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Archive for 31 julio 2010

¿Cuanto tiempo habría pasado desde que me capturaron? No tenía respuesta pero estaba claro que de mi memoria habían desaparecido las colinas, los prados, los árboles, los pájaros y el viento en mi cara; los edificios, las calles, las luces y el bullicio; mi familia, mis allegados, mis amigos… todo. En mis recuerdos ahora sólo era capaz de rememorar los pasillos grises, salas vacías y fríos barrotes que ahora mismo estaba observando. Y que no podría dejar de observar.

Estaba en la cárcel por dios sabrá que razón. Sin juicio, sin sentencia, sin defensa y sin libertad alguna, yo había sido encerrado y abandonado a la soledad en la que ni mis carceleros se atrevían a dirigirme la palabra. ¿Miedo o desprecio? ¿Qué importaba cuando tanto una cosa como otra implicaba un silencio sepulcral?

Sepulcral… sí, esa palabra lo define bien todo: vivo por vivir, a sabiendas que el día siguiente será exactamente igual al actual. Siempre la misma luz mortecina, los mismos barrotes y paredes, el monótono rancho, el eterno silencio en el que estaba sumido. Sabía muchas cosas y la más importante era que eso no iba a cambiar hasta el día de mi muerte. Con todo, yo ya estaba muerto.

Sin embargo, en el mismo instante el que ya consideraba terminar con todo por los medios que hicieran falta, noté un cambio en mi celda: un ruido lejano que nada me recordaba a los pasos silenciosos de mis carceleros o los movimientos ociosos de las ratas. No, era un sonido fuerte y violento, disparos volando en dirección a un objetivo que, sin ninguna duda ¡se estaba acercando!

Escuché gritos, disparos, golpes; violencia en definitiva, ataques contra un objetivo que, contra todo pronóstico, se acercaba a toda velocidad como si ignorara cuanto disparo le era dirigido para que, al final, se presentara ante mí.

–Mis saludos allá tenga –saludó ese ¿hombre? cuyo rostro era la cabeza de un coyote. Una densa capa de pelo cubría todas sus facciones, desde su rostro hasta sus manos quedando el resto cubierto por un elegante traje de color azul. Cuando vio mi rostro aturdido por su extraña presencia, se quitó el sombrero y continuó su discurso mientras, a pocos metros de nosotros, los carceleros peleaban con los barrotes que deberían retenerme a mí y no a ellos. –Percibo en vos un ánimo que llama a la muerte –miré esas fauces con calma que no debería morar en mí. No creía que de esa gran boca hubieran salido tales palabras pero mi mente insistía en que lo que había visto y seguiría viendo era cierto. –He venido hasta aquí para evitar que haga ninguna tontería –en ese instante, la puerta por la que, en teoría, ese extraño sujeto había entrado, cedió a las presiones de mis carceleros y un guarda apareció, arma en mano para descargar todo su arsenal sobre el extraño intruso que seguía hablando conmigo como si ese instrumento de muerte no le causara ningún temor.

daay (más…)

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Hasta en la desesperación tenemos elecciones que hacer.

Revista ¡No lo leas! – Número 35

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Revista ¡No lo leas! – Número 32

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