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Archive for the ‘Crónicas de Morbitorio’ Category

Interesante.

Sin duda, es curioso e inesperado para mí que, al final, acabaran por hacer caso a mi petición pero, hela aquí, una evidencia que no puedo ignorar, uno de mis cuentos adaptado y doblado.

Esta gente de Un mundo de relatos se lo ha currado que da gusto y no puedo hacer otra cosa más que felicitarles por su trabajo bien hecho. Pero, si es bueno o malo, eso es algo deberéis decidir vosotros.

Hela aquí:

Los tres caminos

Una historia ya algo vieja, escrita en menos de veinte minutos, mientras esperaba a que llegara el profesor a clase… pero escrita con toda la intención de que gustara lo más posible.

Sólo espero que os guste.

Hasta más leer.

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Hará varios meses (casi podríamos decir que antes del enero pasado) comencé a realizar en formato de novela visual varias de las crónicas que llevan el nombre de este blog pero que, a causa de varios problemas e impedimentos (principalmente relacionados con el arte gráfico que no domino) lo fui retrasando. Allá quedó como una intención mientras me centraba en otra novela visual.

He aquí, pues, la historia que nos ocupa:

Crónicas de Morbitorio – Versión Windows

Crónicas de Morbitorio – Versión Linux

Nueve historias (ocho más una oculta) os esperan ahí dentro. Los artistas que decoran esta pequeña obra son Nethka, encargada de la portada; Mauricio, creador de la deliciosa imagen de Dijuana, y Paulo Mendoza, artista que no tuvo inconveniente en prestarme una imagen para ilustrar “El Gran Azul”.

En la página de ¡No lo leas! encontraréis las pistas necesarias para encontrar acceso a la última historia.

Hasta más leer.

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–¿Sabéis? La vida de este chico no es ninguna tontería. Nació un cuatro de marzo hará veinticinco años y trajo alegría a su hogar sólo habitado por sus padres. Recuerdo que era un llorica, un niño de mamá que chillaba cada vez que le faltaba comida, agua o atención. A causa de él, sus padres se pelearon por él apenas seis años después de su nacimiento y, al pasar de los meses, se quedó solo con su madre a causa de un trágico accidente que se llevó la vida de su padre.

>>No es una persona vulgar, vaya que no: una vez llegó al colegio, demostró ser un chico listo, despierto y, ante todo, respondón. Quizá fuese influencia de las constantes discusiones de sus padres que aprendiera siempre a replicar a todo lo que se le ordenaba sin razón comprensible pero, más allá de eso, era un poco anormal que lograra hacer que los adultos se retiraran ante sus palabras a pesar de que descargaran sobre su persona todas sus recopilaciones de gritos e insultos. Logró mucho más que cualquier niño de su edad y así, siguió viviendo hasta que alcanzó el instituto.

>>Tal vez algo harto de su vida llena de conflictos con los mayores que decidiera calmarse un poco y dejarse llevar como la mayoría. Prefirió ser un observador tranquilo y pasivo, pensando que, quizá, hubiera respondones como él no fuese tan inhabitual. Pero comprobó por las malas que casi todos preferían callar y los que decidían levantar la voz eran tan estúpidos e incultos, tan irracionales e ilógicos que no merecía la pena que emplearan tantas energías en no lograr absolutamente nada.

>>A pesar de todo, esa persona nada vulgar siguió observando todo cuanto ocurría, los cambios que se sucedían, los sucesos que acontecían ante sus ojos y todo aquello que estimulara su mente. Y comprendió que todo cuanto intentara hacer para cambiar lo que no soportaba estaría abocado al fracaso antes de empezar a causa del carácter de las gentes que causaban tales problemas. Había dejado de ser el revolucionario del patio de su colegio para acabar siendo una persona pacífica más.

>>Siguió estudiando, aprendió cuatro cosas, encontró una forma de ganarse la vida y transcurrió el tiempo hasta que vosotros lo matasteis.

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Su presencia, terrible, llenaba esa sala ahora llena de escombros. Su apariencia, empero, era pequeña, casi decir que ridícula para la autoridad que irradiaban esas facciones tan delicadas. Para su víctima esto era una broma extravagante, algo que no debería estar ocurriendo.

Que ella apareciera en su escondite ya era bastante raro. Se había pasado días allí dentro sin dar una sola muestra de vida en el exterior, siguiendo todos los pasos encaminados a cubrir su presencia de un velo de discreción absoluta hasta llevarlo a ser invisible para los ojos de incluso aquella persona que lo estaba buscando.

Que soportara los disparos que le había acertado en medio cuerpo era estúpido. ¿Qué clase de ser vivo era ella, capaz de vivir con más de quince vías de sangre abiertas en todo el cuerpo? ¿Qué es capaz de encajar quince disparos en los pulmones, cabeza y estómago y aún ser capaz de moverse como si acabara de despertarse?

Que arrasara con la sala, la pared y con la misma persona que le había disparado a pesar de sus profundas heridas era un insulto para su perfeccionado entrenamiento, destinado a anular por completo a cualquier clase de enemigo que osara atacarle.

Pero que, tras haber atravesado una pared y recibido golpe tal que las costillas encontraron a sus vértebras, siguiera vivo, eso era una incomprensible broma cruel. Cruel porque sufría e incomprensible porque ella, altiva, le estaba mirando como si, desde el principio, no hubiera deseado acabar con su vida.

–Basta –sus labios negros, marcados por finas líneas rojas, dieron una orden tan corta como sencilla, con una serenidad que no se correspondía con la violencia de sus actos. –¿No vais a dejar a esa alma atormentada descansar de su suplicio?

El hombre que a duras penas era capaz de seguir respirando emitió un sonido agudo que expresaba más dolor que una respuesta a la pregunta de esa dama de piel negra como el azabache. Pero a su atacante no le importó su dolor, sólo seguir con su discurso.

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¿Cuanto tiempo habría pasado desde que me capturaron? No tenía respuesta pero estaba claro que de mi memoria habían desaparecido las colinas, los prados, los árboles, los pájaros y el viento en mi cara; los edificios, las calles, las luces y el bullicio; mi familia, mis allegados, mis amigos… todo. En mis recuerdos ahora sólo era capaz de rememorar los pasillos grises, salas vacías y fríos barrotes que ahora mismo estaba observando. Y que no podría dejar de observar.

Estaba en la cárcel por dios sabrá que razón. Sin juicio, sin sentencia, sin defensa y sin libertad alguna, yo había sido encerrado y abandonado a la soledad en la que ni mis carceleros se atrevían a dirigirme la palabra. ¿Miedo o desprecio? ¿Qué importaba cuando tanto una cosa como otra implicaba un silencio sepulcral?

Sepulcral… sí, esa palabra lo define bien todo: vivo por vivir, a sabiendas que el día siguiente será exactamente igual al actual. Siempre la misma luz mortecina, los mismos barrotes y paredes, el monótono rancho, el eterno silencio en el que estaba sumido. Sabía muchas cosas y la más importante era que eso no iba a cambiar hasta el día de mi muerte. Con todo, yo ya estaba muerto.

Sin embargo, en el mismo instante el que ya consideraba terminar con todo por los medios que hicieran falta, noté un cambio en mi celda: un ruido lejano que nada me recordaba a los pasos silenciosos de mis carceleros o los movimientos ociosos de las ratas. No, era un sonido fuerte y violento, disparos volando en dirección a un objetivo que, sin ninguna duda ¡se estaba acercando!

Escuché gritos, disparos, golpes; violencia en definitiva, ataques contra un objetivo que, contra todo pronóstico, se acercaba a toda velocidad como si ignorara cuanto disparo le era dirigido para que, al final, se presentara ante mí.

–Mis saludos allá tenga –saludó ese ¿hombre? cuyo rostro era la cabeza de un coyote. Una densa capa de pelo cubría todas sus facciones, desde su rostro hasta sus manos quedando el resto cubierto por un elegante traje de color azul. Cuando vio mi rostro aturdido por su extraña presencia, se quitó el sombrero y continuó su discurso mientras, a pocos metros de nosotros, los carceleros peleaban con los barrotes que deberían retenerme a mí y no a ellos. –Percibo en vos un ánimo que llama a la muerte –miré esas fauces con calma que no debería morar en mí. No creía que de esa gran boca hubieran salido tales palabras pero mi mente insistía en que lo que había visto y seguiría viendo era cierto. –He venido hasta aquí para evitar que haga ninguna tontería –en ese instante, la puerta por la que, en teoría, ese extraño sujeto había entrado, cedió a las presiones de mis carceleros y un guarda apareció, arma en mano para descargar todo su arsenal sobre el extraño intruso que seguía hablando conmigo como si ese instrumento de muerte no le causara ningún temor.

daay (más…)

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Un gran estruendo que se reflejó en las espaciadas y rotas paredes de la cúpula interrumpió mi silencioso sueño. Alcé la mirada y conocí la causa: Tormenta.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que un ruido me desvelara? No lo sabía. Mis largos sueños me llevaban tan lejos de mi realidad que siempre perdía el más común hilo de la realidad. Alcé mi mano derecha y la puse ante mis ojos: Una capa de polvo y arena secos como el desierto se desprendió de ella. Por la fuerza de la tormenta, intuí que eran las primeras lluvias del otoño mas, ¿de qué año?

No pensé en ello porque nunca me fijaba en semejantes banalidades y volví a cerrar los ojos a la espera de que mi destino llegara a mí en esa cúpula abandonada.

Ante mí, sabía que las paredes estaban derruidas y recorridas por enredaderas y musgos; el suelo, lleno de escombros y cada vez más horadados por las plantas que también escalaban por mis piernas desnudas; el agua chorreaba por pequeños torrentes que nacían de las aberturas en el techo y que revitalizaban a las plantas en esta época del año y yo, hombre paciente, me encontraba delante de una estatua que resistía los envites del tiempo tanto como yo.

Yo sueño, siempre sueño porque tal es mi decisión. No molesto a nadie, no alzo la voz a ninguna persona más que no sea yo y vivo lejos de todo aquel a quien mi desganado modo de vivir pueda molestar.

Como inmortal que soy, hace tiempo que ya no sé qué hacer con mi inacabable vida. Probé a vivir y me aburrí. Probé a amar y el tiempo me arrebató mis amantes. Probé a odiar y descubrí que el odio es más mutuo de lo que jamás habría deseado. Intenté huir y no logré nada. Al final, sólo me quedaba rendirme; esperar a que algún gran juez decidiera golpear su martillo sobre mi alma, condenándome a algo que ya no poseía: A hacer efectivo mi destino. Que sea seguir viviendo o que signifique morir es algo que no me importa.

Sentí cómo el sueño, ese gran amigo en lo eterno, alcanzaba mi alma y me sumía en su siempre acogedor seno, aquel en el que nunca dudaba en hundirme para sentir el calor de lo virtual e imposible. Yo, cobarde inmortal que no es capaz de apreciar el regalo de vivir, considera mayor presente la existencia del abismo del sueño.

Todo lo bueno, todo lo malo, todo siempre está por llegar.

Heme aquí que me hallo en medio de un mes especialmente aburrido y que, espero, no os dé tantos problemas a vosotros, lectores míos. Por falta de tiempo, sólo puedo escribir estas piezas cortas sin demasiado sentido a causa del sistema utilizado para su escritura. Espero que no me lo tengáis demasiado en cuenta.

Esperando que os haya gustado imaginar una arquitectura del abandono tal cual me suele gustar a mí, me despido hasta más leer.

Escuchando: Love & Joy

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