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Archive for the ‘Cuatro Colinas’ Category

Agares no comprendió bien lo que pasaba el día que se encontraron a la serpiente. Lo mismo que en ese momento en el que la perdieron de vista.

Llevaba guiando el Mateus más de seis meses guiado por las órdenes de un Ingenioso de carácter impredecible cuyas órdenes, tremendamente abstractas, nunca le dejaban las cosas sencillas.

“Busca los fenómenos que se produzcan a lo largo y ancho de Cuatro Colinas e infórmame sobre ellos”. Tal fue la orden de su jefe. Y Agares no alcanzaba a comprender por qué su señor toleraba que se usaran tantos recursos, dinero y hombres para buscar quimeras que el Ingenioso ni tan siquiera se molestó en explicar a qué venían.

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Pashu estaba distraída, cosa muy extraña en ella. Con lo que había logrado semanas atrás no la habían dejado ni a sol ni a sombra durante demasiado tiempo.

Mientras observaba a Merluri terminar de dibujar el mensaje de ese día sobre la torre Arte en la que estaban, pensó en toda esa serie de apelativos que les habían referido esos últimos días: “La mujer que había logrado hablar con las estrellas”, “la dama de la luna”, “los genios de la luz”, “los que hablan con los selenitas”… así hablaban de ellos los habitantes de la ciudad (y, qué demonios, de prácticamente toda población alrededor de Dre). Y seguro que la gente de las cuatro colinas ya se había dado cuenta de ese peculiar cambio que había permanecido tres días en el cielo. (más…)

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Joan, siempre que su tiempo se lo permitía, se quedaba embelesado observando la isla de Trocene. Como a muchos le resultaba una visión fascinante y cautivadora pero él era la única alma romántica que mantenía ese sueño platónico de alcanzar las alturas y posarse sobre esa tierra voladora.

Le gustaba la sombra que proyectaba a lo largo del día, la cascada que surgía de ella, las brumas que la rodeaban y ese salvaje movimiento de corrientes de aire que, de lejos, parecía un armonioso baile de cientos de serpientes grises.

Nadie había sido capaz de llegar hasta allí arriba. Nadie. (más…)

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Érase una vez que se era, un hombre adinerado vivía en una gran mansión. Era un hombre poderoso mas, bastante desconfiado. Solitario y huraño, casi nunca abandonaba su morada salvo en ocasiones muy señaladas.

Porque no confiaba en nadie. Ni aún entre las paredes de su gran casa dejaba de recelar de todos. Los pocos que se acercaban allí eran viciosamente vigilados por el dueño de tan enorme casa, que no dejaba de pensar que todos querían algo de él. (más…)

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No era cierto que esa casa estuviera habitada por un monstruo. Eso era algo que las gentes del pueblo se habían inventado.

Desgraciadamente para ellos, quien la habitaba no era alguien especialmente paciente con los impertinentes. Y cuando ese hombre, cansado de pasar tembloroso ante las puertas de tan tenebroso lugar, entró a hablar con esa lúgubre mujer de ojos verdes que se pasaba la vida asomada a la única ventana abierta de la casita para que dejara de observar tan fijamente a todo aquel que pasara ante ella, acabó muerto. (más…)

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En las pequeñas poblaciones costeras de la colina Dre, siempre había habido unos personajes de gran influencia, no tanto por su carisma sino por su inteligencia. Los llamaban “Ingeniosos”, personas especialmente dotadas para la investigación de toda clase de aspectos de la vida y el mundo; creadores de increíbles inventos y que trabajaban por el bien del pueblo.

Eran personas realmente ingeniosas, como su título indicaba, que se las arreglaban para encontrar solución a toda clase de problema que sufrieran las gentes con su enorme conocimiento científico. (más…)

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La guerra entre las ciudades independientes de Ubar y Ka, a la sombra de la colina de Cetno, ya era casi una realidad. Durante meses, ambos bandos negociaron y discutieron muchísimas cosas pero, a la vez, ninguno quiso ceder ante el otro. Todo era como una estúpida conversación de besugos en el que uno hablaba y el otro no escuchaba absolutamente nada.

Las dos ciudades lo querían todo.

Las dos ciudades pelearían por ese botín.

Y no dejarían que el otro bando se saliera con la suya

Porque para ellos, ceder era ser vencidos. (más…)

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