Buddy you’re a boy make a big noise
Playin’ in the street gonna be a big man some day
You got mud on yo’ face
You big disgrace
Kickin’ your can all over the place
Singin’
‘We will we will rock you
We will we will rock you’
(We Will Rock You, Queen)
Alguien llamó a la puerta del despacho.
-Adelante –dijo el jefe de policía. Cuando vio que era el sargento Philippe dejó los papeles que tenía entre las manos y preguntó sin rodeos: –¿Y bien? ¿Ya sabe algo sobre ese fugitivo?
-Sí –dijo mostrándole la carpeta. –El viejo no se resistió y nos dio el nombre del chaval sin oponer resistencia. Gracias a ello pudimos conocer detalles sobre el historial criminal de ese desaprensivo.
-¿Es peligroso?
-No es ningún ángel –exclamó Philippe. –Es un poco camorrista y ha estado a punto de matar a un estudiante.
-¿Sólo a uno?
-Lea el informe que me han mandado. Tal vez no lo haya matado pero leyendo esto podrá conocer el verdadero significado de la palabra “agresividad”.
El capitán miró con interés el papel:
-David Cashner… Inglés… Diferentes trifulcas y peleas callejeras sin importancia… intento de asesinato… –en esta parte se paró. –“Mientras hablaba tranquilamente con una chica, el señor Lukas fue asaltado de repente por el imputado. Tras golpearle repetidas veces contra la pared, el suelo y un cristal, le dio patadas estando su víctima totalmente indefensa en el suelo. Tras ello lo metió en su habitación, continuó golpeándolo un poco más contra los cristales y luego lo encerró en su armario. Tras eso, escribió una nota que pasó a bedel que la pasó al director del centro. Por lo poco común del hecho y teniendo la normal y pacífica personalidad del chico, el director no le hizo mucho caso a la nota pero, tras ver que la víctima se encontraba en paradero desconocido pasados tres días, decidió ir a mirar él mismo. Tras encontrar a la víctima, ésta fue enviada sin más dilación al hospital donde se le diagnosticó la rotura de siete costillas, una desangración grave, un desprendimiento de retina y graves heridas de cristales en la cara…” –el capitán siguió leyendo un poco más pero prefirió no seguir al ver la cantidad de atrocidades que había hecho ese chico con ese tal Lukas. –¿Se han encontrado más datos sobre él?
-No todavía. Esto es todo cuanto nos han enviado las autoridades inglesas de momento.
-¿Qué es lo que quiere la Iglesia de él?
-Según parece posee informaciones importantes para ella pero, de momento, no nos han dicho de qué se trata.
-¿El viejo les ha pasado alguna descripción?
-Sí. Prefirió confesar antes que ser sometido a un interrogatorio: Joven de raza blanca, corpulento, pelo bastante largo, rizoso y abultado, barbucha mal cuidada, algo regordete, cara llena de cicatrices de heridas pequeñas, bastante alto y con un daimonion coyote. De carácter aparentemente impasible, aparentemente atontado, pero bastante sorpresivo en sus reacciones. Difícil de tratar cuando está nervioso y con bastante capacidad física para andar grandes distancias a gran velocidad.
-¿Se sabe qué es lo que pretende?
-Nada se sabe aunque la Iglesia nos ha pedido que vigilemos los caminos de Lausana hasta aquí.
-¿Pretende venir aquí? Muy bien pues. Si la Iglesia así lo pide será porque sabe lo que hace. Hagan controles cada seis kilómetros en todos los caminos que encuentren de Lausana hasta Ginebra. Tienen autorización para ser todo lo contundentes que sea necesario.
-Entendido.
David iba andando tranquilamente viendo el bello paisaje que era el lago Léman mientras su daimonion jugueteaba al tiempo que seguía el paso rápido de su persona. Pero, unos segundos más tarde, se llevó un dedo al oído.
-Me pitan los oídos… –comentó él.
-Alguien está hablando de ti –dijo Diana con gracia. –Si al final vas a ser todo un fugitivo fuera de la ley.
-Mira que ilusión me hace… –dijo él sarcásticamente. –De todas maneras, creo que les va a costar mucho encontrarme.
-Cuando sólo se usa una neurona, normal –replicó sarcásticamente ella. –¿Faltará mucho?
-Un día de camino más por lo menos, eso si descansamos un poco antes de entrar en Ginebra… ¿Pararemos?
-Por supuesto. No sé tú, pero yo prefiero pasarme un par de horas sentada antes de meterme en esa ciudad… ¿Le pasará algo a Rinno?
-Si no sabe nada de lo que ha pasado, estará totalmente a salvo. Aunque Frances nos trajo hasta aquí no creo que puedan imputar nada contra ella tampoco.
-Al menos hasta que no le registren la librería…
-No seas ceniza.
-De todas maneras, si que podrán imputarle delitos a Robert y tal vez también a Lou… y cuando se enteren de lo de Lukas, a ti también.
-Pues que así sea: Él se lo buscó y yo ya sabía lo que hacía cuando lo golpeaba. Que nadie crea que no soy capaz de hacerlo no es óbice para que no pueda hacerlo realmente. De todas maneras, sabes que tenía una razón de peso para apalizarlo. Cuando nos condenen por eso no lloraré ni me quejaré pues sé que me lo merezco. Pero no pensemos en eso: Ahora tenemos que llegar hasta Ginebra… Mira, allí está Thonon. Ya hemos hecho la mitad del camino.
-¿Y qué haremos cuando lleguemos?
-Que ya veremos –se quejó él. –No te preocupes por eso ahora y preocúpate tan sólo de encontrar un lugar donde comer.
En Ginebra, calabozos de la policía…
-¿¡Pero por qué diantre has dicho nada!? –le gritó Lou a Robert, con el que compartía celda.
-Créeme –respondió el anciano apaciblemente. –Conozco a esta gente y no es precisamente un dechado de virtudes, sobre todo cuando lo manda la Iglesia.
-Pero…
-¿Crees que aguantarías más de tres minutos de su tortura? –interrumpió Robert. –Te lo voy a dejar claro: Ni tú ni yo seríamos capaces de aguantar más de medio minuto. Ya he sido joven y ya me basta con que me hayan estrujado los dedos una vez –dijo levantando su mano izquierda, cuyos dedos presentaban profundas marcas redondas. –No sé si tuve la suerte o la desgracia de no tener ni idea de donde estaba Yukari cuando se marchó hace treinta años, pero tuve que soportar que me aplastaran hasta rompérmelos y dislocármelos todos. Me salvé de la infección del meñique de milagro y tuve que aguantar el dolor de las uñas rotas durante más de un mes sin contar que, a partir de entonces casi no pude usar esta mano. Sé perfectamente que tú no habrías aguantado más tiempo que el que empleé yo para contarles lo que sabía.
-¿Confesó entonces? ¿Y el aletiómetro? ¿Cómo no se lo encontraron? –preguntó Lou recuperando la calma.
-Entonces no pude contestar nada sobre Yukari porque no sabía nada (tuvieron que aceptarlo al ver el aguante que estaba demostrando) y, gracias a Dios, no sabían que tenía un aletiómetro.
-Pudo haber huido si hubiera atendido al aparato…
-Es que lo mejor que podía hacer entonces era aparentar ser alguien normal. Soy aletiometrista pero, si no encuentras un mecenas que te escude, tienes que permanecer largas temporadas de tiempo en alguna ciudad de segunda currándote la vida hasta que surja una oportunidad. Llamar la atención proclamando a los cuatro vientos que sabes más cosas que nadie no es algo prudente.
-Ya veo… ¿Ya habrán encontrado el aparato?
-Si estaba en la mesita de mi cama, ya debe estar en manos de la Iglesia.
-¿Qué quiere decir con “si estaba”? –preguntó Fu Riong extrañada. –¿No se separaba nunca de él?
-Te sonará extraño pero, de vez en cuando, el aletiómetro desaparece sin dejar rastro durante cierto tiempo.
-¡Venga ya! –gritaron los otros dos.
-¡No, no es broma! –insistió el anciano. –A veces, cuando me despierto, sencillamente no está ahí donde lo dejé y, a la mañana siguiente, como por arte de magia, reaparece como si tal cosa. Nunca le pregunté al aletiómetro dónde había estado durante esos lapsus y tampoco me importa mucho. De todas maneras, he de suponer que la culpable es Yukari.
-¿Y por qué iba a querer quitárselo?
-¿Y por qué no? Su carácter era a veces harto impredecible. Recuerdo que algunas veces llegó a suspender sus clases a la mitad de las mismas porque le apetecía más jugar con Chen y, otras veces, para jugar al ajedrez conmigo (frustrante experiencia, he de añadir). De todas maneras, ¿conoces a alguien que pudiera robarlo más de ocho veces cada año sin que nadie se diera cuenta durante más de treinta años?
-Me la ha descrito como alguien infantil pero tampoco creo que pueda llegar a tal tontería.
-Veámoslo de otra manera: Quizá tan sólo estaba indicándome que no me quita el ojo de encima, que si me propaso con el uso del aletiómetro un buen día lo perderé sin que pueda hacer nada para evitarlo.
-Pues ya que le está vigilando podría venir a ayudarnos, ¿no cree?
-Si durante treinta años no me ha vuelto a dirigir siquiera un saludo, incluso estando yo en situaciones muy incómodas, he de suponer que me está diciendo que no puedo depender de ella. Intervendrá cuando quiera o cuando sólo ella considere necesario pero, hasta entonces, tendremos que apañárnoslas nosotros dos solos.
Lou, algo asqueado por la situación (y, por qué no decirlo, por la porquería que se acumulaba en ese calabozo), se apoyó en las rejas y miró un poco el solitario lugar: Ellos eran los únicos habitantes de ese calabozo. Desde su posición en ese largo y oscuro pasillo no se podía ver más que un par de tragaluces desde los que se observaba el escaso bullicio que pasaba por la calle aledaña, tres celdas más hacia la derecha y una hacia la izquierda y una puerta de acero tras la cual se encontraban sus carceleros. La luz era escasa, más aún teniendo en cuenta que cuatro de las cinco bombillas del lugar estaban fundidas.
Apenas llevaban día y medio encerrados y ya habían constatado la frialdad de los policías de Ginebra: Todo cuanto decían esos autómatas era “el rancho”, “la cena”, “luces fuera” y nada más (y que Robert despachara todas las conversaciones confesándolo todo no animaba demasiado el ambiente).
-¿No te preocupa David? –preguntó Robert frotándose los brazos para calentarse.
-Supongo que si no está aquí, habrá escapado mientras estaba dando el paseo –respondió Lou que dejó de mirar para sentarse. –Aunque no sé lo que durará ahí fuera.
-Teniendo en cuenta lo morlaco que es –comentó Fu Riong –habrá ido caminando tan pancho hasta Tour-de-Peilz… aunque supongo que allí ya lo pillarán.
-De todas maneras ya no podrá volver a su casa si no es entregándose –dijo Lou.
-Siempre y cuando no nos ejecuten –añadió Robert con sorna.
-Gracias por animarme –se quejó Lou. –Ya ni sé por qué he venido aquí…
-Todo lo que está pasando es cosa de un juego. Que tú sepas a qué estás jugando es una cosa que sólo puedes saber tú.
-¿Qué pretende decir?
-No lo sé. Eso es lo que me dijo el aletiómetro que te dijera. Éste me pidió que no siguiera preguntando al respecto y así lo hice.
-Habla como si el aletiómetro estuviera vivo –comentó Fu-Riong.
-En sentido lato no lo está –dijo Yamapikarya. –Sin embargo recuerda qué es lo que lee.
-El Polvo… ¿Estás diciendo que el Polvo está vivo entonces?
-El Polvo no está vivo –dijo Robert: –Es la vida. ¿No atendías cuando hablábamos en Lausana?
-Sí, ya: El Polvo está vivo, el Polvo tiene voluntad, el Polvo es Dios…Polvo, Polvo, Polvo… ¿Qué es lo que tiene de importante? No necesitamos conocer su existencia para poder vivir con él…
-“Un científico ha de pensar más que en cómo avanzar, en si debe avanzar” solía decir Yukari. No necesitamos conocerlo, no, pero sabiendo lo que está pasando actualmente es conveniente hacer algo para solucionar el asunto.
-¿Qué es lo que está ocurriendo?
-El Polvo no tiene esencia física real. Nosotros interactuamos con él pero jamás lo hemos “tocado” o “sentido”. Sin embargo hay una cosa: Reacciona ante los agujeros entre mundos. El Polvo de los diferentes mundos atraviesa esos agujeros y huye hacia otros mundos.
-¿Y eso es un problema?
-En teoría, no, si no fuera por el molesto detalle de que el Polvo se va colando poco a poco al mundo de los muertos.
-¿Ein? –preguntó el otro acomodándose.
-Digo que el Polvo que paulatinamente se va colando en ese mundo desaparece para siempre en un abismo insondable… al menos eso es lo que me dijo el aletiómetro. Si no se cierran los agujeros entre mundos puede pasar que el Polvo empiece a desaparecer, a interactuar peor entre mundos… causando la destrucción de la vida, del universo, de la existencia en sí misma entendida.
-Entonces… –se dijo Lou más a sí mismo que a su compañero de celda, empezando a recordar aquel sueño que le relató Anerues allá en la lejana Oasis: –Si alguien descubriera la manera de cerrar esos agujeros y yo no pudiera salir de aquí antes de eso…
-Te quedarías atrapado para siempre en este mundo, muriendo agónicamente tras cierto tiempo. Adaptarse al Polvo de otros mundos es una tarea harto difícil, casi imposible para una persona normal. Tú ahora eres como un cuerpo extraño en este mundo y este mundo trata de eliminarte pues no perteneces aquí, como un cuerpo vivo que rechaza una bacteria. Si no logras salir de aquí, el mismo Polvo acabará con tu existencia.
Lou enmudeció. Una cosa era oírlo de los labios de un fantasioso soñador como Anerues pero otra muy distinta era escucharla de un anciano tan inteligente como ése.
-Pero no te preocupes –continuó Robert. –Si estás aquí no es para morir sino para descubrir qué es lo que realmente tienes que hacer aquí ¿A qué crees que estamos jugando ahora? –dicho lo cual, dejó pensando a Lou y se echó en la cama para dormir un poco la noche que no pudo dormir.
Anton inició su patrulla como otro día cualquiera, aunque ahora tenía que tener en cuenta la ley marcial decretada hacía dos días. Tal vez le aburriera pero era su trabajo por lo que, junto a su daimonion sabueso, marchó hacia la zona sur de la ciudad de Ginebra.
-Vaya rollo –se quejó la daimonion. –Casi parece que estén recibiendo al Papa en la zona norte…
-Están esperando a un fugitivo y no voy a ser yo quien les diga cómo tienen que hacer su trabajo.
-¿Aunque envíen a más de la mitad de los hombres disponibles? Si hoy se desata una rebelión no me gustaría ser yo quien intentara pararla…
-Es lo que hay –dijo Anton resignadamente.
Ambos continuaron su camino por esas oscuras callejas, en una soledad casi absoluta sólo rota por algunas voces que venían de las casas y de algún gato callejero que salía a su paso. Así era desde la última semana en la que la Iglesia decreto la ley marcial total para la práctica totalidad de las ciudades europeas.
A pesar de ello y de la tranquilidad de que se respiraba, Anton se aburría enormemente.
-“No hay nada que temer porque el enemigo llegará por el norte” –comentó él parafraseando a su jefe. –Pues que acaben rápido, a ver si puedo volver de una vez a mi trabajo…
-¿Tanto echas de menos la oficina? –comento la sabueso. –Aquí, al menos andas.
-Pero hace frío, está oscuro y es aburrido… prefiero mil veces mis papeleos que estar andando por aquí sin hacer nada… pero es lo que pasa cuando se anda escaso de personal… ¿Qué será lo que tiene ése para que envíen tantos hombres a por él?
-No lo sé. La Iglesia ha dicho que era un sujeto “extremadamente peligroso si no se sabe tratar”, “que no es nada de lo que aparenta”, etc… vamos, lo que suelen decir siempre de la mayoría de los herejes.
Anton, con su cansino paso que bordeaba las viejas casuchas del sur, empezó a vislumbrar el bosque que se encontraba fuera de la ciudad. Aún desde ahí y con la poca luz que procuraba el cielo, se podía ver la silueta del el Colegio de San Gerónimo, el tribunal supremo de la Junta de Oblación.
-No me gustaría estar en la piel de ese pobre desgraciado cuando lo atrapen –dijo él, recordando la cantidad de leyendas que circulaban acerca de ese edificio.
Continuó andando volviendo hacia el interior de la ciudad, siguiendo una ancha calle. Pero, de repente, un ruido fuerte lo puso en tensión: Era el sonido de una tapa de alcantarilla chocando contra el suelo. Sin dudarlo, y a pesar de la poca gana que le daba, alzó su lámpara para buscar a quien hubiera hecho ese ruido (fuera quien fuera, estaba violando el toque de queda).
-¡No me aplastes la cara! –se quejó una voz masculina.
-¡Silencio! –se quejó otra femenina. –Ya nos ha costado bastante entrar. No lo fastidies ahora.
-¿¡Quién anda ahí!? –gritó Anton andando rápido hacia el origen de las voces. Pero antes de que llegara escuchó como los dueños de esas voces ya habían puesto los pies en polvorosa. Cuando llegaron a la boca de alcantarilla abierta, Anton le ordenó a su daimonion que empezara a rastrear mientras él se ocupaba de cerrarla. Tras unos segundos de olisqueo, ella empezó a correr entre las callejas de esa zona de la ciudad siguiéndole su persona de cerca con la porra en la mano. Subieron cuestas, bajaron escaleras, atravesaron puentes, pasaron junto a soportales, fueron calle arriba, calle abajo, por la derecha y por la izquierda…
-¿Estás segura de que le sigues el rastro? –preguntó Anton al ver el caótico camino que estaba siguiendo el fugitivo.
-¡Sí! –exclamó ella, molesta por la interrupción en su labor. –O ese tipo no conoce esta ciudad en absoluto o sabe como perderse… o las dos cosas. Apesta a sudor por lo que es fácil seguirlo pero anda muy rápido.
-En fin, despachémosle rápido y volvamos a la comisaría…
Y así continuaron con la persecución del rápido y escurridizo fugitivo. Cada vez que pensaban que se dirigía a algún lugar en concreto, se encontraban con que, de repente, cambiaba totalmente su dirección yendo a veces hasta en sentido contrario, dando rodeos sin sentido, atravesando plazas en línea recta, girando tres veces en la misma calle…fuera quien fuera, iba muy rápido y no hacía ningún ruido con sus pasos. Sin embargo, pasado un rato, se empezó a notar como acusaba cierto cansancio al poder empezar a vislumbrarlo en medio de la oscuridad.
-¡Alto ahí! –gritó Anton. –¡Está violando el toque de queda! ¡Deténgase y no será castigado! –el fugitivo no pareció apercibirse y siguió con su rápida carrera. “¡Bastante ya me estás castigando tú!” se dijo Anton. “¡Para de una vez!”
El huido, lejos de obedecerle, aceleró el paso y no tardó en desaparecer de su campo de visión.
-¡Perfecto! –exclamó la sabuesa al ver a dónde se había dirigido el fugitivo. –Por ahí sólo llegará a un callejón sin salida. Ve preparando la porra.
Anton así lo hizo y, tras atravesar una verja y un largo y enrevesado callejón, vio el final del mismo… pero el otro no estaba ahí.
-¿No estaba aquí? –preguntó Anton extrañado de que el olfato de su compañera fallara.
-Tú lo viste entrar aquí igual que yo… Su rastro se extiende por aquí y es muy oloroso. O ha huido escalando o se ha escondido… –la sabuesa calló y siguió olfateando el suelo. –Por aquí –dijo señalando otra tapa de alcantarilla. Anton enfocó su linterna y vio como había sido movida hacía muy poco tiempo. –No nos conocemos la alcantarilla así que mejor volvamos a la comisaría a informar.
-No, espera –dijo seriamente él, fijándose bien en lo que acababa de hacer ese otro. Su daimonion se volvió extrañada hacia él pero no dijo nada mientras su persona retiraba la plancha de metal. –Para ser un simple chaval que huye del toque de queda, se mueve mucho, ¿no crees?
-¿No pretenderás bajar? –preguntó ella previendo la respuesta.
-Sólo para comprobar. Ése no parecía llevar lámpara por lo que estará en desventaja allá abajo y como rehuía el combate, cabría pensar que si lo atrapo y lo esposo, no me dará muchos problemas.
La sabuesa no dijo nada y se subió a la espalda de su persona, la cual inició un corto descenso de inmediato. Una vez abajo, se encontraron con un colector maloliente y angosto pero que se ampliaba pocos metros más allá de la entrada. Al ver la humedad del suelo que pisaban, negaron de inmediato la posibilidad de poder rastrear a su presa por lo que tuvieron que conformarse con seguir las débiles marcas del paso de ése. Segundos más tarde escucharon sus pasos cuyo sonido se acrecentaba por lo angosto del lugar y por el agua que estaba pisando. Anton no se alteró por esto y siguió con paso tranquilo, enfocando el túnel para conseguir ver al huido. Sin embargo, tras unos minutos de avance discreto, se encontró con que el otro había dejado de caminar y de hacer ruido por lo que, lo que Anton suponía que era una ventaja, su lámpara, se volvió contra él pues ahora el otro podía conocer su posición en cualquier momento.
Muy desagradado, Anton apagó su linterna y trató de conseguir una solución pacífica:
-No sé quién es ni qué está haciendo al violar el toque de queda pero si no se entrega ahora y me acompaña a la comisaría tendré que utilizar la violencia para que obedezca.
-¿Ah, sí? –dijo el otro casi gritando, haciendo que su voz rebotara en todas direcciones. –Viendo la manera de actuar que tiene se ve a leguas que desea volver cuanto antes a la comisaría. Vuelva, que yo no le molestaré.
-¿No me ha entendido? Venga aquí y entréguese ahora. Así se ahorrara heridas.
-No puedo hacer eso –volvió a gritar el otro. –Si alguien que me reconociera me pillara ahora, me pasaría el resto de mi vida entre rejas.
-Remolonear de esa manera no dice nada a su favor –dijo Anton algo irritado ya. –Le daré tres segundos para que salga con las manos a la vista o sino entraré a por usted y puede que acabe con un brazo roto –Anton asió su porra no queriendo utilizarla pero sabiendo que su amenaza había ido muy en serio. –¡Uno! –gritó.
-¡Tres! –gritó el otro, sintiendo Anton un terrible mordisco en su cuello. La presión sobre él era tal que apenas podía respirar, ya no decir que pudiera gritar nada. Tratando de buscar lo que lo estaba mordiendo, se dio cuenta de que no tenía nada en contacto con su piel por lo que se giró a su daimonion y encendió su lámpara y allí vio como una especie de perrazo se estaba ensañando con el cuello de su sabuesa… pero para cuando se dio cuenta, el otro, la persona de esa daimonion que estaba mordiendo a la suya, ya se había acercado, tubo de plomo en mano y le sacudió un fuerte golpe en la nuca.
-¡Vámonos, Diana! –exclamó ése al tiempo que salía corriendo hacia el lugar por donde había entrado. –¡Lo siento! –fueron las últimas palabras que le escuchó decir antes de que desapareciera en el túnel.
David, con los brazos temblorosos que aún asían el tubo, llegó hasta la escalera por la que había entrado minutos antes, tratando de no perder el equilibrio en tan inestable superficie. Diana, nada más alcanzar la superficie, corrió a comprobar el terreno mientras su persona volvía a colocar la tapa de la alcantarilla tras lo cual, puso un par de adoquines sueltos para atorarla.
Así pues, ambos salieron por patas, haciendo el mínimo ruido posible para evitar una persecución como la que acababan de pasar. No había mucha luz (David ya lamentaba haber perdido su lámpara) pero al menos las pocas farolas que aún seguían encendidas les marcaban un buen camino.. aunque claro, de nada servía ver el camino si no se sabía qué camino seguir (y estar bajo ley marcial no le ayudaba demasiado). Después de pensarlo con algo de tranquilidad, David pensó que lo mejor sería ocultarse en algún lugar hasta que amaneciera y entonces ya decidiría que hacer por lo que, tras un par de paseíllos, encontraron una calleja discreta llena de embalajes en la que no llamarían la atención y se ocultaron bien, esperando a que saliera el sol.
-¿Cuánto queda? –preguntó Diana.
-Casi acaba de anochecer, así que al menos ocho horitas de nada. Trata de dormir un poco que ya vigilo yo –Diana no se hizo de rogar y se acomodó en las piernas de su persona, mientras ésta removía algunas cajas de cartón para crear un pequeño escondite. No pasaron más de tres minutos antes de que ya estuvieran tranquilos por lo que David, algo cansado por haber recorrido el lago Léman por su lado sur (un recorrido que casi triplicaba la distancia de la ruta norte) y por no haber dormido nada la noche anterior, decidió que él trataría de reposar un poco como su daimonion.
Se colocó sobre un cartón, apoyó el peso de su cuerpo contra la caja que tenía a su derecha y la pared que tenía detrás suyo y cerró los ojos tratando de dormir aunque sólo fuera una siestecilla. Gracias a que ya llevaba más de día y medio sin dormir no tardó en pegar ojo. Y así, reposando, tampoco tardó en empezar a soñar… Él sabía que estaba soñando pero tal vez el hecho de estar en una posición tan incómoda le impedía darse cuenta de ello totalmente por lo que, cuando despertó sólo pudo recordar un par de palabras: “Pura voluntad”, “que lo agarre con los dientes”, “Campanario de la Capilla de la Sagrada Penitencia” y “San Gerónimo”.
-¡Despierta! –exclamó Diana por lo bajo, que le estaba mordiendo suavemente las manos. David se desperezó y vio como aún era de noche. Algo agarrotado aún trató de levantarse pero su daimonion le instó a que no lo hiciera.
-¿Qué pasa?
-El policía que noqueaste antes está por aquí. Su daimonion ha seguido nuestro rastro y ahora está comprobando la zona. Hace un rato que ha pasado por aquí delante pero por suerte algo le ha distraído la atención.
David se asomó y miró con cautela: Frente a la calleja no había nadie.
-¿Hacia qué lado marchó?
-Siguió por la izquierda, según parecía porque encontró a otra persona violando el toque de queda.
-Tenemos suerte… –dijo David levantándose. Sin falta fue hacia la entrada del callejón y se asomó cuidadosamente a observar el lugar. Pero inmediatamente se volvió a ocultar cuando vio al policía acercarse a ese lugar a toda prisa: Lo había visto.
-¡Alto ahí! –gritó el oficial. –¡Considérese arrestado, joven! ¡No se atreva a empeorar su situación!
David no le escuchaba. Estaba medio desesperado porque no sabía hacia dónde huir:
Si voy hacia él, me arresta… si huyo de él, llama a sus compañeros y me arrestan… si trato de ocultarme… es tarde para eso… entonces…” David no lo pensó más y asió con fuerza el tubo de plomo que se había llevado de la alcantarilla y esperó a que el policía girara la esquina para sorprenderle… no, eso ya no: El otro ya sabía que estaba ahí y que podía ofrecerle resistencia violenta ergo… “Hay que jorobarse…”
Anton vio como el chico, que en un primer momento había decidido ocultarse de nuevo en la calleja, salía a toda prisa de él con el tubo de plomo con el que le había golpeado en la nuca. El policía no dudó en perseguirlo, pensando que ya estaba en sus manos pero al poco se dio cuenta de la clase de ruta que seguía el chico: Sólo seguía cuestas arriba, escaleras y terrenos difíciles. Sería un tipo bastante grande y no especialmente rápido pero esos terrenos no parecían afectar ni a su velocidad ni a su resistencia. Tras cinco minutos de carrera, el huido parecía cansado pero no tanto como Anton que ya casi no podía mantenerse en pie.
-Como se notan las horas de oficina –dijo su daimonion sarcásticamente.
Anton alzó su lámpara y vio como el otro se había parado a descansar mientras veía un cartel. Éste se dio la vuelta y cuando vio como se le acercaba el policía, volvió a correr.
Anton, que apenas podía con su alma, miró el mismo cartel que había estado mirando el huido:
“Colegio San Gerónimo…” pensó Anton mientras veía cómo se alejaba su presa. “Perfecto…” se dijo con alegría.
-¡Pero será idiota! –exclamó por lo bajo la daimonion de Anton. –¿Pretende ir directo al centro de poder de la Junta de Oblación?
-Pues vale, que haga lo que quiera pero sólo seguirá haciéndolo mientras lo sigamos así que en marcha –Anton se arrepintió de inmediato de haber dicho esto pues, aparte de no tener aire en los pulmones le dolían las piernas, tenía agarrotados los pies y ya había tenido algún acceso de calambre. Aún así, se puso en marcha y sacó su pito para llamar ayuda… si alguien lograba oírle: Estaba en la zona más al sur de Ginebra y allí, aparte de él, sólo habría tres o cuatro agentes que estarían tan hastiados como él de ese trabajo. Sopló igualmente y continuó corriendo mientras aún tenía a la vista a su fugitivo. Como supuso, su camino era hacia el Colegio San Gerónimo por lo que vio, con algo de horror como su camino se volvía paulatinamente más inclinado a medida que se acercaban al bosque en el que estaba localizado. –¿Pero es que ése no se cansa? –preguntó al aire Anton.
“¡Ay, madre!” pensó David mientras trataba de mantener la respiración. Estaba acostumbrado a ‘caminar’ largas distancias a buena velocidad pero esta carrera le estaba matando. Por suerte ya estaba en la senda que lo llevaría al Colegio de San Gerónimo… aunque aún no sabía para qué iba para allá. De todas maneras aceleró el paso cuanto le permitió el cuerpo tratando de dejar atrás a su implacable perseguidor (bueno, eso pensó hasta que escuchó los jadeos del policía por encima de los suyos propios).
“Resulta un poco patético, la verdad” pensó David. “Cuando leía historias sobre persecuciones de policías y ladrones me imaginaba que los policías estarían bien preparados… y ahora voy y me encuentro con un poli tan gordo como yo apenas teniéndose en pie tras una pequeña carrerita…” a pesar de lo serio que era el asunto, David sonrió jocoso al escuchar como el policía trataba de soplar su pito casi sin respiración, sonando una especie de medio pitido mezclado con las babas que se le escapaban de la boca.
Según iba avanzando, las farolas iban desapareciendo, no habiendo prácticamente nada de luz. Como supuso, en el camino que llevaba al Colegio no había luz alguna por lo que tuvo que sacar el mechero que se había cogido de la casa de Rinno (sin él no habría salido jamás de las alcantarillas cuando entró en la ciudad) y moderar su paso para así evitar extinguir la llama. Al menos ahora era capaz de ver por donde pisaba en ese suelo mojado y resbaladizo por lo que, pasados unos minutos, dejó atrás al policía que parecía que se había dado por vencido. David anduvo lo más rápido que pudo por ese camino que serpenteaba por esa colina y al rato logró ver las primeras señales de civilización que había por allí: Un puente, suelo adoquinado, mojones a ambos lados del camino y medio desdibujada en el oscuro cielo, la silueta del edificio que aspiraba a alcanzar.
Unos quince minutos después de subida por esa complicada senda, llegó a ver la entrada del colegio de San Gerónimo y, gracias a las diversas luces encendidas por todo el edificio, pudo orientarse mejor y no depender más de su mechero.
-Por delante no va a poder ser –masculló David al ver que la puerta principal estaba vigilada por un soldado. –Mejor busquemos un lugar por donde saltar el muro.
Diana asintió y fue por delante de su persona comprobando el terreno por entre los arbustos. Mientras caminaban un poco más tranquilamente, David aprovechó a recuperar el aliento (lo hacía con bastante rapidez) y empezó a observar la muralla: medía unos tres metros y era muy sólida. Como el Colegio de San Gerónimo era un convento no tenía ninguna clase de trampa para evitar que saltaran el muro.
-¡Eh! –exclamó Diana. –¡He encontrado algo! –Diana señaló unas pisadas en el húmedo suelo las cuales bordeaban la muralla, interrumpiéndose de repente en un punto de la misma. Por su apariencia, no parecía que llevaran ahí mucho tiempo. –Parece que no somos los únicos que saltamos muros por aquí…
David observó bien el lugar y vio como por esa zona el muro era algo más bajo por una elevación del terreno por lo que, ni corto ni perezoso, dejó que Diana se le subiera a la espalda, cogió aire y se lanzó a saltar el muro. En un primer intento se le resbalaron las manos y cayó estrepitosamente pero después lo hizo mucho mejor: Consiguió asirse firmemente y logró pasar una de sus enormes patonas al otro lado del muro. El resto fue sencillo: Se dejó caer, atravesó el patio en el que había entrado y entró dentro de lo que parecía ser una capilla.
-¿A dónde vamos? –preguntó Diana extrañada por la celeridad que mostraba David en ese terreno tan desconocido.
Éste señaló una piedra labrada encima de la puerta que iban a atravesar en la que rezaba: Sacellum Sacrae Poenitentiae.
-“Capilla de la Sagrada Penitencia” –tradujo David. –Antes de que me despertaras, me parece que Anerues me dijo que viniera aquí.
-¿Por qué?
-No lo sé. Mencionó el campanario… supongo que allí estaremos a salvo durante algún tiempo o que al menos allí podremos dormir mejor hasta que nos dé otro mensaje.
Diana no dijo nada así que lo siguió discretamente mientras atravesaban en silencio la desierta capilla. Alcanzaron las escaleras del campanario pocos segundos después y las subieron rápidamente.
-¿Qué? ¿Cansado? –preguntó Diana al ver como jadeaba su persona una vez en una sala previa al campanario en sí: Era una pequeña habitación en la que había un armarito y unos cuantos pedazos de tela por el suelo.
-Déjalo, ¿quieres? –pidió David abriendo el armario. Dentro de él había una lámpara de aceite, herramientas diversas, un bote de grasa y unos hábitos. –Ésta debe ser la sala de trabajo del restaurador del campanario –dijo David cogiendo la lámpara. La encendió y miró la sucia ropa que había dentro de ese armario. –Bueno, con esto al menos pasaré desapercibido si necesitara salir de aquí –dicho lo cual, se puso ese pedazo de tela que apestaba a aceite.
Tras esto, y mientras recuperaba el aliento antes de dormir, decidió ir a ver cómo era el Colegio de San Gerónimo desde las alturas. Subió las últimas escaleras, abrió la puerta y salió al campanario, lugar donde se encontró con la gran campana que coronaba esa capilla y con una ventolera fría como el hielo. Desde tan privilegiado lugar pudo ver el complejo de edificios, tan altos y tan bajos, caóticamente mezclados y con lúgubre apariencia a esas horas de la noche. Se podían ver también unas pocas luces encendidas por el convento por lo que ese era un lugar muy tranquilo por el que esconderse.
-¡Whoa! –exclamó Diana al ver el oscuro suelo que había bajo sus pies. –¿A cuánta altura estamos?
-Pues no sé… –dijo David enfocando distraídamente al suelo, deseando irse cuanto antes a dormir… pero encontrándose algo que le hizo olvidarse de ese deseo…
-¿Pero qué me está contando, buen hombre? –preguntó el soldado que guardaba la entrada del colegio de San Gerónimo.
-Se… se les ha colado… un hombre que… ha violado el toque… de queda… –farfulló Anton entre aspiraciones.
-Nadie ha pasado por aquí en más de siete horas –dijo el guarda altivo.
-Da igual… –continuó Anton. –Dé la alarma…
-¿Pero quién se cree usted? Mire, le acompañaré por el monasterio si así lo quiere pero no me haga dar la alarma por una tontería como ésa.
-Muy bien. Adelante.
El soldado llamó a un compañero para que lo relevara y guió al policía por el lugar al tiempo que éste trataba de recuperar el aliento en marcha.
“Malditos…” se quejó Anton internamente. “Ni uno… ni un solo policía me ha hecho el más mínimo caso… ¡Pero para qué tenemos estos malditos pitos! Una carrera más como ésta y dimito…”
-Usted me dirá –dijo el guarda. –¿Por dónde?
-Saltó el muro por la derecha del edificio. Yo no estaba en estado de saltar nada…
-Ya se nota –rió el soldado. –Entonces… ¿fue al campanario?
-Yo qué sé –se quejó Anton, ignorando la alusión a su peso. –Allí espero encontrarme un rastro y después encontrarlo será mucho más sencillo.
-Muy bien pues –dijo el soldado diligentemente. Un par de minutos después llegaron a un pequeño jardín en el que los dos daimonions perro encontraron un rastro, siguiendo el rastro hasta la capilla.
-Disculpen –dijo un fraile joven saliendo de la capilla. –¿Van a pasar? –preguntó abriéndoles la puerta.
-Sí, sí, pero déjenos sitio –dijo Anton apartando al encapuchado fraile con algo de prisa, para acabar ese trabajo cuanto antes. Pero justo al pasar al lado suyo preguntó: –¿No habrá visto pasar a nadie hace un rato por esta capilla?
-Creo que sí… –respondió el fraile con voz quejumbrosa, probablemente por causa de un resfriado. –Creo que fue el restaurador del campanario al ver que iba directamente allá arriba –dijo señalando las escaleras del campanario. –En fin, si me permiten, quiero ir a reposar. Buenas noches.
-Lo mismo digo pero límpiese el hábito –se quejó la daimonion de Anton. –Apesta.
-Gracias. Seguiré su consejo cuando pueda –dijo el fraile despidiéndose al tiempo que se acercaba a un edificio cercano.
Los otros dos dejaron al hombre alejarse y fueron directamente a por el fugitivo, subiendo las escaleras lo más rápidamente que pudieron (vamos, que fueron lentos como tortugas al no poder dar Anton un sólo paso más) pero confiados pues el rastro del huido era fuerte en esa escalera de caracol. Sin embargo, una vez que llegaron arriba, no se encontraron a nadie.
-¿¡Pero dónde se ha metido esta vez!? –exclamó Anton tan exasperado como cansado. –¡Maldita sea! ¡Te vas a pasar los próximos veinte años de tu vida a pan y agua! –El policía se sentó en el suelo derrotado, tratando de pensar cómo se le había logrado escapar esta vez… hasta que pensó en el fraile que se acababa de encontrar minutos antes. Iracundo, se levantó de sopetón y se lanzó escaleras abajo, siendo seguido de cerca por el soldado. Una vez en la entrada de la capilla, el policía preguntó: –¿Qué hay ahí? –señalando el edificio en el que se había introducido el fraile.
-Es un almacén –dijo el soldado sabiendo lo que quería decir: Ese “fraile” no iba a dormir sino a esconderse. –Vaya a intentar detenerlo. Yo iré a por las llaves de esa sala y lo encerraremos dentro.
Anton, con las fuerzas recobradas, se lanzó contra esa puerta y entró de golpe.
-¡Maldito! ¿¡Dónde te has metido!? –gritó azuzando a su daimonion para que encontrara el olor a grasa que desprendía su presa. –¡Ya me has hartado!
Tras un breve paseo, se encontró con un armario colocado bajo un agujero en el techo. Su daimonion confirmó que el fugitivo había subido allá arriba por lo que Anton no dudó en seguirlo. Sin embargo, jamás, repito, JAMÁS de los jamases se habría imaginado lo que acabaría encontrándose en ese tejado, en ese agujero que sólo se podía ver desde el campanario, en esa zona tan oscura en la que nada se podía ver… había una especie de monstruo mecánico con forma de giróptero sólo que sin hélices, apoyado sobre seis patas en el tejado, tan suavemente como pesadamente. Su cabina cristalina dejaba ver el interior mecánico, lleno de engranajes, tuberías, cables y demás algarabía tecnológica. Y ahí dentro, con un casco puesto, se encontró con su fugitivo que estaba con los ojos cerrados apoyando sus manos en la palanca de mando de esa cosa.
-¡Alto! –gritó Anton saltando a la puerta del aparato. Sin embargo, sólo cogió el aire pues el aparato se elevó a toda velocidad de inmediato en línea recta hacia el cielo y allí se quedó durante unos diez segundos, antes de volver a la misma velocidad quedándose parado a pocos centímetros de la frente de Anton tras una brutal frenada en seco. Ese vehículo destilaba fuerza en cada uno de sus simples movimientos pero a la vez era tan silencioso… Si no lo estuviera viendo en ese momento, Anton podría haberlo pasado por alto, haberlo ignorado sin darse cuenta de que estaba ahí, incluso si hubiera estado a tres centímetros de su coronilla.
El fugitivo giró el aparato ante los ojos del asustado policía y se dejó ver.
-Siento muchísimo lo del golpe de antes –se disculpó el chaval. –Tenía que llegar hasta aquí de alguna manera y, que usted me detuviera no era la mejor manera de hacerlo. También siento mucho lo de las carreras que le he hecho hacer por toda Ginebra. No se preocupe: Lo más probable es que se gane un ascenso por su persistencia.
-¿Quién demonios eres? –preguntó Anton impresionado, quedándose pegado junto a la pared.
-David Cashner para servirle –se presentó el chico –o, lo que es lo mismo, el fugitivo que casi toda la policía de Ginebra está buscando por el norte de la ciudad –añadió riendo. –Cuénteselo rápido a sus superiores y puede que hasta logren pillarme –y, dicho esto, volvió a abrazarse a la palanca y salió disparado a toda pastilla hasta el cielo, lugar del que desapareció unas décimas de segundo después.
-¡Señor! –llamó el guarda de antes. –¡Señor! ¿Dónde está? ¿Lo ha pillado?
Anton bajó pesadamente y se dirigió directamente hacia él.
-Ha escapado –dijo embobado al tiempo que salía afuera para ver si aún era capaz de ver cómo se iba David. –Allí lo tiene –dijo señalando ese extraño objeto volador que se alejaba a toda velocidad del Colegio de San Gerónimo trazando líneas rectas crispadas en todas direcciones, como si su piloto no tuviera ni repajolera idea de cómo manejar ese aparato.
Y Anton se dejó caer en el suelo, sintiéndose terriblemente derrotado.
-El rancho –dijo el carcelero trayendo un par de bandejas con comida.
-¡Oh, café! –dijo alegremente Robert. –El agua de por aquí sabe a podrido.
“Lo mismo digo” se dijo Lou, con las mismas ansias que el anciano por cambiar de sabores.
-Desayunen rápido –dijo el carcelero. –Dentro de unos minutos les trasladaremos al tribunal eclesiástico.
El guarda se retiró y cerró la puerta tras de sí.
-Le veo animado –comentó Lou mientras comía su parte.
-Más de lo que piensas –dijo Robert bebiendo un buen trago de café. Tras eso, mojó uno de sus dedos en el líquido sobrante y trazó una serie de líneas en el borde de la taza.
-¿Qué está haciendo?
-Silencio, por favor –pidió Yamapikarya mientras su persona mantenía la taza entre sus manos con los ojos cerrados.
Éste aspiró profundamente, inclinó su cabeza sobre la superficie del líquido que quedaba y abrió los ojos. Se pasó más de un minuto observando la negrura del líquido para al final sonreír ampliamente.
-Vaya con ese chaval… –comentó Robert empezando a comer el resto de su comida.
-A ver si lo adivino –dijo Lou: –¿Aparte de el aletiómetro también lee posos de café?
-Exacto –dijo el anciano comiendo animadamente. –David viene para acá a ayudarnos.
-¿Él solo?
-Mal iríamos si hubiera más gente como él… –comentó con gracia. –No te preocupes: Esta tarde ya estaremos lejos de Ginebra y, con suerte, también de este mundo.
-Miedo me da preguntar cómo.
-Tú espera –dijo el anciano terminando su comida.
Tras un rato, el carcelero vino acompañado de un par de agentes más y abrió la celda para que esposaran a los dos ocupantes de la misma. Tras eso, los prisioneros fueron guiados fuera de la comisaría a un carro que los llevaría ante el tribunal.
-Que pocos policías… –comentó Lou al ver lo desierta que estaba la comisaría en comparación del llenazo que había la noche que llegaron allá.
-Están ocupados con cierta tarea… –dijo Robert riendo, una vez dentro del carro. –Si supieras lo que he leído…
Lou se sentó y esperó a que se pusieran en marcha para levantarse y ver un poco la ciudad antes de llegar al tribunal eclesiástico. Desde la escasa rendija que daba luz a ese espacio tan pequeño, Lou pudo observar como no había nadie en la calle (el toque de queda se había extendido al día también), sólo unos cuantos policías que parecían volver a la comisaría cansados y algo heridos, según parecía por haber estado luchando hasta hacía muy poco. Algunos de ellos llevaban objetos de lo más dispar: Cazuelas, cuchillos, sartenes, molinillos e incluso le pareció haber visto a uno con una señal de Stop…
-¿Qué ha pasado aquí? –preguntó Lou a su compañero, sabiendo que él iba más enterado.
-¿Recuerdas que te dije que Yukari sólo iba a actuar cuando lo considerara conveniente? Pues parece que éste es ese momento. Lo que he leído antes en el poso del café es que, para mantener ocupada a la policía de Ginebra y dejar que David consiguiera entrar sin problemas a esta ciudad, Yukari se ha ocupado de lidiar con cada agente que encontró.
-Querrá decir Ran.
-No, sólo Yukari. Si lo que me contaba Chen cuando aún vivía con ellas es cierto, la policía de Ginebra se ha metido en camisa de once varas –dijo meneando la mano, dándose un golpe en la frente seguidamente. –¡Ah, se me olvidaba! –exclamó. –Ven aquí, que hay algo que debes saber.
Lou se acercó a donde estaba su compañero de cautiverio pero, antes de inclinarse para saber qué era lo que quería decirle, sonaron dos potentes detonaciones: La primera pareció parar el carro y la segunda destruyó totalmente la puerta que les mantenía encerrados aparte de llevarse por delante prácticamente toda la estructura trasera del vehículo.
-¡David ya está aquí! –exclamó el anciano lanzándose al exterior mientras agarraba al paralizado Lou que veía con mezcla de incredulidad y terror el monstruo mecánico que estaba justo detrás del carro.
-¡Arreando! –gritó David desde el interior abriendo una de las puertas. –¡No sé cuanto tiempo voy a poder mantener esto en posición! –Robert llevó a Lou de la mano y le ayudó a subir dentro de la cabina, hecho lo cual subió él. –¡Muy bien, señores! ¡Agárrense los machos que nos vamos! –y el aparato salió disparado hacia el cielo.
Antes de que Lou pudiera decir nada, ya estaban a una altura considerable por encima de Ginebra. David estaba en los mandos, con un casco en la cabeza y con Diana agarrando una especie de asa con los dientes justo detrás de él. Olía que apestaba tanto a sudor como a grasa y a alguna sustancia más que no era capaz de identificar. En cuanto a la máquina, no sabría decir si funcionaba o no: No emitía sonido alguno y se mantenía firme en su sitio como si nada pudiera moverla. Era difícil pensar que eso les permitiera volar.
-¿Qué… qué es esto? –preguntó Lou embobado.
-Las preguntas más tarde –dijo David pasándole el aletiómetro a Robert. –Ahora dígame a dónde podemos ir para que por lo menos pueda echar una cabezada.
Robert no se hizo de rogar y se dispuso igual que cuando hizo la lectura del poso de café. Tras un minuto de observación minuciosa de la aguja, dijo:
-Sigue hacia el norte. Ya te guiaré.
-¿A dónde vamos? –preguntó Lou.
-A tu casa –respondió Robert con una sonrisa.
Tras dos horas de rapidísimo viaje, tras atravesar varios agujeros entre mundos perdidos en medio de ninguna parte y después de un aterrizaje poco más que penoso, el grupo llegó a un bosque, un bosque del mundo de Lou.
-En fin, si me disculpáis, voy a dormir un poco –dijo David cerrando la cabina del aparato intencional. –Ni intentéis despertarnos…
-…u os fusilamos –añadió Diana, uniéndose a la siesta de su persona.
-Vaya par… –comentó Fu Riong. –Mal despertar y mal dormir…
-No te quejes –dijo Lou. –Al menos gracias a ellos ya hemos vuelto a nuestro mundo.
-¿Qué piensas hacer ahora que has vuelto? –preguntó Robert acomodándose a los pies de un abeto para tratar de descansar un poco antes de seguir con el viaje.
-Lo primero será avisar a los padres de mis compañeros para que sepan que sus hijos siguen vivos… porque siguen vivos, ¿no?
Robert entendió la pregunta de Lou e inmediatamente se puso a leer el aletiómetro.
-Han sufrido un par de traspiés pero todos están bien, salvo quizá tu compañero Amadeo que se ha quedado tuerto.
-¿Me puede contar qué les ha pasado hasta ahora? Quisiera decirles a sus padres qué han estado haciendo.
-No te lo recomendaría. Si los padres de Amadeo se enteraran de lo que ha estado haciendo su hijo les daría un síncope. Y ya no digamos si le cuentas al padre de Anerues lo que ha hecho ese intento de Lucifer. Mejor sólo diles que están bien y que muy probablemente acabarán volviendo.
Lou se acomodó al pie de otro árbol, pensando en sus compañeros.
-¿Al menos podría decirme qué han estado haciendo? –preguntó Lou.
-¿Para qué quieres saberlo?
-Usted le advirtió a Frances que si la gente se enteraba antes de tiempo de lo que usted tuviera que decir se causaría una guerra tal, semejante revuelo que el mundo quedaría reducido a la nada. Dijo claramente que sería en los tiempos revueltos. ¿Es ésta esa época que mencionó?
-Sí, por supuesto. Si no, no estarías aquí.
-Y yo tengo algo que ver con esos tiempos, ¿no es cierto?
-Tú lo has dicho.
-Entonces, ¿cuál es mi papel?
-Descubrir lo que tu mente puede jugar en mi mundo. Descubrir el juego que estás jugando será sólo consecuencia de las preguntas que me hagas. Yo no puedo ayudarte pues sólo soy un vocero del Polvo.
-Entonces responda a mi primera pregunta.
-Amadeo y Zoé están en un mundo en el que se extermina sistemáticamente a una raza de seres humanos que viven del vampirismo. Ahora están apoyando activamente al movimiento que trata de derrocar a la Iglesia, la cual ha decidido unilateralmente acabar con toda esa raza por considerarla una aberración de la naturaleza. Gracias a sus esfuerzos, los vampiros conocen la existencia de otros mundos y el origen de la religión que apoya las actividades de sus opresores.
-De ahí que Amadeo esté malherido…
-La verdad es que ellos dos sólo han estado sobreviviendo todo este tiempo. Ellos desean volver a casa mucho más de lo que crees.
-¿Qué ha pasado con Jack?
-Acompañó a Anerues a un largo viaje en el que atravesó casi toda Siberia y, tras una emboscada, le encerraron largo tiempo separado de su daimonion pudiendo separarse de ella a partir de ese momento.
-¿Cómo las brujas?
-Exactamente igual. Después de escapar de su encierro, siguió los consejos de Anerues y voló al mundo de los vampiros para dar un par de explicaciones a Zoé y a Amadeo y luego ir a otro mundo para avisar a Lord Asriel, jefe del movimiento de la “República del Cielo”, de que tanto él como sus compañeros que están en el mundo de los vampiros se unirán a su lucha.
-¿Lord Asriel? ¿Quién es ése?
-El inventor de ese aparatito –respondió Robert señalando el aparato intencional. –Es también el padre de Eva, el responsable de que cayerais en otro mundo por primera vez y el que está dirigiendo a un inmenso ejército contra la mismísima Autoridad.
-Tiene la agenda llena… –comentó Fu Riong. –¿Para qué nos ha enviado a ese mundo?
-Él no os ha enviado a ninguna parte. Él sólo abrió un agujero para poder pasar él mismo al mundo que le permitiría tener acceso a todos los demás que es, precisamente, el primero en el que caísteis. En principio, que vosotros llegarais allí es fruto de un desgraciado accidente. Todo cuanto quiere hacer es acabar con la Autoridad para así proclamar la República del Cielo.
-¿Pero de eso no se encargaba Anerues?
-Anerues se va a encargar de matar a la Autoridad, sí pero eso no quita que no pueda hacerlo sólo. El lugar donde se encuentra ese sujeto es un fortín móvil de dimensiones titánicas y ni siquiera alguien con el poder de Anerues podría pasar desapercibido entre tanto soldado, ya no hablemos de matar al ser más vigilado de cuantos universos conozco. Lo que está haciendo Anerues es “utilizar” a Asriel para sacar a todas las fuerzas de su castillo para así asaltarlo y poder ejecutar a la Autoridad.
-Bueno, lo intentará –añadió Yamapikarya. –Aún ahora no sabemos quien saldrá victorioso de esta batalla.
Lou pensó un poco lo que le acababa de decir Robert y, tras un par de reflexiones, formuló otra pregunta:
-¿Por qué lo hace? ¿Para qué quiere Anerues matar a Dios?
-Anerues no quiere matar a Dios, quiere matar a la Autoridad, que no es lo mismo –respondió Robert muy seriamente. –Anerues lo tilda de “ídolo”, de ser un ser tan corrompido que ha condenado a todos los mundos a una progresiva extinción. Pero lo que más le enfurece es que, en este proceso, la Autoridad se conformó con sólo crear un “Infierno” en el que todos nuestros antepasados están atrapados sufriendo lo indecible hasta que llegue un hipotético fin de los tiempos. No logra comprender como personas tan buenas como su propia madre estén perdiendo toda la cordura en una locura que se alarga hasta el infinito.
-¿Y el cielo…?
-Es diferente a lo que se suele pensar de él: Cuando uno muere, actualmente va directamente al Infierno y allí su miedo y terror sirve de alimento de las alimañas que lo pueblan. Sin embargo, lo que se debería hacer es que nuestras almas, el Polvo que todos llevamos dentro debería liberarse de nuevo al mundo para así pasar a una nueva generación.
-¿Me está diciendo que el Polvo que está sobre nosotros ahora es el Polvo de millones de personas que antes llevaban dentro de sí?
-Sí, así es. Cuando morimos lo que debemos hacer es volver a nuestra alma mater, volver a la esencia primigenia de todas las cosas, volver…
-…a Dios –completó Lou. –Eso me recuerda a la Divina Comedia de Dante: Cuando morimos, si hemos sido buenos durante nuestra vida o si hemos cumplido nuestra condena en el purgatorio, se nos otorga el privilegio de formar parte del Señor.
-Eso es, tú lo has dicho. La función de la Iglesia es controlar los avances de las diferentes especies en cada mundo para evitar que, gracias a la ciencia se llegue hasta la Autoridad pudiendo malograr sus planes. Según en qué mundos, la presencia de la iglesia es mayor o menor, como en el tuyo en el que tiene una relevancia bastante relativa relegada a un papel meramente formal y moral mientras que la de mi mundo mantiene una posición muy firme al respecto del dogma que la Autoridad le pasó.
-¿Un ser supremo y todopoderoso pidiendo ayuda a seres inferiores como nosotros? Empiezo a pensar que ése de Dios tiene poco. –Lou calló y meditó un poco su siguiente pregunta: –Hace un momento dijo que Anerues era “poderoso”. ¿A qué clase de poder se refería?
-A poder a secas. No es una persona con la que convenga enemistarse.
-¿Su poder se basa en los sueños?
-Exacto.
-¿Podría usar yo su poder para ayudarle en sus objetivos?
-¡Oh, yes! –exclamaron tanto Robert como Yamapikarya al mismo tiempo.
Lou rió por la reacción de esos dos y pensó su siguiente pregunta, teniendo ya una idea muy formada de lo que iba a hacer.
-Hay una cosa que me ha extrañado mucho de usted desde que lo conocí –dijo Lou. –Dice de sí mismo que investiga el Polvo, al igual que lo hacía su maestra y, sin embargo, carece casi totalmente de la curiosidad innata a todos los científicos. ¿Qué es lo que investiga usted en realidad? ¿Para qué usa el aletiómetro?
-Para fabricar más aletiómetros –respondió Robert casi como si esperara la pregunta. –Nunca he llevado a la práctica mi saber pero hace poco que conseguí la fórmula definitiva para hacer mis propios aletiómetros.
Lou sonrió abiertamente y rió agradado pues ya se había dado cuenta de qué juego estaba jugando.
-¿De qué te ríes? –preguntó Fu Riong.
-¿No lo entiendes? –dijo Lou colocando a su daimonion ante su cara. –Tenemos poder casi absoluto y tenemos saber casi total. No podremos destruir un universo pero podremos ponerlo a nuestros pies.
-¿Para qué? –preguntó la dragona asustada.
-Ya conocemos perfectamente a nuestro enemigo y sabemos que, si no hacemos nada con él, matará a cuanto se le oponga en su labor por destruir el Polvo. Estuvimos en Ginebra y ya viste la severa ley marcial que se había impuesto, escuchaste que en otros mundos la Iglesia está causando un Holocausto, viste como nos trataron tan sólo por estar en contacto con un aletiómetro… La Iglesia es nuestro enemigo. Y para vencerla, para evitar que siga causando estragos por los diferentes universos, el Polvo nos ha proporcionado dos herramientas: Un poder inconmensurable y un conocimiento que rebasa todo lo humano. Somos los emisarios de Lucifer.
Giuseppe, cansado por su trabajo y deprimido por la desaparición de su hijo, cojeó hasta su mueble bar y se sirvió un vaso de ron.
-¡Salud, Elisa! –dijo a la foto de su difunta esposa, tras lo cual se bebió el contenido de su vaso de un trago.
Desde que se enteró de la desaparición de Anerues, Giuseppe había empezado a sentir crisis de angustia. Se estaba medicando pero, aún así, el sufrimiento era demasiado fuerte. Ya le había costado superar que Elisa muriera pero que ahora perdiera a su hijo…
-¡Ah, Elisa! –dijo siguiendo hablando con la foto. –Si supieras en que buen mozo se ha transformado tu Andresito. Hace años que ya no llora por tonterías, ya no piensa que tu sangre sea algo malo, más bien se enorgullece de ser tu hijo. Si supieras… –dejó de hablar al sentir una náusea. Por eso odiaba beber: El alcohol se le subía enseguida a la cabeza y perdía todas las inhibiciones. –Era un buen chico… ¿Por qué tuvo que irse? ¿A dónde fue? ¡Maldita sea! ¿¡Quién se lo ha llevado!?
-Disculpe usted…
Giuseppe pegó un brinco en su sillón cuando escuchó esa voz a sus espaldas. Se incorporó de inmediato y miró a quien le había hablado para saltar hacia él de inmediato para verlo más de cerca.
-¿Lou? –preguntó el hombre al reconocerlo de inmediato, cogiéndolo por los hombros. –¿Lou? ¿Eres… eres tú? ¿Qué… haces aquí?
-Disculpe pero será mejor que lo hablemos estando usted sentado.
Giuseppe obedeció al chico de inmediato y se tiró pesadamente sobre el asiento más cercano.
-Siento aparecer así tan de improviso –se disculpó Lou –pero esta es la mejor manera de informarle sobre el estado de Anerues.
-¿¡Sabes dónde está!? –preguntó el hombre saltando con alegría sobre Lou.
-Siéntese, por favor… –dijo Lou empujando suavemente al hombre hacia su sillón. –Esto es un asunto bastante serio así que necesito que me preste mucha atención.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó el hombre tratando de mantenerse bien despierto y atento.
-Antes de decir nada, necesitaría saber qué es lo que sabe usted sobre lo que le pasó a Anerues. ¿Podría explicarme la versión de los hechos que le han pasado?
-Sí… bueno… básicamente, que tú, Anerues, los demás y mi hermano Leo habíais muerto en un accidente de tráfico…
-…y no le dejaron ver el cadáver de su hijo, ¿cierto?
-Sí, así es.
-Le han engañado –dijo Lou sonriendo. –Por suerte para usted, Anerues sigue vivito y coleando. Sin embargo, el asunto es mucho más complejo e irreal de lo que piensa. ¿Trató de ir hacia la casa de su hermano tras el accidente?
-No tenía ánimos para hacer eso… de todas maneras, creo que aislaron esa zona hace poco… ¿¡Para qué me preguntas esto!? Si Anerues sigue vivo…
-Sí, sigue vivo –Giuseppe mostró una expresión de soberana alegría –pero no está precisamente “bien”. Necesito ayudarle de alguna manera y para ello tengo que pedirle un gran favor.
-Pide por esa boquita.
-Necesito que aloje a un hombre en su casa y que financie su investigación en secreto.
-¿Lo cualo? –preguntó Giuseppe extrañado.
Lou se levantó y le indicó al hombre que lo siguiera a la terraza de ese ático. Giuseppe lo siguió sin dudar pero, cuando vio lo que se había posado justo al lado de su casa, por poco no decidió correr debajo de su cama a toda prisa.
-No se asuste –dijo Lou al ver la cara de espanto del padre de Anerues al ver el aparato intencional. –Yo he llegado volando en esto. –Giuseppe, más por terror que por valentía, no se movió de su sitio y vio como un hombre de avanzada edad bajaba del vehículo al tiempo que Lou subía a la máquina. –Todo lo que necesite saber, se lo explicará este hombre. Yo marcharé y le prometo que, en menos de una semana, volveré con un mensaje de parte de Anerues. Hasta entonces, cuídemelo bien.
Dicho esto, le indicó al piloto de esa nave que despegaran y, en menos de un segundo, Giuseppe los perdió de vista.
-Curiosa ciudad –comentó el anciano contemplando la visión de la brumosa Londres a esas horas de la noche. –¿Le parece bien que le prepare un poco de café? Me parece que esta noche va a ser una larga noche…
Un capítulo que escribí con ganas. Porque aquí le doy explicación a lo que le acabó pasando al aparato intencional que en la historia original se olvidaba en esa capilla. Me alegra haberle dado un uso a algo que Pullman pareció olvidar.
En fin, espero que cuanto hayáis leído os haya gustado.
Hasta más leer.
P.D.: Mañana ya subo la solución del acertijo, ya que nadie se atreve con él…