto, llamaba a Ran para que preparara algo que comer para dejar descansar a su invitado.
Ran, a diferencia que su ama y señora, casi siempre estaba seria y, a ser posible, casi invisible (más de una vez él se la había encontrado saliendo casi de la nada sin hacer el más mínimo ruido con sus pasos). A pesar de eso, era muy servicial y siempre cumplía a rajatabla cuanto le ordenaba Yukari (en realidad, ésta sólo “sugería”). En cuanto a su naturaleza, no era humana, eso ya se notaba nada más verle las nueve colas que tenía tras de sí, pero Robert tuvo que acabar reconociendo que tampoco era una daimonion. Aparte de las colas, en ella llamaban la atención sus manos, que siempre que podía llevaba ocultas dentro de sus anchas mangas, las cuales eran muy grandes para la media humana, con largas uñas y vellos excesivamente desarrollados pareciéndose más a unas garras que a unas manos femeninas; y su cabeza: Ese extraño gorro de dos puntas que siempre llevaba no era tal sino un orejero que ocultaba dos saltonas y doradas orejas de zorro.
Esa noche, tras más de cuatro horas de explicación incansable (a Yukari nunca parecía secársele la boca dando a entender que posiblemente no era una novata en lo que refería a la oratoria), Yukari llamó a Ran para que fuera preparando el almuerzo (teniendo en cuenta cómo era el paso del tiempo en esa casa, las horas de las comidas eran las horas nocturnas correspondientes a las diurnas) hecho lo cual, guió a su invitado por los pasillos hasta el comedor en donde le dejó descansar de su larga disertación, retirándose junto a la ventana desde la que se podía ver la calle Leonardo en toda su decadencia (Robert no entendía cómo podía gustarle semejante vecindario (aunque vecinos vecinos, lo que se dice vecinos, aparte de los gatos callejeros y las ratas que pululaban por la zona, no tenía muchos)).
Unos minutos después, mientras Robert leía un libro junto a la chimenea, vio entrar a Chen con los cubiertos, dispuesta a ayudar a Ran en su trabajo.
Esa niña, una auténtica monada, tenía rasgos animales como Ran, en su caso, gatunos: Largas uñas, dientes más afilados de lo normal, orejas de gato y… ¿dos colas? Su comportamiento también se asemejaba con el del animal al que se parecía, imitando algunas veces su comportamiento (¿cuántas veces no se la encontró ronroneando apoyada en Ran?). Por lo que había deducido de las palabras de Yukari, Chen no era una shikigami suya sino de Ran por lo que el hecho de que la niña le obedeciera se basaba tan sólo en un respeto de ésta al comportamiento de su invocadora. Además había notado que la relación entre las dos shikigamis era más parecida a la de una madre y una hija más que a la de una ama y una esclava (más o menos, esto era lo que entendía Robert sobre el comportamiento de los shikigamis).
No era capaz de entender demasiado de dónde y cómo diantre habían salido semejantes seres pero tampoco le importaba demasiado: No le molestaban para nada (más bien todo lo contrario) y él no se metía en sus vidas. Sin embargo, tampoco se llevaban tan mal como para estar ignorándose todo el tiempo por lo que, con el tiempo que llevaban juntos, habían empezado a acercarse unos a otros, iniciando pequeñas charlas amistosas (al menos ahora, Chen no huía de él cada vez que le veía acercarse) con lo que pudo reafirmar sus sospechas sobre cómo se llevaban Ran y Chen: Ran pensaba que Chen era la más bella criaturilla sobre la faz de la tierra, apenas pudiendo negarse a ninguno de sus caprichos, acudiendo en su ayuda a cada pequeño percance que tenía y esforzándose en que la niña no perdiera la sonrisa; mientras que Chen pensaba que “su señora” era el ser más fuerte que había pisado jamás esa tierra “si no contamos el poder que tiene la señora Yukari”, solía añadir ella. Respetaba cuanto decía Ran y, a consecuencia de ello, obedecía ciegamente a Yukari, alegrándose sobremanera cuando cualquiera de las dos le dirigía algún elogio.
Cuando Chen terminó de colocar los platos y los cubiertos, hizo una pequeña reverencia y se retiró tan rápida como silenciosamente, probablemente yendo a ayudar a Ran a traer la comida.
Mientras llegaba, Robert aprovechó para fijarse un poco en el aletiómetro que le había dado Yukari. Gracias a la charla de esa noche, ya sabía de él que lo llamaban “lector de símbolos” y que a partir de esos símbolos se podían conocer toda clase de cosas que se le preguntaran. El primer paso era señalar algún aspecto de la pregunta con las tres agujas así que empezó a girar las ruedas hasta señalar tres símbolos: La vela, refiriéndose a Yukari como su maestra, como la luz que le guiaba; la luna, refiriéndose a Yukari como alguien extraña y lejana pero a la vez llamativa y el sol, refiriéndose a su verdad, a lo que ella era. Hecho esto y, siguiendo las sencillas instrucciones que le dio Yukari, se concentró e intentó alejar cuanto pensamiento cruzara su mente salvo uno: “¿Quién es Yukari Yakumo?”. Tras un buen rato ignorando cuanto ocurría a su alrededor, pensando tan sólo en esa pregunta, la aguja fina empezó a moverse, cosa que no hizo que él perdiera la concentración, esperando pacientemente a que el aletiómetro terminara de dibujar su mensaje: Primero, la aguja se paró durante más de diez segundos sobre el alfa y el omega para luego pasar rápidamente hacia la imagen de la Virgen y, al final, se movió suavemente (más bien, lentamente) hacia la imagen del reloj de arena, hecho lo cual, no volvió a moverse.
-¡Señor, señor! –llamó Chen tirándole de una manga. –La comida ya está.
Robert se asustó un poco por no haberla visto ni entrar pero no dijo nada, dirigiéndose de inmediato a la mesa para comer, eso sí, sin olvidar los símbolos que le había señalado el aletiómetro.
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-¿Y qué querían decir esos símbolos? –preguntó David con curiosidad.
-El Alfa y Omega es un símbolo que significa “destino” o “eternidad”, el Reloj quiere decir “tiempo”, “cambio” o “muerte” y, por último, la Virgen es la “feminidad”, la “adoración”, la “maternidad”… Intentad adivinar qué quería decirme el aletiómetro –dijo sonriendo él esperando una respuesta.
-¿Esa mujer estaba predestinada a darte un hijo muerto? –preguntó dudando Frances.
-No, no es algo tan macabro.
-¿Era una diosa predestinada a morir? –preguntó Lou.
-Tampoco hace falta que exageres tanto…
-Era una fantasma –dijo firmemente David a cuya respuesta le siguió una sorprendida mirada de Robert.
-Exacto… –dijo lentamente. –Exactamente eso. Ella no era ni más ni menos que una fantasma. Tardé mis buenos cuatro años en interpretar bien esa primera revelación pero para entonces, Yukari ya se había marchado. Ya sé que el hecho de que tuviera cuerpo es algo bastante insólito pero, ya se sabe, no todo funciona igual en todos los mundos.
-No hace falta que lo asegure… –comentó Lou.
-¿Le preguntó al aletiómetro por qué Yukari se fijó en usted? –preguntó David.
-No, no hubo necesidad –contestó Robert. –Fue ella misma la que me dijo la razón.
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Y pasaron las semanas…
En todo ese tiempo, Robert no había salido ni una sola vez de esa mansión, cosa que, sin embargo, no le molestaba demasiado a él ni tampoco parecía molestar a Yukari. Todo cuanto hacía era escuchar y aprender continuamente, día tras día, sin descanso…
-Eres una persona muy paciente –comentó un día Yukari.
-“El saber no ocupa lugar” se suele decir, sin embargo lleva su tiempo –fue la respuesta del hombre. –Si quiero aprender cuanto usted desea enseñarme, debo ser paciente. Además, es mucho mejor quedarme aquí que volver a la universidad –dijo dejando de observar el movimiento de la aguja del aletiómetro. –Si lo que me cuenta este aparatito es cierto, más me valdría no volverme por allí en mucho tiempo.
-¿Le has preguntado al aletiómetro quién te está acusando? –preguntó ella con mucha curiosidad, inclinándose hacia delante para escuchar mejor la respuesta.
-No me malinterprete, no es que no sepa leer el aletiómetro, sólo que no se lo he preguntado ni tengo interés en hacerlo.
-Ah… claro… –dijo ella sonriendo ampliamente.
Robert generalmente no aguantaba que adoptara esa actitud de aparente desconfianza (sólo aparente) pues normalmente le instaba a seguir contestando, cosa que así hizo:
-No voy a ir diciendo por ahí que supe quién ha sido el verdadero culpable leyendo un aletiómetro: Se me echaría la Junta de Oblación encima.
-Por supuesto… –Yukari siguió con esa maliciosa sonrisilla.
-Además, ya no se puede hacer nada –insistió él. –Aunque lo atrapara y probara lo que hizo, mi reputación ya está más que rota desde que desaparecí del campus.
-No me digas… –Yukari levantó una de sus cejas aparentando sorpresa, pero era un movimiento tan falso que Robert se exasperó.
-¡¡Pero bueno, Yukari!! ¡¡Sabes que tengo razón!! ¡¡No me sigas con esa cara!!
Tanto Ran como Chen, que estaban en ese preciso momento en la biblioteca, se pararon en seco y miraron con sorpresa (más bien con algo de terror) a Robert, el cual enmudeció al darse cuenta de qué había hecho.
Yukari, había levantado las dos cejas, esta vez mostrando sorpresa real pero sin dejar de sonreír, pasando al rato soltar una carcajada, cosa que extrañó a todos los de la biblioteca.
-¡Ay, chaval! Eres la primera persona que me grita en toda mi vida… Al menos es agradable ver como empiezas a tutearme un poco –dijo estirando su boca con una amplísima sonrisa al tiempo que tanto Ran como Chen suspiraban aliviadas por algo que Robert no llegaba a comprender. –Eres una persona de buen corazón. He conocido a muchos hombres cuya primera pregunta habría sido “¿quién ha sido el que me ha hecho esto?” pero tú eres el primero que no piensa así. Me hace gracia ver cómo eres capaz de renunciar a tus impulsos más primarios sólo para estar en paz contigo mismo.
-“La venganza es un plato que se sirve frío” se suele decir –dijo Robert recuperando el habla. –Daría igual qué hiciera: Me sentiría mal haciendo lo mismo que ellos trataban de hacer conmigo.
-Entonces sirvamos caliente el plato –dijo dejando colgar su estola delante de ella, metiendo la mano dentro del agujero y sacando al instante a un hombre en pijama, con su daimonion marta enrollado en su cuello, con una fuerza que no parecía corresponderse con la talla de esa mujer.
El hombre se despertó nada más caer sobre el suelo de madera de la biblioteca, quejándose por la caída que había sufrido, probablemente pensando que en realidad se había caído de la cama. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que eso no era así y miró a su alrededor.
-¿Dónde…? –preguntó lentamente a su alrededor fijando su vista sobre Robert. –¿Anstein? ¿Dónde estoy? ¿Qué has hecho?
-Aquí tienes a tu gamberro –anunció Yukari limpiándose con un pañuelo la mano con la que había agarrado al joven. –A partir de aquí, te dejo hacer lo que quieras con él.
Robert se fijó un poco en la cara del despeinado hombre y no tardó en decir su nombre:
-Adolf… no me esperaba esto de ti.
-¿Qué está pasando aquí? –dijo el aludido arrastrándose con miedo hacia la salida.
-Así que fuiste tú el que pintó de rojo los cristales de la planta baja de la facultad, el que me robó mi uniforme, el que pegó una paliza a ese profesor dejando mi chaqueta atrás… Así que eras tú… ¿Tanto te molestaba ser el segundo de la clase?
-…no… no sé de qué me estás hablando –dijo Adolf paralizándose de miedo.
-Sí que lo sabes –acusó Yukari, sorprendiendo a Adolf y dejando su estola colgada de una de sus manos, la cual se extendió y ensanchó hasta tener una forma ovalada de bastante envergadura, como si fuera un ojo enorme, hecho lo cual, cambió su normal color rojo por ese espantoso (a los ojos de Adolf) estampado de ojos para luego pasar a mostrar una imagen nítida, en la que se veía a ese joven lanzar cubos de pintura dejando una cartera entre los arbustos del lugar. Tras eso, apareció otra imagen en la que un enmascarado (probablemente Adolf, que tenía sus mismas proporciones) golpeaba enfurecidamente a un hombre mayor, el cual, en el forcejeo, le arrancó media chaqueta. –¿Cómo lo decís vosotros? ¿”El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”? Robert, haz lo que quieras con él.
Adolf, aterrorizado, se levantó a toda velocidad y salió golpeando la puerta de la biblioteca.
-Pero qué predecibles que sois… –dijo Yukari cogiendo los bordes de su estola con el dedo índice y pulgar de su mano derecha, “cerrando” el agujero, haciéndolo desaparecer de entre sus manos. De inmediato, la estola volvió a aparecer delante de la puerta de la biblioteca, atravesándola Adolf y volviendo él a entrar en la biblioteca tal como si hubiera atravesado un espejo y lo que hubiera salido fuera su reflejo. Cuando se dio cuenta de dónde estaba, se volvió a dar la vuelta pero, esta vez, la estola se volvió roja otra vez y una maraña de brazos surgió del otro lado del agujero, los cuales agarraron con fuerza al fugitivo, forcejeando éste como un poseso intentando librarse de lo que le sujetaba. –¿Y bien? –preguntó ella cuando vio que Adolf ya no podía zafarse de su prisión.
Robert, con toda la sangre fría que pudo reunir, se acercó a Adolf y le obligó a que le mirara a la cara.
-A todo crimen le sigue su justo castigo… –Robert pensó lo siguiente que iba a decir y no tardó en decirle a Yukari al tiempo que soltaba al lloroso prisionero: –Déjale marchar. No vale la pena seguir castigándolo más de lo que ya lo has castigado.
Yukari, que había estado manteniendo una velada sonrisa durante todo ese asunto, volvió a sonreír como solía hacer e hizo que los brazos soltaran a su prisionero.
-Ran, encárgate de guiar al señor hasta la puerta, por favor –pidió Yukari sin dignarse siquiera a mirar al aterrorizado hombre.
Ran no se hizo de rogar y, cogiendo al farsante de la pechera de su pijama, se lo llevó por el pasillo sin aparente esfuerzo para acabar lanzándolo al suelo, sin miramientos, cuando llegó a la puerta.
Yukari se giró hacia Robert tras ver salir a Ran y se dirigió hacia Robert sobre cuyos hombros posó sus frías manos.
-No me equivoqué contigo –dijo ella. –Tú no eres de los que dibujan fronteras en el aire y, por ello, eres la persona que podrá salvar mi futuro.
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-Dijo esa frase con la sonrisa más esperanzada que jamás le vi mostrar a esos labios –dijo Robert. –Y fue la más bella cara que me mostró jamás.
-¿Qué quería decir con eso de “dibujar fronteras en el aire”? –preguntó Diana.
-Es de una cita que solía decir muy a menudo refiriéndose a los humanos en general. La frase completa es: “En este mundo, ellos dibujan fronteras en el aire. Es miserable desear tenerlo todo”. Con esa frase hablaba de las miserias que traen los malos pensamientos, el egoísmo, las ansias de venganza, el sufrimiento, la frustración, los deseos más terrenales… A ella le gustaba vivir intensamente su vida pero nada más. No molestaba a nadie, no reclamaba nada como suyo, nunca daba órdenes ni exigía nada. No, ella se conformaba con tener a Ran siempre a mano, la cual disfrutaba haciendo feliz a su señora a la vez que Yukari le dejaba cuidar maternalmente de Chen. Le gustaba ver como esos dos seres disfrutaban de su presencia y le agradaba ver que tampoco ellas eran excesivamente exigentes con lo que había a su alrededor. Y si surgían problemas, si la gente de este miserable mundo no aceptaba su forma de ser, no peleaba, sencillamente se iba, desaparecía a donde nadie era capaz de seguirla.
-Entonces de ti decía que no eras una persona egoísta –dijo Frances.
-Le caía bien por mi forma de ser, nada más. Yo no era ni más ni menos egoísta: Yo era yo, sin más. Si esto implicaba un comportamiento un poco más modesto que el de la media, estoy de acuerdo, pero yo nunca me sentí superior a nadie por mi forma de ser y era eso, probablemente, lo que llamaba la atención de Yukari.
-También dijo que gracias a eso la salvarías. ¿Salvarla de qué? Si tan poderosa era gracias a su estola, ¿a qué podía temer ella?
-Temía desaparecer, que la esencia que la conformaba desapareciera y con ello, su alma.
-Temía que desapareciera el Polvo –aclaró Yamapikarya. –Actualmente el Polvo está sufriendo… –la gata buscó una palabra adecuada, –una crisis, se podría decir: El Polvo, esa esencia que nos permite ser como somos, que nos da nuestra alma, que hace que todo ocurra de acuerdo con unas leyes preestablecidas, el lienzo del universo… podría desaparecer por completo si no se actúa pronto.
-Para evitar que tal cosa ocurra –siguió Robert, –el Polvo previó varios sistemas que pudieran solucionar semejante problema: El primero fue crear a una mujer para que frenara la desaparición del Polvo gracias a su apasionado saber hacer, una especie de “Eva” bíblica que cayera en la tentación de querer cambiar, de no seguir a rajatabla los designios de la Autoridad. El segundo sistema fue algo un poco más drástico: Dirigió los designios para que naciera un niño que fuera el ejecutor de la Autoridad, principal culpable de la creciente desaparición del Polvo, una especie de Lucifer, un hombre que se revela totalmente en contra de el señor, ya no para ocupar su lugar sino por una razón superior. Estos dos sistemas se están entrelazando uno con otro al día de hoy de una manera muy irregular pues, cuando el Polvo se fuerza a hacer cosas semejantes, corre el riesgo de equivocarse, cosa que no sería la primera vez que ocurre (supongo que ya habréis oído hablar alguna vez del fiasco de la primera rebelión de Lucifer contra la Autoridad). Mi aletiómetro no es capaz de decirme con certeza qué es lo que ocurrirá a partir de ahora, sólo me cuenta, con bastante miedo, lo que ocurre actualmente.
-¿Y? –preguntó Lou.
-En mi última lectura dice que Lucifer está cumpliendo aceptablemente su misión, a pesar de que se ha desviado en algunos pasos. En cuanto a Eva, dice que está a punto de tomar un camino muy arriesgado, un camino que debe seguir pero que puede hacer fracasar cuanto ha planeado el Polvo.
-Eva y Lucifer… de acuerdo –dijo David con voz queda. –Pero resultará que nosotros los conocemos por otros nombres, ¿no?
-Así es: Eva es una niña, casi adolescente, llamada Lyra Belaqua. Actualmente se está dirigiendo a… al final del camino –dijo sin revelar cuál era realmente su destino. –En cuanto a Lucifer, no he de decir demasiado sobre él: Ya lo conocéis.
-Anerues… –dedujeron tanto Lou como David al segundo.
-Exacto.
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-Hágame el favor de no volver a gritar a la señora, por favor –pidió Ran acompañando a Robert a su habitación, la misma noche que el asunto de Adolf. –Lo último que me gustaría ver de ella es que se amargara.
-No será para tanto…
-No será para tanto pero, de todas formas, modere el tono de su voz ante ella. Le debe mucho y lo sabe, así que al menos mantenga el debido respeto.
Robert asintió no pudiendo discutir su argumento.
-Pero –continuó ella sonriendo –de todas maneras, parece que le gusta que se manifieste con naturalidad. Hace mucho que nadie como usted pasa por esta casa.
-¿Pasó alguien más? –preguntó Robert. –Quiero decir, ¿ha tenido más discípulos?
-Por supuesto: Yo misma pero, en mi caso, no me enseñó los fundamentos del Polvo sino magia.
Robert no dijo nada, recordando entre maravillado y sorprendido cuantas proezas había realizado Yukari durante esas semanas gracias a su extraña estola.
-En fin, pues –dijo ella delante de la puerta de la habitación de Robert, –hasta mañana.
-Espere –pidió Robert, parándose Ran de inmediato. –Últimamente no dejo de llevarme este trasto a todas partes –dijo señalando el aletiómetro. –Me pesa y es bastante molesto, ¿no tendrá algún bolso por ahí que me ayude a llevarlo?
-Sí es tan sólo eso, para mañana puedo hacerle uno.
-¡Ah, gracias! –agradeció humildemente Robert, dándose cuenta al rato de algo: –¿Por qué no me enseña a hacerlo?
-¿Para qué quiere aprender a coser?
-Dudo mucho que vaya a pasar el resto de mi vida en esta casa, así que será mejor si aprendo a hacer estas cosas yo solo. No puedo depender siempre de lo que hace usted.
Ran sonrió agradada y se alejó por el pasillo para volver al minuto con una caja de costura y algunos pedazos de tela y cuero. Así, en la habitación de Robert, se comenzó a explicar una lección bastante diferente de las que se solían contar en esa casa y, pasadas más de dos horas, terminaron de coser un pequeño bolso a medida para el aletiómetro.
-¿Qué pasa? –preguntó ella al ver que Robert le miraba las manos al tiempo que elaboraban una trenza con tiras de cuero que sirviera de correa.
-Nada, la verdad. Sus manos no son muy comunes de ver.
-Si lo dice porque tengo las uñas muy largas y más pelo de la cuenta, no se lo negaré pero no puedo hacer nada: Así es mi naturaleza.
-No he dicho que me parezcan feas: Están muy bien cuidadas y las maneja con elegancia –dijo recordando el tiempo que se habían pasado cosiendo esa noche. –A pesar de lo que trabaja tienen muy buen aspecto.
-Tanto me da. Yo sólo guardo apariencias para agradar a la señora y a Chen (lo último que les apetecería ver serían unas garras desgarbadas y sucias).
-¿Hace cuánto que trabaja para la señora Yakumo?
-Desde que me invocó –respondió ella sin más.
-¿Y eso es…? –dijo él rematando la trenza con un simple nudo.
-Hace mucho ¿Nunca ha oído que es de mala educación preguntarle la edad a una mujer?
-Siempre será mejor preguntarle a la mujer que preguntarle al aletiómetro –dijo guardando el aparato en la funda. –No se preocupe, no le preguntaré semejante tontería. –Dicho esto, cerró la funda y le abrió la puerta a Ran. –En fin, ya no le quitaré más tiempo para dormir.
-Gracias –dijo ella agradecida por el gesto parándose en seco nada más cruzar el umbral.
-¿Qué pasa? –preguntó él extrañado por la quietud de la mujer.
-Silencio –ordenó ella quitándose el orejero, como para querer escuchar mejor cuanto sonaba en la casa. Segundos después, tras dirigir sus orejas en todas direcciones, pareció reaccionar a algo que Robert no logró escuchar. –Coja el aletiómetro, a su daimonion y sígame en silencio –pidió en un susurro.
Más extrañado que antes, Robert no se negó sabiendo que ella era la que mejor se manejaba en esa casa. Avanzaron por el pasillo lo más discretamente que pudieron hasta que, en la entrada, escucharon un ruido.
-…maldita sea… –se quejó ella sacando una pequeña lámina de papel de dentro de una de sus anchas mangas. No sería mucho más extensa que media cuartilla pero estaba profusamente pintarrajeada con unos símbolos que Robert no llegó a identificar bien. Ran la levantó con los dedos índice y corazón de su mano derecha, puso su mano izquierda sobre el codo contrario, cogió aire, como tratando de relajarse, y, al expirar, la lámina se convirtió en polvo, apareciendo “algo” a sus pies… no sabría decir muy bien lo que era, parecía una especie de burbuja que refractaba la luz que había en el ambiente pero, viendo la cara de seriedad de Ran, prefirió no preguntar qué era eso.
-A por ellos –ordenó ella con voz queda, a la vez que cogía a Robert de la muñeca para llevarlo a toda prisa hacia la habitación de Yukari. Robert no pudo hacer nada más que espantarse cuando vio que la esfera, que a la orden de Ran se había lanzado hacia la entrada, estallaba lanzando una gran cantidad de esquirlas verdes y matando a cinco intrusos armados con pistolas y fusiles que parecía que habían entrado forzando la puerta. Y todo con un ruido ínfimo.
Por el camino golpeó con fuerza la puerta de la habitación que compartía con Chen, saliendo ésta de inmediato y siguiéndoles un par de pasos tras ellos. Cuando llegaron delante de los aposentos de Yukari, cerrados con una fuerte puerta de roble que mantenía a la señora de la mansión alejada de miradas indiscretas, Ran entró sin llamar, encontrándose con Yukari profundamente dormida. Ran juró algo por lo bajo y se dispuso a dar las órdenes pertinentes:
-Señor Robert, cierre la puerta y manténgala cerrada. Esos malditos no tardarán en llegar hasta esta habitación. Chen, ayúdale mientras intento despertar a ésta.
Robert no comprendía lo que estaba pasando pero al menos entendía que la situación era grave así que cerró el portón al tiempo que Chen le traía sillas para atorarla. Robert se alejó de la puerta para buscar más cosas que pudieran atascar la puerta pero, apenas dio un paso, cuando notó que se acercaban pasos por lo que apoyó su propio peso contra las hojas de la puerta, indicándole a Chen que siguiera trayendo cosas. Durante un segundo pensó que los pasos pasaban de largo pero no tardaron en colocarse frente a la puerta para empezar a golpearla con fuerza. Los embestidas de los asaltantes eran excesivamente fuertes como para que un hombre del peso de Robert pudiera aguantar mucho por lo que Chen redobló sus esfuerzos para atascar la puerta: Colocó papeles en las rendijas, metió la llave dentro de la cerradura, asentó mejor las tres sillas de la habitación e incluso fue hacia uno de los cajones del armario de Yukari del que sacó un martillo y un par de clavos pero fue inútil: Los asaltantes derribaron la puerta apuntando de inmediato a los presentes.
Ran, que se había pasado todo ese tiempo sacudiendo salvajemente a su señora para que se despertara sin éxito, al ver que su defensa había sido rota, alzó su mano.
-¡Al suelo! –ordenó, obedeciendo Robert y Chen de inmediato, al tiempo que frente a Ran se volvía a generar otra esfera incorpórea. La explosión que vino después cogió más que desprevenidos a los intrusos dejando sólo a tres vivos que se retiraron rápidamente. –¡Despierte, maldita sea! –gritó Ran abofeteando a su señora, abriendo ésta levemente los ojos.
-…todavía no es hora… –dijo perezosamente la otra, ignorando el dolor de los bofetones como si tal cosa.
-¡Los soldados de la Junta de Oblación nos han encontrado! –gritó Ran. –¡Tenemos que marchar de esta casa!
Yukari, sin señales de preocupación, agarró su estola (dormía con ella) y abrió un agujero a lo que parecía una gran pradera de noche.
-¡Vamos! –ordenó Ran. –¡Hay que salir de aquí!
Chen, sin dudarlo, se metió por el agujero y salió hacia ese paisaje siendo seguida por Ran que llevaba a Yukari en brazos. Robert se dispuso a seguirlas nada más cruzaron ese agujero pero tropezó con un pedazo de madera que salió despedido de la explosión, cayéndose de bruces entre astillas.
Ran volvió a la mansión para ayudar a Robert, algo cegado por los restos de madera que se le habían metido en los ojos pero no pudo evitar que los soldados que quedaban pudieran alcanzar la sala. Ran, sin soltar a Robert mientras lo arrastraba hacia el agujero, sacó un par de cuchillas de su manga derecha, las cuales lanzó sin dudar al asaltante más cercano, cayendo muerto al instante. Sin embargo, aún quedaban dos soldados: El primero intentó dispararles con una pistola pero Robert lo evitó dándole una patada desde su baja posición; mientras que el segundo se lanzó a inmovilizar a Robert, a lo que Ran respondió sacando una cuchilla más. Así, los cuatro se enzarzaron en una pelea desigual… y digo desigual porque Ran era una auténtica bestia: El pobre loco que agarró a Robert acabó con un profundo corte en el cuello mientras que el otro salió despedido de la sala con un fortísimo puñetazo. Sin embargo, se escucharon más pasos acelerados acercarse a esa sala por lo que los fugitivos se dirigieron sin demora al agujero. Una vez al otro lado, Ran volvió a intentar despertar a su señora para que cerrara el agujero pero ésta siguió con su descanso en paz.
-¡Chen, aléjalos! –gritó Ran, que volvía a abofetear a Yukari.
Chen asintió sonriente al tiempo que sacaba otra carta similar a la que Ran había sacado instantes antes. Ésta también se disolvió en el aire y alrededor de Chen aparecieron cinco o seis esferas traslúcidas, de menor tamaño que la gran esfera de Ran, que se dirigieron lentamente hacia el otro lado del agujero.
-No se quede delante del agujero –pidió Chen sonriendo al hombre, como un niño que juega con un juguete nuevo pero mostrando que lo que hacía parecía cansarla bastante.
Antes de que pudiera apartarse del todo, un cuerpo cruzó el agujero, dirigiéndose directamente hacia Chen, que estaba en su camino para llegar a Yukari por lo que Robert se lanzó en su ayuda, placándolo con fuerza e inmovilizándolo contra el suelo. Ahí mismo comenzaron a luchar, viéndose Robert superado a los pocos segundos de pelea por los fuertes golpes del soldado el cual no tardó en librarse del abrazo de su enemigo. Robert, medio mareado por la paliza, trató de levantarse pero volvió a tirarse al suelo cuando escuchó el sonido de las explosiones de las esferas de Chen. Cuando volvió a levantar la vista, vio a Yukari alzando un brazo y haciendo el movimiento de cerrar el agujero. Y nada más terminarlo, tanto ella como el soldado, trastabillando por la explosión, cayeron inconscientes.
Robert se levantó intentando ignorar el dolor de los golpes en su cara y se acercó al soldado para ver qué le había pasado.
-Está muerto –dijo Ran al ver la cara de extrañeza del hombre. –Su daimonion se quedó al otro lado del agujero y al cerrarlo mi señora, la distancia que los separaba se convirtió en mortal –la mujer cogió a su señora y la levantó con delicadeza. –Ya no podemos hacer nada por él, así que mejor pongámonos en marcha.
Robert, haciendo caso a Ran, echó un último vistazo a la cara serena del hombre y se dispuso a seguirlas.
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Robert bebió un sorbo de café para aclararse la garganta tras tanto relato, acomodándose en su sillón.
-No sabéis vosotros bien la cantidad de problemas que me dio este aparatejo de ahí en adelante. Lo que daría por tener a esa mujer como guardaespaldas…
-¿Le explicó cómo hizo eso? –preguntó David.
-¿El qué?
-Ya sabe, lo de las explosiones…
-Era magia, simplemente. No le busques explicaciones –respondió riendo un poco. –Ellas no son seres normales, son extraordinarias a los ojos de cualquier ser humano por lo que son capaces de hacer cosas que generalmente se tienen como imposibles… y sin embargo se comportan como una simple familia, nada más.
-Hay una pregunta que me anda rondando la cabeza desde hace un rato –dijo Lou. –Su nivel de vida era muy alto (vivían en una mansión, tenían buena comida de sobra y una biblioteca enorme) pero, ¿de dónde sacaban el dinero para eso?
-Ya veo que no se te ha escapado ese detalle. Como sabrás, existen muchos mundos diferentes, mundos en los que ciertas cosas se perciben de diferentes maneras, por ejemplo, la religión en tu mundo no es igual que aquí. ¿Qué ocurriría si encontraras un mundo en el que el oro fuese tan común como el cobre, que no costara nada encontrarlo como utillaje en cualquier familia, ya fuera millonaria como más pobre que una rata. Yukari encontró uno de esos mundos y, gracias a ello, logró encontrar una fuente de ingresos muy segura. De todas maneras, gracias a su estola era capaz de acceder a cualquier biblioteca adquiriendo cuantos documentos quisiera.
-Más ladrona que adivina…
-“El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Ella no robaba a cualquiera: Los libros de teología experimental de los que os he hablado los había robado de las bibliotecas de grandes cargos eclesiásticos y de los depósitos de la Junta de Oblación. Puesto que algunos de esos libros no iban a volver a ser abiertos en siglos, ella se apropió de cuanto le interesó coger. Y lo de adivina es cierto: De vez en cuando (muy de vez en cuando), iba por el mundo para ir a trabajar como adivina y solucionar algunos problemas de la gente. Gracias a eso, se ganaba el favor de la gente, gracias a lo cual, solucionaba algunos de sus problemas de alojamiento…
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Chen llamó a la puerta mientras Ran reposaba a Yukari en un banco para examinar a la luz de una farola las heridas de Robert.
-Te han dejado bonito –comentó ella con sarcasmo mientras le limpiaba un arañazo sangrante en la mejilla. –Es loable que te lanzaras a ayudarnos pero, si sabes que vas a perder la pelea, mejor ni lo intentes.
-Si no era yo, ¿quién lo iba a hacer? –dijo él soportando el resquemor de sus heridas. –¿Dónde estamos? –preguntó al ver el lugar, cambiando así de tema.
-En un pueblecito llamado Strumberg, en Alemania. Una vez, mi señora hizo un par de predicciones que permitieron a las cuatro familias fundadoras de esta aldea prosperar y conseguir llevar una buena vida a partir de entonces. La única condición que exigió para ello fue que el día que les pidiera alojamiento, se lo deberían dar, sin preguntas ni demoras –dicho esto, se dirigió a la casa al ver que alguien les abría.
-A ver, que no son horas para andar llamando a ninguna parte… –se quejó una anciana mientras aún se ponía las gafas.
-¡Buenas noches, señora Lucca! –saludó efusivamente Chen.
Al oírla, a la anciana mujer por poco se le cayeron las gafas del susto, recuperándose al instante y mirando sorprendida a su visitante.
-¿¡Chen!? –exclamó mirando la escena, con Ran dirigiéndose a la puerta y con Yukari durmiendo en el banco que estaba enfrente de la casa. –¿Qué…? –la anciana se tragó la pregunta y abrió la puerta diciendo: –Pasad, pasad. Ahora os preparo un par de habitaciones.
-No se moleste –dijo Ran entrando. –Ya me encargaré yo. Usted ayude al señor a acomodar a mi señora.
Así pues, Ran se dirigió inmediatamente al piso superior, siendo seguida por Chen. Por su parte, Robert cogió suavemente a Yukari para evitar despertarla, aunque tras ver la paliza que le había pegado su shikigami, dudaba que él fuera capaz de desvelarla. Se extrañó de ver que en su piel no quedaba marca alguna de los golpes. La señora Lucca le guió por los pasillos de la casa hasta el salón donde le indicó que colocara a la dama en un canapé, yendo seguidamente a la cocina a preparar algo a sus huéspedes.
Cuando la recostó, Robert se sentó en un sillón a descansar sus brazos tras llevar el enorme peso de esa mujer… cierto que estaba profundamente dormida pero ni su fría temperatura ni su peso se correspondían con el de un ser humano, casi aparentando ser un auténtico cadáver y, aún así, seguía respirando tranquilamente.
Un par de minutos después, Ran y Chen bajaron del piso superior, trayendo ésta una caja que parecía ser un botiquín.
-Deje que me ocupe de sus heridas, por favor –pidió Chen abriendo la caja, ofreciendo Robert la cara sin dudar (sabía cuanto le gustaba a esa niña sentirse útil) y ella empezó a tratar sus heridas con delicadeza, aunque con algo de torpeza, al tiempo que Ran cogía a Yukari para llevarla a su habitación.
-Gracias por lo de antes –dijo Chen mientras le pasaba un algodón con agua oxigenada.
-No se merecen –dijo Robert. –Cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar.
-Ya, claro –dijo ella mientras contenía la risa. –Eso de “cualquiera lo habría hecho” es una frase demasiado manida, ¿no cree?
-¿A qué te refieres?
-Antes que usted, cuatro personas ya habían pasado por esa casa y ninguna de ellas nos aceptó ni a mí ni a mi señora. Siempre que podían, se mantenían alejados de nosotras, sin ni siquiera dirigirnos la palabra para nada y tratándonos como monstruos.
-Hay mucha gente estúpida por el mundo… –intentó decir él para animar a la niña siendo interrumpido por ella:
-…”que dibuja fronteras en el aire” –dicho lo cual, volvió a sonreír, volviendo a su trabajo.
No tardó mucho en terminar y, tras ello, marchó con paso rápido al piso superior para ir junto a Ran.
-¿Una taza de té, joven? –preguntó la anciana Lucca cuando se quedaron solos.
-Sí, gracias –respondió él, cogiendo la taza que le había dejado la anciana, acomodándose como pudo en su sillón.
-Ya veo que la señorita Ran se ha enfadado con usted –dijo ella mirando sus heridas. –No conviene meterse con su niña.
-Esto… –Robert calló antes de decir nada. Ya estaba muy cansado y prefería no tener que dar explicaciones de lo que había pasado. –Claro… Ran siempre es muy protectora respecto a Chen… Disculpe que no siga la conversación pero tengo un poco de sueño. Si no le importa…
-Claro que no. Su habitación es la primera puerta a la derecha según llega al segundo piso.
Robert dejó la taza sobre la mesita del salón y se dispuso a ir a la cama pero antes de salir, la mujer comentó algo que no se escapó al fino oído de Robert:
-…veinte años… veinte y no ha crecido ni un ápice…
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-¿Veinte años? –preguntó Lou. –¿Quiere decir que la señora Yakumo estuvo en esa aldea veinte años atrás? Tal como nos la ha descrito, aparentaba tener esa edad, más o menos, ¿no?
-Aparentaba tener veintitantos pero ya lo sabéis: Yukari, de normal no tiene nada. No sé qué edad tenía ni me interesa pero, al ser una fantasma, lo normal es que no crezca ni aparente cambiar. Lo mismo cabe decir de sus shikigamis: Tú mismo dijiste que sólo eran espíritus, seres que, en teoría, no pueden vivir en otro mundo de otra manera que no sea poseyendo otra clase cuerpo que sea capaz de contenerlos. Casi cabría pensar que tanto Yukari como Ran y Chen son inmortales.
-Después de escuchar todo esto, hasta me lo creo…
-¿Y qué pasó tras eso? –preguntó David con curiosidad.
Robert miró la ventana y vio como el sol ya estaba cercano al ocaso.
-¿Cuánto llevo hablando? –preguntó Robert como si estuviera desorientado. –¡Diantre! ¡Hablo y hablo y mira lo que pasa! ¿Qué os parece si descansamos un poco y lo dejamos para mañana? Incluso si el tema me gusta, hasta yo me canso.
-Entonces ya nos veremos mañana –dijo Frances levantándose. –Quizá entonces puedas explicarnos para qué está Lou aquí.
-No corre mucha prisa, la verdad –dijo Robert con tono animado. –De todas maneras, podéis quedaros esta noche a dormir aquí: Sitio hay de sobra.
Los seis, tanto personas como daimonions, se miraron entre sí, pensando en el camino que tendrían que aguantar para volver a Tour-de-Peilz en tren y no tardaron en aceptar la oferta del anciano.
-¿A dónde vas? –preguntó Lou yendo a la cama al ver que David se calzaba sus desgastadas botas.
-Voy a darme una vueltecita –dijo poniéndose de pie. –Me he pasado casi todo el día sentado y eso me incomoda. Pasearé un poco junto al lago y así aprovecharé para contemplar un poco el paisaje y aprovechar así el viaje.
-Tú mismo… –dijo Fu Riong enrollándose en el cuello de su persona. –Mientras no tengamos que darte patadas para despertarte…
David sonrió, salió de la habitación y luego de la mansión.
-Preciosa luna la de hoy –dijo dirigiéndose a la orilla del lago, atravesando un oscuro bosquecillo de abetos. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna menguante se reflejaba bien en la mercúrica superficie del agua dándole un toque muy sereno al paisaje, al tiempo que las luces de las demás casas que estaban junto al lago lo decoraban con tonos amarillentos y alargados patrones…
-Ya ves tú… –dijo Diana acercándose al agua. –Fantasmas viviendo entre nosotros. Al final resultará que tu miedo a la oscuridad tenía algún sentido.
-De eso hace mucho y, aunque tuviéramos fantasmas rondando cerca nuestro, no veo que nunca nos hubieran hecho nada ni a mí ni a nadie que conociera. Son sólo una clase más de seres que andan rondando por el mundo.
-Mundos –corrigió ella.
-Pues eso… Es irónico pensar que, tras decir los periódicos que el mundo es cada vez más pequeño gracias a los nuevos medios de transporte, el universo se vuelva más y más grande apareciendo nuevos mundos, como replicando a semejante afirmación –y dicho esto, reavivó el paso, sonriéndose por su ocurrencia, caminando alegremente, viendo las formas desdibujadas de las nubes contra la débil luz de la luna, mostrando formas curiosas: Una nube circular con apariencia de reloj de bolsillo, lo que parecía un cuchillo, una muy alargada con el aspecto de parecer una senda en el cielo, una flecha que señalaba el suelo… David, de repente, tropezó con algo, perdiendo el equilibrio y cayendo sobre la hierba, empezando a jurar y perjurar su daimonion por el golpe.
-¡Mira por dónde andas, imbécil! –le gritó Diana. –¡Eso duele!
David trató de levantarse pero se dio cuenta de que tenía algo atrapado en los pies que no le permitía moverse así que, resignado, intentó quitárselo. Pero, con sorpresa mayúscula, vio que la cosa con la que había tropezado no era ni una hierba ni una raíz… era la decorada funda del aletiómetro de Robert cuya correa se había enrollado en sus pies. Algo asustado y con la poca luz que había, miró dentro de la misma y se encontró con el aparato, en perfecto estado y con el mismo aspecto que tenía cuando lo vio por última vez.
-¿Qué hace esto aquí? –preguntó Diana, tan sorprendida como su persona.
David, lejos de dejarse llevar por la emoción del momento, se sonrió y dijo:
-Ya lo dijo Anerues: Tendremos que caminar.
-¿A qué te refieres?
-No podemos sacrificarnos inútilmente pero podremos ser de ayuda…
-¿¡Pero de qué hablas!?
-La Junta de Oblación ha llegado a la mansión –dijo él con cara muy seria, recordando las figuras que había visto en el cielo. –Debemos ocultar este aparato para evitar que llegue a malas manos.
-¿Pero quién lo ha dejado… aquí? –Diana se quedó sin respiración al ver que en la orilla de ese lago había alguien más: Una mujer de largos cabellos rubios, con un vestido blanco y violeta, con lacitos rojos tanto en su pelo, su vestido y su parasol que llevaba abierto en ese momento, ocultando su cara tras la fuerte sombra que propiciaba… No la pudieron ver durante demasiado tiempo pues, al poco, estiró un brazo dejando colgar del mismo un pedazo de tela, una estola decorada con dos grandes lazos en sus extremos, la cual empezó a agrandarse al tiempo que de él surgían cientos de ojos hasta formar lo que parecía ser un ojo enorme el cual se colocó a su espalda.
-Ayuda a Robert, por favor –dijo la mujer inclinándose y dando un paso atrás, cerrándose el agujero cual si fueran dos párpados y desapareciendo ella del lugar.
David, aunque algo asustado por lo que acababa de ver, no se demoró en su petición y se levantó de inmediato, sabiendo que era posible que la Junta de Oblación estaría buscándolo, así que empezó a caminar directamente hacia la aldea de Tour-de-Peilz.
He aquí mi capítulo favorito de toda esta novela. Me costó poco escribirlo y a la dama a la que aquí se describe es uno de mis personajes favoritos, ya sea por su pachorra, por su afición a dormir todo lo dormible y por su genial manera de meterse en los asuntos de los demás sin sentir culpabilidad alguna.
Espero que os haya gustado el capítulo.
P.D.: El acertijo sigue estándo ahí…