Agares no comprendió bien lo que pasaba el día que se encontraron a la serpiente. Lo mismo que en ese momento en el que la perdieron de vista.
Llevaba guiando el Mateus más de seis meses guiado por las órdenes de un Ingenioso de carácter impredecible cuyas órdenes, tremendamente abstractas, nunca le dejaban las cosas sencillas.
“Busca los fenómenos que se produzcan a lo largo y ancho de Cuatro Colinas e infórmame sobre ellos”. Tal fue la orden de su jefe. Y Agares no alcanzaba a comprender por qué su señor toleraba que se usaran tantos recursos, dinero y hombres para buscar quimeras que el Ingenioso ni tan siquiera se molestó en explicar a qué venían.
Pero, cierto era: Se encontró sucesos extraños. La gente de a pie no era capaz de apreciar los efectos de lo que estuviera recorriendo ese gran valle pero, desde las alturas, alguien como Agares y sus hombres si que podían distinguir las marcas que “algo” había ido dejando en diversos lugares de Temón. Lo primero que pudieron encontrar fue ese gran pedazo de cristal que encontraron en el desierto de Cetno, al oeste de Grea, un auténtico mar vitrificado que durante la noche anterior habían visto arder como si de un auténtico volcán se tratara. Cuando llegaron, sólo encontraron los restos del pueblo hundidos en ese cristal pero sin ver ni rastro de los habitantes de esa aldea. Gracias al dirigible pudieron ver que ese mar de cristal no fue la única marca que había: Se podía ver un largo rastro en la arenas de Cetno, como si por ese lugar se hubiera estando deslizando algún enorme cuerpo bajo las arenas, como si un gran gusano casi tan enorme como el mismo dirigible que ahora dirigía hubiera pasado por allí. Tal escala se le hacía inconcebible en un ser vivo así que Agares pensó que sería alguna clase de ingenio mecánico de tamaño colosal. Pero, tras ver que no encontraban más rastros de lo que buscaban, tuvo que redirigir la expedición a otras tierras, a la colina Oroi.
Allí, entre las sempiternas nieves que cubrían su pico y falda, encontraron más rastros, esta vez de algo diferente y, si cabe, más grande que lo anterior. No supieron qué veían cuando vieron esas enormes marcas redondas en la nieve, tan enormes como una de las hélices del dirigible así como no comprendieron qué se pudo haber arrastrado por las paredes rocosas hasta el punto de dejar marcas a una altura de más de diez metros. Buscaron durante días lo que pudiera haber generado esas monstruosas “pisadas” pero, de nuevo, perdieron su rastro por culpa de las ventiscas de Oroi.
Y ahora, la serpiente. Ahora tenían una prueba tangible de que había criaturas tan enormes como montañas que se movían con completa tranquilidad sin que nadie reparara en ellas.
Cuando vieron ese alargado cuerpo sobresalir de entre las nubes de Sumin, comenzaron a asumir lo pequeños que eran realmente. Pequeños en comparación con esa monstruosa culebra voladora con decenas de pares de alas que se movía parsimoniosa y pacíficamente por encima de los bosques de Sumin mientras era ignorado gracias a su discreción natural que le permitía volar sin levantar el menor ruido o corriente de aire.
Pero, un buen día, apareció muerta. Nadie lo comprendió, cómo ese ente de colosales proporciones pudo acabar abatido de esa manera tan grotesca. Nadie entendió cómo, en una sola noche, la serpiente había bajado a tierra a morir. No había ni motivos, ni datos, ni rastros, ni tan siquiera una maldita marca sobre su casi pétrea piel que indicara qué le había ocurrido a semejante titán aéreo.
Lo único que pudieron sacar en claro fue que, a las pocas horas de la caída del monstruo, el clima en Sumin se volvió terriblemente hostil: Las corrientes de aire se enfurecieron, la lluvia se convirtió en afiladísimo granizo, Agares perdió la máquina que gobernaba y quedó a merced de los elementos…
Tardaron días en poder volver al lugar tras tan terrible trance tras hacer una cantidad inimaginable de reparaciones sobre la lona de Mateus. Y, cuando regresaron, no hallaron el cuerpo de la serpiente.
Descendieron al lugar para encontrar evidencias del cuerpo de la serpiente. Pero sólo encontraron una lápida ante la que un hombre de tez morena y cabellos negros como el tizón lloraba amargamente.
Un hombre cuya presencia elevaba la temperatura del ambiente varios grados. Un ser cuya ira se reflejaba en las llamas que lo rodeaban.
Agares no podía probarlo pero sabía que se había encontrado con un demonio sediento de venganza…
Parece que ha pasado una soberana eternidad desde la última vez que tocara las historias de la bonita región de Cuatro Colinas. En fin, más vale tarde que nunca: He aquí una nueva historia.
Esta vez se trata de un cuento de unión, una historia que muestra cómo están de relacionadas las historiasd de Cuatro Colinas unas con otras. Todas son independientes pero todas forman parte del mismo todo. Espero que, al final, no me salga un batiburrillo de letras difícil de digerir…
En fin, como sea, espero que os guste lo que leáis. Yo me despido hasta más leer.
P.D.: Respecto al asunto del acertijo “El número 12″, decir que, visto que nadie responde, daré un tiempo antes de dar la respuesta al mismo. EL DÍA 15 DE JULIO daré la respuesta al enigma… si no me la dais vosotros antes.