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Archive for the ‘Cajón de sastre’ Category

¿Por dónde empezar a contar? No sé cómo decir lo que se vivió en ese pueblo sin empezar a sonar loco o un simple fanfarrón.

El pueblo en el que nací es especial. No hacía falta fijarse demasiado para ver las ruinas que poblaban diferentes zonas del pueblo desde los caminos y carreteras que llevaban a ese lugar. Situado en medio de un valle boscoso en medio de ninguna parte, Loeben era un pueblo con arraigadas raíces clavadas en un profundo pasado. Ya fuera por el aspecto de sus ruinosos edificios cuyo cometido nadie conocía, ya fuera por la naturaleza arcaica del lugar.

Templos, fortalezas, barracones, castillos, torres y demás edificios extraños se podían medio vislumbrar en medio de la floresta de Loeben. Los aldeanos los veían todos los días y los poco comunes turistas observaban con interés inusitado tan infrecuente concentración de construcciones. Pero nadie se acercaba a ese lugar.

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Visto que a cada comentario en el que me piden que explique las bondades de mi blog me toca escribir toda una perorata acerca de lo que podéis encontraros en Morbitorio, me he atrevido a escribir un metafórico resumen acerca de lo que hallaréis en cada una de las secciones de este pueblecito perdido en algún rincón de mi mente. Espero que os guste.

Guía turística de Morbitorio

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Mis manos seguían igual de firmes, recias y, a la vez, jóvenes y flexibles. Me gustaba pensar que mis dedos eran lindos a la vez que útiles cada vez que me levantaba para vivir un día más.

Con el sol alzándose por encima del edificio vecino, ya no pude remolonear más en mi lecho y me alcé para bajar a desayunar. Tras vestirme y peinarme para la ocasión, salí a saludar a los parroquianos y a comenzar con mi trabajo diario. O más bien, a acabar lo que había estado elaborando desde hacía cuatro días.

Ordenador en mano, me dirigí a mi esquina predilecta en el gran bar que bullía a los pies de mi edificio, el cual seguía igual de ruidoso como el primer día que lo visité Saludé al bueno del patrón, a su algo torpe camarero, a la cocinera con la que compartí más de una tarde de charla y, finalmente, al viejo que, como yo, había tomado para sí una parte de ese bar de tercera.

Aemee_Mon_by_Ralip_chan

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Allí estaba otra vez, como siempre inalcanzable. Esta vez lo que me separaba de ella era una alambrada, una que, por más que tratara de encontrar un camino para rodearla, no me llevaría ante su presencia sin obstáculos.

Nunca pudimos llegar a tocarnos, jamás logramos dirigirnos una sola palabra sin que miles de impedimentos se cruzaran en nuestro camino pero lo que siempre pudimos conocer de la otra parte era su imagen.

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Como de costumbre, Manuel cambió de canal esperando encontrar algo interesante pero, también como de costumbre, no encontró nada que le interesara así que empezó a hacer zapping de un canal a otro.

-De un lado a otro como siempre sin nada que ver, ¿eh, chaval?

Manuel se sobresaltó y miró a su espalda pues se suponía que estaba solo en casa. Al no ver a nadie se sentó de nuevo en su butaca.

-Debe ser cosa de mi imaginación…

-¿Cómo me has llamado?

Esta vez si que se sobresaltó miró espantado a su espalda.

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Y cuentan que ese chico habló.

Y dicen que gritó. Que habló apasionadamente al tiempo que era perfectamente racional. Creía lo que decía, declamaba bien alto ese cobarde.

Ese estúpido.

Ese apocado timidón.

Ese simplón que lo que más había hecho hasta ese momento era estar apartado en una esquina sin decir nada, siempre leyendo, siempre callado, siempre ignorado.

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Tras un buen rato de caminata por medio del bosque, la choza ya se encontraba cerca de los dos caminantes…

-No recuerdo haber visto nunca a tu otra hermana… –comentó Súbigo inocentemente para romper un poco el silencio del bosque. Sin embargo, no tardó ni un segundo en arrepentirse de haberlo dicho…

-No vuelvas a sacarme ese tema –ordenó él con su tono más cortante y firme. Su cara mostraba precisamente lo que menos le gustaba a Súbigo: Ira… en una cara siempre tan fría y serena, ese gesto le hacía hasta temible. –Ya hemos llegado… –dijo señalando la choza que aún seguía lejos y casi fuera de la vista… daba igual lo furioso que estuviera: Por no cambiar de tema, no quería ni comenzar con él…

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