Al día siguiente, o más bien, nada más empezó a clarear, me alcé tras haber pasado más de seis horas sin haber pegado ojo, nerviosa por lo que pudiera ocurrirme durante la noche.
Aún sentía tensión en el hombro desde cuando sentí el golpe que “eso” había dado en la puerta, como si no quisiera olvidar lo que había ocurrido. Entre esto y la oscuridad que aún dominaba el ambiente, no me levanté y me oculté bajo las mantas que olían a polvo, en un fútil intento de sentirme más segura. De todas formas, estaba tan amodorrada tras tanto tiempo sin dormir que incluso de esa manera tan ridícula, prefería pasar la poca noche que quedaba.

Cuando volví a abrir los ojos, habían pasado dos horas y el sol ya lucía alto. Sin muchas ganas, me levanté y coloqué la cama en su sitio de nuevo para vestirme y volver a mis tareas domésticas.
Cuando terminé, abrí temerosa la puerta y miré con cuidado pero, cuando vi el pasillo iluminado por la luz del sol, todo mi miedo desapareció y me volví a sentir cómoda en esa casa. De repente me había dado por ignorar todo lo que había ocurrido esa noche e ir, tranquilamente, a desayunar mientras sentía el cansancio de mi cuerpo. Fuese lo que fuese, al menos ahora no sentía ningún peligro, tal vez por la claridad con lo que se veía todo.
“Hay que ver: A mi edad y aún tengo miedo a la oscuridad…” me dije mientras me preparaba algo fuerte para desayunar.
Sería una fobia tonta con mis veinti-pocos años pero, bien visto, era una fobia con mucho sentido: Los seres humanos temen lo que no conocen; no soportan lo que no pueden predecir ni ver venir de ahí que la oscuridad sea tan temible pues en ella no se puede ver nada. Quién sabe la cantidad de cosas que se podrían ocultar en las sombras.
Mientras dejaba que las cosas se fueran preparando en sus respectivos fogones, me asomé a la ventana para ver como iban las cosas a esas horas por el vecindario: Vi a una atareada Louis limpiar la entrada de su casa un poco más abajo de la cuesta, mientras unos cuantos hombres salían de sus casas para bajar la cuesta de esa calle en dirección a la estación de metro que allí había. El vecino que vivía a la derecha de mi casa era uno de ellos.
Y delante de la casa de mi rubia vecina había un coche aparcado. En la entrada estaban ella y un hombre elegante vestido con traje y bombín; de pálida y casi perlada piel y movimientos discretos. Parecían estar hablando de algo que yo no era capaz de entender… tampoco me interesaba convertirme en una chismosa nada más amanecer el primer día allí. Sin embargo, mantenían expresiones muy serias hasta que, al final, el hombre entró en la casa después de ir a recoger un maletín al coche.
Yo preferí volver a mi desayuno. Tal vez fuese por la noche en vela que pasé, pero comí con avidez nada más me di cuenta del hambre que tenía. Tal vez comía tanto y tan rápido sólo para olvidarme de todo. Cuando me di cuenta de que ya llevaba comida la mitad de todo lo que me había traído a esa casa, me di cuenta de sólo trataba de pensar en otra cosa.
“Tengo que salir a comprar más cosas” me dije como excusa para marcharme de esa casa para relajarme dándome un paseo. Tal vez pareciera que estaba huyendo como una cobarde de la casa pero, de veras, sólo quería un poco de tiempo para pensar con tranquilidad acerca de lo que había ocurrido y, ya de paso, saber cómo era el vecindario. Nada más. Sólo y únicamente eso. Seguro.
Cuando acabé, cogí mi bolsa de la compra, cerré bien la puerta y salí a tomar algo de aire. Ya fuera de mi casa me sentía mucho mejor pues, al fin de al cabo, me encantaba el aire libre.
“Lástima que desde aquí no se puedan ver bien las estrellas de noche” pensé al ver lo neblinoso del paisaje.
Después de más de diez años en ese país, aprendí a apreciar más que nadie la belleza discreta de las estrellas o la del sol en medio de unas pocas nubes pero las nieblas de Inglaterra nunca me dejaban ver tanto como quisiera. Esto me causaba una gran añoranza por mi tierra natal.
Tanto tiempo había pasado que ya hasta había olvidado por qué había marchado. Creía que fue por alguna trastada que enfureció al vecindario o algo así… como fuera, fue lo suficientemente grave como para que tuviera que mudarme a Hiroshima y de allí a Europa. Lloré y lloré como la niña que era entonces pero…
-Buenos días, ¿podría apartarse? –saludó amablemente el hombre del bombín que había entrado en la casa de mi vecina hacía un rato mientras ayudaba a un hombre malherido tanto en su cara como en sus muñecas. Su saludo me sobresaltó un poco al estar yo tan ensimismada. –Ya sabe dónde, señorita –le dijo el hombre del bombín a mi vecina que, igual que yo, llevaba una bolsa para hacer la compra. –Yo me llevo al amigo este a su casa.
-Hasta otra pues –respondió la otra con una leve sonrisa para luego girarse hacia mí, que seguía viendo las heridas del otro. –Usted -se pausó un segundo para observar mis facciones -es la nueva vecina, ¿me equivoco?
-Eh… -me sentí cohibida. -Sí, así es –dije girándome hacia esa mujer de mirada altiva y fría, con dos profundos ojos rojizos que casi parecían ver a través de mí cuyas pupilas me hacían sentir mucho más pequeña de lo que querría. –Buenos días, me llamo Renko –mas, una sonrisa fue lo que se encontró más allá de su pasiva imposición.
-Yo Maribel, encantada –dijo ella tendiéndome una mano la cual estreché. –Ayer armaba usted mucho ruido.
-¿De veras? –pregunté algo avergonzada. –De veras que lo siento.
-Generalmente no veo más allá de mi casa pero parecía tan aterrorizada que casi parecía que se le hubiera colado un ladrón en casa.
-No, en realidad era un maldito fantasma que no se ha ido con el anterior inquilino… –dije lo más jocosa que pude, para fingir una mala broma, cosa que borró la leve sonrisa de Maribel.
-Hay cosas que no deberían tomarse con tanto humor –replicó la otra cerrando la rejilla de su casa y bajando la cuesta, cerrando completamente cualquier posible intento de conversación.
“Un poco gélida la chica para la edad que tiene” me dije al ver su porte casi aristocrático. “Lo quiera o no, ella es mi vecina. Tratemos de llevarnos bien con ella”.
Así pues, recordé lo que sabía de esa zona de la ciudad y comencé a andar en dirección a la zona comercial.
Tras tres horas de paseo, memorizando hasta el último rincón de ese lugar y tras comprar todo lo que pudiera necesitar para una semana entera, por alguna razón me costaba volver a casa. Así de cabezota era: Ni a patadas era capaz de ignorar el recuerdo del “fantasma”.
Remoloneé por esa zona un poco más, como si estuviera curioseando entre tiendas. No es que el lugar donde había acabado fuera un lugar muy poblado. De hecho, hasta se parecía a lo que yo imaginaba de mi casa pero, como dice el dicho “si quieres olvidarte del dolor de muelas, frótate una ortiga detrás de la rodilla”. Como fuera, quería olvidarme de tonterías sobrenaturales.
Así, sin comerlo ni beberlo, acabé delante de una tienda de antigüedades donde un objeto llamó bastante mi atención: Una cámara de fotos antigua.
Yo ya tenía varias cámaras de fotos a causa de mi trabajo pero, desde que las descubrí en mi primera estancia en Hiroshima, fui una apasionada de ellas. La que tenía delante de mí no era un modelo de percutor sino una harto más antigua, de placas y de exposición manual. Eso sí que era una antigualla de mi gusto: Tres piezas de madera bien conservadas, objetivo aún brillante, fuelle intacto, trípode firme… si no me equivocaba, aún debería seguir funcionando aunque, a ojo de buen cubero, esa cámara podría tener al menos cuarenta años.
Sin dudar, entré en la tienda para mirarla más de cerca y, si era posible, tocarla.
-Buenos días –saludó el joven dependiente de buenas maneras nada más me vio cruzar la puerta. –¿Ha visto algo de interés en nuestro escaparate?
-Sí, esa cámara de fotos –respondí mientras sentía la fija mirada del dependiente, la cual sentía incluso mientras miraba la cámara a través del cristal. –Es una belleza.
-No seré quien niegue eso, señorita –comentó el otro acercándose a la portezuela del escaparate para dejarme verla mejor. –Ésta es una buena pieza y, dentro de lo que cabe, no excesivamente cara. Si le apetece ver otros modelos, tenemos unos cuantos más en la zona trasera de la tienda que tal vez sean de su gusto.
Agradecí la información y me introduje un poco más allá de ese barullo de objetos más viejos que mi abuela, desde mapamundis hasta cuadros de dudosa procedencia. Una vez llegué al fondo, vi una pequeña colección de siete cámaras expuestas tras un cristal, modelos más pequeños pero con semejante encanto al que tenía la cámara de fuera. Observé como una niña embelesada ante una muñeca bonita todo lo que quise hasta encontrar un modelo que, en un futuro cercano, pudiera estar dentro de mis posibilidades económicas.
Satisfecha por haber visto algo de mi agrado, me di la vuelta. Y allí la vi a ella.
Maribel, mi vecina, estaba delante de un espejo de pie observando algo que yo no era capaz de comprender. Estaba tan seria como siempre, en pose pensativa y con el ceño fruncido.
-Buenos días –saludé haciendo que la otra se sobresaltara.
-¡Por favor! –musitó con la voz entrecortada. –No asalte a la gente por la espalda de esa manera… –pidió Maribel sonriendo levemente por la tontería de susto que le había pegado.
-¿Le pasa algo al espejo? –pregunté curiosa asomándome frente a él. No tenía nada de especial, salvo una bonita decoración en el marco. Me miré con calma y me recoloqué el sombrero para parecer menos desesperada pues mi expresión estaba tan compungida que hasta me pareció creer que mi reflejo era el de un hombre.
-Eso creía: Le vi algo raro pero puede que sólo fuera cosa de mi imaginación. ¿Qué hace aquí?
-Observar cámaras de fotos –respondí señalando a mi espalda tras ver que mi mala cara se había ido. –Si hubieses dejado de mirar el espejo y me hubieras saludado tú mientras yo las miraba, sería yo la sobresaltada. Bonito espejo, todo sea dicho.
-No ando muy bien de dinero como para comprar caprichos como éste, una lástima. Y ahora, si me disculpa –dijo al tiempo que se dirigía al dueño de la tienda para hacerle alguna pregunta o algo que no quise pararme a descrubrir.
Yo sencillamente le respondí con la mano y salí de la tienda para volver a mi casa mientras tenía la cabeza llena de cámaras aunque sin dejar de pensar en esa vecina mía: Algo tenía ella que me hacía sentir escalofríos. Era tan soberanamente fría y distante que no llamaba a acercarse a ella y el hecho de que me hablara tan formalmente siendo yo tan joven no era algo que me agradara demasiado. Pero, de todas maneras, tenía cierto encanto para mí.
Con todo esto en la cabeza, me encaminé de vuelta a mi ¿dulce? hogar.
Continué limpiando y reordenando la casa hasta que vi como el sol se iba poniendo. Entonces los nervios volvieron a mí.
-Si vas a salir, fantasmón –musité armándome de valor, –haz ruido, saca cadenas y una sábana si quieres pero ni se te ocurra importunarme mientras duermo.
Por supuesto, no recibí ninguna respuesta y me dispuse a hacer la cena. Dejando a un lado traumas y miedos, la casa había quedado hecha un primor. Ya no olía a viejo y apenas quedaba una esquina sin polvo. Los cristales, amarilleados, estaban limpios; las telarañas, eliminadas; la cocina reluciente; las luces bien puestas; los muebles, desempolvados y hasta había dejado bien ordenado el sótano que seguía lleno de mugre pero que, al menos, ahora era mugre ordenada.
Una vez dejé el plato en el fregadero, al igual que la sartén y los cubiertos para evitar que se “cayeran”, subí a mi habitación mientras notaba cómo se ponía el sol. Esperaba quedarme dormida antes de que lo que fuera tuviera la oportunidad de importunarme. Algo me decía que mientras durara el sol, no trataría de intentar nada contra mí. Me sentía nerviosa pero no iba a dejar que “eso” me expulsara de esa casa cuando, por fin, había logrado independizarme.
Me cambié, preparé el despertador, apagué las luces y me oculté bajo mis mantas sin poner la cama delante de la puerta. Se iba a enterar ese de lo que era una mujer con carácter. A la que le temblaban las piernas…
Esa noche fue agradable. Nada importunó mi sueño, tal como esperaba que ocurriría. Salvo algún ruido en el exterior, nada interrumpió mi sueño y pude descansar para comenzar a trabajar el día siguiente.
Por primera vez en esa casa, me sentí cómoda y relajada. Tal vez el saber que no iba a notar las intentonas de ese fantasmón mientras dormía me tranquilizó.
Unas ocho horas después de meterme en la cama, sentí el timbrazo de mi despertador, el cual apagué casi de inmediato para estirarme y levantarme. Aún había tinieblas pero se podía notar el sol clarear la noche por la ventana. Mi habitación aún estaba oscura, muy oscura. Soñolienta, aparte la manta de mis piernas y me levanté.
Para sentir mi camisón levemente más pesado de lo normal. No estaba mojado (de esa época ya habían pasado unos cuantos años) pero me pesaba como si lo estuviera. De repente escuché una serie de traqueteos contra el suelo, leves golpes a la altura de mis pies que dirigieron mi mirada hacia el suelo al tiempo que sentía cosquillas en mis pies descalzos y más allá de la pantorrilla. Me di la vuelta y, con la poca luz que había, noté algo de movimiento en mi cama.
Extrañada, dirigí mi mano hacia el interruptor de la luz y la habitación se iluminó.
Cucarachas.
Ciempiés.
Moscas.
Escarabajos.
Y demás familia.
Todo estaba colgado de mi camisón, escalando por él o cayendo directamente al suelo mientras toda una legión se paseaba alegremente entre mis mantas.
Y yo, sencillamente cogí aire y…
-¿No se te ocurre nada mejor?
Eso salió de mi boca. Sin temblar lo más mínimo, sin miedo ni nervios, sentí como hasta varios insectos escalaban por mis piernas. Y hablé sin temer al que me hubiera hecho eso.
-Deberías saber… –comenté al tiempo que me quitaba el camisón para sacudirlo encima de mis mantas –que crecí siendo una entusiasta del aire libre. Más de una vez me desperté con semejante tropa dentro de mis pantalones después de una buena siesta –añadí con una sonrisa. –Ya veo tu juego: No quieres matarme, sólo asustarme.
Como respuesta, uno de los cristales de la ventana se quebró de un golpe súbito que me sobresaltó pero, aún así, no me amedrentó.
-No sé quién eres o quién eras pero ya debes de saber que todos queremos tener nuestra parcela de mundo para nosotros solos. –Otro golpe rompió completamente ese cristal y algo pareció golpear a las cortinas. –No pretendo incomodarte –dije al tiempo que me vestía tranquilamente. –Sólo pretendo tener un lugar donde poder dormir todas las noches –se me cortó la respiración al notar un contacto gélido en mi cuello.
Di un paso atrás rápidamente y me alejé del lugar donde estaba. El frío desapareció pero no tardó en manifestarse en una de mis muñecas. De nuevo volví a moverme pero fuese donde fuese, esa sensación heladora me perseguía pero…
-Oye, que sólo me das frío –dije al notar y entender lo que esa presencia invisible me hacía. –Según en qué días hasta podrías resultarme útil –añadí jocosa mientras seguía poniéndome la ropa.
Noté como la temperatura ambiente descendía notablemente y como contra las tablas del suelo, alguien parecía patalear.
-Me alegro que mi primer fantasma sea alguien tan caballeroso como tú –añadí con una sonrisa. –Ni se te ha ocurrido tocarme más allá de lo decente.
Y, así, sin más bajé a la cocina, al tiempo que sentía los ruidos furiosos que provocaba mi extraño “compañero de casa”.
Aún así…
“Es extraño” me dije al notar mi ahora total despreocupación por el fantasma. “Ni que no fuera la primera vez que trato con esto.”
¡Tres días seguidos! ¡Esto es un record! Bien que me gustaría desempolvar una botella de buen cava… pero servidor es un orgulloso abstemio, así que a brindar con leche.
Bromas aparte, espero que cuanto estéis leyendo de M&R os estén gustando los devaneos sobrenaturales de esta joven dama de ojos fijos en el cielo.
Escuchando: Dancing Mad
Hasta más leer.