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Archive for 28 octubre 2009

Ya se estaba ocultando el sol tras los montes Envero cuando una carreta llegó a las puertas de la ciudad de Naukon. Su ocupante, encapuchado de pies a cabeza, parecía que llevaba prisa. Llevaba abundante carga y parecía que había tenido problemas con los bandidos a juzgar por el mal estado que acusaba su carreta. Al verlo en esa tesitura, los guardas apenas hicieron medio registro y le dejaron entrar sin muchas cortapisas.

El buhonero agradeció el gesto y entró rápidamente a ocultarse entre las calles y callejas de Naukon. Tan pronto como llegó a los barrios bajos del oeste de la ciudad, pudo respirar un poco. Si bien ese lugar no era lo más seguro, al menos sí que estaba oculto. Poco le importaba en ese momento que le robaran el cargamento: Tenía otras cosas en mente antes que fijarse en las cuatro cuatro fruslerías baratas que llevaba en su carro.

Keshat

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Allí estaba otra vez, como siempre inalcanzable. Esta vez lo que me separaba de ella era una alambrada, una que, por más que tratara de encontrar un camino para rodearla, no me llevaría ante su presencia sin obstáculos.

Nunca pudimos llegar a tocarnos, jamás logramos dirigirnos una sola palabra sin que miles de impedimentos se cruzaran en nuestro camino pero lo que siempre pudimos conocer de la otra parte era su imagen.

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Tras más de seis horas de documentación intensa, Hansen y yo nos retiramos a descansar un poco a nuestras habitaciones para tratar de asimilar lo leído.

Él se había dedicado a comparar lo leído en la carpeta con cualquier otra información que marcara algún parecido con alguna religión extraña para nosotros, mientras yo revisaba los detalles más materiales de cada muerte. Por suerte, mis compañeros caídos habían apuntado muchos detalles que se fueron completando unos a otros. El trabajo de mis seis antecesores había servido para mucho y ahora podía ver más claramente la extensión de las redes de esos locos. Se limitaban a ejecutar a sus víctimas en la zona circundante al centro oeste de Londres, alrededor del barrio de Marylebone, lugar en el que trabajaba Theodoros. Todos los caídos describían su preocupación al verse vigilados y perseguidos cuanto más se introducían en sus casos. Todos ellos escribieron sus propios diarios, cuyas experiencias me sonaban más cercanas a una frenética pesadilla que a la normal y acelerada vida de un periodista.

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Iris – Prólogo

Alguien atravesaba el bosque en silencio. Apenas dos mulos, un carro, abundantes mercancías de lo más dispar y un conductor encapuchado que llevaba su carga con parsimonia y suma tranquilidad.

La niebla impedía ver más allá de veinte metros del carro lo cual no era precisamente una alegría para el quien lo llevaba. No era una alegría, mas tampoco una molestia. Sencillamente le daba pereza si alguien se atrevía a atacarle aprovechando la escasa visibilidad.

Y, como imaginó, una flecha fue a clavarse a pocos centímetros de sus piernas. Al verla, sencillamente suspiró y oteó sus alrededores para ver si era capaz de percibir la presencia de sus atacantes mientras frenaba el avance de los mulos que arrastraban el carro para que, al menos esta vez, no se los mataran.

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