“Aunque corten todas las flores, no podrán detener a la primavera”
(J. L. Borges)
-Pero… ¿¡se puede saber qué es eso!?
-…pues… no se enfade, por favor, no le miento, señor… Esto es… mi doppelgänger, excelencia…
-¿Estarás de broma? –preguntó el clérigo altivo.
-No –respondió el doppelgänger oso, tranquilo aunque sorprendido, mientras olfateaba y tocaba al galgo que acompañaba al recién llegado. –Esto es un daimonion, sin duda.
-¡Explícate rápido y explícate claro! –exigió el superior.
-Por favor, crea cuanto le digo pues es la más pura verdad: Esta mañana, cuando despuntó el sol, toda la población del Rat Chalyben, tanto elatos (ya lo ve) –dijo señalando a su doppelgänger –como utukkus, amanecimos con doppelgänger. Yo estaba de vigilancia, como sabe y, lo normal es que, para guardar las apariencias, estuviera vigilando desde mi atalaya sin moverme en absoluto pero cuando noté que el cambio de guardia se retrasaba, me di la vuelta y me encontré con… ésta.
-¡Eh! ¡Sin faltar! –se quejó la galga. –Yo nunca he dejado de estar a tú lado así que tampoco “he aparecido”.
-¡Silencio! –se quejó su persona. –Discúlpela…
-No pasa nada –dijo el clérigo sonriente, aunque en el fondo se notara que estaba preocupado por la noticia. –Incluso a mí me cuesta controlar a Guioh de vez en cuando… Así que aquí también… –se dijo para sus adentros. –¿Tienes idea del origen de todo esto?
-No fui testigo pues me pasé toda la noche en vela. Sin embargo, todos cuantos se fueron a dormir esa noche, contaron como un chico les dirigía un discurso a todos ellos en la entrada de la montaña.
-¿En sueños, dices? Eso es… –intentó decir “estupidez” pero al ver la seria cara del recién llegado prefirió preguntar: –¿Sabes lo que dijo?
-Hay muchas versiones pero, lo que todo el mundo recuerda a la perfección es la primera frase: “Voy a cambiar las reglas de este mundo”. Nadie tenía muy claro entonces qué quería decir con eso por lo que, la mayoría se quedó en silencio escuchando cuanto decía desde sus posiciones en la entrada del Rat. Cierto tiempo después, hizo un pasillo en la muchedumbre, pasando por él la Noble de la que le hablé ayer y su doppelgänger escapando de la hermana de la reina, Frandoll Sucat, de la que supongo que habrá oído hablar…
-Por supuesto.
-Me contaron que la última esgrimía un cuchillo con el que parecía querer atacar a la Noble. Cuando salió del Rat, nadie la siguió por lo que nadie sabe lo que pasó realmente ahí fuera pero todos cuentan que al poco Frandoll volvió arrastrando el cadáver de la Noble a la que le había clavado el cuchillo en el cuello, llorando e implorando ayuda para salvarla, cosa que el chico que mencioné al principio le concedió, hecho lo cual, todo el Rat despertó. Y sucedió lo que le conté: Todos con doppelgänger.
-Ya veo… ¿y dices que todos están alterados?
-Reina un poco de caos, pero se está recuperando el orden muy rápidamente. Los reyes tienen pensado cerrar las puertas de la montaña para dejar que todos recuperen la calma por lo que, en algún tiempo no podré pasaros más información.
-No importa ya la información: Ésta es una situación ideal para iniciar nuestro ataque. Dile a tus hombres que se vayan colocando en sus posiciones, distrae a la vigilancia cuanto puedas, ralentiza sus defensas y mañana por la noche, ábrenos las puertas de Chalyben. Cuando amanezca, nadie quedará vivo dentro de esa colonia de monstruos.
-Como vos deseéis, excelencia.
-Sólo os podré dejar salir un rato –avisó el guarda. –Viendo lo que está pasando aquí dentro, sería fatal que nos atacaran.
-No se preocupe por mí –dijo Jack sacando su silbato, tras lo cual, sopló en él con fuerza. Cuando vio que la enorme Dai descendía desde la cima de Chalyben, continuó: –Yo no volveré en un tiempo. Informe a la reina de que probablemente Anerues llegue en dos o tres días y que otro grupo llegara aquí esta tarde.
-Por nosotras tampoco se preocupe demasiado –dijo Zoé protegiendo la vista de Frandoll con un parasol improvisado hecho con una aspa, un bastón y un pedazo de cortina. –Iremos un poco hasta el bosque, pasearemos y volveremos antes de la hora de comer.
-Recordad que a la más mínima señal de incursión enemiga cerraremos las puertas y que no podremos abrirlas bajo ningún concepto –avisó el guarda.
Dai aterrizó en ese momento, justo delante de la puerta, recibiéndole Jack de inmediato. Éste apoyó su cabeza contra el pico de su daimonion para escuchar cuanto tenía que decirle.
-El grupo de Orichalcum está a menos de media legua de aquí –avisó Jack. –Yo por aquí ya he cumplido así que nos vemos –dijo montándose sobre Dai.
-¿Ya te vas? –preguntó Zoé. –¿Tan pronto?
-Siento no poder quedarme más tiempo pero no sabes la cantidad de cosas que aún tengo que hacer –mientras hablaba, Jack se ajustó su gorro de piloto y sus guantes.
-¿Como qué?
-Unirme al ejército de la República del Cielo –respondió con prisa, indicándole a Dai que alzara el vuelo. –Si quieres saber más, pregúntale a Amadeo o a Anerues –y alzando la mano, se despidió mientras Dai se elevaba.
Los tres que quedaban en la entrada vieron como se alejaba hacia el sur en un vuelo sereno aunque rápido. Tras perder de vista a la enorme ave detrás de la densa arboleda, Zoé y Frandoll empezaron a caminar.
-Que doppelgänger más grande –comentó Frandoll mientras iba del brazo de Zoé hasta la entrada del campamento.
-Sí, mucho… ¿No te espantas? Casi todos los que vieron a Dai por primera vez se impresionaron bastante por su tamaño.
-Todos los habitantes del Rat han conseguido doppelgänger. Algo como esto no debería sorprendernos, ¿verdad, Levi? –dijo dándole un golpecito en la cabeza a Laeviathein, su daimonion Cu-Sith.
Zoé miró extrañada al daimonion de Frandoll: Durante el tiempo que llevaba paseando entre mundos siempre se había encontrado con que todos los daimonions eran siempre del género opuesto al de su persona. Sin embargo, Laeviathein no era un macho sino hembra, cosa que le chocaba bastante a Zoé.
-¿Qué pasa? –preguntó la daimonion.
-Nada… sólo me extraña un poco tu forma…
-Algo teníamos que tener en común para que me fiara de ti –dijo Fran abriendo el portón de entrada al campamento empalizado, intentando no mirar directamente al sol. –Aunque a mí también me extraña que tengamos el mismo tipo de doppelgänger… hace frío aquí fuera –comentó cambiando de tema.
-Normal: El Rat casi siempre está a la misma temperatura, por muy bien aireado que esté. Ahora deberías preocuparte más por no pillar un resfriado.
-Los utukkus no podemos resfriarnos –dijo Fran alegremente. –Será injusto pero esto ya es algo de nacimiento.
Zoé sonrió tranquila al ver que ya no le importaba tanto su vivencia en Tricápita y era capaz de aceptar que era una utukku sin miedo alguno. Lo que en ese momento le inquietaba era cuál era la razón por la que había insistido tanto en salir del Rat… Fran interrumpió sus reflexiones cuando le quitó el parasol y empezó a correr hacia el bosque, con prisa por meterse entre los árboles. Zoé la siguió como pudo, alcanzándola a los pocos segundos mientras la utukku descansaba por la carrerita.
-¿Falta de forma? –preguntó Zoé mientras volvía a cogerle el parasol.
-…no… suelo correr… mucho –jadeó Frandoll andando hacia la sombra del árbol más cercano sentándose pesadamente para descansar. –Con unos cuantos paseos creo que podría aguantar más.
-¿Para qué has querido salir? –preguntó Zoé sentándose a su lado mientras los daimonions jugaban un poco.
-¿No es obvio? Para cambiar un poco de aires… ¿Hará cuanto que no veo el cielo? –dijo alzando la vista al cielo despejado, entrecerrando los ojos por la intensidad de la luz. –En todo caso, gracias por acompañarme.
-No podía dejarte sola aunque… reconozco que yo también quería ver un poco el cielo –confesó Zoé. –Estar dentro del Rat será todo lo seguro que quieras pero allá adentro se pierde la noción del tiempo y no se puede dormir muy bien…
-Pero se sueña mejor –dijo la utukku dándose la vuelta, mirando a un pequeño claro detrás de ellas. –Fue ahí, ¿no?
Zoé se dio la vuelta y asintió, sabiendo perfectamente a qué se refería.
-¿Por esto querías venir? –preguntó Zoé.
-Hay muchas razones por las que querer salir de un encierro pero yo tengo esas más una más: Siento haberte matado –dijo Frandoll inclinándose ante Zoé.
-No tienes que disculparte –dijo Zoé alzando la cabeza de Fran. –Sabes que todo fue un sueño.
-Sí, tú lo sabías, lo sabía ese tal Anerues, Amadeo, Remiria y unos pocos más en el Rat pero yo no. En ese momento te maté, acabé contigo sin considerar nada. ¿Qué era un sueño dices? ¿Dices que no te habías sacrificado? ¿Me estás haciendo creer que yo no te clavé un cuchillo en el cuello? Créeme: Para mí todo fue tan real como este árbol y tan doloroso como el más fuerte latigazo que me dieran en Tricápita… –Frandoll se levantó con el parasol y fue hacia el punto en el que había derribado a Zoé esa noche, echándose sobre la hierba fresca. Zoé siguió a la utukku y se sentó a su lado para sostenerle el parasol, pero la otra le indicó que le dejara a ella. –Prefiero ver el cielo sin que nada me interrumpa la vista –dijo Frandoll dejando la sombrilla en el suelo y mirando directamente al azul, respirando relajadamente a pesar del daño que le hacía la luz en los ojos. –Échate tú también –pidió Fran. –Una se está muy cómoda aquí…
Zoé no la contradijo cuando se encontró mirando las mismas nubes que su compañera mientras oía el aire correr entre los árboles, el piar de los pájaros y el ruido que armaban Ku-Te y Laeviathein mientras jugaban a su manera. Pasaron un largo rato sin decir nada, contemplando las caprichosas formas de las nubes hasta que Frandoll rompió el silencio:
-¿En qué nos parecemos?
-¿A qué te refieres? –preguntó Zoé algo distraída.
-Tenemos doppelgängers iguales y tú me dijiste que eran el reflejo de nuestra alma… algo deberíamos tener en común.
-Ya pero, ¿es algo tan importante?
-No –dijo la otra sentándose, –¿pero no me irás a negar que no te entra curiosidad por saberlo?
Zoé sonrió sin levantarse, intentando pensar una respuesta:
-Yo no puedo decirte cómo soy pues no tengo ni idea de cómo me ven los demás así que mejor descríbeme tú. ¿Qué te parezco?
Frandoll, bajando la vista para evitar que la luz la molestara, se puso a meditar la pregunta. Le llevó un tiempo pero, segundos más tarde, empezó a responder sin dudar:
-Yo de ti puedo decir, a pesar del poco tiempo que ha pasado desde que nos conocimos, que eres una persona, ante todo y sobre todo, fiel. Pero ésta no es una fidelidad ciega, es una fidelidad que no se mezcla con tu orgullo propio el cual te impulsa a defender tu forma de ser aunque ello te suponga ganarte la enemistad de los demás. Por todos los golpes que te he dado hasta este momento y por tu forma de tranquilizarme los ánimos puedo decir que tienes mucha paciencia y que no te gustan especialmente las peleas a pesar de que puedas usar la fuerza en algunos casos…
-Remiria te ha contado lo que le hice, ¿no?
-Sí –rió Frandoll. –Me aseguró que jamás se había sentido tan pequeña y humilde, a pesar de que no la habías golpeado en ningún momento. De esto se puede extraer otra cosa de ti: Sabes imponerte, eres una persona que sabe cómo llamar la atención sin llegar al insulto y, a pesar de esto, eres humilde y no tienes grandes deseos, tan sólo que te respeten debidamente. Así es como yo veo a los Cu-Sith: Humildes, leales, orgullosos e imponentes… aunque, por el lado negativo… también cabe decirse que a veces son cegados por su propio orgullo pudiendo alcanzar hasta la soberbia; que son salvajes e irascibles cuando tienen por seguro que tienen la razón; que a veces son incapaces de arrepentirse a pesar de ver claramente que están equivocados…
-No te sigas machacando más –dijo Zoé dándole un golpecito en la coronilla sin ni siquiera alzarse. –Ni yo tengo todo lo positivo ni tú todo lo negativo. Nosotras somos lo que somos y ya está.
Frandoll asintió y volvió a echarse para mirar al cielo, cosa a la que se unieron Laeviathein y Ku-Te al poco, algo cansados de jugar, quedándose todos en un profundo silencio.
Mientras Remiria revisaba los libros, Adrian se le acercó por la espalda.
-¿A qué viene esa cara de funeral? –preguntó el rey.
-Mira tú mismo –dijo ella enseñándole los documentos que Jack se había traído desde el mundo del gran agujero. –Armas, armas y más armas… Últimamente no he dejado de pensar en esto y, te lo puedo asegurar, me está resultando deprimente.
-¿Éstas son las armas que nos describió ese tal Jack?
-Sí… –dijo Remiria con voz queda para luego estallar: –¿¡Pero de qué clase de mundo demencial han venido ésos!? Fíjate en este arma de aquí: Tal como se describe, podría destruir prácticamente toda la entrada del Rat, o esta otra, que es capaz de arrasar con patrullas enteras o ésta de…
-¿Qué te pasa? –interrumpió Adrian cerrándole los libros. –Llevas pidiendo algo como esto desde hace años y ahora no dejas de quejarte.
-La gente cambia –dijo ella apesadumbrada. –No sé, tal vez, al mismo tiempo que esos dos me convencían de que esto era una ventaja algo en mí me decía que no era buena idea usar la pólvora…
-Tú siempre miras por el bien del Rat –dijo Ed, la daimonion aruco de Adrian, con su voz desfigurada. –Algo te está diciendo que no deberías poseer este poder.
-Tiene razón –dijo Adrian. –Que tengas este poder no quiere decir que tengas que usarlo. Bien pensado, yo podría usarlo para someter a los Rats del norte y así mantenerlos unidos. Sin embargo, usar el miedo para unificar un país no es algo demasiado sensato.
-“Mas todos me tenían miedo, todos no se atrevían a mirarme y se alejaban de mí. ¿De qué me servía tener el mundo a mis pies cuando mi ser no es más que ser uno entre los demás?”
-Cuarto libro del Viso, creo recordar –comentó Adrian recordando la cita de sus escrituras sagradas.
–Un canto a la humildad –dijo Vespertil, el daimonion lobo de Remiria. –Ella no desea esta clase de poder.
-Y más ahora, que todos tenemos doppelgänger –siguió ella. –Yo antes sólo quería vengarme por todo lo que me hicieron los Nobles pero ahora que somos iguales quiero paz. Sólo paz…
-Cuanto has cambiado desde que nos conocimos –dijo Adrian sonriendo tranquilizadoramente. –Pero, en el fondo, sigues siendo una jefaza.
-Así fui educada: Yo no soy nada sin el Rat y el Rat no puede controlarse a sí mismo sin mí.
-Eso es lo que más me gustó de ti cuando nos conocimos –dijo Adrian sentándose en el diván de la sala. –Eres una mujer que nunca da el brazo a torcer y mira por el bien de todos, quizá un poco fija de ideas pero muy humilde entre los tuyos.
Remiria dejó los libros y se fue a sentar junto a su marido.
-¿Y tú qué, “gran Aruco”? –preguntó ella apoyándose en él.
-¿La pregunta va con segundas? –preguntaron Adrian y Ed al mismo tiempo.
Remiria rió agradada.
-Guerrero sin igual, vencedor en mil batallas por tu buen hacer y saber, por tu habilidad con las armas, por tu sentido de la justicia que hasta respeta al enemigo…
-A todos los trato por igual –comentó él. –A todos cuantos mato son elatos con ideas mal inculcadas, que se fijan más en su fanatismo que en lo que está pasando a su alrededor. Ser un rey justo no es matar a todos los enemigos de la patria sino dar a éstos la oportunidad de unirse a ella.
-Tú nunca eres lo que pareces –dijo ella inclinando la cabeza hacia atrás. –Ahora sonríes y eres amable pero tanto podrías estar pensando en cientos de asaltos sangrientos en las ciudades cercanas como en jugar como un chiquillo con tu hijo…
-Guardar las apariencias es mi trabajo –dijo él abrazándola y dándole un beso en la cabeza. –¿Quieres saber en qué estoy pensando ahora?
-Qué paciencia hay que tener… –se dijo Amadeo algo exasperado intentando hacer que un niño dejara de llorar porque su daimonion no dejaba de subírsele a la cabeza. –¡Deja de llorar, por favor!
-¡Este bicho no me deja en paz! –gritó el niño pataleando para alejar a su daimonion. –¡Dile que se marche! ¡A mí no me hace caso!
-¡A ver si te enteras! ¡Esto es tu doppelgänger! –le gritó Amadeo. –¡No puedes separarte de él sin morir!
El niño, lejos de tranquilizarse, volvió a llorar más fuerte incluso que antes.
-Anda, déjame a mí –dijo Yaksa abrazando al niño para que llorara en su hombro. –Ya me puedo imaginar dónde tienes la delicadeza…
-Lo siento… –dijo él enrojeciéndose de vergüenza.
Horologio, el daimonion San Bernardo de Yaksa, cogió al del niño con la boca y se lo acercó a su joven persona.
-No has de preocuparte por él –le dijo Yaksa al niño. –Míralo bien: Está llorando porque no dejas que se acerque a ti. Dale una oportunidad y ya verás como no te hace nada.
El daimonion de Yaksa dejó al del niño en el suelo y éste, cambiando su forma al de una ardilla, se le acercó algo temeroso de que volviera a lanzarlo a lo lejos. Sin embargo, Yaksa mantuvo al niño tranquilo mientras él se le subía hasta el hombro, lugar en el que empezó a restregarse contra la mejilla de su persona, cosa que él aceptó mucho mejor que antes, intentando mantener cara seria pero no pudiendo evitar reír por las cosquillas que provocaba su daimonion.
-¿Ves ahora cómo se hace? –preguntó Yaksa a Amadeo, dejando al niño disfrutar de su nueva compañía. –Podrás ser todo lo valiente que quieras pero tu paciencia ya es otra historia.
-No estoy muy acostumbrado a tratar con niños… –contestó Amadeo.
-Ya se nota –dijeron Goppler y Horologio.
-¿Qué está pasando ahí? –preguntó Amadeo avergonzado, para cambiar de tema. Cinco hombres giraban la polea que permitía mover la pesada puerta de piedra de Chalyben, entrando seguidamente un nutrido grupo de soldados y toda una jauría de daimonions perro. –Pensaba que todos los soldados estaban dentro del Rat.
-¿Has olvidado lo que nos dijo Jack? –dijo Goppler. –Nos avisó que vendría una tropa desde… Ori-algo…
-Orichalcum –corrigió Yaksa. –Mira, ahí está Kyleas recibiendo al grupo –dijo señalando al capitán de la guardia que se aproximaba junto a un séquito de tres soldados.
-Un poco raras sus armas, ¿no crees? –dijo Amadeo agudizando su vista sobre las dos grandes fundas que llevaba Kyleas.
-Soldado tenías que ser… Hay cosas más prácticas que hablar de armas en estos momentos. De todas formas, tienes razón: El capitán Kyleas es conocido por ser el único que aún maneja esos arcaicos sables-mandoble en todo el país.
-Habilidad le sobra –comentó Horologio. –Llegar a capitán con semejantes armatostes en menos de dos años no es algo sencillo de lograr.
Los cuatro, personas y daimonions, vieron como los recién llegados presentaban su credenciales, viendo, mientras tanto, como Zoé y Frandoll se introducían a su vez dentro del Rat, evitando aquélla todo contacto con el capitán, yendo directamente hacia las cavernas.
-Sigue en las mismas –comentó Horologio al ver el airado comportamiento de Zoé.
-Como para no –dijo Yaksa.
-¿De qué habláis? –preguntó Amadeo.
-Zoé prefirió que no te contáramos lo que le pasó con Kyleas pero, básicamente, le trató igual, puede incluso que mucho peor, que la reina mientras tu buscabas el agujero.
Viendo como los recién llegados eran introducidos dentro del Rat, Amadeo fue hacia la biblioteca esperando encontrarse allí con Zoé acompañándole Yaksa.
-No sé si hoy vamos a poder verlas –dijo Yaksa. –Con el revuelo que causó todo eso del sueño de Anerues, todo el mundo quiere ver a Zoé y a Frandoll.
Y así fue: Cuanto más trataron de entrar en palacio, más gente les taponó el paso.
-¡Dejen paso! –exclamó Kyleas escoltando al jefe de los recién llegados hasta la sala del trono. –Disuelvan el tumulto –ordenó. Pero tras varias peticiones infructuosas perdió la paciencia e hizo que tres de sus soldados apartaran a la gente picas en mano pudiendo cruzar entonces las puertas de palacio mientras la gente se apartaba hacia donde se habían ido Zoé y Frandoll.
-A donde va, triunfa –comentó Yaksa sorprendida. –Sabía que llamaría la atención tras eso del sueño pero…
-Justo al revés que en nuestro mundo –dijo Amadeo. –¿Te creerías que era una de las chicas más reservadas del colegio? Prácticamente con los únicos que tenía amistad era conmigo, Jack, Anerues y Lou.
-Si no contamos a los niños del parvulario –añadió Goppler.
-Esa chica va para madraza –dijo Yaksa. –Incluso cuando aún era despreciada en el Rat era un hacha tranquilizando a niños llorones.
-Alguna vez me comentó que, si sus padres no metían las narices, querría ser maestra de algún pueblo pequeñito –dijo Amadeo. –Y, ciertamente, eso le va muy bien.
-Puede que en eso coincidamos ella y yo: Me encanta cuidar de los niños.
-¿Y Frandoll qué? –preguntó Horologio ácidamente.
-…según que niños…
Anerues, guiando a María por una oscura cueva submarina, empezó a nadar de vuelta a la superficie, atravesando el agujero que se encontraba ante ellos con lo que pasaron a otro mundo.
Una vez fuera del agua, tomaron aire y se montaron cada uno en su rama de nube-pino remontando el vuelo desde el agua.
-…y con este ya van nueve… –dijo María escurriéndose el pelo. –¿Hemos llegado ya?
Anerues no respondió de inmediato pues aún estaba comprobando la posición de las estrellas para ver si se correspondían con lo que tenía previsto, asintiendo tranquilizado al ver que así era.
-Hemos llegado –dijo él para reafirmarse. –Pero aún nos queda un buen trecho para llegar hasta Arseal así que más vale que nos pongamos en marcha.
-Esto… –preguntó dudosa ella.
-¿Sí? Dime.
-¿En serio quieres volver a pasar por la Tierra del Loto? –preguntó ella recordando, algo espantada, su viaje.
-Sí –dijo él riendo. –Ese Kaede me ha caído bien –comentó con cara agresiva. –De todas maneras, ése es el camino más corto para llegar hasta el campo de batalla desde este mundo. Y si, además, cumplo el trato con Kaede, será una ventaja para la tropa.
-Eso va a ser un suicidio para los pobres soldados que vayan por allí…
-No, no lo es y lo sabes bien –dijo Anerues guiando su rama directamente hacia el este. –Estas cosas no las dejo nunca al azar. De todas maneras, hay métodos y métodos para evitar a esos fantasmones.
-¿Y para evitar a esa banda de locos? En mi vida quiero volver a escuchar “¡es primavera!”. Aún huelo a quemado tras eso…
Anerues sonrió agradablemente pero no respondió, cosa que a María le bastó.
-De acuerdo… ¿y ahora qué? –preguntó ella.
-Yo me adelantaré hasta Arseal para hacer que las dríadas se unan a nuestra causa. Tú ve llamando unas cuantas estrellas que las vas a necesitar. Cuando las hayas reunido, ve hacia la puerta de Chalyben y retén cuanto puedas al grupo que se está acercando. Con suerte Dijuana ya estará allí cuando llegues así que puede que te eche una mano.
-Por mí bien pero, por favor, no mates a todas las Uhlon –dijo María algo preocupada. –Si hay algo que no sepas hacer, es refrenarte.
-Me esforzaré –dijo él dándole un beso de despedida. –Nos veremos en la entrada de Chalyben y, recuerda, si me oyes llamar a Dijuana, huye a toda velocidad, ¿de acuerdo?
María asintió comprendiendo el sentido de sus palabras y vio como se apoyaba en su rama para, al segundo, desaparecer de su vista dejando una estela al volar a ras del agua.
“En fin, al trabajo” se dijo ella empezado a concentrarse en el cielo para encontrar alguna piedra que pudiera servirle.
-¡Por fin te encuentro! –exclamó Amadeo al encontrar a Zoé sentada en una esquina oscura de la biblioteca.
-¡Silencio! –gritó ella por lo bajo. –Vas a despertarla.
Amadeo se dio cuenta entonces de que Frandoll estaba apoyada en sus piernas durmiendo plácidamente.
-Mejor me marcho… –dijo él.
-No hace falta –dijo Zoé comprobando el estado de Fran. –Parece que, por una vez, tiene un sueño profundo. De todas maneras quería preguntarte una cosa.
-Lo de Anerues, Jack y eso del ejército de la República del Cielo, ¿no?
-Exactamente.
-No conozco todos los detalles, sólo sé lo básico pero, lo que tengo por seguro es que Anerues va a perder todos los dientes cuando nos volvamos a ver.
-¿Nos ha metido en algo gordo?
-Tan sólo por estar con él el día que caímos por el agujero estamos destinados a ayudarle a luchar contra el Cielo.
-¿El cielo? ¿No estarás refiriendo a…?
-A Dios me estoy refiriendo… o a un ídolo, como lo llama él. ¿Te acuerdas de esa Autoridad de la que tanto se hablaba en el mundo del gran agujero? Pues actualmente está en guerra contra el Ejército de la República del Cielo, un grupo de rebeldes contra Él que quieren derrocarlo e instaurar un sistema menos opresor y menos exigente…
-Como en todas las revoluciones… –comentó Zoé.
-Su jefe es un hombre de gran inteligencia llamado Lord Asriel que logró encontrar una manera de ir entre mundos gracias a sus investigaciones.
-¡Ah! ¿Entonces es por eso que quiere ir Anerues a luchar con él? ¿Para que ese tal Asriel nos lleve de vuelta a nuestro mundo?
-Lo cierto es que… fue ese mismo Asriel el que nos llevó hasta ese mundo abandonado.
-¿Cómo?
-A ver cómo te lo explico… ¿te acuerdas del gran agujero que nos encontramos nada más llegamos al mundo de Oasis? El padre Adam nos explico que “hará cosa de día y pico” apareció de la nada armando un estruendo terrible. Seguramente, más de uno de los habitantes de Oasis te habría contado que ese ruido fue un sonido de rasgar de proporciones titánicas. ¿No te suena eso a algo?
-Sí… –respondió Zoé recordando el principio de todo este viaje.
-Lo más probable es que ese maldito Asriel no sepa nada de los efectos secundarios que causó el abrir un agujero en ese mundo pero, lo cierto, es que él fue el que hizo que acabáramos con nuestros huesos en ese mundo lleno de fantasmas… “un problema de exceso de potencia” dijo Anerues.
-Vaya –rió Zoé.
-Parece que te haga gracia.
-No lo parece, me hace gracia de verdad. Ya conoces ese dicho de “reír por no llorar”. Lo cierto es que todo este viaje no ha sido tan malo…
-¿Te señalo tus cicatrices o te digo a cuántos he matado? –replicó él molesto. –¡Este viaje no ha tenido nada de bueno! ¡Y todo por culpa de ese…!
-¿Y qué tiene que ver Anerues en todo esto? Según lo que me has dicho, él no fue quien hizo ese agujero.
-Pero fue el que nos llevó a la casa de su tío, que viene a ser lo mismo.
-No intentes culparle por algo tan trivial. ¿Qué iba a saber él?
-Cierto, él no sabía nada “entonces”.
-¿Qué quieres decir?
-Que gracias a sus sueños ha descubierto que ha estado predestinado desde el nacimiento para matar a la Autoridad. El hecho de que cayéramos en el agujero era sólo cosa de él, no nuestra. Yo siempre he sido muy escéptico en todo lo que se refiere a divinidades, destinos y toda esa tontería pero ahora creo con firmeza lo que me contó Jack: El destino de Anerues se ha mezclado con el nuestro cambiándolo de forma de una manera muy desgraciada.
-Permíteme disentir –dijo Frandoll levantando la mano, asustando a los otros dos. –¿No estarás diciendo que el haber estado aquí no nos ha ayudado a nosotros los utukku y sus allegados? Si esto es una guerra contra el Dios de los que han causado la guerra en la que estamos inmersos y resulta que Anerues va en busca de la Autoridad para matarla, ¿no creéis que vosotros, que nos habéis dado la ventaja de conocer la pólvora, no estáis aquí para completar el trabajo que él tiene que hacer? –Fran se levantó y estiró los brazos. –Si todo lo que habéis dicho es cierto, vosotros formáis parte del destino de Anerues desde mucho antes de que llegarais aquí.
Los otros dos se quedaron mudos ante la afirmación de la utukku la cual, tras atraer hacia sí a Laeviathein, dijo sonriendo:
-Si crees que todo lo que hizo Zoé por mí no es más que un “desgraciado accidente” permíteme partirte la cara –dijo sin dejar de sonreír. –Y si, además, insistes en que lo que hiciste por los soldados que te acompañaron a buscar el agujero no fue más que una “sarta de asesinatos sin sentido”, que te muestre Trevor su rechazo a su doppelgänger o cómo los supervivientes se quejan de estar vivos. Vosotros tal vez penséis que sois desgraciados por haber llegado aquí pero, por parte de los que vivimos en este mundo, digo que sois lo más parecido a unos salvadores divinos, siendo los dos valientes y sacrificados hasta límites que nadie en este mundo conoce. Pero, en todo caso, ¿os sentís desgraciados por ser como sois?
Los otros dos se quedaron mudos ante el largo discurso de Frandoll (al menos había enlazado más de siete palabras seguidas sin gritar ni echarse a llorar). Pero Amadeo, lejos de sentirse impresionado por esa larga sarta de palabras respondió algo airado:
-Muy bien, estamos aquí por culpa de un destino que nos sobrepasa; hemos hecho lo que hemos hecho porque así creíamos que debíamos actuar; hemos trabajado, luchado y matado sin casi tiempo para reflexionar nada. Pero –Amadeo tomó aire y gritó sin temor: –¡ni por asomo llegues a pensar que lo hemos hecho por gusto! Todo cuanto queremos hacer es volver a casa. Tú lo ves desde fuera, que somos una pareja de chicos muy valientes que luchan por los utukku y que muestran sus ideas sin temor a lo que les pase pero, visto desde nuestro punto de vista, la historia cambia y mucho: Yo sólo quiero volver con mi familia y evitar que Zoé muera. Quiero llegar y mostrarle a mi familia, a la familia de Zoé, al padre de Anerues, a los de Lou y los de Jack que todos hemos regresado vivos y ahorrarles así el sufrimiento de haber perdido a sus hijos. No quiero que nadie llore nuestra marcha pues ellos ya estarán llorando nuestra desaparición… Pero jamás, repito, JAMÁS pienses que yo he estado luchando por desconocidos o por órdenes de algo que nos sobrepasa a todos. Porque yo he matado pero tú no, porque yo he sufrido mientras tú te pasabas tus años dentro de esta tumba, porque yo he visto a gente morir tan sólo porque yo estaba ahí… Y después está lo vuestro: Antes nos despreciabais tan sólo por existir, ¿y ahora deseáis que estemos de vuestro lado? ¿¡Crees acaso que me gusta saber que todo esto es mi destino!? ¿¡Has entendido todo lo que te dicho!? –gritó con lágrimas en los ojos retirándose de la sala dando un portazo.
Mientras hablaba, Frandoll volvió a abrazarse a Zoé, no se sabe si asustada o llorosa pero de sus brazos no se separó en un buen rato.
Amadeo volvió a toda prisa a su habitación, con paso nervioso y crispado llevando a Goppler en brazos. No le gustaba nada perder los estribos y lo estaba demostrando. Aunque Goppler tratara de tranquilizarlo, Amadeo no escuchaba más que la voz de su temperamento que no dejaba de ordenarle que gritara para liberarse de cuanto le atenazaba desde dentro.
Cuando entró en su habitación, encendió una lámpara, tiró su espada sobre su cama y cogió uno de los libros que había cogido prestados de la biblioteca, para ver si una lectura le servía para calmarse. Sin embargo no tuvo tiempo para relajarse pues alguien llamó a la puerta.
-Pasa –dijo él secamente dejando el libro a un lado. A su orden entró Zoé. –Eres tú… ¿Qué quieres? –preguntó él con tono muy cortante.
-Te has pasado –respondió ella con el ceño fruncido.
-¿Y qué? Que acepte lo que yo he vivido.
-¿Es que no lo entiendes? Ella también lo ha vivido. Sabe lo que sientes y piensa lo mismo que tú…
-¿Qué sabe ella? Lo que ella sabe es que se ha pasado más de treinta años aquí encerrada haciéndose la mártir sin intentar siquiera controlarse. Pero no tiene ni idea de lo que he tenido que hacer yo: Ella fue víctima y no llegó a tener la oportunidad de defenderse pero yo, la única opción que tuve fue sobrevivir ¿¡Crees que me gusta saber que he matado a más de treinta personas tan sólo para volver aquí!?
-¡Eso no es algo que te debiera hacer sentir culpable!
-Si lo que dices es que no debería arrepentirme de ello, no lo estoy haciendo, es más, jamás lo haré pues sino ahora yo sería el muerto. Pero nunca me digas que no me sienta culpable pues…
-¡Yo también he matado! –interrumpió ella acercándose, imponiéndose ante él. –¡Y por la misma razón que tú, maldita sea!
Amadeo enmudeció ante el grito de su compañera siendo incapaz de contestar.
-¡Antes dijiste que lo hacías para que pudiera volver! –continuó ella. –¿¡Qué crees que hice yo!? ¡Tú sufriste un camino! ¡Yo otro! ¡Pero jamás digas que todo esto no ha servido para nada!
-¡Y es que no va a servir para nada! –gritó él al tiempo que se levantaba. –¡Cuando volvamos a casa no podremos volver sin arriesgarnos a morir, ya sea por esa absurda enfermedad de la que nos habló Anerues como por la guerra! ¡Esto no es ningún juego!
-…tranquilicémonos… –dijo ella dándole la espalda, con un tono mucho menos crispado, bajando la cabeza y buscando un lugar donde sentarse. –Tranquilicémonos…
Amadeo le pasó su silla y se fue a sentar a su cama. Pasaron un largo rato en silencio para calmar los ánimos hasta que ella empezó a musitar:
-No deberíamos estar discutiendo cuando los dos queremos lo mismo…
-Lo sé –dijo él. –Ni yo sé que me ha pasado ahora…
-Eres demasiado temperamental –acusó ella. –¿Por qué no tratas de pensar un poco en como se sienten los demás antes de abrir la boca?
-Porque mi costumbre es hacerlo después ¿Crees que me gusta hacer que la gente se sienta mal? ¿Crees que lo que le dije a Frandoll era tan sólo para que se torturara más? Yo sólo he expresado mi opinión, mi verdad. Mi intención era que supiera cómo me sentía yo, no que ella se avergonzara de sí misma… pero cuando pierdo la calma digo cosas y cosas… A todo esto, ¿cómo se lo tomó?
-No le ha gustado pero parece que lo que le has dicho sea algo que le enrabiete –a Zoé, de repente, se le vino una idea a la cabeza. –¿Por qué me preguntas por su estado si, según tú, todo esto no debería importarnos?
Amadeo, sintiéndose pillado, no contestó y salió de la sala algo avergonzado. Sin embargo, cuando abrió la puerta chocó con una de las doncellas del castillo del Rat.
-Disculpe –dijeron tanto Amadeo como la mujer.
-Les llaman a la entrada –avisó la doncella mientras se comprobaba el estado de la nariz por el golpe. –La reina dice que es muy urgente.
Cuando Amadeo y Zoé llegaron a la entrada se encontraron con la guardia de palacio desplegada en las terrazas de la entrada, apuntando con sus arcos a las grandes puertas del Rat esperando a que las abrieran mientras los reyes permanecían en la más alta observando lo que sucedía.
-¿Qué pasa aquí? –preguntó Amadeo nada más encontrarse con Trevor.
-Cuando volviste esta mañana del bosque –dijo Trevor a Zoé –dijiste que alguien vendría esta tarde, ¿no es así?
-¿Ya están aquí? –preguntó ella.
-Lo cierto es que… no lo sé. Desde la ventana de los vigías –dijo señalando una terraza muy alta por encima de la puerta –se puede ver a un grupo de unas seis personas montadas en un carro, un carro sin caballos…
-Abrid las puertas –dijeron Zoé y Amadeo sin dudar, al saber a qué se refería.
El utukku, algo receloso pero confiado, le indicó a unos cuantos soldados que fueran hacia la polea que permitía abrir ésas dos enormes moles que eran las puertas de Chalyben, dos puertas mezcla magistral de piedra y hierro con un aspecto casi indestructible pero, a la vez, pesado. Con gran esfuerzo, siete hombres retiraron las tres vigas de madera que atrancaban la puerta y otros cinco empezaron a girar la polea, mientras que en la polea que permitía cerrar la puerta otros cinco soltaban cuerda para facilitar y acelerar la operación. Así, en cosa de dos minutos, la puerta se había abierto dejando ver una camioneta de bastante tamaño en la que estaban tres adultos y tres niños. La única mujer del grupo estaba en la zona de carga de la camioneta guiando a tres niños llorosos fuera del aparato mientras que los otros dos adultos, cargados con sendos mochilones militares, se acercaban a Zoé y Amadeo que salieron a recibirlos.
-¿Esto es el Rat Chalyben? –preguntó sin rodeos el más alto de los dos.
-Sí –respondió Amadeo. –Usted debe ser Thomas Cashner, supongo.
-Efectivamente. Jacques nos dijo que podríamos hospedarnos aquí hasta que llegara Anerues que nos ayudaría a resolver el problema de los niños –dijo señalando a su espalda.
-Siento interrumpir la charla –dijo Trevor –pero urge ir cerrando las puertas.
-Por supuesto –dijo el otro recién llegado dirigiéndose hacia la camioneta y arrancándola mientras la mujer entraba a los niños dentro del Rat.
Ante la sorprendida concurrencia que estaba en las terrazas, la camioneta fue introducida en el Rat al tiempo que las puertas eran cerradas con gran esfuerzo.
-¿Qué clase de ingenio es ése? –preguntó Trevor a Amadeo mientras esas actividades eran llevadas a cabo.
-Eso es una camioneta –respondió sencillamente Amadeo. –Pero si quieres una respuesta un poco más sofisticada, una camioneta movida por un motor de explosión. Como siempre, las preguntas a la lista.
-Muy bien pues –dijo el conductor apagando el aparato tras aparcarlo en una esquina. –¿Y ahora qué?
-Ya oíste a Anerues entonces –respondió Thomas. –Estamos en manos de esta gente hasta que le curemos la amputación a los niños.
-¿Esos son los niños? –preguntó Amadeo algo incómodo por la presencia de esos llorosos y a la vez, callados infantes. Algo tenían esos niños que nadie se atrevía a acercárseles. A pesar de que se abrazaban fuertemente a sus daimonions, ninguno de ellos parecía estar “vinculado” a los mismos.
-Da igual –dijo Trevor siguiendo las órdenes que le enviaban los reyes desde lo alto mediante señales. –Parecéis cansados por el viaje así que mejor hablemos tras dejaros descansar un poco.
Así pues, Trevor guió a los recién llegados hacia el interior del Rat mientras Kyleas llegaba y se encargaba de reorganizar de nuevo la entrada.
Mientras el sol continuaba descendiendo, la jefa de las Uhlon, Kirno, se acercó hasta las tropas, que desde Namaste habían partido hacia el Rat, para encontrarse con Gill, comandante de ese enorme ejército.
-Buenas, señora Kirno –saludó él como si tal cosa. –¿Habéis descubierto algo de interés?
-No –respondió ella de una manera tan fría como su firme expresión.
-¿No hay vigilancia, ni patrullas ni nada?
-Nada.
-Bueno es saberlo –dijo el otro sonriéndose ante la más que posible victoria sobre los habitantes de Chalyben. –¿Y Meira? ¿Se ha recuperado de sus heridas?
-Sigue furiosa.
-Así me gusta, que se mantenga animada.
-Ella desea que, si es posible, le dejen matar a ese desgraciado que le venció.
-No puedo prometeros nada pero, en todo caso, se hará lo posible por mantener a ese chico con vida. Aún necesitamos saber de dónde ha venido. Tras interrogarlo podremos dejároslo para que lo ejecutéis como os plazca.
-Déjenos el interrogatorio a nosotras. Conocemos muchas más maneras que vosotros para descubrir cuanto pueda ocultar.
-Ya veremos. De momento nos basta que os vayáis apostando alrededor del Rat ¿Podréis hacerlo?
-Mientras vosotros cumpláis con vuestra parte de la promesa, nosotras seremos vuestros perros de presa.
-Así sea. Vaya a avisar a tus compañeras: La batalla será esta noche.
-Que la gran Qua guíe tu mano, Clérigo –saludó Kirno al tiempo que se elevaba a toda velocidad con su rama de abeto.
“Ilusa…” pensó Gill seriamente. “Que Qua ni que ocho cuartos. O la Autoridad o nadie, creed o morid.”
Adrian miraba los documentos de El’Lo con interés, mientras éste y Trevor esperaban algo impacientes pues ya deseaban retirarse a descansar.
-Perdone la espera –se disculpó el rey tras dejar los papeles a un lado. –Esta clase de cosas hay que comprobarlas bien antes de decir nada. A pesar de que estoy plenamente de acuerdo con las peticiones del príncipe, sigue sin cuadrarme que se haya ofrecido así a prestarnos ayuda. Ni aún en la peor época de la primera gran cacería, el Principado de Ombra se declinó por ayudar a nadie prefiriendo el aislamiento.
-Usted pidió ayuda y el príncipe desea concedérsela –respondió El’Lo. –Que seamos cerrados no quiere decir que seamos soberbios, sólo muy prudentes.
-Sin embargo en el mensaje que os mandé os conté lo de los Nobles y, aún sabiéndolo y conociendo el histerismo que existe alrededor de esa clase de personas, ¿Otaz se presta a ayudarnos? Entiendo que seáis precavidos pero tampoco hacía falta enviarme un espía para comprobar el terreno.
-Veo que sois inteligente –dijo El’Lo inclinándose para, de paso, disimular el cambio de peso de una pierna a otra y acomodarse en su posición marcial.
-Bueno, como ya ves, la distinción entre Nobles y utukkus ya es algo bastante irrelevante –dijo dando un golpecillo amistoso en la espalda de Ed. –Si lo que ese chaval dijo es cierto, he de suponer que en Ombra ha ocurrido lo mismo.
-Nosotros soltamos a nuestros uiban para informar del… –El’Lo titubeó buscando la palabra –…cambio. Supongo que ya estarán enterados por allí de lo que ocurre en este lugar.
-De todas maneras, hasta mañana por lo menos no sabremos nada de lo que ha ocurrido en Ombra. En fin, ahora que está todo aclarado puedo invitarle a usted y a sus compañeros a que se queden una temporada en el Rat. Siéntanse como en casa.
-Gracias –dijo inclinándose, esta vez sin disimular el terrible picor que sentía en sus piernas. Se dio la vuelta mientras Trevor le abría la puerta pero, antes de cruzar el umbral, se paró y preguntó: –Disculpe mi descortesía pero, ¿y los Nobles que llegaron aquí?
-No son peligrosos –respondió el rey levantándose para dirigirse a la sala contigua. –Nos mostraron una fórmula alquímica muy interesante y muchas cosas que, en teoría, sólo conocen los Nobles de Tricápita pero ellos, en sí, no son una amenaza para ningún utukku… salvo para mi mujer –añadió jocoso al tiempo que atravesaba la puerta. –Cuanto tenga que hablar sobre eso con Otaz, que sea con su auténtico enviado.
-Otaz no se fía de nosotros –dijo Remiria desde la cama nada más atravesó la puerta Adrian.
-¿Te extraña? –respondió él. –Mencionamos a los Nobles y eso les hizo desconfiar, nada más. En todo caso, fiarse parece que se fían, de hecho, más aún después de que a ese El’Lo lo salvara Jack. Sin duda, el saber que disponemos de armas como las que nos mostró hará que se nos unan muchos aliados.
-No olvides que todo será una alianza interesada –dijo ella mientras se levantaba y recogía su ropa. –Si difundimos demasiado esa fórmula, los Rats del sur se sublevarán sin ninguna duda.
-Confiemos en que después de la guerra no haya problemas.
-Mientras haya elatos ambiciosos habrá problemas.
-¿Aún sigues resentida por la traición? –dijo él recogiendo la blusa a su esposa.
-¿Y quién no lo estaría? –dijo ella colocándose la falda. –No es que desprecie a los elatos, es sólo que sé que de ellos me puedo fiar menos que de los utukku. Al fin de al cabo, ellos se pueden vender.
-A partir de ahora no creo que se dejen sobornar –dijo él ayudándole a ella a abrocharse. –A menos que sus clérigos empiecen a someter más aún a los antiguos elatos a base de proclamar que el cambio ha sido provocado por un regalo divino, dudo mucho que sigan creyendo que los Nobles son seres superiores.
-Regalo divino… –rió ella. –Si lo que nos contó Jack era cierto, más bien se tratará de un regalo del mismísimo demonio.
-Más te vale que a partir de ahora no se te ocurra mencionárselo a nadie: Lo último que nos faltaría es que los clérigos tuvieran razón al decir que estamos apoyando a su diablo.
Remiria comprobó que su falda estaba bien puesta y se dispuso a calzarse.
-No estamos apoyando al demonio –dijo ella. –Es él el que nos está apoyando a nosotros, sin más petición que prestarle ayuda para ir a matar al ídolo que ha causado toda esta guerra. Yo le daré toda la fuerza del Chalyben si es necesario.
-¿Te fías de él así de buenas a primeras?
-¿Nos ha dado razones para no hacerlo? No conozco sus verdaderas motivaciones pero lo cierto es que nos ha enviado un par de buenos apoyos tanto en lo militar como en lo civil. Desde que Zoé y Amadeo llegaron aquí la moral de las tropas ha subido mucho, las gentes creen que podemos tener acceso a secretos del enemigo y creen que la victoria final sobre los Nobles no anda muy lejos. Y, lo mejor de todo, es que no es falso: Es absolutamente real.
-Pero a la larga no será creíble –dijo Adrian apartando a Ed que le tapaba el acceso hacia el lugar donde había dejado su espada. –Hasta que no llegue ese tal Anerues no podremos probar que el sueño de esta noche hubiera sido real…
-…cosa que ocurrirá en cosa de tres días –interrumpió ella viendo si tenía bien puestos los zapatos. –Jack llegó hasta aquí por lo que no hay por qué dudar que el otro no vaya a hacerlo.
-Pero, ¿existe? –preguntó él escéptico mientras se colocaba el cinturón con la funda de su arma.
-¿Crees que no? –dijo ella mientras buscaba algo dentro de su armario. –Hay que ser muy cerrado de ideas para pensar que lo que todo el Rat ha visto no era real.
-Siempre se podría pensar que todo ha sido una enorme casualidad –Adrian desenfundó su arma.
-No lo creo –dijo ella sacando la funda de sus puñales.
-¿Para qué has sacado eso? –preguntó él al ver a Remiria colocándose ese largo cinturón en el que estaban sujetos más de diez puñales. Remiria se paró en seco al darse cuenta de lo que estaba haciendo.
-¿Y tú para qué desenfundas? –preguntó ella. Adrian se sobresaltó al darse cuenta de que así había sido.
Ni el uno ni la otra dijeron nada por la extrañeza que les causaba el verse mutuamente con las armas preparadas para luchar.
-¿Por qué…? –intentaron preguntar los dos. Sin embargo, el sonido de un fuerte golpe en la sala de al lado les hizo darse cuenta de que esa alteración en su normal comportamiento no era fruto de la casualidad.
-Descansa las piernas, chico –dijo Trevor, tan contento como El’Lo de dejar de mantener la postura. –Ahora toca divertirse un poco antes de volver al trabajo.
-La gente de por aquí es muy familiar, ¿no? –preguntó el aludido estirando fuertemente las piernas por las cuales aún sentía fuertes picores.
-O tú eres demasiado serio. ¡Un espía! –exclamó Trevor. –Desde luego pareces cualquier cosa menos eso.
-Sin faltar –se quejó seriamente la daimonion leopardo de El’Lo. –Somos como somos…
-No importa –interrumpió El’Lo dándole un golpecillo a su daimonion para que callara. –Todo el mundo siempre me ha dicho que soy un poco bajo para mi trabajo.
-Si casi le sacas una frente a Amadeo –comentó Frondea desde el hombro de su persona. –En comparación eres hasta alto.
-Amadeo… ¿el Noble? –preguntó El’Lo.
-Amadeo, el “joven aruco” –corrigió Trevor. –Noble o elato, ahora esa distinción poco importa.
-¿Lo llamáis aruco cuando sólo ha luchado una vez hasta ahora? –preguntó la leopardo extrañada.
-Lo llamamos aruco porque estuvo peleando casi sin descanso durante cinco días seguidos, sin perder ni un solo combate y matando a cuanto enemigo trató de parar mi expedición. Créeme: Se crece en batalla al tiempo que se vuelve cada vez más y más difícil de vencer.
-Darle medio segundo es perder una pierna –dijo Frondea; –uno entero, es perder la vida y darle dos es suicidio. Jamás vi a nadie pelear de esa manera…
-…vaya… –se le escapó al espía en un descuido. –¿Y es joven?
-No tiene más que diecisiete primaveras –respondió Trevor. –Y ya habrá matado a más de treinta personas.
-Y es eso precisamente lo que más le molesta –dijo Frondea. –Le gusta hablar de armas, de técnicas, de posturas, pero más te vale no decirle que luche en serio.
-Es tan bueno que hasta se asusta a sí mismo –dijo Trevor. –Sólo hay que recordar la cara que puso cuando derrotó a Meira.
-¿¡Meira, la roja!? –exclamó El’Lo.
-La misma –respondieron Trevor y Frondea al mismo tiempo. –Más de seis personas (entre ellas, nosotros incluidos) podrán atestiguártelo.
El’Lo no dijo nada, sorprendido por la declaración de su guía.
-En fin, ya estamos –dijo Trevor pasando a las dependencias de invitados mientras encendía un candil para El’Lo. –Creo que tu habitación era la quinta a la derecha. Ya nos veremos en el comedor.
Así pues, el espía se despidió de Trevor y se encaminó hacia la puerta de su habitación. Sin embargo, cuando la abrió, nada pudo hacer.
En la habitación más grande de las dependencias para invitados, Agatha, Thomas, Pablo y los tres niños se acomodaban en su lugar. Agatha había estado haciendo las veces de matrona de los amputados al tiempo que Pablo, probablemente cargado con cierto sentimiento de culpa, le ayudaba. Thomas, por su parte, dedicaba ese momento de relax para limpiar y preparar las armas que llevaban en las mochilas, cargar las cananas y adecuar, junto a Pablo, el aspecto de la habitación para evitar un ataque, levantando la mesa y las camas formando un pequeño fortín en el que se ocultaban los pequeños.
-Recuerde lo que le ha advertido Anerues –dijo Thomas: –No salgan de esta habitación en todo lo que queda de noche pues éste es el lugar más seguro del Rat, ¿entendido?
-Por mí no hay problema –dijo ella sacando un revolver de su mochila dejándolo a su alcance ante un más que posible ataque. –Lo único que temo es que la puerta ceda.
-En el caso de que ceda no podremos ayudarla –dijo Pablo vistiéndose para la batalla. –De todas maneras, confíe en lo que le dijo ese chaval.
Tras vestirse el chaleco antibalas, colocarse las cananas, cargar su arma y cortarse el flequillo con un cuchillo, Pablo se dirigió hacia su compañero y esperó sus órdenes.
-No tenías porque hacer esta penitencia –comentó Thomas mientras esperaba.
-Yo ayudé a que esos niños acabaran como están –dijo el otro recolocando un poco la mesa tras la cual iban a estar parapetados los niños. –Si algo puedo hacer para curarlos, que así sea.
-¿Incluso ir a meterte en una batalla que probablemente perderás?
Pablo no respondió y tomó aire para relajarse, a la espera de que comenzara toda esa absurda batalla.
-Sea lo que sea –dijo Thomas, –por algo nos habrá enviado Anerues hasta aquí. Y no creo que esa razón sea la muerte.
De repente, en el pasillo se escuchó un grito que fue ahogado rápidamente.
-¡Muy bien! –gritó Thomas abriendo la puerta para salir con el arma en alto siendo seguido por Pablo hasta tres habitaciones más allá de la suya lugar donde se encontraron a dos hombres acuchillando a otro al que habían pillado por sorpresa.
-Anerues tenía razón –dijo Pablo en castellano al ver la escena. –Había soldados traidores en Chalyben.
Los dos de la sala se giraron al oírlo y, al ver que no eran de los suyos, se lanzaron contra ellos. Sin embargo nada pudieron hacer contra la andanada de disparos que recibieron.
-Pues por el bien de esta gente, acabaremos con ellos –respondió Thomas en el mismo idioma.
“Hay que ver cómo duerme esta chica” dijo Zoé mirando la ahora serena cara de Frandoll. Cuando tenía relajados todos los músculos de la cara, sin forzarla por las pesadillas que tenía, parecía un auténtico ángel. Viéndola así, Zoé se sentía ante una bebé durmiente, ajena a cuanto ocurría pues se sentía protegida. “Espero que por mí” pensó Zoé sonriendo. “En fin, dejemos que duerma, que yo aún tengo trabajo” Zoé dejó de contemplar a la utukku y fue hacia la remodelada librería de la habitación: Ahora que Frandoll había recuperado gran parte de su salud mental, Remiria había decidido que empezara a estudiar un poco para que la ayudara en sus tareas de gobierno. Para ello le había dado a Zoé la responsabilidad de ser su maestra durante los primeros días, conociendo la familiaridad que sentía hacia ésta, para que se acostumbrara a cierto ritmo de trabajo.
-Al final sí que vas a ser maestra –dijo Ku-Te.
-Es lo que quiero ser… –dijo Zoé sacando un par de grandes libros de la librería. Una vez sobre la mesa, fue hacia una pequeña mesita y sacó un bote de tinta, una pluma y unas cuantas cuartillas de papel para practicar caligrafía al día siguiente. –Supongo que Frandoll no encontrará inconveniente en aprender cosas nuevas.
-Teniendo en cuenta la pasión con la que relata tus conciertos de órgano, creo que deseará aprender cuanto sea posible para ser ella la que toque ese armatoste.
Zoé colocó las cosas de tal manera que tendría la clase preparada para el día siguiente por lo que fue hacia la cama para dormir un poco. Pero, para cuando ya se había quitado los zapatos, Frandoll se levantó como un ensalmo, asustando ligeramente a Zoé.
-Buenos días –saludó Zoé al ver que la otra se levantaba animada.
Frandoll no contestó y se restregó los ojos, intentando despertarse, tras lo cual se estiró los dedos. Sin embargo, lo que vio no le gustó y volvió a repetir la operación dedo por dedo.
-¿Qué te pasa? –preguntó Zoé preocupada.
-Espera –dijo Frandoll dándole un golpecillo a Laeviathein para que despertara para dirigirse a toda prisa a la entrada mientras Zoé la observaba sentada en la cama. A los pocos segundos, la utukku volvió a toda prisa a los pies de Zoé, algo llorosa, más por miedo que por tristeza.
-¿Qué pasa? –preguntó otra vez Zoé, empezando a preocuparse por las acciones de Fran, la cual ocultaba su cara entre las piernas de la otra. –¿Ha pasado algo?
Fran, muy temerosa, alzó la cara y digo con voz acongojada:
-¿Es soñar una locura?
Zoé no respondió, es más, le preguntó con la mirada.
-Los he visto… –dijo con voz muy queda. Zoé se inclinó para escuchar mejor a su amiga. –Los elatos de la entrada… han matado a todos los utukku y han abierto las puertas… ¡Un ejército ha entrado en Chalyben! –Fran volvió a romper a llorar, asustada porque pensaba que no era capaz de distinguir realidad de sueño.
-Ven aquí –dijo Zoé abriendo los brazos acogedoramente. –¿Y por qué me lo cuentas?
Frandoll se abrazó a Zoé, asustada y respondió:
-Le he visto. He visto a Anerues…
Zoé sintió un escalofrío recorrer su espalda, sabiendo que, si Frandoll había soñado eso, no era cosa de la casualidad.
-Me dijo –continuó –que no te fiaras del traidor del galgo… que si no haces nada, matará a Amadeo…
-Entendido –dijo Zoé transmitiendo su preocupación a la otra. –He de pedirte algo –dijo alejando a Fran de sí: –Voy a salir de aquí a comprobar lo que ha dicho Anerues, ¿me entiendes? Desde lo que ha pasado la pasada noche, tengo por seguro que un mensaje en sueños de Anerues no es algo que haya que tomarse a la ligera.
Frandoll asintió.
-Tú ocúltate en esta habitación como mejor sepas y no salgas bajo ningún concepto, ¿entiendes?
Frandoll volvió a asentir, esta vez más asustada.
-No te preocupes, volveré –dicho lo cual, le dio un beso en la frente y se encaminó a la salida con el corazón en un puño mientras la mirada de Frandoll la seguía con congoja.
-No dejes que volvamos a sentir la pérdida –pidió Laeviathein cuando pasaron la puerta. Zoé no respondió, concentrándose ahora más en lo que pudiera encontrarse.
-¡Amadeo! ¡Despierta!
El aludido, algo desorientado todavía, abrió los ojos y se encontró con el capitán Kyleas, zarandeándole para que despertara.
-¿Qué pasa? –preguntó levantándose rápido al ver que la situación no pintaba bien.
-¡Vístete, rápido! –ordenó Kyleas mientras volvía a la puerta. Éste abrió ligeramente la puerta y miró cuidadosamente de un lado a otro del pasillo. Cuando vio que no había nadie, cerró la puerta y ayudó a Amadeo pasándole algo de su ropa. Éste, algo atemorizado, se dio prisa mientras escuchaba la nerviosa explicación de Kyleas: –No sé cómo pero el enemigo ha logrado atravesar la puerta de Chalyben. ¡Maldita sea! ¡El enemigo ha entrado dentro del Rat! Ya he enviado a unos cuantos a la llamar al resto de la tropa pero necesito al menos un compañero para volver a defender la entrada. ¡Date prisa!
Amadeo, algo nervioso por la declaración del capitán, terminó de ponerse la ropa y cogió su arma.
-¿Y tu armadura? –preguntó Kyleas.
-Cuando empecé a ser un simple patrullero me la quitaron –respondió Amadeo, algo asustado al verse tan desprotegido ahora.
-Da igual –dijo el capitán abriendo la puerta. –Hay una armería en el tercer terrado de la entrada. Allí te conseguiremos una coraza.
Amadeo, algo más animado aunque con los nervios de encontrarse ante una situación tan imprevista como esa, siguió a Kyleas sin dudar por los desiertos pasillos del Rat al tiempo que terminaba de ajustarse la ropa y los guantes. Aunque suponía que era normal en un ataque a un lugar como ése, semejante quietud no le gustaba. Pero mientras descendían a la entrada, más claramente se escuchaban los gritos y el entrechocar de las armas. Haciendo el más mínimo ruido posible, los dos avanzaron por ese pasillo, Kyleas delante vigilando la vanguardia y Amadeo detrás con el arma en alto.
-¡Capitán! –llamó un soldado nada más salieron del túnel que desembocaba en la segunda terraza de la entrada. –Son cada vez más y ya no sabemos como retenerlos.
-Mantened a los piqueros en las escaleras –respondió el capitán. –Los arqueros deben sobrevivir cuanto sea posible. Cuando acabe con éste, volveré con vosotros para ayudaros con el ataque.
El soldado asintió y volvió con sus compañeros a mantener la defensa.
Antes de que Amadeo pudiera echar un vistazo a la cruenta batalla que se estaba librando allá abajo, Kyleas le agarró del brazo y lo llevó a la tercera terraza, lugar desde el que ya se podía observar la dantesca estampa que presentaba el campo de batalla que se había formado allá abajo: En una enorme masa de cuerpos inertes, la mayor parte de soldados del Rat, y sangre que se extendía tanto por suelo como por paredes, una enorme cantidad de soldados avanzaban en formación casi perfecta. La vanguardia del enemigo estaba formada por una línea de piqueros que se extendía en forma de cuña para contrarrestar y debilitar la defensa utukku. Frente a ellos se encontraban los montantes que avanzaban con gran ímpetu contra los piqueros del Rat, los cuales no tenían más remedio que lanzar a sus alabarderos contra aquéllos, los cuales eran fustigados sin cesar por los piqueros por su complicada situación.
-Por aquí –señaló Kyleas abriendo una puerta fortificada. –¡Vamos! ¡Sé donde hay una coraza de tu medida! –Kyleas guió con rapidez a su compañero por entre todas esas armas y armaduras hasta llegar a una esquina en la que había expuestas tres corazas. –¡Date prisa!
Amadeo cogió, sin más demora, la coraza que más le parecía que era de su medida al tiempo que escuchaba como Kyleas desenfundaba sus armas, sin duda preparándose para la batalla que iba a librar en un momento. Pero, con los nervios, a Amadeo se le cayó la parte delantera de su protección por lo que se lanzó para recogerla. Y a partir de ese día Amadeo bendeciría la disciplina de los soldados de Chalyben que les llevaba a mantener limpias hasta el extremo sus armaduras: Amadeo vio como Kyleas levantaba la empuñadura de su espada larga para descargarla contra su nuca reflejado en la superficie espejada del metal. Amadeo reaccionó en consecuencia de inmediato: Agarró la empuñadura de su espada y la lanzó con todas sus fuerzas a su espalda. Y, como supuso, su arma chocó duramente contra la parte más baja de la hoja de Kyleas, el cual trastabilló sorprendido ante la reacción del chico.
-¿¡Qué pretendes!? –exclamó Amadeo alzando la espada a la altura de sus ojos, manteniéndola perpendicular a su cuerpo y así creando un espacio defensivo muy amplio.
-Eres bueno… –comentó Kyleas sacando su otra arma.
-¿¡Qué estás haciendo!? –exigió saber Amadeo al tiempo que alzaba su otra mano para usarla de escudo. Pero en menos de un segundo se dio cuenta de lo que implicaba que estaba haciendo Kyleas: No fue el enemigo el que entró en el Rat sino que fue el mismo capitán Kyleas, el que dirigía los accesos a la ciudad, el que ordenó abrir las puertas. Ese hombre era un traidor.
Amadeo alejó este descubrimiento de su mente y se concentró en el combate que tenía por delante: En un primer instante analizó a su enemigo: Kyleas era un hombre bastante alto el cual sujetaba sendas katanas en ambas manos, una corta en la zurda y una larga en la derecha. Esto era un problema: La altura jugaba en contra de Amadeo con el problema añadido de que, al no llevar éste coraza, dichas armas eran letales de necesidad. Amadeo no se amedrentó por ello: No era la primera vez que se encontraba en tesitura semejante por lo que, al segundo siguiente ideó un plan de ataque.
Así, un segundo después de analizar y pensar la manera de encarar a su enemigo, se lanzó directamente al ataque, pillando algo desprevenido a Kyleas: Amadeo dio un paso rápido al frente y lanzó un estramazón muy visible contra la frente de Kyleas, a lo que éste respondió inclinándose ligeramente hacia atrás esquivando el corte por poco. Amadeo no paró su ataque y se lanzó al fondo tratando de ensartarle por el cuello, movimiento que Kyleas ya había previsto hacía tiempo y que esquivó basculando ligeramente el cuerpo. A partir de este punto, el hombretón inició su contraataque golpeando salvajemente la ropera de Amadeo para apartarla y lanzando otro ataque, igualmente potente, contra el hombro del enano. Sin embargo, Amadeo ya conocía sus intenciones antes de que empezara el contraataque: Desde el principio ya había sabido que Kyleas no pretendía matarlo por lo que sabía que dirigiría su ataque contra una parte no vital de su cuerpo y así, tras ver con que mano apartó su espada, pudo saber contra que lado iba a dirigir su katana y actuar en consecuencia: Antes de que Kyleas se hubiera percatado, Amadeo ya estaba un paso por detrás del alcance de la larga arma, recuperando la posición de su ropera para lanzar una estocada contra el pecho de su enemigo y cuando la katana pasó delante de su cara, Amadeo se lanzó de inmediato contra el otro. Pero Kyleas, aunque sorprendido por la entereza que demostraba tener ese chico, esquivó el ataque como pudo, sin poder evitar que su mano izquierda se alzara para detener la estocada. Como resultado de esta primera confrontación, Kyleas acabó herido en su mano izquierda, perdiendo su espada corta.
-¿Cómo…? –trató de decir Kyleas sin poder enlazar una sola palabra más por el salvaje contraataque de Amadeo el cual volvió a lanzar un estramazón contra la frente del hombre. Éste, aprovechando la forma de su larga espada, alzó su arma y paró el golpe, llevando el arma de su enemigo hacia el suelo y seguidamente lanzó un puñetazo con su mano herida. Amadeo, que no se esperaba esta reacción, encaró el golpe sin siquiera preocuparse en esquivarlo, sin perder de vista la katana y las piernas de Kyleas. Éste dio un paso atrás para liberar su arma e iniciar un nuevo ataque pero, al tiempo que lo daba, Amadeo siguió su movimiento para después levantar por la fuerza el arma del hombre con su ropera colocando ambas armas frente a sus ojos. Kyleas, nervioso, no comprendió por qué Amadeo se quedaba en tan mala posición frente a él pero no tuvo tiempo para pensar la razón porque Amadeo empujó su arma contra sí a lo cual éste reaccionó embistiendo con su todo su peso y aprovechando su altura. Craso error: Amadeo, sabiendo que ese hotentote intentaría algo semejante, basculó ligeramente su cuerpo hacia su derecha mientras él empujaba y adelantó su pierna izquierda entre las de Kyleas provocando que se cayera al tropezar con semejante zancadilla.
-…hasta nunca… –susurró Amadeo mientras lanzaba una estocada contra el costado de Kyleas mientras caía. Sin embargo, esta vez fue Kyleas el que sorprendió a Amadeo: Mientras caía, Kyleas ya sabía que Amadeo ya estaba preparando el golpe de gracia por lo que, en un último y supremo esfuerzo, se giró en el aire mientras lanzaba un corte a su espalda. Dicho ataque pilló desprevenido a Amadeo que, de inmediato, inclinó su cuerpo hacia atrás… pero no fue suficiente: La hoja de Kyleas cortó profundamente el tabique nasal y el ojo derecho de Amadeo, el cual se retiró bastante confundido pero sin entrar en pánico. Mientras éste trataba de asimilar su herida, Kyleas se levantó con rapidez y cogió su arma con ambas manos, ignorando el dolor y descargó su arma contra el otro con todas sus fuerzas, pensando tan sólo en salir vivo de esa sala.
Amadeo, lejos de impresionarse por su herida y pensando tan sólo en sobrevivir, alzó su arma e intentó encajar el golpe. Pero esta vez tampoco sirvió: La katana, imbuida con toda la fuerza y peso del otro guerrero, rebanó la fina ropera de Amadeo más allá de su mitad. Nuevamente confundido, Amadeo vio como Kyleas volvía a levantar su arma contra él. Y entonces todo se paró… Todo era miedo, tanto por parte suya como de su enemigo… Ninguno de los dos quería seguir luchando pero ninguno de los dos iba a dar el brazo a torcer en esa batalla.
“Esto es estúpido…” pensó Amadeo sonriendo ligeramente mientras veía que el otro blandía su arma con más fuerza, preparado para lanzar el corte final. “Ni él ni yo queremos seguir con esta batalla; los dos tenemos miedo, no queremos que el otro nos mate… esto es estúpido… Tal vez debiera dejarme matar… pero… ¡No voy a morir aquí!” se gritó a sí mismo dejando caer lo que quedaba de su arma mientras veía descender la cuchilla de Kyleas. Y antes de que el arma llegara a tocarle la frente, ¡Amadeo la paró con ambas manos! Y aquí empezaron los diez segundos más largos y penosos de la vida de Amadeo: Todo cuanto sentía se reducía a su enemigo y a su arma, la cual retenía fuertemente con la ayuda de sus guantes. En ese tiempo vio la desesperada expresión de Kyleas; el temblor de sus brazos al tratar de cortar a Amadeo; el temblor de su pulso por saber que si no acababa ahora con él, le mataría; su mano ensangrentada que goteaba sangre de manera continua; el sudor que recorría su frente; su cabello que se encrespaba por la presión; su expresión serena descompuesta por el terror; su respiración lenta pero potente; el sobrio color gris de su katana; la muesca que había causado el primer choque de las armas… “¡La muesca!” se dijo Amadeo al ver la marca: Sabía que las katanas tenían un filo durísimo y muy resistente pero su cuerpo era mucho más flexible. Si fuera capaz de doblar esa cuchilla, inutilizaría el arma de su enemigo… Haciendo un esfuerzo sobrehumano, doblegó la posición de Kyleas ligeramente hacia la derecha. E inmediatamente después, giró bruscamente sus brazos hacia el lado contrario, quebrando el arma de su atacante justo por su base, lugar donde estaba la muesca. Amadeo se apartó de inmediato al ver que el otro se le caía encima y, con la cuchilla aún en las manos, lanzó un último y desesperado ataque contra su enemigo mientras éste recogía su espada corta para atacar a Amadeo… movimiento que no llegó a terminar cuando una alabarda se descargó con gran estrépito sobre la cabeza de Kyleas partiéndola por la mitad.
Algo asustado aún, Amadeo se atrevió a girar la cabeza pero, cuando vio a Zoé respirando fuertemente mientras aún asía la alabarda, dejó caer la cuchilla y se sentó a descansar un poco por ese corto pero, a la vez, intenso combate, al tiempo que veía como el daimonion galgo de su enemigo se disolvía en el aire.
Los reyes, tras acabar con los asaltantes que habían irrumpido en sus aposentos, habían salido de inmediato hacia los niveles bajos de Palacio para dar la voz de alarma. Por suerte para ellos, la gran mayoría de la guardia era de raza utukku por lo que tenían un apoyo asegurado. Sin embargo, cuando llegaron sólo pudieron lamentar haber llegado hasta allí: Ya desde la distancia se podía apreciar ese olor insípido de la sangre caída; cuando se acercaron pudieron ver los cadáveres de sus soldados y cuando entraron en los barracones, vieron a un nutrido grupo de antiguos elatos fustigar, acorralar y ejecutar a los pocos utukkus que aún intentaban defenderse: Les habían estado ejecutando mientras dormían por lo que la cantidad de bajas era dantesca.
Sería por defecto de carácter que los reyes se lanzaran sin dudar a ayudar a su gente, ignorando el sentido común que les exigía que huyeran pero al poco, estaban atacando por la retaguardia a todos los traidores mientras los apresados iniciaban un nuevo y reanimado ataque. Pero todo fue momentáneo: Tras recuperarse de la sorpresa inicial, el enemigo que reorganizó y encaró a los refuerzos. Los reyes no pudieron hacer más que aguantar, esperando que sus aliados pudieran llegar hasta ellos.
Adrian con su sable y Remiria con su ropera y sus puñales aguantaron con gran entereza el asalto de cinco enemigos al mismo tiempo pero, aún así, no tardaron en perder terreno frente a ellos.
-¡Gente de Chalyben! –gritó de repente alguien a su espalda. –¡Tapaos los oídos!
Inmediatamente sonó un tronazo brutal que sacudió los paredes he hizo que todos los presentes se llevaran las manos a sus doloridos oídos.
Remiria, aunque dolorida, aprovechó la confusión del enemigo para abatirlo. Sin embargo, nada más matar a uno, los demás cayeron al ritmo que marcaban unos trallazos menos sonoros que el primero.
Al ver que la batalla ya estaba sentenciada, los reyes se volvieron a sus espaldas y vieron a los dos hombres que entraron en el Rat esa tarde, blandiendo unas armas que Remiria reconoció de inmediato.
-¿Están bien? –preguntó Thomas.
Nadie en ese pasillo respondió. Todos estaban algo asustados por la demostración de fuerza que habían mostrado esos dos soldados.
-Supongo que sí… –continuó él. –Si no les importa, ¿podrían traer unos cuantos soldados a la entrada? Algún estúpido ha abierto las puertas y los enemigos no dejan de entrar.
-¿Les importaría ayudarnos un poco? –preguntó Pablo. –Aún teniendo estas armas, sólo somos dos.
Nadie respondió inmediatamente pero, segundos más tarde, todos los utukkus de ese pasillo se retiraron a sus habitaciones para equiparse mejor.
-Ustedes deben de ser los reyes, ¿cierto? –preguntó Thomas mientras esperaba a que los demás se prepararan.
-Sí… –respondió Remiria con voz queda. –¿Qué está pasando aquí?
-Teníais una facción traidora en vuestro ejército, nada más. Setenta hombres son más que suficientes como para poner en jaque una gran ciudad como esta.
-¿Cómo sabéis eso? –preguntó Adrian. –No será que vosotros…
-No se confunda –interrumpió Pablo. –Nosotros no formamos parte de esa facción. Todo cuanto sabemos nos lo ha contado Anerues. ¿Saben de quien les hablo?
-Sí… Entonces, ¿él ya sabía lo que iba a pasar aquí?
-Sí, lo sabía. De todas formas, este ataque evitó que en el futuro hubierais tenido un ataque mucho peor.
-Explícate –exigió Remiria mientras se recolocaba su coraza.
-Zoé y Amadeo llegaron a este mundo creyendo haber encontrado el camino de vuelta a su casa. Sin embargo, lo que se encontraron fue una guerra que ni ellos comprendían por lo que se dispusieron, casi sin dudar, a luchar de su lado, de ahí que ahora ustedes conozcan la fórmula de la pólvora. Ahora bien, el enemigo, al tener espías aquí dentro, se enteró de lo que habíais descubierto y de que podíais tener a vuestra disposición un poder tan temible como éste –dijo levantando su arma. –Así pues decidió atacar cuanto antes fuera posible para evitar que nadie más en este mundo conociera semejante fórmula. Zoé, sin saberlo, forzó a que el enemigo que teníais aquí dentro se descubriera.
-¿Entonces ella ha causado toda esta masacre? –preguntó Adrian señalando los cadáveres que tenía a su espalda.
-Sí y no –respondió Thomas. –Piense claramente, ¿quiere? La clave para vencer una guerra es no lanzarse a lo loco. Gracias a que el enemigo sabía lo de la pólvora, Zoé ha conseguido que forzaran su ataque. De no haber sido así, los traidores que pululaban este Rat habrían podido conseguir una mejor oportunidad para arrasar esto.
-De todas maneras –dijo Pablo –¿cree acaso que quien ideó este plan iba a dejar que ustedes fueran masacrados?
-Para eso estamos nosotros aquí: Somos un apoyo enviado por Anerues para evitar que Chalyben caiga en manos enemigas.
-¿Sólo dos? –preguntó Remiria escéptica.
-No, siete –respondió Pablo.
-Dos artilleros –dijo Thomas señalándose a sí mismo, –un guerrero bajito, una chica con más temperamento que cabeza, una bruja, un cuervo y el mismísimo demonio en persona.
-No se preocupen. Aún por las bajas, esta batalla la van a ganar ustedes.
Dijuana miró la escena desde las alturas montada en su rama de nube-pino y descendió rápidamente hacia un árbol cercano a la batalla.
-No te preocupes –dijo Jacob. –María llegará enseguida y poco después vendrá Anerues. Esto no es algo que pueda frenarte.
Dijuana no contestó y sólo le dio un golpecillo cariñoso en la cabeza.
-Cuídame la ropa, ¿quieres? –pidió ella saltando a la batalla sin dudar. Cuando puso el pie sobre el suelo concentró toda su conciencia en la transformación de su cuerpo. Conocía bien sus capacidades y por ello no sentía temor alguno. Sin embargo sabía también cuales eran las consecuencias de luchar como lo hacía… “Mejor no pensar en esto” se dijo cuando vio que su piel empezaba a convertirse en arena.
Segundos más tarde, su piel gris empezó a caer sin parar sobre el suelo. Su ropa cayó cuando no tuvo nada sobre lo que sostenerse y, finalmente, se convirtió en lo que deseaba: Una criatura oscura, amorfa y traslúcida que avanzaba al tiempo que a su alrededor se arremolinaban los restos de su cuerpo. Dijuana sabía que en esa forma era absolutamente invencible pero aún odiaba tener que adoptarla.
-¿Qué te pasa? –preguntó Jacob bajando a por la ropa al ver que no se movía.
Dijuana no respondió (no podía) y empezó a andar pesadamente hacia el enorme grupo que trataba de introducirse en el Rat.
-No olvides por quién lo haces –dijo Jacob cargando con la ligera camisa de Dijuana. –Todo lo que puedas sufrir no es nada comparado con lo que podría llegar a pasarle a los niños en el caso de que perdiéramos esta batalla.
Dijuana, animada por las palabras del otro daimonion, aceleró el paso. Tras un breve paseo, se encontró de frente con un grupo de infantería que, en un principio, le ignoró. Sin embargo, cuando vieron el torbellino de arena que se levantaba sobre ella se giraron a observar tan curioso fenómeno. Y observaron hasta que ella atacó al primero que encontró: Saltar sobre su daimonion, introducirlo dentro de sí, comerlo mientras aún agonizaba, absorber todo el conocimiento que albergaba su ser, amputarlo de su persona y concentrar la materia de su cuerpo para que formara una serie de cuchillas que libraran al amputado de su sufrimiento… así hizo más de treinta veces en menos de un minuto hasta que de ese grupo no quedó más un montón de cadáveres… Y Dijuana, como siempre, se asqueó, pero no se desvió de su objetivo: Una vez acabó con el último, continuó su camino hacia la entrada del campamento empalizado y cuanto enemigo se encontró, acabó con un destino similar al de los primeros. Semejante masacre no tardó en llamar la atención, así que al rato, la daimonion estaba rodeada de un montón de soldados desconocedores de lo que ella representaba. Ella habría querido no haber tenido que matarlos pero sabía que ese era el destino de todos los que en ese momento asaltaban Chalyben: Nadie saldría vivo de allí. Y así inició, otra vez su serena pero imposible de seguir danza de la muerte, llevándose varias vidas con cada movimiento que hacía, vidas que no podía dejar de rememorar cada vez que introducía dentro de sí a otro daimonion…
Una salvaje explosión la sacó de su depresivo pensamiento y vio con alegría como la ayuda ya había llegado: A varios metros sobre ella se encontró a María blandiendo su enorme arco con el que abatía a todos sus enemigos sin dificultad alguna. Y tras ella vio como cientos de luces brillantes jalonaban el cielo, cientos de pequeños meteoritos que se acercaban a toda velocidad hacia ese lugar atravesando las nubes que cubrían toda Arseal.
Viendo este panorama, Dijuana dejó de lado a esos pobres desgraciados que trataban de darle caza allí en el campamento empalizado y se lanzó directamente hacia el interior del Rat para intentar expulsar a cuanto invasor pudiera. Atravesó filas y filas de soldados, columnas enteras, cientos de soldados que la ignoraron pensando que tan sólo era una nube de polvo y llegó a la entrada del Rat. Una vez allí embistió directamente a los arqueros de la retaguardia que no dejaban de disparar sobre los pocos piqueros y arqueros que aún guardaban las escaleras y así, en menos tiempo del que tuvieron los de la vanguardia para darse cuenta del ataque, los utukkus vieron como todos los arqueros eran masacrados sin piedad. La daimonion reconcentró las partículas de su boca para hablar:
-¡Al ataque! –gritó Dijuana a los utukku, animándoles a que iniciaran la ofensiva que liberaría las puertas.
Aún sin entender demasiado lo que estaba pasando, los aludidos se lanzaron tal como ordenó ella: Los arqueros y ballesteros, libres de la lluvia de flechas que les impedía tan siquiera asomarse, reiniciaron su tarea de cubrir a los piqueros y alabarderos que salieron con fuerzas renovadas mientras veían como esa masa amorfa seguía masacrando a cuanto soldado enemigo encontrara.
Por más que le dispararon flechas, por más que le tiraron lanzas, por más que trataban de cortar su etérea forma, nadie logró hacerle el más mínimo daño a Dijuana que seguía comiendo daimonions como si la vida le fuera en ello. Y, al ver que contra ella nada servía, los mandos ordenaron la retirada. Pero eso de nada les sirvió: María seguía dirigiendo las estrellas fugaces contra los grupos que osaban cruzarse en su campo de visión.
Dijuana salió tras ellos para seguir espantándolos fuera del Rat pero al poco escuchó una voz venir del bosque:
-Dijuana, ven aquí.
Tal vez fuera una voz entre miles, tal vez casi no se distinguiera entre el maremagnum de gritos que inundaba ese lugar, quizá… pero ella sabía que esa era la voz de Anerues, voz hacia la que se lanzó de inmediato.
-Dijuana, ven aquí –escuchó María.
-¡Jacob! –gritó ella mientras seguía abatiendo a los enemigos que salían del Rat en desbandada. –¡Entra en el Rat! ¡Rápido!
Un graznido apenas perceptible fue su respuesta.
María dirigió su rama de nube-pino hacia la entrada del Rat y allí se encontró con un nutrido grupo de bienvenida: Más de cuarenta utukkus, nada más le vieron entrar alzaron sus armas manteniendo una formación defensiva, temiendo por lo que pudiera hacer.
-¿¡Quien eres tú!? –preguntó el soldado más adelantado. –¿Una dríada?
-Soy amiga, no os preocupéis –dijo ella aterrizando. Una vez en el suelo fue hacia una de las grandes poleas. –¡Venid, rápido! ¡Hay que cerrar las puertas!
Aún desconfiando de ella, los utukku se ofrecieron prestos a ayudarla por lo que al poco más de veinte personas se encontraban girando las poleas con toda la fuerza y prisa que lograron reunir. En menos de un minuto, las grandes y vetustas puertas del Rat se encontraban herméticamente cerradas.
-¿Quién eres? –preguntó la daimonion comadreja del soldado.
-Una bruja. Estoy de vuestra parte –respondió ella apoyándose en la polea, descansando de haber tenido que empujar ese armatoste.
-¿Bruja? ¿Eres conocida de Zoé o de Amadeo?
-Así es. ¿Les importaría retirarse al interior del Rat? Si no nos damos prisa mi amante podría matar a todo el que quede a su vista.
-¿Qué quiere decir? –preguntó el anciano soldado al tiempo que se quitaba el yelmo. –Nadie es capaz de atravesar estas puertas.
María, como respuesta, sonrió.
-Usted no conoce a mi amante –respondió ella.
El hombre, quizá algo atemorizado por la expresión de seguridad que reflejaba la cara de la bruja, indicó a sus hombres que fueran retirándose al interior dejando a unos pocos de guardia en la entrada.
-Si no les importa, yo también vigilaré un poco –avisó ella subiéndose a su rama de nube-pino para acercarse al ventanuco que permitía otear el exterior. Desde allí vio como los últimos supervivientes de la batalla corrían hacia el bosque. Sin embargo… los gritos que se percibían desde el Rat…
“Anerues ya ha empezado…” pensó ella algo asqueada.
-No me pongas esa cara –dijo Jacob llegando del bosque. Éste aterrizó a su lado y le miró a los ojos. –Ya sabes que él cuando dice, hace.
Y así era aunque eso era lo que menos le gustaba de él: Sería encantador, cumplidor, dedicado, fuerte, respetuoso y orgulloso pero no le gustaba esa parte tan visceral que tenía de hacer las cosas.
-¿Y por qué tiene que hacer las cosas así? –preguntó ella viendo como las nubes se retiraban mostrando el cielo estrellado.
-Porque no lo va a hacer siempre. Cuando acabe con la Autoridad, dejará su faceta agresiva para siempre.
-Y se marchará…
-¿Qué esperabas? A él no le gusta verte sufrir por nadie.
-Ya lo sé… –dijo ella sentándose sin perder de vista el cielo en el que se veía la luna cambiar de fase poco a poco. –Ojalá pudiera quedarse más tiempo…
-Siempre quedarán los sueños…
-De un sueño no puedo conseguir lo que quiero de él.
-Ya… –Jacob vio como la luna ya había alcanzado la mitad de su fase llena. –De todas maneras eso ya lo sabías desde el principio. No te quejes ahora.
-De ilusiones he vivido hasta ahora… Parece que por allá arriba no desean que deje de ser bruja…
-Olvida a Adam, ¿quieres? –se quejó Jacob. –¿Cuánto tiempo vas a estar llorando lo que no pudiste evitar? Sabes que de no haber sido por él, todas las latvianas ya estarían muertas y que Anerues habría muerto nada más llegar a nuestro mundo. No hay mal que por bien no venga.
María dejó que su daimonion se subiera a su hombro mientras veía como la luna se establecía finalmente en su fase llena.
Gill, el Clérigo guió a su caballo por el bosque, huyendo a toda velocidad de ese infernal ejército que Dios sabría de dónde había salido mientras Guioh le seguía lo más rápido que podía. El olor a podredumbre y sangre se podía notar a cientos de metros pero la oscuridad le impedía ver quién y por donde le atacaban.
De repente, notó un cambió: Las nubes, empujadas por el viento, descubrieron un cielo estrellado, una isla de estrellas en medio de un mar de nubes. No se preocupó por la forma que adoptó el cielo y continuó su carrera mientras seguía escuchando los gritos de guerra de quien le estuviera persiguiendo.
Cuando llegó a un río, pensó que tal vez pudiera esquivarlos si lo seguía corriente arriba, borrando así sus huellas así que se lanzó. Sin embargo, al contrario de lo que pensaba, los sonidos se intensificaron… al tiempo que notaba como la luz de la luna empezaba a iluminar su camino.
“¡Pero si hoy había luna nueva!” se dijo extrañado. Y más se asustó cuando vio que la luna iba progresivamente avanzando en sus fases. En menos de un minuto, vio como la luna ya había alcanzado la fase de luna llena y se espantó por empezar a ver las siluetas de quienes le perseguían: Eran soldados de infantería, cientos de ellos ¡que lo perseguían a pie! Azuzó inmediatamente a su montura para que atravesara el río, para que escapara en dirección del ahora visible monte Nube, lugar donde se encontraba otra avanzadilla preparada para rematar el trabajo de Chalyben. Sin embargo, segundos más tarde, vio como ya estaba rodeado por guerreros que le disparaban flechas sin parar que Gill esquivaba como podía gracias a su agilidad y su coraza. Cuando vio que tenía al enemigo delante de su montura, desenfundó su arma y atacó al tiempo que embestía. De a quienes atacó, no notó resistencia alguna… ni tan siquiera trataron de esquivarle… Ignoró este hecho y sacudió las riendas de su caballo continuando con su camino.
Su caballo empezó a mostrar señales de cansancio, viéndose reflejada en su piel la espuma formada con su sudor… ¿Pero cuánto llevaba corriendo esa pobre bestia? ¿Desde hace cuánto que había estado huyendo? ¿Pero cuánto eran capaces de aguantar sus perseguidores?
Unas sombras que taparon la luz de la luna le sacaron de sus reflexiones instándole a mirar al cielo pero todo lo que vio fueron los árboles que no le permitían nada más que ver la enorme y brillante luna llena.
-¿¡A qué juegas, altivo clérigo!? –gritaron cientos de voces a su alrededor. Gill por poco no se cayó de su montura por la impresión que le causó ese grito. –Vamos, ratoncito, sigue con tu carrerita… –unos soldados volvieron a cruzarse en su camino, esta vez empuñando picas contra el suelo para matar a su caballo. Gill los esquivó rodeándolos por su derecha y siguió corriendo sin parar, mientras escuchaba la sonora respiración de su montura. –De nada te va a servir, estúpido arrogante…
Gill no terminó de escuchar la frase cuando notó como su vínculo con Guioh tiraba de él. Refrenó ligeramente a su caballo dejando que el oso les alcanzara. Pero, por culpa de bajar su velocidad, el enemigo se lanzó contra su caballo, derribando a su jinete, el cual blandió su arma contra los enemigos que lo estaban acorralando contra un gran roble mientras Guioh gritaba a cuanto soldado se les trataba de acercar.
-¡Vais a saber qué es capaz de hacer un servidor del Señor! –gritó tratando de espantar a los ahora parados enemigos. –¿¡A qué esperáis!?
-A nuestra alma –respondieron todos al mismo tiempo.
Ignorando el temor que lo dominaba, se lanzó contra los tres enemigos más cercanos y les derribó a base de cortes salvajes pero… ninguno de ellos trató siquiera de defenderse, nadie salió en su ayuda, a nadie parecía importarle lo que acababa de hacer…
-¡Atacad! ¡Vamos! –exigió él, cada vez más asustado.
Y todos rieron al mismo tiempo intimidando a Gill.
-¡No esperes que volvamos a obedecerte! –gritaron todos. –¡Por tu culpa ahora somos esto! ¡Ahora todos somos un solo ser que no puede morir! –todos dieron un paso adelante, como si fueran uno sólo. –¡No vamos a volver a obedecer a un adorador de ídolos como tú!
-¡Yo soy un servidor de la Autoridad! –gritó Gill que se lanzó con el arma en alto contra el grupo, sin importarle el hecho de que pudieran matarlo. Allí dentro cortó, embistió, clavó y ensartó a cuantos soldados se encontró pero éstos siguieron sin defenderse. Gill siguió avanzando mientras seguía atacando como un poseso pero segundos más tarde se encontró rodeado por todas partes por esa masa de enemigos… o eso pensaba antes de verles las caras… –¿¡Quiénes sois vosotros!? –gritó empujando al soldado que tenía delante de sí al tiempo que se fijaba en las caras de los demás: Todos eran los guerreros que se había traído a asaltar el Rat.
-¡Somos Legión! –gritaron todos. A Gill le faltaron fuerzas para sostenerse sobre sus piernas, por el miedo que le causaba haber estado luchando todo ese tiempo contra sus propios hombres.
-¡Sois unos traidores! –gritó el comandante.
-¡Un muerto no puede traicionar a nadie! –gritaron todos. –¡Sólo somos cuerpos sin alma! ¿¡Es que no nos ves!?
Gill, más asustado que antes, comprobó como ninguno de sus enemigos tenía daimonion, el daimonion que deberían tener todos desde esa mañana…
-¿Quién os ha hecho esto?
-¡Tú!
-¡No puedo haber sido yo! ¡Yo sólo iba a liberar el Rat del dominio de esos demonios!
-¡Oh! ¡Aquí tenemos a nuestro juez y redentor! –gritaron todos mientras reían sarcásticamente. –¿Qué es un demonio?
-¡Un demonio es el que causa epidemias, el que absorbe las vidas de todo aquel a los que tocan, aquellos que no son capaces de ver siquiera la pura luz del sol!
-¡FALSO! –gritaron todos con tanta potencia que hasta los árboles temblaron.
-Un demonio –respondió una sola pero terrible voz que avanzaba al ritmo de sonoras pisadas –es la contraposición de “símbolo”: Un símbolo es “lo que une” y un demonio es “lo que desune” –los pasos se volvieron cada vez más fuertes, haciendo que el suelo temblara. –Los utukkus, los que vosotros consideráis demonios, jamás liberaron una enfermedad sino que habíais sido vosotros los que la trajisteis para que la extendieran.
-¡Eso es falso! –gritó Gill. –Ellos no son más que terribles demonios que sólo viven para quitar la vida de los verdaderos humanos.
-¡No me hagas reír! –gritó la muchedumbre.
-¡Sois vosotros los que matáis sin razón! –gritó la terrible voz. –Tú conoces el origen de toda esta guerra absurda, tú sabes que, para hacer que este mundo se sometiera al dominio de ese horrible ídolo, tus antepasados liberaron una enfermedad que se extendió tan rápida como terriblemente usando la inocencia de los utukku.
-¿¡Qué vas a saber tú!?
-¡TODO! –gritaron todos.
-¿Crees que no te conozco? –dijo el enorme ser que se acercaba pesadamente al comandante. –Conozco a todos los de tu calaña, créeme. He visto toda vuestra historia desde sus comienzos, sin perderme el más mínimo detalle… Lo que he visto no se asocia con ninguna obra de buena voluntad. Todo lo contrario: Vi como tus más cercanos antepasados ideaban maneras de someter este mundo, como pensaban que, teniendo a los utukkus de enemigos, podrían tener dominado al mundo gracias al miedo. Sólo vi como ideaban métodos y más métodos de exterminio… Ver todo eso me recordaba a mi propio mundo. Vosotros sólo pensabais en separar a los elatos de los utukku, siguiendo la idea contraria de éstos que sólo pretendían tener una pacífica vida junto a sus amigos que les permitían vivir.
Gill quiso contestar, “vuelve a tu infierno, bestia infernal” pero cuando vio el monstruo que tenía ante sí, se le escapó todo el aire de sus pulmones: Enfrente suyo había una horrenda criatura formada por cientos de cuerpos humanos, retorcidos en posiciones horribles formando entre todos la figura de un oso. Ver como los miembros de la mayor parte de esos cuerpos estaban medio desmembrados, como por todas partes se podían ver vísceras salirse de sus cuerpos, como la sangre y otros fluidos manaban abundantemente dejando un pringoso rastro a su paso… Por poco no vomitó de inmediato al ver tan horrorosa criatura. Pero, cuando su cuerpo empezó a liberar todos los cuerpos que sostenía, sí que lo hizo: A todos esos cuerpos los reconoció como sus hombres que le miraban con los ojos perdidos o con los ojos salidos…
-¿¡Qué eres tú!? –gritó una vez hubo acabado de vomitar.
-¡Somos Legión! –gritó de nuevo toda la muchedumbre, dejando pasar un cuerpo de entre todos los que había ene se enorme montículo de cadáveres.
-Uno que es muchos –dijo el ser que salió de entre ese enorme grupo. –Yo soy quien manda sobre Legión.
Gill enmudeció al ver a ese desnudo ser, de sexualidad ambigua que lo miraba sonriendo plácidamente. No era especialmente alto, ni corpulento pero causaba una gran impresión física…
-Dispersaos –ordenó ese ser al resto de los soldados tras girarse. –Llamad a nuestros aliados y defended esta tierra de ataques futuros.
Los demás le obedecieron y se pusieron en marcha de inmediato y Gill se quedó paralizado al ver la enorme cantidad de cicatrices que tenía ese ser en la espalda en comparación con la perfección del resto de su cuerpo. Era como si le hubieran asestado cientos y cientos de latigazos, destrozándole literalmente la espalda.
-¿Quién eres tú? –preguntó Gill sin levantarse espantado ante la terrible presencia que tenía ese ser.
-¿No lo adivinas? –dijo él acercándose parsimoniosamente, mostrando sus ambiguos encantos: Piel fina y ligeramente brillante; movimientos firmes pero armoniosos, como si mezclara la fuerza masculina con la delicadeza femenina; y trazos… cientos de trazos dorados cubrían su cuerpo, su cara y sus largos cabellos, mostrando figuras como árboles, plumas, una luna, un sol, estrellas… –De todas maneras, hay algo más importante ahora –dijo alzando la mano y señalando a un cuerpo volador que descendiera.
Así, segundos más tarde, Kirno, la jefa de los Uhlon estaba frente a él.
-¡Kirno! ¡Ayúdame! –exigió Gill.
Kirno miró al comandante con su típica frialdad y desenfundó su cuchillo. Pero lo que hizo no fue atacar a ese ser sino lanzárselo contra él.
-¿¡Qué haces!? –gritó el hombre cuando el cuchillo dio justo a su lado.
-Luchar por mis hermanas –respondió ella saliendo a la luz de la luna. Cuando estuvo bajo el brillo lunar, se pudo ver la enorme marca que tenía en la frente: Un triángulo inscrito en un círculo con gran cantidad de extrañas escrituras. –Esto es, matar al que nos iba a traicionar.
-Yo no…
-¡Tú sí! –gritó ella lanzándose con otro cuchillo en la mano. –¡No tengo ni idea de qué es éste de aquí pero sé perfectamente lo que me ha mostrado! ¡Acabar con todas las Uhlon! ¡Ésas son las órdenes que te han dado!
-¿Ése te está controlando? –preguntó Gill al ver cómo le había cambiado el comportamiento a la otra. –¡Resiste!
-Estúpido –dijo el brillante ser. –¿Es que nunca has visto a una dríada de mala leche? Yo le he mostrado cuanto necesitaba saber.
-¡Te está engañando! –gritó él.
-Ésa es una mentira difícil de tragar, sobre todo cuando he hecho que todas las Uhlon vean lo que les ibais a hacer… ¿y vosotros sois unos nobles y castos caballeros? Anda que…
-Por eso mismo, por la traición que me ha mostrado éste –dijo ella conteniendo mucho la voz, controlándose para evitar matarlo en ese momento –las dríadas Uhlon no seguiremos cumpliendo con la promesa y nos uniremos a los utukku para acabar para siempre con vuestra ridícula cruzada por la Autoridad.
El otro se acercó tranquilamente a Gill, sin dar señales de que quisiera atacarle.
-¿Por qué no se lo cuentas a tus señores? –dijo él apoyando su mano sobre la frente del comandante. –Por si preguntan por mí, diles que soy el primer traidor.
Y el grito de terror que se escuchó entonces en ese bosque pudo ser escuchado a kilómetros.
En fin, exámenes acabados, ¡soy libre!
Ahora sí que podré actualizar más a menudo y comenzar a subir sagas que ya tenía abandonadas como “Los vecinos del Quinto” o “Cuatro Colinas”.
A ver qué puedo hacer a lo largo de este verano…
Es interesante el matiz que va tomando la historia,
siempre te sorprende ver como las reacciones o pensamientos de los personajes de una historia son los mismos que tu tomarías.
Se podria publicar la solucion de aquel acertijo?
Gracias y suerte
Agradezco el comentario ^_^.
Pero no, de momento no pondré la solución del acertijo. Como, de todas maneras, hay gente con el gusanillo, lo que sí haré es fijar una fecha límite de tiempo.
El día 15 de Julio, si nadie ha respondido al enigma, publicaré la respuesta (tened la decencia de recordármelo que mi memoria no da mucho de sí…).