A nadie pareció extrañarle la llegada de Cristal a clase en medio del curso. Todo el mundo parecía mucho más centrado en la monstruosa marca de mordisco que yo tenía en el cuello, grabada con fuerza y aún sin cicatrizar del todo.
Pero, en fin, yo me lo había buscado: Me había ido a encontrar con una chica con ánimos de vampiresa que llevaba semanas sin probar ni una sola gota del escarlata líquido de la vida.
Cristal es… digamos que peculiar. Yo, como aprendiz de monstruo, era un chico que se divertía con lo que mataba y que se alimentaba con ello. Me entretenía matar y me suponía un gran placer acabar con mis víctimas con menos de tres golpes. Sin embargo, Cristal era un tanto más sádica. Cierto que era simpática y que, por lo que hice con sus padres, era especialmente amable y melosa conmigo. Pero esa manera de hacer chillar a sus víctimas no era muy normal.
-Se le nota resentida -comentó Amele un buen día mientras comíamos un domingo en su dominio. -Sus padres le hicieron lo que le hicieron, se nota pero está claro que no fueron sólo ellos los que la hicieron sufrir -me sirvió un poco de pierna y ella se cogió el resto del miembro mientras observábamos como torturaba con un hierro al rojo a su víctima para luego ver cómo relamía las heridas quemadas como quien prueba un buen asado.
De día, y tal como hacía yo, era una simple chiquilla de ocho años que iba al colegio y que tenía sus más y sus menos con la gente de clase. Se mostraba jovial y simpática y muchas de las chicas de clase parecían haberse hecho buenas amigas suyas. No trascendió que viviéramos bajo el mismo techo pero no se tardó en notar que compartíamos el mismo “sentido del humor”.
-Lo siento: Hoy tengo que despellejar a un mafioso -se excusó un día para no ir con sus compañeras a dar una vuelta por ahí.
Tenía una disciplina envidiable en lo que respectaba a las carnicerías que se montaban en casa y no dudaba en experimentar laboriosamente con nuevas y más grotescas formas de acabar con las vidas de sus víctimas de las maneras más lentas y dolorosas imaginables.
No había mucha duda en que era ella la que estaba más cerca de ser un verdadero monstruo y no yo. Eso, en parte, me deprimía y, por otra, me daba más y más celos de ella… traté de asumirlo de la manera más recta posible pero, como el niño que era entonces, estaba claro que mi imaginación no daba para mucho y comencé a tratar de imitarla… con tan mala fortuna que ella no tardó en darse cuenta de lo que estaba intentando hacer.
-Hay que ver… -suspiró ella un día que salimos a dar una vuelta por las sombras tras verme torturar a un ladronzuelo que había ido a parar a mis manos. -Cuando vi tus primeros trabajitos, era un poco más brutal -en el momento en el que me dio ese apelativo, mis cortas entendederas no supieron distinguir si lo que me había dicho era un cumplido o un verdadero insulto. -¿No podrías hacerlo como antes? Ya sabes, con un golpe tan fuerte que sea capaz de enviar toda la sangre y las tripas de estos tipejos en todas direcciones mientras el corazón sigue latiendo.
-Tengo que hacerles sufrir más… -fue todo lo que se me ocurrió replicar. Claro que ella, aparte de bastante lista, se había parado a tratar de conocerme mejor. Ya sabía por qué lo hacía sólo con verme intentarlo.
-Nadie te ha dicho que lo tengas que hacer como yo -rió ella. -¡Si lo hago como lo hago es porque no tengo tu fuerza, pedazo de toro! -exclamó al tiempo que agarraba con fuerza mis brazos, endurecidos tras noches y noches de cortes brutales y ataques de fuerza desmedida.
Y, con una sutileza que nunca había conocido en toda mi corta vida, me llevó a masacrar a más de diez personas esa misma noche. No recuerdo lo que hizo para dirigir mis actos ni cómo logró convencerme para que probara más y más maneras de acabar con los pobres desgraciados que se cruzaban con mi filo pero estaba claro que tanto yo, por la imaginación que desprendían las ideas de Cristal, como ella, por el espectáculo que estaba dándole, disfrutamos de esa cacería como si fuesen nuestras primeras salidas.
Lo que en ese momento me pareció un conato de hostilidad hacia mi compañera de juegos, acabó convirtiéndose en lo que más definiría nuestros estilos de asesinato. Ella me acabó mostrando que no me gustaban sutilezas (aunque apreciara el estilo distinguido que tenían), que era mucho más simple y que no necesitaba de nada más que de un dominio de mi fuerza que crecía a ojos vista. Lo que me gustaba era lo que no no todos podían presumir de poder hacer y mi objetivo último siempre fue y ha sido alcanzar el nivel de masacres que tenía nuestra tutora y mentora.
Así pues, no tardamos en compenetrarnos: Los dos juntos los capturábamos; ella se encargaba de matarlos “un poquito” y yo acababa con ellos de la manera más grotesca posible, causando heridas que causaban tanto temor entre mis víctimas como admiración en mi compañera y tutora. De todas maneras, mi estilo necesitaba ser más perfeccionado, necesitaba ser más fuerte, más…
-Menudos músculos empiezas a gastar, pequeñuelo -me comentó Amele un buen día. -¿De veras sólo tienes ocho años?
-Me gusta cómo me quedan pero no me bastan…
-Nunca vi a nadie tan dedicado a tratar de lograr mi reto… ya veo que me tienes ganas, Tomás -en mi mente de niño seguía sin comprender exactamente a qué se refería con esa sonrisa que me miraba con tanta hambre como miraba a sus víctimas… aunque con un sentido diferente que no llegaba a comprender. -En fin, siendo un niño no lograrás tener tanta fuerza pero siendo un monstruo tal vez pronto puedas llegar a superarme en fuerza bruta y tener tan deliciosa recompensa -juro que pensé que se refería a un codo, mi parte favorita…
-Dices que soy el primero en tener tanto interés… ¿has tenido a más niños contigo? -pregunté curioso.
-Oh, decenas… soy alma independiente pero no me gusta vivir siempre sola. De vez en cuando me cruzo con algún chavalín como vosotros dos y me dedico a convertirlo en un monstruo digno. Otras veces me encuentro a algún adulto que ha abrazado las sendas de la masacre y le educo de tal manera que ya no se rija por las reglas de los hombres. Algún te presentaré a alguno de mis alumnos… o alguna vez me presentarás a uno de los tuyos, cuando te independices.
-¿Eso será antes o después de que acabe con tu boca…? -siempre me ha hecho gracia la cara de terror que ponía cada vez que sacaba el tema. Sería una de las mayores bestias sobre la faz de la tierra pero, como a muchos, le aterrorizaba el dolor.
Aunque eso, en mi caso, comenzaba a ser dudoso. No sé de dónde saqué ese regusto por el desafío pero, tras más de veinte batidas junto a mi compañera, no me apetecía volver a casa sin al menos haber peleado un poco. Un poco, en serio y a muerte. Cuando me di cuenta, siempre volvía a casa con moratones y chichones; más adelante con cortes y mordiscos para acabar teniendo heridas leves de bala que había esquivado con una pericia poco común para un chaval de esa edad. Cristal veía el espectáculo de mis ataques y no hacía ni medio amago de participar en ellos. Porque le gustaban esas peleas tipo David contra Goliat. Un crío derrotando a un asesino con músculos hasta en las cejas en duelo singular… y que saliera victorioso el niño con el cuchillo grandote…
-Hay veces que te envidio por no tener que esperar el momento propicio… -me dijo una vez ella, cosa que comprendía perfectamente: Yo iba directamente, no perdía el tiempo y “mataba” sin más tras una corta resistencia que se me hacía deliciosa. Pero ella siempre tenía que esperar en las sombras a pillar al pobre incauto que no reparara en los ojos que lo observaban desde las sombras. Siempre debía estar alerta de cuándo le dieran la espalda; de cuando uno de esos delincuentes reparara en ella en medio de una calle abandonada, esperando a que uno se separara de los demás… no podía ir a saco como yo, que aguantaba lo que poco adultos podían soportar.
Y, sin embargo, en la escuela tenía que contenerme, contenerme tantísimo como mi compañera. Esas horas en la escuela se nos hacían siempre eternas… aprovechábamos lo que se nos enseñaba, ciertamente. ¡Pero no podíamos estar en mayor tensión! Yo, dócil por fuera y temperamental por dentro, me contenía lo indecible para no pulverizar de un puñetazo el cráneo de alguno de los graciosos de turno. Y Cristal, simpática por fuera y siempre hambrienta por dentro, debía recurrir a mi sangre cuando sus accesos por probar la de sus compañeras se hacían terriblemente irresistibles.
Tal comportamiento al principio fue ignorado. Luego pasó a ser sentido de alguna manera… nuestras personalidades se notaban poco naturales y por eso, nuestros compañeros nos comenzaron a mirar de otra manera. Todos sabían que ocultábamos algo pero no eran capaces de saber qué. Cristal siguió teniendo a su troupe de amigas y yo teniendo a unos cuantos fieles colegas. Pero al tiempo, surgieron un par de idiotas que comenzaron a molestarnos sólo por esa intuición de que no éramos trigo limpio…
Realmente los admiraría si hubieran tomado medidas más directas contra nosotros. ¡De verdad! ¡Incluso les habría perdonado la vida! Pero fueron tan idiotas como para tratar de hacernos la vida imposible… pero lo que pasara con esa gente es una historia que deberá contarse en otra ocasión…
“Vamos, que no tienes otra cosa que hacer…”
…empiezo a odiar esa frase… en fin, siento el retraso: Entre unas cosas y otras no he podido escribir tanto como quería (y cuando quería se me pasaban las ganas…). Al menos sí he podido retomar esta historia y escribir un nuevo capítulo de las sangrientas aventuras del ahora trío de monstruos.
Sigue sin gustarme el gore realmente… de todas maneras, esta historia sí que me gusta. No le busquéis razones. Espero que cuanto encontréis en esta larga sarta de líneas os agrade (u horrorice).
Hasta más leer (y a ver si alguien es capaz de responder a mi acertijo antes del día 15 de Julio… vamos, que no es tan difícil).