Y cuentan que ese chico habló.
Y dicen que gritó. Que habló apasionadamente al tiempo que era perfectamente racional. Creía lo que decía, declamaba bien alto ese cobarde.
Ese estúpido.
Ese apocado timidón.
Ese simplón que lo que más había hecho hasta ese momento era estar apartado en una esquina sin decir nada, siempre leyendo, siempre callado, siempre ignorado.
Con esa cara de mala leche que siempre tenía alejaba hasta al más valiente aunque nunca había hecho nada para ser temido. Nadie se le acercaba sólo porque era feo. De sólo pensar que alguien como él lograra hablar de manera tan pura sólo porque nadie lo había intentado corromper sólo porque tenía una cara espantosa daba que pensar…
Y ahí estaba, el hombre con cara de demonio hablando del amor y de la paz pero no de una forma tópica y edulcorada sino de una forma dura y crispada. Señalando agudo cual lanza los detalles que nadie quería reconocer.
Él, que había estado todo el tiempo callado, había aprendido a escuchar. Y lo que escuchó no le gustó. Y ahora gritaba a los que le habían considerado temible a la vez que cobarde…
Daba miedo. Terror causaba ver que incluso alguien como él pudiera atacar y no sólo defenderse con eso que ya nadie usaba: Las palabras.
De las pocas veces que ese pusilánime cobarde había hablado, siempre había usado palabras radicales. Pero no en el sentido de que fuesen agresivas, locas o insultantes: Hablaba desde la más profunda fuente de su significado.
Cuando hablaba de la muerte, se refería a ella no como algo temido sino simplemente como el final de la vida, un punto último que no temía sino que aceptaba; si hablaba del amor, mostraba la cantidad de afectos que podían existir en este mundo, ya fuese el típico y tópico amor por alguien hasta el más puro amor fraternal sin olvidarse del simple aprecio por todo ser viviente; y si se refería a la vida, sencillamente señalaba el continuo paso de los días destacando siempre que, si algún sentido debía tener, éste sólo podía ser el que decidiéramos. Porque para él, la vida en sí no tenía sentido… porque ello, decía, era pura libertad. Libertad para no estar atado por un sentido de la vida que otros señalaran. Él que opinaba que nadie podía exigirte nada sólo por creer que tenían razón.
Él estaba allí no señalando el camino a los demás. Él no indicaba nada. Él sencillamente hablaba y los demás lo escuchaban. Y a nadie le gustaba lo que decía. Pero nadie hacía nada para callarlo.
Tan cierto era para él que nadie era capaz de refutarlo, que todos eran incapaces de replicar… era imposible para los demás que ese cobarde les estuviera sermoneando por su superficial actitud. Ahora lo temían. ¡A un maldito cobarde!
Mas un miedica que era tal porque era consecuente con todo lo que decía: No peleaba porque no le gustaba pelear; no discutía porque le aburría discutir; no buscaba novia… porque ninguna chica lo aceptaba a su lado, todo sea dicho.
Se había convertido en guerrero de su propia cruzada. Un ángel que quería cuidar a todos con su espantosa, aunque pura, cara demoníaca que expurgaba la maldad de los demás, concentrándose toda en él.
Él era nuestro demonio de la guarda…
Historia cortita escrita en un momento hace tiempo (NdD: Para ayudar a analizar textos a una amiga… es que no podía pasarle algo de Bécquer, no señor…). A ver si lo siguiente que suba es algo más interesante que esto.