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Archive for 27 noviembre 2008

 

Mis manos la tocaban. Mis hilos seguían en el mismo lugar. Pero ya no se podía mover: Su germen de alma, ese ego al que mis hilos insuflaban vida hacía tiempo que se había convertido en una gran mancha negra, decenas de palabras extendidas en forma de estrella que nada querían decir para mí salvo que tales figuras representaban su muerte.

…me niego a aceptarlo…

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Goth – Capítulo 1

 

Tic, tac..

Siete puertas

Seis damas

Un juez

Y ningún sentido

 

Cuando desperté, me encontré de nuevo a Alisa justo a mi lado, la cual llamó al servicio de inmediato que me concedió un desayuno a la medida de mi hambruna, léase, enorme. Alisa me miró con gracia mientras engullía cuanto estaba a mi vista y alcance, lo mismo que el criado y la doncella gratamente sorprendidos por mi apetito.

-Louise no tendrá ninguna queja de usted, parece -comentó la doncella al tiempo que retiraba los platos y su compañero limpiaba los restos de comida que había sobre la mesa. -Siempre se queja de que quedan restos de comida en el plato.

-Imagino que incluso antes de vernos ya arrastraba hambre, ¿verdad? -preguntó Alisa.

-Si ayer me pasé todo el día durmiendo, llevaría casi tres días sin comer absolutamente más que agua y aire -contesté satisfecho y agradecido por la comilona.

-Pues, ya que se encuentra descansado -Alisa despidió al servicio con un elegante gesto, -¿me podría decir cuál es su propósito por estas tierras? Si estaba de viaje, espero no haberle retrasado demasiado en sus labores.

-Buscaba una mansión en la zona -contesté conteniendo mis ganas de estirarme ante la señorita.

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Avanzar sin mirar atrás. Llegar. Sí, tengo que llegar al lugar donde resuenan las olas, donde todo está cubierto por una impenetrable capa de tinieblas y, a pesar de todo, está iluminado por el sol de una tarde que no es de este mundo. Ese lugar está en silencio. Es camino.

¿Y a dónde llevará? No lo sé. Pero, aún así, sé que tengo que alcanzar ese lugar. No importa los esfuerzos que tenga que realizar, de quién me tenga que aprovechar los métodos que deba emplear o a quién tenga que matar. Debo arrivar a esa costa silenciosa, a ese mar negro y abandonado de la voluntad de los hombres. Porque no tengo destino alguno que reclamar. Porque nací sin meta ni propósito alguno.

Cuando aparecí en este mundo, supe que lo hacía tan sólo para morir algún día. No fui más que un accidente. Me dieron el nombre de la enfermedad, me tildaron de monstruo; se burlaron, no ya de mí, sino de mi mera existencia…

…acabé con todos y huí. Si mis creadores no me dieron propósito digno para vivir, lo buscaría yo mismo. Encontraría la caverna de la grieta y llegaría a la costa silenciosa. No sé lo que me puede esperar allí pero, en el fondo de mi solitaria, única e irrepetible alma, tenía la certeza de que tras todo ese periplo de sufrimientos, más allá de la grieta, encontraría lo que mis creadores denominaban “hogar”.

Vivir por vivir es estúpido. No seré tan necio como los que me dieron la vida para nada. Seguiré viviendo y lograré cuanto ellos no lograron ni intentaron: Dar un auténtico paso adelante.

 

No es que la cantidad de Crónicas de Morbitorio que escribo en mi libreta hayan aumentado dramáticamente durante este tiempo… pero me he fijado que son bastantes más que las quince que ahora hay en el blog. Tendré que ir transcribiéndolas poco a poco…

Esta crónica en concreto se refiere a un personaje de uno de mis fan fics acerca de Merry y Renko: Yahvé Morbus, el caballeroso gólem (aseguro que nada tiene que ver realmente con mi alias, tiene sus razones para arrastrar ese nombre).  Mucho no se puede deducir acerca de él en este corto monólogo pero deja clara cuál es su mayor aspiración.

Espero que cuanto haya escrito en esta entrada os haya gustado. Con suerte, mañana subo algo más.

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Cualquiera que hubiera entrado en esa estancia se habría llevado la mano a la nariz. O tal vez no: Quizá, ante ese hediondo olor, sólo hubiera podido vomitar lo que tuviera en el estómago, incapaz de soportar tan terrible tortura olorosa.

La razón de tan podrido ambiente era el aroma metálico, vacío y mareante de la sangre de ese chaval que permanecía clavado de las manos en la pared. Su pierna derecha, aquella con la que me había asestado decenas, si no cientos, de patadas, estaba cortada y pobremente vendada, lo justo y suficiente como para mantenerlo con vida mientras, gota a gota, el líquido rojo de la vida que tanto apreciaba mi compañera de desmanes. Ese pie perdido y esa pantorrilla tan fuerte ahora no dejaban de ser simples alimentos para mí. Sí, ciertamente me resultó de lo más delicioso devorar parte de su cuerpo ante sus horrorizados ojos.

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