“¡Más te vale que vengas con todo lo que tengas o acabarás dos metros bajo tierra!”
(Kazuki Takemura, Front Mission 3)
Todos los presentes se mantenían en tensión… y no era por el campo de batalla que estaban sobrevolando, no… era por la velocidad endiablada que alcanzaban los bichos sobre los que iban montados: Diez enormes mantas que en vez de surcar el mar volaban por lo cielos llevaban a todos los efectivos encargados de proteger a Lyra. Aparte iban Anerues, María y sus daimonions que iban montados en ramas de nube-pino, Jack montado en Dai y, en algún lugar no muy lejano, David iba pilotando caótica y temerariamente el aparato intencional.
Kaede, a la cabeza del grupo, indico a su manta que descendiera y todas las demás le siguieron, penetrando en una de las muchas nubes de humo apestoso que había por allí.
La escena no podía ser más dantesca: Cadáveres, armas, sangre, plomo y hierro, todo decorado con fuego y lodazales para dar y tomar. Y más lejos de ese punto la imagen no cambiaba, de hecho, empeoraba al poder oírse el sonido de cientos de armas de fuego, gritos agónicos, explosiones, alaridos de bestias que nadie de por ahí conocía… Pero lo que más impresionaba a los componentes de esa expedición no era nada de lo descrito, no eran los temibles enemigos que pudieran encontrarse ni las trampas que podrían tenderles, no… era esa inmensa montaña nublada que podía verse a lo lejos, una especie de monolito que ni siquiera tocaba el suelo, que se movía lenta pero con firmeza, con una apariencia tan confusa como temible.
-Adrian, señor Nisboi –dijo Anerues nada más todo el mundo descendiera –debo marchar a la Montaña Nublada. Os dejo al cuidado del grupo. Y tú, Kaede, más te vale cumplir con el pacto.
-Aún le tengo aprecio a mi vida –respondió éste con tono molesto. –Venga, mátalo ya y así todos tan panchos –dijo mientras dibujaba un círculo en la tierra.
-María…
-Sí, lo sé –interrumpió ésta. –Volveré con mis hermanas.
-Te necesitarán mucho así que haz lo posible por protegerlas –la bruja llamó a su daimonion y, tras darle un corto beso a Anerues, marchó a toda velocidad hacia el horizonte dejando al grupo atrás. –Y vosotros, Amadeo, Zoé y Jack –continuó Anerues, –hacedme el favor de volver con vida.
Dicho esto, se giró y se marchó directamente hacia la montaña acompañado por Dijuana, sin dirigir más palabras.
Amadeo vio como Anerues marchaba hacia la montaña sin ni siquiera girarse… En parte sabía que estaba enfadado porque no aceptaba que tanto él como sus otros compañeros de viaje estuvieran ahí. Lo cierto es que él le habría exigido lo mismo a Anerues en el caso de haber estado en esta tesitura…
Amadeo apartó estas ideas de su cabeza y se concentró en las órdenes del capitán Los Nisboi, jefe de la expedición.
“¡Buf!” pensó el chico sonriéndose a pesar de los nervios. “Y yo que me decía pacifista… y ahora estoy en una formación de ataque. Lo que me faltaba por vivir.”
Tras unos segundos, el grupo ya estaba en formación: En la vanguardia marchaban los lanceros (seis hombres más Trevor) con los alabarderos en los costados (diez con Zoé incluida), en el centro iban protegidos cinco arqueros y cuatro ballesteros, dos montantes; Adrian, Los Nisboi y Amadeo que formarían el grupo de emboscadas y sobre el grupo, Dai y Jack que se estaban adelantando para explorar el terreno. Y, detrás de todos, Kaede Fânali que seguía ensimismado haciendo dibujitos en la tierra.
-Id adelantándoos –avisó el alquimista. –Las reglas de este mundo son ligeramente diferentes a las del mío así que me costará un poco llamar a unos cuantos protectores. No os preocupéis por mí.
El capitán asintió e indicó al grupo que avanzara.
-A partir de ahora, máximo silencio –indicó éste. –Recordad que no debemos llamar la atención sobre nuestros protegidos.
Así pues, los treinta y un hombres comenzaron su avance, manteniendo los arqueros la vista en el cielo para ver si volvía Dai con información sobre los enemigos venideros. Según la información de Anerues, los seguidores de la Autoridad estaban apostados en el cerco exterior del campo de batalla esperando a que los componentes de la República del cielo se acercaran. Lo malo era que el grupo de los utukku se encontraba fuera de ese cerco por lo que tendrían que abrirse paso hasta llegar al interior, lugar donde aparecerían los chicos. Para más INRI, lo que les esperaba no eran novatillos ni gentes demasiado orgullosas como para no reconocer la fuerza de sus enemigos, como los Nobles del mundo de los utukku sino que eran profesionales como la copa de un pino, la creme de la creme de cada mundo… claro que el grupo de Chalyben tampoco era moco de pavo: Allí estaban reunidos los más expertos guerreros de la región de Arseal, Adrian el primero, siendo guiados todos por el anteriormente conocido como “alférez” Nisboi (que ascendió brutalmente al morir prácticamente todos sus superiores), un guerrero conocido por su brusquedad pero con gran capacidad de mando y apoyados moralmente por Amadeo, el joven aruco y por Zoé, apodada recientemente como “la bestia blanca”, refiriéndose claramente a su daimonion.
Jack no tardó en volver alzando un pañuelo blanco, señal de que el enemigo se acercaba. Tras un par de señas más, los arqueros interpretaron que se acercaban por su derecha por lo que, en un instante, el capitán Nisboi cogió uno de los uiban del grupo e indicó a Trevor que dirigiera al grupo mientras él se dirigía a rodear al enemigo para pillarlo por la espalda junto al rey y Amadeo.
Éste desenfundó su espada y se alzó el parche para así percibir mejor lo que había a su alrededor. Inmediatamente notó la cantidad de gente que había realmente en las cercanías pero, al notar que nadie se había percatado aún de su presencia, dirigió todos sus sentidos hacia los quince que se acercaban. Sin hacer ningún ruido, los tres espadachines se ocultaron en las deformaciones de la tierra, detrás de rocas y tras humaredas, evitando en lo posible que nadie pudiera verles. Cuando notaron como el enemigo marchaba frente a ellos sin ninguna discreción, probablemente confiados por estar en territorio seguro, se las arreglaron para ganarles la espalda y así poder vigilar su avance. En principio tenían que rehuir todo combate pero, si se acercaban demasiado al grupo principal, tendrían que actuar… y así pasó: Desgraciadamente, los quince soldados que marchaban tranquilamente por esos senderos fueron directamente hacia el camino que los utukku iban a tomar en cuestión de minutos por lo que el trío se dispuso a cerrar el cerco de inmediato: Nisboi soltó el uiban que se dirigió hacia el grupo de los arqueros, el cual lo había criado para casos como éste e indicó a sus dos compañeros que esperaran ocultos tras unas rocas, pendientes de la lluvia de flechas que echaría al enemigo hacia su posición. En lo posible había que evitar que dieran la voz de alarma.
La desbandada no tardó en llegar: Al grito de Trevor, los arqueros descargaron sus flechas sobre el descuidado grupo, el cual, tras sufrir numerosas bajas, salió huyendo por donde habían llegado. Pero, por desgracia para ellos, tres espadachines les cerraron el paso y acabaron con ellos en menos tiempo que tuvieron para ver qué clase de personas les atacaban.
Los Nisboi, al ver que el enemigo ya no respiraba, chasqueó los dedos varias veces, llamando a la tropa para que se reagrupara. Después de recoger equipamiento útil de los caídos, los utukku se pusieron de nuevo en marcha.
Dai seguía haciendo patrullas circulares observando el suelo desde muy alto, confiando en que, al haber bestias semejantes a ella en ese campo de batalla, no llamaría la atención. No tardó Jack en levantar de nuevo el pañuelo blanco, alterando ligeramente su mensaje: Los arqueros interpretaron de inmediato que Jack avisaba de la llegada de un contingente mucho más numeroso que el anterior por lo que tendrían que realizar un rodeo. Aquí fue donde Amadeo se convirtió en el nuevo explorador: Gracias a su ojo intuitivo era capaz incluso de predecir la orografía del camino que les esperaba por lo que, tras colocarse en la vanguardia junto al experimentado Trevor, guió al grupo. El camino elegido por ambos implicaba atravesar el lecho seco de un río por lo que exigieron en lo sucesivo guardar el más estricto silencio pues, al más mínimo ruido, se encontrarían en una situación muy incómoda por lo difícil del terreno.
Lo soldados se agruparon evitando en lo posible ser vistos y avanzaron con paso tranquilo, sin prisas mientras Amadeo iba comprobando el terreno. Sin embargo, Jack volvió de repente alzando dos pañuelos blancos, señal de emergencia. Según parecía, el contingente que trataban de evitar se acercaba al lecho de ese río, señalando seguidamente que tenía que huir porque había llamado la atención a otros jinetes de bestias voladoras. Amadeo, sin perder los nervios, se sentó en el suelo y abrió bien su ojo derecho para percibir posibles vías de escape: Era capaz de notar a los soldados que se acercaban a menos de un kilómetro de distancia, eran unos doscientos armados con equipamiento medieval como ellos por lo que llevaban todas las de perder en caso de enfrentamiento. Comprobó la orografía del lugar y percibió como a unos cientos de metros a sus espaldas había rocas donde podrían ocultarse… quizá serían pocas y no muy grandes pero en ese momento no estaban para exigencias.
Amadeo indicó lo percibido y Los aceptó su plan, quizá algo presionado por el enemigo que se acercaba así que el grupo retrocedió a toda prisa, sin hacer ningún ruido.
Amadeo, una vez establecido el grupo tras las rocas, miró al cielo y vio como Jack ya no estaba. Supuso que habría vuelto a la posición inicial, junto a Kaede… miedo le daba pensar en qué podría hacer ese chaval… sin embargo ya no estaba para pensar en eso: El enemigo ya había girado la esquina de ese desfiladero y se acercaba a toda velocidad, quizá con prisa para llegar a alguna parte. Eso era buena señal: Tal vez pasaran de largo por las prisas sin fijarse bien en las rocas donde estaban ocultos. De todas maneras tenían que estar en el más completo silencio pues el más mínimo ruido podría ponerlos en guardia.
Desgraciadamente, algo hizo que ese grupo se parara, cosa que hizo que tanto Amadeo como todos los utukku se paralizaran de miedo pero, al ver qué era lo que les había parado, Amadeo se santiguó rezando para que no les doliera demasiado: Una masa de niebla muy grande, muy rara de ver en medio de ese campo de batalla. Los soldados, confiados al ver que no era más que niebla, se volvieron a poner en marcha y se adentraron en esa insondable niebla. Y en menos de diez segundos, se escucharon toda clase de alaridos venir de allá. El banco de niebla siguió avanzando impasible y, segundos más tarde, dejó ver la escabechina que había formado: Los doscientos soldados, sin que faltara ni uno sólo, estaban recorridos de pies a cabeza de heridas que sangraban horriblemente, quedando todos vivos… se podía ver cómo había a los que les habían cortado tan sólo las narices o las orejas y otros a los que se les podían ver los huesos detrás de esos cortes tan perfectos que hasta habían atravesado las buenas corazas que llevaban… pero ahí no acabó la cosa: De entre las sombras de ese desfiladero se perfiló una figura ligeramente amorfa, como una esfera negra con un enorme ojo en el centro que se acercaba fundiéndose a las tinieblas del lugar, dejando ver un montón de tentáculos en los que se veían más ojos. Esa “criatura” se acercó a los abatidos y comenzó a rematar lo que no acabaron de hacer los kamaitachi: Esa criatura embistió, lanzó sus tentáculos contra todos los que trataban de huir y todos los presentes se espantaron por esos inquietantes ojos que no dejaban de observarles…
-¡Volved! –gritó Kaede impasible alzando una pieza de cuero, orden que tanto el kamaitachi como el ser oscuro obedecieron de inmediato, introduciéndose el primero en un pequeño frasco que sostenía el niño en su otra mano y ocultándose el otro en la negrura de pedazo de cuero. –Ya podéis salir –avisó.
Los utukku, algo incrédulos por lo que acababan de ver no supieron que decir al ver todos las víctimas de esas dos criaturas.
-Venga, que tenemos que seguir –dijo Kaede sin más, andando como si ignorara la cantidad de enemigos que quedaban por delante. –No os preocupéis por la criaturas que invoque: Estoy aquí para protegeros.
El capitán Nisboi asintió y reorganizó el grupo. Ahora que Kaede se encontraba ahí, les limpiaría el terreno y así podrían avanzar sin dificultades hasta la posición en la que iban a aparecer los niños así que el grupo avanzó algo más confiado aún sin perder la prudencia necesaria para avanzar por ese peligroso terreno.
-Muy bien pues… ¿qué vamos a hacer aquí? –preguntó Rodolpho. –Dijiste que íbamos a proteger al grupo principal y, sin embargo, ahora los hemos perdido.
-Para defender a alguien se pueden hacer muchas cosas –dijo David estabilizando la nave con presteza, con mucha más técnica que el día anterior. –Puesto que tengo el arma más poderosa, mi función es la de ser la distracción.
-¿Distracción? ¿Y a quién vas a llamarle la atención?
-¿Ves esas nubes de allá? –preguntó David señalando lo que parecía ser una enorme estela de humo. –Ése es nuestro enemigo: Son todo ángeles, millones de ellos que avanzan a toda velocidad arrasando con cuantos se encuentran. Si los de la Montaña Nublada se enteran de que hay alguien limpiándole el terreno a los chicos, esa nube se dirigirá de inmediato hacia donde está Kaede y es eso lo que voy a tratar de evitar.
Rodolpho se asomó por su ventanilla y enfocó esa nube con un catalejo. Tras una breve observación guardó su visor y dijo con tono firme:
-Estás loco.
-Mucho –dijeron tanto David como Diana esbozando una sonrisa perversa.
-Más te vale ponerte el cinturón que instalaste ayer –avisó David colocándose el suyo. –Esto va a ser un viaje MUY movido… –Y, antes de que Rodolpho pudiera replicar nada, David dirigió el aparato intencional hacia el interior de la nube, lugar donde, por primera vez, los chicos pudieron ver ángeles con sus propios ojos: Cientos de cuerpos humanos desnudos y alados, empuñando armas blancas atacando como un enjambre a cuanto enemigo pudieran avistar. Eran traslúcidos, difíciles de ver a primera vista y, en parte, muy confusos pues algunos parecían cambiar de forma a la más mínima. Pero si había algo que recalcar sobre ellos era lo frágiles que eran: Nada más penetrar el aparato intencional dentro de su formación, atropelló a unos cuantos, los cuales se disolvieron en el aire cual daimonions muertos prácticamente sin posibilidad de defenderse. Sin embargo, tras esa violenta irrupción, todos los ángeles se reorganizaron ante la nueva amenaza apartándose ante la embestida de la bestia mecánica.
-Muy bien pues –dijo David ahora que había perdido el factor sorpresa. –Esta noche le metiste armas a este aparatejo, ¿no? ¿Qué clase de armas?
-Le reforcé el blindaje, recargué su munición y le incluí un lanzallamas –respondió Rodolpho algo impresionado por el mogollón en el que se habían metido. –Pero, si aceptas sugerencias, yo saldría por patas a la de ya…
-Lo siento, COPILOTO –replicó David recalcando la posición de su compañero –pero soy yo quien decide la estrategia.
-Pero…
-¡Qué te agarres! –gritó David lanzándose de manera descontrolada contra los enemigos que se encontraban en su retaguardia, mientras giraba a toda velocidad, convirtiendo las seis patas de la nave en una especie de púas de sierra que acabaron con todo aquel desgraciado que se hubiera despistado lo suficiente como para quedarse quieto. Nada más acabar ese primer movimiento los ángeles prepararon su contraataque con arcos mientras les cerraban el paso de nuevo. Dispararon nada más la nave se paró pero las débiles flechas no pudieron hacer nada contra la reforzada estructura del aparato intencional cuyo piloto preparó una nueva embestida, esta vez contra los enemigos que se encontraban justo debajo suyo, suponiendo que eso les sería de ayuda a los que se encontraban abajo aguantando el fustigamiento de sus enemigos aéreos. Así, cuando, tras enfocar el aparato intencional hacia el cielo para engañar al enemigo, se lanzó hacia abajo mientras lanzaba una enorme ráfaga de llamas que desintegró a cuanto ángel la rozó.
Tantísima era la velocidad que alcanzó en ese descenso que David notó como la sangre se le subía a la cabeza pero, sin perder los nervios y, al ver como los ángeles se acercaban al aparato a toda velocidad atacando en falange, paró en seco la nave, se dio la vuelta y se lanzó contra el enemigo… al tiempo que Rodolpho, como en los anteriores dos ataques, gritaba aterrorizado por la temeridad que mostraba David.
Los ángeles, que pensaban que iban a tener que perseguir a su atacante, fueron sorprendidos por la nueva embestida de David pero, esta vez, estaban preparados y pudieron esquivarla casi todos los ángeles que allí se encontraban, iniciando un salvaje contraataque de inmediato Los enemigos más cercanos se lanzaron espadas en mano contra la luna del aparato intencional, tratando de romperla para penetrar en el interior y así matar a sus pilotos mientras que otro grupo trató de destruir el motor.
-¡Acciona ese mecanismo! –gritó Rodolpho señalando un tubo de metal que se encontraba cerca de la palanca de mando el cual no se encontraba allí el día anterior. –¡Rápido!
David, aunque no temiera por la integridad de la nave pues sabía que, con sus armas, esos ángeles nada podrían hacerle, cogió el tubo y tiró de él con todas sus fuerzas. Inmediatamente, una potente corriente ambárica recorrió el casco del aparato intencional, desintegrando a cuanto ángel estuviera en contacto. Gracias a esta tregua momentánea, David pudo recuperar la visión y lanzarse contra el contingente más grande que pudo ver al tiempo que descargaba sus armas a destajo para abrirse paso.
-¡No me avisaste de que tenía esto! –gritó David algo molesto.
-Lo siento, PILOTO –dijo Rodolpho sonriendo por ver que su ocurrencia funcionaba. –Los genios debemos saber guardarnos ases en la manga…
-¿Y contra eso? –preguntó David al tiempo que esquivaba un enorme tronco que llevaban más de cuarenta ángeles, tal cual si fuera un ariete.
-Usa tu imaginación.
-Tú mismo… –David fijó su objetivo en los que acababan de atacarle pero justo antes de poder lanzarse contra ellos, alguien se le adelantó y acabó con una buena cantidad de enemigos. –Vaya… las brujas…
María, de nuevo entre las latvianas que viajaban con brujas de muchos otros lugares y mundos, tales como las mismas Uhlon del mundo de los utukku (Anerues les había indicado el camino hacia ese lugar justo después de separarse de Kirno), vio entre espantada y maravillada el salvajismo del ataque de David.
-¿Ése es el chaval gordito y cohibido del que me habías hablado? –preguntó Alisa Grimora nada más ver pasar a toda velocidad el aparato intencional a toda pastilla delante de ella.
-Cohibido, sí; gordito, tal vez pero salvaje, lo que se dice salvaje, más que yo –contestó María dirigiendo su rama de nube-pino hacia la superficie. –Él se encargará de los ángeles por allá arriba. Nosotras debemos evitar que esos grupos se acerquen a la zona este.
-¿Pero no hay ya gente por delante de los niños?
-No te preocupes: Anerues ya ha enviado a un grupo a despejarles el camino. Nosotras y David nos encargaremos de que no les lleguen refuerzos.
-¿Y Anerues?
-Matará a la Autoridad –dijeron tanto María como todas las Uhlon al mismo tiempo.
-Ese salvaje es capaz de masacrar a cualquiera con un solo pensamiento –afirmó Kirno señalando su frente marcada. –Mucho lo siento por los pobres que se encuentren dentro de la Montaña Nublada pero todos van a morir.
-Salvo que a él no le apetezca –replicó María. –No le gusta demasiado llamar la atención. Y ahora, si no os importa, concentraos en el frente –dijo señalando al grupo de soldados más cercano. –Tienen ametralladoras así que, discreción y ataque sorpresa. Alisa…
-Sí, ya lo sé… ¡Chicas! –gritó a sus compañeras. –¡Ya sabéis qué hacer!
Alisa y otras siete brujas descendieron de inmediato a nivel de superficie para ganarles la espalda a los soldados y así iniciar un ataque por la retaguardia. María le pidió a Kirno que preparara a sus compañeras y de paso indicó a las suyas que se prepararan también.
En menos de un minuto, Alisa comenzó a atacar al contingente y, cuando éste respondió, empezó con su táctica de distracción… si algo sabía María de su vieja amiga era que era perfectamente capaz de esquivar a cualquier enemigo equipado con cualquier clase de arma durante horas sin sufrir el más mínimo rasguño lo cual le convertía en la más indicada para elaborar tácticas de distracción.
Cuando vio que todas las miradas estaban puestas sobre el grupo de Alisa, María dio la señal de ataque e, inmediatamente, más de noventa brujas y dríadas tomaron posiciones a los flancos del grupo al tiempo que un pequeño grupo de unas diez encendían un gran montón de paja y maderas secas. El ataque fue potente pero poco duradero: En un primer lance, las brujas mataron a un montón de soldados que fueron pillados desprevenidos pero, en un instante, se reagruparon e iniciaron su contraataque, no pudiendo casi ninguna bruja atravesar sus potentes defensas y corazas.
Al ver que ya nada más podían hacer las brujas armadas con arcos y flechas, María indicó a sus compañeras que mantuvieran posiciones, que fustigaran al enemigo mientras las brujas del montón de paja se acercaban a toda prisa con su llameante arma. Así, los soldados que se creían protegidos al estar tan agrupados, se dieron cuenta de que ahora ése era su mayor problema: Las brujas lanzaron el montón de paja ardiente encima de ellos y los pocos que pudieron sobrevivir a la gran bola de fuego fueron asesinados uno a uno por las demás.
-Muy bien, dejad escapar a los demás –ordenó María. –Ya hemos acabado con el primer grupo… quedan veinte.
-Vas muy callado… –dijo Dijuana.
-¿Te lo parezco? –preguntó Anerues mostrando su cara más risueña. –Cuesta saber qué decir en una situación como ésta, ya sabes, acabar por fin con mi misión en la vida y eso…
-O sea, que tras esto nos quedaremos sin nada más que hacer.
-No he dicho eso –dijo Anerues mientras guiaba a Dijuana a través de una nube de humo cercana a la Montaña Nublada. –Sólo acabaremos con nuestra primera gran misión, luego, ya se verá lo que seremos capaces de hacer.
-¿Tienes algún plan? –preguntó ella.
-Sí… –respondió él con un suspiro.
-Ese tono no me gusta…
-Tampoco es que esté muy seguro de si conseguiré lo que pretendo. Si esto ya entra dentro de la categoría de cosas “complicadillas” lo que pretendo hacer es, literalmente, casi imposible.
-Me gusta esa palabra –dijo Dijuana con una sonrisa mientras se acercaba a Anerues, el cual ya enfilaba hacia un saliente de esa confusa montaña. –Así que, ¿de qué se trata?
-¿No puedo dejar el tema para más tarde? –preguntó Anerues con tono socarrón. –Recuerda que estamos donde estamos.
-Me lo cuentas mientras andamos y ya está –dijo ella despreocupadamente bajando de su rama. –En este fortaletucho no hay nadie que nos haga sombra.
-Cierto es… –afirmó Anerues pasándole su rama a Dijuana tras lo cual avanzó hasta una abertura en la confusión de esa montaña. –Pero, aunque nadie en esta montaña pueda matarnos, eso no quiere decir que no podamos perdernos… Ni durante tres días he conseguido aprenderme el trazado de las cavernas de este lugar…
Anerues se adelantó las fundas de sus armas (un revolver y una espada bastarda) y se adentró en la montaña.
-¡Caray! –exclamó Dijuana al ver el paisaje freudiano en el que se acababan de meter. –No me extraña que ese idiota haya acabado así de loco: Este lugar se las trae.
-Por favor Dijuana, nada de insultos, ¿quieres? Respeto hasta al enemigo.
-De acuerdo… pero no cambiemos de tema: ¿Cuál es tu plan? ¿Has encontrado alguna manera para que no tengamos que separarnos de Jacob? ¿Es eso?
-Te ha caído bien ese cuervo, ¿eh?
-Es muy simpático, sí… pero no me cambies de tema –dijo Dijuana con el gesto cambiado.
Anerues suspiró, incapaz de resistirse a la petición de Dijuana y contestó al tiempo que se adentraban en una gran sala llena de ángeles preparados para salir justo por donde habían entrado.
-En fin… –comenzó. – Digamos que todo comenzó con una serie de rumores que escuché en el Templo de la Justicia, sobre algunos Contracorrientes como yo –Anerues le indicó a Dijuana que pasara desapercibida entre los soldados que se encontraba ante ellos pero, sin dejar de hablar campechanamente, continuó. –Se decía de ellos que estuvieron a punto de causar un par de Apocalipsis en su mundo.
-¿Un par? –preguntó Dijuana mientras pasaba como si tal cosa entre más de cuarenta filas de soldados.
-En realidad fueron unas… –Anerues empezó a contar con los dedos al tiempo que salían de esa sala para adentrarse aún más dentro de esas cavernas. –Cinco veces, una de ellas fuera de su planeta.
-Tenían la agenda llena… ¿acaso pretendes destruir el mundo o algo así?
-¡No, no! ¡Todo lo contrario!
-¿Renovarlo desde el principio después de pasar a cuchillo a todo el mundo?
-¡Oye! –exclamó Anerues sin discreción mientras una fila de ángeles armados hasta los dientes pasaba a su lado. –¿Es que crees que soy uno de esos malos de la televisión que destruyen mundos “porque sí”?
-Teniendo en cuenta tu actitud estas últimas semanas, diría que sí. Matar a un chaval más de siete veces…
-Fueron diez –dijo Anerues ofreciéndose a coger las ramas que Dijuana llevaba con algo de dificultad, cosa a la que se negó ella.
-Las que sean. También hay que tener en cuenta ese espectáculo pseudo-genocida que montaste delante de Chalyben…
-No lo niego, maté a muchos y para ello no hay peros que valgan. De todas maneras, no había tiempo para florituras: La batalla era hoy y si me hubiese parado a intentar sugestionar a los dos mil soldaditos esos no habría acabado ni en una semana.
-Siempre podrías… ¡pero bueno! –exclamó de repente Dijuana atrayendo alguna que otra mirada distraída de un par de ángeles que ignoraron por completo a la pareja. –¡Ya es la tercera vez! ¡No me cambies de tema, hombre!
-Lo siento… Como iba diciendo, ese par era gente muy peligrosa aunque sólo en potencia: No pretendían destruir el mundo pero en sus manos tenían ese poder. Gracias a ese mismo poder decidieron seguir los pasos de unos sujetos que pretendieron llegar a hacer algo casi impensable: Crear su propio mundo.
Dijuana se paró del susto y por poco perdió la concentración necesaria que le permitía mantenerse ignorada por todos los presentes. Sin embargo, se contuvo y pudo seguir desapercibida.
-¿¡Vas en serio!? –preguntó Dijuana sorprendidísima.
-Totalmente –dijo Anerues con una sonrisa. –Desgraciadamente yo no tengo el poder que tenían esos dos por lo que, aunque siguiera los mismos pasos que ellos, nada conseguiría, al menos, no a su nivel. Podría crear una casa o una mansión aparte de nuestro mundo mas no podría llegar mucho más lejos pues mi poder es limitado.
-De todas maneras sigue siendo desmedido…
-Ahora eres tú la que me cambia de tema –dijo Anerues pidiéndole una rama con señas para descender un acantilado de profundidad confusa. –Según mis cálculos podría crear en cosa así de un mes una región de unos treinta kilómetros cuadrados pero acabaría en un estado de agotamiento tal que no podría volver al trabajo pasado al menos otro mes.
Comenzaron su descenso hacia esa sima de insondable oscuridad y continuaron hablando mientras bajaban lenta pero cautelosamente.
-Bueno, treinta kilómetros no está nada mal –respondió Dijuana.
-Según… Un mundo así de pequeño no es un mundo para un ser humano como yo… tal vez para ti y para la original pero no para mí. En un planeta tan pequeño acabaría: Uno, abatido por el calor del sol; dos, destruido por los potentes fríos; tres, muerto por la falta de vida; cuatro, olvidado por ser creado sin el sustrato adecuado… y así sigue la cosa. Hacer lo básico, sí me llevaría un mes pero no duraría…
-Pero si dices que puedes hacerlo es que puedes… ¿no?
-Pues claro: Pienso reclutar a gentes expertas en diferentes aspectos. Con esa ayuda podré crear un mundo al gusto de todos porque, si algo se me da bien, es conocer las intenciones, pretensiones y deseos de la gente.
-Modestia aparte, claro –dijo Dijuana al tiempo que apartaba a Anerues de la tropa que ascendía a toda velocidad hacia lo más alto de ese acantilado.
-Hombre, he de confiar en mi habilidad para convencer a esas personas para que me ayuden sino, ya podemos ir olvidándonos.
-Esto es, vas a hacer un “mundillo de diseño que no veas” –dijo con tono de falsete ganándose las carcajadas de su persona por la ridícula cara que había puesto.
-¡Pues sí! –dijo él mientras continuaba riendo. –Aquí donde me ves, soy el primer “diseñador universal” de la historia. Ya tengo al primer candidato para ayudarme…
-¿No será el salido ese?
Al mismo tiempo, a unos treinta kilómetros de la montaña…
-¡Atcha!
-¿Qué te pasa, Kaede? –preguntó Rita al escuchar la potencia del estornudo.
-Exactamente.
-Ay, madre… A saber lo que ese puede meter a tu mundo…
-“Nuestro”, por favor, nuestro –corrigió Anerues. –Kaede parecerá un salido muy poco serio pero es que es muy impulsivo y apasionado, nada más. Es un poco caradura, cabezón y egoísta pero es muy cumplidor y dedicado… y, ¿te parece bien si dejamos este asunto para más tarde? –dijo señalando el pasillo que se encontraba ante ellos, el cual llevaba a una gran sala en la que había una pequeña tropa de ángeles armados y acorazados alrededor de un gran palanquín de cristal de aspecto preciosista el cual dejaba ver que dentro había “alguien” durmiendo. –En fin… –suspiró Anerues. –Tú decides: ¿Qué hacemos?
-¿Te parece bien que pasemos a saludarle? –sugirió Dijuana. –Hay tantas cosas que deberíamos recordarle…
Zoé vio como Jack volvía a otear el camino del grupo principal tras despistar a unos cuantos jinetes voladores como él, aunque, la verdad, desde que Amadeo se descubriera el ojo intuitivo sus funciones quedaban un poco en segundo lugar.
Ya hacía largo rato que habían dejado atrás al cuarto grupo con el que habían acabado y no dejaba de sorprenderse por la cantidad de víctimas que causaba ese niñín… Sí, el grupo de los utukku era fuerte y letal como él solo pero Kaede había matado, él solo, a diez veces más gente que los treinta y un soldados juntos con la panoplia de criaturas que era capaz de invocar.
“Y ni siquiera se esfuerza…” pensó algo asustada del genio de ese frío chaval.
Amadeo, ahora que Jack había vuelto, se volvió a tapar el ojo intuitivo y se introdujo en la formación junto a los lanceros dejando la dirección de la vanguardia a Los Nisboi mientras Adrian se encargaba de vigilar la retaguardia.
Pero, segundos más tarde, Kaede volvió junto al grupo, ordenando, con un gesto, que parara.
-¿Más espectros? –preguntó el capitán.
-Muchos –respondió Kaede. –Demasiados, debería decir. He estado analizando la situación y he de decir que no es muy común ver tal aglomeración.
-Eso quiere decir que los niños se acercan rápidamente, ¿no?
-No estoy seguro… según he visto desde allá arriba –dijo señalando una colina que se encontraba más adelante –los niños que debemos proteger se dirigen no hacia el sur como se había previsto sino que han cambiado su avance al este. Sin embargo, los espectros vienen directamente hacia nuestra posición, como si desde el principio vinieran a por nosotros.
-¿Entonces…?
-Mi función es protegeros de esos engendros así que adelantaos a los niños y despejadles el camino que yo me encargo de esos malditos –dicho lo cual, sacó las dos finas y estrechas espadas chinas que se había fabricado esa noche con el material que le había entregado Anerues el día anterior. –Y, creedme, son tantos que incluso a mí me costará torear a tantos así que meted el turbo y salid pitando.
El capitán asintió y le indicó a Jack que descendiera mientras encaminaba al grupo hacia el este. El chico del pájaro roc no tardó en llegar al suelo, lugar en el que, mientras avanzaban rápidamente a la par que el grupo, Los dio las órdenes pertinentes tras lo cual Jack volvió con su daimonion y volvió a alzar el vuelo.
Zoé pensó un poco en la frialdad que estaba mostrando en ese momento. En el internado siempre se había mostrado como un chaval muy competitivo pero pacífico y, sin embargo, ahora alzaba su arma contra todo enemigo que pudiera amenazarles… Montaba a Dai de una manera muy temeraria, asaltando a otras criaturas voladoras para matarlas mejor ignorando absolutamente la altura a la que pudiera estar. Parecía que ese chico, antes miedoso y temeroso de muchas cosas ya fuera la oscuridad, los espacios cerrados o las alturas (¿¡quién lo diría!?) estuviera atacando de esa manera.
Pero al rato de observarlo, Zoé volvió a la tierra y se fijó en el nuevo contingente que se encontraba ante ellos: Ya no se trataba de una simple patrulla sino de una avanzadilla mucho más numerosa, unos sesenta. Como los utukku iban descendiendo por una colina no tardaron en ser avistados para que, segundos más tarde, se diera la voz de alarma de que los enemigos se acercaban.
“Hay que ver…” pensó ella. “Ahora SÍ que echo de menos a ese enano…”
Los lanceros, en el centro, se extendieron formando dos capas, dos delante (con Trevor dando la cara) y cuatro situados un poco detrás; los alabarderos avanzaron al frente desplegándose en abanico para hacer que los jinetes tuvieran que hacer una maniobra exagerada si querían penetrar a la zona de los arqueros (Zoé en el flanco izquierdo), los dos montantes se situaron a los costados de Los, Adrian y Amadeo que formaban la última línea de defensa de los arqueros y éstos se pusieron en posición con flechas preparadas.
Su posición más elevada les daba ventaja pero el hecho de que la primera ola de enemigos fuera un grupo de quince jinetes bien acorazados, hizo que los alabarderos se retiraran un poco a cubrir mejor a las unidades de alcance pues no podían desperdiciar flechas contra ellos. Los cuatro ballesteros de los utukku se adelantaron, se colocaron un paso por detrás de los lanceros, paveses en brazo y ballesta en otro y apuntaron a los jinetes. Todos sabían que, por muy rápidos que fueran recargando no podrían acabar con todos los piqueros que se les acercaban así que los lanceros hincaron rodilla y armas en tierra como trampa contra los caballos.
Zoé, mientras esperaba a que el enemigo se acercara, se fijó en lo que vendría después: En una formación más uniforme que la de los jinetes se acercaban con paso lento pero firme, una ola de lanceros equipados con grandes escudos de madera cuadrados (no tan grandes como los paveses de los ballesteros de los utukku pero si bastante voluminosos) seguidos de cerca por un pequeño grupo de espadachines con corazas ligeras, espadas bastardas y escudos de madera. Desde su posición, Zoé no consiguió avistar a ningún arquero lo cual le tranquilizó y asustó al mismo tiempo: El grupo de Chalyben apenas contaba con defensas contra flechas ( sólo si los lanceros y los alabarderos estaban delante, podían hacer algo) pues su formación estaba diseñada para avanzar a toda velocidad, ignorando algunos aspectos defensivos por lo que ese grupo no contaba con el recurso básico para acabar con ellos.
Sin embargo, todos los enemigos iban muy bien acorazados por lo que los arqueros tendrían que desenfundar sus espadas una vez se acercaran demasiado pues sus arcos no podían atravesar sus defensas. Claro que esto no se predicaba de los ballesteros que, ahora, se habían convertido en el objetivo a defender. Por la potencia de sus armas, que podían atravesar sin problemas cualquiera de esas armaduras, se habían convertido en el recurso más importante del grupo.
La chica dejó de lado sus reflexiones y tensó todos sus músculos cuando vio que los primeros jinetes se acercaban. Desde el principio corrieron a su alrededor, sin acercarse demasiado pues no eran tan estúpidos como para lanzarse sobre el puntiagudo cerco exterior. De todas maneras, rodearon al grupo evitando que pudiera moverse.
-¡Están fustigándonos! –exclamó Los Nisboi. –¡El que salga de la formación será ensartado por sus lanzas!
Todos los componentes del grupo exterior asintieron y enclavaron sus armas en el suelo para evitar un posible asalto de los caballeros. Los arqueros, a su vez, levantaron sus arcos, no contra los jinetes sino contra sus caballos: Si les quitaban la ventaja que les daba su movilidad tal vez pudieran crear una vía de escape en caso de que tuvieran que huir.
Y todos los arqueros dispararon al unísono. No fue un ataque muy fructífero: Sólo dos de los caballos acabaron heridos y los lanceros enemigos se estaban acercando peligrosamente. De todas maneras, no cejaron en su empeño y continuaron lanzando flechas mientras los ballesteros disparaban sus saetas contra los lanceros que ya estaban dentro de su radio de alcance. Esta vez los ataques fueron más certeros y más de cinco caballos cayeron segundos más tarde, al igual que algunos lanceros que no supieron cubrirse de los disparos.
Sin embargo, el ataque enemigo se inició sin más demora: Una pareja de montantes del otro grupo se lanzaron contra los lanceros de los utukku, los cuales no pudieron mantener más tiempo su posición estática. Los ballesteros se retiraron mientras disparaban pero, tras unos pocos disparos tuvieron que correr a ocultarse entre los arqueros para poder recargar sus armas. Mientras tanto, Adrian y Amadeo, más móviles y activos, se encargaron de lidiar con los montantes, los cuales no pudieron vencer su potente ofensiva y cayeron muertos en cuestión de segundos. Sin embargo, el daño ya estaba hecho: Al retirarse los lanceros de la zona frontal, los jinetes lograron encontrar un espacio por el que atacar por lo que, en nada, tenían dos jinetes dentro de la formación repartiendo sablazos en todas direcciones.
Los no tuvo más opción que llamar a unos cuantos alabarderos del cerco exterior para que los redujeran aún a riesgo de perder defensa. Los llamados acabaron rápida y eficientemente su trabajo pero el enemigo lanzó una nueva ofensiva: Los lanceros, formando una tortuga con sus grandes escudos, cargaron directamente en bloque, sin dejar casi espacio para un contraataque.
-¡No os giréis! –ordenó el capitán a los alabarderos de la retaguardia. –¡Si no seguís defendiendo entrarán los jinetes de nuevo!
Los arqueros redoblaron esfuerzos y siguieron derribando más y más caballos pero los espadachines no tardaron en fustigarlos de manera insufrible. Por suerte, allí dentro estaban los mejores guerreros de Chalyben que acabaron con todo aquel que se atrevió a cruzar el cerco exterior gracias a la ayuda de los alabarderos que dirigían al enemigo de manera más o menos organizada en una sola dirección. De nada sirvieron la defensa perfecta del enemigo o sus ataques sincronizados: Los utukkus luchaban para matar, no para defenderse.
Después de unos tres minutos de intensa batalla, el interior del cerco era un campo sangriento… pero ninguno de esos cadáveres era utukku. Los pocos enemigos que quedaban no tuvieron más remedio que retirarse a toda velocidad al ver la superioridad que tenía el enemigo sobre ellos… pero, mientras corrían, uno de los que huían soltó una paloma.
-¡Maldita sea! –gritaron tanto Los como Adrian. –¡Derribad a ese animal!
Los arqueros obedecieron de inmediato lanzando flechas y más flechas contra la pobre ave pero nada pudieron hacer: La paloma se alejó en dirección al cerco exterior del campo de batalla que acababan de abandonar…
-…démonos prisa… –ordenó el capitán. –El enemigo no tardará en saber hacia donde vamos así que, cuanto antes les despejemos el camino a los niños, antes podremos huir de aquí…
David continuaba con su salvaje tarea de arrasar y distraer a cuantos ángeles pudiera ver pero ahora lo hacía con menos eficacia: Hacía largo rato que los ángeles habían adoptado una pose muy defensiva y esquivaban la mayoría de sus ataques (lo que no quitaba que siguiera arrasando a cada movimiento).
-Es evidente que se están preparando para algo… –comentó Rodolpho al ver la cautela que mostraban los antes fieros ángeles. –La cuestión es que no tengo ni idea de para qué…
-Sigue pensando, Rodolpho –dijo David lanzándose de nuevo contra el mayor contingente que avistó. –Si no tienes alguna otra idea para acabar con todos estos yo me marcho para buscar ángeles en otra parte pues esto ya pasa a ser más una distracción para nosotros que nosotros para ellos.
David detuvo el aparato en medio de ese mogollón y dejó que el enemigo cerrara el cerco… Esa masa confusa de ángeles tapaban la poca luz que había en ese lugar y encima no se podía ver claramente lo que pudiera haber detrás de ellos. Tras un rato de análisis de la situación, David se giró leve y suavemente y en un segundo se volvió a lanzar contra el mayor grupo que vio. De inmediato, ese grupo se volvió a alejar de su trayectoria y el cerco se cerró de nuevo sobre el aparato.
-…es una trampa –afirmó David al rato de ver como se reorganizaban.
-¿Cómo?
-Fíjate: Están formando grupos grandes de manera demasiado evidente, como si intentaran forzar mis ataques contra esos grupos. Además, una formación en círculo como esta es una temeridad pues los arqueros pueden dispararse entre ellos… algo están preparando allí detrás.
-Entonces, ¿seguirás mi primer consejo y saldrás de aquí a toda mecha?
-Salir saldré pero… distraigámosles un poco más –David accionó un par de palancas y el aparato intencional volvió a ponerse en marcha… a paso de tortuga. Volaron lentamente entre todos esos ángeles que seguían a la máquina, volando a la par que él.
Mientras seguían ese cauto vuelo, Rodolpho miró un aparato extraño a los ojos de David, una especie de pantalla táctil que había estado observando el mecánico con bastante interés.
-El imbécil ese se ha separado del grupo –dijo Rodolpho al cabo de un rato. –Y se está acercando a nuestra posición… ¡Maldita sea! ¡No tengo ni idea de lo que podrán estar preparando todos estos pero tenemos que salir de aquí a la de ya!
-Tranquilo, no te alteres…
-¿Alterarme? ¡Sólo soy prudente! ¡Yo conozco a ese maromo! ¡Es peor que yo! Si se le ocurre invocar a una de sus bestias grandes o lanzar uno de sus hechizos tabú no saldremos de aquí ilesos.
-OK… –dijo David sin darle mucha importancia a lo dicho por su copiloto pero sin dejar de observar el movimiento del enemigo mientras continuaba con su cauto avance. –Diana, ¿tú que piensas?
-Ve a lo prudente –respondió ella mirando al cielo.
-Tú lo has dicho –e, inmediatamente, David lanzó el aparato intencional a toda velocidad contra el cielo, ignorando que todos los ángeles le estaban esquivando… mas, cuando vio lo que realmente estaban preparando, le dio un golpecillo amistoso a su daimonion por la idea: Detrás de todo el barullo de ángeles se podían ver más de sesenta arietes como el que antes acababan de esquivar preparados para asaltar o para lanzar contra el aparato pero ahora que subían a toda velocidad, la ventaja que les otorgaba la altura a los ángeles había desaparecido, y ahora David podía bombardearlos a placer desde el azul.
Una vez situados muy por encima de los ángeles, David caviló un plan de ataque mientras observaba que los arietes se retiraban. Pero…
-¿Se están retirando? –preguntó el piloto.
-No… –respondió Rodolpho mientras veía su pantalla. –¡Van al encuentro de Kaede! ¡De ahí no saldrá ni uno indemne! Sigamos vigilando y después remataremos el trabajo de ese alquimista de tres al cuarto.
Así pues, David soltó los mandos dejando la labor de vigilar el entorno a Rodolpho mientras se estiraba sus tensos dedos. Después de hacer crujir hasta el último de sus nudillos preguntó:
-¿Cómo va?
-Un momento… –respondió Rodolpho preocupado. –Está… está pasando de ellos…
-A lo mejor quiere pasar desapercibido.
-Como se nota que no conoces a Kaede: Ese idiota no conoce la palabra “discreción”. Si se le dice “acaba con todos”, acabará con todos sin importarle los medios o las consecuencias.
-Lo de las fotos de la mansión –aclaró Diana.
-No sé en qué estará pensando pero se dirige directamente a la Montaña Nublada…
-¿Y la estela de ángeles?
-Pues… –Rodolpho miró atentamente la pantalla para, de inmediato, gritar: –¡Avante toda! ¡Van directos al grupo que ese imbécil tenía que proteger!
La Autoridad dormía apaciblemente, más cansado que nunca… bueno, eso siempre había sido así: No importaba el día ni la hora ni su estado de ánimo: Siempre se sentía cansado, apenas era capaz de mantenerse despierto y ni podía con sus etéreas cejas… Estaba viejo, nada más, aunque era precisamente esa palabra la que menos le gustaba que le refirieran.
Sin embargo, pasados unos instantes, escuchó algo golpear el indestructible cristal de su palanquín y alzó la cabeza perezosamente. Mas, cuando vio al ser que estaba golpeando el cristal gritó… gritó de terror al ver el rostro del primer ser que le juró odio eterno, el primero que trató de matarlo y el que, presuntamente, había muerto asesinado un par de siglos atrás… Lucifer…
La Autoridad, llevado por un impulso, llevó su mano a la campanilla del palanquín y tiró con todas sus fuerzas para llamar a la guardia pero, por más que tiró, nadie llegó.
Lucifer, que sonreía abiertamente, alzó su larga espada y, de un sólo golpe, rajó el durísimo cristal que le separaba de su víctima. La Autoridad retrocedió espantado. No sabía que hacer contra esa bestia que se encontraba ante él…
Sabía que, en vida, siempre se había mostrado rebelde e indisciplinado pero, tal vez, era eso lo que más le gustó de él en un principio… Jamás se arrepintió tanto de tener bajo sus órdenes a alguien que pensaba tanto por sí mismo: Reunió su propio ejército personal, se lanzó contra sí para destronarlo y reinar en su lugar… No lo consiguió pero el precio a pagar fue alto: La Montaña Nublada perdió gran parte de su fuerza, millones de ángeles murieron en la mayor batalla de todos los tiempos y la Autoridad quedó tullida…
¿Tullida? La Autoridad se fijó bien en su mano derecha, la que se suponía que hacía milenios que había perdido, estaba ahí mismo, unida a su muñeca. Y no sólo eso: Ya no sentía esa horrible pesadez y cansancio que le habían atenazado durante tantísimo tiempo. Al ver esto, un impulso de valor le levantó y con él, encaró al asaltante que se esforzaba en crearse una abertura lo suficientemente grande como para entrar.
¡Qué grande fue su sorpresa al ver que el que suponía víctima ahora se convertía en verdugo!: La Autoridad se lanzó sobre él con todas sus fuerzas y lo derribó al tiempo que su arma se alejaba a toda velocidad, lejos de ambos que siguieron forcejeando durante un largo rato.
Sin embargo, aunque ahora el señor de todos los ángeles se encontrara en mejor forma que nunca, el traidor que se encontraba ante él seguía siendo una hueso durísimo de roer. No tardaron en separarse, encarándose ambos con fiereza mientras esperaban a que el otro iniciara el ataque.
Lucifer no se hizo esperar, se alzó con su típica mirada soberbia y se colocó en una pose extraña: Levantó sus brazos a la altura de sus ojos y, en menos de un segundo una larga vara de hierro negra apareció en sus manos. Era retorcida, fina y con una pieza con forma de corazón en uno de sus extremos.
La Autoridad no comprendió qué era eso hasta que, al grito de “¡Laevatein!”, esa varilla se transformó en una enorme espada llameante de más de veinte metros de largo pero, lejos de impresionarse, la Autoridad se lanzó contra Lucifer al tiempo que éste descargaba su espadón sobre él, aprovechando que llevaba un arma tan poco manejable como ésa. El choque fue duro pero no sirvió para derribar a Lucifer, siempre considerado como el más fuerte de los ángeles de todos los tiempos así que tuvo que retirarse un par de pasos atrás mientras consideraba la forma de vencer a la bestia que se encontraba ante sus ojos.
Pero, al retroceder un poco se encontró con su palanquín que permanecía atravesado en medio de esa sala. Sin salida hacia atrás, la Autoridad vio como ese desgraciado levantaba parsimoniosamente su arma de nuevo. Con la mente en blanco, el señor de todos los ángeles buscó a su alrededor y, apoyada en el palanquín se encontró con otra vara muy parecida a la que llevaba Lucifer en sus brazos sólo que mucho más alargada y sin retorcer, como si se tratara de una lanza. Esperó pacientemente a que Lucifer lanzara su ataque y, cuando descargó su golpe, el otro se lanzó hacia la vara y esquivó el ataque, tras lo cual dirigió un ataque directo contra el pecho de su enemigo.
Éste, sorprendido por la entereza que mostraba su enemigo, extendió sus alas y se lanzó lejos de él para así tener espacio para maniobrar con su larguísima arma. Sin embargo, la Autoridad, sintiendo un impulso irrefrenable, inclinó todo su cuerpo hacia atrás con su fina lanza en su mano derecha. Apuntó cuidadosamente, concentró toda su fuerza en su brazo y, cuando Lucifer se posó en el suelo, lanzó la lanza con todas sus fuerzas.
Y se llevó por delante el arma de su enemigo.
Y la pared.
Y un buen pedazo de la montaña…
De repente, sin comerlo ni beberlo, la Autoridad había creado un enorme agujero que atravesaba casi toda la montaña y, lo más gracioso, era que esa poderosísima lanza había vuelto por arte de magia a sus manos. La Autoridad sonrió. Sí, sonrió complacidísimo, alegre de que a partir de ese momento ya no tuviera que depender de esa cabeza músculos que era su regente, Metatrón. A partir de ese momento volvería a la vida política activa y tendría razones para demostrar su poder ante todo aquel que dudara de él…
Pero no se embebió en sus ilusiones de poder y se volvió a concentrar en Lucifer que, ahora que había perdido su primera arma, convocó una segunda: Un largo sable que agarraba con ambas manos. No sería tan enorme como su anterior espada pero seguía siendo más grande de lo normal. Aunque, lo que más le sorprendía era que alguien como Lucifer fuera capaz de sostener semejante pedazo de metal con sus dos pequeñas manos…
No se amedrentó más ante él y volvió a inclinarse hacia atrás, sabiendo que ahora que el otro estaba a tanta distancia de él, nada podría hacer con un arma tan corta. Lucifer tampoco se echó atrás y comenzó a correr desesperado hacia la Autoridad que concentraba todas sus fuerzas en el brazo que iba a lanzar la lanza.
La Autoridad lanzó su poderoso venablo con fuerza endemoniada y, en ese preciso instante, Lucifer aceleró brutalmente, cortando el viento y la lanza con su poderoso sable… De repente, la Autoridad vio como su otrora poderosa arma se había tornado en un par de pedazos de metal cortados perfectamente por la mitad… Lucifer alzó su sable y descargó con fuerza sobre su enemigo pero este, presto, esquivó al tiempo que lanzaba los restos de su única defensa lejos de él.
Lucifer no se rindió: Sin dejar de apuntar con la punta, llevó su arma hacia atrás con su mano derecha y con la izquierda dirigió el sable con precisión, como preparándose a embestir con ella. Cogió aire y se lanzó con la espada por delante.
Y la Autoridad por poco no escapaba a ese brutal ataque pues, aparte de que el ataque había sido de una velocidad imperceptible, había dejado profundas marcas tanto en el suelo como en las paredes, como si la garra de una enorme bestia hubiera rascado ese suelo lanzando los escombros contra la pared, los cuales se clavaron profundamente en ella.
Algo asustado, la Autoridad esperó a que el traidor volviera a colocarse en posición de ataque para esquivarlo con mayor presteza esta vez pensando que ojalá tuviera el poder que tenía él para convocar armas a su antojo. Y, justo cuando pensaba esto, un enorme libro apareció en sus manos.
Levemente desconcertado, por poco no encajó la terrible estocada que lanzó Lucifer en ese momento y, en menos de un segundo, intentó de saber qué era ese libro que había llegado de repente a sus manos: Era un códice de pergamino y tapas de hierro, horriblemente pesado y además, sellado por un candado y varias tiras de cuero. Pero cuando vio la estrella de cinco puntas que aparecía dibujada en su lomo no supo si reír de alegría o gritar de terror: En sus manos se encontraba un Grimonio, uno de los más poderosos libros de magia que jamás debieron ser escritos…
Sin tiempo para pensar, pues Lucifer estaba preparando un nuevo ataque, cogió la llave que colgaba de una cadena que salía del lomo y abrió el libro a toda velocidad. Y, nada más retirar las tiras de cuero que lo mantenían cerrado, una poderosa fuerza recorrió su cuerpo y que hizo que quedara paralizado en el sitio.
-Imbécil… –musitó Lucifer sonriendo mientras respiraba para lanzar su último ataque ahora que su enemigo se encontraba inmóvil y a tiro.
Pero la Autoridad no le escuchaba pues cientos de conocimientos estaban aflorando en su mente, tantos como había recogidos dentro de ese libro… y así, antes de que Lucifer lanzara su ataque, la Autoridad lanzó una enorme lluvia de fuego a partir de su mano izquierda sobre aquél derribándolo como si fuera una simple mosquita.
Sin embargo, el traidor no se rindió y, con fuerzas renovadas, se lanzó con la espada en alto cosa a la que respondió su enemigo lanzando una enorme bola de fuego que arrasó casi toda la sala. El gigantesco agujero que había provocado la lanza se quedó en nada frente a la ola de destrucción que era esa enorme masa flamígera.
Lucifer trató de cubrirse como bien pudo mas nada pudo hacer: Su etérea figura se desvaneció como si nada, convirtiéndose en polvo, al igual que su enorme arma que quedó reducida a cenizas…
Y cuando la lluvia de fuego terminó… la Autoridad se quedó sin palabras. ¿Quién podría decir nada en esa situación? Un enemigo que había vuelto de ultratumba, un ser tan odioso como poderoso había desaparecido en menos de un segundo después de una extraña pero enorme demostración de poder… ¡y ni siquiera estaba cansado!
-¡Mi señor! –gritó uno de los muchos ángeles a su servicio, que venía acompañado de varios cientos de guardias. –¿Qué ha pasado?
La Autoridad no contestó de inmediato, embebido por su propia fuerza y, tras mirar por encima su libro, se giró a su guardia y, con el gesto cambiado, gritó:
-¡Inútiles! –y una ola de frío recorrió lo poco que quedaba de la sala al tiempo que cientos de flechas de hielo salían disparadas contra sus torpes subordinados que desaparecieron junto a la poca ira que seguía acumulando la Autoridad.
Éste comenzó a reír alborozado, contento de saber que ya nadie estaría por encima de él, que no dependería de nadie más para sobrevivir, de que no necesitaría a nadie que lo protegiera…
-¡Hay que ver, chaval! –exclamó una voz a su espalda. –¡No puedo dejarte tranquilo ni doscientos años!
La Autoridad se giró presto y alzó amenazadoramente su mano contra el inesperado visitante, un simple humano joven, de pelo oscuro, piel morena, facciones bastante angulosas, casi tan alto como la Autoridad y gesto firme.
-¿Quién eres tú? –preguntó la Autoridad con tono soberbio.
-¿No me reconoces? En fin, eso es lo de menos: Acabo de comprobar lo corrompido que estabas… y estás en peor estado del que pensaba.
-¡Silencio! –exigió la Autoridad lanzando un rayo eléctrico a partir de su mano. Sin embargo, el visitante sencillamente se apartó de su trayectoria y siguió hablando.
-He visto como, llevado por tu odio has matado a Lucifer, como henchido de soberbia has matado a los tuyos e, incluso, he visto como disfrutabas de ello… Te he dado la oportunidad de que demostraras que tus intenciones hacia el mundo eran buenas pero tú tan sólo has alardeado de tu nuevo poder… das asco.
-¡Basta! –gritó la Autoridad lanzando otra enormísima bola de fuego contra ese chaval pero éste volvió a esquivar su ataque como si nada, sencillamente poniéndose a un lado, toreándola. –¿¡Qué vas a saber tú de mí!? ¡Un ángel que no sabe proteger a su único señor no merece tan siquiera vivir! ¡Esos inútiles eran simple escoria! ¡Debían…! –la Autoridad enmudeció al ver que el firme gesto del visitante se tornaba en iracundo, de tan enorme salvajismo que no pudo evitar dar un paso atrás por lo temible de su cara.
-¡Sigues igual de imbécil, Yahvé! –gritó el visitante. –¡Precisamente por esto me rebelé contra ti!
-Lu… ¡Lucifer! –gritó al reconocer ese gesto tan suyo. –Pero… ¡pero si acabo de matarte!
-Ya veo que nunca has podido olvidar mi cara… –dijo el chico con la cara cambiada pero volviendo al instante a su expresión iracunda. –¡Eso no era más que mi alma que te estaba poniendo a prueba! ¡Eres tan estúpido que tan sólo has pensado en destruirla antes de pensar en tus propias leyes!
-¡No seas estúpido! ¡Yo soy el creador del Universo! ¡Estoy por encima de toda ley!
-¿Ah, sí? –preguntó el chico disparando un revolver contra él. –¿Encima de la muerte también? –la Autoridad se tambaleó, dolorido por la bala que le había atravesado el hombro derecho y se le cayó el pesado libro que llevaba en ese brazo.
-¿¡Qué haces!? –preguntó la Autoridad asustada por el dolor.
-Matarte –respondió con tono cortante el atacante. –Nací para servirte, crecí para odiarte, morí por la ceguera de mi propia maldad y renací para matarte… pensé que en los doscientos años que has estado sin mí habrías cambiado, aunque fuera tan sólo un poco para mejor pero veo que no sólo has cambiado de idea con tus estúpidos propósitos sino que encima demuestras una maldad inconcebible…
-¡No es maldad! ¡Es autoridad y fuerza! –replicó soberbio el señor de los ángeles. –¡En este mundo sólo los fuertes sobreviven! ¡Si esos idiotas hubieran cumplido con su labor no habría tenido que mostrar esta faceta de mí!
-¡Estás peor de lo que pensaba! –exclamó el otro al tiempo que reía escandalosamente. –En fin, intento de Dios –dijo el otro tornando su voz a un tono más comedido. –¿Crees que la fuerza y la supervivencia es lo único que importa? ¿Estás diciendo que, si no eres fuerte, no tienes derecho a ninguna ayuda por tu parte?
-¡Tú lo has dicho! ¡Sólo los fuertes tiene derecho a disfrutar de mi apoyo!
-Pues te voy a aclarar dos cosas, idiota: El silogismo de que si no eres fuerte, no tienes derecho a ayudas, se cae por sus propios términos pues son los débiles los que necesitan ayuda y, después, si tú no eres fuerte, de nada sirve que digas que vas a ayudar y proteger a los fuertes… pues no eres más que un triste, patético y débil ¡VIEJO!
-¡Silencio! –gritó la Autoridad, furiosa, alzando su brazo derecho. A partir de su mano generó una bola de fuego aún más grande que las dos anteriores. –¡Maldito demonio! ¡Mereces morir! –Y con un gesto brusco, la bola salió lanzada hacia el chico… pero este ataque no le afectó en absoluto: La bola fue hacia él, éste se introdujo en ella, la bola siguió su camino y al final, desapareció sin que al chico se le hubiera quemado ni un solo pelo…
-¿Qué? –preguntó altivamente el chaval. –¿Cansado de jugar a los magos malos?
-Pero…
El chico chasqueó los dedos e, inmediatamente, esa sala destruida se rehizo al instante, como si la Autoridad no hubiera hecho nada. El palanquín, rajado y quemado por las espadas de Lucifer volvió a su forma original como si nada le hubiera ocurrido. Y sus soldados, su tropa, su escolta… estaban todos ahí, mirándolo con ira.
-¿Pero qué? Idiota… –dijo una chica de estrafalaria cara gris al tiempo que aparecía a espaldas del chico. –Demasiado bonito para ser verdad, se suele decir…
-Señor de todos los ángeles –dijo el chico con falso tono solemne, –¿vos creéis que el poder que habéis utilizado hasta ahora era vuestro poder? ¿Creéis que el hecho de haber lanzado la poderosa Gungnir o de haber utilizado un Grimonio fue cosa de vuestro gigantesco y divino poder? Lo que yo recuerdo es que teníais miedo, mucho miedo, tanto que no os importó usar dos armas malditas, una que no es vuestra y otra que vos habíais condenado por ser demoníaca… Quien os ha dado esos poderes es un muy humilde servidor…
-¡No puede ser! ¡Yo te maté…!
-No me sigas con esa cantinela –interrumpió el chico. –Te di una oportunidad, te dejé que probaras tus buenas intenciones y tan sólo has pensado en conseguir más poder, en quitarte de en medio a todos tus oponentes, a tu más que fiel regente y a todos los “inútiles” que no son capaces de servirte bien… pues muy bien, tú lo has querido: Yo, representación en este mundo del fallecido Lucifer, cumpliré con mi destino: Asesinar a la Autoridad.
-¡No me mates! –imploró el señor de todos los ángeles.
-¿Por qué te pones así? –preguntó la chica gris acercándose a él para sentarse a su lado mientras esbozaba una tranquilizadora sonrisa. –¿Por qué lloras? ¿Acaso piensas que morir es malo?
-¡Si muero volveré! ¡Volveré allí! –gritó lloroso la Autoridad. –¡No deseo eso!
-¿Volver? ¿Volver al Polvo, quieres decir?
-¡Sí! ¡Si vuelvo, me convertiré en Polvo y contribuiré con mi alma a que el sufrimiento siga existiendo! ¡Yo no deseo que nadie sufra por mí!
-Entonces, ¿qué es lo que tú has hecho? –recriminó la chica. –En tu nombre se han comenzado guerras, se han asesinado las gentes, se han peleado muchas personas por una simple comparación de ritos… En tu nombre se han celebrado más guerras y se han cometido más asesinatos que en nombre de los mismos hombres.
-Pero… tenía que hacer lo posible para que el Polvo fuera controlado, para que nadie llegara hasta mí…
-Lo que tú has hecho ha sido crear odio y sufrimiento, nada más. Y el hecho de haber creado un único infierno no te hace parecer mejor pues allí se hacinan hasta tus más fieles seguidores, muchos de los cuales ni siquiera pudieron vivir como los seres vivos que son pues tú les prohibiste los placeres inherentes a todo ser humano, otorgándoles tan sólo, la esperanza de que ese erial lleno de arpías fuese un extraño “paraíso terrenal” que los hombres no somos capaces de comprender. ¿Por qué no creaste un paraíso, oh, señor del universo, tú que lo puedes crear todo?
-No había necesidad –respondió altivo la Autoridad. –De todas maneras, ¿para qué crear un paraíso si al final de mi misión en la vida tendría que destruirlo?
-Para disfrutar de él. Los placeres no pueden ser eternos, digo yo. Muchos que no viven a tu servicio, muchos de los que tan sólo desean vivir placeres sensuales, los que saben disfrutar de sus cuerpos y de lo que les rodea saben que algún día morirán y por ello, disfrutan más conociendo que hay un límite en sus vidas. Tú, primer ángel, jamás habías pensado en disfrutar de tu vida, ¿tal vez pensando que eso es algo pecaminoso? ¿Te sentías culpable al reírte de algo? ¿Pensabas que no deberías disfrutar de la simple vida contemplativa? ¿Creías que el simple hecho de ver una preciosa panorámica desde el cielo era algo indeseable? ¿Leer poemas, escribirlos, dibujar, esculpir…? ¿La simple y fresca brisa sobre tu etérea piel? A ti te pregunto: ¿Qué tienen de malo?
La Autoridad enmudeció. No tenía ni idea de cómo responder al razonamiento de la chica que, con tono dulce y distendido, le interrogaba. La miró mejor e intentó comprender su cara… Una lágrima, la tristeza y el pesar que pudiera haber sentido a lo largo de su vida; una tupida rama de árbol, florida tal vez, que indicaba su sabiduría, sus experiencias; una ceja inclinada, un trazo furibundo, su ira y apasionamiento que habría manifestado a lo largo de su existencia; cuatro pestañas puntiagudas, sus obsesiones, sus objetivos, la razón de su existencia; manchas doradas en su pelo que representaban hojas al vuelo que, cuando el aire soplaba, hacía que el pelo pareciera un árbol otoñal que perdía hoja, como una preciosa lluvia dorada… La Autoridad no era capaz de entender lo que sentía al ver a esa chica: Paz, serenidad, una extraña atracción y un fuerte sentimiento que le impedía pensar en nada más. Pasó largo rato meditando mientras observaba la preciosa, que no estrambótica, cara de esa mujer que le devolvía la mirada con sus profundos ojos verdes, sonriendo ampliamente con sus dulces y grandes labios que esbozaban una gran sonrisa…
-Me equivoqué –respondió escuetamente la Autoridad, inclinando avergonzado la cabeza. –No me di cuenta de que mi cruzada por hacer desaparecer el sufrimiento de este mundo destruía también las cosas buenas que tiene la vida… pero eso aún puede arreglarse –dijo más animado ahora. –Puedo…
-No puedes –cortó secamente el chico que había estado callado desde que la otra se le acercara. –Lo quieras o no, hasta mi nacimiento estaba previsto para matarte.
-Pero…
-Piensa un poco, ¿quieres? No todos piensan igual sobre ti. Si, de repente, aparecieras diciendo que todos se llevaran bien, anulando todas tus normas y así dejar que todos pudieran hacer lo que les viniera en gana, ¿crees que te harían caso o, por contra, te tomarían por el demonio que muchos de tus sacerdotes reconocen en los que proclaman la vivencia de los placeres sensuales? No puedo dejarte salir de aquí vivo, y lo sabes: Que sigas vivo sólo empeorará las cosas.
La Autoridad, menos autoritaria que nunca, agachó la cabeza y se arrodilló ante Lucifer, el cual posó su mano sobre su hombro y, con tono amistoso, dijo:
-Nunca quise matarte de verdad. Siempre deseé que cumplieras con lo que proclamabas a los cuatro vientos. Pero cuando vi que todo cuanto hacías era crear más y más sufrimiento, quise arreglar tus desmanes, de cualquier forma. Sí, acabé siendo incluso más malvado que tú pero cuando una dama igualita a ésta de aquí –dijo señalando a la chica gris –me envió de vuelta a la corriente de nieve, al Polvo, sufrí una purificación casi total de mis aspectos demoníacos. Ahora soy un simple humano con la mayor parte del alma de un ángel antes conocido como Lucifer, con su misma fuerza, con su misma esencia, con sus mismos objetivos, sin su maquiavelismo y, además, con un cuerpo, una familia, amigos nuevos… una vida. Y es por mi familia, por el espíritu de mi nueva madre, por las de todos mis antepasados que no conozco, que hago todo esto. Yo deseo lo mejor a mis semejantes y, créeme, no te deseo ningún mal a ti tampoco pero, ya que has probado lo negra que estaba tu alma, lo único bueno que puedo hacer por ti es dejarte disfrutar del mundo fuera de tu palanquín por última vez antes de matarte… realmente lo siento por ti.
La Autoridad asintió con pesar pero ya sin ese sentimiento que le oprimía el pecho, más tranquilo y sin sentimiento de culpa pues sabía que iba a expiar todos sus errores, sus “pecados de Dios”. Ahora, tras todas estas vivencias, después de haber experimentado ese asqueroso poder demoníaco que tan sólo servía para alardear y destruir vidas, sabía que debía volver al Polvo para que allí la misma corriente decidiera cuál era su castigo… Ya se había hecho a la idea de que podría desaparecer hasta la última partícula de su alma pero no le importaba ya: Tal vez fuera eso lo que más merecía.
-Dicho esto… –dijo el chico.
-Despierta –concluyó la chica.
Y Yahvé abrió los ojos.
Jack estaba horrorizado por la batalla en la que se había metido: Soldados enemigos, caballería, artillería, aliados, enormes osos blancos, aves gigantescas, ingenios voladores, ángeles, rifles, fusiles, bombas, espadas, lanzas y cuchillos, todo a la vez… y, en medio de todo, las treinta y una personas que formaban el grupo de los utukku, repartiendo golpes en todas direcciones, avanzando a toda velocidad para salir de entre todo ese mogollón para continuar con su misión, con Zoé limpiando el costado izquierdo de la formación con su gran alabarda, con Amadeo ensartando a todo aquel que se adentrara en la formación, con el rey luchando mano a mano con el capitán Nisboi para encontrar una mejor ruta de escape… y con él mismo disparando su Winchester desde el cielo gracias a la mejora que le había incluido Kaede en su mansión: Una ranura para apuntar mejor desde las largas distancias. Ahora llevaba un auténtico rifle de precisión con el que era capaz de acabar con casi cualquier enemigo que se encontrara en un radio de trescientos metros a su alrededor, sin importar nada la velocidad que alcanzaba su daimonion.
Luchaba tanto contra unidades de tierra como contra unidades aéreas que nada podían hacer contra esa escurridiza ave que embestía como si fuera un toro de los aires mientras su jinete era capaz de convertir en polvo de ángel a decenas de éstos, que era capaz de derribar helicópteros y aviones enemigos sobre las unidades terrestres con un simple disparo de su arma… Y ni siquiera había sido tocado. Pero todo esto no quería decir que Jack disfrutara de su fuerza, más bien todo lo contrario: Ya habían sido más de treinta veces las que habría evitado una muerte segura casi por casualidad. Una enorme presión le atenazaba el pecho. Era el terror que, poco a poco, se apoderaba de él. Quería dejarlo pero sabía perfectamente que no podría… ¿por qué diantre no se dejó convencer por Anerues para quedarse en la mansión de Kaede? Ahora se arrepentía de no haberlo hecho pero, no por ello, iba a dejar de proteger a sus compañeros que, continuamente, le agradecían con señas de apoyo, la ayuda que les daba desde el cielo.
Desde su privilegiada posición, Jack vio como iban los progresos del grupo: Hacía ya casi una hora que se había introducido dentro de ese mogollón y aún pasado tanto tiempo les estaba costando salir aún a pesar de los nuevos apoyos que habían recibido aunque… apoyos, lo que se dice apoyos, no lo parecían: Un grupo de tres inmensos osos blancos con armaduras les abrían camino, directos hacia el lugar donde se suponía que estaría el camino de los niños y ellos les seguían, sabiendo que gran cantidad de enemigos no se atrevían ni a acercarse a ese frente de ataque. Aún así, los utukku tenían que lidiar con cientos de enemigos los cuales acababan tan muertos como los que se cruzaban en el camino de los osos. De todas maneras, ya se empezaba a apreciar cansancio en sus movimientos: Tanto tiempo había pasado desde el último descanso que todos sudaban la gota gorda para mantenerse con vida. Ni aún con la ayuda era capaz de dejar de escuchar los resoplidos de agotamiento de sus compañeros…
Jack siguió con su tarea de limpiarles el cielo, puesto que su forma de combate era un puntito menos cansada que la de los que estaban en tierra (tampoco era un camino de rosas) pero, cuando vio lo que se acercaba por el horizonte, bajó sin dudar a avisar a sus compañeros: Se acercó a toda velocidad, descendió velozmente, se dejó caer sobre el suelo y Dai continuó su vuelo rápido por el cielo, ahuyentando a otros seres que pudieran molestarlos.
-¿Qué pasa, Jack? –preguntó el rey que había vuelto a la formación de los arqueros mientras Amadeo le sustituía en las tareas de exploración y guía.
-¡Una nube de ángeles se acerca esta posición a toda velocidad! –avisó Jack con voz en grito. –¡Debemos cambiar de dirección antes de que lleguen!
-Un poco complicado eso… –comentó Los sudoroso. –Tú los has visto desde allí arriba, ¿no? Por acá, el único camino posible es el que marcan esos tres osos. Si tomamos cualquier otro acabarán con nosotros en cuestión de segundos…
-¡Seremos picadillo si no nos movemos! –interrumpió Jack escandalizado, al tiempo que disparaba sin perder la compostura a un par de guerreros que se les acercaron por la espalda.
-Pues, en pocas palabras: Estamos con el agua al cuello –dijo Adrian recuperando el aire al ver que los osos se habían parado para intentar orientarse. –Si dejamos a esos tres, todos los enemigos que nos rodean nos masacrarán. Da igual lo que pase… debemos seguir…
-¡Pero…! –Jack iba a replicar pero, de repente, una gran idea le vino a la cabeza: Llevó los labios a su pito y llamó de vuelta a Dai, la cual, sin dudar, recogió a su compañero con sus enormes zarpas. Desde las patas de la ave, Jack dirigió el rápido vuelo de la titán hacia la posición de los tres osos que marcaban el ritmo de los utukku y, con el máximo cuidado por parte de la daimonion, ordenó bajar la velocidad para intentar ponerse a la par de esos lacónicos osos.
De lejos parecían grandes pero de cerca eran colosales: Sus garras, sus fauces, sus enormes patas… todo era grande. Además, las armaduras que llevaban, planchas de uniforme metal, les daban un aspecto monstruoso. Pero, si algo causaba pavor en su ya de por sí grandioso aspecto, era el color rojo que recorría hasta el último centímetro de sus pelajes y armaduras, como si en lugar de estar corriendo se hubieran estado bañando en sangre.
Éstos casi ignoraron la presencia de Dai a su lado pero, a la palabra de Jack, estos se detuvieron, tal vez más por curiosidad que por miedo.
-¡Parad, en nombre del ejército de la República del Cielo! –gritó Jack, cuya señal fue obedecida de inmediato. Aterrizó un par de metros más allá y, con paso presto por la enorme cantidad de enemigos que había en los alrededores, se acercó a los animales. –Debéis cambiar de dirección: Una enorme cantidad de ángeles se dirigen en esta dirección.
-¿Y qué? –preguntó altivo uno de los tres, uno con una armadura que tan sólo le cubría los costados y parte de la cabeza. –No hay enemigo capaz de abatirnos y un ejército de ángeles no será una excepción.
-Vosotros aguantaréis pero los pobres que os siguen no. Sois su única protección.
-Ya me parecía… de todas maneras, nadie les ordenó meterse aquí. Nosotros tenemos que seguir pues ya tenemos gente a la que proteger.
-¿Gente como Lyra? –Jack enmudeció de repente al oírse decir eso. Sí, había oído hablar de Lyra pero, hablar con tal naturalidad de ella con gente (bueno, osos) de la que no sabía si la conocían le extrañó mucho.
-Sí, Lyra –respondió el gran oso sin inmutarse. –Ahora, apártate. Si no, por muy aliado que seas yo mismo te cortaré en pedazos.
-Entonces no sigáis el camino que seguíais hasta ahora –replicó Jack con seguridad, atrayendo la mirada escéptica de los tres osos. –Lyra está por allí –dijo Jack señalando a su derecha.
El gran oso que le había hablado le escrutó con la mirada, analizando hasta su último gesto y movimiento. Jack, ante tan intensa mirada se sintió desnudo pero no dudó en su posición pues sabía que todo cuanto había dicho era cierto.
-Muy bien, te creo –dijo el oso, sorprendiendo gratamente a Jack, que no se esperaba que le pudieran hacer caso. –Tú –le indicó a uno de los que le acompañaban, –protege al grupo que nos sigue. Podrán servir de distracción cuando nos encontremos con Lyra Lenguadeplata.
El aludido asintió y volvió atrás para ayudar al grupo que estaba siendo atosigado por diversas tropas.
-Tú has cumplido y yo he cumplido –dijo el gran oso. –Descansad un poco y seguidnos después con todas vuestras fuerzas. No creo que lo que nos encontremos allí sea algo fácil…
Sin más dilación, los dos osos se volvieron a poner en marcha dejando a Jack montándose de nuevo en Dai para así otear mejor el horizonte y comprobar el terreno que había por delante… era algo REALMENTE cansado trabajar para Anerues…
David, con furia renovada, iba asaltando a toda velocidad a cuanto ángel se le pusiera a tiro, pulverizando tanto ángeles como cualquier otra unidad que pudiera avistar, para terror de Rodolpho que apenas había sido capaz de soltarse de una correa que había instalado a modo de agarradero en la puerta del aparato intencional. Aquél iba silencioso, con una calma casi total, observando hasta el último movimiento y reaccionando casi al instante ante la más mínima amenaza o posibilidad de ataque fructífero mientras que el científico mascullaba maldiciones contra su adversario alquimista por su enorme irresponsabilidad.
-Silencio –reclamó David con tono frío, como saboreando las tres sílabas de la orden, cosa que Rodolpho, sin ganas de discutir, obedeció de inmediato. –Ya es bastante complicado arreglar los entuertos del tipo ese como para que encima me estés dando la murga con tus maldiciones. De acuerdo, Kaede no está pero eso no es razón como para que nos rindamos ya.
-¿¡Pero no era él el que tenía que cuidar del grupo para evitar que esto pasara!? –exclamó el otro mientras volvía a echar otro vistazo a su pantallita. –Se ha metido dentro de la montaña… lo hemos perdido.
-Pues a jorobarse tocan… –dijo David arrasando otra patrulla mientras seguía avanzando a toda velocidad para colocarse delante de la nube y así frenar su avance.
-No te esfuerces ya en intentar matarlos a todos… El grupo no está a más de tres kilómetros de aquí y, a la velocidad que vamos tanto nosotros como los ángeles, están demasiado cerca como para huir.
-¡Pues yo no me rindo! –exclamó testarudo David. –Aunque matemos a cuatro gatos seguirá habiendo cuatro gatos menos. Nosotros somos quienes cumplimos esa función.
Y así fue: En menos de dos minutos, tras adelantar al enjambre de ángeles, estaban justo encima de los utukku que avanzaban a toda velocidad por un valle siendo guiados por un enorme oso blanco con armadura. David, sin tiempo para ver el estado del grupo, se dirigió de inmediato a por Jack que giraba por encima de los treinta y dos soldados.
-¿David? ¿Qué haces tú aquí? –preguntó el chico del ave.
-¡Largo! –espetó David sin miramientos. –Nosotros nos hacemos cargo.
-Pero…
-¡Que te vayas a tomar viento!
La agresiva actitud que mostraba el antes tranquilo chico pilló un poco descolocado a Jack pero, de inmediato salió volando a toda velocidad lejos de lo que se le venía encima.
David se restalló los dedos, los brazos, los hombros, la espalda y el cuello, oteó el primer grupo que se acercaba directamente a los utukku y, sin esperar a su llegada, se lanzó contra él con la máxima velocidad que pudo alcanzar su aparato mientras lanzaba fuego en todas direcciones, con la coraza electrificada a máxima potencia y disparando casi a ciegas contra la nube que aún se estaba acercando.
Tal vez desde tierra no se percibiera bien pero, se viera como se viera, la ofensiva de esa nave era, uno, la cosa más bestial que se pudiera ver y, dos, algo SUICIDA a todas luces… mas, gracias a esa agresividad, a esa especie de grito sin voz que lanzaba con tan poderosa arma, los ángeles cambiaron de dirección hacia el aparato intencional, pensando que, tal vez, el lugar donde estaba era donde se encontraba uno de los muchos objetivos que tendrían que abatir. Así pues, un enorme grupo se quedó entretenido lidiando como bien pudiera con ese monstruo mecánico mientras otro nutrido grupo iba en otra dirección, afortunadamente lejos de los utukku que siguieron su camino sin este problema.
Sin embargo, ahora los ángeles ya conocían los patrones de ataque de David y, al ver que los adelantaba, prepararon una ofensiva colocando una gran cantidad de arietes en el frente, preparados para descargar su pesada carga sobre el vehículo… el riesgo había crecido sobremanera pero David, que parecía llevar grabada la palabra “guerra” en la frente, ya sabía a qué se enfrentaba: Sabía que en una batalla no se iba a matar sino a morir así que, con todo el abandono de su ser, se entregó en cuerpo y alma a la batalla, haciendo todo lo posible para causar la máxima cantidad de bajas, llamando la atención sobre sí mismo como nunca antes había hecho… ¡ah! Y Rodolpho, más aterrorizado que en ninguna otra ofensiva anterior…
El combate era arduo e intenso, un enfrentamiento de uno contra un millón en el que, a pesar de las diferencias entre armas, David estaba destinado a perder ya tan sólo por la superioridad numérica del enemigo. Pero David estaba dando todo de sí, casi sin respirar, con todos los músculos tensos, con las manos dirigiendo precisa y firmemente la nave, disparando todo cuanto pudiera antes de tener que retirarse ante la embestida de cientos de ángeles y la caída de varios arietes… No, David no se parecía en nada al loco que estampó ese vehículo contra la mansión de Kaede el día anterior: Se había convertido en un titán, un brutal ser demoníaco cuyo único objetivo no era sobrevivir sino arrasar con todo…
Y pasaron los minutos y la nube no se acababa… David ya acusaba un cansancio mental enorme pero, de todas maneras, no se alejó aunque todo cuerpo temblara por la presión y sus ojos se enrojecieran por todo lo que estaba tratando de captar al mismo tiempo. Cada cierto tiempo gritaba algo para relajarse, un grito de guerra que le ayudaba a relajarse y que espantaba a los ángeles que volaran cerca gracias a los potentes altavoces que había instalado Rodolpho la noche anterior, cosas tales como “¡hoy alcanzo la categoría de maestro!”; ¡monstruo!”; “¡he aquí el señor de todos los desmanes!” y simples gritos de angustia e ira…
Rodolpho no era capaz de creer que el piloto de esa nave fuera ese chico con cara de tonto que había conocido el día anterior. Le aterrorizaba la manera en la que la pilotaba pero ahora era incapaz de negar que fuera el más adecuado para esta misión: En su pantalla vio como los utukku hacía largo rato que se habían alejado lo suficiente como para que su amenaza no supusiera un problema. Pero, ¿ahora quién era el guapo que le decía a esa bestia furiosa que era hora de retirarse?
No tuvo que decir nada, sencillamente vio como uno de los muchos arietes que portaban sus enemigos se estampaba contra la luna del vehículo y enseguida todo se oscureció para ambos…
Anerues, algo abotargado por el sueño que le había infundido a la Autoridad, se levantó mientras estiraba ampliamente sus brazos. Dijuana largo rato ha que se había levantado y estaba andando un poco contemplando la fisonomía de esa caverna, mucho más compleja que la del resto de la montaña.
-En fin… –suspiró Anerues girándose hacia el palanquín en el que la Autoridad aún dormía. –¿Llamamos a sus guardianes para vuelvan a por éste?
-Sí, ya tengo ganas de… –Dijuana enmudeció cuando vio a la persona que estaba cruzando el umbral de la caverna. –¿Kaede? ¿Qué haces tú aquí?
Sí, era Kaede el que estaba ahí, algo despeinado y desaliñado, probablemente por la cantidad de batallas que había que tenido que librar para llegar hasta ese punto. No llevaba su bandolera ni Rita estaba con él, sólo llevaba las dos largas cuchillas que se había fabricado la noche anterior con el material de la guillotina de plata, dos espadines chinos muy flexibles forjados con métodos desconocidos para Anerues. Sin embargo, su cara denotaba algo más que cansancio…
-¡Ah! ¡Bien, bien! –exclamó Anerues con alegría. –Así me ahorras el tener que ir a por ti –dijo mientras se acercaba a él que le miró con cara entre cansada y aún enfurecida. –¿Sabes? Primero pensaba enviar esto justo delante del grupo para poder rematar yo mismo a ése de ahí pero, ¿por qué no hacerlo aquí?
Kaede levantó su arma derecha, ofreciéndosela a Anerues y éste se acercó con paso vivaz.
Pero, de repente, ese aparentemente pacífico movimiento se convirtió en un ataque en toda regla: Kaede atacó con la cuchilla de su mano izquierda mientras Anerues aún miraba la hoja derecha, por un ángulo ascendente casi invisible y dificilísimo de bloquear… pero ese inconveniente Anerues lo solucionó sin tan siquiera alterarse: Alzó rápidamente su mano derecha y golpeó en el lugar preciso, en la mano izquierda de su contrincante consiguiendo lanzarla hacia atrás con fuerza. El ahora enemigo no cejó en su empeño y, reafirmando el agarre del arma de su mano derecha, lanzó otro ataque mientras preparaba de nuevo su mano izquierda… y así comenzó toda una lluvia de estocadas y cortes que Anerues trató de esquivar con toda su pericia mas toda su habilidad no le sirvió para demasiado: Casi toda su camisa, parte de sus pantalones y sus mangas enteras acabaron cortadas por esos filos definitivos aparte de decenas de pequeños cortes sangrantes a lo largo de todo su cuerpo.
Kaede, tras esta ofensiva, se retiró algo turbado, como no creyendo que la persona que se encontraba ante él fuera capaz de hacer algo así.
-Hum… tú no eres Kaede, ¿no? –preguntó Anerues tranquilamente mientras se quitaba los restos más maltrechos de su ropa y se limpiaba las heridas con ellos. No dejó de observar a Kaede… no, lo que había a su alrededor, el Polvo que caía sobre él… –Chica, no sé quién eres pero tienes que ser una pervertida integral para hacer una posesión de ese tipo. –Kaede, o quien estuviera controlando ese cuerpo, se estremeció asustado. Evidentemente no se esperaba que alguien pudiera ver a través de sí con tanta potencia. –Pero en fin… a mí me trae al pairo quién seas, si eres o no amiga de Kaede o enemiga mía: Estás dominando a alguien que no desearía estar haciendo esto –dijo Anerues con las cejas enfrentadas al tiempo que desenfundaba sus armas. –Si no sales ahora mismo me parece que tendré que ponerme violento…
-¡Je! ¡Un Contracorriente estúpido! –exclamó Kaede. –Estúpido, soberbio e idiota perdido… No eres digno de mi amo…
-¿Te refieres a Eidan? –preguntó Anerues ganándose otro estremecimiento terrible de Kaede. –Si es así, no me interesa lo que quiera ofrecerme: Deja ir a Kaede y puede que no tengas que sufrir.
-¡Imbécil! –gritó el chico lanzándose con las dos espadas al frente a lo que Anerues respondió lanzando sus armas con todas sus fuerzas. Kaede ni se inmutó porque tanto la espada como la pistola iban desviadas, por encima suyo, directas a las manos de Dijuana por lo que sonrió confiado. Pero jamás pudo esperarse lo que recibiría nada más llegar al lado de Anerues: Tenía planeado repetir el ataque que segundos antes le había lanzado pero ahora ni siquiera le dio tiempo a empezar: Anerues, con las manos desnudas, le estampó la palma de su mano en plena cara aplastándole la nariz, hecho lo cual, dio un paso atrás y se colocó en guardia.
Kaede, anonadado por la respuesta de Anerues, se retiró un poco al tiempo que trataba de contener las lágrimas que se le escapaban por el golpe y que le estaban cegando. Pero Anerues no paró ahí: Una vez alcanzó la posición que consideraba óptima, dio un paso rápido hacia el chaval y, con una velocidad desmedida, comenzó a repartir golpes a tres alturas con todas las extremidades de su cuerpo. Que Kaede levantaba los brazos para cubrirse de sus puños, Anerues le daba rodillazos; que atacaba con las cuchillas, el otro se metía dentro de su radio de alcance y le volvía a estampar la mano en la cara; que trataba de usar otras formas de atacar como patadas, el aprendiz de Lucifer las bloqueaba todas… La cara del atacante que ahora era defensor expresaba un horrible desconcierto… Anerues se adelantaba a “TODOS” los movimientos que hacía, sin importancia de la velocidad o la fuerza: Todo lo veía venir…
Dijuana no se metió en ningún momento, es más, se quedó apartada viendo el espectáculo pues al ver la retahíla de golpes que estaba repartiendo su persona, sabía que el cuerpo de Kaede poco aguantaría… y así fue: Tras esquivar un ataque desesperado del ensangrentado adversario, Anerues, con el puño preparado desde mucho antes, descargó un poderosísimo golpe contra la cabeza del chico que, aparte de salir despedido, acusaba una asquerosa deformación en la frente: Anerues le había roto el cráneo de un simple puñetazo.
-…ya veo… –comentó Anerues mientras se limpiaba su ensangrentado puño. –Te llamas Shora, ¿no es así?
El ahora cadáver no respondió pero, pasados unos segundos, tanto las heridas de la cara de Kaede como su espectacular fractura craneal desaparecieron como un ensalmo tras lo cual el chico se levantó como una rosa.
-¿Cómo sabes tú eso? –preguntó la presencia que dominaba a Kaede.
-Tú antes lo dijiste: Soy un Contracorriente. Y, como dije antes, ve saliendo de ese cuerpo o tendré que repetir lo que he hecho…
-¡Ja! ¡Ni con todas tus fuerzas puedes matarme! ¡Por muy Contracorriente que seas, sigues siendo humano y, por tanto, te puedes cansar! ¡Cuando lo hagas…! –no pudo terminar: Recibió una sorpresiva patada en plena cara que lo volvió a lanzar varios metros más allá.
-Hablas demasiado –dijo Anerues algo molesto. –No trates de amenazarme: Yo soy millones de veces más peligroso que tú –dijo lanzándose a por Kaede que aún trataba de levantarse, –¿no será por eso…? –dijo dándole una potente patada en pleno cuello que le volvió a matar en el acto –¿…que pretendes matarme? Eidan me desea vivo pero tú no piensas en que un simple humano te haga sombra, ¿no es así?
Las marcas de los patadones de Anerues no tardaron en volver a desaparecer y ese cuerpo volvió a moverse, alejándose de inmediato para poder adoptar una posición algo más defensiva. Sin embargo, la cara que mostraba ya no era de confianza o de simple sorpresa sino de terror e ira: Esa tal “Shora” que mencionó Anerues temía al oponente que tenía ante sí pero, a pesar de eso, odiaba que hubiera visto tan dentro de sí, su deseo más oculto…
-No te recomendaría que me atacaras ahora… –dijo Anerues sin cambiar su guardia. –Ira y miedo no son buenos compañeros de combate. –Shora odiaba que lo tratara como a un niño, como si ese combate fuera cosa de broma… –Deja a Kaede y esto no seguirá…
-¡CÁLLATE! –gritó el cuerpo de Kaede desde el alma que lo controlaba, un grito tan visceral que hasta se podía distinguir la voz femenina de la controladora, al tiempo que lanzaba un ataque tan bestialmente rápido que los anteriores se quedaban en nada frente a éste: Atacó a diestro y siniestro, haciendo fintas simples que no afectaron para nada a Anerues, cortes que esquivó sin dejar de mirarle a los ojos, golpes que el otro bloqueó con entereza a pesar de la fuerza con la que iban imbuidos… pero esto sólo era el inicio de su estrategia: Conocía el punto débil de esa bestia que tenía ante sus ojos. Pasaron segundos, tal vez minutos, lanzando y esquivando cortes y estocadas, a los que Anerues no parecía poder responder, a tal velocidad que cualquier cuerpo humano “normal” habría caído agotado buen rato atrás pero, cuando vio a su objetivo inmóvil, el punto débil de Anerues, no dudó y lanzó su más salvaje ofensiva: Su cuerpo se aceleró, más aún, como por arte de magia, y lanzó sus más poderosos cortes, los cuales Anerues siguió esquivando mientras sudaba la gota gorda para esquivarlos pero, de repente, éste sintió un intenso dolor en su mano izquierda… no supo de inmediato qué lo había causado pero, sin dejar de fijarse en su oponente, que sonreía maliciosamente, vio como le faltaba una de los dos espadines que debería llevar. Y éste, aprovechando este único segundo de confusión de Anerues, lanzó una estocada rapidísima contra la frente de su poderoso enemigo.
Pero Anerues no se rindió, ¡oh, no!, todo lo contrario: Vio venir el ataque e, inmediatamente, lanzó su palma derecha contra la cuchilla… La presencia que controlaba a Kaede no pudo creer lo que veía: ¡Su enemigo había parado la cuchilla dejándose atravesar la palma de la mano! El espadín traspasaba su mano de lado a lado y los dedos de su mano se cerraban sobre su puño impidiéndole mover el brazo…
-Dile a Eidan que no me interesan sus planes de destruir toda la existencia –dijo Anerues con tono iracundo mientras el otro trataba de zafarse del agarre de su oponente sin ningún éxito –y a ti, maldita estúpida, te lo advierto: ¡Como vuelvas a poner, aunque sólo sea un dedo, sobre Dijuana conocerás el infierno en primerísima persona! –dicho lo cual, tiró del brazo, desestabilizó el ya de por sí confundido cuerpo de su enemiga y le clavó los dedos índice y corazón de su mano izquierda en pleno corazón. Hecho esto, cerró los ojos mientras la otra, la presencia, notaba algo que se removía dentro de sí, introduciéndose dentro de su cuerpo… no era algo material, era algo que no era capaz de discernir pero que sin poderlo evitar, estaba separándole de ese cuerpo… notó como el alma originaria de ese cuerpo recobraba conciencia de sí misma, resistiéndose a su dominio y, segundos después sintió un poderoso dolor, no el dolor físico que le provocaba la herida que le había hecho ese maldito Contracorriente en el corazón sino otro más profundo, en su alma, algo que le hacía estremecerse de terror: Estaba reviviendo hasta la última muerte que había causado en su propia alma… –A veces, el mayor dolor es el que has provocado tú mismo –comentó Anerues mientras sentía que el alma de Kaede ganaba terreno frente a la presencia de Shora, cuya alma comenzaba a retirarse a toda prisa mientras seguía sintiendo el sufrimiento que había provocado. –¡Y ahora, largo y no vuelvas! –gritó retirando sus dedos tras lo cual cerró el agarre con su pulgar, como si estuviera agarrando algo, un algo que tan sólo Anerues era capaz de ver: El alma atormentada de Shora, la cual Anerues, con toda su fuerza espiritual y el Polvo que se arremolinaba a su alrededor, aplastó y disolvió en la Corriente de Nieve…
Hecho esto, retiró la cuchilla de su palma y dejó al cadáver de Kaede recuperándose en el suelo mientras iba a comprobar el estado de su herida daimonion: El ataque que lo había paralizado durante ese fatídico segundo era un ataque dirigido directamente contra Dijuana que, a pesar de los reflejos gatunos que poseía, no pudo evitar que el espadín lanzado le cortara los dedos meñique y anular de su mano izquierda.
-¿Estás bien? –preguntó a la ahora llorosa daimonion.
-Sí… –dijo sonriendo entre lágrimas. –Mira tú que encontrarnos con la única arma capaz de hacerme daño… –dijo recogiendo los restos de polvo de porcelana que antes eran sus dedos y, seguidamente, integrándolos de nuevo en su cuerpo pero sin poder volver a regenerar sus miembros perdidos.
-En fin… podremos pasar sin estos deditos, ¿no? –preguntó Anerues con tono jocoso alzando sus dedos inertes.
-Sí –rió Dijuana mientras se secaba las lágrimas y ataba los ahora dedos muertos de Anerues para evitar que le molestaran en un futuro.
-Bueno… supongo que ahora ya podremos acabar con éste –dijo él después de levantarse.
-Pues me parece que no… –dijo Dijuana. –Metatrón viene hacia aquí y contigo en ese estado, o volvemos a reunirnos o escapamos…
-Hay que ver… en fin, qué diantre: Le dejaré un mensaje, que los de abajo ya están echándome de menos.
Anerues se concentró mientras levantaba el cuerpo de Kaede que trataba de recuperarse de la profunda herida causada y mientras Dijuana limpiaba los restos de sangre de la sala para huir cuanto antes. Hecho esto, ambos se acercaron al palanquín desde el cual la Autoridad había contemplado todo el combate y, poniendo los dos sus manos sobre el cristal a lo que el ángel que se encontraba al otro lado respondió poniendo la suya, saludaron sonrientes:
-Hasta que mueras.
Si antes ya estaban metidos de lleno en una batalla por la supervivencia, ahora estaban justo en medio de la caldera del Infierno. ¡Por todos los demonios! ¡Allí sólo se podía ver una brutal lucha de todos contra todos en la que la sangre y el hierro se confundían a la vista! No importaba que el oso estuviera protegiéndolos aún a riesgo de perder su propia vida, tampoco que Jack les apoyara desde el cielo despejándoles el camino o que los arqueros aligeraran la carga que se les acercaba continuamente… Eso no podía ser algo bueno.
Sangre, humo, lodo y hierro.
Carne, ira, fuego y muerte.
Deseos, odios, esperanzas y horror.
Era cuanto podía ver Zoé… Podía ver en los ojos de todos los que le rodeaban, Amadeo, Adrian, Trevor, Los, los lanceros, los alabarderos, los arqueros, los montantes y los ballesteros, el miedo que ella misma estaba sintiendo. Por alguna clase de milagro todos habían logrado sobrevivir pero eso de sobrevivir era algo irreal: Nadie mantenía la vivaz mirada que todos tenían mientras se dirigían a este campo de batalla definitivo… no, todos lloraban, gemían angustiados, corrían y peleaban todo al mismo tiempo. Pero, sobre todo, sufrían. Nadie se enorgullecía de estar allí, nadie pensaba que eso era algo loable a pesar de su grandilocuente objetivo… todos, cuanto hacían, era odiar con toda su alma al estúpido ser que había originado todo esto. Era ese odio todo lo que les seguía manteniendo en pie y Zoé no era una excepción… cada vez que pensaba en la Autoridad, ese maldito ente que había reunido a las huestes a las que estaba enfrentándose tan sólo para acabar con los que pensaban de una manera diferente a la suya, agarraba y destrozaba un miembro del pobre individuo que estuviera al alcance de su ira…
Los arqueros, largo rato ha que habían agotado sus flechas e iban enarbolando sus espadas cortas contra el enemigo para apoyar el rápido avance de los lanceros. Esto, junto a los potentes lances del oso acorazado, hacía que el grupo de los utukku limpiara en sangre el camino de los niños… aunque, probablemente, nadie en ese grupo recordara por qué estaban haciendo todo esto.
Era un milagro que aún no se hubieran encontrado con nadie que llevara armas de fuego como las que se escuchaban pocos cientos de metros más allá, pensaba continuamente Zoé cada vez que se encontraban con alguna avanzadilla o con un inmenso ejército que exterminaban sin ninguna compasión… un milagro era que siguieran vivos, que no estuvieran tan agotados como para dejar el combate, que no huyeran ante lo que se encontraban cada vez que mataban a uno más…
Lloraba por la sangre que cubría su cuerpo e impregnaba su ropa; lloraba por haber tenido que dejar atrás a David luchando él sólo contra esa brutal Legión de ángeles, lloraba por el destino de los pobres que mataba a cada movimiento de su durísima alabarda a los cuales no conocía de absolutamente nada, lloraba… sencillamente lloraba…
Un haz de luz la cegó un poco y vio como hacia ellos se diría un gran artefacto de lo que parecía ser cristal, que un grupo de más de ocho ángeles sostenía y que una tropa de más de veinte protegía a toda costa… Suspiró, ya no con desesperación sino con ira, furiosa por los enemigos que no acababan de surgir nunca y encaró al ángel femenino que se acercaba por su costado armada con una larga lanza… era velocísima y trató de empalarla más de ocho veces en menos de cinco segundos, una ofensiva realmente soberbia… pero Zoé ya no estaba para aguantar más: Gritó, encajó la cuchilla oblicua de su alabarda en la madera de esa rapidísima lanza, atrajo a su enemiga hacia sí, desencajó su arma y, tras ver la cara de terror de alguien que está a punto de perder la vida en esa ángel, le atravesó el pecho con la punta de la alabarda tras lo cual vio como el cuerpo de su enemiga desaparecía…
Ahora en su cabeza no había más que agresividad que no dejaba de liberar contra todo ángel que pudiera ver: Un grupo de siete ángeles acorralaban a cinco arqueros, ella giraba su arma y les libró de tres molestos cúmulos de humo; Los y Adrian trataban de enfrentarse a un ángel gigantesco, ella les ayudaba con el largo alcance de su pesada hacha; Trevor y los ballesteros eran fustigados por la guardia que celosamente guardaba ese vehículo de cristal, Zoé se lanzaba a ayudarlos… al final, cuando ni un solo ángel estaba ya a su vista fue hacia ese palanquín de cristal, hundido en el lodo, y alzó su arma contra él al tiempo que gritaba:
-¿¡Y ahora qué!? –gritó descargando su arma con toda su ira contra el cristal, la cual salió rebotada como si hubiera chocado contra un bloque de hormigón. –¿¡Qué será ahora!? ¿¡Ángeles!? –volvió a descargar el peso de su cuchilla con el mismo resultado. –¿¡Demonios!? –con los brazos doloridos repitió su movimiento. –¿¡Monstruos!? –agotada, giró sobre sí misma lanzando un ataque lateral con todo su peso el cual volvió a rebotar. –¡Lo que sea pero que sea ahora! –agotada de solemnidad, levantó su arma por una última vez pero, esta vez, una mano amiga detuvo su movimiento, devolviendo a Zoé a la realidad.
-Ya basta… –pidió Amadeo que mostraba un agotamiento tan enorme como el suyo. –Ya ha acabado todo… no hay más enemigos… descansa, por favor.
Zoé, mareada y cansada, dejó caer su alabarda sobre el suelo y se arrodilló al no poder ni sostenerse sobre sus dos piernas. Todos los hombres que se encontraban a su alrededor la contemplaban entre asustados y aterrados: Esa chica de aspecto frágil había acabado ella sola con casi quince ángeles, más de la mitad de los que les habían atacado en ese momento… ni tiempo le había dejado al oso acorazado para que les ayudara de tan salvaje que fue su ofensiva…
Ahora, al lado de ese aparentemente indestructible palanquín, todos los presentes se encontraban en una zona en paz, ya no había ningún enemigo más en por lo menos un kilómetro a la redonda… Sin embargo Zoé ya no podía con su alma: Sus brazos le ardían como si tuviera brasas en su interior, su cuerpo sudaba abundantemente, sus manos eran un par de pesos muertos y su mente se debatía en una profunda confusión por la presión a la que había sido sometida en este larguísimo paseo de la muerte…
-Descansa, por favor –pidió Amadeo con su voz más amable mientras se tapaba el ojo derecho con su mano al haber perdido el parche, tan sólo para evitar que esa terrible cicatriz turbara más la ya obnubilada mente de Zoé. Ésta se dejó caer en sus brazos y, por primera vez en esta historia, se dejó salvar por Amadeo y no al revés…
Apenas notó nada, tan sólo que alguien la levantaba, una mullida cama de piel calentita y como sus ojos se cerraban en un profundo sueño…
-Ay… –se quejó lastimeramente Diana al tener el ariete a menos de tres centímetros de su hocico. –¿Seguimos todos vivos por aquí?
-Podría decirse que sí… –respondió su persona al tiempo que trataba de quitar ese enorme tronco ensartado en la cabina y que le impedía ver nada del exterior. –¿Rodolpho?
-Sigo entero –respondió el aludido. –Esto no es nada comparado con las que puede armar ese alquimista cateto.
-¿Cuánto tiempo ha pasado? –preguntó David algo confundido.
-Unas dos horas, según mi reloj. Me extraña que esa nube de ángeles no se decida a acabar con nosotros…
David le dio una buena patada a la puerta de la cabina que le mantenía encerrado y salió al exterior mientras Rodolpho hacía lo propio. Una vez allí fuera fueron recibidos por una voz femenina.
-¿Qué? ¿Descansados?
Era María Kirisame que, en medio de ese enorme erial desolado pero lleno de cadáveres, sostenía su arco desde encima de la cabina del inmovilizado aparato intencional, protegiéndolo de posibles ataques.
-Sí, gracias por preocuparse… –respondió David. –¿Qué hace usted aquí?
-Defenderos, ¿qué si no? Después de la que has montado matando a más de siete mil ángeles que podrían haber acabado con el grupo de Adrian en segundos, creo que defenderte de los que te derribaron es lo más justo, ¿no crees?
-¿¡Cuántos!? –exclamó David horrorizado.
-Permítame corregirla –dijo Rodolpho. –No fueron siete mil sino once mil cuatrocientos noventa y tres –Rodolpho se ganó ahora la anonadada mirada de David. –¿Qué? Siempre se me han dado las matemáticas y contar cosas es mi especialidad –dijo Rodolpho con orgullo.
-¿¡Cuántos!? –repitieron David y Diana al mismo tiempo.
-Lo que habéis oído –respondió Jacob desde el hombro de María. –En nuestra vida hemos visto a nadie tan temerario ni tan agresivo. María… sí, agresiva es pero queda en nada frente a lo que has hecho tú.
David, algo mareado por la noticia, se tambaleó de vuelta a la nave y se sentó espantado. Ni él pensaba que podría llegar a tanto…
-En fin –dijo María., –me gustaría quedarme a hablar con vosotros sobre tus proezas pero, ¿podréis arreglar este bicho ahora? Tengo que ir a proteger al grupo de los utukku.
Rodolpho, expeditivo, ojeó rápidamente el aparato intencional y respondió:
-No hay problema. El golpe ha sido duro y espectacular pero este aparato es muy sólido. Lo único, que el cristal está bien destrozado y que esto no podré arreglarlo aquí.
-Entonces volved cuanto antes a tu mundo –dijo dejando a Jacob encima de la cabina, tras lo cual se montó en su ramal de nube-pino y se elevó en dirección a la batalla que se escuchaba a lo lejos. –Muy buen trabajo, David. Todos te han visto y te agradecen el esfuerzo mostrado. Ahora, sencillamente, descansa –y María se alejó a toda velocidad dejándolos con su daimonion que les haría de guía.
-Sí, descansa –afirmó Rodolpho –pero después de quitar este armatoste de aquí en medio –dijo señalando el tronco.
David no replicó y le ayudó a quitar ese pedazo de madera para poder marchar cuanto antes.
Amadeo, agotado como todos los demás, tras dejar a Zoé en los poderosos brazos del oso, enfundó su espada, recogió la mellada alabarda de Zoé y siguió las indicaciones del sudoroso Los que le ordenaban alejarse de ese indestructible palanquín.
Todos lo habían intentado, hasta el oso, pero ninguno había conseguido causar el más mínimo arañazo en la superficie de ese vehículo… pero, al ver todos que dentro tan sólo había un anciano ángel, prefirieron dejarlo atrás y seguir… pero seguir de vuelta atrás. Ya nadie era capaz de dar apenas un par de pasos más y, viendo que no muy lejos de allí se estaba librando un combate tan brutal como el que acababan de vivir, eran conocedores de que no podrían aguantar mucho. Ni Anerues les podría negar ese derecho a querer huir…
No se entretuvieron mucho tiempo descansando y volvieron rápidamente al cerco exterior del campo de batalla con la buena ayuda del oso acorazado que, por suerte, comprendía la situación del grupo al que protegía. Tal vez si volvían se encontraran con Kaede que Dios sabrá por qué no volvía… pero no estaban ahí para depender de ese alquimista sino para despejarle el camino a esos niños…
Esos niños… ¿quiénes serían para que Anerues trajera a los utukku a ese mundo a protegerlos? La escala de valores de ese soñador había cambiado poco pero lo suficiente como para que sonara rara: Anteponía la vida de sus compañeros de viaje ante todo (aún recordó el dolor de la bofetada que le dio para que se quedara en el Rat, amenazándole de que esta batalla iba a ser infernal (“no se equivocó…” pensaba Amadeo)) o la frialdad con que le miraba después, tan enfadado como entonces pero después, eso de proteger hasta el límite tanto a esos niños como a Lou… ¿para qué necesitaba a Lou? ¿Y por qué éste empezó a comportarse tan mecánicamente desde que se reunió con ellos en la mansión Fânali? Evidentemente nada era lo que parecía: Ellos, desde el principio, no habían caído en ese mundo lleno de monstruos por casualidad… era innegable que Anerues no tenía toda la culpa sino que eran todos ellos los que habían causado esa caída…
“Expulsados de nuestra amada tierra, buscamos nuestro Paraíso en los sueños de un trovador diabólico” pensó Amadeo probablemente afectado por su cansancio. “Pero el trovador, por muy afilada que tenga la lengua, sólo es un vocero… él sólo indicó el camino a seguir a un loco, a una revolucionaria, a un guerrero y a un sabio… el loco y la revolucionaria dieron la vuelta a un mundo entero; el guerrero se convirtió en el humilde servidor del trovador y el sabio… sólo él sabe lo que hace pero, a pesar de mi corta visión de toda la realidad que es capaz de abarcar, sé que nada de lo que hará con su sabiduría será algo baladí…” Miró a su alrededor y vio a los miembros de su grupo que, algo más animados por saber que volvían a casa, canturreaban para animar el ambiente, canciones populares de su ahora lejana tierra pero a tan poco volumen que casi nadie era capaz de oír nada…
Amadeo se dejó llevar un poco por la tonadilla y sonrió levemente como los demás… sudaba; sus brazos, cansados de levantar una y otra vez la espada, le colgaban medio muertos; sus pies le ardían y le pesaban como el plomo… como envidiaba la ahora cómoda posición de Zoé que dormitaba a pesar de su incómoda posición.
Para entretenerse mientras avanzaban (prefirió dejarle la vigilancia al siempre atento Trevor), cogió un pequeño pedazo de terciopelo negro que se había traído de la casa de Kaede, lo dobló y se lo sujetó con un pañuelo. Probó a ver si se sujetaba bien, descubriéndose y tapándose el ojo intuitivo varias veces… hasta que sintió algo que le puso en alerta:
Intuyó dos presencias detrás de sí, pequeñas y jóvenes, mucho más que él, que corrían derrengadas… se acercaban al punto en el que estaba el palanquín de cristal. Sintió como, al llegar justo a su lado, uno de esos sujetos (Amadeo intuyó que era un chico) alzó un pequeño cuchillo contra la indestructible estructura del palanquín y… la cortó. Cortó ese durísimo cristal con sus pequeños brazos como si ese durísimo cristal fuera de mantequilla… impresionado, siguió percibiendo y notó como el ángel que había en su interior se asomaba y, en un último y aliviado suspiro, se disolvía en el aire. Esto no habría tenido trascendencia de no haber sido que, al abrir el agujero, Amadeo intuyó de inmediato quién era el sujeto que se encontraba en su interior: La Autoridad, ese ser que tanto él como todos sus hastiados compañeros odiaban con toda su alma, se había encontrado apenas a medio metro de todos ellos y, aún a pesar de la dureza de su vehículo, un niño, un simple niñín, había sido capaz de ejecutar a la misma Autoridad de una cuchillada que ni siquiera le había rozado…
Amadeo se tapó de inmediato el ojo y dejó de sentir lo que había allá a lo lejos… y sencillamente rió al ver que, todo cuanto tuvieran que hacer, ya había acabado con el corte causado por ese niño.
-Ya veo que andáis bien… –dijo una voz por encima de él. Amadeo alzó la vista y se encontró con Anerues y Dijuana, llevando aquél a Kaede montado en su rama de nube pino.
El grupo paró y Anerues aterrizó, dejando a Kaede en el suelo, el cual, con la apariencia de estar algo mareado, trastabilló un poco.
-Buen trabajo –felicitó Anerues nada más tocó él mismo el suelo.
-¿Buen trabajo? –preguntó Los con la cara algo compungida. –Si ni siquiera llegamos hasta ese bosque que nos mencionaste…
-Os dije que hicierais todo lo que pudierais, no que os matarais estúpidamente. Los niños ya van en buen camino y todas las fuerzas que pudieran estar en su camino ya han sido eliminadas por vosotros. Ahora, todo cuanto les queda, es correr hasta un lugar donde se encontrarán con Iorek…
-¿Mi rey? –preguntó el oso acorazado sorprendido.
-Sí, tu mismo señor –respondió Anerues sonriente. –Él les ayudará a llegar hasta donde se encuentran sus daimonions y tras eso, escaparán de este mundo. Vosotros ya habéis cumplido vuestra misión y, cuando éste de aquí se recupere un poco de sus heridas, nos enviará de vuelta a su mundo.
-Sólo me encuentro un poco mareado… –dijo Kaede con la mano en la cabeza.
-Entonces… –preguntó Amadeo esperanzado.
-Sí, ya es hora de volver a casa –dicho lo cual, Anerues sonrió más si cabe.
Ale, la batalla final… penúltimo capítulo de este mi primer fic (y novela) jamás acabadas.
Espero que os haya gustado y que ese deus ex machina que es esa esbirra de Eidan no os haya disgustado.
Hasta más leer…